Memorias de un cuerpo que arde, de Antonella Sudasassi Furniss

LAS MUJERES DE FUEGO. 

“Estoy viva y mientras esté viva, no voy a ser una vieja”. 

Primero fue El despertar de las hormigas: Niñez (2016), un cortometraje de 18 minutos en el que abordaba el primer orgasmo de Luciana, una niña de 10 años. La segunda cita fue El despertar de las hormigas (2019), un primer largometraje que se situaba en la mirada de Isa, una joven madre y esposa que no desea un tercer hijo y experimentar con las cosas que le ofrece su cuerpo y la vida. El tercer viaje es Memorias de un cuerpo que arde, donde la directora Antonella Sudasassi Furniss (San José, Costa Rica, 1986), cierra su trilogía sobre el deseo y el placer femenino a través del sexo en la edad madura, donde a partir de las tres historias reales de Ana, Patricia y Mayela nos convoca a un viaje por la memoria y la experiencia personal de tantas mujeres latinoamericanas que crecieron y vivieron la represión sexual en una sociedad patriarcal y eminentemente religiosa que les impidió ser ellas mismas y experimentar en libertad su cuerpo, sus cambios y su sexualidad plena y las sometió a un silencio y una violencia hasta que se levantaron y dijeron basta. 

La directora costarricense ha construido un mundo que se sitúa en las décadas de los cincuenta y sesenta en un solo espacio, la casa de la protagonista en el que se edifica un imaginativo y poderoso dispositivo en el que mezcla con astucia dos elementos aparentemente antagónicos pero que acaban casando con un equilibrio y naturalidad apabullante. Por un lado, escuchamos los testimonios íntimos y sin complejos de las citadas mujeres de más de 65 años que explican sus descubrimientos en la infancia, juventud y adultez y su relación con su sexualidad, a través de sus experiencias en el amor, el sexo, la maternidad y la violencia. Por el otro, se cimenta una elaborada ficción en el que tres mujeres/actrices interpretarán lo que escuchamos pasando por las tres edades bien diferenciadas: la infancia, la adultez y la vejez en una sola mirada y experiencia. A partir de una estructurada y reposada mise en scène en el que todo sucede en una casa que va escenificando las diferentes etapas vitales y los respectivos lugares en los que va aconteciendo. Mediante unos ligeros y suaves planos secuencia muy bien dirigidos y coreografiados como el que abre la película: donde se muestra sin tapujos y con total transparencia el juego cinematográfico al que estamos a punto de asistir, y ese leve cambio de objetivo y pasamos de la no ficción a la ficción. 

Sudasassi Furniss vuelve a contar con el cinematógrafo Andrés Campos como ya hizo en la citada El despertar de las hormigas, donde se vuelve a imponer una luz muy natural donde lo doméstico adquiere toda su fuerza y centro de la historia, en el que los personajes se desenvuelven con total desparpajo por el entorno y transmiten esa intimidad que consigue sin estridencias ni inventos del estilo. La música de Juano Damiani crea ese espacio altamente cercano y sensible por el que transita la película, sin caer en lo acomodaticio ni sobrepasarse, bien acompañado por los escogidos temas musicales, como el maravilloso tema que canta Valeria Castro, de la que ya hemos apreciado su arte en películas como Mi soledad tiene alas y la reciente El 47. El montaje de Bernat Aragonés, un editor que ha escogido muy bien sus trabajos ya que ha tenido a nombres tan importantes como el desaparecido Agustí Villaronga, Isabel Coixet y Belén Funes, entre otros. Un trabajo impresionante porque la tarea no era nada sencilla, porque hay un sinfín de viajes en el tiempo, entre las tres diferentes edades, sensaciones y demás, con la ayuda del gran trabaja de arte, porque en el mismo plano se pasa entre tiempos, cambios y demás. 

Las magníficas composiciones de las tres mujeres/actrices que dan vida a la misma mujer en sus tres etapas, debutantes o casi en el campo cinematográfico. Tenemos a la niña que hace Juliana Filloy, que descubre sus primeras veces en el amor, en el sexo, en la violencia, en la alegría y la tristeza en el entorno que le rodea. Luego, pasamos a Paulina Bernini que hace la juventud y la adultez con los primeros besos, caricias, la boda, la maternidad, la violencia y una sexualidad en dos capas, con el marido sin orgasmos y después, en soledad disfrutando del sexo. Y por último, Sol Carballo es la mujer en su edad más avanzada y que actúa como eje vertebrador y memorístico que va repasando sus experiencias contándonos recuerdos y secretos íntimos y revelaciones ocultas que van haciendo un retrato individual y común de tantas mujeres que vivieron lo mismo en sus compañías y soledades donde descubrieron y experimentaron un mundo de sensaciones y de libertad que tuvieron que vivir en silencio y sin hacer ruido, hasta que dijeron basta y despertaron e hicieron su vida, en total libertad, sin imposiciones y con independencia, abriendo el camino para las generaciones de mujeres posteriores. 

Una película como Memorias de un cuerpo que arde se suma a esta mirada crítica y personal de muchas cineastas que están filmando historias que tienen que ver con el pasado de las mujeres, un pasado lleno de oscuridad, de violencia y de silencio, en que este cine ayuda a mostrar tantas realidades ocultas, invisibilizadas y olvidadas a través de un cine que muestra, que reflexiona y sobre todo, da luz a tanta oscuridad. La película de la cineasta caribeña se hermana de forma directa y personal con la reciente Las novias del sur, de Elena López Riera, porque las dos cintas rescatan una memoria que existía pero estaba silenciada, la de tantas mujeres que hicieron una vida a través de las sombras, llena de tabúes, hipocresía y maldad, donde el sexo, la menstruación, la maternidad, el amor y demás eran temas totalmente desconocidos. Las directoras Antonella Sudasassi Furniss y Elena López Riera y todas las demás que volverán a abrir en canal estos temas sobre tantas mujeres, tan necesarios para todos los públicos de ayer, hoy y siempre, porque construyen una historia real y no incompleta como hasta ahora, y además, son temas que forman parte de nuestra realidad y cuánto más se conozcan y se expongan mejor para todos y todas ya que nos abrirá un mundo de experiencias y sensaciones que podemos disfrutar entre todos y todas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vermiglio, de Maura Delpero

LAS MUJERES DE VERMIGLIO.   

Vermiglio es un paisaje del alma, un “Lexico familiar (Natalia Ginzburg) que vive dentro de mí, en el umbral del inconsciente, un acto de amor por mi padre, su familia y pequeño pueblo. Al atravesar un período personal, quiero rendir homenaje a una memoria colectiva”. 

Maura Delpero

Erase una vez… La existencia tranquila y anodina de un pueblo remoto escondido entre los Alpes Italianos a finales de la Segunda Guerra Mundial. Allí, entre montañas cubiertas de nieve y quehaceres agricultores y ganaderos se desenvuelven sus habitantes, entre ellos, la familia del maestro Cesare, su mujer Adele y sus diez hijos. Un lugar que huele a heno recién cortado y leche recién ordeñada como deja patente su cuidadoso prólogo que anuncia un nuevo día y vemos a toda la familia levantándose, cada uno con su tiempo y pesadez, e inmediatamente después, en primerísimo primer plano, las cazuelas van pasando frente a nosotros y llenándose de leche caliente. Un relato casi en primera persona porque la directora nos sitúa en el pueblo de su padre, en su memoria y en su tiempo y silencio. 

La directora que ha dirigido hasta la fecha tres documentales Signori professor (2008), de la cotidianidad de diferentes maestros, Nadea e Sveta (2012), sobre mujeres inmigrantes, y 7 salamancas (2013), sobre la mitología y lo sagrado, en los que abordaba las fronteras entre el documento y la ficción, y una de ficción Maternal (2019), sobre dos madres adolescentes. Mucho de esa textura contiene Vermiglio, su primera película de ficción, aunque con varios peros, porque en muchos momentos podríamos decir que la película se acerca al documento propiamente dicho donde vemos una mirada de las costumbres y oficios y quehaceres de los habitantes de mediados de los cuarenta del siglo pasado. En ese sentido, la película se mueve entre lo colectivo y lo individual a partir de las miradas de estas mujeres de diferentes edades, siguiendo la estela de las anteriores citas de Delpero, con sus nacimientos y muertes, amores, desamores y otros infortunios y alguna pequeña alegría en silencio, y en cómo estas mujeres se enfrentan a las adversidades de la existencia, en una sociedad patriarcal y altamente religiosa en la que ellas están completamente sometidas a la voluntad masculina, y deben hacer frente a los conflictos que estos les generan. Se habla de maternidad en compañía y soledad, en los dificultosos destinos que les esperan a las mujeres, y sobre todo, se habla de cómo el destino fatal se va imponiendo en un lugar donde hay nulas oportunidades de ser y hacer cosas diferentes. 

Delpero se ha acompañado de un gran equipo entre los que destacan el cinematógrafo como el ruso Mikhail Krichman, habitual del cineasta Andrey Zvyagintsev, amén de otros como Liv Ullmann y Jim Sheridan, donde se impone el cuadro bien cuidado que recoge cada detalle con minuciosidad y pausado, donde abundan los encuadres fijos, en el que el off se convierte en la estructura esencial de la película, porque los momentos de gran tensión se despachan en fuera de cuadro seguidas de magníficas elipsis, alejando a la historia de esos momentos de estridencia sensiblera y sumergiéndonos en un tono de dureza, dolor y tristeza sin caer en el tremendismo. La composición de Matteo Franceschini, ayuda a acercarnos a los altibajos emocionales y complejidades de los diferentes personajes de modo reflexivo y emocionante, así como el gran trabajo del arte y vestuario que son extraordinarios, al igual que la estupenda labor de sonido que firman, entre otros, Dana Farzamehpour, con más de 90 títulos entre los que destacan nombres como los de Asghar Farhadi, Jean-Gabriel Péirot y Alice Diop, entre otros. El conciso y trabajado montaje de Luca Mattei, que ya trabajó en la citada Maternal, consigue elaborar un ritmo que nos va atrapando desde lo cotidiano, la sencillez y la naturalidad del lugar y los personajes, en un ritmo pausado, sensible e íntimo. 

Si el apartado técnico es de primer nivel, el artístico no se queda atrás, con la maravillosa presencia de un actor como Tommaso Ragno como el maestro y padre de la familia numerosa, con una espléndida filmografía que le ha llevado a trabajar con Bertolucci, Vrizi, Rohrwacher, Moretti, entre otros, haciendo de ese maestro de pueblo, tan recto como poco padre y menos esposo. Roberta Rovelli es la madre, más acogedora, realista y cercana con su prole. La debutante Maria Scrinzi es la desdichada Lucia que, ante la fatalidad deberá sacar fuerzas y ser fuerte. orietta Notari hace de una tía que es una mano más que ayuda y alienta todo lo que puede. Sara Serraiocco, que hemos visto en No odiarás, El caso Braibanti y El primer día de mi vida, es otra hija que, en silencio y sin molestar, va haciendo y es una testigo esencial en el devenir de las mujeres de la familia, y Carlota Gamba, una de las protagonistas de la reciente ¡Gloria!,  la diferente del pueblo, y Giuseppe De Domenico es el soldado desertor que trastoca la tranquilidad del lugar, como Santiago Fondevila, otro soldado que vuelve de la guerra, familiar y perdido como el otro. 

El tono y la atmósfera que desprende una película de Vermiglio se hermana de forma muy cercana con la cotidianidad y la profundidad que tenían obras de Vittorio De Seta como sus maravillosos documentales, de Ermanno Olmi como El árbol de los zuecos (1978), y de los hermanos Taviani como La noche de San Lorenzo (1982), en sus formas de mirar el trabajo, a sus gentes, sus costumbres, sus sociedades, sus lugares y sus maneras de enfrentarse a la adversidad del tiempo, de los animales, de la tierra y del progreso y demás asuntos como el amor, la familia, etc… La cineasta Maura Delpero no sólo ha construido un retrato sensible, profundo y reflexivo sobre el pueblo de su padre y sus habitantes y ese momento de final de la guerra, sino que también, ha tejido a fuego lento un minucioso y extraordinario retrato sobre las mujeres, sobre todas las mujeres que debieron enfrentarse y cooperar en una sociedad machista y sobre todo, una sociedad que les dejaba pocas salidas en la vida, y que tuvieron que armarse de valor y coraje para ser ellas mismas y ayudarse entre ellas a pesar de los pesares. Vermiglio debería ser de obligada visión por todo lo explicado, además su historia y contexto circunstancial y emocional se cuentan de forma muy honesta y directa, donde se refleja el arduo camino que han tenido que recorrer tantas y tantas mujeres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ion de Sosa y Sergio Jiménez

Entrevista a Ion de Sosa y Sergio Jiménez, director y montador de la película «Mamántula», en el marco del D’A Film Festival, en el hall del Hotel Regina en Barcelona, el viernes 12 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ion de Sosa y Sergio Jiménez, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y al equipo de comunicación del Festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto

CANCIONERO ANTIFRANQUISTA 1961/2022. 

“Y el cielo se encuentra nublado/no se ve relucir una estrella,/los motivos del trueno y del rayo/vaticinan segura tormenta./(…) Y son, y son, y son/tiempos de bonanza/que tienen, que traen, que están/llenos de esperanza”. 

Fragmento de la letra “Nube y esperanza” cantada por Antonio Soriano

Muchos de los cineastas de la no ficción se acercan a la Guerra Civil Española y el franquismo a través del archivo mediante una vasta colección de imágenes, fotografías y documentación para viajar al pasado y sobre todo, establecer vínculos con el presente más inmediato y todo aquello que continúa y lo que no entre nosotros. Si nos remitimos a la música, encontramos menos películas que se hayan interesado por sus canciones. La que nos viene a la memoria es la imperdible Canciones para después de una guerra (1976), de Basilio Martín Patino, que mediante imágenes y canciones de la época trazaba un retrato de la España de antes y después de la citada guerra. Así que, una película como La marsellesa de los borrachos, de Pablo Gil Rituerto (Madrid, 1983), no sólo es una agradable sorpresa, sino que, además, es una prueba más de todas esas historias invisibles que todavía no han sido contadas. 

En el verano de 1961 el grupo italiano Cantacronache recorrió los pueblos del norte de España haciendo 6000 kilómetros y regresando a Turín con 9000 pies de cinta magnética, notas de viaje y cientos de fotografías. Una gran colección sobre la resistencia antifranquista que incluye canciones populares cantadas a capela, testimonios de la dictadura y poemas originales. El cineasta madrileño que conocíamos por sus trabajos como editor para grandes nombres como los de José Luis Guerin, Mercedes Álvarez, Isaki Lacuesta y Marc Recha, hace su puesta de largo con una película que coescribe junto a Alba Lombardía, donde acoge todo el material archivado del viaje de los Cantacronache y con un equipo recorre los mismos lugares 61 años después, en el verano de 2022. Una película que no se sitúa en ningún lado y apuesta por dejarse llevar por todos los materiales a su alcance. Un retrato caleidoscópico en el que escuchamos las grabaciones del 61, vemos las fotografías, y emprendemos una road movie-musical en el que solistas y grupos y conjuntos vuelven a interpretar las canciones tendiendo un puente imaginario entre ayer y hoy, trazando una profunda y honesta reflexión de sobre las canciones antifranquistas y sobre todo, cómo suenan y resuenan ahora.  

Gil Rituerto se acompaña de grandes técnicos como el cinematógrafo Daniel Lacasa, del que habíamos visto su trabajo en La granja del pas (2015), de Sílvia Munt, y su actividad como ayudante de sonido en películas como La plaga (2013), de Neus Ballús, y la mencionada Mercedes Álvarez en Mercado de futuros (2011), donde coincidió junto a Rituerto, la excelente música de Lina Bautista, que no tenía empresa fácil porque tenía enfrente un recorrido de canciones, el gran trabajo de sonido directo de Gerard Tàrrega, Giovanni Corona, Cora Delgado y Fernando Aliaga, y el diseño sonoro de la grande Laia Casanovas del Pino  que tiene en su haber casi 100 títulos donde hay gente como Almodóvar, series, primeras películas y documental. El montaje que firman el propio director y Marcos Flórez, del que hemos visto películas tan extraordinarias como El último verano, de Leire Apellaniz, Arima, de Jaione Camborda, Nación, de Margarita Ledo, Canto Cósmico. Niño de Elche, de la citada Apellaniz y Marc Sempere Moya, y la más reciente La guitarra flamenca de Yerai Cortés, de Antón Álvarez, entre otras, en un gran uso del material de archivo que tiene su reflejo en el presente en un continuo vaivén de tiempos, texturas y miradas en una película que se ve con emoción y tristeza en sus 96 minutos de metraje. 

Todo lo que La marsellesa de los borrachos nos cuenta y reflexiona sobre el significado del pasado, a través de las canciones populares antifranquistas y su vuelta al presente y el estado de las cosas, tiene mucho que ver con el mismo camino que emprendía Avanti Popolo (2012), de Michael Wahrmann, donde las canciones de izquierda que hicieron de resistencia durante la dictadura de Brasil se cruzaban con una historia personal del propio cineasta. Otra película como Cantares de una revolución (2018), de Ramón Lluís Bande, con la presencia del personaje-músico Nacho Vegas, también presente en la película de Gil Rituerto, donde viajaba y recupera el cancionero de los obreros y campesinos asturianos que en octubre de 1934 se alzaron contra la injusticia. Tres películas muy diferentes entre sí que tienen un frente común y reconocible que no es otro que el de recuperar los tesoros ocultos e invisibles de la memoria histórica de Brasil y de España desde el espacio de lo popular, de todos los nadies, que menciona Galeano, de todos y todas las personas que siguieron en la lucha y la resistencia a pesar de los pesares, con sus trabajos, sus propuestas y sus canciones. 

No deberíamos dejar pasar una película como La marsellesa de los borrachos, por su gran contribución a recuperar o mejor dicho, a desenterrar un caso totalmente desconocido para el que suscribe, de unos jóvenes italianos en aquella España gris y totalitaria de aquel verano del 1961, y reivindica todo su legado de grabaciones de canciones, testimonios y fotografías, y la maravilla que hace la película que es coger todo ese material, sacarlo a la luz, como demuestran sus emocionantes imágenes del inicio de la película, y sobre todo, mostrarlo a los espectadores sesenta años después. Todo su entramado es una idea magnífica, reinventándose ese puzle de pasado y presente, con continuas viajes que no tienen fin y funcionan en un bucle infinito de reflejos y espejos, con las actuaciones del pasado en el que escuchamos entre otros a personajes como José Agustín Goytisolo, Celso Emilio Ferreiro en galego, y Antonio Soriano, y otras voces anónimas, y las del presente, con el mencionado Nacho Vegas, Maria Arnal y Marcel Bagés, y grupos como La ronda de Motilleja y el Grupo Minero de Turón, y muchas más, que conforman no sólo una película que mira y reflexiona sobre el pasado a través del presente y se pregunta por la vigencia de aquellas canciones que tenían un significado y agrupaba una voz y una resistencia contra la violencia franquista. Quizás ya no tienen esa fuerza pero siguen sonando con emoción. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Mary Superchef, de Enzo D’Alò

MARY DEBE APRENDER A DECIR ADIÓS. 

“La muerte deja un corazón roto que nadie puede sanar, pero el amor deja un recuerdo que nadie puede robar”

(Proverbio irlandés)

En la inolvidable Mi vecino Totoro (1998), de Hayao Miyazaki se profundiza de forma sencilla y honesta, en el proceso emocional de dos hermanas que, entablan amistad con un espíritu del bosque para enfrentarse al dolor de tener a su madre enferma en el hospital. Un cine de animación para todos los públicos. Por los mismos contornos se mueve Mary Superchef (A Greyhound of a Girl), de Enzo D’alò (Nápoles, Italia, 1953), basada en la novela “Como un galgo”, del irlandés Roddy Doyle, del que se han llevado a la gran pantalla excelentes títulos como The Commitments (1991), de Alan Parker, y Café Irlandés (1993), y La camioneta (1996), ambas de Stephen Frears, entre otras. Una cinta muy cercana, de dibujo sencillo y nada enrevesado, aquí lo que cuenta es tratar el tema de la pérdida y el duelo a través de la mirada inquieta de Mary O’Hara, una niña de 11 años que empieza su verano con dos frentes: la enfermedad de su abuela y la despedida de su mejor amiga, amén de prepararse para conseguir una plaza en la escuela de cocina más exquisita de la zona. 

Un guion escrito por Dave Ingham, que lleva casi tres décadas imaginando series para el público infantil, y el propio D’Alò, del que conocemos sus excelentes trabajos en el campo de la animación donde se ha convertido en un abanderado gracias a títulos como  La flecha azul  (1996), Historia de una gaviota (y del gato que le enseñó a volar) (1998), Opopomoz (20023), Pinocchio (2012), y Pipu, Pupu & Rosemary: the Mystery of the Stolen Notes, entre otras, recibiendo grandes elogios de la crítica especializada así como galardones en los festivales más prestigiosos. A partir de una estructura bajo la atenta y valiente actitud de su protagonista Mary que, ante las dificultades, saca su arrojo y su carácter para hacer la suya. Un cuento que se aleja de lo complaciente y lo cómodo para adentrarse en terrenos emocionales complejos y muy oscuros, pero no desde un lado triste y sensiblero, para nada, todo está enfocado desde una mirada sincera y real, o podríamos decir de verdad, donde se explican situaciones muy íntimas y sensibles, donde se sitúa al espectador en varias tesituras donde los personajes se enfrentan a la enfermedad, a las despedidas y sobre todo, a la muerte, a aprender a decir adiós y enfrentarse al duelo. 

Una fábula ambientada en las costas irlandesas, en lugares como Cork y Wesford, donde predomina el verde como no podía ser de otra manera, en la que los tremendos paisajes costeros sirven de escenario común a una historia que recorre cuatro generaciones de mujeres de la misma familia que se vuelven a reencontrar para procesar el adiós en compañía y experimentando cada uno todas las emociones que experimentan. Otro elemento fundamental de la película es la composición musical que firma un grande como David Rhodes, guitarra histórico del gran músico británico Peter Grabiel, que con gran sensibilidad y transparencia ayuda a paliar todo el entramado emocional al que se enfrentan los diversos personajes desde perspectivas muy diferentes porque van desde la infancia a través de Mary de 11 años, su madre Scarlett, la abuela Emer y la invitada especial, la bisabuela Tansey, en un relato donde la realidad, la fantasía, la imaginación se dan la mano de forma natural en la que las cuatro generaciones se reúnen para decir adiós donde hay drama y tristeza, pero también mucho humor y una fiesta de la vida, de compartir y una gran celebración de la vida y del amor. 

El napolitano Enzo D’Alò es un fiel seguidor de las estructuras y formas de Studio Ghibli, porque desde la sencillez y la honestidad de su dibujo y sus planteamientos formales es capaz de sumergirnos en una excelente y profunda historia sobre la vida y el amor a través de despedirse de los seres que más quieres y más aún, cuando todavía tienes 11 años como le ocurre a la protagonista. Una heroína de verdad, de las que te encuentras, sin saberlo, cada día cuando caminas por la calle. Una joven que juega en los mismos contornos que otras niñas Ghibli como las citadas de Totoro, o aquella que debía enfrentarse a lo inquietante en la maravillosa El viaje de Chihiro (2001). Si deciden ir a ver una película Mary Superchef pueden acompañarse de los más pequeños, si los tienen, porque uno de los grandes logros de la película, y no es nada sencillo lo que ha hecho, es mostrar la pérdida y el duelo de forma cercanísima, nada estridente ni plañidera, sino desde lo humano, desde lo natural, desde la vida, de las cosas que más cuestan afrontar como la muerte, el adiós y sobre todo, enfrentarse a todo eso, y ser capaz de continuar y seguir adelante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Memorias de un caracol, de Adam Elliot

GRACE & GILBERT. 

“Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más”. 

Ernesto Sábato 

En la inmensa producción de películas de cada año pocas son las que llegan a las pantallas y de las que llegan, la mayoría son películas de corte muy comercial. Algunas, no muchas, pasan directamente al limbo de las diferentes plataformas que hay, donde se plantea un dilema, el de rebuscar y con suerte, encontrarse con esa película que sabes que está pero que no hay forma de encontrarla. Mary and Max (2009), de Adam Elliot (Berwick, Australia, 1972), no pasó por cines y la descubrí gracias a Filmin, una de las plataformas que cuida el cine y sus usuarios. La sorpresa y la admiración fueron inmediatas. Estaba delante de una delicia en todos los sentidos. Una obra profunda y reflexiva sobre la amistad entre una niña de 8 años australiana y un cuarentón judío y obeso de New York a distancia y epistolar desde finales de los setenta y toda la década de los ochenta. A través de la técnica de animación de stop motion un relato que abarca a dos inadaptados y solitarias almas que no entienden la sociedad ni la gente que la componen y optan por la imaginación y los sueños y las pequeñas actividades para soportar tanta oscuridad y desánimo.

Su segundo largometraje Memorias de un caracol el cineasta australiano vuelve a sus ambientes negruzcos y grisáceos con un tono melancólico, lleno de irreverencia y exquisito humor negro para críticar a una sociedad demasiada injusta, deshumanizada y estúpida, protagonizada por dos huérfanos Grace y Gilbert Pudel, que son separados y enviados a familias muy diferentes. Ella junto a unos happy guays de lo natural y lo light, y él, junto a una familia fanática cristiana e hipócrita. Es ella la que nos cuenta su vida, con ese tono tan característico donde abunda la miseria moral y una sociedad cruel y violenta. La aparición de Pinky, una excéntrica y punky anciana que se hace inseparable de Grace le ayuda a paliar el desajuste emocional que le produce estar separada de su hermano gemelo. Como sucedía en la primera película de Elliot, la voz en off vuelve a estar muy presente, no una voz descriptiva, sino una que reflexiona sobre las imágenes que vemos y aquellas otras invisibles donde lo emocional está tan presente. La atmósfera oscura y decadente sigue presente en sus historias que se mueven entre la fábula griega, lo más tenebroso e inquietante de los cuentos góticos de la época victoriana y ese sutil e inteligente sarcasmo e ironía que ayuda a suavizar tanta soledad. 

La cinematografía vuelve a correr a cuenta y riesgo de Gerald Thompson que vuelve a brillar como hizo en la deliciosa Mary and Max, o mejor dicho, vuelve a ennegrecer en tonos apagados y grisáceos, esos lugares residenciales muy al estilo del suburbano estadounidense, que más que vida parece que almacenan vidas torturadas e infelices. La música de Elena Kats-Chermin se convierte en el mejor vehículo para contar toda la complejidad psicológica y los avatares vitales de los protagonistas, además, consigue junto a las imágenes tremendamente elaboradas y detallistas, un conjunto de emociones que vamos experimentando siguiendo la travesía emocional de los dos hermanos. Una película cuidada hasta el mínimo detalle, desde su poderosa estructura y montaje que firma Elliot y sus intensos 95 minutos de metraje, la magnífica construcción de personajes, que no estarían muy lejos de los de Pesadilla antes de Navidad (1993) y La novia cadáver (2005), ambas auspiciadas por Tim Burton, eso sí en otro tono más de terror, y el diseño de producción que parte de la grandiosa imaginación de Elliot como demuestran los estupendos en los títulos créditos iniciales en el que hace un incisivo recorrido por una gran cantidad de elementos y objetos amontonados en una habitación, en los que va anticipando partes de la trama de la película. 

Primero fueron excelentes cortometrajes, entre otros, como Uncle (1996), Cousin (1999), Brother (2000), que no llegaban a los ocho minutos, los Harvie Krumpet (2003), Ernie Biscuit (2015), que pasaban de los veinte minutos, y los mencionados largometrajes Mary and Max (2009), y el que nos ocupa Memorias de un caracol, título que hace referencia al enamoramiento que tiene la protagonista Grace por los moluscos gasterópodos que usa como refugio en su inseparables conchas (genial metáfora que describe cómo se siente la citada Grace). El cine de Adam Elliot se convierte en el mejor narrador para describir muchas de lo invisible del mundo que nos rodea: la enfermedad mental, la inadaptación, la soledad, los traumas y todo lo que tiene que ver con aquello de lo que nos cuesta hablar, de lo que hace daño, de lo que duele tanto que nos cuenta enfrentarlo y mucho menos compartir con los demás. Un cine que invita a mirar a los demás sin juzgarlos, a observar lo diferente, a profundizar en lo que nos rodea y sobre todo, en las acciones de los demás, descubriendo su naturaleza y descubriendo ese pasado que los amenaza y les dicta su presente. También hay tiempo para ser feliz, aunque sea efímero, eso sí, Memorias de un caracol no es una película triste, ni mucho menos, es una película dura y desgarradora, pero no se regodea en la maldad, sino que la muestra y dibuja a unos personajes que siempre quieren ser ellos, aunque para ellos deban alejarse del resto y encontrar su mundo por muy diferente que sea del mundanal ruido. No es eso lo que deberíamos hacer todos. Buscarnos a nosotros mismos sin importar lo que digan los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La red fantasma, de Jonathan Millet

CAZAR A LA BESTIA. 

“Los espías viven en un mundo de sombras, donde la verdad y la mentira se entrelazan”. 

De la novela “El espía que surgió del frío” (1963), de John Le Carré 

Hemos visto infinidad películas sobre espías, sobre todo ambientadas en la Guerra Fría, con sus personajes y lugares comunes, y rasgadas por estructuras clásicas y llenas de misterio, tensión y psicología. En los últimos tiempos, cuesta ver películas de este tipo, también la historia política, la más oculta y oscura, se ha vuelto muchísimo más recelosa y se ha sepultado por prudencia y malos hábitos anteriores. Por ese motivo encontrarnos con una película como La red fantasma (en el original, Les fantômes), de Jonathan Millet (París, Francia, 1985) es toda una gran satisfacción. Un título que se traduce como “Los fantasmas”, una definición que casa adecuadamente con el objetivo del espía y del espiado, porque los dos quieren moverse entre sombras sin ser vistos ni expuestos como meros fantasmas. Y más aún, como en el caso de la película que nos ocupa, que la historia sea novedosa, o por lo menos, poco vista, como es el caso de los torturados del régimen de Bashar al-Ásad ocultos en el corazón de Europa.

El director que, después de años dedicándose al documental con títulos tan importantes como Ceuta, douce prision (2013), y La desaparición (2020), y un puñado de cortometrajes de ficción, debuta en el largometraje con una trama que coescribe junto a Florence Rochat que nos sitúa en Estrasburgo, en el ámbito de la universidad donde estudia Harfaz, el sospechoso torturador que espía el protagonista Hamid, un exprofesor de Alepo, ahora convertido en informador y “cazador” de bestias como el que tiene delante. Otro de los grandes aciertos de la película de Millet es alejarse de lo convencional y del thriller psicológico, tan manido en los últimos años, para adentrarse en una trama muy cotidiana, podríamos decir doméstica, específicamente urbana, donde los protagonistas son personas agitadas por la venganza y la justicia, que han entrado en este mundo por circunstancias personales y ávidos de luchar contra el imperio del terror del régimen sirio. La psicología de los citados personajes tiene que ver más con sus dolorosas experiencias personales, donde hay pérdida y ausencia que todavía están paliando como pueden. Estamos ante una historia de espías, si, pero para nada convencional, donde el género desaparece para construir una interesante y reposada trama de la caza del gato y el ratón con tensión y psicología, pero muy alejada de todos los sitios comunes del género. 

Un gran trabajo técnico excepcional que tiene al cinematógrafo Olivier Boonjin, que tiene en su haber películas como Generación Low Cost y El paraíso en su Bélgica natal, que con una luz natural y alejada de lo artificial y de lo convencional, consigue una intimidad que traspasa de lo cercano que se palpa todo. Todo un acierto porque genera esa transparencia que busca la película, donde todos podemos ser espías y espiados. La excelente música de Yusek, que ha trabajado con Valérie Donzelli y el tándem exitoso Eric Toledano y Olivier Nakache, entre otros. Una composición que va puntuando los altibajos y dudas de los personajes, que no son pocas, que se debaten en sus ansías de encontrar a los torturados y los embates de las ausencias que la guerra ha hecho en sus existencias. El montaje de Laurent Sénéchal, el editor habitual e Justine Triet, la de Anatomía de una caída, entre otras grandes películas, con un corte limpio y de frente, es decir, que la historia se respira, se observa y se va cociendo sin prisas, entrelazando con inteligencia las diferentes miradas y posiciones de las diferentes almas que pululan por la relajada trama, que no se mueve por zonas complicadas, sino por lugares demasiado cercanos y palpables en sus intensos 106 minutos de metraje.

La película de Millet de pocos personajes, apenas cuatro, con la presencia del actor tunecino Adam Bessa, que nos entusiasmó como el desesperado Ali de Harka (2022), de Lofty Nathan, ahora en la piel de un profesor sirio torturado que quiere empezar de nuevo capturando indeseables como el torturados escondido en Estrasburgo Harfaz, que hace el actor israelí Tawfeek Barhom, que hemos visto en estupendas películas como Idol (2015), de Hany Abu-Assad y Conspiración en El Cairo (2022), de Tarik Saleh. Su personaje es pura ambigüedad, con un gran encuentro con Hamid que es pura dinamita, como aquel que protagonizaron De Niro y Pacino en la brutal Heat, de Mann. Les acompañan la actriz siria Hala Rajab como Yara, una mujer que también ha huido de Siria e intenta mitigar las heridas desde el recuerdo y la paz. Y la presencia de la actriz austriaca Julia Franz Richter, que hemos visto en películas de Christian Petzold y Gúnter Schwaiger y en la reciente Toda una vida, de Hans Steinbicher, en el rol de Nina, otra espía-informante que trabaja como enlace de Hamid desde la vecina Berlín, con una forma de proceder que chocará con la del protagonista. 

Aplaudimos y celebramos el debut en el largometraje de ficción del francés Jonathan Millet con La red fantasma, una película sobre espías pero de naturaleza antiespía, y no lo digo porque no consiga sumergirnos en ese mundo de las apariencias, las mentiras y las sombras del espionaje, sino porque ha construido un magnífico thriller psicológico nada común, que huye de los convencionalismos y las zonas comunes del género, y lo hace desde la sencillez y la honestidad, con su apariencia tan tremendamente cotidiana, sin artificios ni piruetas argumentales, sino de forma directa y frontal, con pausa y contención, escarbando y de qué manera en las complejidades psicológicas del protagonista que interpreta desde el interior y con una mirada que traspasa la pantalla. Una trama nada enrevesada ni tramposa, todo lo contrario porque hace de su cercanía su mejor aliada, porque nos invita a ver y también a reflexionar, porque nada es baladí, aunque aparentemente lo parezca, ya que es una película producida en plena guerra civil de Siria y se estrena por nuestros lares después de la caída del régimen de al-Ásad, y se erige como una película sin tiempo que a su vez, nos sitúa en uno de los tantos episodios de la resistencia siriana en el exilio que sigue enfrentándose a la bestia para conseguir una justicia vetada en su país. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Kari Anne Moe

Entrevista a Kari Anne Moe, directora de la película «Mina y la radio de los presos», en el marco de El Documental del Mes, iniciativa de DocsBarcelona, en la terraza del Hotel Casa Gràcia en Barcelona, el martes 4 de febrero de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Kari Anne Moe, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Sam Wallis, por su gran labor como intérprete, y a Carla Font de Comunicación de El Documental del Mes, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El desafío de Sofía, de Lillah Halla

SI TE CAES, TE LEVANTAS. 

“Puedes encontrar muchas derrotas, pero no debes ser derrotado. De hecho, puede que sea necesario enfrentar las derrotas para que sepas quién eres, de que puedes levantarte y cómo puedes salir de ello”. 

Maya Angelou 

Hay un cine entretenido que sabe contar historias y generar empatía en los espectadores. Luego, hay otro cine que aparte de entretener, va más allá que construir un vínculo emocional con el espectador, sino que refleja el contexto social, político, cultural y económico en el que se desarrolla la trama. El desafío de Sofía (en el original, “Levante”), de la debutante en el largometraje Lillah Halla (Saô Paulo, Brasil, 1981), que sigue la estela de su laureado cortometraje Menarca (2020), un relato de 22 minutos ambientado en una aldea brasileña y protagonizado por Nanâ y Mel, dos niñas que entran en la adolescencia y deben protegerse de una violencia ancestral, que se estrenó en la prestigiosa Semaine de la Critique del Festival de Cannes, al igual que su ópera prima, coescrita junto a María Elena Marón, que se centra en una fantástica jugadora de voleibol de 17 años que, en los días que ha sido observada para conseguir una beca internacional, se entera que está embarazada. 

Un guion poderoso y lleno de tensión con el mejor aroma de los thrillers psicológicos, que siempre han sido buenos vehículos para contar las encrucijadas emocionales, con una tremebunda atmósfera con el mejor aroma de los Dardenne,  donde la cámara está pegada al cuerpo y el alma de Sofía, la protagonista, sometida en una sociedad reaccionaria que persigue a las jóvenes que deciden abortar. La película nos conduce por una travesía urbana que nos llevará por varios lugares con el fin de interrumpir un embarazo que le impide seguir su progresión deportiva. La trama no es sensiblera ni almacena una narrativa complicada, todo lo contrario, porque todo se cuenta bajo la mirada de su personaje principal, pero no sólo se queda aquí, ya que el resto del equipo de voleibol, un equipo inclusivo de un barrio cualquiera de la periferia de Saô Paulo, ayuda a Sofía, tratando por todos los medios de encontrar una solución a su inesperado y difícil tesitura. No es una película de buenos y malos, porque vemos mucha complejidad y refleja de forma directa y de frente, la sociedad conservadora y católica que ejemplifica las políticas de Bolsonaro frente a esta oculta que dispone de solidaridad y fraternidad.  

Halla se acompaña de sus jefas de equipo que tuvo en el cortometraje Menarca, en la cinematografía Wilssa Esser, que ha trabajado con la directora Anna Muylaert de la que vimos por estos lares su extraordinaria Una segunda madre (2015). Su luz es intensa e íntima, en una película muy urbana, con esa textura gruesa y doméstica en la que tanto los interiores como los exteriores consiguen reflejar todo el contexto social por el que se mueven los personajes. En el montaje con Eva Randolph, también presente en Menarca, con una gran trayectoria que abarca más de medio centenar de títulos, que le ha llevado a trabajar en el campo documental, y con cineastas de la talla de René Guerra y Eryk Rocha, entre otros. Una edición que condensa de forma ajustada y concisa un metraje que se va a los 99 minutos donde nos someten a unos pocos días en los que nos vuela la cabeza siguiendo el periplo de Sofía y sus allegados tratando de conseguir un imposible. La música juega también un papel fundamental en la película, porque tenemos por un lado la composición de María Beraldo y Badsista, que acompaña con pausa y serenidad los avatares emocionales de los diferentes personajes, y los otros temas, de música urbana, de rap y reguetón que dan profundidad a las diferentes miradas y situaciones de las jóvenes en liza. 

Con el reparto la directora ha conseguido aunar jóvenes debutantes, después de un largo y arduo proceso de casting, como la magnífica Ayomi Domenica Dias que encarna con gran soltura y cercanía la gran montaña rusa emocional de su personaje Sofía, en una gran composición no sólo emocional sino muy física, donde las miradas y los gestos se mezclan con lo corpóreo. Le acompañan el resto del equipo de voleibol como Loro Bardot y Lorre Motta, etc… Y los adultos como Rômulo Braga como padre de Sofía, que lo hemos visto en películas de Walter Salles, Vinicius de Coimbra y Sérgio Machado, Grace Passô como la entrenadora y “madre” del equipo, una mujer firme que se enfrenta a lo establecido, Gláucia Vandeveld es la parte conservadora que usa la clínica para convencer a las niñas de no abortar, entre otros. Quedamos a la espera de futuras películas de la directora brasileña Lillah Halla porque su largometraje debut nos ha convencido por su magnífica mirada a los más desfavorecidos y sus conflictos cotidianos como el embarazo a una edad tan temprana y la imposibilidad de disponer de unos medios, ya sean económicos y sanitarios, que ayuden a llevar a cabo el aborto, y reflejo la realidad de su país de la forma en que lo hace, donde no hay rabia ni venganza, sino una forma natural y de verdad de mostrar unos hechos y las tremendas dificultades de las que los sufren. En fin, si el cine sirve para algo, está película es una buena muestra que sí sirve para algo, aunque sea para que sepamos la dureza y la injusticia que existe para muchos invisibles.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No hay amor perdido, de Erwan Le Duc

HAY AMORES… Y AMORES. 

“Por si alguna vez haces la tontería de olvidarlo: nunca estoy no pensando en ti”. 

Virginia Woolf

Los casi diez primeros minutos de No hay amor perdido (en el original, “Le fille de son père”), de Erwan Le Duc (Les lIlas, Francia, 1977) (nos explican, de forma breve y concisa, los antecedentes del apasionado y efímero amor de Étienne y Valérie a los 20 años. Un amor del que nació Rosa. Un amor que acabó el día que Valérie desapareció sin dejar rastro. Otro amor empezó con Étienne y Rosa. Padre e hija han vivido juntos 17 años. El relato arranca en verano, cuando Rosa ha sido admitida en Metz para estudiar Bellas Artes y convertirse en la pintora que sueña. Así que estamos ante una película de tránsito, en la que padre e hija deben despedirse, o lo que es lo mismo, deben separarse por primera vez. Un padre que ha olvidado aquel amor de juventud dando todo el amor y la protección del mundo a su hija Rosa, a su trabajo y a su pasión como entrenador de fútbol, y a su amor Hélène. Y la hija, siempre bajo el amparo de su padre. Tanto uno como otra deberán empezar a vivir sus propias vidas, alejados de la persona que más quieren y sobre todo, emprender nuevos retos y una vida diferente. 

Segunda película de Erwan Le Duc, después de la interesante Perdrix (2019), una historia de amor a primera vista con toques de humor protagonizada por Swann Arlaud y Maud Wyler. En No hay amor perdido, el amor vuelve a estar en el centro de la trama, pero en este caso, está el amor entre padre e hija, y ese otro amor, el que pasó y está olvidado. Dos seres vuelven a ser el leit motiv de la historia, si en aquella eran dos solitarios, en esta, la cosa va de un padre muy protector y en el fondo, un hombre que ha dejado el trauma de un lado y se ha centrado en su hija. ¿Qué pasará ahora que la hija se va del nido?. El director francés construye una película ligera y muy cotidiana, tan cercana como naturalista, donde en la ecuación de padre e hija se les añade las figuras de Hélène, la novia del padre, tan dulce, tan enamorada y tan transparente, y Youssef, el novio de la hija, con su amor romántico, con su poema épico y sus tardes anaranjadas. Tiene ese aroma del cine de Rohmer, donde la vida y el amor van pasando, casi sin sobresaltos, pero con cercanía y abordando los grandes misterios de los sentimientos y la naturaleza de nuestras relaciones y cómo nos van definiendo. 

El director francés vuelve a contar con su equipo habitual que ya eran parte del equipo de su ópera prima, como el cinematógrafo Alexis Kavyrchine, que tiene en su haber a cineastas como Olivier Peyon, Cédric Klapisch y Alberto Dupontel, entre otros, que consigue una luz cálida y acogedora, en una película muy exterior, dond prima la luz natural,  que ayuda a indagar en el interior de los diferentes personajes y ese tratamiento tan íntimo como invisible. La música de Julie Roué consigue darle ese toque de complejidad de los diferentes personajes, sobre todo, a medida que avanza la película, después de algo que ocurre que trasbalsa a la pareja protagonista, y finalmente, el montaje de Julie Dupré, de la que hemos visto 2 otoños, 3 inviernos (2013), de Sébastien Betbeder, y Las cartas de amor no existen (2021), de Jérôme Bonnell, entre otras, donde ejerce un buen ritmo y estupenda concisión en sus 91 minutos de metraje, en el que la cosa va in crescendo de forma sencilla, sin darnos cuenta, pero que un impacto lo cambiará todo, o mejor dicho, lo precipita todo, y romperá esa armonía aparente en la que estaban instalados los personajes en cuestión. 

Una película que habla de diferentes tipos de amor, con sensibilidad y tacto, huyendo de la estridencia y de la desmesura, como si nos contase una cuento en susurros, debía tener un reparto tan cercano como natural, con intérpretes que nos sitúen en lo doméstico y lo más tangible. Tenemos a un extraordinario Nahuel Pérez Biscayart, que siempre da un toque humano y cercanísimo a todo lo que compone, metiéndose en la piel de un personaje nada fácil, que siempre se ha guiado por las necesidades de su hija, y dejando que el amor de juventud se vaya evaporando, si eso es posible cuando es tan intenso y sobre todo, tan rompedor. A su lado, la magnífica Céleste Brunnquell, que nos encantó en las estupendas Un verano con Fifí y la reciente Esperando la noche, en el rol de Rosa, la hija querida, la hija que debe seguir su propio camino, la hija que nunca conoce a su madre. Maud Wyler que repite con Le Duce hace de la mencionada Hélène, mostrando dulzura, encanto y belleza, tanto física como emocional. Una actriz que nos fascinó en las películas de Pablo García Canga tanto en La nuit d’avant (2019) y Tu tembleras pour moi (2023), y la presencia del debutante Mohammed Louridi como Youssef, tan amoroso como joven.

Los espectadores que se dejen llevar por las imágenes y las circunstancias de una película como No hay amor perdido van a experimentar muchas emociones y sentimientos contradictorios, quizás se acuerden de aquel amor lejano que creían haber olvidado, o simplemente, dejaron que los años pasasen por encima de lo que sentían, y el tiempo lo ha dejado de lado, y un día, de casualidad, vuelven a verlo y tal vez, todo aquello que pensaban olvidado o más bien superado, no lo es tanto, y sus sentimientos despiertan y les plantean cuestiones, o quizás no, pero si fue un amor de aquellos que no se olvidan, un amor intenso y sobre todo, que se acabó abruptamente, sin que ninguno de los dos participantes pudiera experimentar de verdad ni lo que sintió ni lo que vino después. ¿Qué sucedería si nos reencontramos con ese amor que creíamos olvidado? No lo sabemos, pero les digo una cosa, estén alerta porque de seguro les va a tambalear, o quizás no, quién sabe, o puede ser que sí, que no saben qué hacer y mucho menos decir. La vida tiene estas cosas, que por mucho que sientas que se haya acabado, hay amores que siguen con uno, sin saber el motivo, que van y vienen como los recuerdos que no puedes borrar, aunque no queramos admitirlo a los demás, y menos a nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA