Entrevista a Mario Hernández y Salva Reina

Entrevista a Mario Hernández y Salva Reina, director y actor de la película «Tregua(s)», en la terraza del Hotel Pulitzer en Barcelona, el miércoles 20 de septiembre de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mario Hernández y Salva Reina, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Íñigo Cintas y Andrés García de la Riva de Nueve Cartas comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Falcon Lake, de Charlotte Le Bon

EL VERANO DE BASTIEN Y CHLOÉ.

 “No sabemos lo que ocurre en el fondo, pero tenemos la sensación de haberlo vivido ya”.

Charlotte Le Bon 

La película nos da la bienvenida con un encuadre de una grandiosa fuerza y muy inquietante. Vemos un lago a media tarde, parece o imaginamos que algo está sucediendo en su profundidad, pero quizás sólo ocurre en lo que sentimos. Un plano que abre el elemento del terror que planea sobre toda la historia, aunque la trama se sitúa en un verano, en los lagos de Quebec, en Canadá, en los bellos y fascinantes paisajes y regiones de los Laurentides, al noroeste de Montreal, una zona que conoce la actriz y ahora debutante Charlotte Le Bon (Montreal, Canadá, 1986), porque fue el escenario de muchos de sus momentos de su infancia. La infancia, y más concretamente, la preadolescencia es donde se sitúa su película, a partir de la mirada y la complejidad de un personaje como Bastien, de 13 años casi 14, y la relación que entabla con Chloé, de 16 años, que está en plena edad del pavo, con sus primeros amores, flirteos, rebeldía, independencia y demás actitudes tan propias de ese tiempo de búsqueda y descubrimiento. 

Le Bon adapta la novela gráfica Una hermana, de Bastien Vivès, en un guion en colaboración con François Choquet, con una elaborada e inquietante imagen filmada en 16mm que firma el cinematógrafo Kristof Brandl, en un preciso y magnífico trabajo donde la luz escenifica ese cruce entre drama cotidiano adolescente y terror, sin decantarse por ninguno, sólo mezclándolo todo con un resultado brillante y conmovedor, como sucedía ya en su cortometraje Judith Hotel (2018), que abordaba el problema del insomnio a través de la mezcla de drama y fantástico. Los 100 minutos de metraje también ayudan a dotar de ritmo y sensibilidad a la historia que nos cuentan con un gran montaje de Julie Léna, así como el cuidado empleo del sonido fundamental para una película de estas características que firman el trío Stéphen de Oliveira, Séverin Favriau y Stéphane Thiébaut, y la especial música de Shida Shahabi, que ayudan a crear esa atmósfera inquietante salpicada de verano, de paseos, de baños en el lago, de fiestas junto a la hoguera y bailes del momento. 

No es una película que se enrede en su difícil pero bien construida propuesta, ante todo nos cuenta la experiencia a través de la mirada de Bastien, de ese mundo oculto que desea conocer, experimentar el amor y el sexo, sentirse que ya no es un niño y es casi un adulto, aunque transite por esos dos mundos tan cercanos y a la vez tan ajenos, puente que le acerca a Chloé que acaba de dejar esa edad y todavía no se siente cómoda con chicos más mayores, porque todavía tiene esos deseos e ideas más juveniles que le siguen atrayendo. Estamos ante una trama de adolescentes, con sus cosas, sus idas y venidas, los padres están ahí, pero están a lo suyo, y mientras van pasando las vacaciones, donde los franceses veraneantes siguen perdiendo y disfrutando del tiempo de veraneantes. La directora canadiense mira las experiencias y reacciones de sus dos protagonistas con detalle y mimo, no tiene prisa, pero tampoco demasiada pausa, las situaciones se van generando y también, las diferentes reacciones y gestiones, donde la cámara los sigue pero nunca los juzga, sólo se muestra como un testigo de esas experiencias y vivencias que seguramente, les cambiarán muchas cosas en ese maravilloso y desolador proceso de hacerse adulto. 

La película enamora en su trabajo de cercanía y sensibilidad a la compleja adolescencia, en el que estamos con ellos, viviendo su verano, su encuentro y desencuentro, su torpeza y su deseo, esa ilusión de ser quién todavía no eres, esa impaciencia por hacer cosas, por experimentar el amor, y tener las primeras experiencias sexuales y demás. Resulta importante haber escogido a la pareja protagonista, porque además de tener la edad de los personajes que interpretan, que esto no siempre funciona así, porque acaban componiendo unos personajes cercanísimos, transparentes y naturales, que ayuda a acompañarlos y a entender muchas de sus actitudes, miradas, gestos y silencios. Tenemos a Joseph Engel, que hemos visto en Un hombre fiel (2018), y Un pequeño plan… como salvar el planeta (2021), ambas dirigidas por Louis Garrel, que hace un estupendo Bastien, un chico que tendrá el primer verano de verdad de su todavía pequeña vida, donde descubrirá el amor, el sexo, a Chloé, y la otra parte del espejo, el que duele, también. Junto a él, tenemos a Sara Montpetit, que era la antiheroína de Maria Chapdelaine (2021), de Sébastien Pilote, componiendo una Chloé que nos atrapa desde el primer instante, porque nos fascina al igual que ocurre con Bastien, porque la vemos independiente, diferente, misteriosa y juguetona, con una mirada que es una parte fundamental de la película. Y la presencia de la actriz y directora Monia Chokai, que ha trabajado con directores tan importantes como Denys Arcand, Xavier Dolan y Claire Simon, entre otros. 

Falcon Lake tiene el misterio, la inquietud y la intimidad que proponen muchas películas anti Hollywood, que proponen otras historias, más personales, más de verdad, como A Ghost Story 2017), de David Lowery, y Lo que esconde Silver Lake (2018), de David Robert Mitchell, con otras como las historias de iniciación francesas como Mes petites amoureuses (1974), de Jean Eustache, y À nos amours (1983), de Maurice Pialat, que explican con intensidad, profundidad e inteligencia esa edad de la adolescencia tan convulsa, tan extraña, tan terrorífica, pero tan diferente y atrayente. Nos alegramos que la actriz que nos agradó en películas de Michel Gondry, Lasse Hallström, Zemeckis y en Proyecto Lázaro (2016), de Mateo Gil, entre otras, ha tomado los mandos de la dirección con gran acierto adentrándose en un relato que fascina y aterra a partes iguales, que presenta una cotidianidad que nos recuerda a nuestras adolescencias, a todas esas experiencias que nos han llevado a ser quiénes somos y esas otras que imaginamos, que quisimos vivir y no vivimos, porque están las cosas que podemos ver y las otras cosas que se ocultan bajo las aguas profundas de un lago. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tregua(s), de Mario Hernández

LO QUE SOMOS, LO QUE FUIMOS Y LO NUNCA SEREMOS.  

“Alcanzó el paraíso que pueblan todos los amantes de todos los tiempos, el mundo al fin entrelazado de dos seres diversos que, por un instante, creen dejar atrás la soledad”.

“Contra el viento”, de Ángeles Caso. 

La comedia romántica de nuestros días, por lo general, se ha instalado en una especie de pleitesía hacia el público, ofreciendo películas de corte muy superficial, con historias políticamente correctas, con el afán de agradar sin agredir, es decir, que todo el mundo salga de verla con la sonrisa, sin haber reflexionado una pizca de nada de lo que le han propuesto, porque la propuesta, valga la redundancia, está únicamente construida para eso mismo, para agradar y no pensar en nada, pasar el rato o perderlo, según el caso. Por ese motivo, comedias románticas como Tregua(s), se agradecen y mucho, porque se salen de lo fácil y del producto, para indagar en otros territorios de la complejidad de la condición humana, en su apartado más complicado como los sentimientos y las emociones. Tenemos a dos personajes, a dos almas, Ara y Edu. Ella, actriz de renombre con una relación de dos años. Él, un guionista sin más, también con una relación de tiempo. A pesar de la aparente felicidad que tienen con sus parejas, Ara y Edu hace una década que son amantes intermitentes. Cuando coinciden en festivales o eventos, comparten sexo, confidencias y ese oasis de descanso de sus vidas reales o no. 

Mario Hernández (Albacete, 1988) ha hecho carrera como dramaturgo y director en el teatro, y ha dirigido cortometrajes documentales y de ficción como Por Sifo (2016), protagonizado por Salva Reina, que aquí actúa además como coproductor, y actor protagonista junto a Bruna Cusí, construye su ópera prima a partir de un guion y una dirección sencilla, sin adornos ni artificios, acotada a una noche que se va alargando, apoyándose en la palabra y en todos los silencios que esta causa. La película se destapa como una atrevida y agitada comedia romántica cómo se hacían antes, con el regusto del Hollywood clásico, salvando las distancias, por supuesto, con aquellas adorables historias llenas de personajes afilados, de mundo, y ambiguos, que deseaban a la par que dudaban de sus sentimientos, películas que hicieron grande el género y a día de hoy son referentes incuestionables, y películas sobre el amor y los amores que también se les dan a la cinematografía francesa. Tregua(s) también se nutre de ese cine-diálogo donde lo importante es tanto lo que se dice como lo que se calla, con esas conversaciones donde la pareja protagonista se dice de todo, y de más allá, atrayendo, retando y vacilando al que tienen delante. Un (des)encuentro en el que hay sexo, palabras, y sobre todo, pasado, un pasado que viene a recordarles que su relación o su amor pende del siguiente (des) encuentro o no. 

Dividida en tres tramos muy diferenciados. El primero es una habitación de hotel, donde los espejos juegan un rol fundamental que describe sin palabras, todo lo que son esta singular pareja, lo que comparten, lo que no y en qué punto están. El segundo tramo sucede entre un bar y la calle, con ese juego infantil entre ellos, y luego, los reproches, los absurdos y la distancia. Y el último, la terraza del hotel, donde la ciudad de Málaga queda abajo, y ellos arriba, o quizás es al revés, en que tanto uno como otro esconden lo que sienten, se divierten, beben y hacen ver lo que son, los que les gustaría ser y tal vez, lo que nunca serán. Un gran trabajo de cinematografía que firma Alex Bokhari, que tiene en su haber estado en los equipos de series tan potentes como El ministerio del tiempo, La casa de papel y The Crown, entre otras, el exquisito y rítmico montaje de Dani Aránega, del que hemos visto películas como la reciente Asedio, y la serie Parot, firma una edición complicada por tratarse de una película apoyada a través del diálogo, que en ningún momento se hace pesada ni sensiblera en sus 90 minutos de metraje. 

Si tuviéramos que destacar la parte fundamental de la película esa no sería otra que su espectacular pareja protagonista, con el citado Salva Reina, del que hemos visto su acertado trabajo en comedias de otra índole, aquí se destapa como un tipo cansado y aburrido de su trabajo como guionista, y esas cosas del negocio que hacen odiar a uno su pasión. Alguien que se ríe de sí mismo y constantemente hace bromas para no enfrentarse a una realidad que prefiere esquivar para no mentirse más de lo que lo hace. A su lado, frente o quizás, junto a él, tenemos a Bruna Cusí, que decir de una de las mejores actrices de su edad del país, y no lo decimos por quedar bien, sino por muchas razones, por su mirada, esos momentos que nos regala en la película, por cómo habla y cómo dice los diálogos de su personaje, y ´como está tan perdida y vacía como su partenaire. Tregua(s) es una película de producción sencilla y pequeña, pero muy grande en su forma y fondo, sin caer en lugares comunes ni condescendencia al público, sino haciendo una película honesta y sencilla, como las grandes películas. 

Tregua(s) es una historia que engancha por su aparentemente sencillez, peor que oculta e irá emergiendo toda una retahíla de aspectos relaciones con el amor o no, las relaciones personales, las ajenas y las propias, y todo lo que somos, lo que nos gustaría ser y lo que nunca seremos, todas las mentiras que decimos a los demás, a nosotros mismos, y sobre todo, aquello que escondemos a los demás y a nosotros, y todas esas cosas que un día fuimos y quisimos, y ahora, se nos ha olvidado y lo más grave, no es que ya no seamos, es que queremos autoconvencernos que en algún lugar y junto a alguien, todo está esperando para cuando lleguemos nosotros. En fin, una comedia romántica, donde nos reímos, nos entristecemos y también, reflexionamos sobre muchas cosas, pero sobre todo, sobre nosotros mismos, eso que casi nunca hacemos. Véanla, por favor, si tienen ocasión en su ciudad, y cuando lo hagan, la recomendarán, y les diré porque, porque todo lo que le habían contado acerca del amor, verán que no saben nada, o quizás, saben demasiado, y ahora sólo queda, que sean honestos con los demás y con ustedes, aunque sea durante un rato cada día. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Diego Llorente

Entrevista a Diego Llorente, director de la película «Notas sobre un verano», en el marco del D’A Film Festival, el Hotel Regina en Barcelona, el viernes 25 de noviembre de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Diego Llorente, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Iván Barredo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Notas sobre un verano, de Diego Llorente

MARTA Y EL AMOR Y GIJÓN. 

“Creo que en el amor no somos más que principiantes. Decimos”.

Raymond Carver

La vida de Marta está en Madrid, junto a su pareja Leo, con el que se acaba de mudar, dejó su Gijón natal para mejorar profesionalmente, o eso pensaba en ella. Su realidad es diferente, la precariedad se ha instalado en su existencia, mantiene varios trabajos y no está satisfecha. Es verano y vuelve a Gijón sola, su chico ha de trabajar, para estar con los suyos, salir de noche, ir a la playa, tomar sidra y recuperar viejas relaciones, como las de su ex Pablo. El tercer largometraje de Diego Llorente (Pola de Siero, 1984, Asturias), se mueve dentro del mismo marco de sus anteriores trabajos como Estos días (2013), la ruptura de una pareja y los diferentes caminos de sus componentes, y Entrialgo (2018), documento sobre el pueblo homónimo, con sus adultos y niños, y digo esto, porque vuelve a ser un largometraje producido por él, con historias sencillas, sobre gente de su edad, o lugares que conoce, y además, el amor es la base en el que se desarrollan los avatares e imperfecciones sentimentales de sus atribulados personajes. 

En este caso, tenemos a Marta, y su vida-puente, entre Madrid y Gijón, entre esa precariedad en la que existe, con un amor que parece teñirse de dudas, de diferentes trabajos para subsistir en la mecanización de la gran ciudad, y luego, el reflejo, ese Gijón de la infancia, ahora de la juventud, del verano, de antiguos amores, y deseos difíciles de detener. Dos vidas o dos formas de enfrentarse a una vida que no es la que uno desea, o simplemente, la vida está pero no logramos alcanzarla, porque estamos demasiado lejos de todo aquello que queríamos. Con esa luz tenue y algo fría tan del norte, del mar cantábrico que baña Gijón, obra de Adrían Hernández, que ya se encargó de la citada Estos días, consigue sumergirse, y nunca mejor dicho, como esa maravillosa secuencia de Marta y Pablo bajo las aguas del Cantábrico, en esos días de veraneo, un estío diferente, uno más o no para Marta, porque vivirá, al igual que su vida, entre dos ciudades, entre dos formas de amar y desear, entre las imperfecciones del amor, entre esa vida desplazada en la que ella no acaba de encontrar su sitio y su estabilidad tanto emocional como económica. 

Una vida que va pasando, entre días y noches de compartir con sus amigas, con Pablo, como sí la vida se detuviera, bajo esa Luz de agosto en Gijón, que canta Nacho Vegas, que conversa directamente entre la infelicidad no declarada de Marta, que todavía alberga algo de esperanzas que las cosas cambiarán, como cada verano, como cada viaje de ida y vuelta a Madrid, a no sé sabe qué. Días de verano norteño entre lecturas de Lispector, Berger y Carver, entre mitad del rumor del mar, entre el sexo con Pablo, la llegada de Leo, esperada e incómoda, en la que Marta aún más se sumirá en ese letargo de no saber, de dudas interminables, de caminatas en compañía y no tanto, en esos ratos con el amor o con quién crees que es el amor, o yo qué sé. Llorente no se pierde entre vericuetos ni estridencias, y hace de su modestia su mejor virtud, porque su relato es sencillo, íntimo y transparente, y ofrece una magnífica indagación en el mar de dudas de las vidas de ahora, de esas vidas, sumamente preparadas profesionalmente que no acaba de encontrar su lugar en la vida laboral, y en los sentimientos también andan perdidos, deambulando en un laberinto sin entrada ni salida, como deja en evidencia su equilibrado y rítmico montaje, que firma el propio director, con esos 83 minutos de metraje, donde cabe de todo, esas idas y venidas, esos ratos sexuales, esos otros de amor, o algo que se le parece, y esas complicidades con la familia y las amigas, y todo eso que algún Marta dejó y cada verano recupera y le atormentan las dudas de su vida aquí y allí, o esa otra vida que ni sabe dónde se quedó o se perdió. 

Si hay otro elemento fundamental en la película que brilla con luz propia, es su ajustado, cercano y cómplice reparto, una ramillete de excelentes intérpretes de rostros poco conocidos para el público mayoritario, encabezado por una extraordinaria Katia Borlado, en el papel de Marta, que recuerda a la Léa de Tres días con la familia (2009), de Mar Coll, el hilo conductor de la trama, en ese mar de dudas, en ese mar de sentimientos contradictorios, como espeta en alguna que otra ocasión, una mujer que sabe dar a su personaje esas contradicciones que nos abordan continuamente, aunque no seamos tan honestos de reconocerlas. Junto a ella, Alvaro Quintana como Pablo, el que se quedó, el que sigue con un trabajo que no permite abandonar la casa paterna, el que recupera algo de ese amor con Marta que se quedó atrás. Un amor que está y no está, que está en Gijón, pero no en el Gijón de ahora. Antonio Araque es Leo, que hace poco vimos en Te estoy amando locamente, es Leo, la pareja oficial, con el que vive en Madrid, el que aparece y crea más distensión en todo lo que vemos y sucede. Otros rostros son Rocío Suárez, Laura Montesinos y Elena Palomo, entre otras, que contemplan un elenco desconocido pero que transmite las dudas e imperfecciones del amor, y por ende de la vida. 

Notas sobre un verano, de Diego Llorente es una de esas películas que necesitan una, dos y mil oportunidades para descubrir, saborear y degustar con calma, sin prisas, y en silencio, viajando con la protagonista adónde quiera llevarnos o la vida le vaya llevando, que a veces, es más esto segundo que lo primero. Un viaje cercano y emocional, de esos que nos replantean muchísimas cosas, quizás demasiadas, o esas cosas que siempre dejamos para otro día y un día, que menos esperamos, nos da un sonoro bofetón de dudas y realidad. Una travesía dejándonos llevar por Gijón, por Marta, por todo lo que sucede, tanto lo que se ve como lo que no, con esa complicidad que tienen las películas de Rohmer, Linklater y Jonás Trueba, donde el verano no es sólo la estación de las vacaciones, sino también, la estación donde nos damos la oportunidad, casi sin quererlo, de descubrirnos, de mirarnos hacia adentro y sobre todo, de aclararnos, aunque como casi siempre nos ocurre, una cosa es lo que piensas y otra, muy distinta, las circunstancias de la realidad, esa que no se puede controlar, ni mucho menos comprender, la que va ocurriendo mientras tú… Ya saben de qué les hablo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un verano con Fifí, de Jeanne Aslan y Paul Saintillan

EL AMOR ENCONTRÓ A FIFÍ Y STÉPHANE.

“El amor tiene la virtud de desnudar no a los dos amantes uno frente al otro, sino a cada uno delante de sí”.

Cesare Pavese

Había una vez una niña llamada Sophie, pero a la que todos nombraban como Fifí. Una niña de 15 años que vive en uno de esos barrios amontonados en la periferia de Nancy, con sus hermanos y hermanas, su sobrino y una madre díscola. Ha comenzado otro verano y Fifí lo afronta como los anteriores, deambular por aquí y por allí, hacer algún recado, pelear con sus hermanos y sobre todo, sin nada qué hacer y ningún lugar a dónde ir, igual que les ocurría a los adolescentes de Barrio (1998), de Fernando Léon de Aranoa. Un día, se encuentra con una amiga que se va de vacaciones y le coge las llaves de su casa del centro, más grande y mejor que la suya. Fifí aprovechará la ausencia para pasar un verano diferente en una casa para ella sola, pero resulta que el hermano mayor de su amiga, Stéphane, también ha tenido la misma idea. Lo que resulta más sorprendente, es que el joven veinteañero acoge a Fifí y le ofrece trabajo y charlar, compañía y un cariño que la joven no tiene en su familia. 

La pareja de directores Jeanne Aslan y Paul Saintillan, ella, turca y él, francés, que vienen del mundo del cortometraje, plantean en su primera película juntos un relato de verano, un relato de dos personas de orígenes muy diferentes, se conocerán y encontrarán a alguien con quién hablar, compartir y conocerse. Fifí no está muy lejos del sentimiento de vacío y soledad que recorría a Daniel, el adolescente de Mes petites amoureuses (1974), de Jean Eustache, con el que comparte una familia disfuncional, unos padres que van a la suya y dejan desamparados a sus hijos e hijas, y estos, andan deambulando por unas ciudades que tiene poco que ofrecer y almacenan grandes dosis de tristeza y no vida. El tándem de cineastas construye una película ligera, es decir, una historia que destila delicadeza y sensibilidad, llena de colorido, como uno de esos relatos de Rohmer y Hansen-Love, donde la apariencia contrasta con el dolor y la tristeza que sufren sus protagonistas. Como le ocurría a Alicia, Fifí encuentra en la casa del centro un espacio de las maravillas, donde conoce a alguien más mayor, de diferente posición social, alguien inteligente y culto, y al igual que ella, con el mismo estado emocional, con el mismo estado cuando no sé sabe qué hacer, ni qué sentir ante una realidad que va hacía otro lado, una realidad que choca con nuestros sueños e ilusiones. 

Un guion equilibrado y lleno de detalles escrito por los mismos cineastas en colaboración con Agnès Feuvre (que ha escrito para Catherine Corsini, ya ha supervisado guiones de Ozon y Desplachin, entre otros), que nos cuenta una fábula clásica y actual, un cuento de verano o quizás, un cuento sobre el primer verano, el primer encuentro y el primer amor, que no está muy lejos de aquella Verano del 85 (2020), del mencionado Ozon, porque Un verano con Fifí, nos brinda la oportunidad de volver aquel primer verano, independientemente la edad que teníamos, aquel que nos enamoramos por primera vez, la de verdad, el que nunca olvidamos, el que siempre pensamos alguna noche melancólica, el que nos sigue sacando una sonrisa y un recuerdo imborrable. Una magnífica, colorista y suave cinematografía con el formato 1.66 que ayuda a acercar a los personajes y la intimidad de la historia que se nos está contando, que firma Alan Guichaoua, que trabajó en la película ¡Al abordaje!, otra interesante propuesta sobre la adolescencia y el verano, y estuvo en el equipo de cámara de la imperdible Retrato de una mujer en llamas (2019), de Céline Sciamma. Un montaje certero y rítmico que consigue atraparnos en una película que se va a los 110 minutos de metraje, obra de Aymeric Schoens, y la asombrosa composición de Côme Aguiar, consiguiendo una música delicada, llena de matices que capta muy bien la atmósfera cálida y triste que tiene la película. 

Una película de estas características tiene el hándicap de acertar con sus protagonistas, porque no es una tarea nada fácil, y con Céleste Brunnquell en el papel de Fifí, que hemos visto recientemente como la hija y nieta rebelde en El origen del mal, de Sébastien Marnier, tiene esa magia y esa belleza, y sobre todo, esa mirada triste y melancólica, que también tenían Antoine Doinel y el citado Daniel, que casa tan bien con la película y con la experiencia de la niña. A su lado, un estupendo Quentin Dolmaire, que refleja todo el misterio y tristeza de su Stéphane, un actor al que hemos disfrutado en grandes películas como Tres recuerdos de mi juventud (2015), del mencionado Desplechin, Un violento deseo de felicidad (2019), de Clément Schneider, y Sinónimos (2019), de Nadav Lapid, entre otras. Una pareja protagonista que, a pesar de sus diferencias de  edad, situación social y familiar, comparten ese estado emocional, esas dos almas solitarias y pensativas, que todavía no han encontrado su lugar, que siguen en la búsqueda más difícil de encontrarse a sí mismos. 

Celebramos con entusiasmo y gran alegría una película como Un verano con Fifí (Fifi, en el original), que logra con una mirada sencilla y profunda hablarnos de temas muy complejos en una época como la adolescencia tan dificultosa, por eso esperamos y deseamos que su pareja de cineastas, Jeanne Aslan y Paul Saintillan, vuelvan a ponerse tras las cámaras, y nos regalen una historia como esta, una película llena de vida, de juventud, de almas solitarias, de tristezas y vacíos compartidos, de encuentros y desencuentros, en la que se hable de literatura, de cine, de música, y de las cosas que nos pasan, las cosas que sentimos, y que se sigan interesándose y capten la intimidad de dos seres desconocidos que no lo son tanto, que lo parecen pero no lo son, de dos almas inquietas, de dos náufragos en una sociedad más abocada al placer inmediato y al desenfreno consumista, que dos seres encuentren en rellenar sobres y poco más, la oportunidad de compartir un verano, unos días con sus noches, con sus miradas, sus gestos y su amor, y ya está, sin la imperiosa necesidad de salir y ver, sólo la inquietud de conocerse mucho más, descubrirse y encontrar ese espacio que les haga estar bien consigo mismos, y nada más, que es lo más cerca que estarás de estar feliz y satisfecho contigo, pero que resulta tan difícil en una sociedad tan superficial, materialista, estúpida y enferma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Seize printemps, de Suzanne Lindon

EL PRIMER AMOR DE SUZANNE.

“El primer beso no se da con la boca, sino con la mirada”

Tristan Bernard

El amor es una interpretación, algo subjetivo, irreal, emocionante, agridulce, un caos, una energía desbordante y ridícula, intensa, agobiante, dolorosa, y muchas cosas más. En el amor somos y no somos, o quizás el amor existe o no, nunca lo sabremos, y más, cuando tienes dieciséis años, no encajas con los de tu edad, te sientes sola y perdida, y encima, te sientes atraída por un adulto veinte años más mayor, que es actor y se llama Raphaël. Todo esto y más cuenta Seize pintemps, el sorprendente y sensible debut de Suzanne Lindon (París, Francia, 2000), que comenzó a escribir a los 15 años cuando estudiaba en el Liceo Henri IV de París. Hija de los intérpretes Vincent Lindon y Sandrine Kiberlain, ha vivido el cine desde que nació y su sueño era dedicarse al cine, como demuestra su precocidad, ya que en el verano del 2019, con apenas diecinueve años, empezaba a rodar una película escrita y dirigida por ella, en la que además de protagonizar, canta y baila.

La opera prima de la pequeña de los Lindon es una hermosísimo y breve relato sobre el primer amor, pero un primer amor muy diferente, porque está contado con una ligereza y sencillez que abruma por su sensibilidad y extrema delicadeza, enmarcada en una cotidianidad asombrosa y muy detallista. Muy pocas localizaciones, el piso que Suzanne comparte junto a sus padres y hermana, algunos espacios del instituto y un par de calles, uno de esos cafés donde se reúnen los enamorados, la plaza Charles Dullin del Distrito 18 de París, donde nos encontramos con el Théàtre de l’Atelier y su cercano y maravilloso café donde degustar una granadina… Suzanne es una náufraga, alguien que se aburre con los de su edad, que no encaja, que en casa tampoco manifiesta mucha cercanía con su hermana algo más mayor, y el instituto tampoco la motiva, aprueba sin más. Anda de casa al Instituto como una sonámbula, como una chica que está en ese tránsito vital donde todavía no ha dejado la infancia y mucho menos ha entrado en la época adulta. Ese estado de hastío cambiará cuando se fija en un joven actor de casi veinte más que ella que ha empezado a ensayar una obra en el l’Atelier. Alguien con el mismo estado de ánimo que Suzanna, tampoco encaja y también anda buscándose a sí mismo. Unos abundantes intercambios de miradas, algunas granadinas y alguna que otra cita, dan paso al amor, a un amor en silencio, que solo ellos sienten, que solo ellos comparten…

Lindon usa el scope para contarnos este primer amor, para ahondar aún más el aislamiento de sus dos criaturas, en el que la cámara no es intrusiva, sino observadora y testigo de una intimidad que está sucediendo aquí y ahora, en un gran trabajo de naturalidad y limpieza visual de Jérémie Attard, del que ya habíamos visto Mereces un amor (2019), de Hafsia Herzi, como el detallado y ágil montaje de Pascale Chavance que, además de un gran ejercicio de concisión con sus apenas setenta y tres minutos de metraje, consigue una película en la que apenas hay diálogos, todo se cuenta a través de las miradas y los gestos, priorizando el amor a las palabras, porque donde hay amor no hace falta nada más. Aunque lo que resulta innovador y muy sugestivo en estas Dieciséis primaveras es la fusión de tonos, músicas y géneros que conviven en la trama, porque se habla de literatura, vamos al teatro por delante y por detrás, hay momentos de danza, y escuchamos música clásica, pop y mucho más. Una fusión maravillosa y audaz que tiene los deslumbrantes, hermosísimos y sorprendentes instantes donde la música y el cuerpo se apodera del relato en forma de coreografías en los que, sin palabras, y mediante lo físico, se van contando las emociones que van experimentando los protagonistas. Resultan muy apropiadas y divertidas, como ese baile, muy al estilo Demy, que se marca Suzanne con el ritmo de “Señorita”, o ese maravilloso momento en el café con las granadinas en el que al unísono siguen “Stabat Mater”, de Vivaldi, que volverá a repetirse más tarde, o ese otro, con ese baile juntos mientras suena “la Dolce Vita”, de Christope, y el temazo que se marca la propia Suzanne Lindon, con esa voz cálida y tan sugerente. Y qué decir de la música de Vincent Delerm, que nos lleva a otro estado, a ese que puedes sentir cuando estás enamorado/a o crees estarlo, en que el tema “Danse”, actúa como leit motiv en la película, como ese maravilloso arranque, en el que la protagonista, ausente de la conversación de sus compañeros de mesa, comienza a juguetear y a garabatear con su caña y la granadina restante, formas imposibles o quizás, sueños e ilusiones futuras.

La directora ejecuta con acierto y cercanía la relación de la protagonista con su familia, con su hermana apenas hay contacto, demasiado diferentes y estados de ánimo, con su padre, al que tiene como de guía al que le va preguntando cuestiones a su affaire, y a su madre, que se convertirá en confidente llegado el momento. Amén de la naturalidad e intimidad con la que actúa, canta y baila la joven Suzanne, el resto del reparto brilla por su cercanía y sensibilidad, como demuestra Raphaël “le garçon du film”, Arnaud Valois, que recordamos de La chica del tren y sobre todo, de 120 pulsaciones por minuto, que no solo es el actor triste, sino también, alguien tan perdido y aislado como Suzanne, un adulto que trata a su joven enamorada como una mujer y una mujer muy especial. Rebecca Marder es Marie, la hermana tan diferente y alejada de la protagonista. Nos acompañan los “padres de Suzanne” que interpretan Florence Viala, que compartió cast con Valois en Mi niña, de Lisa Azuelos, y Frédéric Pierrot, que tiene en su haber grandes nombres como los de Tavernier, Ozon, Loach, Sorogoyen, entre otros.

La realizadora nos cuenta un período corto en la vida de Suzanne, un instante de su primavera, como hacía el cine de Rohmer, un breve espacio de tiempo, en el que sucederá el amor, un amor que sucederá sin más, inesperado e impredecible como lo son todos, un amor breve pero intenso, o eso creemos creer, porque la película no entra en detalles de su duración, eso deja que el espectador lo imaginemos. La película está llena de referencias de todo tipo, como ya hemos comentado, todas son visibles, porque la directora no quiere ocultarlas y mucho menos escapar de ellas, como el espejo en A nuestros amores (1983), de Pialat, con la que comparte nombre y esa sensación que la vida pasa y nada cambia, y el amor es esa cosa que no hace a nadie feliz, y si lo hace, es por poco tiempo. Pensar en la Michèle de Portrait d’une jeune fille de la fin des années 60 à Bruselles (1993) de Chantal Akerman, en el que la protagonista es un sombra de Suzanne, ya que siente y se desplaza sin soportar su entorno y aburrirse como una ostra, transitando por ese intervalo de la existencia en el que nos quedamos a mitad de cruzar el puente. Imposible no acordarnos de Lost in Translation (2003), de Sofia Coppola, con el amor de una joven con un señor mayor, un amor no físico, sino espiritual, donde lo físico es contado mediante otros elementos y gestos.

Seize printemps en el original, y Spring Blossom, en inglés, es un relato atípico, porque relatando la consabida historia romántica de chica conoce a chico o viceverse, huye del estereotipo y demás convencionalismos, para atraernos a un mundo muy particular, extremadamente atemporal, muy detallista y que deja lo verbal para adentrarse en un relato muy cinematográfico, donde prima la mirada, el gesto, la sonrisa y todo eso que sin decir nada dice tanto. Nos emocionamos con la primera película de Suzanne Lindon por su tremenda frescura, libertad y originalidad, porque no pretende contar nada que no conozca, y eso es muchísimo más que la mayoría de cineastas precoces que siempre nos cuentan relatos que no han vivido o simplemente copian a sus “adorados”, Lindon instala su pequeño y humilde cuento en el París que conoce, y en primavera, no hay un espacio ni una época mejor que, para mirar a alguien, intercambiar miradas, sonrisas cómplices, y sobre todo, enamorarse, porque el amor siempre llega así, de forma inesperada, extraña e inocente, porque cuando uno o una se enamora de verdad es como si lo hiciera por primera vez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Algún día nos lo contaremos todo, de Emily Atef

LA PASIÓN OCULTA DE MARÍA. 

“Durante la noche, él la codiciaba y ella se entregó”.

La semana pasada llegó a nuestros cines la película Más que nunca, de Emily Atef (Alemania Occidental, 1973). Un durísimo drama de una mujer enferma rodado de forma sensible y cercana, alejada de sentimentalismos y crudeza innecesaria. Una semana después se estrena otra película de Atef, Algún día nos lo contaremos todo (del original, Igendwann werden wir uns alles erzählen), basada en la exitosa novela homónima de Daniela Krien, que firma el guion junto a la directora, en la que también se apoya en una mujer, María de 19 años de edad, apasionada y soñadora, que prefiere leer libros como Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, que acudir a clase. Vive en la Alemania Oriental a punto del colapso del verano de 1990, en una granja con su novio Johannes y la familia de éste. Al igual que Hélène, la protagonista de Más que nunca, María también se siente sola, vacía y perdida, como los habitantes de esa RDA poscomunista que se vieron consumidos por la Alemania Occidental, se ve trastocada con en el encuentro con Henner, un granjero solitario y huraño que vive en la granja de al lado. Un deseo y pasión desbordantes se apoderan de María que no puede sucumbir a una relación con un hombre de 40 años, rudo, salvaje, oculto y prohibido, que también ama la lectura. 

La directora franco-iraní mezcla con astucia y sabiduría dos frentes, el personal y el político. María que tiene una relación con Johannes, tranquila, acomodada y convencional, con la otra con Henner, pura pasión, violenta, cruda e inesperada. Y también, tenemos la coyuntura política, esa Alemania Oriental absorbida por la otra Alemania, con problemas económicos, y llena de incertidumbre e inquietud a unos ciudadanos que no saben que será de sus trabajos, algunos sin empleo y otros, sudando mucho para ganar poco y mal. Dos frentes que escenifica muy bien la vida de María, con esas dos casas, la de su novio, y la de su madre, sin empleo y depresiva, a la que suma otra, la de Henner, que pertenece a un pasado que ya no volverá, un pasado que ese verano borrará para siempre. Lo íntimo y lo personal mezclado con lo social y lo político, de una forma brillante, sin caer en demasiadas explicaciones. Una situación caótica y desesperante que se manifiesta con ese hijo que pasó al otro lado y resquebrajó la familia en dos, esos dos mundos entre los que se cimenta la película, en que María, absoluta protagonista, representa con cercanía, temor y locura, en esa existencia de Robinson Crusoe en la que está, sin saber qué hacer, perdida en sus emociones, en ese no futuro que les espera a millones de habitantes de la Alemania Oriental que se vieron obligados a vivir de otra manera, a ser y sentir diferente. 

El inmenso paisaje de Turingia sirve como implacable escenario y se erige como otro de los personajes de la película, una belleza deslumbrante y trágica, que recuerda a la de las películas de Malick como Días del cielo y Vida oculta, sendos dramas rurales en los que se mira Algún día nos lo lo contaremos todo, donde abundan los silencios y los gestos, esos espacios que cortan el aliento entre la soledad y la quietud de los personajes mientras leen o se pierden en sus contradictorias emociones, apoyada en sus miradas, que siempre dicen mucho más que cualquier diálogo. Una gran cinematografía de Armin Dierlof, que debuta en el cine de Atef, y es un habitual de la cinematografía alemana, construye un mundo rural lleno de sensaciones, de complejidad y sobre todo, de un exterior lleno de vida y silencio, y un exterior donde se desata la tormenta de la pasión y el deseo, un sexo que se siente y se huele, pero sin caer en lo burdo y en lo representativo sin más. El gran trabajo de montaje de Anne Fabini, que ha trabajado con Hannes Stöhr y en películas tan interesantes como Of Fathers and Sons (2017), Talal Derki y la reciente Alis, de Nicolas van Hemelryck y Clare Weiskopf, sin olvidarnos de la precisa y conmovedora música del tándem Christoph Kaiser y Julian Maas, que ya trabajaron con Atef en 3 días en Quiberón (2018), amén del director Lars Kraume y Edward Berger, entre otros. 

En su reparto, en el que sobresalen las certeras y detalladas interpretaciones de los diferentes actores y actrices, destaca la maravillosa, profunda y sensible mirada de Marlene Burow, que está impresionante con su María, en su segundo protagónico deslumbra de forma magnífica, todo lo que dice esa mirada y esos gestos, siendo esa mujer que lo transgrede todo y a todos por vivir una pasión arrolladora, peligrosa y fuera de lo común, de esas que tienes un pie fuera y otro dentro, o dicho de otro modo, esas pasiones que se recuerdan para siempre. Una mujer que es la película, porque la película va de ella, y sobre todo, va de todas esas mujeres que se dejaron llevar por lo que sentían, traspasando todos los límites personales y morales. A su lado, tenemos a Felix Kramer como Henner, otro ser solitario y vilipendiado por ese pueblo y sus habitantes, que hemos visto en series televisivas y películas con Christian Alvart, entre otras. Cedric Eich es Johannes, el apasionado de la fotografía que se aleja de su novia María, y sobre todo, de ese mundo rural del que es totalmente ajeno, un tipo que, al contrario que su chica, tiene muy claro su futuro. También destacan Silde Bodenbender y Florian Panzner como los padres de Johannes, y Jördis Triebel como la madre de María, que nos encantó en películas como La suerte de Emma, Al otro lado del muro y La revolución silenciosa, entre otras. 

No se pierdan Algún día nos lo contaremos todo, sexto largometraje de Emily Atef, porque no les va a defraudar en absoluto, porque les ayudará a regresar a cuando eran jóvenes, a cuando todo estaba por descubrir y por hacer en sus vidas, donde las pasiones y las emociones eran el motor de sus decisiones, donde todavía no estaban absorbidas por la sociedad, por lo correcto y por lo que conviene, sino por lo que sienten. Un viaje a ese tiempo, a esas sensaciones, a ese otro yo, a descubrir a María y su amor fou, un amor que mata pero también y que da vida. Y no se dejen llevar por su aparentemente drama romántico rural, que está lleno de complejidad y belleza, también oculta muchas otras cosas más, el destino de muchos alemanes orientales que vivieron un verano el de 1990 muy extraño, tremendamente inquietante ante un futuro de lo más incierto, como dejan con detalle las secuencias en la Alemania Occidental, donde ese otro país se impondrá y los dejará en una especie de limbo difícil de gestionar, tal y como le ocurre a María, la antiheroína que no se detendrá ante sus sentimientos a pesar de ese mundo que se derrumba a su alrededor, pese a quién pese. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Más que nunca, de Emily Atef

QUÉ HACER CUANDO TE ESTÁS MURIENDO.

“Los vivos no pueden entender a los moribundos”.

No es la primera vez que la muerte está presente en el cine de Emily Atef (Berlín, Alemania Occidental, 1973), ya que la ha tratado en un par de sus películas. En Mátame (2012), en la que una adolescente, hastiada y desilusionada por la vida, le pide a un preso fugado que acabe con su vida, porque ella no se atreve a suicidarse. En 3 días en Quiberón (2018), se centraba en la actriz Romy Schneider que vive en una clínica de rehabilitación donde se recupera de sus adicciones y depresiones. Aunque es con esta última, que Más que nunca tiene sus conexiones, ya que ambas nos hablan de dos mujeres que deciden alejarse para encontrarse consigo mismas y aclarar sus existencias. Si en la citada, la cosa iba sobre una actriz a la deriva, ahora la situación la protagoniza Hélène, una mujer, también a la deriva, que no puede trabajar porque está enferma, una de esas dolencias raras que se llama “Fibrosis pulmonar idiopática”, que afecta a la respiración de forma severa. La enferma vive con su marido, Mathieu, en Burdeos, un lugar que para Hélène se ha convertido en una prisión, porque nadie la entiende, y la ciudad es una losa que le impide respirar y vivir. El descubrimiento de un blog escrito por otro moribundo, despertará en la mujer los deseos de salir de su espacio y viajar a Noruega, con el fin de descubrirse y perderse en la inmensidad de la naturaleza nórdica. 

La directora franco-iraní, que escribe el guion junto al alemán Lars Hubrich, del que conocemos sus trabajos para Fatih Akin en Goodbye, Berlín (2016), y Marcus Lenz en Rival (2020), nos sumerge en un relato extremadamente sobrio, con apenas tres personajes, donde abundan las miradas y los silencios, en una historia dividida en dos partes muy bien diferenciadas. En una, estamos en la mencionada Burdeos, una ciudad que apenas vemos, un lugar extraño y ajeno para la protagonista, un espacio filmado en planos cerrados y cortos, donde prevalece el diálogo y la sensación de miedo y dolor. En la segunda mitad, nos trasladamos a Noruega con Hélène, lo urbano deja paso a la inmensidad de la naturaleza, con esos planos largos y muy abiertos, donde vemos la diminutez humana comparada con el paisaje desbordante, rodeados de un lugar inhóspito por su luz, porque en verano no anochece, una hostilidad el inicio que dejará paso a un nuevo nacimiento para la enferma, que volverá a sentir las cosas, su cuerpo, su ser y sobre todo, su humildad y pequeñez ante la grandeza e inmensidad del paisaje de los fiordos. Allí, volverá a nacer, volverá a convertirse en alguien, esa persona que la enfermedad había anulado, allí, junto a Mister, o Bent, que la dejará en paz, con esas conversaciones donde Hélène encontrará a alguien que no la juzga, que no la trata como una inútil, y sobre todo, a alguien que la entiende sin imponer ni expresar nada, muy diferente que Mathieu. 

Atef construye una película minimalista, muy cercana, con un pequeño conflicto o muy grande, como cada espectador quiera ver o sentir, sin estridencias ni artificios innecesarios, contada de forma tranquila y reposada, como las historias grandes, donde las emociones se pueden sentir de verdad, cada gesto y cada tos, donde podemos escuchar el más leve sonido, incluso los silencios, donde hay vida, y también, muerte, donde lo humano se manifiesta y se hace cercano. Una cuidada, bellísima e hipnótica, que no redundante, cinematografía de uno de los grandes del cine francés como Yves Cape, que tiene en su haber películas con Alain Berliner, Bruno Dumont, Patrice Chéreau, Claire Denis, Gianni Amelio, Leos Carax, Michel Franco y Bertrand Bonello, entre muchos otros. El gran trabajo de montaje por el tándem Sandie Bompar, que ha estado en la reciente Fuego, de Claire Denis, y Hansjörg WeiBbrich, que montó 3 días en Quiberón, y películas de Aleksandr Sokurov, Bille August y Hans-Christian Schmid, entre otros. La excelente música del debutante Jon Balke, añade esa sutileza e intimidad que tanto pide una película de tema devastador, pero nunca regodearse en la tragedia ni sobre todo, que nunca cae en la estupidez ni en la sensiblería. 

Ya hemos comentado los tres únicos personajes que habitan la película. Tenemos al actor noruego Bjorn Floberg, que ha trabajado indistintamente en las cinematografías de su país y danesa, con nombres reconocibles como los de Erik Gustavson, Nils Gaup y Ole Bornedal, y más. Un personaje de la segunda parte de la historia, ese Mister/Bent, una especie de ángel de la guarda, o mejor dicho, alguien igual que ella, alguien moribundo que no sólo ha alejado ese positivismo estúpido que viene de los vivos, sino que se ha aislado y sobre todo, ha conectado mucho consigo mismo, una experiencia que tambiéne está viviendo Hélène, por eso se entienden casi sin palabras, porque no buscan respuestas ni tampoco falsas esperanzas, están conectándose con la vida sin falsos moralismos, y aceptando su muerte. Luego, tenemos al matrimonio de Gaspard y Hélène, él, que está sano, sigue a lo suyo, esperanzado, positivo y más cosas, muy de los vivos, que hace espléndidamente Gaspard Ulliel, al que va dedicada la película, porque cuando la películas estaba en proceso de posproducción, murió trágicamente mientras esquiaba. Su personaje Mathieu también hará su particular viaje, un proceso que es muy duro, pero inevitable y la más sincera y profunda prueba de amor. 

Frente a él, tenemos a Vicky Krieps, la actriz luxemburguesa, que descubrimos en Hilo invisible (2017), de Paul Thomas Anderson, y alucinamos cada vez que la vemos en la pantalla, porque es una actriz a la altura de la Davis, la Hepburn, la Streep, la Blanchett, y no exageró en absoluto, porque su mirada, su forma de moverse, su silencio, esa forma de bañarse en las aguas frías, y su paseos, y su tranquilidad, y sus ataques, sólo consiguen que nos creamos todo lo que hace en esta delicada y sincera película, porque Krieps hace y deshace a su antojo, y construye una Hélène en su trance más difícil porque debe conectarse consigo misma y con su enfermedad, y con el paisaje noruego, sólo para estar con ella, para sentir con ella, para liberarse de todos y todo, y sobre todo, para sentirse libre y flotando, como en algún que otro momento experimenta en los fiordos, y decidir su vida o lo que le quede de ella, y aún más, decidir como será el final de su vida, como será su despedida, sin tristezas ni agobios, sino en paz con ella misma y nada más, porque la vida es eso, ese período finito en el que todos y todas nos veremos en algún momento de nuestras vidas, y en ese proceso encontrarnos y encontrar nuestro lugar, sea aquí, allá o dónde sea, pero en libertad, con respeto, dignidad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alejo Moguillansky

Entrevista a Alejo Moguillansky, codirector de la película «La edad media», en el Turó Park en Barcelona, el martes 5 de julio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alejo Moguillansky, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a mi querido amigo Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan especial. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA