La número uno, de Tonie Marshall

EN UN MUNDO DE HOMBRES.

“El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres.”

Simone de Beauvoir

Emmanuelle Blachey es una brillante ingeniera que, gracias a su capacidad de trabajo e inteligencia, se ha encaramado a la cima de las grandes empresas, convirtiéndose en parte del consejo de administración de la empresa energética más importante de Francia, amén de encontrarse felizmente casada y madre de dos hijos. Un día, una poderosa e influyente red de mujeres le propone ser presidenta importante. Para ello, deberá enfrentarse a un mundo de hombres despiadado, machista y poderoso que, como será de esperar, utilizarán todas las artimañas sucias y rastreras para desbancarla de la carrera por tan codiciado puesto. La directora Tonie Marshall (Neuilly-sur-Seine, Francia, 1951) que después de protagonizar algunas películas de Jacques Demy, optó por la dirección, tarea que lleva casi tres décadas, en las que se ha especializado en retratos íntimos y poderosos de mujeres, en las que reivindica el derecho a compaginar profesión y amor, desde una perspectiva sencilla y honesta, explorando todos los puntos de vista, a través de tramas complejas e inteligentes.

En La número uno, se adentra en el terreno de las altas finanzas y los ejecutivos de trajes caros y cocktails por la noche, pero lo hace posando su cámara en la mirada de Emmanuelle Blachey, una mujer fuerte, pero con debilidades como todos, su heroína es humana, y no viene a salvar el mundo, nada de eso, sino que se enfrenta a una estrategia por mejorar en su trabajo, y hacerse un hueco en un mundo de las grandes empresas dominado por hombres, empresa que no le resultará nada fácil en todos los niveles, tanto a nivel profesional como personal, en el que deberá lidiar con sus conflictos internos, problemas con el pasado familiar, la relación con su marido (que encima está pasando por un período de crisis profesional) y soportar los tremendos golpes de su rival profesional, que opta al mismo que ella, que hará todo lo posible, a niveles rastreros y repugnantes, sacando a relucir las miserias de cada uno, tanto de ella, como de su equipo femenino que le ayuda en este trabajo, arduo, difícil y polémico.

Marshall huye de la caricatura, y se evade completamente de ese cine superficial de buenos y malos, aquí, cada uno utiliza sus herramientas a su alcance, no intentando trabajar para ser mejor que su rival en el puesto, sino utilizando la cara oscura, desprestigiando a su adversario, para sacarlo de la disputa profesional, y también, para dejarlo fuera de circulación, para que así en un futuro no vuelva a encontrárselo en otro camino. La directora francesa-estadounidense nos sitúa en mitad de esos edificios interminables poblados de oficinas y departamentos donde se cuecen las altas finanzas, llenos de pasillos y habitaciones enmoquetadas, donde los trajes y conjuntos de diseño se mueven buscando su oportunidad, un universo aparentemente cuidadoso y formal en su estructura, pero rodeado de negritud y miseria en su fondo, donde las buenas palabras y los gestos siempre esconden algo turbio e interesado. Estamos ante un combate de boxeo en toda regla, aunque no se disputa en un ring rodeado de espectadores emocionados, sino en espacios de diseño, cuidadas hasta el más mínimo detalle: oficinas, teatros, restaurantes, congresos, etc… donde se reúnen, unos y otros, para acordar su estrategia y seguirla hasta el final.

Marshall compone una honesta y detallista película sobre mujeres que trabajan incansablemente para cambiar las reglas del juego, para romper con la hegemonía masculina en este territorio de las altas esferas financieras, pero no desde el choque entre unos y otros, posicionándose con las mujeres, porque nos cuenta el relato a través de ellas, pero presentándonos mujeres complejas, humanas y ambiguas, que también tienen partes oscuras, al igual que los hombres, dejando que los espectadores tomemos o no partido por el bando que más nos seduzca. La directora no juzga a ninguno de ellos, los filma desde todas las perspectivas posibles, en la intimidad y en sociedad, sumergiéndose en sus formas de actuar, de hablar y de sentir, capturando cada sentimiento, benigno o maligno, que desarrollarán a lo largo del metraje. Un reparto interesante, convincente y espectacular bien medido y cuidado, que encabeza una fantástica Emannuelle Devos, con esa mirada fría y triste, con sus deudas e ilusiones, moviéndose en estas arenas movedizas, donde cada acción puede cambiar el escenario en cualquier instante, bien acompañada por Richard Berry como su adversario, Benjamin Biolay como escudero del contrincante, John Lynch como marido y compañero leal (sumamente importante en estos casos) y Suzanne Clement, una de sus aliadas feministas. Tonie Marshall ha construido una película de aquí y ahora, sobre ese mundo de altos ejecutivos que algunas mujeres luchan incansablemente para cambiar, para que tome otro rumbo, para que se convierta en un universo igualitario, equitativo y sobre todo, humanista, en el que hombres como mujeres, por igual, tengan las mismas oportunidades.

 

Marguerite Duras. París 1944, de Emmanuel Finkiel

LA MUJER QUE ESPERA.

Estamos en el París ocupado por los nazis, en junio de 1944. Marguerite es una mujer de unos treinta años que participa en la resistencia junto a su marido, Robert Antelme. Un día, la Gestapo detiene a Robert y lo deporta. A partir de ese instante, comienza el particular vía crucis de Marguerite, en la que su única existencia se reduce a esperar, a convertirse en una sonámbula en su propio apartamento, y caminando sin cesar por las calles de París con el objetivo de encontrar algún indicio, por pequeño que sea, del paradero de su marido. Marguerite encuentra consuelo o rabia en Rabier, un policía colaboracionista que le facilita información del paradero de su marido, y también, sigue en contacto con miembros de la resistencia como Dionys. El director Emmanuel Finkiel (Boulogne-Bilancourt, Francia, 1961) ayudante de Tavernier, Kieslowksi o Godard, encuentra en el texto biográfico de “El dolor”, de Marguerite Duras (1914-1996) la base para construir su relato, un relato en el que también hace memoria de su propia familia, ya que muchos de sus miembros fueron deportados. Finkiel nos habla de las presencias, y sobre todo, de las ausencias y el tiempo, del dolor de una mujer que ha dejado de vivir, sólo existe para su marido, aquel que no está, aquel que no sabe dónde se encuentra, y sobre todo, que fue de él.

Finkiel acota su película en un período de un año más o menos, aquel que va desde junio del 1944 a abril de 1945, un espacio de tiempo, donde París será liberada y la alegría de unos, la mayoría, contrasta con la tristeza y la desesperación de unos pocos que ven que los suyos no regresan y el tiempo, el maldito tiempo, pesa como una losa, como si no quisiera avanzar, como si fuese esa agua estancada que huele a podrido, un tiempo pesado, dolorido y triste. La luz de Alexis Kavyrchine consigue encerrarnos en esa prisión de ausencia en la que se encuentra instalada, muy a su pesar, Marguerite, con ese rostro triste, de no vida, ese rostro en mitad de la nada, en mitad de no sabe dónde, con esa mirada caída, sin fuerzas, de una mujer herida, que sólo espera, como si su espera fuese un aliento de vida tan frágil que despertarse y caminar cada día en busca de noticias, fuese casi un milagro, como si fuese el último día, porque quizás mañana no tendrá fuerzas suficientes para emprender su rutina diaria.

Finkiel captura el alma triste y despojada de esa ciudad ocupada, entre colaboracionistas, delatores, deportaciones, y sobre todo, ese miedo que te entra en las entrañas y te desgarra por dentro, ese miedo instalado en cualquier rincón de la ciudad, donde todo se mueve con sigilo y nervios, donde cualquiera se ha convertido en extraño y enemigo, donde hasta el más perdido, puede delatarte. El cineasta francés ha hecho una película de corte clásico, pero tristemente actual por su contenido, en el que la ética y la moral tanto de unos y otros, vencedores o vencidos, se debate entre aquello que hacemos para conseguir con vida, aunque sea a costa de otros que en realidad son inocentes, y nuestra conducta ante la maldad cotidiana, esa que vemos y sabemos, pero que callamos por miedo a la represalia. Finkiel construye una intriga psicológica de gran calado cinematográfico, en el que seguimos la existencia durísima y triste de Marguerite, por un lado, y por el otro, el contexto de la guerra en las ciudades, donde la guerra era demasiado presente, donde el invasor y aquellos que le ayudaban, sembraban el terror en cada calle, en cada esquina y en cada apartamento, sin lugar a respirar, con un ahogo continuo donde nadie está a salvo.

Finkiel convierte en la ciudad en un personaje más, inundando sus calles de miedo, de dolor, de tristeza, como un espacio sin vida, reflejo del trasfondo psicológico que experimentan sus personajes, desde Marguerite, impresionante la composición de la actriz Mélanie Thierry (que habíamos visto como cooperante en la guerra de los Balcanes en Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa) en la que consigue con sutileza y sobriedad capturar todas las emociones que tiene su personaje, esa Marguerite rota por el dolor, con sus angustias y pesares, sin recurrir a las estridencias y la gestualidad tan recurrentes en este tipo de personajes tristes. Le acompañan Benoît Magimel, como colaboracionista, y completamente irreconocible, con bastantes kilos de más, con esa soberbia y prepotencia del vencedor, y esos trajes impolutos en los que demuestra su posición en tiempos tan amargos y de carencias, en una interpretación modélica, en la que como su partenaire, retrata desde la contención y el detalle más ínfimo, y esta terna la completa Benjamin Biolay como uno de los jefes de la resistencia, y principal apoya emocional de Marguerite, con ese aire de Belmondo, en el que compone una interpretación intensa y sobre todo, de miradas, desde la sobriedad del conjunto de la película. Finkiel ha creado una obra con mayúsculas, sin recurrir a trucos efectistas ni maniobras argumentales facilonas, sino todo lo contrario, mostrando la ausencia y ese dolor que provoca, ese dolor que se agarra al alma y no la deja respirar, que acaba corrompiendo tus sentimientos, tus fuerzas para seguir, tu coraje para seguir esperando, aunque sea lo más duro de tu vida, porque seguir alimentando la esperanza es lo único a lo que puedes agarrarte cuando ya nada más importa y existe.