Meseta, de Juan Palacios

LO BELLO Y LO TRÁGICO.

“Las fronteras no son el este o el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el hombre se enfrenta a un hecho”.

Henry David Thoreau

La película nos da la bienvenida con un mapa cartográfico mirado desde el cielo, donde observamos, mediante un plano lento y conciso, los accidentes geográficos de lo que podemos divisar como una planicie, sinuoso y agreste, una sucesión de líneas curvas e imperfectas, que podría pertenecer a cualquier lugar de la España rural, ese espacio que el tiempo y las necesidades personales va despoblando y alejándolo de todo. Luego, la película bajará a la tierra, para mirar el cielo desde ahí, observando uno de esos pueblos de la meseta castellana, y filmando a sus gentes, a sus pocas gentes, que todavía habitan esos espacios. El cineasta Juan Palacios (Eibar, 1986), había debutado en el largometraje, con Pedaló (2016), un documento sobre tres amigos aventureros que se proponen navegar por el Cantábrico, a bordo de un pedaló de segunda mano.

Cuatro años más tarde, nos propone Meseta, donde firma el guión, el montaje y al dirección, una nueva aventura, esta vez, más hacia adentro, volviendo al terreno del ensayo, del documental observacional, de la experimentación, retratando la España despoblada, en un viaje inmersivo y sensorial, en el que nos va trazando un mapa físico y emocional de los espacios que fueron y quedan, y de las pocas gentes que fueron y quedan, siguiendo el trabajo de un pastor de ovejas, que recorre las llanuras, junto a las autovías, el de un fotógrafo que registra imágenes atávicas que pertenecen a otro mundo, otra historia, a la de un par de niñas que caminan por el pueblo vacío y los alrededores, intentando inútilmente cazar pokémons que no encuentran, un pescador en el río que habla de la dificultad de encontrar pareja, un dúo musical, popular en el pasado, recuerdan quiénes fueron y sobre todo, la historia del pueblo, la carretera nacional que lo atravesaba y regaba de turistas y curiosos el lugar. Ahora, con la autovía, la carretera está desierta y ya no pasa nadie, y esa decisión, para bien o para mal, como explica uno de ellos, ha cambiado radicalmente la fisionomía del pueblo. O el anciano que para combatir el insomnio cuenta las casas deshabitadas del pueblo, peor como hay tantas, nunca llega al final, porque se duerme antes.

Palacios retrata el espacio rural y humano, a través de la mirada crítica, donde hay espacio y tiempo para todo, para la idea romántica del pueblo, y para la tragedia del pueblo, donde se funden belleza y fealdad, en la idiosincrasia cerrada de los habitantes de los pueblos, la belleza intrínseca de un paisaje vasto y natural, la paz y tranquilidad que se respira y se halla, la falta de trabajo que ha empujado a los jóvenes a abandonarlo, la falta de una economía sustituyente al trabajo manual que mantuvo el pueblo tantos siglos, y sobre todo, el envejecimiento de los que quedan, de las pocas personas que siguen en sus casas, siendo testigos de un tiempo que desaparece con ellos, un tiempo que se extingue, un tiempo de la memoria, que la película retrata trazando un mapa humano y emocional, donde lo físico, casi fantasmal, como una película de terror, y lo personal, se mezclan, creando un espacio donde el silencio y el vacío acaban devorándolo. El impecable y sobrio trabajo de sonido que firman el propio director, junto a Fatema Abdoolcarim, Rubén Cuñarro, Alberto Peláez, Julio Arenas, convierten a Meseta, no solo en una muy física, sino también, muy profunda, en esta aventura introspectiva, en que cada plano y encuadre de la película, traspasa la pantalla, alojándose en lo más profundo de todos nosotros.

La película huye completamente de esa mirada romántica del pueblo, para adentrarse en las múltiples miradas y experiencias vividas en el pueblo, desde lo bello y lo trágico, desde tantos puntos de vista, que consiguen crear una idea mucho más amplia y real de lo que han sido, son y desgraciadamente, no serán mucho de los pueblos de la España rural. Palacios consigue lo que se propone, porque sus imágenes no juzgan ni se posicionan, sino que observan y capturan el presente de un pueblo, donde el retrato y su propia cartografía, nos transportan a su pasado, y también, su no futuro, a través de sus gentes, de lo que piensan, lo que hacen, lo que recuerdan, y sobre todo, lo que sienten, porque la película se adentra en lo personal y lo humano, sin dejar de mirar ese paisaje natural y salvaje, un territorio que cuenta muchas cosas si se le mira con tiempo y detenimiento, alejándose de tantas prisas y carreras inútiles de las ciudades, convirtiéndose la película en una oda de la mirada y el tiempo necesario para que ese mirar nos transporte a ver más allá, aquello que sucede tanto en el cielo como en la tierra que pisamos, con sus silencios, sonidos y demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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El club de los divorciados, de Michaël Youn

¡VIVA EL DIVORCIO!

“El matrimonio es la principal causa del divorcio”

Groucho Marx

El cine de Michaël Youn (Suresnes, Francia, 1973), se ha caracterizado, en sus tres películas como director, por la comedia alocada y disparatada, llena de personajes excéntricos, metidos en historias rocambolescas y surrealistas, como en su debut con Fatal (2010), en la que un rapero de éxito, con una existencia a tutiplén, se cernía el misterio en torno a sus orígenes. Le siguió Vive la France (2013), en la que dos hermanos procedentes de Taboullistan, un minúsculo país del Asia Central, pretenden destruir la torre Eiffel. En su tercera película, El club de los divorciados, se interna en otro marco, el de la comedia elegante, más sofisticada, eso sí, con sus grandes dosis de disparate y humor absurdo, pero esta vez, centrándose en el divorcio, a partir de Ben, un personaje que cree tenerlo todo: un trabajo como vendedor inmobiliario que le encanta, una vida llena, y sobre todo, una esposa que lo quiere. Pero, un día, en mitad de una presentación, descubre que su mujer se la pega con su jefe, y su vida se va al traste, dejándolo solo, triste y desesperado.

Entonces, aparece el milagro, y ¡Voilà!, llega a su vida Patrick, el antiguo compañero de piso cuando estudiaban, convertido en un excéntrico millonario, también divorciado, y se lo lleva a su mansión, de la “Belle Époque”, estilo rococó, a darse la vida padre mientras olvida a su ex. Otros y otras divorciadas también se instalarán en la casa, llenando sus vidas de fiestas, locura, diversión y sexo libre. El director francés, que esta vez se ha reservado un rol más modesto, el de un tipo que se apunta a las juergas de la casa, a pesar que está casado con una señora de armas tomar, construye una película divertida, en la que su ritmo irá in crescendo, en una primera mitad, donde seguiremos atentos a las fiestas sin fin en la casa, la locura entre sus habitantes, y otros que vienen de visita, entre idas y venidas, donde Ben y Patrick, dos personas antagónicos, ya que los dos tienen formas muy diferentes de tomarse el divorcio, o al menos es lo que aparenta. La vida padre que se pegan estos cuarentones divorciados, con algún que otro conflicto nimio, se trastocará cuando Ben conoce a Marion, y se enamora, y entonces sus mentiras a Patrick irán en aumento y el paraíso de los divorciados pasará a un segundo plano para Ben.

Youn tiene el referente de Blake Edwards muy cercano, con esas fiestas loquísimas, que podríamos encontrar en la magnífica El guateque, o la parte apoteósica de la película, no estaría muy lejos de Cita a ciegas, o el cine de Ozores, atento siempre a los cambios sociales, siempre con mucho humor y disparate. El realizador francés no pretende a hacer cine social, sino divertirnos, y lo consigue en muchos momentos, cuando la película se pierde el respeto y tiende a la exageración y al esperpento, donde varias pequeñas historias se van sucediendo, con esos personajes que no dejan indiferente, como el de Albane, una mujer moderna, liberal, y de sexo desinhibido, o la citada Marion, divorciada, madre de un hijo preadolescente, teniendo muy claro que no quiere volver a repetir los mismos errores que en su matrimonio. Quizás muchos espectadores solo se quedarán con esa imagen más superficial de la película, donde se hace apología del divorcio, y se machaca al matrimonio como una especie de tumba en vida, pero la película va mucho más allá, hablándonos de la soledad, del amor, un amor basado en la sinceridad y humildad, la falta de autoestima, el paso del tiempo, el perdón como vehículo esencial para vivir mejor y sobre todo, ser mejor y crecer como personas, y sobre todo, la amistad, como centro importante para la vida de una persona, con sus claroscuros, pero teniendo en cuenta la importancia de esa mano amiga en los buenos y peores momentos de nuestra vida.

La película tiene un reparto bien conjuntado que viven con energía e intensidad cada personaje,  arrancando con un Arnaud Ducret desatadísimo y divertido dando vida al torpe y perdido Ben, con François-Xavier Demaison como Patrick, el dueño de la casa, y el perfecto anfitrión de toda esa juerga, con una sensible e inteligente Caroline Anglade como Marion, con esa cordura tan necesaria ante tanta locura, y finalmente, Audrey Fleurot como Albane, esa mujer divertida, moderna y fuerte que vive la vida y el sexo sin tapujos ni prejuicios.   Youn ha hecho una comedia divertida y sensata, con sus momentos de auténticas burradas, como esa mansión convertida en una especie de casa de Playboy, donde aparte de conejitas, hay divorciados recuperando el tiempo perdido, cada cual con su locura y su soledad, y un retrato ligero, si, pero interesante sobre las actitudes de ciertas personas cuando a los cuarenta y tantos se separan y comienzan una vida de juergas, risas, sexo y locura, aunque cuando llega la noche, acostados en su cama, solo piensan lo que sentirían, si a su lado, estuviera a alguien a quién amar, peor mientras tanto, vamos a pasarlo bien, aunque eso signifique que ya nada importa y los días de juventud vuelven para quedarse, aunque eso sea solo una ilusión transitoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una vez más, de Guillermo Rojas

REENCONTRARNOS CON LO QUE FUIMOS.

“El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”.

Harold Pinter

Erase una vez una joven treintañera llamada Abril, que se trasladó a Londres desde Sevilla persiguiendo su sueño de convertirse en una arquitecta reconocida. Han pasado cinco años de aquello, y Abril está instalada en la ciudad inglesa trabajando como arquitecta y enamorada de Paul. Pero, su abuela muere, y se traslada a su Sevilla natal, como le sucedía a Léa, la protagonista de Tres días con la familia, de Mar Coll, también opera prima, donde se reencontrará con todo lo que dejó un lustro atrás. La casa de sus padres donde vivió, sus amigas del alma, las calles y los edificios de la ciudad que la vio crecer, y sobre todo, con Daniel, el ex novio con el que vivió cinco años, una relación que dejó cuando marchó a Londres. El director Guillermo Rojas (Córdoba, 1981), debuta en el largometraje con un relato de aquí y ahora, retratando a toda esa juventud muy preparada, que ha tenido que emigrar buscando oportunidades laborales que se les negó aquí, y no lo hace desde una posición embellecedora y simplista, sino todo lo contrario, a través de las contradicciones y claroscuros propios de alguien que siente nostalgia por aquello que tuvo, que fue, peor a la vez, siente alivio por vivir en otra ciudad, donde el trabajo es digno y humano. Entre esas dos dicotomías emocionales se mueven los sentimientos encontrados, recuperados y también, contrapuestos, que siente el personaje de Abril.

El cineasta cordobés, que también, escribe el guión, produce y monta la película, filma un par de instantes en Londres, pero acota su película en Sevilla, en ese par de días, donde seguimos a Abril y su (des) reencuentro con Daniel, paseando con ellos, yendo en bicicleta, observando la ciudad desde lo alto, lugares turísticos, que como exclama Abril: “No dejan de ser bonitos y agradables, aunque los inunden los turistas”, recorren una de esas pequeñas librerías, donde Daniel trabaja contando cuentos a los niños, en las que nos tropezamos con libros que hablan tanto de nosotros, y lo que sentimos, al igual que la película que la pareja circunstancial entra para ver un cine, y no es otra que La reconquista, de Jonás Trueba, otro (des) reencuentro entre ex después de quince años, topándose con la secuencia maravillosa del baile, o esas canciones, que como sucede en el cine de Almodóvar, hablan tanto de lo que les está ocurriendo a los personajes, con la canción “Una vez más”, interpretada por Laura Hojman, coproductora y jefa de vestuario de la película, además de directora de documentales como Tierras solares, que da título a la película, que escuchamos en directo, casi íntegramente, como ocurre con los directos de las películas de Kaurismäki o el propio Jonás Trueba, o esa catarsis del recuerdo, cuando entre todos los amigos, en mitad de la noche, se ponen a cantar “Ojos negros”, de Duncan Dhu, y otros temas musicales, que nos sirven para ejercer esa disección de las emociones de los principales protagonistas, y esa maraña de sentimientos complejos por los que pasan en estos apenas tres días de película.

Una jornada larguísima caminando por Sevilla, es el marco en el que se desarrolla el relato de Rojas, con sus luces y sombras, con ese día brillante, donde parece que todo vuelve a ser como antes, o esa noche, que despierta todos los reproches que no se dijeron en su día, o se guardaban para el posible momento, con sus risas y sus tristezas, con la vida de frente, sin tapujos, ni adornos. Con una luz naturalista e íntima, obra del cinematógrafo Jesús Perujo, que recoge la inmensa luz brillante de la capital andaluza, o la noche duerme vela de la ciudad, ayuda enormemente a capturar toda ese escenario de actualidad que recoge la película, aunque los temas universales que trata, la hacen atemporal a la vez, investigando la emigración de una juventud sin oportunidades, la problemática de la precariedad laboral, y sobre todo, todos esos sueños que albergábamos de jóvenes, todo lo que fuimos y nos eremos, tantas cosas que se perdieron por el camino, tantas emociones, tantos amores inconclusos, perdidos, que dejaron de ser para no ser jamás, tantas cosas que fuimos y ya nunca más seremos, reencontrarnos con todo eso es difícil, complejo y nada agradable de batallar.

Un reparto de jóvenes intérpretes andaluzas, entre los que destaca la maravillosa y cercana pareja protagonista, eje de la película, con una Silvia Acosta y Jacinto Bobo, componiendo sus respectivos Abril y Daniel, explotando esa naturalidad e intimidad que tanto demanda la película, con esas miradas que dicen tanto y callan más, con gestos que explican más que las palabras, con esos paseos que no solo recorren la ciudad, sino que recorren lo que sintieron, lo que fueron, y sobre todo, lo que pudo haber sido, en un relato sentimental y nostálgico, que huye del romanticismo azucarado, para adentrarse en una comedia dramática con hechuras y envolvente, que tiene en la palabra su razón de peso, como en las películas de Rohmer, Woody Allen, Linklater o las comedias madrileñas de los ochenta de los Colomo, Fernando Trueba y compañía, que no solo reflejaban una juventud esperanzada en los nuevos tiempos que afloraban, sino que retrataban de manera inteligente y real, las vicisitudes sentimentales de unos jóvenes torpes y frustrados, como ocurre en Una vez más, donde la juventud debe lidiar con la falta de trabajo, y las incertidumbres económicas, con el amor, un amor que más parece un náufrago a la deriva, perdido en la inmensidad de sus emociones, y esperando a encontrar o reencontrarse con aquel que fue, aquel que añora, o simplemente, aquel instante en que todo era posible. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El artista anónimo, de Klaus Härö

EL RETRATO DESCONOCIDO.  

“Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es solo de almas grandes”

Jorge Luis Borges

De una cinematografía como la finesa, estamos acostumbrados a recibir las películas del gran Aki Kaurismäki, rara vez podemos ver otras película de cineastas más desconocidos por estos lares. El director finlandés Klaus Härö (Porvoo, Finlandia, 1971), vuelve a aparecer por nuestras pantallas después de La clase de esgrima (2015), con un relato que se detiene en la Finlandia actual, donde conocemos a Olavi, un veterano comerciante de arte, que quiere dejar el oficio con su último gran negocio, como indica el título original de la película, ese cuadro que su venta le dejará un hermoso retiro. Rebuscando, casi sin pretenderlo, o sí, descubre, en la casa de subastas, a pocos metros de su tienda, un retrato que llama su atención. A partir de ese instante, su vida se centrará en encontrar la autoría del enigmático retrato, ya que aparece como desconocido. Contará con la inestimable ayuda de su nieto, Otto, un chaval de quince años, al que apenas conoce, ya que el viejo Olavi y su única hija, Lea, han tenido una relación muy distante desde que falleció la esposa y madre, respectivamente.

Härö, como hizo con su anterior película, vuelve a dirigir un guión escrito por Anna Heinämaa, edificando una película que habla desde la sencillez de la cotidianidad y lo humano, en una película que se centra en el valor del arte y las dificultades de las relaciones humanas, como queda patente en la magnífica secuencia donde abuelo y nieto se conocen, cuando Olavi le muestra la pintura “Payaso” de Unto Koistinen, a la que el adolescente exclama con desdén, que se parece a la mascota Ronald McDonald. Dos formas de acercarse al arte, a la vida, dos generaciones en polos opuestos, que la búsqueda del autor del famoso retrato, los igualará y sorprendentemente, formarán un equipo bien avenido. El cineasta finés plantea una película directa y transparente, de pocos personajes y aún menos espacios, sobre la cotidianidad de alguien egoísta y maniático, que ha olvidado a su hija y nieto, y se ha encerrado en su trabajo, de alguien que deberá aprender a confiar en los demás, y sobre todo, a pedir perdón.

Toda esa realidad del anciano, se verá trastocada con la aparición del retrato misterioso, entonces, la narración virará hacia el thriller de investigación, con esos claroscuros de la biblioteca y las inquietantes pesquisas que siguen tanto el abuelo como el nieto, para descubrir la autoría de la pintura, la del “Cristo Negro”, de Ilya Repin, que tiene un gran valor económico. Härö construye películas sobre las dificultades de muchos niños y niñas empezando nuevas existencias en lugares ajenos y hostiles, como hizo en Elina (2002) o Adiós, mamá (2005), o personas de pasados oscuros que llegan a nuevos lugares en los que deben aprender a vivir como ocurría en Cartas al padre Jacob (2009), o la citadaLa clase de esgrima (2015), en las que las relaciones humanas son el centro de la acción, como también, ocurre en El artista anónimo, donde se habla mucho de arte, valorando a esos artistas anónimos, y sus trabajos que tienen su lugar en la historia, pero sobre todo, la película habla de segundas oportunidades, a través de relaciones familiares rotas, aquellas que hay que reconstruir, que volver a rehacer, ya que el tiempo, los conflictos y demás, dejaron olvidadas y oxidadas, como la nula relación de Olavi y su hija, Lea, en la que Otto, el nieto, sin proponérselo, hará de puente entre ambos.

No estamos ante una película condescendiente, ni mucho menos, sino que bucea con honestidad y aplomo en las dificultades de esas relaciones inexistentes, conjugando con acierto y verosimilitud, los puntos de vista diferentes entre unos y otros, y acercándose con sobriedad a las torpezas y reproches de los personajes, mostrando la verdad que hay entre todos, y componiendo secuencias de gran mérito y empaque dramático, huyendo del sentimentalismo y sobre todo, exponiendo todos los sentimientos agridulces que sienten. Una película sencilla, sensible e interesante, con un trío protagonista maravilloso y conmovedor, con Heikki Nousiainen como Olavi, Pirjo Lonka como Lea, y finalmente, Amos Brotherus como Otto, que cuenta con un grandísimo trabajo de luz, obra del cinematógrafo Tuomo Hutri, colaborador habitual de Härö, que sabe componer todos los claroscuros físicos, misteriosos y emocionales que encierran las obras de arte que vemos, y las relaciones humanas entre sus personajes, elemento que hace que la película sea visualmente muy conmovedora, sino también, emocionalmente, logrando cuadrar las dos claves esenciales de cualquier relato que contar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Corpus Christi, de Jan Komasa

FE PARA SANAR.

“No  finjas  que  no  estás enfadado,  que  algo  no  te  fue  quitado.  No  finjas  que  lo  entiendes”

Daniel tiene 20 años y está recluido en un reformatorio por una muerte que arrastra. Cuando es enviado a un aserradero para trabajar, destino que no le convence, y aprovecha para hacerse pasar por sacerdote en una pequeña comunidad dividida por un accidente trágico. La forma moderna y desinhibida que tiene Daniel de acercarse a Dios, cambiará a los habitantes del pueblo y les conducirá por caminos diferentes y sanadores. Partiendo de una historia real, y con el guión de Mateusz Paciewicz, el director Jan Komasa (Poznan, Polonia, 1981), construye un relato intenso y asfixiante sobre las divisiones y clases sociales de un pueblo azotado por una tragedia, y como la llegada de una nueva mirada, exenta de prejuicios y dogmas, agitará las emociones y las percepciones sobre la vida, la muerte y como afrontamos el dolor. Komasa vuelve a centrarse en un joven inadaptado, en alguien que cumple condena por un error cuando era demasiado joven para entender las terribles consecuencias de su acción, de alguien que lo ha perdido todo, que no tiene nada a que agarrarse, y encuentra en la religión y sobre todo, en la fe, su forma de redimir sus pecados, y accidentalmente, ve la forma de ayudar a los demás, de unir a esa comunidad inmiscuida en su dolor y sus heridas, que les han llevado a dividir el pueblo, que les ha llevado a un dolor aún más profundo, sin posibilidad de redención.

La luz lúgubre y sombría de la película, obra del cinematógrafo Piotr Sobocinski, Jr, ayuda a entrar en ese pequeño universo lleno de miradas acusadoras, silencios demasiado incómodos, en el que los personas viven su soledad aislados, sin compartir, temerosos y hundidos en su propio dolor, un dolor en el que regocijan y lo asumen como una especie de vía crucis sin posibilidad de sanación, un mundo asfixiante, lleno de cercas, y divisiones estúpidas y absurdas, bien acompañado por ese montaje, obra de Przemystaw Chruscielewski, que profundiza aún más en esa rabia y heridas sin cerrar, con esos encuadres asfixiantes, que cortan el aliento, unos interiores reducidos, donde se muestran los marcos de las ventanas y puertas, lo que hace aún más evidenciar esa asfixia en la que viven y sobre todo, sienten todos los personajes, unas almas a la deriva, rotas por el dolor, llenas de envidias y rencor. Personajes complejos y torpes emocionalmente, personajes todos, absolutamente todos, tienen demasiados cosas que ocultar y callar, deambulan con ese miedo de ser incapaces de afrontar una verdad necesaria para la sanación, y para seguir viviendo con honestidad, y no como una especie de muertos vivientes, llenos de inseguridad y tristeza.

Komasa le interesan los pequeños universos, donde sus personajes son azotados por el entorno, un entorno que los arrincona y los persigue, que hace lo imposible para debilitarlos emocionalmente, en el que sus individuos deberán luchar contra todo y todos, para escapar de esas circunstancias tan adversas y funestas. Sus temas rondan la identidad sexual en Suicide Room (2011), el amor entre dos jóvenes en pleno alzamiento contra los nazis en Varsovia 1944 (2014), jóvenes, erigidos héroes en unas circunstancias en los que deberán seguir peleando para salvar y sobre todo, salvarse. Un reparto que brilla en sus personajes callados y temerosos como Lidia, a la que da vida Aleksandra Konieczna, esa madre que ha encontrado en la fe, su forma de golpear y enjuiciar a su enemigo, el conductor que chocó contra el automóvil de su hijo y sus amigos, y Eliza, la hija de Lidia, que interpreta Elisa Rycembel, una joven que conoce la verdad de lo sucedido, y que calla por su madre, peor ayudará a Daniel, el nuevo “sacerdote” a entablar los puentes necesarios con la viuda del conductor, al que la comunidad acusa como principal responsable.

Y finalmente, la grandísima composición de Bartosz Bielenia, intérprete curtido en el teatro Shakesperiano, da vida a Daniel, al joven derrotado, solitario y perdido, que encuentra en la suplantación de sacerdote, su forma de redimirse ayudando a los demás, rompiendo las barreras mentales y físicas instaladas en la pequeña comunidad, utilizando métodos nada convencionales y acercándose a los conflictos de frente, sin atajos ni nada que se le parezca, encarando los problemas desde el alma, desde lo más profundo del corazón, desde la mano amiga, de compartir, de derribar el aislamiento y mirarlos de cara, asumiendo la tristeza, y abrazando el dolor, para conseguir sanarse y olvidar la culpa y la rabia. Komasa ha parido una película magnífica y llena de grandes momentos, cargados de tensión y profundidad, un cuento moral sobre quiénes somos, como actuamos y que se cuece en nuestro interior, con ese aroma que tienen las películas de los Dardenne, sumergiéndonos en los conflictos a través de la emoción contenida, aquella que nos hace reflexionar sobre temas que nos afectan en nuestra cotidianidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vitalina Varela, de Pedro Costa

MEMORIA EN PENUMBRA.

“Trabajar con historias reales es difícil, pero se puede encontrar la forma. No es fácil para mí, pero es más interesante trabajar así, porque finalmente no son nuestras palabras, es más interesante descubrir un misterio en otra persona. Yo no escribí ni una sola palabra en Vitalina Varela”.

Pedro Costa

El cine de Pedro Costa (Lisboa, Portugal, 1959), busca una verdad a través de un misterio oculto, una verdad que se nos revelará a medida que avancen sus enigmáticas e inquietantes imágenes. Un cine que no solo funciona como catalizador de un espacio por el que se mueven unos pocos personajes, sino que va mucho más allá, un lugar-limbo, que no pertenece a este mundo, ni a ningún otro que conozcamos, sino que es un tiempo-espiritual, donde sus individuos forman parte de ese tiempo imposible de definir, un tiempo donde se funden varios elementos formando uno solo, como el pasado, su propia memoria, todo lo que dejaron, atrás, en su Cabo Verde natal, y el presente, malviviendo en casas ruinosas de barrios periféricos de Lisboa. Personajes casi sin rostro, de nulas palabras, vestidos de negro, cuerpos que apenas se desplazan, despojados de la vida, de su humanidad y dignidad, seres que transitan como espectros alumbrados por mínimos resquicios de luz, es en esa penumbra, que hablan el criollo, una mezcla de su idioma africano y el portugués, donde Costa define su universo, donde el tiempo se detiene, se torna imperceptible, y la noche se convierte en el único aliado de ese espacio invisible y oculto, y los movimientos y desplazamientos de los personajes por ese entorno es lento, casi inamovible, como si cada paso costase la vida, donde todo permanece quieto, sin tiempo, sin lugar, sin vida, sin nada.

Después de un período inicial, en el que Costa configura una filmografía más convencional, en el que ya vislumbra temas que le acompañarán después, como los inmigrantes caboverdianos, filmados a partir de la austeridad, tanto narrativa como formalmente, será a partir de En el cuarto de Vanda (2000), donde recogía la cotidianidad, filmada en digital, de una yonqui del desparecido barrio de Fontainhas, donde encontrará los elementos cinematográficos que tanto andaba buscando, un lugar en descomposición, vacío y en penumbra, donde todas las almas a la deriva y sin esperanza, acaban instalándose, rodeados de precariedad y deshumanización, transmitiendo toda esa verdad y honestidad que la cámara de Costa recoge con paciencia y austeridad, en el que se tropezará con la figura de Ventura, un inmigrante caboverdiano que protagonizará su siguiente película Juventud en marcha (2006), y también, será eje principal de Caballo Dinero (2014), en el que repasaba la memoria de Ventura.

En Vitalina Varela, la mujer que conoció mientras preparaba Caballo Dinero, sigue indagando en la memoria, en la que encierran múltiples vidas, las vividas y las que no, a partir de la figura de Vitalina, una mujer que, después de veinticinco años sin ver a su marido, que emigró a Portugal a finales de los setenta, llega desde Cabo Verde, tres días después que Joaquim, su marido, haya muerto. La película se abre con un sobrecogedor momento con la llegada de Vitalina a Portugal, y desciende del avión, dejando un reguero de agua bajo sus pies descalzos, y topándose con una mujer que le recrimina que debe volverse, porque su marido ya ha muerto, pero la mujer continua caminando, perdiéndose en la oscuridad. Lo que viene después, es el retrato de Vitalina, instalada en casa de Joaquim, rodeada de desconocidos y hostilidad, y sumergida en su memoria, aquella que vivió junto a Joaquim, la que vivió sola en Cabo Verde, y ese presente, donde se desplaza en penumbra por un barrio miserable, otro de esos que se ocultan en la periferia de Lisboa, tanto física como emocionalmente, en la que se topará, no solo con sus recuerdos, sino también, con sus reproches al muerto, como hacía Carmen, la viuda de Mario en la novela “Cinco horas con Mario”, de Delibes, donde hacía recuento de todo lo vivido y experimentado.

En ese tiempo de memoria, de pasar cuentas, las del muerto y las suyas propias, Vitalina conocerá a Ventura, aquí convertido en párroco, un sacerdote que regenta una iglesia sin fieles, un cura que ha perdido la fe, que anda como alma en pena sin consuelo, un hombre de Dios que nos recuerda al joven cura de Diario de un cura rural, de Bresson, o aquel otro, el que protagonizaba Los comulgantes, de Bergman, representantes de Dios, imbuidos en sus faltas de fe, incapaces de gestionar una realidad demasiado fea y violenta para predicar ante Dios. Costa se toma su tiempo para retratarnos a Vitalina, su entorno y su memoria, todo se cuenta desde el alma, desde lo invisible, utilizando la ficción como mero vehículo para modelar su historia, reescribiendo con la cámara todo aquello que conoce de la realidad de la mujer, su tiempo y su memoria. Los actores no profesionales convertidos en personajes-modelos, a la forma bressoniana, interpretan sus vidas, muestran su naturaleza, huyendo de esa idea falsa del necesitado bueno, y yéndose hacia la idea de Buñuel con sus olvidados, que no necesariamente la miseria le hace a uno bondadoso. Costa retrata la complejidad de la condición humana, tanto su lado agradable y bondadoso, como su lado tenebroso y violento.

Costa ha vuelto a construir un relato inmenso, lleno de matices, ejemplar en su ejecución, y brillante en su forma y fondo, con la magnífica luz de Leonardo Simôes, con esos encuadres que recuerdan la pintura de Zurbarán, donde el rostro se iluminaba entre claroscuros, que registra toda esa penumbra convertida en soledad y desesperación, con unos personajes transmutados en fantasmas, ya no solo de sí mismos, sino de un tiempo y una memoria que ya no reconocen, que no sienten suya, porque la inmigración y las penurias devastadoras en sus existencias, los han llevado a una invisibilidad demasiado pesada, densa y borrada, en la que Vitalina Varela, premiada con la mejor interpretación del prestigioso Festival de Locarno, con su rostro poderoso, donde podemos observar todas sus huellas y grietas de su vida, con esa mirada profunda y rasgada por el tiempo, por tantos años sola y de difícil vida, erigiéndose como esa mujer sin consuelo, derrotada, pero también, fuerte y valiente, llena de recuerdos amontonados de unas vidas que se quedaron en el camino, sumergida en todas las huellas y sombras que ha dejado su difunto marido, e inmiscuida en su propio proceso de duelo, en ese tiempo de decir adiós, en el lugar donde vivió y murió el ausente, envuelta en sus objetos y cosas, en ese tiempo sin tiempo, en esa memoria sin fisicidad, en unas figuras humanas convertidas en meras sombras de su frágil, agrietada e incómoda memoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

No nacimos refugiados, de Claudio Zulian

VIDAS EXILIADAS.

“Las palabras de la niñez no significan sólo reencuentros con una identidad perdida oscurecida al menos por la vida en el exilio, que por otra parte la enriquecía-, sino también la apertura a un proyecto, lanzarse a la aventura del porvenir”.

Jorge Semprún

En un instante de la película, uno de los exiliados asevera: “Tienes unas ideas y las aceptas, entonces asumes sus consecuencias”. Una definición que engloba el sentimiento que sienten las personas que han exiliado por un motivo político, una condición que viene de atrás, de unas ideas que lo posición a uno frente al poder, un poder que persigue a aquellos que piensan diferente, que se oponen, que resisten a la injusticia. Claudio Zulian (Campodarsego, Padua, Italia, 1960), ha confeccionado una carrera multidisciplinar en la que ha tocado muchos palos como las instalaciones museísticas, el teatro, la música, la televisión y el cine, donde ha desarrollado una filmografía enfocado en la periferia, en todos aquellos ciudadanos anónimos, invisibles, alejados de todo y todos, como demostró en A través del Carmel (2009), donde recorría la cotidianidad del barrio y sus gentes, en Born (2014), recreación histórica centrada en tres personajes que viven en el barrio del Bornet de la Barcelona de principios del siglo XVIII, en Sin miedo (2017), ponía voz a todos los familiares que buscan a sus seres queridos desaparecidos durante la dictadura de Guatemala.

En No nacimos refugiados, vuelve a Barcelona, a su ciudad de adopción, a sus calles, a sus cielos, para retratar ocho vidas de refugiados, ocho miradas de personas que se mueven por nuestras calles bajo el mismo cielo, y no lo hace desde la denuncia, como suele ocurrir en estos casos, sino que lo hace desde otro punto de vista, desde la humanidad que desprende cada una de ellas, a modo de breves capítulos, donde cada uno explica su pasado y presente, argumentando su decisión de exiliarse, desde lo humano y lo político, desde lo más profundo de su ser. Conocemos a Mohamad, Boris, Iryna, Gabriel, José Luis, Mahmoud, Maysam y George, de edades, profesiones y condiciones sociales diferentes, que vienen de lugares muy distintos. Unos han dejado la Siria en guerra, otros, debido a sus ideas políticas, tuvieron que abandonar su país, otros, su condición homosexual les obligó a irse, y alguna, la guerra también obligó a huir por la escasez médica que precisaba. Vidas de frente, cara a cara ante nosotros, que nos miran sin acritud, a los ojos, escuchando sus testimonios, su posición política, su vida en Barcelona, los obstáculos y barreras con las que se encuentran, la terrible burocracia para regularizar su situación, los problemas y conflictos cotidianos que nos encontramos en una posición así.

Zulian filma personas, personas diferentes, con circunstancias vitales muy parecidas, desde el respeto y la humildad, construyendo su retrato desde todos los ángulos posibles, situando a sus “personajes” en el centro de la cuestión, accediendo a sus vidas invisibles, esas vidas tan presentes y vivas, con sus tragedias y esperanzas, que funcionan como espejo para nosotros, unas vidas que podríamos ser nosotros, como asevera el subtítulo de la película: “¿Quién conoce su destino?”, toda una declaración de intenciones de todas las vidas que pasan por la pantalla, unas existencias que la vida y las circunstancias les han llevado a empezar de nuevo en otra latitud, en Barcelona, arrancando una vez más, dejando sus países de origen, al que sueñan con volver algún día, arrastrando sus heridas emocionales, sus recuerdos, toda esa vida que se truncó, que cambió, que empezó en otro universo, y lo explican desde la intimidad, desde la ausencia, y desde la más absoluta cotidianidad.

El cine de Zulian habla de personas como nosotros, de vidas-espejo que transitan por los mismos lugares que también transitamos, tropezando, en muchas ocasiones, con las mismas dificultades y sintiéndonos tan frágiles y fuertes según las situaciones. Un cine humanista, que utiliza la palabra como vehículo sensible y honesto para explicar vidas, todo tipo de vidas, un cine humanista, de carne y hueso, de gentes que intentan tener vidas dignas a pesar de tantas imposiciones deshumanizadoras, un cine por y para la vida,  como el que hacían el Renoir de Toni, o el Rossellini de La terra trema, donde las películas-retrato emanan verdad, donde la realidad subjetiva emerge desde la honestidad del que mira y observa a aquellos quiénes son como nosotros, que viven y padecen, que desean llevar una vida digna y sincera, a pesar de las circunstancias, como la mayoría de seres humanos, siendo fieles a sus creencias, sus ideas, y todo lo que ellos son, sin arrodillarse ante nada ni nadie, asumiendo las consecuencias de quiénes son y dónde quieren llegar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crescendo, de Dror Zahavi

MÚSICA CONTRA LA GUERRA.

“La música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas”

Léon Gieco

La palabra Crescendo, en el universo musical, significa “Fragmento musical que se ejecuta aumentando gradualmente la intensidad del sonido”, toda una declaración de intenciones la del director Dror Zahavi (Tel Aviv, Israel, 1959), a la hora de titular su película, en un relato que habla sobre el poder de la música como vehículo de reconciliación entre israelíes y palestinos. Si bien, quizás, es mucho pedir entre dos pueblos enfrentados de hace más de medio siglo, al menos, la intención está ahí, y el esfuerzo por entenderse  y mirar al otro, también, y que la música ayude, mejor. La película se inspira libremente en la West-Eastern Divan Orchestra, una idea del músico Daniel Barenboim y el filósofo Edward Said en 1999 para reunir a jóvenes músicos árabes e israelíes como camino para reconciliar a los pueblos con el telón de fondo de una conferencia de paz. Zahavi, que lleva más de veinticinco títulos dirigidos, muchos de ellos enclavados en el conflicto israelí-palestino, convoca a un director de orquesta famoso como Eduard Sporck, con la tarea de elegir a un grupo de músicos jóvenes árabes e israelíes, que ensayaran durante tres semanas y ofrecerán un concierto de música clásica.

Como pronto se verá, la empresa no va a resultar nada sencilla, ya que se forman dos grupos rivales, los palestinos por un lado, capitaneados por Layla, violinista, y por el otro, los que comanda Ron, israelí y también, violinista, y entre ellos, Omar, palestino, y Shira, israelí, que entre ensayo y rivalidad, se enamoran, siguiendo los postulados del “Romeo y Julieta”, de Shakespeare. Y en esas andamos, lo que en un principio parecía una idea conciliadora y humanista, acaba convirtiéndose en una forma de trasladar la situación política al devenir de la orquesta. Sporck se erige como la figura reconciliadora que intenta, por todos los medios, llevar a buen puerto el objetivo de armonizar todas las inquietudes enfrentadas y transformarlas en excelentes intérpretes, exponiendo la música como el principal y único elemento capaz de provocarlo. El director israelí consigue una película interesante y sensible, dando voz a todos esos jóvenes maltratados por la situación política de sus países, siendo contaminados por ese odio acérrimo y cruel que se ha instalado desde hace tantos años.

El relato también se detiene en la oposición de los padres árabes de permitir a sus hijos ingresar en la orquesta, y los hijos, intentando hacerles comprender, o las situaciones complejas que se van generando entre la representante del proyecto y Sporck, que intentan dirigir las disputas internas entre los diferentes músicos. Otro elemento esencial de la historia es la idea de la historia como repetición constante de los errores del pasado, ya que el director de orquesta, hijo de nazis (como ya lo había sido en la reciente Sin olvido, de Martin Sulík), explica su testimonio de perseguido por aquellos que le querían hacer pagar los errores de sus padres. La película nos sitúa en Tel Aviv, donde se encuentra la sede de las audiciones, los territorios ocupados de Gaza, donde vemos la cotidianidad de los palestinos, los constantes controles militares, que da una idea de la opresión y asfixia en la que viven tantos árabes, y la apacible y bella villa austriaca donde se llevan a la orquesta para los ensayos. La película se ve bien, tiente hechuras emocionales y capta la idea de la música como motor de esperanza y ayuda a los extremos, en la que somos testigos de el Crescendo del título, donde la tensión emocional que arranca al principio, donde la orquesta es un campo de batalla entre los dos bandos entre israelíes contra palestinos, para ir poco a poco, y lleno de obstáculos, a una especie de reconciliación frágil, pero que ayuda a que las posturas no sean tan extremas.

La grandísima presencia de Peter Simonischek dando vida a Sporck, un intérprete de una audacia y composición apabullantes, que se mueve, mira y habla con una clarividencia y sobriedad absoluta, se erige como el patrón de esta orquesta difícil y compleja, bien acompañado por los jóvenes Sabrina Amali como Layla, la incorregible violinista palestina, Daniel Donskoy como Ron, el apuesto y chulesco violinista judío, y los enamorados, Omar que hace Mehdi Meskar y Eyan Pinkovich, y finalmente, Bibiana Beglau que compone a Karla, la representante del proyecto. Siguiendo la premisa de “El amor nos hace más fuertes, el odio nos debilita”, que lanza la película, habla de todo aquello que nos acerca, como puede ser la música, y el grupo, que se necesitan para tocar todos juntos y hacer un buen concierto, aunque sean diferentes, y piensen de formas muy distintas, y en materia política, sientan que están enfrentados y sean irreconciliables, pero la idea de Zahavi va en contra de todo eso, que seguramente, la música no cambiará la situación que se vive en Israel y Palestina, pero provocará que, por un tiempo, aquellas que se encuentran eternamente enfrentados, se detengan un instante, se miren los unos a los otros, y entiendan que, todos juntos se necesitan para hacer música, y por un momento, cesarán los rencores y los odios y solo hablarán los instrumentos y la música lo detendrá todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Binti, de Frederike Migom

MIRARSE EN EL OTRO.

“Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos en verdad, ¡cuánto mal podría ser evitado!”

Ernesto Sábato

Binti tiene 12 años, y sueña con ser famosa a través de su canal de youtube. Binti vive en Bélgica, junto a su padre Jovial, ocultos de la policía en una casa ocupada, porque ellos son del Congo y están sin papeles. Durante una redada policial, Binti y su padre, huyen y se ocultan en un bosque. Allí, conocen a Elias, en su cabaña, que también es sede del club salvar a los okapis. Todos acaban en casa de Elias, que comparte junto a su madre, Christine, una divorciada que se dedica a diseñar moda infantil. Así, empieza una película que nos habla de temas como la diversidad y la diferencia, de la necesidad del otro, y sobre todo, de los sueños imposibles de un par de niños que desean romper las barreras, y hacer aquello que desean. Binti, aunque no existe, legalmente hablando, tienen mil seguidores en su canal, donde explica su vida en forma de diario audiovisual. Elias, que todavía sufre la separación de sus padres, quiere ayudar a que los okapis no se extingan. Dos sueños difíciles, pero no imposibles. Dos miradas que entenderán que deben ayudarse el uno al otro para llevar a cabo tales sueños.

Frederike Migom (Amberes, Bélgica, 1985), estuvo estudiando y trabajando como actriz en Nueva York, para luego trasladarse a Paris para hacer cinematografía. Su incipiente carrera la conforman un puñado de cortometrajes y Binti, con la que debuta en el largometraje, en la que nos muestra una realidad social, a través de un drama cotidiano entre dos niños y sus respectivos padres, personas que, a priori, parecen demasiado diferentes, pero, el tiempo, y sus circunstancias, demostrarán lo contrario, y los acercará más de lo que ellos preveían en un primer momento. La directora belga viste este drama social, con mucha ligereza y cotidianidad, imprimiendo a los conflictos sociales de alegría, buen humor y diversión, mirando las situaciones con la suficiente distancia, huyendo del dramatismo y ejerciendo una labor más humanista y sensible, sumergiéndonos en una realidad demasiado cercana, pero entrando en la parte doméstica, aquella que no vemos, para así retratar con más honestidad y sinceridad, todo aquello que ocurre de puertas para adentro.

Migom habla de temas de primera línea, la inmigración, sentirse invisible, y a la vez, perseguido, las relaciones de las diferentes culturas, todo aquello que nos separa y sobre todo, lo que nos une, y finalmente, los sueños de dos niños, dos almas que no entienden de piel y diferencia, sino de todo aquello que necesitan del otro, también, la película nos habla de la necesidad que tenemos del otro, de dejar todo aquello que nos separa, para encontrarnos y reencontrarnos en el otro, en todo aquello que nos une y podemos compartir. Una película libre y humanista, de relaciones humanas, de apoyarse y compartir con los demás, de dejarse llevar, de mirarnos los unos a los otros, y sentirnos que podemos cooperar, ayudarnos y caminar en la misma dirección. Un retrato sobre esa Europa que se define multicultural y diversa, pero en cambio, no cesa de poner obstáculos a aquellos que quieren entrar y convertirse en europeos. Migom habla de todas aquellas personas que se necesitan y se ayudan, de todo aquello que podemos aprender y conocer del desconocido, rompiendo esas barreras que tanto se imponen, dejar abrirse al otro y abrazarnos, conocernos y mirar juntos.

Los noventa minutos de la película pasan volando, centrándose en la preparación y celebración de una fiesta con el propósito de recaudar fondos para ayudar a los okapis, originarios del mismo lugar que Binti y su padre, creando esa relación espejo entre las dificultades sociales de los congoleños, y de los animales, los dos perseguidos y en vías de extinción, en el marco de un drama social con niños, que huye del convencionalismo y el buenrollismo de producciones del estilo, retratando con verdad y cercanía, los problemas de unos y otros. Un reparto auténtico que transmite veracidad y una intensa naturalidad encabezada por la sorprendente Bebel Tshiani Baloji como Binti, bien acomapañda por Mo Bakker como Elias, y los adultos Joke Devynck y Baloji, como lso respectivos padres.  Migom celebra la vida, la diversidad, la multiculturalidad y también, y lo más importante, la diferencia y al otro, pero de forma libre y humana, sin barreras ni anda que se le parezca, abriéndose a conocer, a experimentar y sentir, movidos como seres humanos de esa necesidad de mirarse en el otro, reconocerse y sobre todo, compartir, abriendo los puentes necesarios para acercarse y confraternizar, porque de esa manera, todos nos daremos cuenta que el otro se parece más a nosotros de lo que imaginamos, y se convierte en un espejo al que mirarnos y comprendernos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Verano del 85, de François Ozon

CUANDO DEJAMOS DE SER INOCENTES.

“I am flying, I am flying

Like a bird, across the sky

I am flying, passing high clouds

To be near you, to be free”

(Estrofa de la canción “Sailing”, de Rod Stewart)

El primer amor nunca se olvida, aquel que nos fascinó y traspasó nuestra alma, aquella primera vez que sentimos algo tan intenso y profundo por alguien, aquel amor cuando éramos adolescentes, cuando la vida todavía estaba por hacerse, cuando las cosas olían y se sentían de formas muy distintas, nunca con tanta fuerza y magnetismo como después, cuando nos lanzábamos al abismo, llevados por energías que nos hipnotizaban, que nos sumían en una aventura fascinante, donde la vida y el amor se confundían, vivían una con la otra, fusionadas y en un solo cuerpo, donde creíamos que el amor duraría siempre, que sería irrompible, poderoso, pero también, descubrimos que la vida y el amor, casi nunca van de la mano, y aquel espíritu joven e inocente, se acabaría diluyendo con el tiempo, y el amor, o lo que llamamos amor, jamás volvería con aquella fuerza.

En el universo cinematográfico de François Ozon (París, Francia, 1967), con diecinueve títulos en su haber, podemos encontrar una mirada profunda y sensible hacia la adolescencia, y la homosexualidad, en películas como Amantes criminales (1999), Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), La piscina (2003), El tiempo que queda (2005), En la casa (2012), Joven y bonita (2013), o Una nueva amiga (2014), películas donde sus adolescentes son personas de carácter, fuertes y libres, que chocan contra las normas y lo establecido de los adultos. En Verano del 85, Ozon vuelve a su adolescencia, y parte de una adaptación libre de la novela “Dance on My grave”, de Aidan Chambers, para contarnos la historia de un amor entre Alexis, a punto de cumplir los dieciséis años, apocado, inocente y asumiendo su identidad sexual, y David, dieciocho años, todo lo contrario que Alexis, libre, de carácter, lanzado, y sin prejuicios. Los dos chicos se conocen, empiezan a salir y acaban teniendo una relación. Estamos en uno de esos pequeños pueblos costeros como Le Tréport, en la alta Normandía, donde parece que los veranos pueden durar eternamente, o al menos eso cree Alexis. Las desavenencias entre los dos chicos pronto aparecerán, ya que tienen formas muy distintas de vivir, y sobre todo, de sentir.

El director francés filma en súper 16, dando ese tono cercano e íntimo que tanto requiere la película, con esos planos secuencia, como el que abre la película, recorriendo esa playa hasta el paseo, mientras escuchamos el “In Between Days”, de The Cure, que recuerda a las imágenes de Cuento de verano (1996), de Rohmer, en la que curiosamente intervenía Melvil Poupaud. Una luz que firma el cinematógrafo Hichame Alaouie (responsable de Instinto maternal), y el brillante montaje de Laure Gardette (que lleva una década de trabajo con Ozon, desde Potiche), que le da ese toque de juventud, del aquí y ahora, de espontaneidad, de pulsión, un amor llevado por el viento, sin tiempo para detenerse, todo se vive y se siente muy intensamente. Ozon coloca el tema “Sailing”, de Rod Stewart, que nos habla de la sensación de amar y la de ser rechazado, como eje central de su relato, como podremos comprobar en la secuencia más intensa y sensible de la película, cuando en la discoteca, perdemos la música de ambiente, para centrarnos en la música que escucha Alexis con el walkman, el tema de Stewart, que definen mucho todas las emociones que experimenta el joven, mientras que David, sigue dando saltos, como poseído, dejándose llevar por la música que ya no escuchamos.

Ozon, fiel a su estilo, no construye una película lineal, centrada en solo la historia de amor de los dos jóvenes, sino que inventa una trama de thriller, que no aparece en la novela, en que la película arranca una vez han sucedido los hechos, y mediante un flashback, vamos siguiendo los acontecimientos entre los dos chicos. El cineasta francés nos ofrece una mirada libre y brillante, acercándonos a aquel tiempo, al tiempo del amor, a la edad del amor, conjugando de forma magnífica y sensible los ambientes y situaciones, atrapándonos en un tiempo donde todavía era posible todo, donde las emociones se vivían de forma muy diferente a lo que vino después, no mira la homosexualidad como algo turbio o siniestro, sino todo lo contrario, un aspecto que no supone ningún problema para los jóvenes, que lo aceptan de forma natural, eso sí, con sus inseguridades, sobre todo, el personaje de Alexis, da igual que el amor sea homosexual, sino que la película se centra en el amor en mayúsculas, en las consecuencias de enamorarse, y las dificultades de amar, cuando la otra persona es tan diferente a nosotros.

La naturalidad y honestidad de los dos actores protagonistas ayuda a sumergirnos en ese tiempo, tenemos a Félix Lefebvre dando vida a Alexis, con ese aire de River Phoenix, de poca cosa, una especie de efebo que caerá en las redes de David, interpretado por Benjamin Voisin, toda una fuerza arrasadora y pura energía, bien acompañados por Philippine Velge, que da vida a Kate, la inglesa que conocerá a los dos chicos, y Melvil Poupaud, como profesor de Alexis, que recuerda un poco a la relación que tenían profesor y alumno en la aclamada En la casa, y Valeria Bruni-Tedeschi, como madre de David, una actriz de la factory de Ozon, dotada de gran personalidad y brillantez en sus roles. Ozon nos hace disfrutar, conmovernos y añorar aquel tiempo de la adolescencia, con sus tiempos, ritmos, su juventud, que parecía que iba a durar eternamente, como cantaban los Alphaville, enamorándonos, recordando, sintiendo, como nunca más volveremos a sentir, y a vivir, con esas ganas como si todo se terminase al día siguiente, sin prejuicios, sin preocupaciones, sin barreras, mirándonos frente a frente, bailando, bañándonos en el mar a la luz de la luna, yendo en moto, con el viento en la cara, siendo jóvenes, inocentes y valientes, soñando y volando sin despertar jamás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA