El club de los divorciados, de Michaël Youn

¡VIVA EL DIVORCIO!

“El matrimonio es la principal causa del divorcio”

Groucho Marx

El cine de Michaël Youn (Suresnes, Francia, 1973), se ha caracterizado, en sus tres películas como director, por la comedia alocada y disparatada, llena de personajes excéntricos, metidos en historias rocambolescas y surrealistas, como en su debut con Fatal (2010), en la que un rapero de éxito, con una existencia a tutiplén, se cernía el misterio en torno a sus orígenes. Le siguió Vive la France (2013), en la que dos hermanos procedentes de Taboullistan, un minúsculo país del Asia Central, pretenden destruir la torre Eiffel. En su tercera película, El club de los divorciados, se interna en otro marco, el de la comedia elegante, más sofisticada, eso sí, con sus grandes dosis de disparate y humor absurdo, pero esta vez, centrándose en el divorcio, a partir de Ben, un personaje que cree tenerlo todo: un trabajo como vendedor inmobiliario que le encanta, una vida llena, y sobre todo, una esposa que lo quiere. Pero, un día, en mitad de una presentación, descubre que su mujer se la pega con su jefe, y su vida se va al traste, dejándolo solo, triste y desesperado.

Entonces, aparece el milagro, y ¡Voilà!, llega a su vida Patrick, el antiguo compañero de piso cuando estudiaban, convertido en un excéntrico millonario, también divorciado, y se lo lleva a su mansión, de la “Belle Époque”, estilo rococó, a darse la vida padre mientras olvida a su ex. Otros y otras divorciadas también se instalarán en la casa, llenando sus vidas de fiestas, locura, diversión y sexo libre. El director francés, que esta vez se ha reservado un rol más modesto, el de un tipo que se apunta a las juergas de la casa, a pesar que está casado con una señora de armas tomar, construye una película divertida, en la que su ritmo irá in crescendo, en una primera mitad, donde seguiremos atentos a las fiestas sin fin en la casa, la locura entre sus habitantes, y otros que vienen de visita, entre idas y venidas, donde Ben y Patrick, dos personas antagónicos, ya que los dos tienen formas muy diferentes de tomarse el divorcio, o al menos es lo que aparenta. La vida padre que se pegan estos cuarentones divorciados, con algún que otro conflicto nimio, se trastocará cuando Ben conoce a Marion, y se enamora, y entonces sus mentiras a Patrick irán en aumento y el paraíso de los divorciados pasará a un segundo plano para Ben.

Youn tiene el referente de Blake Edwards muy cercano, con esas fiestas loquísimas, que podríamos encontrar en la magnífica El guateque, o la parte apoteósica de la película, no estaría muy lejos de Cita a ciegas, o el cine de Ozores, atento siempre a los cambios sociales, siempre con mucho humor y disparate. El realizador francés no pretende a hacer cine social, sino divertirnos, y lo consigue en muchos momentos, cuando la película se pierde el respeto y tiende a la exageración y al esperpento, donde varias pequeñas historias se van sucediendo, con esos personajes que no dejan indiferente, como el de Albane, una mujer moderna, liberal, y de sexo desinhibido, o la citada Marion, divorciada, madre de un hijo preadolescente, teniendo muy claro que no quiere volver a repetir los mismos errores que en su matrimonio. Quizás muchos espectadores solo se quedarán con esa imagen más superficial de la película, donde se hace apología del divorcio, y se machaca al matrimonio como una especie de tumba en vida, pero la película va mucho más allá, hablándonos de la soledad, del amor, un amor basado en la sinceridad y humildad, la falta de autoestima, el paso del tiempo, el perdón como vehículo esencial para vivir mejor y sobre todo, ser mejor y crecer como personas, y sobre todo, la amistad, como centro importante para la vida de una persona, con sus claroscuros, pero teniendo en cuenta la importancia de esa mano amiga en los buenos y peores momentos de nuestra vida.

La película tiene un reparto bien conjuntado que viven con energía e intensidad cada personaje,  arrancando con un Arnaud Ducret desatadísimo y divertido dando vida al torpe y perdido Ben, con François-Xavier Demaison como Patrick, el dueño de la casa, y el perfecto anfitrión de toda esa juerga, con una sensible e inteligente Caroline Anglade como Marion, con esa cordura tan necesaria ante tanta locura, y finalmente, Audrey Fleurot como Albane, esa mujer divertida, moderna y fuerte que vive la vida y el sexo sin tapujos ni prejuicios.   Youn ha hecho una comedia divertida y sensata, con sus momentos de auténticas burradas, como esa mansión convertida en una especie de casa de Playboy, donde aparte de conejitas, hay divorciados recuperando el tiempo perdido, cada cual con su locura y su soledad, y un retrato ligero, si, pero interesante sobre las actitudes de ciertas personas cuando a los cuarenta y tantos se separan y comienzan una vida de juergas, risas, sexo y locura, aunque cuando llega la noche, acostados en su cama, solo piensan lo que sentirían, si a su lado, estuviera a alguien a quién amar, peor mientras tanto, vamos a pasarlo bien, aunque eso signifique que ya nada importa y los días de juventud vuelven para quedarse, aunque eso sea solo una ilusión transitoria. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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