El regreso de las golondrinas, de Li Ruijun

EL AMOR Y LA TIERRA. 

“Se dice que el cine es el arte del tiempo. En este sentido, el trabajo es esencialmente el mismo que el de los agricultores. En la realización de películas, nosotros nos enfrentamos constantemente a cuestiones relacionadas con el tiempo y con la vida”. Los agricultores confían en la tierra y el tiempo con sus cultivos y su sustento, así nosotros debemos confiar en la tierra y en el tiempo con nuestras películas. Las palabras en papel, como semillas creciendo en una cosecha, se transforman por la cámara dentro de lo que recordamos de nuestra memoria lejana”. 

Li Riujun 

En El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, una película que retrata la durísima vida de los campesinos bergamascos en Lombardía de finales del XIX y principios del XX, pero a pesar de sus duras condiciones de existencia lo afrontan con dignidad. Situación parecida a la que vive y sufre Mao Yaoutie, un agricultor chico actual que todavía resiste en su vaciado pueblo trabajando la tierra y cultivando trigo. Su vida solitaria y lúgubre cambia un día cuando conoce a Cao Guiying, una mujer que ha sufrido acoso y todavía arrastra secuelas físicas y emocionales, ya que sus respectivas familias les obligan a un matrimonio concertado. Dos almas marginadas y apartadas que deberán compartir vida y trabajo. 

El director Li Ruijun (China, 1983), ha dirigido cinco películas, en las que se ha centrado en las relaciones humanas y la vida rural de una China en un proceso continuo de cambio, abandonando lo rural para transformarse en metrópolis muy industrializadas y consumistas. La historia que nos cuenta El regreso de las golondrinas es un cuento sencillo, sobrio y con poquísimos diálogos, con el mejor aroma de Renoir, Ozu, Bergman, Rossellini, Tarkovski, Erice, Kiarostami, Tarr y demás autores donde prevalece una mirada a la vida desde lo más profundo, desde el detalle, desde lo cotidiano, desde el mínimo gesto, sin ningún tipo de artificio y distracción estética, todo lo auténtico para contarnos lo esencial, lo vital y lo humano, vaciando el plano y el encuadre de elementos distrayentes, y concentrarse en lo mínimo y vital, en el que predomina la interpretación de los actores y actrices y los pocos elementos físicos en cuestión. Un cine que explica, un cine que nos habla, que documenta la vida, el trabajo y la existencia humana desde “la verdad”, una verdad que conocemos, que sentimos y sobre todo, una verdad que queda, que tiene aplomo y tiene historia, en un arte que comprende el tiempo como forma de mirar y comprender lo que nos rodea, o al menos, mantenernos de forma activa y seguir haciéndonos preguntas. 

Un cine que contiene una mirada profunda y sencilla, que se toma su tiempo para contarnos aquello que está viendo y por ende, retratando, a través de esta pareja de deshechos humanos, y lo digo por el modo que son tratados durante la película, y especialmente, en la secuencia que abre la película, donde no tienen voz ni voto, y ese plano fijo donde el protagonista nos da la espalda y vemos, de frente, a todos sus familiares, que tienen un status económico mucho más alto, no obstante, lo llaman “Cuarto Hermano”, que no es otra cosa que negarle su nombre y por efecto, su identidad. Una primera secuencia que no sólo describe la situación pisoteada de los dos protagonistas, sino que escenifica esa China dividida en dos. La China nueva rica, con su ropa y coches extranjeros, que somete y explota a los otros, esa China rural, esa China que todavía resiste fuera de los espacios consumistas. A pesar del continuo desprecio y explotación, tanto Ma como Cao siguen a lo suyo, en silencio y trabajando, acercándose cada vez más, descubriéndose y descubriéndonos que hay muchas formas de amor y de amar, a partir del tiempo, la paciencia, la ternura y el cariño. 

Podemos afirmar, sin ánimo de exagerar, que El regreso de las golondrinas es una de las mejores historias de amor que hemos visto en mucho tiempo, y no lo digo a modo de exageración, ya lo comprobarán ustedes cuando vean la película, así sabrán que no lo digo por decir, porque todas esas imágenes, ya sea trabajando con la tierra, con ese ir y venir diario, y ese año en el que transcurre la película, siguiendo la cosecha de trigo, con sus cambios de estaciones y circunstancias del tiempo, o esas otras, en el interior de la minúscula vivienda en la que descansan, hacen la comida sencilla, con esos panes redondos que hornean, y todos esos momentos que comparten, en el que hablan, se miran, se abrazan, se escuchan y sobre todo, sueñan con esa vida que les ha venido obligada, pero que ellos aceptan y se entienden, o lo que es lo mismo, se aman, y no desde el interés, ya sea material u emocional, sino desde la aceptación del otro, desde las circunstancias del otro, desde la verdad del otro, desde la necesidad y el cariño del otro, sin reproches, sin sometimientos, desde una posición igualitaria, sencilla, sin palabras, sólo con gestos, y con lo humano, que parece que, en la actualidad, se nos ha olvidado o obviamos por interés, egoísmo y maldad. 

Una pareja inolvidable, que ya forma parte del imaginario del cine actual, una pareja como Ma y Cao que trabajan juntos desde el respeto, desde la gratitud de lo poco que tienen, sobreviviendo en una sociedad hostil, esa que viene de fuera, la que compra y vende terrenos de forma codiciosa y estúpida, esa que no mira al otro, que vive consumida en lo superficial y la apariencia. Un cine de una grandísima calidad, tanto en lo técnico como lo artístico, con una cinematografía de Wang Weihua que plasma con dureza y sensibilidad la dura vida de Ma y Cao, pero sin ahondar en la miseria y su tragedia, sino en la realidad en la que viven sin regodearse en ella, con esos momentos interiores donde la magia y la belleza capturan cada instante, como esa caja agujereada con luces que crea ese efecto óptico de trasladarse a otra dimensión, a otro planeta, donde, quizás, los seres humanas se aman y no se odian. El gran trabajo de montaje del propio director, donde impone un maravilloso ritmo reposado y calmo, donde las cosas van sucediendo, donde la vida nos atrapa desde lo mínimo y lo invisible, donde somos testigos de ese amor puro, de verdad, de los que parecen de otro mundo. 

La excelente y pausada música del iraní Peyman Yazdanian, que trabaja indistintamente entre China y su país, donde ha trabajado con lo mejor del cine de su país como Kiarostami, Pahani y Farhadi. En el aspecto interpretativo, la película es inmensa y llena de detalles y gestos que dotan a cada plano y cada encuadre de una gran fuerza, en el que sobran las palabras y la imagen construye toda su dramaturgia y su humanidad. Dos intérpretes en estado de gracia como Wu Renlin como Ma Youtie, que ya había trabajado con Ruijun en The Old Donkey (2010) y Fly With The Crane (2012), en la piel de un campesino machacado y vilipendiado, pero sin perder su dignidad, con su trozo de tierra, su burro y sus gallinas, y su mujer, que interpreta Hai Qing en la piel de la desdichada cao Guiying, una mujer que descubrirá que la vida puede ser otra cosa y lo hará al lado de un tipo humilde y extremadamente sencillo como Ma, donde crecerá, se hará humana y sobre todo, se enamorará, un amor puro, tranquilo, de verdad, de los que no se olvidan. Estaremos muy atentos al próximo cine de Li Ruijun, que se suma a esta nueva hornada de grandísimos cineastas chinos como los Jia Zhangke, Bi Gan, diao Yinan y Hu Bo, entre otros, que, a través de sus películas abordan los cambios sociales, políticos, económicos, industriales y culturales de un mastodonte en un proceso desorbitado de industrialización y consumismo estúpido. El cine de Ruijun no estaría muy lejos de las aproximaciones a lo rural desde la verdad, con su belleza, complejidad y dolor, y lo humano como las extraordinarias La gente del arrozal (1994), de Rithy Panh, y El hombre sin nombre (2009), de Wang Bing, otro de los grandes cineastas chinos actuales. Dos películas que hablan de la vida rural, de la tierra, que no resulta nada fácil trabajarla, de la familia, del amor y de lo humano, desde la perspectiva de lo sencillo y lo profundo, alejados de ese mundanal ruido que nos quieren vender como progreso y vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Unicornios, de Àlex Lora

ISA LO QUIERE TODO. 

“Me doy cuenta de que todo el mundo dice que las redes sociales son un unicornio pero, ¿y si solo es un caballo?”.

Jay Baer

El mundo real o lo que entendemos por realidad, que eso sería otro debate, ha perdido la fisicidad para convertirse en virtual, o quizás, para convertirse en una representación de otra. Porque la realidad, y permítanme que utilice el mismo término, se ha desplazado a las redes sociales. Todo lo que allí existe se interpreta como lo real, o más bien, como la interpretación de una realidad que se evapora a cada milésima de segundo porque es sustituida por otra, igual de vacía, pero segundos más actual. Todo aquel, ya sea autónomo o empresa, debe vivir en las redes, crear contenido y exponer, y exponerse, para conseguir “likes”, y una visibilidad constante que se traduzca en beneficio económico. Isa, la protagonista de Unicornios lo tiene claro. Su vida, su trabajo y su ocio están constantemente expuestos en las redes sociales. Sus posts son su vida y esa realidad virtual en la que vive se traduce en una existencia llena de movimiento, actividad frenética y una pasión arrolladora. Vive el mundo, cada segundo, sin perder nada ni nadie, consume y fabrica contenido, y ama y folla de forma libre y sin complejos. 

El primer largometraje de ficción de Àlex Lora, después de una filmografía dedicada al cine documental donde ha cosechado algunos éxitos como el corto Un agujero en el cielo (2014), los largometrajes codirigidos como Thy Father’s Chair (2015), y El cuarto reino. El reino de los plásticos (2019), siempre con temáticas sociales y contundentes. Con Unicornios arranca en la ficción con una película que mira de frente a la juventud actual, a esa que tiene las redes sociales como su todo, que practica el amor libre, y es inteligente, segura de sí misma y mucho más. Aunque, el director barcelonés se centra en lo que no se ve, en la amargura y el lado más oscuro de toda esa vida de apariencia y exposición, y lo hace desde un guion escrito a cuatro manos en los que ha participado María Mínguez, que tiene en su haber comedias como Vivir dos veces y Amor en polvo, Marta Vivet, con series como Las del Hockey, y películas estimables como Cantando en las azoteas, y Pilar Palomero, directora de Las niñas y La maternal, y el propio director, donde prima la mirada y el cuerpo de Isa, interpretada magistralmente por una formidable Greta Fernández, con esa fuerza arrolladora que transmite y se come la pantalla, una magnífica mezcla de ternura y fuerza. 

Una película de aquí y ahora, pero no cómoda y sentimentaloide, sino todo lo contrario, porque nos habla de frente, sin atajos ni nada que se le parezca, retratando esa realidad cruda, donde hay soledad y tristeza, con ese tono agridulce, amargo y siniestro, en la que se abordan temas tan candentes como las mencionadas redes sociales, las relaciones maternofiliales, y las relaciones humanas, tanto sentimentales, profesionales y con uno mismo, y lo hace desde la sencillez y de frente, sin dejarse nada y mirarlas con crudeza y de verdad, esa verdad que escuece, que golpea y te deja pensando en que mundo vivimos y sobre todo, qué mundo hacemos cada día entre todos y todas. Una imagen de colores fluorescentes, neones y pálidos bañan toda la película, con ese tono tristón, de realidad aparente, en un gran trabajo de cinematografía de Thais Català, que ya firmó el corto Harta, de Júlia de Paz. Un buen trabajo de montaje del propio Lora y Mariona Solé, de la que hemos visto documentos tan interesantes como 918 Gau y El techo amarillo, cortante, poderoso y frenético, pero sin ser incomprensible, en un realto que se va a los 93 minutos de metraje. 

Amén de la mención de la protagonista, nos encontramos con Nora Navas, siempre tan bien y tan comedida, en el rol de madre de la protagonista, con la que tendrá sus más y sus menos, con sus idas y venidas, en una relación que estructura de forma brillante el recorrido de la película. Un actor tan natural como Pablo Molinero, hace del jefe de la prota, un tipo que tiene esa web que quiere más, rodeado de jóvenes talentos como Isa, a los que exprime y agita para sacar sus mejores ideas, la siempre brillante Elena Martín, que nos tiene enamoraos desde Les amigues de l’Agatà, haciendo de una fotógrafa con miles de followers y algo más, que mantendrá una relación interesante con el personaje de Greta Fernández, y otros intérpretes la mar de interesantes, tan naturales y reales, como Alejandro Pau, Sònia Ninyerola y Lídia Casanova, en un nuevo y excelente trabajo de Irene Roqué, que está detrás de éxitos tanto en series como Nit i Dia y Vida perfecta, y cine como Chavalas, Libertad y la citada La maternal. Sin olvidarnos de la producción de Valérie Delpierre, que ya estaba detrás de la mencionada Thy Father’s Chair, y de otras que todos recordamos, y Adán Aliaga, codirector del citado El cuarto reino

Lora se ha salido con la suya, y eso que la empresa presentaba dificultades y riesgo, pero su Unicornios no es una historia que quiera complacer, para nada, sino mostrar una realidad oscura y profunda, en la que su protagonista Isa va y viene, una mujer joven, preparada y lista, que no quiere perderse a nadie y a nada, estar siempre ahí, aunque esa actitud la lleve a cruzar bosques demasiados siniestros y complejos, aunque ella, aún sabiendo o no su riesgo, no quiere dejarse de nada, y vivir la vida con mucha intensidad, quizás demasiada, pero para ella todo vale y todo tiene su qué, y quién no quiera seguirla, ahí tiene la puerta, porque si una cosa tiene clara Isa que las cosas y los momentos pasan y nada ni nada espera a nadie, aunque a veces no sepamos parar, detenernos y mirar a nuestro alrededor por si de caso nos hemos olvidado de lo que nos hace sentir bien y sobre todo, estamos dejando por el camino personas que nos importan y por nuestra ambición desmedida, no nos estamos dando cuenta de nuestro error. Unicornios  no está muy lejos de películas como Ojalá te mueras (2018), de Mihály Schwechtj, en la que una estudiante se veía expuesta en las redes de manera cruel y violenta, y Sweat (2020), de Magnus von Horn, que relataba la cotidianidad de Sylwia Zajca, una motivadora de fitness que era la reina de las redes, pero cuando las apagaba, se sentía la mujer más triste y sola del planeta. Llegar a ese equilibrio y a esa estabilidad emocional es la que también intenta tener Isa, aunque como Sylwia, no siempre se sale con la suya, porque por mucho que queramos correr, el mundo va siempre más rápido. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Extraña forma de vida, de Pedro Almodóvar

EL AMOR VUELVE CABALGANDO. 

– ¿A cuántos hombres has olvidado? A tantos como mujeres recuerdas tú. -¡No te vayas! No me he movido. -Dime algo bonito. Claro. ¿Qué quieres que te diga? – Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Te he esperado todos estos años. -Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto. Habría muerto si tú no hubieras vuelto. -Dime que me quieres todavía, como yo te quiero. Te quiero todavía, como tú me quieres. -Gracias, muchas gracias. 

Diálogo entre Johnny y Viena en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray 

El primer encuentro entre el western y Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), fue en Mujeres al borde de un ataque de nervios  (1988), cuando Pepa Marcos, actriz de doblaje, ponía su voz quebrada a la mítica secuencia que hemos reproducido al inicio de este texto, en la que el genio manchego fundía ficción y realidad ficcionada en uno de los grandes momentos de su filmografía. La segunda, que nosotros sepamos, fue su no a hacer la película Brokeback Mountain, una historia apasionada entre dos vaqueros a principios de los sesenta, que finalmente dirigió en 2005 con gran éxito Ang Lee. Han tenido que pasar 21 largometrajes y unos cuántos cortometrajes, entre ellos los recordados La concejala antropófaga (2009), en el que Carmen Machi explotaba su gran vis cómica, y The Human Voice (2020), rodado en inglés, con una grandísima Tilda Swinton enfrentándose al texto de Cocteau. 

Ahora, nos llega Extraña forma de vida, con sus 31 minutos de duración, y nuevamente filmado en la lengua de Shakespeare, y con el paisaje de Tabernas, en Almería, escenario de tantos espaguetis, que recupera el clasicismo del género, con su tragedia griega revoloteando, y esos amores del pasado que vuelven, marca de la casa Almodovariana, y por ende, la estructura más usada del oeste, aunque la idea no es repetir hasta la saciedad, sino mirarla desde otro lugar, no pretendiendo ser original, que sería absurdo, sino conseguir acercarse al género sin desmerecer, acompañándolo de la personalidad y el carácter del director español. La trama se resume rápido, Silva, un tipo cruza a caballo el desierto y llega a Bitter Creek. Allí se reencuentra con el Sheriff Jake, antiguo amigo de correrías cuando andaban en cuadrilla como outlaw. Entre ellos hay muchas cosas del pasado que les unen, pero ahora en el presente, también hay muchas que los separan, como el hijo de Silva, acusado por Jake de asesinato, y otras que preferimos no desvelar. Su apertura es magnífica y muy reveladora, con el fado cantado de Amalia Rodrigues, que desvela algo así como que no hay existencia más extraña que la que se vive de espaldas a los deseos. 

Encontramos al “equipo de Almodóvar”, a José Luis Alcaine en la cinematografía, nueve películas juntos, que recoge la grandeza del género con ese color tierra en los exteriores, y los contrastes en los interiores, el montaje de Teresa Font, que después del fallecimiento de Pepe Salcedo, ha recogido el testigo y llevan cuatro películas, consigue una edición rítmica y concisa, donde se explica lo necesario, con ese viaje al pasado, a una pedazo de secuencia que recuerda a un momento de El Quijote, o una de las secuencias más memorables de Parranda (1977), de Gonzalo Suárez. El arte de Antxón Gómez, otro puñado de películas juntos, que consigue dotar de grandeza e intimidad cada espacio de la película. La estupenda música de Alberto Iglesias, trece títulos juntos desde Todo sobre mi madre (1999), que funde lo clásico de Steiner con las guitarras de Morricone en otra de sus grandes composiciones para el cine de Almodóvar. No podemos olvidar el diseño de vestuario de Anthony Vaccarello, director creativo de Saint Laurent, compañía que coproduce la película, como hiciese con Lux Aeterna (2019), de Gaspar Noé, donde brillan los colores de Silva, con esa impresionante chaquetilla verde, que contrasta con el negro de Jake, y ese pañuelo rojo que los une y separa. 

No podemos olvidar a Juan Gatti con su enésimo diseño del cartel de la Almodóvar Factory que recupera al “Elvis pistolero”, de Warhol, y a su vez, tiene reminiscencias de aquel pistolero que nos apuntaba en Asalto y robo de un tren  (1903), de Porter, el primer western de la historia. Otro de los grandes elementos del cine del director español es la confección de su reparto en el que vemos jóvenes como José Conde y Manu Ríos que hacen la juventud de los protagonistas, con la aparición de Jason Fernández y Daniel Rived, reclutados por dos de las mejores directoras de reparto del país como Eva Leira y Yolanda Serrano, así como la participación del siempre efectivo Pedro Casablanc, en una gran secuencia con el sheriff, y Sara Sálamo, una de las tres mexicanas. La pareja protagonista, y nunca mejor dicho, son dos grandes. Tenemos a Ethan Hawke como el Sheriff Jake, un hombre que ha olvidado su pasado delictivo y se ha pasado al otro lado, aunque quizás no tanto. Una existencia tranquila que trastoca y de qué manera la llegada de Pedro Pascal como Silva, el viejo amigo, el compañero, el amor que vuelve cabalgando, esa pasión reprimida y olvidada, que, quizás, tiene otro capítulo más o no. 

La filmografía de Almodóvar está llena de amores de todo tipo, pero un amor tan salvaje y prohibido como el que tienen Jake y Silva, no lo habíamos visto desde aquel que mantenían Pablo y Antonio, los enamorados de La ley del deseo (1987), que mantenían aquel amor desaforado, aquella pasión destructora, el deseo irrefrenable por el otro, por lo prohibido, por lo que te mantiene vivo. Con Extraña forma de vida nos ocurre que nos encantaría seguir con los dos personajes ideados por Almodóvar, y ahí reside nuestro contradicción, porque como cortometraje es conciso, emocionante y humano, con la duración perfecta, pero, nos gustaría seguir con ellos, conocerlos un poco más, seguir en esos paisajes, con esas miradas y ese amor, porque estamos ante una historia compleja y magnífica, porque no sólo es el relato de un reencuentro y de un ex amor, es más que un western, porque recoge lo clásico, y también, lo crepuscular y el antiwestern de Peckinpah y Leone, la suciedad, el pasado, y lo extraño, con un desaforado amor, de esos que te hacen vivir y morir, de los que no se olvidan, de los que siempre recuerdas por muchos que vengan después, porque ya lo saben ustedes, siempre hay un amor del pasado que nunca olvidamos, un amor que sabemos que si aparece por nuestra puerta sería nuestra perdición, porque nos desmonta, nos mata y sobre todo, nos hipnotiza, y no sabemos por qué este sí, y otros no, quizás el amor es eso, aquello que no sabemos explicar pero sí que sentimos, y cómo sentimos, algo que se tiene que vivir y experimentar, como les ocurre a los dos pistoleros y amigos de la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Toda una vida, de Marta Romero

EL AMOR DE MI VIDA.  

“(…) Toda una vida. Te estaría mimando. Te estaría cuidando. Como cuido mi vida. Que la vivo por ti. No me cansaría. De decirte siempre. Pero siempre, siempre. Que eres en mi vida. Ansiedad, angustia. Desesperación.”

Toda una vida, de Osvaldo Farrés. 

Entre la cantidad de películas que se estrenan cada año en cines y plataformas, cuesta encontrarse con historias sobre la vejez, y cuando lo hacen, suelen ser el complemento que interpretan al abuelo o padre de, poquisimas veces aparecen como protagonistas. Así que, una cineasta como Marta Romero (Benicarló, Castellón, 1986), haya dedicado sus dos primeros trabajos a la vejez y más concretamente, a sus abuelos y abuelas, no sólo es una gran noticia sino que es sumamente revelador, porque dice mucho de su mirada y su humanidad, porque tanto Facunda (2020), un cortometraje de 17 minutos, protagonizado por su tía abuela residente en el pequeño municipio de La Solana, en Ciudad Real, a medio camino entre el documento, la ficción y el ensayo, como para su primer largometraje, Toda una vida, centrada en sus abuelos maternos Paco Coll y Trini Muñoz, que viven en Benicarló, en un relato que empezó en el año 2010 y se alargó hasta el 2022, doce años en que la directora filmaba a sus abuelos en grabaciones domésticas de todo tipo: reuniones, salidas, celebraciones y demás interacciones familiares, en sus viajes de ida y vuelta desde Barcelona donde reside la cineasta. 

La película se centra en sus abuelos, en toda una vida juntos, en sus quehaceres cotidianos, y en toda esa memoria que les acompaña, como deja claro en su gran apertura con ese caleidoscopio de imágenes del ayer. Pero ya decía el poeta que la vida es más impredecible e inquietante que cualquier cosa que podamos imaginar y menos prever, porque la ópera prima de Romero que nació con la intención de almacenar esa memoria de toda una vida juntos, acaba siendo una película sobre el amor, sobre el acompañamiento, sobre el cuidado, y sobre todo, una película que nos mira de frente, y que mira a dos almas que ahora deben afrontar la enfermedad de Alzheimer que padece Trini. Una vida que se va y la otra que la acompaña, con una cámara omnipresente que documenta toda esa experiencia vital muy difícil y compleja, ese diario de la vida y la enfermedad, un diario que refleja una enfermedad devastadora, pero no lo hace desde la compasión y la sensiblería, sino todo lo contrario, desde el amor más profundo, desde la cotidianidad más cercana, más íntima, más transparente, sin cortapisas ni estridencias.

Una película construida con profundidad y detalle, un collage donde hay fotografías, tiempo, memoria y presente, alegría y dolor, donde la cámara se posa y es paciente, que mira y nos mira, con Romero que filma y que interactúa con sus abuelos y madre y demás familia, donde todo se relaciona y todo se agita, con detalles que encogen el alma, a través del cuidado, de la mirada atenta y observadora, desde esos dos mundos, él que cuida y la que es cuidada, la de uno y el otro, con esa pandemia que atraviesa la película, con todos los problemas que ocasionó a las residencias donde se encuentra Trini, y ese tiempo de aislamiento y lejanía para Paco que no puede estar con su mujer. Recuperando el aroma de las home movies de Chantal Akerman, donde los detalles y el gesto y la palabra resignifican cada plano y encuadre, y es tan importante lo que vemos como lo que no. Toda una vida mira con aprecio a unos abuelos que siguen a pesar de la enfermedad, de un abuelo que mantiene la dignidad y la resistencia por y para el amor, que es todo un ejemplo para tantas banalidades que a día de hoy en nombre del supuesto amor, porque Paco Coll ama a pesar de los pesares, porque se mantiene firme ante los obstáculos, y sigue dando y abrazando amor por Trini, la mujer no sólo de su vida, sino todas las vidas que viviera. 

La directora se acompaña de algunos de sus cómplices más cercanos que ya estuvieron en la citada Facunda, como la cineasta Luz Ruciello, de la que vimos Un cine en concreto (2017), que ahora es ayudante de dirección, la también cineasta Florencia Alberti en el montaje, qué gran trabajo condensando todas las vidas habidas y vividas en unos breves pero intensisimos setenta y dos minutos de metraje, y Enrique G. Bermejo, el mezclador de sonido, todo un especialista que ha trabajado con nombres tan importantes como Isabel Coixet, Belén Funes, Carolina Astudillo y Paloma Zapata, entre otros. Toda una vida recoge el tono y la textura y el aroma que impregnaba películas como Dejad paso al mañana (1937), de Leo McCarey, Umberto D (1952), de Vittorio De Sica, Cuentos de Tokio (1953), de Yasujiro Ozu, el segundo segmento de Del rosa al amarillo (1963), de Manuel Summers, y No todo es vigilia (2014), de Hermes Paralluelo, entre otras. Todas ellas grandes películas sobre las dificultades de la vejez donde la vida va mucho más despacio y la memoria se acumula y vivimos recordando con ese presente tan difícil cada día. 

Marta Romero ha construido una hermosísima y reveladora carta sobre sus abuelos, y por ende, sobre la vejez, aquella que vive con dignidad, con resistencia y sobre todo, con amor, porque Toda una vida es una de las mejores historias de amor que se han visto en el cine en muchos años, y hecha con un humanismo que ya quisieran muchos, desde la verdad, y no digo esa verdad que construye una realidad, sino de la verdad de las emociones, de aquello que sentimos, de lo que en realidad somos, y todo eso como lo trasladamos a nuestra cotidianidad, a lo que hacemos cada día, y lo que hacemos a los demás, entre nosotros, y es ahí donde emerge la figura de Trini y Paco, dos personas que a pesar de las tremendas dificultades siguen siendo ellos, siguen amándose, y lo demuestran de verdad, de la que se siente en lo más profundo del alma. Si la directora pretendía que la película fuera un homenaje a la memoria de sus abuelos, Toda una vida se ha convertido en algo mucho más verdadero y brutal, porque nos habla de ternura, de cuidados, de afecto y de sentir al otro, y se erige como una obra sencilla y profunda sobre la honestidad, el amor, y el humanismo, en tiempos donde parece que estos valores ya no existen, pues no es cierto, porque Paco y Trini nos demuestran lo contrario, y viendo a esta pareja de enamorados octogenarios, uno piensa que son los demás que no creen en el amor y lo peor de todo, es que nos quieren convencer que el amor es eso, y se equivocan, porque si buscamos una definición del amor dentro que es un sentimiento muy complejo de definir, lo que han tenido Trini y Paco se parece a lo que es el amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ali Ray

Entrevista a Ali Ray, directora de la película «Frida Kalho», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 26 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ali Ray, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Les amistats perilloses, de Pierre Choderlos de Laclos/Carol López. Teatre Lliure.

LA PERVERSIDAD DEL AMOR. 

“La fidelidad es de todas las virtudes la menos constante”.

Las amistades peligrosas, de Pierre Choderlos de Laclos

Que el teatro y el cine tienen su común denominador en el artificio para contar historias es de sobras conocido, por eso no hay que caer en la trampa en defender que son dos medios similares, porque a parte de su propuesta fabuladora, sus mecanismos para conseguirlo son sumamente diferentes. Digo todo esto, porque cuando nos enfrentamos a una nueva versión teatral de Las amistats perilloses, la inmortal obra de Pierre Choderlos de Laclos publicada en 1782, que ha adaptado y dirigido Carol López (Barcelona, 1969), para el Teatre Lliure, hay que olvidarse de cualquier adaptación anterior, ya sea teatral o cinematográfica, y debemos hacer el ejercicio de ir lo más vírgenes posible, es decir, no volviendo a ver ninguna de las películas, ni leyendo nada que tenga que ver con análisis de la obra o de su autor, y mucho menos leerse el programa de mano de la obra en cuestión. Eso sí, si tenemos tiempo, sería preferible leer la obra literaria en la que se basa, para ir muy empapados sobre aquello que vamos a ver. 

La novela tiene miga, como se decía antes, porque ya en su prólogo nos ponen sobre aviso que aunque está publicada en el siglo XVIII, en los albores de la Revolución Francesa, lo que allí ocurre nada tiene que ver con su época, porque sus personajes visten y se relacionan con formas y costumbres que no son de la época y sí de otras, mezcladas e inventadas como muy bien acoge López en su montaje, con ese vestuario y caracterización, que abandona las pelucas y los excesivos maquillajes, y mantiene una ropa que combina diferentes épocas y deja ver los soportes de las faldas que se colocan por encima de la citada prenda, con un aire muy moderno, con los pantalones de la Marquesa de Merteuil, y esa vistosidad de colores y formas. Quizás, la historia que nos cuenta es que la que conocemos más de antemano, con ese pacto-estrategia al que llegan los dos protagonistas principales, la mencionada Marquesa y el Vizconde de Valmont, vaya dos, la fama les precede, de libertinaje y amantes efímeros, y de jugar con los sentimientos y vete tú a saber. Su trato perverso consiste, por si hay alguien que no lo recuerda; en que, si Valmont seduce a Madame de Tourvel, una mujer casada que destaca por su virtud, podrá tener una noche de placer con Merteuil. El juego ha empezado, y también, entran en liza la joven e ingenua Cécile, hija de Volanges, prima de la Marquesa, que será usada por Valmont para conseguir su objetivo. Habrá dos más almas en esta situación, Rosemunde, tía del Vizconde, y Danceny, el joven y apuesto profesor de inglés de Cécile, del que se enamorará perdidamente. 

Si recordamos algunos montajes que hemos visto de López sabremos que sus escenografías están muy pensadas y provocan un sentimiento espejo-reflejo en el espectador, porque destacan por su sencillez y así mismo, en una elaboración muy impactante, como recordamos en Germanes (2008), que vimos en La Villarroel, o en Bonus Track, de hace tres temporadas que también se representó en el Lliure, con esas siete sillas que esperan a sus respectivos personajes, o esas paredes que suben y bajan según el momento, con esa sofá y cama tan oportuno, y esos letreros neón que hacen presencia en Les amistats perilloses, esa bilingüidad tan natural en el transcurso de la obra, para marcar los diferentes tiempos y espacios de la obra, y esas incursiones a través de temas musicales modernos, que no citaremos para no desvelar ninguna sorpresa a los futuros espectadores, que nos ayuda a dejar claro la universalidad de todos los aspectos que se dan cita en la obra. La hora y cuarenta minutos de duración del montaje mantienen un ritmo brutal, en el no que paran de suceder cosas, planteada como acción y reacción, es decir, vemos las acciones de los diferentes personajes, y luego, los escuchamos relatando lo que ha sucedido, en una implacable resolución en el espacio escénico, en el que se van sucediendo casi al instante, al unísono, pasando de un espacio y tiempo, de uno a otro, sólo con un gesto y un movimiento de los intérpretes, como si estuviéramos viendo una película, imaginándonos los diferentes planos y demás. 

Aunque si tenemos que rendirnos al montaje que se ha marcado la dramaturga y directora barcelonesa, sólo tenemos que profundizar en su reparto, uno de sus elementos más importantes, porque a todas nos viene a la memoria sus excelentes y extensos repartos de las obras que hemos mencionado anteriormente. en esta destacan, como no podía ser de otra manera, la Marquesa de Merteuil en la piel de una brutal Mónica López, con esa capa por encima, esos pantalones y ese abanico y pelo corto, en un personaje cabrón como ella sola, en un ser rígido, de metal, pero con alma, y también, con corazón, aunque siempre nos lo esté burlando y burlándose de él. Frente a ella, y nunca mejor dicho, El Vizconde de Valmont con el rostro, el cuerpo, esa barba poblada, y esa melena recogida de Gonzalo Cunill, qué bueno es este actorazo, cómo habla, cómo se mueve, y encima como se comporta, como si con él no fuese la cosa. Va a costar mucho no imaginarse estos personajes con otros rostros que no sean estos. Mima Riera en el papel de Tourvel, su candidez, su belleza, su fragilidad, frente a los lobos de Valmont y Merteuil, una actriz poderosa, brillante y llena de energía en este viaje a los infiernos, o mejor dicho, este viaje al placer y a los sentidos más carnales. Elena Tarrats es Cécile, que la hace con brillo y armonía, en otro viaje, esta vez a descubrir la primera vez, y qué primera vez, como para olvidarla, sintiendo a los hombres y el sexo, y no olvidemos al actor inglés Tom Sturguess, que es un ángel metido en la jaula de la depravación y terreno pantanoso y cruel, haciendo de Danceny, y luego están, las señoras, la Volanges, que hace una siempre excelente Marta Pérez, con esos momentos de humor tan irresistibles y madre muy madre con la pequeña Cécile, que pronto veremos que no le hace falta ninguna madre protectora y estúpida, y finalmente, Eli Iranzo como Rosemunde, una mujer madura que pasa por ahí y tiene algunas frases de esas que vienen al caso y nos hacen reflexionar y mucho. 

Celebramos y aplaudimos con pasión el nuevo montaje de Les amistats perilloses, de Carol López, porque el sábado pasado, el 20 de mayo de 2023, fue una gran idea acudir a la sesión de las cinco de la tarde al Teatre Lliure de Montjuïc, porque disfrutamos, nos emocionamos y vibramos con la obra, y pensamos que después de esto, podemos afirmar que Carol López, lo volvemos a repetir porque lo ha hecho muy grande, puede con lo que le echen, antes ya lo sabíamos, porque sigue manteniendo esa audacia, esa mirada y ese arrojo necesario para meterse con una novela de casi 250 años de vida que habla mucho de mujeres, de la fuerza de las mujeres, de su pasión, de su arrojo, de sus miedos y sus amores, porque la pluma de Choderlos de Laclos nos enfrenta al deseo, la seducción, la perversidad, la maldad, la mentira y la oscuridad de la condición humana, sino también, a nuestras más nobles pasiones como los sentimientos, el amor y la dulzura con el otro u otra, y también, nuestras más bajas pasiones, el sexo y la carnalidad, desde muchos aspectos y condiciones y advirtiéndonos que si queremos jugar, debemos estar dispuestos a perder, y no sólo eso, también a perder a aquello que no sabíamos que amábamos o quizás, lo fingíamos. Tengan cuidado y no tienten a la suerte, porque lo que pueden perder. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Loreto Mauleón y Alberto Gastesi

Entrevista a Loreto Mauleón y Alberto Gastesi, actriz y director de la película «La inquietud en la tormenta», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el sábado 25 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Loreto Mauleón y Alberto Gastesi, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Andrés García de la Riva de Nueve Cartas Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño, y al equipo de comunicación del D’A Film Festival. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La quietud en la tormenta, de Alberto Gastesi

DOS ROSTROS, DOS TIEMPOS. 

“-Las heridas son parte de la vida, Daniel. Nos recuerdan que el pasado fue real. 

– Yo no estoy herido. – No, tú estás perdido en el tiempo”.

La primera imagen con la que se abre una película es fundamental, porque, en cierta manera, define lo que será el devenir de lo que se quiere contar. En La inquietud de la tormenta, la ópera prima del donostiarra Alberto Gastesi, no nos encontramos con una imagen, sino dos. Dos imágenes definitorias. Dos rostros en silencio, que parece que miran a algún lugar, ya sea físico o emocional. Dos rostros que pertenecen a Lara y a Daniel. Dos almas que, quizás, se recuerdan, o simplemente, se reencuentran. La película se inicia con un misterio. Un misterio que posiblemente desvele algo oculto, o no. Como la misteriosa ballena varada en la playa de La Concha, ante el asombro de los transeúntes, que recuerda a otros cetáceos como aquel de La dolce vita (1960), de Fellini, o el de Leviatán (2014), de Andrey Zvyagintsev, que van mucho más allá del hecho accidental, para descubrir los estados de ánimo de los personajes, unos individuos que contemplan atónitos el inmenso animal, y a su vez, actúan como espejo-reflejos en sus circunstancias personales. 

El director guipuzcoano, que lleva una larga trayectoria en el mundo del cortometraje, se adentra en las posibilidades o no de una pareja que no lo fue. Lara y Daniel se conocieron o quizás nunca hablaron, simplemente se miraron, puede ser que se dedicaran alguna sonrisa, y ahí quedó la cosa. Pero, ¿Qué pasaría si hubieran ido a más?. Esta pregunta es la que se plantea la historia de La inquietud de la tormenta, que obedece a Gelditasuna ekaitzen, en euskera, porque la película asume con naturalidad las situaciones de la ciudad vasca y mantiene los dos idiomas. La película, con un guion de Alex Merino, que ya coescribió con Gastesi el cortometraje Cactus (2018), y el propio director, nos mueve entre dos tiempos, el presente, con Lara y su pareja, Telmo, que vuelven de París con la intención o no, de instalarse en Donostia y visitan un piso, y ella se reencontrará con Daniel, que ahora vende pisos. También, está el pasado, en la no historia de Lara y Daniel, en lo que pudo ser y no fue. Y ahí estamos, entre un tiempo y el otro, entre dos personajes, entre dos posibilidades de vida, que recuerda a aquella maravilla de La vida en un hilo, (1945), de Edgar Neville. 

Filmada con elegancia y sensibilidad, con un impecable blanco y negro y el formato 4:3, en un prodigioso trabajo de cinematografía de Esteban Ramos, con una interesante filmografía que le ha lelvado a trabajar con Galder Gaztelu-Urrutia, el director de El hoyo (2019), Iban del Campo y con Gastesi en el cortometraje Miroirs (2016), y el conciso y rítmico montaje del que se encarga el propio director, en un depurado trabajo en el que la naturalidad y la cercanía son la base de un metraje que abarca los noventa y seis minutos. Luego, tenemos a Donostia, esa ciudad nublada, con la lluvia como protagonista, como les ocurría a los personajes de la película de Neville, convertida en un paisaje que vemos desde varios ángulos, en dos tiempos y a partir de dos miradas, de ese tiempo que parece que navega a la deriva en bucle, que parece anclado, como la mencionada ballena, como esos dos personajes, que parece que sí, que parece que no, y luego, las circunstancias actuales, las de ese presente, las de ese piso vacío, las de esa tormenta, las cosas que nos decimos, las que nos callamos, y todas las heridas que nos acompañan. 

La voz cantante de la película, la llevan la inmensa pareja protagonista en las miradas, ¡Qué miradas!, de Loreto Mauleón, que nos encantó en Los renglones torcidos de Dios, de Oriol Paulo, y ahora se mete en la piel de Lara, una joven que pudo tener todo en Donostia, pero que el tiempo y lo demás, la llevaron a París enamorada, y ahora, el tiempo y demás, otra vez, la devuelve a la ciudad, y a su pasado. Frente a ella, Daniel en la piel de Iñigo Gastesi, que ya había protagonizado algún de su hermano Alberto, amén de películas tan nombrables como Oreina (2018), de Koldo Almandoz, y Ane (2020), de David P. Sañudo, entre otras, dando vida a ese joven que se quedó, que hizo su vida en Donostia, que está enamorado de Vera y parece algo estancado y algo herido, que se reencuentra con Lara y el pasado lo traspasa o simplemente, le devuelve algo que creía perdido. Acompañan a esta peculiar pareja, Aitor Beltrán en Telmo, el chico de Lara, al que hemos junto a directores como Mikel Rueda y Gracia Querejeta, entre otros, y Vera Millán como Vera, la chica de Daniel, que la recordamos en A puerta fría (2012), de Xavi Puebla, y luego, todos esos personajes como la madre de Daniel, tan sabia y tan llena de paz, un contrapunto al estado emocional de su perdido hijo, que tiene esa secuencia, tan bien filmada y mejor hablada, que explica tantas cosas de Daniel, y ese otro momento con el amigo de Lara y su chico, en plena calle, una especie de reencuentro, que detalla las vicisitudes y egoísmo que imperan en la alocada y nerviosa existencia actual. 

La quietud en la tormenta es una película pequeña y sencilla, y me refiero a sus circunstancias de producción, no así a su acabado formal ni emocional, que son de primer nivel, porque contiene alma, y vemos a unos personajes contradictorios y complejos, tan vulnerables como todos nosotros, porque habla de muchas cosas, y lo hace de forma magnífica y depurada, contando todo lo necesario y sin ser reiterativo, una trama muy sensible y cercana, sin caer en los relamidos momentos sensibleros y demás, sino con cabeza y corazón, porque lo que les pasa a Lara y Daniel, nos ha pasado a muchos y seguirá pasando, porque nunca sabes a ciencia cierta todo aquello que vas dejando o todo aquello que no te atreviste a comenzar, eso nunca lo sabremos, porque la vida es así, siempre en continuidad y en presente, no nos da valentía cuando la necesitamos, sino a tiempo pasado, cuando ya no hace falta, en fín, las circunstancias de la existencia y esa manía estúpida de la velocidad, que nos lleva a equivocarnos demasiado a menudo, y cuando nos detenemos, es cuando miramos mejor y sobre todo, nos miramos mejor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las buenas compañías, de Sílvia Munt

LAS MUJERES QUE SE PUSIERON EN PIE.  

“La mujer está obligada a tomar la libertad si no se la dan”.

Federica Montseny 

El cine, un arte que tiene la imagen como base fundamental, encuentra en la mirada su vehículo idóneo para transmitir todo aquello que se propone. En Las buenas compañías, el nuevo trabajo como directora de Sílvia Munt (Barcelona, 1957), la mirada de Bea se convierte en ese puente que transmite todo el engranaje y complejidad emocional por el que pasa su protagonista en aquel verano del 77 en Errentería, en el País Vasco. Un país, con el dictador ya fiambre, que todavía arrastraba demasiadas cosas del antiguo régimen, que luchaban febrilmente con las ansias de libertad de muchos. Las mujeres vascas, y más concretamente, las de Errentería, protestaban contra la falta de derechos y libertad, y ayudaban a otras que querían abortar y viajaban con ellas a Francia para que lo hicieran de forma digna y segura. Con guion de la propia directora, que retrata a sus coetáneas, y Jorge Gil Munarriz, del que conocemos su trabajo como guionista y director en El método Arrieta (2013) y la coescritura de Sueñan los androides (2014), de Ion de Sosa, se inspiran en “Las 11 de Basauri”, un grupo de mujeres feministas acusadas y encarceladas por practicar abortos en un proceso que se alargó una década. 

La trama, como ya hemos comentado, se posa en la mirada profunda e inquieta de Bea, una joven de 16 años, que es una más del movimiento feminista que hace todo tipo de protestas: baña en pintura a violadores impunes, extiende pancartas a favor de las encarceladas, y ayuda a pasar a mujeres que abortan en Francia. Ese verano, el del 77, será significativo para Bea, que vive con su madre Feli, y tiene a su padre en la cárcel por temas políticos. Ese verano conocerá a Miren, una joven más mayor que está embarazada, con la que descubrirá el amor y la emancipación en todos los sentidos. Munt, que amén de su extraordinaria carrera como actriz con la que ha trabajado con mucho de los grandes de este país, se ha labrado una prolífica carrera como directora en la que hay ocho películas para televisión, la miniserie Vida privada (2017), excelentes documentales como Lalia (1999), Gala  (2003), y La granja del pas (2015), y grandes dramas como Pretextos (2008), que le valió muchos reconocimientos. con Las buenas compañías entra en una liga superior, sumergiéndonos en un sólido y magnífico drama, mezclado con las tramas de iniciación, e introduciendo de forma ejemplar el contexto histórico, y las luchas feministas del posfranquismo. 

Todo encaja a la perfección, todo se desenvuelve con naturalidad y fortaleza, en una película donde el aspecto técnico brilla con contundencia como la excelente cinematografía de Gorka Gómez Andreu, que ha trabajado con director vascos de la últimas hornadas como Koldo Almandoz, Asier Altuna y Paul Urkijo, con esa luz inmensa, que detalla con minuciosidad todos los avatares emocionales que registra la cinta, el estupendo trabajo de montaje de Bernat Aragonés, que tiene en su haber nombres tan interesantes como Isabel Coixet, Agustí Villaronga, Judith Colell y Belén Funes, con detalle y tensión en una historia que cuenta mucho y en poco tiempo, en apenas 95 minutos de metraje. Sin olvidarnos la magnífica música de Paula Olaz, de la que hemos visto Nora, de Lara Izagirre y La cima, de Ibon Cormenzana, entre otras, con esa banda sonora que sigue, que acompaña y que reescribe las imágenes, haciendo mención especial el tema “Nadie te quiere ya”, de Los Brincos, un grupo a reivindicar, con los Fernando Arbex y compañía, un temazo que encaja a la perfección en el estado de ánimo por el que pasa Bea, un grito de rabia y desesperación, como si estuviese escrito para la película. 

El brillante reparto no se queda atrás, y eso que era difícil encontrar a las protagonistas principales, en una película que se mueve entre la lucha y la protesta a nivel social, y en la contención y el silencio en la vida íntima y personal. Entre las mujeres guerreras y valientes encontramos a María Cerezuela, que era la hija de Maixabel, que hacía Blanca Portillo, en la película homónima de Icíar Bollaín de hace un par de temporadas, la fuerza de una gran Nagore Cenizo, Heren de Lucas, la inolvidable Itziar Ituño, que hace de Feli, la madre trabajadora y sola de la protagonista, que nos encantó en Loreak y Hil Kanpaiak, entre otras, y las dos almas en peligro, en tránsito y con demasiadas historias a su alrededor, Elena Tarrats es Miren, la actriz catalana se ha labrado una interesante carrera teatral, y va mostrándose en la televisión y el cine, y hace de la niña rica, demasiado sola y herida, que encontrará en Bea una grandiosa tabla de salvación y sobre todo, una forma de ver la vida tan diferente. Alicia Falcó es la maravillosa Bea, que fue la niña de La por (2013), de Jordi Cadena, y hemos visto en series como Gigantes y Cuéntame cómo pasó, un estupendo y complejo personaje, en qué Falcó lo coge y lo hace muy suyo, siendo todo un acierto que está actriz, dotada de una mira portentosa, acompañada de un gesto contenido que expresa tanto sin decir casi nada, una alma libre que está atrapada entre tanta imposición, reglas y retroceso, y esa libertad, tan hijaputa que hay que luchar cada centímetro. 

Aplaudimos y celebramos la vuelta al largometraje de Munt, que no sólo nos ha despachado una magnífica drama y película de iniciación, de amor, de amistad, de lucha, de camaradería, de compañerismo, valores en desuso en la actualidad, sino que recupera un caso olvidado, cómo “Las 11 de Basauri”, y las mujeres de Errentería, y tantas otras que ayudaron a que hoy en día todas tengamos derechos y libertades, y también, que sigamos en la brecha, atentas a que todos esos derechos conseguidos a pico y pala sigan siendo, y que otros, que todavía siguen en la lucha, lo sean algún día más pronto que tarde. Un film como Las buenas compañías, que coincide con otra película Modelo 77, de Alberto Rodríguez, estrenada apenas siete meses atrás, que también se centraba en las luchas por mejorar las condiciones carcelarias. Una película, y no voy a decir la relamida frase de su necesidad, sino que van muchísimo más allá, porque rescata y recupera nuestra memoria histórica tan olvidada por algunos intereses, y lo hace con una excelente película, una de esas películas que guardaremos por mucho tiempo, una película que habla de esa “verdad”, que algunos quieren cambiar, y otros, como Sílvia Munt y todo su equipo quieren contarla como fue, y también, como ha quedado para nosotros, que siguiendo su espíritu, sigamos en lucha, por todo, por las mujeres, por la libertad, por los derechos y por nosotras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El trío en mi bemol, de Rita Azevedo Gomes

EL AMOR Y EL CINE SE MIRAN. 

 “Hay una contradicción: puertas que se cierran/puertas que se quieren abrir. Yo, que soy un ser contradictorio, estoy destinada a crear contradicciones, y no a detectarlas. Estas grandes contradicciones me obligan a posicionarme siempre de forma extremadamente ambigua frente a lo real. Lo que creo que soy es lo que puedo ser en lo que hago”.

Rita Azevedo Gomes

Se llaman Adélia y Paul. Fueron pareja y hace un año que cortaron. Ahora son ex que se encuentran como amigos, o al menos eso es lo que parece. Son siete encuentros durante un año. Hablan de lo que fueron, de lo que son y posiblemente, no serán. También, hablan de música, de ellos y el amor. Ellos son el eje central de El trío en mi bemol, la única obra de teatro que escribió el gran Éric Rohmer (1920-2010), que aquí se representó en las tablas de la mano de Fernando Trueba y con Sílvia Munt y Santiago Ramos. Ahora, nos llega la primera adaptación al cine de la mano de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), y cómo no podía ser de otra manera, conociendo el cine de la lisboeta, es una adaptación muy atípica, rehuyendo lo convencional y adentrándose en una intensa búsqueda sobre la representación del amor, del cine y nuestra propia forma de mirar y sentir, en el que el maravilloso y revelador arranque ya deja clara su mirada y su camino. 

La película nace producto de la pandemia, porque en noviembre de 2020, un equipo muy reducido de amigos se instaló tres semanas en Modelo de Minho, en el norte de Portugal, y dió forma a una película, que no sólo recoge el espíritu de Rohmer – las adaptaciones de La venganza de una mujer (2012) y La portuguesa (2018), tenían la misma textura y tono que La marquesa de O (1976) y Perceval le Gallois (1978), -, sino que se investiga a sí misma, y a modo de espejo-reflejo moldea las formas de la representación y el metalenguaje en una suerte sorprendente, ligera y profunda del cine y todo su entramado tanto en lo que vemos como lo que se nos oculta. Tenemos a cuatro almas, las citadas que componen la pareja protagonista rohmeriana, y los otros dos, el director y su ayudante, en el que la vida, el cine, la ficción y demás, se entrecruzan, se mezclan y fusionan creando múltiples espacios y miradas en las que a ciencia cierta nunca sabes dónde estás, y eso hace que la película de Azevedo Gomes, dentro de su extrema ligereza, oculte una estupenda profundidad donde todo se contagia, se acompaña y sobre todo, todo se moldea en un ejercicio magnífico de vida, de cine y de todo. 

No es la primera vez que la directora portuguesa se detiene a investigar sobre las formas y estructuras de la representación, si no recuerden su anterior film, Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (2019), que junto a Pierre León, el Paul de esta, y Jean-Louis Schefer profundizaban sobre las formas de representación y demás aspectos del arte, que tiene en Vanya en la calle 42 (1994), de Louis Malle, su espejo-reflejo, en la que un grupo de intérpretes ensayaban a Chéjov o quizás ensayaban sobre la vida, el amor y ellos mismos, intentando encontrar su mejor versión o no. La directora se acompaña en esta aventura con cómplices cercanos como el cinematógrafo Jorge Quintela, el sonidista Olivier Blanc, el guionista Renaud Legrand, y los intérpretes Rita Durào y el mencionado Pierre Léon, que dan vida, preocupaciones y contradicciones a la peculiar pareja protagonista, a esos dos ex que hablan de su pasado, del presente sentimental de ella y de un futuro que parece que no llega o cuando lo hace ya se ha transformado en otra cosa, y luego su reflejo, la otra pareja, la que hacen Ado Arrieta y Olivia Cábez, director especial y extraño que nunca está satisfecho de la película que está rodando, un personaje casi fantasmal, un tipo que parece algo que no es, o quizás sólo lo imaginamos, y ella, su ayudante, que le acompaña, que le guía por la película o por el rodaje de la película, porque todo va de aquí para allá, traspasando los diferente mundos, o quizás sólo es uno y nosotros pensamos que no, ahí también se sustenta la película, en ese proceso de infinita búsqueda donde el cine va más allá, donde lo tangible adquiere otro significado y damos paso a otros mundos, otros espacios, y todos se transforman. 

En El trío en mi bemol, la cosa se presenta como una comedia sentimental ligerísima, con esa naturalidad e intimidad que traspasa, sustentada en largas conversaciones, en las que hay de todo, cercanía y lejanía entre los dos protagonistas, filmadas en largos planos secuencias donde la cámara se queda fija, con algún que otro movimiento ceremonioso y pausado, presentando una parte del espacio, en el que se describe el interior de cada uno de los personajes, donde cada mirada, y sobre todo, cada gesto resultado revelador. Una trama que no es, donde aparentemente todo se mira de una pasada, pero he aquí, las conversaciones entre los dos ex amantes esconden muchas cosas más, y su profundidad radica en que no lo parece, que todo parece diferente, que todo no es como en realidad es. La película se convierte en una especie de caleidoscopio infinito en que todo tiene su reflejo, en ocasiones perceptible, y en otras, muy confuso, y en pocas, nos devuelve a una imagen natural, como pionera, una imagen que está exenta de misterio o quizás sólo nos lo parece. Una película que investiga, y nos investiga a los espectadores, viva, múltiple, intensa y natural, que parece una cosa y quizás es otra, una película que mira y nos mira, que nos refleja y la reflejamos, una película contaminada de un continuo interrogatorio con ella misma y con quién la mira.  

Una película hecha en libertad y con pausa, que define con exactitud la mirada y el cine de Rita Azevedo Gomes, una directora que se inició en el cine en 1990 con O som da terra a tremer, sobre un escritor que no escribió nada, y ya define su cine, apartado de modas, tendencias y tantas cosas que nada tienen que ver con el cine y mucho menos con mirar y ser mirado, que es al fin y al cabo la verdadera naturaleza del cine, sumergirnos en una experiencia en el que todos los espectadores sepamos muy poco de la película y nos dejemos llevar, como si fuéramos protagonistas de una aventura a lo desconocido, nos dejemos llevar y que las imágenes y sonidos que contemplemos nos afecten en algún sentido o en todos los sentidos, que nos transforme de alguna manera y nos cuestione cosas, y la película de Azevedo Gomes no sólo nos transporta a otro mundo, a otro espacio, muy reconocible pero a la vez completamente desconocido, que nos seduce y nos sumerge en esos otros mundos, en todos esos paisajes físicos y emocionales, y espirituales, donde cabe todo y cabemos todos, siendo presos de unas imágenes y sonidos, de diálogos, de miradas y sobre todo, de la vida, el cine y el amor que se fusionan y nos enamoran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA