Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli

CONTRA VIENTO Y MAREA. 

“Mary Anning es probablemente la fuerza recolectora más importante (e insuficientemente reconocida) en la historia de la paleontología”. 

Stephen Jay Gould, paleontólogo estadounidense 

Somos una especie que habla mucho de ejercitar la memoria pero no la práctica, porque vivimos apegados al instante y olvidamos con demasiada frecuencia a personas y sus momentos relevantes. A lo largo de la historia encontramos muchos nombres que han quedado en el olvido, personas que, por su capacidad quedaron absorbidos por su tiempo y no reconocidos en vida, situación que sucedió con la mayoría de mujeres libres y luchadoras. Es el caso de Mary Anning (1799-1947), la primera paleontóloga reconocida, además de recolectora y vendedora de fósiles en la Inglaterra del siglo XIX, conocida por sus descubrimientos de los lechos marinos del Jurásico en su localidad natal de Lyme Regis, una pequeña localidad costera del sur de Inglaterra. Hace seis años se estrenó Ammonite, de Francis Lee, que recogía una parte de la vida de Mary Anning  y su amor con Charlotte Murchinson en la Inglaterra conservadora y religiosa del XIX.  

En Mary Anning y la playa de los dinosaurios, de Marcel Barelli (Lodrino, Suiza, 1985), se sitúa en la infancia de la futura paleontóloga cuando tiene 12 años y vive en la mencionada Lyme Regis, una pequeña sociedad religiosa y cerrada que obedece al reverendo que también es el maestro de los niños y niñas, cosa que choca con el temperamento y tenacidad de la niña Mary que duda de todo ese mundo que predica vehemente el citado sacerdote. La niña que recoge fósiles con la ayuda de su padre y hermano, sufre un shock con la muerte accidental del padre, además de las deudas de su familia, y un enigmático dibujo que la lleva a la búsqueda de un tesoro. Estamos ante una película que bebe mucho de La isla del tesoro, de Stevenson, porque somos testigos de una niña que deberá enfrentarse a los adultos para comprender las reglas sociales y los conflictos de los adultos. Con un guion honesto y brillante, en el que se habla de problemas personales y sociales, desde una perspectiva humana y nada condescendiente, hablando de temas como la muerte, la falta de dinero y demás asuntos interesantes. Un guion firmado por el dúo Magali Pouzol, que la conocemos por su trabajo en Funan, de Denis Do, y Pierre-Luc Granjon, coescritor de El secreto del herrerillo, de Antoine Lanclaux, el anterior estreno de los Pack Màgic. 

Un gran trabajo técnico compuesto por infinidad de dibujos pintados a mano animados por la suiza Maëlle Chevallier, en el que se prima la naturalidad, la belleza y la composición reposada y suave. El magnífico montaje de sonido por Jérôme Vittoz, toda una leyenda que ha trabajado en más de 90 títulos, muchos de ellos de animación, entre los que destaca La vida de calabacín, entre otros. La excelente música de Shyle Zalewski, una composición anacrónica llena de pop punk que resulta una fuerza diferente que se fusiona con las imágenes sencillas y visuales de la película. El montaje es del propio director y Julie Brenta, una magnífica editora que ha trabajado con cineastas de prestigio en la cinematografía francesa como Ursula Meier y Guillaume Senez, con el que ha edificado un gran trabajo de colaboración a lo largo de varias películas. Una historia de 72 minutos de metraje que se ve con mucha cercanía y sensibilidad, que se mete de lleno en varios géneros que van desde el drama social, las aventuras, las películas con niños llenas de humanismo y nada complacientes, y además, una cinta que reivindica la figura de una grande como Mary Anning, una olvidada de la historia como muchas otras que esperan ser reconocidas su lugar de la historia. 

Amén del personaje de Mary Anning, tenemos a su adorable y cercano hermano, la bondad del padre, una madre desesperada que intenta por todos los medios salir a flote, que no será nada fácil. Y luego los que ayudan a Mary en su loca aventura de encontrar su tesoro-fósil particular, como el pequeño Henry, un niño que se apunta a mil y una aventuras sin miedo. Fanny Miller, una compañera de clase, tan oveja negra como Mary, que le ayudará por su hobby. Elizabeth Philpot, una científica que lucha por ser reconocida en su profesión, un azote que sufrían todas las mujeres que querían hacer cosas diferentes. El Capitán Curioso, un lobo marino, solitario y cascarrabias, con un pasado detrás que le ahoga, echará una mano a Mary y los demás en su afán de aventura y hallazgos. Y finalmente, el “malo” que no es otro que el reverendo, que se erige en figura de la religión como institución conservadora que inutiliza cualquier idea que contradiga su pasado y su credo. Si desean pasar un rato agradable, aprender un poco de historia y saber quién era Mary Anning, y sobre todo, comprobar que la voluntad y la tenacidad y el sueño de una niña de 12 años pueden remover el pasado y de qué forma, su película es Mary Anning y la playa de los dinosaurios, un film de verdad y muy honesto y audaz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sirocco y el Reino de los Vientos, de Benoît Chieux

JULIETTE Y CARMEN CRUZAN AL OTRO LADO. 

“La imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad”

Frase de “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carroll

Es de sobra conocido la importancia de la animación francesa en el campo internacional, porque es un cine técnicamente exquisito, elegante y poseedor de una desbordante imaginación, y además, es un cine donde hay un especial detalle a la elaboración de sus guiones, ya que son capaces de abordar temas de cualquier índole con la seriedad y la complejidad que así lo requiere. Un cine de dibujos animados, como se decía cuando yo era niño, en el que su principal espectador son los más pequeños, pero ahí no queda la cosa, porque un adulto, y me pongo de ejemplo yo mismo, no se aburrirá con sus historias, ni mucho menos, al contrario, las apreciará y aún más, se sentirá en una película muy especial, que lo trata como un ser pensante, reflexivo y sobre todo, un espectador inquieto, curioso y capaz de aventurarse a las películas que les proponen, porque el cine de animación de la cinematografía francesa es un cine adulto para niños de cualquier edad, y no lo digo como coletilla, lo digo por experiencia, por sus resultados en taquilla y sobre todo, sus resultados en los certámenes más prestigiosos y exigentes. 

Detrás de Sirocco y el reino de los vientos encontramos un equipo de altísimo nivel. Tenemos a su coguionista Marcel Cagnol, al que conocemos por sus direcciones en Un gato en París, Phantom Boy y la más reciente Nina y el secreto del erizo, entre otras, al músico Pablo Pico, autor de la banda sonora de Las vidas de Marona, que aya trabajó con Chieux en el cortometraje Coeur fondant (2019) al productor Ron Dyens que a través de Sacrebleu Pictures ha levantado películas como El techo del mundo, la citada Las vidas de Marona, y My Sunny Maad, entre otras, y el director Benoît Chieux (Lila, Francia, 1960), un hombre vinculado al cine de animación del país vecino, al que lleva dedicándose más de tres décadas, a partir de diversas facetas entre las de codirigir Tante Hilda! (2013), Nieve y los árboles mágicos (2014). Con Sacrebleu, el director ya hizo Le jardin du minuit, un corto de 10 minutos que cosechó una gran carrera por festivales y galardones. A partir de una historia sencilla, pero extraordinariamente bien elaborada, llena de detalles, repleta de un colorido desbordante, y una sensibilidad tan íntima y de verdad que, en muchos instantes, nos quedamos volando y sobre todo, soñando con un mundo mejor. 

Ahora, nos lleva a través de dos hermanas Juliette de 4, muy traviesa, y Carmen de 8, más tranquila, que un sábado, su madre las deja al cuidado de Agnès, una escritora especializada en literatura infantil. La adulta está agotada después de escribir el primer capítulo de su nuevo serial, y se duerme, así que las niñas aburridas, sobre todo, Juliette, coge un libro de Sirocco y el reino de los vientos y se queda fascinada con sus ilustraciones. De repente, desde el libro salta a este mundo un pequeño juguete que empieza a hablar con la niña. Carmen se acerca y el diminuto juguete dibuja una rayuela en el suelo y desaparece cuando llega al final, Juliette lo sigue y Carmen también. Las dos niñas entran al mundo de la ficción y las cosas se torcerán. Un arranque que nos recuerda a la mencionada Alícia en el país de las maravillas, de Carroll, y a otro tótem de la animación más reciente como Monstruos, donde a través de puertas entraban en otros mundos. si recuerdan Niebla, la novela de Unamuno en la que su personaje de ficción lo visitaba, ahora, la cosa no es la autora que lo visita, sino unas personas vinculadas a ésta. Allí, conocerán a Selma, una famosa cantante, que les ayudará para salir de un entuerto propiciado por el extravagante alcalde, una rana enorme y poco seso. También entrará en liza Sirocco, un extraño personaje solitario que provoca las tormentas que destruyen los pueblos, los bosques, y demás lugares. 

Sirocco y el reino de los vientos es una película imaginativa, brillante y nada convencional, con unos extraordinarios 80 minutos de metraje, que pasan volando,  con una trama en el que hay de todo: comedia, drama, música, aventura, psicodelia, social, surrealismo, poesía y sobre todo, muchísima imaginación, donde se tocan temas peliagudos como la pérdida, la muerte, la ausencia, la tristeza y demás emociones que se obvian muy a menudo en películas de este tipo, en esta no, incluso son temas muy presentes que conviven con otros más amables y claros, en una historia que los mezcla, los fusiona y los muestra, como la vida misma, o podríamos decir, como la realidad, o será la ficción, porque la película es un híbrido también de muchas cosas, texturas, realidades, ficciones y verdades y mentiras, donde la supuesta realidad actúa como espejo deformante en esa otra “realidad” o digamos ficción, u otro mundo, u otros universos, tan cercanos, iguales e íntimos como el que las dos hermanas dejan, quizás cambiamos de perspectivas pero no de sentimientos, porque tanto en uno como en otro espacio o dimensión, las cosas, más o menos, van pareciéndose, quizás hasta demasiado, y tanto monta, que parece que tienen otro aspecto pero es el mismo. 

Estoy en la obligación de agradecer enormemente la grandísima labor que lleva a cabo Pack Màgic, y esto lo hago cada vez que hablo de una de sus películas, en su buen hacer de rebuscar en el amplio abanico de producción animada y elegir con gusto, sensibilidad y excelencia las películas que distribuyen, y les hablo con toda franqueza porque no es la primera ni será la última vez que les hablo de su catálogo.  Muchas de las películas citadas en este texto han sido distribuidas por la distribuidora, que se autodefine como “Distribuidora de cinema infantil, tranquil i en català”. Un cine muy alejado de esos productos de otros lugares, más comerciales, menos profundos y poco didácticos, porque estas películas provenientes de la cinematografía francesa, en su mayoría, es un cine hecho para espectadores de todas las edades, y esto, que pueda parecer fácil, no lo es para nada, y si no lo creen, fíjense en el cine de animación que ven sus hijos o sus sobrinos. Sabrán de qué les hablo. No pierdan la oportunidad de ver Sirocco y el reino de los vientos, porque les aseguro que los pequeños lo pasarán en grande y ustedes, de más edad, también. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Binti, de Frederike Migom

MIRARSE EN EL OTRO.

“Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéramos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos en verdad, ¡cuánto mal podría ser evitado!”

Ernesto Sábato

Binti tiene 12 años, y sueña con ser famosa a través de su canal de youtube. Binti vive en Bélgica, junto a su padre Jovial, ocultos de la policía en una casa ocupada, porque ellos son del Congo y están sin papeles. Durante una redada policial, Binti y su padre, huyen y se ocultan en un bosque. Allí, conocen a Elias, en su cabaña, que también es sede del club salvar a los okapis. Todos acaban en casa de Elias, que comparte junto a su madre, Christine, una divorciada que se dedica a diseñar moda infantil. Así, empieza una película que nos habla de temas como la diversidad y la diferencia, de la necesidad del otro, y sobre todo, de los sueños imposibles de un par de niños que desean romper las barreras, y hacer aquello que desean. Binti, aunque no existe, legalmente hablando, tienen mil seguidores en su canal, donde explica su vida en forma de diario audiovisual. Elias, que todavía sufre la separación de sus padres, quiere ayudar a que los okapis no se extingan. Dos sueños difíciles, pero no imposibles. Dos miradas que entenderán que deben ayudarse el uno al otro para llevar a cabo tales sueños.

Frederike Migom (Amberes, Bélgica, 1985), estuvo estudiando y trabajando como actriz en Nueva York, para luego trasladarse a Paris para hacer cinematografía. Su incipiente carrera la conforman un puñado de cortometrajes y Binti, con la que debuta en el largometraje, en la que nos muestra una realidad social, a través de un drama cotidiano entre dos niños y sus respectivos padres, personas que, a priori, parecen demasiado diferentes, pero, el tiempo, y sus circunstancias, demostrarán lo contrario, y los acercará más de lo que ellos preveían en un primer momento. La directora belga viste este drama social, con mucha ligereza y cotidianidad, imprimiendo a los conflictos sociales de alegría, buen humor y diversión, mirando las situaciones con la suficiente distancia, huyendo del dramatismo y ejerciendo una labor más humanista y sensible, sumergiéndonos en una realidad demasiado cercana, pero entrando en la parte doméstica, aquella que no vemos, para así retratar con más honestidad y sinceridad, todo aquello que ocurre de puertas para adentro.

Migom habla de temas de primera línea, la inmigración, sentirse invisible, y a la vez, perseguido, las relaciones de las diferentes culturas, todo aquello que nos separa y sobre todo, lo que nos une, y finalmente, los sueños de dos niños, dos almas que no entienden de piel y diferencia, sino de todo aquello que necesitan del otro, también, la película nos habla de la necesidad que tenemos del otro, de dejar todo aquello que nos separa, para encontrarnos y reencontrarnos en el otro, en todo aquello que nos une y podemos compartir. Una película libre y humanista, de relaciones humanas, de apoyarse y compartir con los demás, de dejarse llevar, de mirarnos los unos a los otros, y sentirnos que podemos cooperar, ayudarnos y caminar en la misma dirección. Un retrato sobre esa Europa que se define multicultural y diversa, pero en cambio, no cesa de poner obstáculos a aquellos que quieren entrar y convertirse en europeos. Migom habla de todas aquellas personas que se necesitan y se ayudan, de todo aquello que podemos aprender y conocer del desconocido, rompiendo esas barreras que tanto se imponen, dejar abrirse al otro y abrazarnos, conocernos y mirar juntos.

Los noventa minutos de la película pasan volando, centrándose en la preparación y celebración de una fiesta con el propósito de recaudar fondos para ayudar a los okapis, originarios del mismo lugar que Binti y su padre, creando esa relación espejo entre las dificultades sociales de los congoleños, y de los animales, los dos perseguidos y en vías de extinción, en el marco de un drama social con niños, que huye del convencionalismo y el buenrollismo de producciones del estilo, retratando con verdad y cercanía, los problemas de unos y otros. Un reparto auténtico que transmite veracidad y una intensa naturalidad encabezada por la sorprendente Bebel Tshiani Baloji como Binti, bien acomapañda por Mo Bakker como Elias, y los adultos Joke Devynck y Baloji, como lso respectivos padres.  Migom celebra la vida, la diversidad, la multiculturalidad y también, y lo más importante, la diferencia y al otro, pero de forma libre y humana, sin barreras ni anda que se le parezca, abriéndose a conocer, a experimentar y sentir, movidos como seres humanos de esa necesidad de mirarse en el otro, reconocerse y sobre todo, compartir, abriendo los puentes necesarios para acercarse y confraternizar, porque de esa manera, todos nos daremos cuenta que el otro se parece más a nosotros de lo que imaginamos, y se convierte en un espejo al que mirarnos y comprendernos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA