La quietud en la tormenta, de Alberto Gastesi

DOS ROSTROS, DOS TIEMPOS. 

“-Las heridas son parte de la vida, Daniel. Nos recuerdan que el pasado fue real. 

– Yo no estoy herido. – No, tú estás perdido en el tiempo”.

La primera imagen con la que se abre una película es fundamental, porque, en cierta manera, define lo que será el devenir de lo que se quiere contar. En La inquietud de la tormenta, la ópera prima del donostiarra Alberto Gastesi, no nos encontramos con una imagen, sino dos. Dos imágenes definitorias. Dos rostros en silencio, que parece que miran a algún lugar, ya sea físico o emocional. Dos rostros que pertenecen a Lara y a Daniel. Dos almas que, quizás, se recuerdan, o simplemente, se reencuentran. La película se inicia con un misterio. Un misterio que posiblemente desvele algo oculto, o no. Como la misteriosa ballena varada en la playa de La Concha, ante el asombro de los transeúntes, que recuerda a otros cetáceos como aquel de La dolce vita (1960), de Fellini, o el de Leviatán (2014), de Andrey Zvyagintsev, que van mucho más allá del hecho accidental, para descubrir los estados de ánimo de los personajes, unos individuos que contemplan atónitos el inmenso animal, y a su vez, actúan como espejo-reflejos en sus circunstancias personales. 

El director guipuzcoano, que lleva una larga trayectoria en el mundo del cortometraje, se adentra en las posibilidades o no de una pareja que no lo fue. Lara y Daniel se conocieron o quizás nunca hablaron, simplemente se miraron, puede ser que se dedicaran alguna sonrisa, y ahí quedó la cosa. Pero, ¿Qué pasaría si hubieran ido a más?. Esta pregunta es la que se plantea la historia de La inquietud de la tormenta, que obedece a Gelditasuna ekaitzen, en euskera, porque la película asume con naturalidad las situaciones de la ciudad vasca y mantiene los dos idiomas. La película, con un guion de Alex Merino, que ya coescribió con Gastesi el cortometraje Cactus (2018), y el propio director, nos mueve entre dos tiempos, el presente, con Lara y su pareja, Telmo, que vuelven de París con la intención o no, de instalarse en Donostia y visitan un piso, y ella se reencontrará con Daniel, que ahora vende pisos. También, está el pasado, en la no historia de Lara y Daniel, en lo que pudo ser y no fue. Y ahí estamos, entre un tiempo y el otro, entre dos personajes, entre dos posibilidades de vida, que recuerda a aquella maravilla de La vida en un hilo, (1945), de Edgar Neville. 

Filmada con elegancia y sensibilidad, con un impecable blanco y negro y el formato 4:3, en un prodigioso trabajo de cinematografía de Esteban Ramos, con una interesante filmografía que le ha lelvado a trabajar con Galder Gaztelu-Urrutia, el director de El hoyo (2019), Iban del Campo y con Gastesi en el cortometraje Miroirs (2016), y el conciso y rítmico montaje del que se encarga el propio director, en un depurado trabajo en el que la naturalidad y la cercanía son la base de un metraje que abarca los noventa y seis minutos. Luego, tenemos a Donostia, esa ciudad nublada, con la lluvia como protagonista, como les ocurría a los personajes de la película de Neville, convertida en un paisaje que vemos desde varios ángulos, en dos tiempos y a partir de dos miradas, de ese tiempo que parece que navega a la deriva en bucle, que parece anclado, como la mencionada ballena, como esos dos personajes, que parece que sí, que parece que no, y luego, las circunstancias actuales, las de ese presente, las de ese piso vacío, las de esa tormenta, las cosas que nos decimos, las que nos callamos, y todas las heridas que nos acompañan. 

La voz cantante de la película, la llevan la inmensa pareja protagonista en las miradas, ¡Qué miradas!, de Loreto Mauleón, que nos encantó en Los renglones torcidos de Dios, de Oriol Paulo, y ahora se mete en la piel de Lara, una joven que pudo tener todo en Donostia, pero que el tiempo y lo demás, la llevaron a París enamorada, y ahora, el tiempo y demás, otra vez, la devuelve a la ciudad, y a su pasado. Frente a ella, Daniel en la piel de Iñigo Gastesi, que ya había protagonizado algún de su hermano Alberto, amén de películas tan nombrables como Oreina (2018), de Koldo Almandoz, y Ane (2020), de David P. Sañudo, entre otras, dando vida a ese joven que se quedó, que hizo su vida en Donostia, que está enamorado de Vera y parece algo estancado y algo herido, que se reencuentra con Lara y el pasado lo traspasa o simplemente, le devuelve algo que creía perdido. Acompañan a esta peculiar pareja, Aitor Beltrán en Telmo, el chico de Lara, al que hemos junto a directores como Mikel Rueda y Gracia Querejeta, entre otros, y Vera Millán como Vera, la chica de Daniel, que la recordamos en A puerta fría (2012), de Xavi Puebla, y luego, todos esos personajes como la madre de Daniel, tan sabia y tan llena de paz, un contrapunto al estado emocional de su perdido hijo, que tiene esa secuencia, tan bien filmada y mejor hablada, que explica tantas cosas de Daniel, y ese otro momento con el amigo de Lara y su chico, en plena calle, una especie de reencuentro, que detalla las vicisitudes y egoísmo que imperan en la alocada y nerviosa existencia actual. 

La quietud en la tormenta es una película pequeña y sencilla, y me refiero a sus circunstancias de producción, no así a su acabado formal ni emocional, que son de primer nivel, porque contiene alma, y vemos a unos personajes contradictorios y complejos, tan vulnerables como todos nosotros, porque habla de muchas cosas, y lo hace de forma magnífica y depurada, contando todo lo necesario y sin ser reiterativo, una trama muy sensible y cercana, sin caer en los relamidos momentos sensibleros y demás, sino con cabeza y corazón, porque lo que les pasa a Lara y Daniel, nos ha pasado a muchos y seguirá pasando, porque nunca sabes a ciencia cierta todo aquello que vas dejando o todo aquello que no te atreviste a comenzar, eso nunca lo sabremos, porque la vida es así, siempre en continuidad y en presente, no nos da valentía cuando la necesitamos, sino a tiempo pasado, cuando ya no hace falta, en fín, las circunstancias de la existencia y esa manía estúpida de la velocidad, que nos lleva a equivocarnos demasiado a menudo, y cuando nos detenemos, es cuando miramos mejor y sobre todo, nos miramos mejor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las buenas compañías, de Sílvia Munt

LAS MUJERES QUE SE PUSIERON EN PIE.  

“La mujer está obligada a tomar la libertad si no se la dan”.

Federica Montseny 

El cine, un arte que tiene la imagen como base fundamental, encuentra en la mirada su vehículo idóneo para transmitir todo aquello que se propone. En Las buenas compañías, el nuevo trabajo como directora de Sílvia Munt (Barcelona, 1957), la mirada de Bea se convierte en ese puente que transmite todo el engranaje y complejidad emocional por el que pasa su protagonista en aquel verano del 77 en Errentería, en el País Vasco. Un país, con el dictador ya fiambre, que todavía arrastraba demasiadas cosas del antiguo régimen, que luchaban febrilmente con las ansias de libertad de muchos. Las mujeres vascas, y más concretamente, las de Errentería, protestaban contra la falta de derechos y libertad, y ayudaban a otras que querían abortar y viajaban con ellas a Francia para que lo hicieran de forma digna y segura. Con guion de la propia directora, que retrata a sus coetáneas, y Jorge Gil Munarriz, del que conocemos su trabajo como guionista y director en El método Arrieta (2013) y la coescritura de Sueñan los androides (2014), de Ion de Sosa, se inspiran en “Las 11 de Basauri”, un grupo de mujeres feministas acusadas y encarceladas por practicar abortos en un proceso que se alargó una década. 

La trama, como ya hemos comentado, se posa en la mirada profunda e inquieta de Bea, una joven de 16 años, que es una más del movimiento feminista que hace todo tipo de protestas: baña en pintura a violadores impunes, extiende pancartas a favor de las encarceladas, y ayuda a pasar a mujeres que abortan en Francia. Ese verano, el del 77, será significativo para Bea, que vive con su madre Feli, y tiene a su padre en la cárcel por temas políticos. Ese verano conocerá a Miren, una joven más mayor que está embarazada, con la que descubrirá el amor y la emancipación en todos los sentidos. Munt, que amén de su extraordinaria carrera como actriz con la que ha trabajado con mucho de los grandes de este país, se ha labrado una prolífica carrera como directora en la que hay ocho películas para televisión, la miniserie Vida privada (2017), excelentes documentales como Lalia (1999), Gala  (2003), y La granja del pas (2015), y grandes dramas como Pretextos (2008), que le valió muchos reconocimientos. con Las buenas compañías entra en una liga superior, sumergiéndonos en un sólido y magnífico drama, mezclado con las tramas de iniciación, e introduciendo de forma ejemplar el contexto histórico, y las luchas feministas del posfranquismo. 

Todo encaja a la perfección, todo se desenvuelve con naturalidad y fortaleza, en una película donde el aspecto técnico brilla con contundencia como la excelente cinematografía de Gorka Gómez Andreu, que ha trabajado con director vascos de la últimas hornadas como Koldo Almandoz, Asier Altuna y Paul Urkijo, con esa luz inmensa, que detalla con minuciosidad todos los avatares emocionales que registra la cinta, el estupendo trabajo de montaje de Bernat Aragonés, que tiene en su haber nombres tan interesantes como Isabel Coixet, Agustí Villaronga, Judith Colell y Belén Funes, con detalle y tensión en una historia que cuenta mucho y en poco tiempo, en apenas 95 minutos de metraje. Sin olvidarnos la magnífica música de Paula Olaz, de la que hemos visto Nora, de Lara Izagirre y La cima, de Ibon Cormenzana, entre otras, con esa banda sonora que sigue, que acompaña y que reescribe las imágenes, haciendo mención especial el tema “Nadie te quiere ya”, de Los Brincos, un grupo a reivindicar, con los Fernando Arbex y compañía, un temazo que encaja a la perfección en el estado de ánimo por el que pasa Bea, un grito de rabia y desesperación, como si estuviese escrito para la película. 

El brillante reparto no se queda atrás, y eso que era difícil encontrar a las protagonistas principales, en una película que se mueve entre la lucha y la protesta a nivel social, y en la contención y el silencio en la vida íntima y personal. Entre las mujeres guerreras y valientes encontramos a María Cerezuela, que era la hija de Maixabel, que hacía Blanca Portillo, en la película homónima de Icíar Bollaín de hace un par de temporadas, la fuerza de una gran Nagore Cenizo, Heren de Lucas, la inolvidable Itziar Ituño, que hace de Feli, la madre trabajadora y sola de la protagonista, que nos encantó en Loreak y Hil Kanpaiak, entre otras, y las dos almas en peligro, en tránsito y con demasiadas historias a su alrededor, Elena Tarrats es Miren, la actriz catalana se ha labrado una interesante carrera teatral, y va mostrándose en la televisión y el cine, y hace de la niña rica, demasiado sola y herida, que encontrará en Bea una grandiosa tabla de salvación y sobre todo, una forma de ver la vida tan diferente. Alicia Falcó es la maravillosa Bea, que fue la niña de La por (2013), de Jordi Cadena, y hemos visto en series como Gigantes y Cuéntame cómo pasó, un estupendo y complejo personaje, en qué Falcó lo coge y lo hace muy suyo, siendo todo un acierto que está actriz, dotada de una mira portentosa, acompañada de un gesto contenido que expresa tanto sin decir casi nada, una alma libre que está atrapada entre tanta imposición, reglas y retroceso, y esa libertad, tan hijaputa que hay que luchar cada centímetro. 

Aplaudimos y celebramos la vuelta al largometraje de Munt, que no sólo nos ha despachado una magnífica drama y película de iniciación, de amor, de amistad, de lucha, de camaradería, de compañerismo, valores en desuso en la actualidad, sino que recupera un caso olvidado, cómo “Las 11 de Basauri”, y las mujeres de Errentería, y tantas otras que ayudaron a que hoy en día todas tengamos derechos y libertades, y también, que sigamos en la brecha, atentas a que todos esos derechos conseguidos a pico y pala sigan siendo, y que otros, que todavía siguen en la lucha, lo sean algún día más pronto que tarde. Un film como Las buenas compañías, que coincide con otra película Modelo 77, de Alberto Rodríguez, estrenada apenas siete meses atrás, que también se centraba en las luchas por mejorar las condiciones carcelarias. Una película, y no voy a decir la relamida frase de su necesidad, sino que van muchísimo más allá, porque rescata y recupera nuestra memoria histórica tan olvidada por algunos intereses, y lo hace con una excelente película, una de esas películas que guardaremos por mucho tiempo, una película que habla de esa “verdad”, que algunos quieren cambiar, y otros, como Sílvia Munt y todo su equipo quieren contarla como fue, y también, como ha quedado para nosotros, que siguiendo su espíritu, sigamos en lucha, por todo, por las mujeres, por la libertad, por los derechos y por nosotras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El trío en mi bemol, de Rita Azevedo Gomes

EL AMOR Y EL CINE SE MIRAN. 

 “Hay una contradicción: puertas que se cierran/puertas que se quieren abrir. Yo, que soy un ser contradictorio, estoy destinada a crear contradicciones, y no a detectarlas. Estas grandes contradicciones me obligan a posicionarme siempre de forma extremadamente ambigua frente a lo real. Lo que creo que soy es lo que puedo ser en lo que hago”.

Rita Azevedo Gomes

Se llaman Adélia y Paul. Fueron pareja y hace un año que cortaron. Ahora son ex que se encuentran como amigos, o al menos eso es lo que parece. Son siete encuentros durante un año. Hablan de lo que fueron, de lo que son y posiblemente, no serán. También, hablan de música, de ellos y el amor. Ellos son el eje central de El trío en mi bemol, la única obra de teatro que escribió el gran Éric Rohmer (1920-2010), que aquí se representó en las tablas de la mano de Fernando Trueba y con Sílvia Munt y Santiago Ramos. Ahora, nos llega la primera adaptación al cine de la mano de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), y cómo no podía ser de otra manera, conociendo el cine de la lisboeta, es una adaptación muy atípica, rehuyendo lo convencional y adentrándose en una intensa búsqueda sobre la representación del amor, del cine y nuestra propia forma de mirar y sentir, en el que el maravilloso y revelador arranque ya deja clara su mirada y su camino. 

La película nace producto de la pandemia, porque en noviembre de 2020, un equipo muy reducido de amigos se instaló tres semanas en Modelo de Minho, en el norte de Portugal, y dió forma a una película, que no sólo recoge el espíritu de Rohmer – las adaptaciones de La venganza de una mujer (2012) y La portuguesa (2018), tenían la misma textura y tono que La marquesa de O (1976) y Perceval le Gallois (1978), -, sino que se investiga a sí misma, y a modo de espejo-reflejo moldea las formas de la representación y el metalenguaje en una suerte sorprendente, ligera y profunda del cine y todo su entramado tanto en lo que vemos como lo que se nos oculta. Tenemos a cuatro almas, las citadas que componen la pareja protagonista rohmeriana, y los otros dos, el director y su ayudante, en el que la vida, el cine, la ficción y demás, se entrecruzan, se mezclan y fusionan creando múltiples espacios y miradas en las que a ciencia cierta nunca sabes dónde estás, y eso hace que la película de Azevedo Gomes, dentro de su extrema ligereza, oculte una estupenda profundidad donde todo se contagia, se acompaña y sobre todo, todo se moldea en un ejercicio magnífico de vida, de cine y de todo. 

No es la primera vez que la directora portuguesa se detiene a investigar sobre las formas y estructuras de la representación, si no recuerden su anterior film, Danzas macabras, esqueletos y otras fantasías (2019), que junto a Pierre León, el Paul de esta, y Jean-Louis Schefer profundizaban sobre las formas de representación y demás aspectos del arte, que tiene en Vanya en la calle 42 (1994), de Louis Malle, su espejo-reflejo, en la que un grupo de intérpretes ensayaban a Chéjov o quizás ensayaban sobre la vida, el amor y ellos mismos, intentando encontrar su mejor versión o no. La directora se acompaña en esta aventura con cómplices cercanos como el cinematógrafo Jorge Quintela, el sonidista Olivier Blanc, el guionista Renaud Legrand, y los intérpretes Rita Durào y el mencionado Pierre Léon, que dan vida, preocupaciones y contradicciones a la peculiar pareja protagonista, a esos dos ex que hablan de su pasado, del presente sentimental de ella y de un futuro que parece que no llega o cuando lo hace ya se ha transformado en otra cosa, y luego su reflejo, la otra pareja, la que hacen Ado Arrieta y Olivia Cábez, director especial y extraño que nunca está satisfecho de la película que está rodando, un personaje casi fantasmal, un tipo que parece algo que no es, o quizás sólo lo imaginamos, y ella, su ayudante, que le acompaña, que le guía por la película o por el rodaje de la película, porque todo va de aquí para allá, traspasando los diferente mundos, o quizás sólo es uno y nosotros pensamos que no, ahí también se sustenta la película, en ese proceso de infinita búsqueda donde el cine va más allá, donde lo tangible adquiere otro significado y damos paso a otros mundos, otros espacios, y todos se transforman. 

En El trío en mi bemol, la cosa se presenta como una comedia sentimental ligerísima, con esa naturalidad e intimidad que traspasa, sustentada en largas conversaciones, en las que hay de todo, cercanía y lejanía entre los dos protagonistas, filmadas en largos planos secuencias donde la cámara se queda fija, con algún que otro movimiento ceremonioso y pausado, presentando una parte del espacio, en el que se describe el interior de cada uno de los personajes, donde cada mirada, y sobre todo, cada gesto resultado revelador. Una trama que no es, donde aparentemente todo se mira de una pasada, pero he aquí, las conversaciones entre los dos ex amantes esconden muchas cosas más, y su profundidad radica en que no lo parece, que todo parece diferente, que todo no es como en realidad es. La película se convierte en una especie de caleidoscopio infinito en que todo tiene su reflejo, en ocasiones perceptible, y en otras, muy confuso, y en pocas, nos devuelve a una imagen natural, como pionera, una imagen que está exenta de misterio o quizás sólo nos lo parece. Una película que investiga, y nos investiga a los espectadores, viva, múltiple, intensa y natural, que parece una cosa y quizás es otra, una película que mira y nos mira, que nos refleja y la reflejamos, una película contaminada de un continuo interrogatorio con ella misma y con quién la mira.  

Una película hecha en libertad y con pausa, que define con exactitud la mirada y el cine de Rita Azevedo Gomes, una directora que se inició en el cine en 1990 con O som da terra a tremer, sobre un escritor que no escribió nada, y ya define su cine, apartado de modas, tendencias y tantas cosas que nada tienen que ver con el cine y mucho menos con mirar y ser mirado, que es al fin y al cabo la verdadera naturaleza del cine, sumergirnos en una experiencia en el que todos los espectadores sepamos muy poco de la película y nos dejemos llevar, como si fuéramos protagonistas de una aventura a lo desconocido, nos dejemos llevar y que las imágenes y sonidos que contemplemos nos afecten en algún sentido o en todos los sentidos, que nos transforme de alguna manera y nos cuestione cosas, y la película de Azevedo Gomes no sólo nos transporta a otro mundo, a otro espacio, muy reconocible pero a la vez completamente desconocido, que nos seduce y nos sumerge en esos otros mundos, en todos esos paisajes físicos y emocionales, y espirituales, donde cabe todo y cabemos todos, siendo presos de unas imágenes y sonidos, de diálogos, de miradas y sobre todo, de la vida, el cine y el amor que se fusionan y nos enamoran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Time to Love, de Metin Erksan

DEL AMOR Y OTRAS SOLEDADES. 

“No decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante, porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe”. 

Luis Cernuda

Hay muchas historias del cine. Tenemos la oficial, la que todos los que hemos estudiado cine conocemos, con sus nombres, películas y demás. Pero también hay otras, las que no conocemos, las que se reescriben cada año, porque cada año en lo más recóndito de una filmoteca o una casa olvidada, se descubren otros nombres y películas, descubriendo a cineastas que, desgraciadamente, quedaron en el olvido o muy pocos recuerdan. El nombre de Metin Erksan (Çanakkale, Turquía, 1929 – Bakirköy, Turquía, 2012), es uno de ellos, un cineasta que dirigió 42 títulos amén de una veintena de guiones para otros directores. Este descubrimiento viene con su última película, Sevmek zamani, traducida como Time to Love, en la que nos cuenta la fascinación de Halil, un pintor que decora las casas de los ricos, por un retrato, el retrato de Meral, una de esas jóvenes ricas que pasa su tiempo en casa de ricos suyas o de amigos. Los dos se conocen y se enamoran, aunque Halil tiene miedo, ese miedo del enamorado que sabe que la diferencia entre ellos, de posición social sobre todo, hará añicos el amor y por ende su vida. 

El extraordinario arranque de la película con ese mar rodeado de un profundo bosque de árboles altos acompañado de un silencio sepulcral, que escenifica los barrotes de una prisión, igual que sucedía en Los amantes crucificados (1954), de Kenji Mizoguchi, nos lleva a pensar que estamos frente a un amor difícil, un “amour fou”, que mencionaba el gran Buñuel. La película ya tiene ese aroma triste y melancólico, con esa secuencia del inicio con la lluvia, una lluvia fiel compañera de este amor tan difícil como pasional, y el protagonista mirando a través de la ventana del café, y luego sale y la cámara lo sigue hasta la casa, donde entra y en soledad se queda embelesado mirando el retrato de la citada Meral. Un tono y unos paisajes tristes, desolados y vacíos que recuerdan enormemente el cine del bloque comunista, con nombres como Kieslowski y Béla Tarr, entre otros. El blanco y negro acentúa ese aire pesado y asfixiante de unas vidas sin más, unas existencias anodinas, sin esperanza y muy solitarias, en consonancia con el formato cuadrado que evidencia esa cárcel de la que hablábamos, en un gran trabajo del cinematógrafo Mengü Yegin, con más de 70 títulos a sus espaldas, y la música, constante y que resalta esas emociones contradictorias de ambos protagonistas, que firma Metin Bükey, con más de 130 películas en su filmografía, y el preciso y sólido trabajo de sonido de Yorgo Ilyadis con 80 títulos en su haber. 

Halil y Meral son dos almas enamoradas, pero también son dos almas muy diferentes, pertenecen a clases sociales antagónicas, y eso lo cambia todo, porque una cosa es el amor y otra muy distinta, la del patrimonio que se dispone, porque nunca habrá un amor que no esté sometido a las leyes de lo material, y en esas están los dos personajes. Erksan construye una película tan real como poética, donde cada plano y cada encuadre evidencia la distancia y la cercanía que reside entre Halil y Meral, y ese entorno duro y agreste, donde deja claro la influencia de aquellos años sesenta, la inspiración de los “nuevos cines”, de los Antonioni, de esos paisajes dolientes y desiertos, de esas playas desiertas, donde el mar rompe y desgasta, de esos caminos pedregosos y embarrados en mitad de alguna montaña, o esos lagos, donde el agua es densa y poco clara, rodeados de naturaleza y también, de aislamiento, de ese mundo interior, tan complejo y tan difícil de interpretar, de constantes huidas y (des) encuentros y reencuentros, de diálogos en silencio, de palabras duras y cortantes, de miedos, de inseguridades, de querer alejarse o quedarse para siempre, de saber y no saber, de sentir y no saber qué sentir, de dudas, de incertidumbres, y sobre todo, de amor y otras soledades. 

El cine de Erksan tiene inspiraciones literarias, que se centraba en los problemas de las gentes del campo, convierte esa isla, que no es otra que las Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, en Turquía, en la isla del amor, o mejor dicho, en la isla donde nace el amor, primero en forma de retrato/fotografía, que lo emparenta con Jennie (1948), de William Dieterle, y con Laura, de Otto Preminger y La mujer del cuadro, de Fritz Lang, ambas producidas en 1944, donde la obsesión por la imagen de una mujer deviene un trasunto más allá del amor y el deseo, con raíces más profundas donde el sujeto se sacia con la mera contemplación del retrato sin querer ir más allá cuando la mujer se manifiesta en carne y hueso. Pero no sólo están los enamorados Halil y Meral, excelentemente interpretados por Müsfik Kenter y Sema Özcan, respectivamente, componiendo ese amor tan cercano y lejano, ese amor único, ese amor bello e intenso, ese amor rodeado de las circunstancias, y los demás, como Basar, el novio de Meral, al que da vida Süleyman Tekcan, un tipo que recuerda a los matones del cine negro hollywodiense, con su séquito y toda su rabia después que su amor se haya ido con el desconocido pintor de brocha gorda, y también, está Mustafa que interpreta Fadil Garan, una especie de padre-escudero de Halil, un amigo, un confesor y una ayuda, que trabaja con él, y canta con esa voz en la que recuerda a través de su guitarra turca, en la que la melancolía y la memoria se cruzan invocando otros tiempos, otros lugares y otros sentimientos. 

Celebramos la restauración en 4K de Mubi, y la gran idea de Vitrine Filmes de distribuirla para que la historia del cine siga en su proceso de reescritura infinito, y los mortales como yo y todos aquellos que amamos el cine, sigamos disfrutando de miradas, propuestas y reflexiones como Time to Love, y la historia de amor y no amor de Halil y Meral, y su entorno y sus circunstancias. Sólo nos queda añadir que si tienen oportunidad de verla en pantalla grande no duden en hacerlo, porque ahora que estamos rodeados de pantallas de ínfima calidad y tamaño, la calidad y la experiencia que ofrece un cine y su pantalla no es comparable, haganme caso, vale la pena el desplazamiento y disfrutar de esa sensación cuando la sala está a oscuras, la película empieza a proyectarse y el mundo no existe, el tiempo menos aún, y sólo quedan la película y su historia, que nos traslada al lejano año de 1965, a Turquía, y más concretamente a la Islas de los Príncipes, al sur de Estambul, y conocemos una crónica de amor, el amor de Halil y Meral, y la vida adquiere el más profundo de los sentidos, cuando finalice la película será otra historia, pero mientras sigamos disfrutando y sobre todo, soñando con el cine y la vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una bonita mañana, de Mia Hansen-Love

SANDRA EN LA MUERTE Y EN EL AMOR. 

“Nada más grueso que la hoja de un cuchillo separa la felicidad de la melancolía”. 

Virginia Woolf

El cine de Mia Hansen-Love (París, Francia, 1981), es de una gran belleza, y no sólo por lo que reflexiona, sino como lo muestra, porque en su aparentemente superficialidad y ligereza, oculta todo un entramado emocional complejo e inquietante, en el que sus personajes se mueven siempre entre contradicciones, paradojas y callejones de difícil salida. En Una bonita mañana, que nos llega con apenas ocho meses de diferencia respecto a su anterior película, La isla de Bergman, pone el foco en la vida de Sandra, una joven y viuda madre que vive junto a su hija Linn de ocho años y trabaja como intérprete, y acude a menudo a ver a su padre Georg, eminente profesor de filosofía, ahora muy delicado de salud. Dos situaciones van a alterar considerablemente su existencia. Por un lado, su padre debe ingresar en una residencia porque su estado empeora, y por otro, ha comenzado una relación intermitente con Clément, un antiguo amigo casado y con un hijo. Y así están las cosas para Sandra, debe despedirse de un padre que todavía está vivo pero ya no es él, y embarcarse o no en una relación con un casado. 

Desde su maravilloso arranque cuando la protagonista explica a su padre como abrir la puerta de casa desde el otro lado, deja bien claro que, a veces, los momentos más duros e insalvables se encuentran a una puerta de por miedo, que puede significar un gran obstáculo por el que hay que pasar inevitablemente, aunque no queramos. La familia, siempre importante en el imaginario de la directora francesa, tiene aquí un importancia abrumadora, como la tenía en su ópera prima Toda esta perdonado (2007), en la que también una hija debía pasar cuentas con su padre desaparecido, y en El porvenir (2016), cuando una esposa y madre tenía que volver a reconstruirse cuando su marido se iba de casa con una más joven. Como en casi toda su filmografía, la mujer es el centro de todo, mujeres de diferentes edades y una posición acomodada, mujeres con problemas sentimentales, casi siempre esperanzadas en un amor que les salve de la vida o de los conflictos internos que padecen, que en realidad están escondiendo esos miedos e inseguridades que todos tenemos a lo largo de nuestra vida, ya sean unos u otros. Sandra debe lidiar muchos frentes, batallas diarias que lleva con mucha entereza a pesar de todo, navegando por este temporal en una existencia anodina hasta ahora, en esos cinco años de soledad, o mejor digamos, de aparente felicidad, no por deseada sino porque no ocurría nada que altere esa vida o eso qué hacemos con nuestra vida o algo que se le parezca. 

En poco tiempo, Sandra se ve inmersa en dos frentes de órdago, dos luchas en las que se sumerge como puede, como hacemos todos, dos elementos contradictorios y sumamente complejos, porque debe decir adiós a su padre, a su referente y a su guía, que le ha enseñado el mundo del pensamiento y la palabra, y por otro lado, llega Clément, con su “problema”, que le ofrece una no relación de idas y venidas, en la que el cuerpo y la carne lo son todo. La imagen de 35mm, que usa en sus ocho películas hasta la fecha, si exceptuamos Edén (2014), da a cada encuadre y cada secuencia esa ligereza de la que hablábamos, ese tono tan cercano e íntimo que emanan los instantes del cine de Hansen-Love, como sus añorados Varda, Rohmer y Truffaut, con esos planos de paseos por París, por sus calles empedradas, sus largos escalones, sus plazas y miradores, en la que vuelve a contar con la mirada de Denis Lenoir, al igual que en el montaje, en la que la presencia de Marion Monnier, fiel compañera en toda su filmografía, dota de pausa y encanto a las casi dos horas de metraje, una duración que vemos sin prisa, pero con mucha intensidad y emoción. 

El tema musical “Liksom en herdinna”, de Jan Johansson, actúa como leitmotiv, porque lo escuchamos en varias ocasiones durante la película, que dice mucho de los entresijos emocionales por los que están pasando sus individuos. El buen manejo de la directora a la hora de componer sus personajes junto a intérpretes tan especiales como Léa Seydoux, que nos lleva de la mano con su inolvidable Sandra, una mujer entre dos frentes, y vaya frentes, despedirse de la persona que más has querido, y sobre todo, la persona que te ha guiado a ser quién querías ser, y esa otra persona que llega a tu vida con luz e ilusión, aunque traiga una mochila muy pesada, quién dijo que la felicidad venía fácil no sabía que era la felicidad y mucho menos la vida, esa cosa que nos da vida y nos mata y nos confunde, nos desoriente y sobre todo, ese densidad agridulce de no sé sabe qué. Al lado de Seidoux, nos cruzamos con el actor Rohmeriano Pascal Greggory en el papel de padre de Sandra, ese hombre que no ve, que ya no lee ni sus palabras ni las de otros, (Qué momentazo cuando la hija menciona que lo siente más en sus libros que cuando lo visita en la residencia), ni en su vida, sólo en el amor de su compañera.

Tenemos a otro pupilo de Rohmer como Melvil Poupaud haciendo de Clément, el casado que se ha enamorado de Sandra, con la que vive un amor de ida y venida, un amor de sexo y la complicidad y ternura que Sandra necesita en ese momento, no el mejor pero si el que necesita. Una estupenda Nicole García, con ese rollo de concienciada burguesa a su manera, con sus batalliltas sociales, como la exmujer y madre de Sandra, que después de 25 años divorciados, aún está presente cuando el padre se vuelve dependiente. Una bonita mañana habla sin estridencias ni sentimentalismos de temas muy importantes y muy difíciles emocionalmente hablando, de esos momentos cuando la vida te castiga y te lanza contra la tristeza y la desesperanza, temas que Hansen-Love los aborda desde una mirada desacomplejada y de verdad, en el que sentimos de todo y nos emociona, cuando caminamos por esas residencias, por esos lugares donde la vida se detiene y de qué manera, cuando los “otros” como Sandra miran a su alrededor y miran a su padre, al padre que ya no las conoce, al padre ausente, a la vida que se le va por un lado, y a la vida que empieza por otro, la vida en lo que es, una maraña de contradicciones y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuego fatuo, de Joâo Pedro Rodrigues

EL ROMANCE DEL PRÍNCIPE Y EL BOMBERO. 

¿Por qué volvéis a la memoria mía,

tristes recuerdos del placer perdido…?

José de Espronceda 

El universo cinematográfico de Joâo Pedro Rodrigues (Lisboa, Portugal, 1966), es un cine libre, diferente y muy revolucionario, porque se atreve con todo, a mostrar un mundo mutante y lleno de imaginación y tremendamente inventivo, donde predomina una libertad absoluta para retratar e indagar en la sexualidad que muestra sin tapujos y de forma explícita, en que los géneros desaparecen para fluir y mezclarse de formas y texturas asombrosas. Un cine que viaja por lo más sofísticado a lo más burdo, por la elegancia a lo basto, de lo sucio a lo más pulcro, contradicciones y complejidades que hacen del cine del director portugues una experiencia muy intensa y de descubrimiento constante. Tenemos ejemplos en sus más de veinte años de experiencia en corto y largometrajes como como El fantasma (2000), Odette (2005), Morir como un hombre (2009), La última vez que vi Macau (2012), y El ornitólogo (2016), entre otros títulos. Un cine en continúa búsqueda, que no cesa de preguntarse sobre sí mismo, un cine que experimenta, que muestra sin cortapisas y sobre todo, un cine sensitivo, muy corpóreo y un inmenso agitador en todos los sentidos. 

Con Fuego fatuo el cineasta lisboeta construye un híbrido impresionante y repleto de una gran inventiva para contarnos una fantasía musical, como la misma película advierte a su inicio, en la que fusiona de forma admirable y fabulosa la comedia, género que explora por primera vez de forma contundente, el musical, el romanticismo, el sexo, la biografía, la memoria, el ecologismo, la coreografía y sobre todo, una película-sensación que nos transporta a una fábula que tiene el aroma de aquellas de Perceval el galés (1978), y El romance de Astrea y Celadon (2007), ambas de Rohmer, en que la realidad transmuta en uncuento fantástico con resonancias directas a los problemas de la actualidad. Rodrigues construye un guion con su más ferviente cómplice que no es otro que Joâo Rui Guerra de Mata, con el que ha codirigido alguna que otra película, y Paulo Lopes Graça, en el que nos cuenta los recuerdos de Alfredo, un rey sin reino en su lecho de muerte, y sobre todo, cuando siendo príncipe tuvo una relación muy profunda con un bombero llamado Alfonso. 

La película tiene una duración breve, apenas llega a los setenta y siete minutos de metraje, pero nunca tenemos esa sensación, ya que su limpieza visual y la intimidad y la pulcritud que desprende es asombrosa, con esa luz tan cercana y natural que firma Rui Poças, que firma muchas películas del director, amén de haber trabajado con nombres tan significativos como los de Margarita Ledo, Miguel Gomes y Lucrecia Martel, entre otros. El exquisito y conciso montaje de otra cómplice del cineasta luso como Mariana Galvâo, contribuye a manejar con estilo y gracia esa fusión brutal entre realidad y ficción, entre lo real y el sueño, entre lo físico y lo espiritual, entre lo vivido y lo soñado, entre las emociones y la carne, entre aquello que vemos y lo que intuimos. Una película diferente, extraña y cercana, un cine que se descubre a cada encuadre, a cada secuencia, en una aventura que nunca acaba, en el que nunca sabemos qué ocurrirá y sobre todo, como ocurrirá, donde la música también juega esa mezcla de lo sublime con lo más cercano, en la que escuchamos a Mozart, y cantamos y bailamos al son de Joel Branco en una canción naif ecologista, o de Paulo Bragança en un fado intenso y conmovedor. 

Tenemos una pareja extraordinaria que componen unos personajes libres y totalmente abiertos a experimentar por los placeres sexuales, donde hay deseo y carne, y pollas erectas, como Mauro Costa como el príncipe que quiere experimentar, que quiere vivir de verdad, alejado de la rectitud y la superficialidad de su casa real sin reino, que decide ser bombero para salvar a los bosques, elemento esencial en el cine de Rodrigues, y que encuentra a Alfonso, que interpreta el bailarín André Cabral, un bombero que tendrá un tórrido romance con el príncipe, experimentando los placeres de la carne y demás. Fuego fatuo, de Joâo Pedro Rodrigues es una película que invita a dejarse llevar en todos los sentidos, a mirar la vida sin prisas ni prejuicios, solo dejarse llevar, que aunque parezca fácil y extraordinariamente muy placentero, muy poca gente lo practica, porque la película invita a mirarla, a descubrirla, a verla como si fuéramos niños otra vez, a recuperar unas imágenes que nos traspasan, que son una fiesta del cuerpo y el sexo, a detenerse, a mirar cada detalle, cada situación y cada follada, y sobre todo, descubrir para él que no lo haya hecho todavía, el cine del cineasta lisboeta, porque es un cine que se descubre y descubre a cada instante, que nos remueve y nos hace disfrutar a lo grande, porque es tremendamente imaginativo, lleno de incréibles hallazgos tanto de forma como de fondo, y huye de las estúpidas etiquetas y de la servidumbre comercial de tanta película sin vida y vacías, aquí es todo lo contrario porque es un cine que abre muchísimas puertas para el disfrute y para sorprenderse con cada personaje, cada situación, cone se humor irónico, perverso y disparatado, porque la vida y lo que ocurre con ella, es más llevadera si le ponemos humor, si nos reímos a carcajadas de ella y sobre todo, de nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crónica de un amor efímero, de Emmanuel Mouret

LAS MANIOBRAS DEL AMOR. 

“Bueno, iba a demostrar algo. Veréis: sucedió hace unos meses, pero sigue sucediendo en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor”.

Del libro “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, de Raymond Carver

Es una noche de primavera como otra cualquiera, pero no para Charlotte y Simon, porque para ellos es su primera cita. Una cita que los acabará llevando a casa de ella a hacer el amor. Y así irán pasando los días y sus citas, una o dos veces por semana, que los llevará a conocerse a través del placer y sus largas charlas sobre la vida y todas las demás cuestiones. Tanto ella como él no quieren enamorarse, solo quieren quedar y pasarlo bien, sin ningún compromiso, como cuando eran jóvenes despreocupados. Ella está libre pero no quiere ataduras de ningún tipo, él está casado y tampoco quiere atarse. Pero… ¿De verdad sólo quieren placer y nada más? O quizás… no se atreven a expresar lo que sienten, o también, están atados a ese pacto de no enamorarse, como si el amor fuese un sentimiento que podemos controlar y manejar a nuestro antojo y/o circunstancias. 

Estamos ante el 14 trabajo de Emmanuel Mouret (Marsella, Francia, 1970), un director que ha construido de forma sencilla y natural relatos sobre las cuestiones sentimentales, y todo lo que ello comporta, a través de historias de amor o no amor, en el que sus personajes deambulan por sus emociones de forma perdida, a la deriva y sin tener la más remota idea. Nos acordamos de El arte de amar (2011), Caprice (2015), Mademoiselle de Joncquiéres (2018), Las cosas que decimos, las cosas que hacemos (2020), y Crónica de un amor efímero, la que nos ocupa, que ya contiene un misterio en su propio título, la de una relación con fecha de caducidad, quizás todas la tienen, y en un inicio no parece importarle a sus dos personajes, incluso lo agradecen, quitándose ese peso de la duración de las relaciones. Aunque, la vida tiene sus propios planes, y no digamos los sentimientos, y nosotras sólo somos unos títeres guiados por unas cuerdas muy invisibles. Una trama bien construida y apoyada en cimientos firmes y muy sólidos en un guion que firman Pierre Giraud, que ya trabajó en la mencionada Mademoiselle de Joncquiéres, y el propio director, en el que sólo con dos almas crean y recrean ese pequeño y sensible universo de paseos por la ciudad, visitando exposiciones, deambulando por parques, citándose en hoteles para dar rienda suelta al placer y la carne, y esos largos paseos por el campo, en bicicleta o tumbados disfrutando de la brisa. 

La suave e íntima luz que firma Laurent Smet, ocho películas con Mouret, le da ese tono y textura adecuados para un relato donde no hay tensiones ni gritos entre esta pareja de temporada, como escenifica en esa tarde de cine viendo en uno de esos cines de antes la inmortal Secretos de un matrimonio (1974), de Bergman, una pareja que es todo lo contrario a ellos, porque sí verbaliza cruelmente toda la rabia y la tensión de años de pareja. El exquisito y conciso trabajo de montaje de Martial Salomon, otro habitual del cine de Emmanuel Mouret, que impone la ligereza y la naturalidad alejándose del artificio y la impostura para crear unas secuencias que se ven como una brisa de viento, pero que albergan toda la complejidad y la profundidad que sienten interiormente tanto uno como otro. Tiene el tono y el aroma tan característico de la cinematografía francesa en la que se habla de amor y la vida a través de largos e interesantes diálogos, en el que el cine traspasa la pantalla y son hijas de su tiempo y de cualquier tiempo, como las célebres y recordadas historias de amor y no amor como Las maniobras del amor (1955), de René Clair, La piel suave (1964), de François Truffaut, Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch,  L’amour fou (1969), de Jacques Rivette, Nosotros no envejeceremos juntos (1972), de Maurice Pialat, El amor después del mediodía (1972), de Eric Rohmer, La mamá y la puta (1973), de Jean Eustache, Una vida de mujer (1978), de Claude Sautet, entre otras. 

Charlotte y Simon no son una pareja modelo, pasan de los cuarenta, parecen felices con sus carreras profesionales, o quizás sólo lo fingen. Los dos forman una pareja atípica y nada convencional siendo los protagonistas de esta cercana historia de amor o lo que sea, dos almas sometidas a la prisa y la locura de esta sociedad mercantilista, y que encuentran en sus citas más que una vía de escape, sino una forma de relajarse, de olvidarse de ellos mismos, y sobre todo, recuperar aquello perdido del placer y esas relaciones donde prima el futuro y no el presente. La natural y encantadora Sandrine Kiberlain es Charlotte, una mujer que se siente libre y desinhibida en el amor y las relaciones, acepta lo que encuentra y se va metamorfoseando según las personas y sus circunstancias. Frente a ella, un adorable y simpático pascal Macaigne es Simon, ese especialista en la preparación del parto, que tiene una vida triste y una mujer a la que quiere pero no mucho, que encuentra en su relación con Charlotte aquello que necesita, quedar, pasarlo bien, hablar sin preocupaciones y sin más, y olvidarse de los sentimientos. 

Los dos protagonistas parecen tener claro lo que sienten y lo que buscan en la relación diferente que tienen, aunque esto siempre resulta aparente porque en verdad es eso lo que sienten, o quizás, sienten otra cosa, porque la vida dicta sus normas, el amor las suyas y nosotros las que podemos. Si les gustó la anterior película de Mouret, la sencilla y fantástica Las cosas que decimos, las cosas que hacemos, que estoy seguro que así fue, no se pierdan Crónica de un amor efímero, porque tiene la transparencia, la sutileza y el encanto de las grandes películas sobre el amor que tan bien hacen en el país vecino, y además, les hará reflexionar muchísimo sobre sus sentimientos, sobre sus relaciones sean íntimas o no, y sobre todo, y esto es lo que más importante me parece, es que tiene esa melodía, porque las películas buenas la tienen, esa melodía que te atrapa con lo más sencillo e íntimo, y te sumerge en otro tiempo, en otro estado, en otra vida, en otro amor, esos que aparecen sin avisar, los que te pillan desprevenido, los que te hacen sentir emociones que hasta ahora desconocías que podías sentir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sick of Myself, de Kristoffer Borgli

GANAR O MORIR. 

“Solemos amarnos a nosotros mismos en el otro, pero no al otro por sí mismo”.

Valérie Tasso

Cuenta la historia que había una joven llamada Signe que trabajaba en una cafetería en uno de esos veranos en Oslo (Noruega). Signe vivía con su chico Thomas, un artista contemporáneo que empieza a llamar la atención en el universo del arte. Hecho que destroza a Signe, que ve como su posición en la relación está pasando a un segundo plano. Pero la joven no se quedará quieta y emprende un diabólico plan para volver a ser el centro de atención. Se tomará unas pastillas prohibidas que le desfiguran el rostro y ahí empezará su protagonismo, pero también su más terrible pesadilla. El director Kirstoffer Borgli (Noruega, 1985), ha destacado con sus cortometrajes que ha presentado en festivales tan prestigiosos como el de Sundance, SXSW, IDFA y CPH:DOX, entre otros. Con Sick of Myself entra en el mundo del largometraje por la puerta grande, planteándonos una fábula muy de nuestro tiempo, porque habla directamente de relaciones superficiales, basadas en la estúpida competitividad, la sobreexposición en las redes sociales, y sobre todo, de salud mental. 

La película coge a un personaje como Signe, un alma perdida y a la deriva cuando su pareja empieza a ser el protagonista gracias por su trabajo, y la joven, en una especie de proceso a lo Doctor Jekyll se convierte en un Mister Hyde, alguien que se convierte en el protagonista, en ese “Yo” supremo al que todos adoran, pero para conseguir eso se mete pastillas adulteradas que destrozan su rostro, llenándolo de cicatrices y heridas. Aunque el tema podría dar a una película muy oscura y enfermiza, que lo es, en su aspecto no cae en estereotipos y se aleja completamente de la película convencional de terror o vete tú a saber qué, porque la película está cortada como si fuese una comedia negrísima con una luz brillante y ese calor nórdico de la ciudad de Oslo, una comedia que pasa sin complejos y sin ningún tipo de titubeos por el realismo social, la sátira, la parábola, lo cómico, lo absurdo y la tragedia, haciendo hincapié en ese otro lado del espejo de la comedia romántica, tan vapuleada y chapucera en estos tiempos, construyendo una comedia no romántica, o mejor dicho, un romanticismo real, pegado a la vida, y no esas fantasías de Barbie y Ken en lo que ha degenerado un género que dió grandes títulos. 

Borgli ha contado con la producción de Oslo Pictures, los responsables de películas tan importantes como Hope (2021), de Maria Sodahl, y la premiada La peor persona del mundo (2022), de Joachim Trier, un magnífico trabajo de cinematografía que firma Benjamin Loeb, del que hemos visto películas como Mandy (2018), de Panos Cosmatos, y Fragmentos de una mujer (2020), de Kornél Mundruczó, donde brilla el 35 mm que le da un toque muy especial a todo lo que se cuenta, con esa luz tan cercana y a la vez, tan alejada, siguiendo los estados de ánimo tan complejos y convulsos de la protagonista. Una música que combina los temas technos del momento con composiciones clásicas, siguiendo la personalidad oscura y aparentemente dolida de Signe. Un gran montaje que firma el propio director Kristoffer Borgli, que condensa y dota de un feroz y pausado ritmo en sus tensos y concisos noventa y cinco minutos de metraje. También cabe destacar el estupendo trabajo de todos los intérpretes de la película, cabe mencionar la breve aparición de Anders Danielsen Lie, el querido protagonista de grandes títulos como Oslo, 31 de agosto y la mencionada La peor persona del mundo, ambas de Trier, y la reciente La isla de Bergman, de Mia Hansen-Love, entre otras, el artista visual Erik Saether en el papel de Thomas, ese artista enamorado de Signe, con la que mantiene una relación de destrucción, desdén, y ego terribles, lo que ahora se llama una relación tóxica, y que siempre ha sido una relación de mierda. 

Y finalmente, tenemos a Kristine Kujath Thorp, que la recordemos en la brillante y reciente Ninjababy, de Yngvild Sve Flikke, donde daba vida a Rakel, que se metía en un lío de narices por un embarazo accidental. Ahora,   se mete en la piel, y nunca mejor dicho, de la trastornada Signe, una mujer que hará lo que sea para conseguir ser el centro de todos y todo, una mujer que compite con ella misma y con los demás de forma enfermiza, haciéndose y haciendo daño, provocándose dolor y llevando hasta las últimas consecuencias su maldito ego. Viendo Sick of Myself nos acordamos de novelas como El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, y películas como Los ojos sin rostro (1960), de Georges Franju, por esas prótesis alucinantes y oscurisimas que ocultan el deformado rostro de la protagonista, en este peculiar e interesantísimo cruce de comedia no romántica, cuento de terror clásico, en el que no hay sustos, pero sí inquietud y sobre todo, locura, esa que te hiela la sangre, la que sacude la conciencia, la que transporta a otro estado, la que roba la identidad y te convierte en un monstruo despiadado en todos los sentidos, en aquellos que dañan a los demás, pero sobre todo, a uno mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Quiet Girl, de Colm Bairéad

LA NIÑA QUE NO CONOCÍA EL AMOR.    

“En el pequeño mundo en que los niños tienen su vida, sea quien quiera la persona que los cría, no hay nada que se perciba con tanta delicadeza y que se sienta tanto como una injusticia”.

“Grandes esperanzas”, de Charles Dickens

Erase una vez… Una niña llamada Cáit de nueve años de edad, que vivía en uno de esos pequeños pueblos perdidos de la Irlanda rural, allá por el año 1981. La mayoría del tiempo la niña lo pasa en soledad, huye del colegio y se pierde por el bosque, descubriendo y descubriéndose, y sobre todo, alejada de su familia, un entorno numeroso y muy hostil, donde ella se relaciona a través de su silencio, porque el dolor en el que existe es insoportable. Pero, todo cambiará para Cáit, porque ese verano será llevada con unos parientes sin hijos, en un entorno completamente diferente, en el que la niña descubrirá que la vida puede ser distinta, y en el que las cosas tienen otra forma, huelen diferente, y sobre todo, crecerá en todos los sentidos. 

The Quiet Girl es la primera película de ficción de Colm Bairéad (Dublín, Irlanda, 1981), después de unos importantes trabajos reconocidos internacionalmente en el campo del cortometraje y en el documental, que nace a partir del relato “Foster”, de Claire Keegan, que nos cuenta la existencia de una niña que no tiene cariño, una niña perdida y triste que vive en el seno de una familia difícil, desestructurada y muy inquietante. El director irlandés compone una película muy sencilla, con pocos personajes, y llena de silencios y detalles, donde el idioma irlandés predominante se combina con el inglés, y usando el formato 4:3, y con el reposo y la pausa de una película que cuenta todo aquello que no se ve y está tan presente en las vidas de cualquier persona. Todos sus espacios oscuros, todo el dolor de su interior y todo aquello que le asfixia y calla por miedo, por vergüenza y por no tener con quién compartirlo. Todo se explica de una manera sutil, sin ningún tiempo de estridencias ni argumentales ni mucho menos formales, la sobriedad y lo conciso alimentan cada plano, cada encuadre, cada mirada y cada gesto que vemos durante la historia. 

Todos los elementos, cuidados hasta el más mínimo detalles, consiguen sumergirnos en un relato íntimo y muy personal, en que el gesto es el reflejo de una alma herida y perdida, una niña que está inmersa en un laberinto de inquietud y tristeza, en el que se ahoga cada día un poco más. La película es un alarde de técnica elaboradísima como la delicada música que escuchamos, obra de Stephen Rennicks, que no acompaña la película, sino que incide en todos aquellos aspectos emocionales que no se explican pero que ahí están, así como el grandísimo trabajo de cinematografía de Kate McCullough, con esa luz naturalista y velada, contrastando con los interiores oscuros del inicio para ir poco a poco abriendo la luz y la historia, siguiendo el proceso de la protagonista, en el que la sensibilidad y la emoción latente siempre está presente, al igual que el espléndido montaje de John Murphy, que condensa con ritmo y sensibilidad todos los detalles y las miradas en las que se sustenta el relato, en una película de duración precisa en el que no falta ni sobra nada en sus ajustados y medidos noventa y cinco minutos de metraje. 

Bairéad opta por componer un reparto en el que no hay rostros conocidos, sino todo lo contrario, porque no busca la empatía con el espectador, la quiere ir elaborando a medida que va avanzando la película, por eso encontramos a intérpretes muy transparentes y cercanísimos que, a través de la distancia prudencia, se nos van acercando y transmitiendo casi sin palabras todo lo que sienten y sufren en su interior, porque son personajes heridos, seres que lloran en silencio, y sobre todo, con roturas como las nuestras o las personas de nuestro entorno. Tenemos a la especial y arrolladora Catherine Clinch en la piel de Cáit, que llena la pantalla, que la sobrepasa, y que dice tanto sin decir nada, en uno de los más sorprendentes debuts en el cine que recordamos, que recuerda a Ana, la niña que sentía a los espíritus en la inolvidable El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, o a Frida, la niña que no podía llorar de Estiu 1993 (2017), de Carla Simón, y otras niñas que siempre escapaban, que siempre salen huyendo del tremendo desorden familiar en el que viven. Le acompañan los adultos, el matrimonio que la acoge ese maravilloso verano, los Carrie Crowley y Andrew Bennett en la piel de los Eibhlín y Seán Cinnsealach, y después, los padres de Cáit, Michael Patric y Kat Nic Chonaonaigh como Athair y Máthair, que contraponen esas dos formas tan alejadas de cuidar y amar a una niña. 

La ópera prima de ficción de Colm Bairéad no es sólo una película que nos habla de la infancia herida, la que no tiene ni conocimientos ni medios para expresar tanto dolor, sino que es una película que tiene un argumento extraordinario, pero lo que la hace tan especial y excelente, es su forma de contarlo, porque opta por la mirada de cineastas como Ozu, porque antepone la contención, la desnudez formal y la interpretación de la mirada y el silencio, alejándose de todo artificio, tanto argumental como formal, que adorne innecesariamente todo lo que acontezca, primordiando todo lo invisible, que sabemo de su existencia, pero por circunstancias obvias no sale a la superficie. Enfrenta dos mundos antagónicos como el de adultos y niños, pero que veremos que no son tan distantes, porque los dos continuamente se reflejan, porque tanto uno como otro, comparten heridas, un dolor difícil de describir y muchos menos compartir, y todos necesitan ese cariño, ese cuidado, ese escuchar y esa mano que haga sentir que no estamos tan solos como sentimos. Porque en un mundo tan individualista y competitivo en el que cada uno hace la suya, esta película resulta muy revolucionario en lo que cuenta y como lo cuenta, porque opta por la mirada encontrada, por la necesidad del otro, y sobre todo, en el detenerse y expresar todos nuestros miedos, inseguridades y dolor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Venus, de Víctor Conde

LOS AMORES IMPOSIBLES. 

“(…) Je suis là, devant toi, toujours la même. Oh! Pourquoi est-ce encore toi que j’aime, que j’aime, que j’aime, que j’aime, tu es là, devant moi, toujours le même, Oh! Pourquoi ne puis-je pas te dire: Je t’aime, je t’aime, je t’aime”.

“Voilà”, de Françoise Hardy 

La ópera prima Venus, de Víctor Conde, fue primero una obra de teatro que se estrenó en el Pavón-Kamikaze en septiembre de 2017, cosechando un gran éxito que le llevó a los Teatros del Canal, donde también fue muy bien acogida. Ahora, nos llega su adaptación al cine, en un relato que nos sitúa en un café de uno de esos barrios obreros que crecieron durante los setenta, en una historia que nos lleva de la mano de Jorge, un personaje que ha pasado los cuarenta y ha vuelto al barrio por el funeral de su padre. Allí, entre idas y venidas, se convierte en un testigo privilegiado las personas que han formado parte de su vida en los últimos cuarenta años. La película viaja desde finales de los setenta hasta la actualidad, de forma desordenada y arbitrariamente, mezclando personajes y situaciones de diferentes épocas, generando una realidad diferente y muy hipnotizadora donde todos las personas en cuestión revivirán amores que han marcado sus existencias. 

El director Víctor Conde que ha tenido una amplia carrera en las tablas, y había dirigido algunos cortometrajes, hace su puesta de largo con una película que hace de su modestia y sencillez su mayor virtud, en que el omnipresente escenario del café se convierte en un universo en sí mismo, donde la totalidad de las cuatro décadas confluyen alrededor de unas mesas, una máquina de discos, un teléfono de monedas y unos cafés y mahous. Los personajes de Venus son individuos que tienen muchas cuentas pendientes con otros y otras y sobre todo, con ellos mismos, presos de esos amores imposibles, esos amores perdidos, esos amores que deambulan en busca de amantes sin miedo, de seres que quieran amar en libertad, de personas que sean capaces de sentir de verdad, de amar de verdad, de cecir y gritarlo en voz alta. Con una estética muy deudora de la Nouvelle Vague, arrancando con ese primoroso y cálido blanco y negro, que recuerda mucho a la mirada de Truffaut y Godard, con esos constantes guiños a Bande à part (1964), Una mujer casada (1964), y demás texturas, luces y demás, en un buen trabajo de Pol Turrents, del que hemos visto Negro Buenos Aires, de Ramón Térmens, Serie B, de Ricard Reguant, amén de Las invasoras (2016), uno de los cortos de Conde. 

La música de Alfonso Casado, que construye esa atmósfera de melancolía y realidad que tan bien le viene a la historia, con unos personajes que siempre deben lidiar entre lo que sueñan y lo que la realidad les va imponiendo. El estupendo trabajo de montaje de la debutante Mar Jorge Sotelo y un grande como Bernat Aragonés, que ha trabajado en películas de Isabel Coixet, del recientemente desaparecido Agustí Villaronga y Belén Funes, donde consiguen una naturalidad absorbente y mágica en una película que viaja tanto en el tiempo pero nada chirría ni resulta empalagoso en un metraje que se va a los noventa y siete minutos. El reparto, reclutado mayoritariamente de intérpretes que han trabajado en series de televisión, brilla con elegancia y sencillez en una película que pide tranquilidad y pausa, en esa idea que recorre todo el entramado que el tiempo no existe y es transparente. Tenemos a una presencia que dota de cercanía e intimidad como la de Antonio Hortelano dando vida a Jorge, el hilo conductor de la historia, el que va y viene y deambula por sus recuerdos. 

El personaje de Jorge, en ese viaje al tiempo y al amor se encontrará con el amor y con su amor escenificado en Alicia, a la que da vida Arina Bruguera, una estupenda Paula Muñoz haciendo de Paula, que tiene esa voz tan especial como comprobamos con los dos temazos que se marca, amén de las canciones que escuchamos de “De paso”, de Aute, y el tema central de la película, esa oda bellísima al amor imposible que es “Voilà”, interpretada por la gran Fraçoise Hardy, Carlos Gorbe es Miguel, ese cantautor que quiere formar un dúo con voz de Dylan, y Carlos Serrano-Clark como Mario, el fotógrafo amigo del grupo “Venus”. Luego, en breves apariciones vemos a Elena Furiase, Lolita, Miquel Fernández, que tiene una de esas pequeñas historias paralelas de la trama y que tanto se agradecen y sobre todo, llenan de profundidad todo lo que se cuenta, un breve instante de Ricardo Gómez, que estaban en Las invasoras, otro de Ana Rujas y ese otro impagable del desaparecido Juan Diego, uno de los mejores actores de la historia, que solo con su presencia se llena la pantalla de sabiduría. ¡Qué secuencia se marca con Hortelano!. 

Venus, la primera película de Víctor Conde, tiene sus cosas, como diría aquel, no es una película perfecta ni tampoco pretende serlo, porque no quiere ser más que una historia que nos interpela directamente a los espectadores y espectadoras, que nos mira de frente, que nos hace pensar en el amor que dejamos, que no supimos querer, o que simplemente no era el momento, porque a veces, y esto es verdad, aunque dos personas se quieran, y como se dice, están predestinadas a estar juntos, en ocasiones no es posible ese amor, y quién sabe, quizás en el futuro, porque eso nadie lo sabe, ese amor vuelva, ese mismo sentimiento vuelva, o en el fondo, ese amor nunca se ha ido, y hemos estado entretenidos con otros u otras creyendo que eso era amor, y el tiempo iba pasando y las cosas parecía que también, pero un día, resulta que vuelves al barrio donde creciste, al bar de siempre, y resulta que ese amor sigue ahí, ese amor sigue esperándote, así que, no demores el amor y vuelve donde una vez fuiste feliz, porque relaciones hay muchas, pero amores de verdad no. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA