¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, de Alexandre Koberidze

EL AMOR, LA CIUDAD, EL VERANO Y EL FÚTBOL.  

“La vida es una película mal montada”

Fernando Trueba

Los amantes del cine solo conocíamos el cine georgiano a través de Otar Iosseliani, magnífico cineasta de películas como Adiós tierra firme (1999),  Lundi matin (2002), y Jardines en otoño (2006), entre muchas otras. Un cine sobre el peso de la cotidianidad, la falta de alegría y el deseo de huir y sentirse vivo, siempre a través de comedias absurdas, donde hay mucho humor negro y una idea de la vida más emocional, excéntrica y despreocupada. Unas películas deliciosas, con la elegante música de Nicholas Zourabichvili, y la fascinante cinematografía del gran William Lubtchansky, toda una eminencia en el cine francés, ya que ha trabajado con tótems como Godard, Rivette, Straug &Huillet, Truffaut y Garrel, entre otros. El año pasado, el Festival de Cine de San Sebastián alumbró otro nombre del cine georgiano, el de Dea Kulumbegashvilli con su sorprendente opera prima Beginning, un intenso drama sobre la religión y los abusos sexuales, bajo un tono muy oscuro y denso. Y, en poco tiempo, volvemos a toparnos con otro gran valor de la cinematografía georgiana, ya que otro festival internacional, como la prestigiosa Berlinale, concedió el Fipresci de este año a Alexandre Koberidze (Tbilisi, Gerogia, 1984), por su segunda película ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?.

El director georgiano estudió cine en Berlín, y habíamos visto Let the Summer Never Come Again (2017), en la que relataba las vicisitudes de un joven de pueblo en la gran ciudad para ser bailarín, a través de un sólido drama sobre el amor y sus desilusiones. Con su segundo trabajo, nos sitúa en las calles de la ciudad de Kutaisi, la tercera ciudad más poblada de Georgia, antigua capital del país, en la que un día, por casualidad, Lisa, una joven investigadora y Giorgi, un joven futbolista, se tropiezan fortuitamente y se enamoran y quedan en una cafetería bajo el puente. Pero, un encantamiento se ceba con ellos, y Lisa, olvida quién es, y Giorgi, cambia su aspecto físico, y coinciden en la citada cafetería como trabajadores sin reconocerse. A partir de ese cruce de comedia sentimental y fantástico, la película, ya desde su onírico título, porque el director no se centra en lo que vemos en el cielo, sino en todo lo contrario, lo que hay a ras del suelo, como su maravillosa construcción en la secuencia que abre la película, la del encontronazo entre los dos jóvenes desconocidos, filmada desde el suelo, en la que solo vemos sus piernas y escuchamos en off su diálogo.

La cotidianidad del verano de Kutaisi, y más concretamente, la que recoge el período del Mundial de fútbol, un campeonato del que sabemos que se desea que conquiste la Argentina de Messi. Otro elemento fantástico de la película, porque los instantes que recoge la película se asemejan al Mundial 90 celebrado en Italia, que si bien Argentina jugó la final, no la ganó y además, el estandarte era el gran Maradona. De hecho en una estupenda secuencia de unos niños jugando al fútbol en un parque, vista de manera ralentizada, se escucha “Un’ estate Italiana”, himno oficial del citado mundial. A partir de un tono ligero, transparente y enormemente cotidiano, un narrador, el propio director, nos va describiendo la ciudad, y sobre todo, a sus habitantes, todo aquello que no se ve, y todo aquello que se escapa a las imágenes, esa otra historia que va sucediendo sin que nos vayamos percatando. También, nos habla de sus tradiciones de siempre, esos locales donde van a ver los partidos del mundial, así como, ese irreverente sentido del humor que recorre toda la película, como esos perros callejeros aficionados al fútbol.

La fragilidad y fugacidad de la vida se dan cita en esta película especialísima, con esa sensible y naturalista cinematografía que firma Faraz Fesharaki, que nos recuerda mucho al cine francés de los Rohmer y Truffaut, y a los trabajos del citado Lubtchansky y Néstor Almendros, donde la vida, el documento, y la magia se van apoderando de cada plano, cada encuadre y cada rincón de la ciudad, con su luz, su puente, y su realidad transformada, esa que solo el cine puede ver y mirar, aquella que la vida real no consigue ver ni capturar. El cine de Koberidze no está muy lejos del marco trágico, melancólico y cómico que tanto les gusta a cineastas como Tati, Kaurismäki y Roy Andersson, en esa forma tan desesperanzada y la vez, tan ilusoria de mirar la vida. Su cotidianidad, sus personajes, y las situaciones y circunstancias a las que se ven inmersos. Y qué decir de todos esos personajes que pululan por la película, a cual más extraño, excéntrico e inolvidable, como el señor mayor y dueño de la cafetería bajo el puente, un lugar al que no va nadie, un lugar en el  que parece que todo se ha detenido, o los niños que van de aquí para allá, hipnotizados por la fiebre del fútbol con el mundial en marcha, los que juegan en el parque, los otros que van a por helado a la cafetería que no va nadie, o los que desafían el juego de aguantar en la barra que lleva Giorgi, un invento del dueño para atraer clientes a la cafetería que no va nadie.

Otros personajes llamativos son los empleados de la pastelería, en esa maravillosa secuencia donde su coreografía nos invita a un musical de los que hacía Demy, que resulta muy novedosa y cercana. La música ligera, romántica y romántica de Giorgi Koberidze, que recuerda mucho a la de grandes como Georges Delerue y Jean-Louis Valero. Sus ciento cincuenta minutos de metraje podrían parecer excesivos de entrada, pero a medida que va avanzando la película, nos parecen pocos, porque todo se cuenta desde la emoción, desde la tragedia del par de enamorados protagonistas, con esa inquietud que nos abruma, donde parece que no puede hacerse nada para romper el hechizo. Koberidze ha construido una película magnífica, arrolladora y llena de sensibilidad, con ese verano en Kutaisi que no es un verano más, es un verano con mundial, un verano donde nace el amor, aunque no se reconozcan, un verano lleno de cosas, acciones, cotidianidades, circunstancias, y sobre todo, un verano que cambiará las vidas de Lisa y Girogi, porque aunque no lo sepan, el amor está muy cerca de ellos, o mejor podríamos decir, que ellos están cerca del amor, que no es lo mismo, porque para enamorarse hay que creer que es posible, y este verano de Kutaisi, quizás es el mejor lugar para enamorarse, o al menos, para esta cerca del amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA