Armugán, el último acabador, de Jo Sol

EL ÚLTIMO VIAJE.

“Dicen los más ancianos que en esta tierra nadie muere solo. Aquí existe la tradición de acompañar a quien emprende su último viaje. No es una labor fácil. Hay que estar siempre disponible para la imprevisible llamada. Es preciso conocer el camino y saber qué hacer con quien se resiste a lo inevitable. Por eso, vine a estas montañas, a aprender el secreto oficio de la muerte. Aprenderlo de ti, Armugán, el último acabador”.

La película se abre con una imagen sólida y muy intensa, de esas imágenes que se convertirán en icónicas en el transcurso de la acción, y seguramente, en el recuerdo de la película. Una imagen en la que vemos a un hombre Anchel, que carga a su espalda a otro, Armugán, tullido y bajito. Se encuentran caminando en lo alto de algún lugar del Pirineo. Escuchamos la respiración agitada del que carga y la mirada impasible del cargado, acompañados de una música que se mezcla con la respiración, creando casi el ruido de un animal sin aliento. Una imagen que nos remite a La balada de Narayama (1983), de Shôhei Imamura, y a Madre e hijo (1997), de Aleksandr Sokúrov, en las que también, al igual que ocurre en Armugán, el último acabador, el relato gira en torno a la muerte y a ese último viaje o tránsito, en el que todos nos veremos en algún momento.

El trabajo de Jo Sol (Barcelona, 1968), se ha movido por derroteros poco convencionales, sus propuestas siempre han virado hacia aquello que la sociedad tilda de incómodo e invisible, proponiendo películas que en un tono híbrido entre el documento y el retrato, con algunas pinceladas de ficción, ha construido miradas sobre personas de diversidades humanas muy diferentes, con dolencias graves y limitaciones físicas, adentrándose en sus almas, sus reflexiones y demás aspectos, centrándose en elementos como el género, la sexualidad, las enfermedades mentales, etc… Un cine que le ha servido para reflexionar a través de sus heterogéneos personajes, de las diferentes posiciones morales respecto a temas todavía tabú como el sexo, la identidad y todo aquello que se sale de la norma establecida y construida. En Argumán, el último acabador, aunque parezca que en la forma si que el cine de Jo Sol ha girado 180 grados, con la introducción del blanco y negro, una luz tenue, sombría, sobria y espectacular, obra de Daniel Vergara, que además de coproductor de la cinta, debuta en el largometraje de ficción, después de despuntar en películas como Marcelino, el mejor payaso del mundo, y el cortometraje Vera, entre otros trabajos, consigue esa luz mortecina, que recuerda a la de Honor de caballería y El cant dels ocells, ambas dirigidas por Albert Serra, donde la atmósfera se torna pesada, reposada y llena de tensión.

Tanto el sonido de Leo Dolgan (con trabajos interesantes en Mi querida cofradía o el cortometraje Panteres), también coproductor, como la música de Juanjo Javierre, un habitual del cine de Nacho G. Velilla, se fusionan con acierto creando ese cuerpo físico y psíquico que ayuda a comprender y ver aquello que no se cuenta, en una película de escasísimos diálogos, donde la imagen y la labor del reparto lo es todo, como una vuelta a los orígenes del cine, y el excelente montaje, obra de Afra Rigamonti, una habitual del cine de Jo Sol, como en la cinematografía como en la edición, en un trabajo serio y audaz en una historia de largos planos y muchos planos fragmentados. El director barcelonés nos habla de la muerte, del último viaje que separa la vida de la muerte, donde Armugán, un término que nos remite a leyendas nórdicas, ayuda a morir, no provocándolo, como surgirá ese conflicto entre el maestro y Anchel, ayuda al moribundo a que ese paso sea lo más tranquilo posible, a través de una especie de rito con las manos de Armugán.

Jo Sol plantea una película vitalista y sobre todo, humanista, con el aroma del mejor Rossellini, en un relato atemporal, si bien nos lo ubica en las montañas reconocibles, pero los dos principales protagonistas viven alejados del mundo, en una vida humilde y sencilla, en perfecta consonancia con los animales, ese rebaño de corderos que actúa como guardianes y vigías de la casa, y sobre todo, la naturaleza, con esas plantas que manipula Armugán como si fuesen una especie de tesoro o reliquia. La película se construye a través de la intimidad de estos dos hombres, que parecen el reflejo más cotidiano de Quijote y Sancho, pero dándole la vuelta, porque aquí el sano es el escudero, y el limitado físicamente es el sabio, o quizás no. Unos hombres que se miran desde la admiración, el respeto y la enseñanza, sintiéndose muy cerca y ayudándose uno al otro, aunque la película los enfrentará con un caso peculiar que se plantea en la película y divide a los dos hombres en su posición moral, rasgo del cine de Jo Sol, pero haciéndolo con inteligencia y alejado de dogmatismos.

Armugán, el último acabador  es una película transparente y bien planteada, su conflicto o conflictos no son enrevesados ni tramposos. Todo gira en torno a la muerte, desde el vitalismo, aceptándola como algo natural, desde la sencillez de una forma de vida en extinción, que podríamos ver su reflejo en todas esas vidas rurales y sencillas que van desapareciendo ante un progreso devastador que aniquila el humanismo. La película recorre temas como el existencialismo, peor con calma, sabiduría y sin panfleto, sino con todo lo contrario, desde la humildad y las diferentes posiciones. El excelente dúo protagonista formado por Iñigo Martínez Sagastizábal como Armugán, viejo conocido de Jo Sol, y Gonzalo Cunill como Anchel, un intérprete fabuloso que encarna esa fisicidad y aplomo como nadie, en un personaje con cierto aroma del que hacía en la reciente Occidente. Y las estimulantes presencias de Núria Lloansi y Núria Prims. Armugán, el último acabador es una magnífica, sensible y poética cinta sobre la muerte y todo lo que la rodea, con ese aroma del cine del este, con nombres como los de Tarkovsky, Béla Tarr y demás, que han logrado películas que abordan desde el humanismo y la filosofía el tema de la muerte y ese último tránsito a la otra vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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