Pan de limón con semillas de amapola, de Benito Zambrano

EL AMOR A LOS DEMÁS.

“Tienes que aprender a ser tú misma. A tomar tus propias decisiones. A no tener miedo al qué dirán. A que te importe una mierda lo que dicen tus amigas.”

Cristina Campos, Pan de limón con semillas de amapola.

De las cinco películas que he hemos visto de Benito Zambrano (Lebrija, Sevilla, 1965), las tres últimas están basadas en novelas. Tanto su anterior trabajo, Intemperie (2018), que partía de la novela homónima de Jesús Carrasco, como en La voz dormida (2011), de un libro de la desaparecida Dulce Chacón. Ahora, nos llega Pan de limón con semillas de amapola, escrita por Cristina Campos, que ha coescrito el guión con Zambrano, que tiene mucho que ver con La voz dormida, porque aquí también hay dos hermanas y muy diferentes entre sí, y que están obligadas a convivir y mirarse. La película cuenta un relato femenino, íntimo y lleno de amor, donde dos hermanas, Marina y Anna, muy diferentes entre sí, la primera, doctora cooperante que viaja por el mundo ayudando a los demás, y la otra, una infelizmente casada y con una adolescente rebelde Anita como hija. Sus vidas, separadas en la adolescencia, se reencuentran en Valldemossa, un pequeño pueblo del interior de Mallorca, porque una mujer, que desconocen por completo, y acaba de morir, les ha donado su panadería.

Una película que habla de todo aquello que se cuece en nuestros interiores, todo aquello que ocultamos a los demás, todos nuestros anhelos, ilusiones, tristezas, desamores, momentos únicos, o esa felicidad que a veces nos empeñamos en sacarla de nuestras vidas, ya sea por miedo, desilusión o simplemente, por torpeza. Zambrano ha construido un sencillo y brillante cuento, una de esas fábulas contemporáneas que nos remiten a las historias universales, porque la película se centra en este especial y peculiar reencuentro de las dos hermanas, en todo aquello que fueron y ahora son, en todo aquello que las aleja y sobre todo, en todo aquello que las acerca, en su relación, en su memoria, y también, en el amor que se tienen por muy diferentes que son. Y las coge en un momento de sus vidas crucial, porque una quiere adoptar a una bebé africana que le ha caído del cielo, y la otra, pierde todo su patrimonio y se separa del marido, además, le detectan un cáncer. La vida y sus oportunidades, es otro tema de los que se detiene la película, peor lo hace desde la sensibilidad y la naturalidad, sin caer en ningún dramatismo ni nada que se le parezca.

La película tiene el aroma y el encantamiento que tenía Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, también basada en una novela de Laura Esquivel, en la que el amor y la comida eran piezas fundamentales de la trama. En Pan de limón con semillas de amapola, el relato gira en torno a un secreto, el de ese ingrediente especial que nadie sabe del famoso pan dulce, y la memoria del pueblo y sobre todo, de la panadería y la tal Lola, la mujer que ha dejado el establecimiento como herencia a Marina. La delicada y luz mediterránea de Marc Gómez del Moral (que ha trabajado en trabajos de nombres tan importantes como Isaki Lacuesta, Leticia Dolera y Mariano Barroso, entre otros), el ágil y fabuloso trabajo de montaje de la gran Teresa Font, sobran las palabras para una gran montadora que ha dejado su sello en más de 90 títulos. El extraordinario trabajo de interpretación encabezado por actrices poco conocidas para el gran público, ayuda a la credibilidad y espontaneidad que hay en todo el dibujo, con una grandísima Elia Galera como Marina, esa doctora que ayuda a los demás, y deberá ayudarse a sí misma y sobre todo, a los suyos, con los que acaba de reconciliarse, además, deberá reencontrarse en el pueblo donde creció y remover su pasado y sus orígenes.

Frente a un personaje de movimiento y viajero, nos encontramos a otro totalmente contrario, como el de Eva Martín, que hace de Anna, la antítesis de Marina, el otro lado del espejo, esa mujer que ha perdido su estatus económico y debe reconstruirse y afrontar el mayor reto de su vida, la enfermedad que tiene encima. Y luego está el reparto, igual de importante, en su calidez y coralidad, con Mariona Pagès es Anita, que tendrá un espejo donde mirarse en su tía, y se verá trastocada por el problema de su madre y la nueva vida que está al caer. Y mención especial a Pere Arquillué, siempre solvente, en un papel muy antipático, el marido de Anna, el que lo pierde todo por sus malas artes y su vida disoluta, y las dos grandes maravillas que son Marilú Marini, la veterana actriz argentina, toda una institución en el teatro francés, que regenta el hotel donde se hospeda Marina, y que tendrá una gran relación con las hermanas y esta nueva familia, y Claudia Faci, una brillantísima bailarina y coreógrafa de danza, en el papel de la difícil y muy suya Catalina, la empleada de la panadería y amiga de Lola, una llave para abrir el pasado aunque cuesta la vida entera.

El director sevillano, con su buen hacer y su dominio de la narrativa, y ese don de hacer muy suyas historias ajenas, donde sus personajes siempre se enfrentan entre sí, y a un problema muchísimo mayor para ellos, pero como pueden y mucho esfuerzo y sacrificio, logran sacar adelante, aunque siempre pierden cosas, porque los relatos de Zambrano están pegados a la tierra y a sus cosas. El lebrijano ha construido a fuego lento y con aroma de primavera, con sus nubarrones naturales, una gran historia de amor y amistad de dos hermanas, sobre ayudar a los demás, ayudarse a uno mismo, y sobre quiénes somos y de dónde venimos, y de cómo afrontar los problemas y conflictos que se presentan en la vida, saber encararlos y no tener miedo, o solo lo justo, pero un miedo que no nos acobarde, sino todo lo contrario, que nos haga más fuertes, más decididos y más nosotros, sin dejar nunca de lado a todos aquellos y aquellas que queremos, porque la vida se va, y podemos dejar a las buenas personas demasiado alejadas de nuestras vidas, y son importantísimas para tenerlas cerca y compartir la vida y todos sus momentos, con sus agridulces, con sus aromas y sus sabores, aunque de tanto sean tan amargos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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