La puerta de al lado, de Daniel Brühl

EL VECINO DESCONOCIDO.

“Una mentira nunca puede deshacerse. Ni siquiera la verdad es suficiente”.

Paul Auster

Una mañana como otra cualquiera en un barrio en Berlín. Una mañana diferente para Daniel, un actor que tiene una importante audición en Londres. Sale de su casa, después de despedirse de su mujer y sus pequeños hijos. Se para en el bar de siempre, pide un café, y de repente, un tipo de mediana edad, que se llama Bruno, le dice que es su vecino, y además, conoce muchas intimidades de su vida, secretos que Daniel y su familia ocultan muy celosamente. A Daniel Brühl (Barcelona, 1978), le conocíamos por su faceta como intérprete en títulos tan reconocibles como Goodbye, Lenin!, Los edukadores, Cargo, Salvador¸ Malditos bastardos, y producciones comerciales de Hollywood, en una carrera que arrancó hace más de veinticinco años. Con La puerta de al lado, Brühl se adentra en el campo de la dirección, con una película escrita por el reconocido escritor y guionista Daniel Kehlmann, a partir de una idea original de Brühl, en una fábula de nuestro tiempo, agitada por el aquí y ahora, que tiene una sola localización, un pequeño bar de barrio, y apenas dos actores principales, el propio Daniel Brühl metido en la piel de una actor hecho un flan por la maldita prueba, con una vida que, aparentemente, está muy tranquila y feliz.

Daniel tropieza con Bruno, o podríamos decir que Bruno hace tropezar a Daniel, sea como fuere, ese enigmático vecino, salido de las sombras, completamente desconocido para Daniel, que no solo le desvelará detalles muy íntimos sobre su vida privada, sino que destapará una existencia llena de mentiras, falsedades y repleta de apariencias. Brühl construye una película llena de giros sorprendentes, llena de suspense y comedia negra, que no deja un instante de tensión e incomodidad a los espectadores, con un ritmo ágil y lleno de conejos en la chistera, todos muy inesperados, sobre todo para el personaje de Daniel que, después de un tiempo de resistencia, acabará poniéndose en las manos de Bruno, porque no le queda otra. Toda esa vida de cristal que se ha montado con su mujer e hijos en plan familia feliz, se derrumbará estrepitosamente. El director alemán-barcelonés que creció en Colonia, mantiene el pulso firme y honesto en toda la trama, sin caer en esos atajos chapuceros y superficiales que caen muchas películas con el mismo marco y tono, aquí todo desprende naturalidad y tensión a partes iguales, todo está sujetado y muy pensado, las idas y venidas de esta montaña rusa particular e íntima se basa en un plan cuidadosamente estudiado de Bruno para agarrar a Daniel y su patética existencia de mentiras y dobles vidas.

La fantástica y claroscura cinematografía de Jens Harant (al que hemos visto en películas como El caso Fritz Bauer y La revolución silenciosa, entre otros muchos trabajos), y el exquisito montaje, esencial en una película de estas características, que firma Marty Schenk. Si el guion es una apabullante pieza de orfebrería, y la parte técnica también brilla, la parte interpretativa tenía que estar a la altura, ya que en un relato con esta atmósfera densa, verbal y de diálogos y replicas y silencios, era todo un desafío encontrar el tono y el aplomo de los actores. Daniel Brül está inconmensurable en el rol de actor ambicioso, nervioso y lleno de inseguridades, que aparenta una vida exitosa o eso se empeña en hacer creer a los demás, destapando el pobre diablo que sabe de su falsa vida peor se ve incapaz de empezar de nuevo. Frente a él, Peter Kurth, un respetado actor de teatro y cine con una larga trayectoria, un viejo conocido con el que ya habían coincidido en algunas películas, metido en la piel de Bruno, el vecino que creció en la RDA, víctima de la gentrificación, y dolido por tantas amarguras de la vida y la reunificación alemana. Ahora, con un solo objetivo, destapar la mierda de su vecino Daniel y su estúpido mundo de cristal.

Brühl y Kurth protagonizan un combate en toda regla, dos personajes aparentemente desconocidos, que a medida que avance la trama nos iremos dando cuenta que no lo son tanto, metidos en un ring sin tregua ni descanso en un tour de forcé memorable e inquietante que recuerda a aquel glorioso de Olivier y Caine en La huella, donde no hay un solo segundo de pausa, solo silencios de los que acojonan que sirven para recuperar fuerzas y seguir al ataque, con esas miradas, que tanto dicen y ocultan, esos diálogos inteligentes, mordaces y directos, y esas increíbles posiciones de fuerza y sometimiento, en las que a veces, uno ataca y el otro, defiende, y viceversa, en una de la grandes bazas de la película, relatada con agilidad, excelencia y dinamismo. Solo nos queda felicitar la experiencia como director de Daniel Brühl, que no parece un debutante, sino un autor que sabe lo que quiere y como lo quiere, que nos cuenta una película cercana, incomodísima y veraz, con una grandiosa fuerza y con una atmósfera rica en matices y detalles, en la que nos va envolviendo en un juego macabro de verdades, mentiras y sobre todo, de identidades, esas que ocultamos a los otros, y lo que es peor, a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Corten!, de Marc Ferrer

EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE.

“Todos nos utilizamos mutuamente. El amor es más frío que la muerte”.

El universo de Marc Ferrer (Sabadell, Barcelona, 1984), vive por y para el cine. Sus películas están llenas de referencias cinéfilas, desde las más profundas a las más populares, todo tiene cabida en el mundo de Ferrer, eso sí, posee una sensibilidad especial a todo aquello subgénero y oculto, a todos esos artistas en la sombra, a todo ese otro mundo, que muchas veces queda oculto. Su cine tiene infinitas ramas: el musical, con esas grandes actuaciones a ritmo de pop, sinvergonzonería y mucha pluma, esa comedia petarda y romántica, muy alocada y llena de humor irreverente, simpático y naif, esos toques de thriller, un noir de andar por casa, pero muy sugerente y con su atmósfera particular, y la gran visibilización que hace del mundo no normativo en todos sus aspectos, por donde pululan amores de todo tipo y formas, tanto gay como hetero, y demás, y finalmente, el cine, porque siempre son películas sobre el cine, tanto dentro como fuera, y donde sus personajes son amigos de Marc interpretando a otras personas muy parecidas a su propia realidad. Metrajes breves, apenas rondan la hora de duración. Un gazpacho muy de aquí, especialmente imaginativo, sorprendente y lleno de vitalidad y fiesta, y que se ríe constantemente de sí mismo, sin excepción. Un cine que te atrapa al instante o lo odias para siempre.

Desde el año 2016, Ferrer, licenciado en Comunicación Audiovisual por la UPF, no ha parado y ha despachado cada año su película de turno, ya sea largo o corto. Su opera prima Nos parecía importante (2016), a las que la han seguido La maldita primavera (2017), Puta y amada (2018), Mi odio en tu corazón (2019), Corazón rojo (2020), y ¡Corten!, que el propio Ferrer describe como un “giallo marica”, en la que su cine ha dado un gran paso, introduciendo por primera vez el género de terror, aumenta la duración de la película llegando a los 78 minutos, y pasa del digital al cine, rodando en 16 mm, que firma el cinematógrafo Nilo Zimmerman (que además de actor, ha firmado las películas de Tiger, de Aina Clotet, o Boi, de Jorge M. Fontana), consiguiendo esa textura ochentera que tanto demanda la película de Ferrer, con esa cercanía y esos primeros planos de los intérpretes, la indispensable música de Adrià Arbona, líder de los Papa Topo, que protagonizaban La maldita primavera, y autor de todas las bandas sonoras del cine de Ferrer, una score que va de los ritmos divertidos y desenfadados, a aquellos otros propios del cine giallo, con su suspense y sus lugares tenebrosos desde la cotidianidad. El arte de Erik Rodríguez Fernández, otro cómplice de Ferrer, que vuelve a hacer casi con los mínimos elementos lo máximo, llenando de colorido cada plano y encuadre de la película.

El director sabadellense no oculta sus referentes, sino todo lo contrario, los hace muy evidentes, y los muestra sin ningún tipo de pudor, como las películas de Corman, los universos de Fassbinder, y sus personajes melancólicos, tristes y perdidos, el cine giallo de Argento, en el que se menciona varias veces, incluso aparece un libro dedicado a su obra, el universo cutre de Waters y Divine, con ese aroma del cine trash, basura, y el desenfado de hacer lo que quieras con los medios escasos que tengas, el cine de Zulueta y todo lo cinéfilo que le rodea, como el vampirismo, los primeros Almodóvar y su mundo y submundo, con maricas, travestis y demás seres que pululan llenos de amor, desengaños y desilusión, con ese toque sucio, transgresor y lleno de incorrección y mucha risa y diversión. En ¡Corten!, Ferrer, que interpreta a un director de cine que hace películas de bajísimo presupuesto que no tienen nada de éxito, ha contado con un reparto nuevamente lleno de amigos como Marga Sardà, que interpreta a una deslumbrante secretaria de “Producciones Inmundas”, borde como ella sola, llena de tensión, agitadísima y sobre todo, un pedazo de descubrimiento para el cine de Ferrer, como antes lo habían sido Júlia Betrian y Zaida Carmona.

Acompañan a Sardà, los Gregorio Sanz, María Sola, Saya Solana, Paco Serrano y Álvaro Lucas, entre otros, más a La Prohibida, con la que ya había hecho videoclips, y Samantha Hudson, que se marca una de las grandes actuaciones de la película cuando interpreta el tema “Por España”. Marc Ferrer hace un cine popular, filmado con escaso presupuesto, de que más lejos de suponer un problema, él lo lleva su espacio y además de reírse de todas esas penurias económicas, saca el máximo rendimiento tanto artística como técnicamente, haciendo de sus carencias sus mejores virtudes, en el que la realidad y la ficción, o lo que es lo mismo, la vidas de Marc y sus amigos, no es más que un pretexto para mirarlas a través del cine, donde el reflejo es constante, donde cada espejo encadena las diferentes historias que pululan por sus películas, donde lo coral es una gran baza, donde cada encuadre está lleno de vida y misterio, en el que todo ocurre con una grandísima naturalidad y cercanía, sin sentimentalismos ni aspavientos, y sus defectos y errores están totalmente adaptados a la historia, y lo que pudiera parecer un obstáculo, la película lo acoge y lo adapta sin problemas, y aun más, les da una mirada diferente y muy honesta.

La omnipresente Barcelona, la ciudad-lugar de sus películas, convertida por la cámara de Marc Ferrer en un gran plató, donde visitamos esos pisos pequeños peor con glamur, esos bares de maricas, donde nacen y mueren amores y nos divertimos con esas actuaciones desenfadas de travestis y artistas de lo oculto, y las oficinas de la productora, que lugar y que cutrez, como alude uno de los personajes. Una ciudad que se la quiere y se la odia a partes iguales, porque como evidencia la frase que abre y cerrará la película, es una ciudad que atrae y repele, donde parece tranquila y también, está llena de peligros. Ojala podamos seguir viendo películas de Marc Ferrer, no solo por seguir desmenuzando esos mundos, submundos, y todo lo underground, cutre y bajo coste de su cine, como dice una de las actrices de su película: “Yo por el cine underground español hago lo que sea”, toda una sencilla y directa declaración de intenciones, porque eso sí tiene el cine de Ferrer, honestidad y diversión, y además, una equilibrada y profunda reflexión sobre las relaciones humanas y amores de ahora, con su locura, su naturaleza efímera, y sobre todo, sus caminos laberínticos, que sabes por dónde empiezan y nunca como acaban. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Pan de limón con semillas de amapola, de Benito Zambrano

EL AMOR A LOS DEMÁS.

“Tienes que aprender a ser tú misma. A tomar tus propias decisiones. A no tener miedo al qué dirán. A que te importe una mierda lo que dicen tus amigas.”

Cristina Campos, Pan de limón con semillas de amapola.

De las cinco películas que he hemos visto de Benito Zambrano (Lebrija, Sevilla, 1965), las tres últimas están basadas en novelas. Tanto su anterior trabajo, Intemperie (2018), que partía de la novela homónima de Jesús Carrasco, como en La voz dormida (2011), de un libro de la desaparecida Dulce Chacón. Ahora, nos llega Pan de limón con semillas de amapola, escrita por Cristina Campos, que ha coescrito el guión con Zambrano, que tiene mucho que ver con La voz dormida, porque aquí también hay dos hermanas y muy diferentes entre sí, y que están obligadas a convivir y mirarse. La película cuenta un relato femenino, íntimo y lleno de amor, donde dos hermanas, Marina y Anna, muy diferentes entre sí, la primera, doctora cooperante que viaja por el mundo ayudando a los demás, y la otra, una infelizmente casada y con una adolescente rebelde Anita como hija. Sus vidas, separadas en la adolescencia, se reencuentran en Valldemossa, un pequeño pueblo del interior de Mallorca, porque una mujer, que desconocen por completo, y acaba de morir, les ha donado su panadería.

Una película que habla de todo aquello que se cuece en nuestros interiores, todo aquello que ocultamos a los demás, todos nuestros anhelos, ilusiones, tristezas, desamores, momentos únicos, o esa felicidad que a veces nos empeñamos en sacarla de nuestras vidas, ya sea por miedo, desilusión o simplemente, por torpeza. Zambrano ha construido un sencillo y brillante cuento, una de esas fábulas contemporáneas que nos remiten a las historias universales, porque la película se centra en este especial y peculiar reencuentro de las dos hermanas, en todo aquello que fueron y ahora son, en todo aquello que las aleja y sobre todo, en todo aquello que las acerca, en su relación, en su memoria, y también, en el amor que se tienen por muy diferentes que son. Y las coge en un momento de sus vidas crucial, porque una quiere adoptar a una bebé africana que le ha caído del cielo, y la otra, pierde todo su patrimonio y se separa del marido, además, le detectan un cáncer. La vida y sus oportunidades, es otro tema de los que se detiene la película, peor lo hace desde la sensibilidad y la naturalidad, sin caer en ningún dramatismo ni nada que se le parezca.

La película tiene el aroma y el encantamiento que tenía Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, también basada en una novela de Laura Esquivel, en la que el amor y la comida eran piezas fundamentales de la trama. En Pan de limón con semillas de amapola, el relato gira en torno a un secreto, el de ese ingrediente especial que nadie sabe del famoso pan dulce, y la memoria del pueblo y sobre todo, de la panadería y la tal Lola, la mujer que ha dejado el establecimiento como herencia a Marina. La delicada y luz mediterránea de Marc Gómez del Moral (que ha trabajado en trabajos de nombres tan importantes como Isaki Lacuesta, Leticia Dolera y Mariano Barroso, entre otros), el ágil y fabuloso trabajo de montaje de la gran Teresa Font, sobran las palabras para una gran montadora que ha dejado su sello en más de 90 títulos. El extraordinario trabajo de interpretación encabezado por actrices poco conocidas para el gran público, ayuda a la credibilidad y espontaneidad que hay en todo el dibujo, con una grandísima Elia Galera como Marina, esa doctora que ayuda a los demás, y deberá ayudarse a sí misma y sobre todo, a los suyos, con los que acaba de reconciliarse, además, deberá reencontrarse en el pueblo donde creció y remover su pasado y sus orígenes.

Frente a un personaje de movimiento y viajero, nos encontramos a otro totalmente contrario, como el de Eva Martín, que hace de Anna, la antítesis de Marina, el otro lado del espejo, esa mujer que ha perdido su estatus económico y debe reconstruirse y afrontar el mayor reto de su vida, la enfermedad que tiene encima. Y luego está el reparto, igual de importante, en su calidez y coralidad, con Mariona Pagès es Anita, que tendrá un espejo donde mirarse en su tía, y se verá trastocada por el problema de su madre y la nueva vida que está al caer. Y mención especial a Pere Arquillué, siempre solvente, en un papel muy antipático, el marido de Anna, el que lo pierde todo por sus malas artes y su vida disoluta, y las dos grandes maravillas que son Marilú Marini, la veterana actriz argentina, toda una institución en el teatro francés, que regenta el hotel donde se hospeda Marina, y que tendrá una gran relación con las hermanas y esta nueva familia, y Claudia Faci, una brillantísima bailarina y coreógrafa de danza, en el papel de la difícil y muy suya Catalina, la empleada de la panadería y amiga de Lola, una llave para abrir el pasado aunque cuesta la vida entera.

El director sevillano, con su buen hacer y su dominio de la narrativa, y ese don de hacer muy suyas historias ajenas, donde sus personajes siempre se enfrentan entre sí, y a un problema muchísimo mayor para ellos, pero como pueden y mucho esfuerzo y sacrificio, logran sacar adelante, aunque siempre pierden cosas, porque los relatos de Zambrano están pegados a la tierra y a sus cosas. El lebrijano ha construido a fuego lento y con aroma de primavera, con sus nubarrones naturales, una gran historia de amor y amistad de dos hermanas, sobre ayudar a los demás, ayudarse a uno mismo, y sobre quiénes somos y de dónde venimos, y de cómo afrontar los problemas y conflictos que se presentan en la vida, saber encararlos y no tener miedo, o solo lo justo, pero un miedo que no nos acobarde, sino todo lo contrario, que nos haga más fuertes, más decididos y más nosotros, sin dejar nunca de lado a todos aquellos y aquellas que queremos, porque la vida se va, y podemos dejar a las buenas personas demasiado alejadas de nuestras vidas, y son importantísimas para tenerlas cerca y compartir la vida y todos sus momentos, con sus agridulces, con sus aromas y sus sabores, aunque de tanto sean tan amargos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La ruleta de la fortuna y la fantasía, de Ryûsuke Hamaguchi

MIENTRAS TANTO LA VIDA.

“La vida no es un problema para ser resuelto, es un misterio para ser vivido”

Thomas Jefferson

El cine de Ryûsuke Hamaguchi (Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), vive por y para el misterio de la vida, pero sin intentar comprenderlo o sacar alguna conclusión al respecto, sino todo lo contrario, su base se caracteriza en sus temas emocionales, en el azar y la imaginación de sus individuos, que son gentes corrientes, personas de aquí y ahora, con vidas más o menos convencionales, eso sí, atrapados en los entresijos y extrañezas de la amistad y el amor, y llevados hacía aquí y hacía allá, expuestos a esas misteriosas y reveladoras coincidencias de la vida, aunque quizás el cine de Hamaguchi nos es más que un pretexto para hablarnos de las múltiples realidades e irrealidades de un mundo en continuo movimiento, y unas relaciones expuestas a la fragilidad y la vulnerabilidad de los sentimientos, y la fugacidad de nuestra existencia. Todos los amantes del cine con conciencia de causa nos quedamos absolutamente maravillados con la excelencia que contenía cada plano de Happy Hour (2015), una monumental película-retrato de más de cinco horas, sobre las relaciones de cuatro amigas. Una obra que cimentó el aura de gran autor de Hamaguchi, y además, demostró ser un cineasta muy personal y profundo en esta milimétrica radiografía actual sobre lo que somos y como nos relacionamos con los demás, con todos esos misterios propios y ajenos.

En La ruleta de la fortuna y la fantasía, título muy esclarecedor de las intenciones de la película, nos divide el relato en tres episodios aparentemente diferentes, porque explica tres historias distintas, pero con muchísimos puntos en común en relación a los temas y elementos que concurren en ellos. En el primer capítulo: Magia (o algo menos reconfortante), nos habla de uno de los temas predilectos del cineasta, las coincidencias o azares de la vida, a través de dos mujeres que acaban de conocerse, la más joven, modelo, y la otra, más mayor, del equipo de rodaje, y resulta que la más joven fue la pareja del hombre que la otra acaba de conocer. Pero el director japonés nos lo presenta de manera interesantes. Primero, nos muestra una conversación en un taxi de las dos mujeres, y luego, la joven acude a la oficina del hombre, y ahí, nos damos cuenta de la terrible o no coincidencia. En el segundo: Una Puerta abierta de par en par, el relato se centra en un joven que convence a su chica, más mayor, para que seduzca a su profesor que le ha suspendido injustamente. El epicentro de la historia se centra en el intento de seducción de la mujer al profesor, mientras lee un capítulo erótico del libro que acaba de publicar el citado docente. Y finalmente, en el episodio que cierra la película: Una vez más, se centra en una coincidencia de dos mujeres que no se veían desde que compartieron clase en el instituto y tuvieron un affaire sentimental que quedó en suspenso.

El aspecto formal de Hamaguchi es extraordinariamente sencillo, ínitmo y directo, porque se aleja de todo artificio que pueda distraernos o esos incómodos elementos que nos recuerdan que estamos ante una película, el cineasta nipón quiere y construye una película que huye del entramado cinematográfico todo lo que más puede, apoyándose en la luz natural siempre, con esos encuadres oscurecidos por la poca luz del espacio, no le importa al realizador todos esos inconvenientes elegidos, porque su cine se basa en la palabra, en los rostros de sus personajes, en sus pensamientos, silencios y errores. Con esos maravillosos primeros planos, al estilo de Yasujiro Ozu, con sus personajes hablando entre ellos, pero también, hablándonos a nosotros. Con largas secuencias, inteligentemente troceadas y editadas, con ritmo, pausa e intimidad, sin prisas, donde a veces, se detiene a contemplar y contemplarse, tanto unos personajes con otros, como el entorno en el que se encuentran, donde el inevitable azar hace acto de presencia irremediablemente. Y esos epílogos de cada episodio, donde el tiempo ya no es aquí y ahora, y ha pasado un tiempo, en el que se define mucho más las consecuencias irremediables del destino. Su grupo de intérpretes, principalmente femenino, no adornan sus actuaciones, todo está pensadísimo, ocupando su espacio, y sobre todo, regalándonos unas escuetas, adorables y brillantes composiciones de unos individuos que se ríen, lloran, se equivocan, aciertan, y andan muy perdidos en los temas de la vida, el amor y de ellos mismos.

Hamaguchi construye historias mínimas y reveladoras, y lo hace con el sello inconfundible de películas como La ronda (195), de Max Ophüls, con la que comparte esa idea de la vida como un interminable e infinito carrusel que nunca se detiene, y nos lleva a un destino que nunca podemos controlar, y Mesas separadas (1958), de Delbert Mann, donde las diferentes historias se confundían y nos hablan de esas pequeñas cosas que no damos importancia pero definen completamente nuestras fugaces existencias, o el inequívoco aroma de cineastas como Rohmer y Hong Sang-soo, entre otros, donde todo se cuenta desde la emoción y las palabras, donde las cosas nunca son lo que parecen, en el que cada plano muestra una quietud y una conciencia diferente, donde la realidad es un mero pretexto, porque nunca se entiende, y lo que nos hace estar en ella es un misterio que nunca sabremos en qué consiste, y mucho menos para qué, pero siempre nos quedarán nuestras emociones y cómo nos relacionamos con ellas, y con los demás, aunque con frecuencia todo eso nos lleve a la frustración y la soledad, pero la vida es así, y por mucho que nos empeñemos en que pueda ser de otra manera, no hay nada que hacer, la lucha está perdida, así que, vivamos como podamos, no hagamos un drama de nuestras continuas equivocaciones, y aunque lo consigamos muy poco, seamos buenos con los demás, y sobre todo, con nosotros, o al menos soñemos que podemos hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tres, de Juanjo Giménez

ESTOY FUERA DE SINCRO. 

“Un sonido nunca debe acudir en auxilio de una imagen, ni una imagen en auxilio del sonido (…) La imagen y el sonido no tienen que prestarse ayuda, sino que han de trabajar cada uno a su vez por una suerte de relevo”.

Robert Bresson

La carrera cinematográfica de Juanjo Giménez (Barcelona, 1963), ha tocado todos los palos, como dirían en el flamenco, porque ha sido muy heterogénea y movida. Ha dirigido cortos y largos, indistintamente, tanto de ficción como documental, también, ha producido varias películas, entre ellas las de Adán Aliaga tan interesantes como La casa de mi abuela, Estigmas y El arca de Noé, y sobre todo, ha cimentado una originalísima y peculiar filmografía donde cada trabajo tenía un peldaño más, una forma de experimentar tanto con la imagen como el sonido. Sus reveladores y magníficos trabajos en este campo son Nitbus (2007), magnífica pieza de nueve minutos, filmada en un plano fijo, donde la profundidad de campo es fundamental, en un relato sobre un trío sentimental, donde imagen y sonido se confabulaban para mostrarnos una realidad oculta. En Timecode (2016), un cortometraje de 15 minutos que le llevó a ganar el primer premio del prestigioso Festival de Cannes, en un relato sobre la imagen, a través de las cámaras de circuito cerrado, en una historia de amor, a través del movimiento y la danza, donde no había sonido.

En Tres, escrita por Pere Altimira, junto al propio director, con el que ya había escrito las fundamentales Nitbus y Timecode, Giménez parece ponerse al otro lado del espejo de Timecode, porque en su nuevo trabajo lo que prevalece es el sonido, y todas sus laberínticos caminos. Todo lo que había experimentado y reconocido en Nitbus, vuelve en Tres con muchísima fuerza, sumergiéndonos en la existencia de una mujer, al que se le llama C., o una mujer sin nombre, y sin identidad, claves en la trama, que trabaja como ingeniera de sonido, y descubre que el sonido va a con tres frames de retraso, y más adelante, la mujer escucha el sonido minuto y medio después, y el problema irá en aumento, adentrándose en un relato sobre la identidad y la memoria, donde la absoluta protagonista es C., en el que la película no solo nos muestra de forma física y corporal, sino también, emocional y sensorial, con esos silencios inquietantes, que dicen mucho más que las imágenes, aunque eso sí, la película nos envuelve en un enigmático ejercicio donde todo adquiere situaciones surrealistas y de corte fantástico.

Una película filmada en Barcelona y alrededores, en esos espacios no comunes de la ciudad, con esas calles empinadas, esos lugares no lugares, faltos de identidad y lúgubres, con esa luz mortecina, donde los cielos grises y plomizos y la levedad de la luz en el estudio, van apoderándose de la vida y el conflicto de C., en un grandioso trabajo de luz del cinematógrafo Javier Arrontes, que ya había sido el responsable de Nitbus, y de la película tu vida en 65 minutos, de María Ripoll, y la excelente música del lituano Domas Strupinskas, que nos va envolviendo en una trama personal y profunda donde el pasado de C., y su identidad, serán claves para enfrentarse a su problema y poder resolverlo. El estupendo trabajo de montaje de un grande como Cristóbal Fernández (autor entre otras, de trabajos de Oliver Laxe, León Siminiani, y la reciente My Mexican Bretzel, de Núria Giménez Lorang), clave en un trabajo donde imagen y sonido están desincronizados, y vemos las cosas y todo lo que sucede, a través de C. y su problema, con el sonido que le viene más tarde, en una absorbente fusión entre cotidianidad, intimidad y terror naturalista, donde los monstruos que nos atacan no vienen de fuera, sino de nuestro interior.

Tres tiene el aroma del cine polaco de los ochenta, como Kiéslowski, donde lo personal, lo político y lo fantástico, casaban de forma eficaz y brillantísima en títulos como Sin fin (1985), y La doble vida de Verónica (1991), y otros, como La posesión (1981), de Zulawski, películas en los que penetrábamos en el mundo de la protagonista, en ese nuevo estado físico y mental, donde las cosas, los objetos, la existencia, y sobre todo, la memoria se volvían del revés, diferente, sumidos en una extrañeza terrorífica, donde todo se tornaba enfermizo y perturbador, y había que bucear en la memoria para comprender todo lo que estaba sucediendo, y sobre todo, hacia donde íbamos, en un viaje psíquico sobre nuestra identidad y memoria. La magnífica e hipnótica Marta Nieto es nuestra anti heroína que se mete en la piel y en la mente de C., una mujer obsesionada con su trabajo, que deberá lidiar con el conflicto que tiene, que la someterá y aislará, y la llevará a reencontrarse consigo misma, y emprender un viaje hacia lo más profundo de su alma y reconocerse en el espejo como le ocurría a Alicia, a verse de otra manera, y ver de otra manera, porque ella había cambiado, y todo había que mirar y sobre todo, relacionarse de formas diferentes.

C., a pesar de su envoltorio de rigidez y soledad, tiene a Iván, ese compañero que la quiere ayudar, una especie de ángel de la guarda para C., que interpreta con oficio y brillantez un estupendo Miki Esparbé, un tipo que estará a su lado, a pesar del aislamiento que se impone una mujer tan independiente como C., con esa maravillosa secuencia de la cafetería y el cine, que revela mucho tanto del problema de C., como de la relación que hay entre ellos dos, y otro personaje también revelador en la vida de C., como el de su madre, que hace Cristina García, que le ayudará a entender y a mirar en su pasado, donde se origina todo y es clave para entender que le ocurre. Giménez ha construido una película que no deja indiferente en absoluto, que sigue la senda de Nitbus y Timecode, donde la experimentación con la imagen y el sonido convierten lo más mínimo y el detalle más insignificante en algo extraordinario, done lo cotidiano se vuelve diferente porque uno se detiene a mirarlo desde otra perspectiva, donde el sonido es más un objeto físico, una especie de memoria en continuo movimiento, que nos puede ayudar a saber quiénes somos y sobre todo, quiénes son aquellos que nos rodean. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sedimentos, de Adrián Silvestre

SOY UNA MUJER TRANS.

“En el mundo, hay dos extremos para el género, hombre y mujer. Pero, en el medio, hay un montón de formas de expresarse, miles, millones. Yo creo que cada persona es una expresión en sí misma. Yo creo que esa es la riqueza del ser humano”.

Tina Recio en un instante de la película

Desde sus primeros trabajos, el director Adrián Silvestre (Valencia, 1981), se ha sensibilizado por los colectivos de mujeres inmigrantes, de género y LGBTI, como demuestran Exit, Un corto a la Carta (2012) y Natalia Nikolaevna (2014), sendos cortometrajes en los que se detenía en la inmigración femenina. En Los objetos amorosos (2016), su opera prima, relacionaba el tema de la mujer inmigrante con una relación lésbica, componiendo una mirada crítica, humanista y reveladora sobre los nuevos roles en una sociedad tremendamente cambiante y diversa, donde combinaba la ficción con el documento indistintamente. Con Sedimentos, su segundo trabajo hasta la fecha, se detiene en seis mujeres trans, pero no lo hace en su ambiente cotidiano, sino que se las lleva de viaje a pasar cinco días al pequeño pueblo leonés de una de ellas.

Magdalena Brasas, Alicia de Benito, Cristina Millán, Tina Recio, Saya Solana y Yolanda Terol son las seis protagonistas de esta película-viaje-conocimiento. Seis mujeres muy diferentes entre sí, unas más jóvenes que otras, unas con más experiencia, otras con menos, de caracteres diferentes, inquietudes y diversas formas de ver sus vidas y su entorno. Cinco días en los que estaremos siempre con ellas, conociéndolas mejor, escuchándolos mucho, porque la película de Silvestre es una película que se detiene en la escucha, en sus conversaciones, en sus lejanías y cercanías, siendo una más en este grupo heterogéneo y muy parecido, cada una con sus historias, sus recuerdos, su pasado, su relación con la sociedad, casi siempre fea y hostil, pero la película nunca cae en el victimismo y la tristeza, sino todo lo contrario, lo hace sin drama y a ratos, muy divertida, mostrando estas seis realidades de forma extraordinariamente cotidiana e íntima, con vitalidad y honestidad, en la que nos acabamos olvidando que estamos en una película, y nos convertimos en testigos privilegiados en conocer a estas seis almas que sin tapujos, ni obstáculos, ni prejuicios hablan entre ellas de todo, sus miedos, alegrías, inseguridades, sus transiciones, sus futuros y sobre todo, sus existencias.

La mágica y cercana luz de Laura Herrero Garvín, que conocemos por haber dirigido los interesantísimos documentales El remolino (2016) y La Mami (2019), en México, y el extraordinario trabajo de montaje del propio director, que además ha escrito, coproducido y dirigido la película, consigue fusionar con sabiduría y naturalidad tanto los interiores, con esa fraternidad y disputa entre ellas, y también, los exteriores, con esas visitas a la mina de carbón natural, con los sedimentos del título, con esas capas y estratos que conforman cada pliegue, y las diferentes rocas que surgen, y la fantástica visita a la cueva, con esas formas que se van creando que estimulan la imaginación y el proceso en el que se encuentra cada una de las diferentes mujeres. El director valenciano no hace solo seis retratos sobre estas mujeres trans, sino que sube muchos más peldaños, porque sus seis mujeres hablan y escuchan, pero sobre todo, nos visibilizan a las mujeres trans, contándonos sus experiencias a corazón abierto, totalmente libres, totalmente sinceras, echando toda la carne en el asador, y lo hacen de forma descarnada y desnuda, mientras comen, se divierten, discuten, se enfadan, conocen el entorno y se conocen entre ellas.

Sedimentos es la película que había que hacer, y hacerla a través de una sensibilidad tan sutil, tan de verdad, sin edulcorantes ni nada que se le parezca, sino así, tan natural, tan cercana, y tan maravillosa, porque por fuera poco, aparte de mostrarnos estas seis realidades trans de estas mujeres, también, nos reímos, porque es muy divertida por momentos, también, tierna y muy de piel y cuerpo, en todos esos reflejos que nos acaban contaminando de vida, de existencias, de ellas mismas, con sus alegrías, ilusiones, tiempos, pasado, sencillez, traumas, y sobre todo, humanidad. Me rindo a los pies de estas seis mujeres: Magdalena, Alicia, Cristina, Tina, Saya y Yolanda, que no solo son ellas mismas, tan transparentes y cercanísimas, sino que en muchas ocasiones durante la película, nos olvidamos de estar viendo una película, porque la propia película trasciende de su hecho para ser otra cosa, vivísima y universal, haciéndonos sentir testigos únicos de estar presenciando una cosa mágica, de verdad y llena de amor y humanidad.  Silvestre ha vuelto a hacer una película llena de vida, de conflictos, tanto ajenos como internos, y lanza una película donde el entusiasmo y valentía de sus protagonistas ayuda a que el mundo no lo veamos tan feo y mísero, sino con un poquito de belleza, gratitud, y libertad, que buena falta nos hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lobster Soup, de Pepe Andreu y Rafa Molés

EL VIEJO CAFÉ DE MARINEROS DE GRINDAVIK SE CIERRA.

“No nos podemos convertir en un país al servicio de los demás, porque sino perdemos nuestra alma”

Gudbergur Bergsson

Desde que se conocieron en la Facultad de Ciencias de la Información, Pepe Andreu (Elche, Alicante, 1973), y Rafa Molés (Castellón, 1974), han unido sus fuerzas y talento y han codirigido cuatro películas, cuatro retratos partiendo de una realidad desconocida, incómoda y versátil, que demuestra que los cineastas han cimentado una filmografía basada en la inquietud y la curiosidad de aquello que vive y se transforma, adentrándose en aspectos de la vida, de la memoria y la actualidad más íntima. En Five Days to Dance (2014), su opera prima, nos hablaban de los primeros pasos en el baile de unos aficionados, en Sara Baras: Todas las voces (2017), cruzaban el otro lado del espejo, y filmaban a una de las mejores bailaoras de los últimos años, en Operación Stuka (2018), rescataban de la memoria unos sucesos olvidados sobre las operaciones secretas de los nazis en la provincia de Castellón, y en Picotazos contra el cristal (2019), un documento sobre la educación actual y su cuestionamiento.

Su quinta película juntos, Lobster Soup, se trasladan al pequeño pueblo de Grindavik, en la costa oeste de Islandia, con sus poco más de 2400 habitantes, con sus bajísimas temperaturas, y más concretamente, en el Café Bryggjan, una cafetería junto al puerto, regentada por los hermanos Krilli, el que abre por la mañana y el cocinero de la famosa “Sopa de Langosta”, y Alli, alma mater del lugar, con su imponente físico, su barba blanca, que le da un aspecto de vikingo auténtico, y los demás parroquianos del lugar: el último boxeador de Islandia, el citado Gudbergur Bergsson, novelista y traductor de ”El Quijote” en islandés, y demás viejos marineros, ahora retirados, que hablan del mundo, de su pequeña comunidad, y de aquello otro y más allá. Andreu y Molés huyen del documental de postal, y penetran en el alma del lugar y de todas aquellas personas que conforman tan variopinto y auténtico lugar, mostrando su esencia, su lado humano y sobre todo, el contexto en el que se desarrolla. Un café en el que una vez por semana se habla de los que ya no están, de sus difuntos, otra noche, hay música en directo, y muchos días, se agolpan cientos de turistas, ansiosos por probar su famosa sopa y vivir la experiencia de conocer un lugar con seña e identidad, quizás el último que queda.

Lobster Soup tiene ese aspecto de documental antropológico de esa zona en cuestión de Islandia, con esas formas de ser tan peculiares, sus formas de hablar, de explicar y esos silencios que tanto llenan y cuentan, pero la película no se queda ahí, va muchísimo más allá, porque nos habla de cómo el turismo masivo ha cambiado todo, porque los turistas que llegan a parte de consumir “La Laguna Azul”, un espacio de aguas termales muy concurrido, se pasan por el Café Bryggjan, para degustar su sopa, y ver por última vez un lugar perdido en el tiempo y en el espacio, que todavía pervive a pesar de la globalización y el capitalismo, que todo lo consume y lo compra, aunque será por poco tiempo, porque los hermanos han recibido una sustanciosa oferta y todo cambiará, el café se convertirá en otra cosa, y los lugareños del lugar deberán buscarse otro espacio para pasar las horas y la vida. Aunque los directores valencianos no hacen una película nostálgica y triste, sino todo lo contrario, porque Lobster Soup es ante todo, una obra vitalista, llena de amor y vida hacia unas personas que recuerdan sus años de marineros de competitividad por quién capturaba más pescado, años de mar y de una forma de vida que va despareciendo, porque la película no solo muestra un tiempo que se pierde, sino también, una forma de vida, en la que estos hombres de mar representan, y el Café es ese espacio de tertulia, de amistad y fraternidad, y la película recoge sus últimos meses, donde todos acuden a despedirse por todos los años vividos, todos las charlas, todas las sopas.

Andreu y Molés han construido una película que bebe mucho de la atmósfera y el aroma que desprendía el cine de Ozu y su última película El sabor del sake (1962), con esos amigos bebiendo y recordando su vida, y el primer cine británico de los Loach, Frears y Leigh, donde después de una dura jornada laboral, todos bebían pintas y pasaban las penas, y Kaurismäki, con esos hombres de bar y cafés, con la jarra en la mano y escuchando música en vivo,  donde se emana felicidad, amor y fraternidad, y frente todo eso, el voraz capitalismo y ese turismo consumista y devastador que todo lo quiere ver, en el menor tiempo posible, y cuánto más mejor, donde todo se consume y nada se vive, nada se contempla, todo con prisa y ya. Ante esa vorágine estúpida, malsana y contaminante, los tipos del Café Bryggjan son una especie de limbo, de gentes que todavía viven y miran su alrededor, una especie de outsiders como los de las películas de Fuller o Jarmusch, o aquellos pistoleros de Grupo salvaje, de Peckinpah, que ante el avance de los nuevos tiempos con cacharros de motor, incluso algunos que vuelan, ellos preferían seguir siendo lo que eran, seguir siendo auténticos frente a un mundo cada vez más irreconocible, deshumanizado y lleno de estupidez. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El espía inglés, de Dominic Cooke

NUESTRO HOMBRE EN MOSCÚ.

“El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados”.

Del libro “El espía que surgió del frio”, de John Le Carré

El período de la Guerra Fría comprendido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta 1991 con la disolución de la URSS. Casi medio siglo de disputas, conflictos y guerras sucias y no declaradas entre las dos grandes potencias mundiales, los EE.UU. y la Unión Soviética. El cine, como no podía ser de otra manera, se ha nutrido de este contexto y ha producido muchas películas, entre las que destacan: Se interpone un hombre  (1953, Carol Reed),  ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964, Stanley Kubrick), El espía que surgió del frío (1965, Martin Ritt), Llamada para un muerto  (1966, Sidney Lumet), Cortina rasgada (1966, Alfred Hitchcock), El hombre de Makintosh  (1973, John Huston),  El silencioso (1973, Claude Pinoteau), El cuarto protocolo (1987, John Mackenzie), El topo (2011, Tomas Alfredson), El puente de los espías (2015, Steven Spielberg), son solo algunas de las películas que tratan el tema de la Guerra Fría, a veces de forma directa, y en otras, como telón de fondo, y en realidad, en cualquier lugar del mundo donde las dos potencias mantenían intereses políticos y económicos de toda índole.

Un cine que no solo habla de una de las épocas más convulsas en el mundo, que seguía a la iniciada en la 2ª Guerra Mundial, sino que también habla de seres humanos que, en mayor o menor media se vieron involucrados en la guerra sucia de los servicios secretos, como explicaba muy bien Nuestro hombre en La Habana (1959), del citado Carol Reed, una película que guarda muchas similitudes con El espía inglés (The Courier, en el original, traducido como “El mensajero”), porque también es un hombre de negocios que es reclutado por el servicio británico, peor si en aquella el objetivo era Cuba, ahora es Moscú, la URSS, donde debe relacionarse con el oficial disidente Oleg Penkovsky. Basada en hechos reales, la película se sitúa en el contexto más caliente de la Guerra Fría, en aquellos primeros años sesenta, con el epicentro de la crisis de los misiles, en octubre de 1963, cuando los soviéticos colocaron unos misiles en Cuba apuntando a los Estados Unidos.

A partir de un guion de Tom O`Connor, que recoge la atmósfera de lo mejor del género de espías, con esas ciudades europeas oscuras, llenas de misterio, con tipos extraños de gabardinas, sombreros y maletines, despachos clandestinos y cenas donde se desarrollará la política más sucia e invisible. Una gran cinematografía llena de matices y detalles que firma todo un veterano como Sean Bobbit, que tiene en su filmografía a nombres tan importantes como Steve MacQueen, Winterbottom, Neil Jordan y Barry Levinson, entre otros, el cadencioso y brillante montaje de otro veterano como Tariq Anwar, que ha trabajado con Sam Mendes, Tom Hooper y Nicholas Hytner, entre otros. El director Dominic Cooke (Wimbledon, Londres, Reino Unido, 1966), con experiencia en teatro en el prestigioso Royal Court, y en televisión con La corona vacía, y en el cine con En la playa de Chesil (2017), protagonizada por Saoirse Ronan, basada en una novela del prestigioso Ian McEwan que también hacía el guion, situada  también en 1962, pero con el relato de un amor imposible, de un amor enquistado en las puertas de la modernidad que todavía no había llegado.

Si la parte técnica es elegante y sofisticada, el elenco artístico no se queda atrás, porque tiene un grandioso reparto encabezado por Benedict Cumberbatch en la piel de Greville Wynne, el ingeniero metido a espía, que ya había trabajado con Cooke en televisión, donde despliega todo su ingenio de la vieja escuela británica: sutileza, elegancia, estilo y sobre todo, una forma profunda de mirar y hablar cuando es totalmente necesario, y esas réplicas Made in UK. Frente a él, el georgiano Merab Ninidze, que da vida al coronel que traiciona a su país, y las mujeres, porque en toda película de espías siempre deben haber mujeres, y no mujeres de una sola pieza, de compañía, sino todo lo contrario,  mujeres de verdad, como la esposa de Wynne, que hace Jessie Buckley, con el difícil encaje de seguir con su marido, sin poder saber nada, y creyendo que tiene una aventura, y la otra mujer, Emily Donovan, un alto cargo de la CIA, que juntamente con los británicos, están al mando de toda la operación para descubrir los planes militares de los soviéticos con Cuba.

Cooke logra una película admirable, llena de sorpresas, y construyendo una trama sólida, unos personajes que brillan desde su intimidad, su valentía y sus acciones, todo contando de forma sencilla y profunda, alejándose del heroísmo y la aventura, solo con personajes de carne y hueso, metidos en un embolao de mil demonios como le ocurre al personaje de Wynne, un tipo de negocios que juntamente con el oficial soviético, ayudaron a que el mundo no estallase en pedazos, esas pequeñas victorias, que quedan invisibles para todos, y gracias a la película, las descubrimos y no solo eso, también, entendemos el grandísimo trabajo que hicieron hombres y mujeres anónimos, y vemos la historia desde otra mirada, otro punto de vista, porque la historia, como decía José Luis Sampedro: “La historia siempre hay que reescribirla, porque constantemente descubrimos hechos y personas que tuvieron una gran importancia en ella, y de las que no sabíamos nada”. Pues lo dicho, El espía inglés rescata a Wynne y Penkovsky y los pone en el lugar de la historia y la memoria que se merecen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Petite Maman, de Céline Sciamma

NELLY Y MARION TIENEN UN SECRETO.

“Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”.

Cesare Pavese

De las cinco películas que componen la mirada de Céline Sciamma (Ponotise, Francia, 1978), es recurrente el tema de la edad temprana, tanto de la infancia en Tomboy (2011), como de la adolescencia en Naissance des Pieuvres (2007), su opera prima, en Girlhood  (2014), y en Cuando tienes diecisiete años (2016), de André Techiné, en la que actuó como coguionista. Todas ellas retratos de diferentes formas, estilos e intimidades, sobre los primeros amores, la transexualidad, la diversidad cultural, la violencia, etc… Después de la grandiosa Retrato de una mujer en llamas (2019), la que elevó el genio de Sciamma hacia los altares del cine, en las que nos transportaba a la Francia del siglo XVii, a través del amor entre una pintora y su modelo. La directora francesa vuelve a la infancia, a los primeros años, a los que ya retrató como coguionista en La vida de Calabacín (2016), de Claude Barras, excelente cinta de animación stop-motion sobre unos niños desamparados.

Ahora, lo hace con Petite Maman, una deliciosa e íntima película sobre una niña llamada Nelly, de ocho años que, después de perder a su abuela, va junto a sus padres a la casa de la fallecida para vaciarla. Una casa limítrofe con un bosque donde se tropezará con un secreto, porque entablará amistad con Marion, otra niña de su misma edad, que al parecer es su madre. Sciamma compone un delicado cuento de hadas, construyendo una película sencillísima y sensible, donde huye de todo artificio y piruetas argumentales o narrativas, para centrarse en ese maravilloso encuentro, o podríamos decir, reencuentro, nunca lo sabremos. Desmonta todo tipo de géneros, y nos sumerge en un extraordinario y conmovedor drama sobre la infancia, sobre el duelo en la infancia, sobre mirar al otro, sobre entender al otro, en un tiempo indeterminado, sin tiempo, en un espacio que es la misma casa, con leves pero significativas variaciones, y un bosque mágico, un universo totalmente infantil, donde los adultos siempre aparecen desde fuera, en el que todo lo que sucede solo es de ellas, esas confidencias, esas miradas, esos juegos, y sobre todo, el secreto que las ha juntado, las ha encontrado en el tiempo de la infancia de la madre, que la hija visita después de tantos años.

La cineasta francesa vuelve a contar con la cinematógrafa Claire Mathon, que ya estuvo en Retrato de una mujer en llamas, en otro trabajo apasionante, intenso y estilizado, aprovechando la luz natural tanto en los exteriores como interiores, creando toda esa luz que nos sumerge en el bosque, con esa cabaña como centro neurálgico de toda la trama, y la casa, la misma, que ejerce como lugar mítico y fabulador para toda la experiencia interior que viven tanto Nelly como Marion, una luz que nos acoge mediante planos largos todo el espacio de la película, sumamente cotidiano, pero a la vez, con ese toque fantástico, como de otro tiempo. El montaje lo firma Julien Lacheray, presente en todas las películas de Sciamma, donde realiza un grandísimo trabajo de delicadeza y cadencia, donde todo se desarrolla bajo el amparo de la fisicidad, donde cada corte nos lleva de un tiempo a otro, y al actual, todo muy sutil y sin estridencias, sumergiéndonos en ese otro tiempo no tiempo, donde tanto madre como hija tienen la misma edad y disfrutan y comparten de su tiempo juntas.

Petite Maman tiene el aroma que desprendían las Ana e Isabel de El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, Ponette (1996), de Jacques Doillon, Nana (2011), de Valérie Massadian, y las Frida y Anna, las dos niñas de Verano 1993 (2017), de Carla Simón, títulos que nos acercaban la infancia desde una perspectiva infantil, con sus miradas, sus juegos, sus confidencias, soledades y tristezas, donde la cámara descendía para mirarlas frente a frente, de igual a igual, cimentando la película a través de su tiempo, con sus existencias, pausando cada encuadre, asistiendo a la vida desde otro ángulo, otra mirada, encogiéndonos en otro tiempo, otro lugar y otra mirada, mucho más profunda, más calmada, y en otro universo. Rendirse y aplaudir a rabiar la maravillosa elección de las dos hermanas Joséphine y Gabrielle Sanz para encarnar a Nelly y Marion, respectivamente. Porque las dos niñas debutantes, no solo hacen creíbles sus personajes, sino que los envuelven en una deliciosa naturalidad y espontaneidad que, en muchos instantes, se acerca al tratamiento documental, a través de unas maravillosas interpretaciones resplandecientes, que son todo el epicentro del relato y las diferentes relaciones y conflictos que coexisten en la película.

Sciamma ha vuelto a emocionarnos y maravillarnos con su mirada sobre la infancia, filmada en la ciudad de Cergy, donde la directora creció, acompañándonos en este ejemplar y brillantísimo cruce entre el drama íntimo, el fantástico y lo rural, sobre  las difíciles relaciones materno-filiales, sin olvidarse de los adultos, con esa madre que huye de los conflictos, y ese padre en sus cosas, y mientras tanto, dos niñas, madre e hija, se han encontrado, y no solo eso, que entre las dos viven su propio duelo, entre este espacio-limbo cinematográfico que la película evoca de forma apasionante, honesta y sencillísima, en un interesante ejercicio donde todos nosotros no solo nos vemos reflejados en la relación que propone la película, sino que cada uno en su imaginación o no, ha vislumbrado como sería el encuentro con nuestras madres o padres cuando eran niños, quizás, como explica Sciama, no se trata solo de imaginarlo, sino de vivirlo, y sobre todo, sentirlo para que de esa manera se produzca y ocurra dentro de nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El sustituto, de Óscar Aibar

LA SOLEDAD DEL PERDEDOR.

“Un héroe lo es en todos sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma”.

Thomas Carlyle

Erase una vez un tipo llamado Andrés Expósito, alguien de infancia dura, un poli curtido en los barrios obreros llenos de quinquis de finales de los setenta. Alguien que deja Madrid buscando el aire y la tranquilidad de la costa levantina, más concretamente el de Denia (Alicante), junto a su mujer e hija pequeña, que aquejada de una enfermedad, necesita respirar mejor. Estamos en la primavera-verano de 1982, con los juicios del 23-F, y el Mundial de Fútbol que se celebra en España para aparentar al mundo una modernidad falsa, que escondía otra realidad más siniestra y violenta. En un lugar tranquilo, aparentemente, Andrés se encontrará con un pasado terrible que las autoridades ocultan y sobre todo, lo protegen. El séptimo trabajo de Óscar Aibar, Barcelona, 1967), sigue la línea de algunas de sus películas, recordamos Atolladero (1995), su opera prima, donde en un pequeño pueblo de una Texas pos atómica, el joven ayudante del sheriff, interpretado por Pere Ponce, hacía lo imposible por largarse ante la oposición del cacique de turno, y El bosc (2012), a partir de un cuento de Albert Sánchez Piñol, un interesante cruce entre la retaguardia de la Guerra Civil Española en un pequeño pueblo del bajo Aragón, y otros mundos fantásticos.

No es la primera vez que el cine de Aibar se cuece a partir de un hecho histórico real, en su segunda película Platillos volantes (20014) recogía unos extraños sucesos ocurridos en la Terrassa de 1972, en los que dos amigos creían haber recibido una llamada de los extraterrestres. En el cine del director barcelonés siempre encontramos un denominador común, sus protagonistas son tipos a contracorriente, individuos que se desplazan de lo normativo para hacer la guerra por su cuenta, gentes solitarias, de pocos amigos o ninguno, héroes cotidianos e invisibles, que intentan romper esa paz impuesta y hacer su propia guerra, aunque para ellos deban pagar un precio demasiado alto. Andrés Expósito es un tipo así. Alguien que empieza a investigar una muerte, la del compañero que sustituye, a escondidas, solo con la única ayuda de Colombo, un cincuentón amargado, enfermo y vilipendiado en la comisaría, que guarda un secreto que compartirá con Andrés. La investigación lo llevará a conocer a Eva, una joven doctora demasiado ambiciosa, y le enfrentará a la oposición de Barea, su corrupto y franquista jefe.

Aibar, con el guion que firma junto a María Luisa Calderón, rescata un suceso histórico y totalmente oculto, la de un grupo de nazis que descansan escondidos en la paradisíaca Denia, disfrazados de respetados alemanes y promotores inmobiliarios, y viviendo a cuerpo de rey, donde nos llevarán las pesquisas de Andrés con la ayuda del decadente Colombo. La película goza de una grandísima factura técnica, el arte de Uxua Castelló (que ha trabajado en películas de Coixet, Querejeta y Ballús, entre otras), el sonido de Eduardo Esquida, que ya estuvo en El gran Vázquez (2010), donde Aibar registraba la vida y milagros del famoso dibujante de cómics, la excelente composición musical del francés Manuel Roland, el ágil, exquisito y extraordinario montaje de una grande como Teresa Font, que se encargó del de Fanny Pelopaja (1984), y de Luna caliente (2019), ambas de Aranda, con las que dialoga muy estrechamente El sustituto, y la brutal, imaginativa y solidez de la cinematografía de Álex de Pablo (habitual en el cine de Sorogoyen), y el brutal trabajo de caracterización de Pepe Quetglas, toda una institución en el cine español en el que lleva medio siglo trabajando.

Qué decir del magnífico elenco de la película, encabezado por un asombroso Ricardo Gómez, con ese bigote y esa planta poderosísima, que este mismo año ha interpretado a Moi, un tipo depresivo en la interesante Mia y Moi, y luego, este Andrés, un personaje diez años más mayor que él, que con esa imagen nos recuerda al Poncela de Las aventuras de Pepe Carvalho, y el Raúl Arévalo de La isla mínima, todo un reto que el actor madrileño supera con creces, dotando a su personaje de credibilidad, fuerza y vulnerabilidad. A su lado, una interesante Vicky Luengo en la piel de Eva, la doctora que ayudará a Andrés, y también velará por sus intereses, una femme fatale en toda regla que no estaría muy lejos de la  Phyllis Dietrichson de Perdición, en otra buena composición de la joven actriz. Colombo, el poli cansado, enfermo y agujereado, al que da vida un inmenso Pere Ponce, que aparece en cinco de la siete películas dirigidas por Aibar, en un personaje caramelo, en las antípodas de aquel joven de Atolladero, quizás el futuro de aquel que no logró salir del pueblo, que parece sacado de las películas de Peckinpah, tipos de vueltas de todo, perdedores de siempre, vaciados de vida, llenos de alcohol, y metidos en mil y historias y ninguna beneficiosa. Y luego, toda esa retahíla de secundarios, que ayudan a que el conjunto desprenda naturalidad, composición y cercanía como ese jefe que hace Joaquín Climent, más en el bar que en la comisaría, nostálgicos del antiguo régimen, o el joven fascista de Fuerza nueva que hace Pol López, un actor tremendo, esa putita que hace la extraordinaria Marta Poveda, y los nazis, el actor belga Frank Feys, que lleva muchos años trabajando en el cine español, hace de Klaus, un respetable hombre de negocios y un miserable oculto, y el veterano Hans-Peter Deppe da vida al nazi doctor muerte, ahora un tranquilo anciano en su retiro dorado.

Aibar hace su mejor película, porque tiene tensión, una violencia seca, como esa espectacular secuencia de persecución que recuerda a las mejores cintas del género policiaco, con una atmósfera acojonante, llena de matices y detalles cuidados al máximo, donde cada objeto tiene su presencia y su porqué, como esa navaja que recuerda a aquella otra que aparecía en Leo (2000), de José Luis Borau. El sustituto tiene una trama creíble y reposada, y unos personajes muy cercanos, que a veces se salen con la suya, y otras, pierden de forma abrupta, y en el centro Andrés que recuerda tanto a la soledad de Will Kane de Solo ante el peligro, y al Terry Malloy de La ley del silencio, con el mejor aroma del noir que tanto elevó la genialidad de Melville, y el thriller político e íntimo que se hacía en el cine estadounidense de los setenta con los Lumet, Schlesinger, Boorman, etc…, con unas imágenes sucias, que rompen el alma y desencadenan el abismo, con las películas Marathon Man, Odessa y Tras el cristal en el horizonte, sumergiéndonos en un lugar tranquilo donde nunca pasa nada, porque el mal en persona, representado en esos nazis ancianos que se han escondido muy bien, ayudados por las autoridades de la nueva democracia española que tanto se parece al franquismo, que los mismos gobernantes decían que ya formaba parte del pasado. Una sinrazón pero en fin, ahí seguimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA