No nacimos refugiados, de Claudio Zulian

VIDAS EXILIADAS.

“Las palabras de la niñez no significan sólo reencuentros con una identidad perdida oscurecida al menos por la vida en el exilio, que por otra parte la enriquecía-, sino también la apertura a un proyecto, lanzarse a la aventura del porvenir”.

Jorge Semprún

En un instante de la película, uno de los exiliados asevera: “Tienes unas ideas y las aceptas, entonces asumes sus consecuencias”. Una definición que engloba el sentimiento que sienten las personas que han exiliado por un motivo político, una condición que viene de atrás, de unas ideas que lo posición a uno frente al poder, un poder que persigue a aquellos que piensan diferente, que se oponen, que resisten a la injusticia. Claudio Zulian (Campodarsego, Padua, Italia, 1960), ha confeccionado una carrera multidisciplinar en la que ha tocado muchos palos como las instalaciones museísticas, el teatro, la música, la televisión y el cine, donde ha desarrollado una filmografía enfocado en la periferia, en todos aquellos ciudadanos anónimos, invisibles, alejados de todo y todos, como demostró en A través del Carmel (2009), donde recorría la cotidianidad del barrio y sus gentes, en Born (2014), recreación histórica centrada en tres personajes que viven en el barrio del Bornet de la Barcelona de principios del siglo XVIII, en Sin miedo (2017), ponía voz a todos los familiares que buscan a sus seres queridos desaparecidos durante la dictadura de Guatemala.

En No nacimos refugiados, vuelve a Barcelona, a su ciudad de adopción, a sus calles, a sus cielos, para retratar ocho vidas de refugiados, ocho miradas de personas que se mueven por nuestras calles bajo el mismo cielo, y no lo hace desde la denuncia, como suele ocurrir en estos casos, sino que lo hace desde otro punto de vista, desde la humanidad que desprende cada una de ellas, a modo de breves capítulos, donde cada uno explica su pasado y presente, argumentando su decisión de exiliarse, desde lo humano y lo político, desde lo más profundo de su ser. Conocemos a Mohamad, Boris, Iryna, Gabriel, José Luis, Mahmoud, Maysam y George, de edades, profesiones y condiciones sociales diferentes, que vienen de lugares muy distintos. Unos han dejado la Siria en guerra, otros, debido a sus ideas políticas, tuvieron que abandonar su país, otros, su condición homosexual les obligó a irse, y alguna, la guerra también obligó a huir por la escasez médica que precisaba. Vidas de frente, cara a cara ante nosotros, que nos miran sin acritud, a los ojos, escuchando sus testimonios, su posición política, su vida en Barcelona, los obstáculos y barreras con las que se encuentran, la terrible burocracia para regularizar su situación, los problemas y conflictos cotidianos que nos encontramos en una posición así.

Zulian filma personas, personas diferentes, con circunstancias vitales muy parecidas, desde el respeto y la humildad, construyendo su retrato desde todos los ángulos posibles, situando a sus “personajes” en el centro de la cuestión, accediendo a sus vidas invisibles, esas vidas tan presentes y vivas, con sus tragedias y esperanzas, que funcionan como espejo para nosotros, unas vidas que podríamos ser nosotros, como asevera el subtítulo de la película: “¿Quién conoce su destino?”, toda una declaración de intenciones de todas las vidas que pasan por la pantalla, unas existencias que la vida y las circunstancias les han llevado a empezar de nuevo en otra latitud, en Barcelona, arrancando una vez más, dejando sus países de origen, al que sueñan con volver algún día, arrastrando sus heridas emocionales, sus recuerdos, toda esa vida que se truncó, que cambió, que empezó en otro universo, y lo explican desde la intimidad, desde la ausencia, y desde la más absoluta cotidianidad.

El cine de Zulian habla de personas como nosotros, de vidas-espejo que transitan por los mismos lugares que también transitamos, tropezando, en muchas ocasiones, con las mismas dificultades y sintiéndonos tan frágiles y fuertes según las situaciones. Un cine humanista, que utiliza la palabra como vehículo sensible y honesto para explicar vidas, todo tipo de vidas, un cine humanista, de carne y hueso, de gentes que intentan tener vidas dignas a pesar de tantas imposiciones deshumanizadoras, un cine por y para la vida,  como el que hacían el Renoir de Toni, o el Rossellini de La terra trema, donde las películas-retrato emanan verdad, donde la realidad subjetiva emerge desde la honestidad del que mira y observa a aquellos quiénes son como nosotros, que viven y padecen, que desean llevar una vida digna y sincera, a pesar de las circunstancias, como la mayoría de seres humanos, siendo fieles a sus creencias, sus ideas, y todo lo que ellos son, sin arrodillarse ante nada ni nadie, asumiendo las consecuencias de quiénes son y dónde quieren llegar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA