Entrevista a Marcús JGR

Entrevista a Marcús JGR, músico de la película «El vientre del mar», de Agustí Villaronga, en la cafetería del Conservatori del Liceu en Barcelona, el miércoles 10 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcús JGR, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pep Armengol, estimado amigo, por el retrato que acompaña la publicación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El vientre del mar, de Agustí Villaronga

LA BALSA DEL HORROR.

“Quien ha visto la verdad permanecerá para siempre inconsolable”

El cine de Agustí Villaronga (Palma de Mallorca, 1953), siempre se ha movido, o mejor podríamos decir, que se ha adentrado en todo aquello que no queremos ver, en todos aquellos universos sórdidos y horribles del alma humana. Mundos cotidianos, pero mundos oscuros, donde lo más miserable y terrible de la condición humana hace acto de presencia, con unos personajes a la deriva, condicionados por un entorno durísimo, áspero y sobre todo, unos individuos atrapados en una realidad que ahoga, que no te suelta, y te convierte en un monstruo sin consuelo. Después de unas cuantas películas de presupuesto generoso, como Incierta gloria (2017), y aún más, Nacido rey (2019), la intención del cineasta mallorquín era levantar una obra teatral basándose en un episodio de la novela “Oceano mare”, de Alessandro Baricco, que relata el naufragio de la fragata francesa Alliance en junio de 1816. La pandemia obligó a cambiar los planes, y del teatro pasó al cine. Villaronga vuelve a adaptar un texto ajeno, seis de sus once trabajos lo son, como ya hiciera con Simenon, Blai Bonet y Joan Sales, entre otros,  y nos sitúa en un relato que cuenta lo que sucedió, desde el presente, aunque la estructura viajará indistintamente por diferentes tiempos, creando ese caleidoscopio irreal y de miedo, adentrándose en el alma de los náufragos.

Dos de los nueve supervivientes explican a las autoridades lo sucedido, con esos rostros, mirándose y desafiándose, situados frente al estrado, frente al juicio, frente a los que escuchan. Por un lado, tenemos al oficial médico Savigny, implacable y malvado, y por el otro, Thomas, un marinero raso, que es la otra cara de Savigny, o mejor dicho, la cara más humana de toda la experiencia vivida. La película juega con todos los espacios, el físico y natural, con el mar asfixiando la balsa y sus maltrechos tripulantes, en la que también incluye imágenes de In the Same Boat, de Francesco Zizola, y de la pintura “la balsa de la medusa”, de Théodore Géricault, que evoca el terrible naufragio, y el mental y onírico, situado en una antigua fábrica vitícola, en un trabajo exquisito de Susy Gómez, donde todo acaba convirtiéndose en un único espacio, mezclado entre lo físico y lo psíquico, entre lo natural y lo artificial, entre lo vivido y lo soñado, entre lo humano y lo animal, donde las raíces originarias del proyecto teatral quedan muy presentes, y las del cine primitivo igual, con esas transparencias, donde es tan importante lo que vemos, como aquello que imaginamos, o creemos ver, o vemos sin ver., en una magnífica idea que recuerda los grandes títulos del terror y fantástico, cuando la fuerza era sugerir más que mostrar.

La excelente cinematografía, firmada por Josep M. Civit, cinco trabajos con Villaronga, y Blai Tomàs, que firma su primera codirección, después de algunas películas en el equipo de cámara, ayuda a sumergirnos en todos los mundos que nos presenta la película, con esos juegos de espejos entre el blanco y negro y el color, eso sí, un color apagado, triste y oscuro. El reposado y penetrante montaje de Bernat Aragonés, que condensa con inteligencia los breves pero intensísimos setenta y seis minutos de metraje, que firma su primer trabajo con Villaronga, en una filmografía en la que encontramos trabajos con Isabel Coixet y Belén Funes. Y finalmente, la música de Marcus J.G.R., tercer trabajo con el cineasta mallorquín, captando a la perfección todas las texturas, pieles, cuerpos y sangres que coexisten en una historia que desde el pasado nos habla del presente, de todos los males humanos y no humanos, como la lucha de clases, las continuas inmigraciones, y los más bajos instintos salvajes y animales del ser humano o lo que quede de él, desde la avaricia, la violencia, el egoísmo, el miedo, la desesperación, la locura, la falta de piedad y empatía, entre muchas otras.

Todas esas oscuras emociones que aparecen en una situación donde la vida y la muerte se confunden, donde cada día vivo es un día menos para sobrevivir o morir. Villaronga confía plenamente en sus dos intérpretes principales: vuelve a contar con grandísimo Roger Casamajor, probablemente el mejor actor de toda su generación, en su cuarto trabajo con el director, con el que debutó en el año 2000 con El mar, con su excelente y crápula Ramallo, inolvidable. Ahora se mete, con su peculiar sutileza y profundidad, un actor tan físico y expresivo, en la piel de Savigny, una especie de Coronel Kurtz, completamente ido y lleno de ira y violento, un dictador de la balsa, imponiendo su ley y su voluntad, alzándose en el inquisidor de la travesía, que ya amenaza grandes dificultades externas, por su frágil estructura y los contratiempos del mar, y a más, la balsa convertida en una embarcación, si se le puede llamar así, donde sobrevivir es un milagro, donde cada día se convierte en una odisea, por la falta de todo: compañerismo, hermandad, comida, agua, y esperanza, sobre todo, esperanza.

Frente a Casamajor, la excelente interpretación de Òscar Kapoya, debutante en la gran pantalla, después de trabajar en varias series de TV3, con el que protagoniza un grandioso duelo interpretativo, encarnando las dos formas de ver, sentir y vivir la experiencia del naufragio, que va desde lo humano a lo más alejado, entre todo lo que somos y en que nos convertimos, entre las múltiples facetas que hay entre el bien y el mal, entre lo que queda de nosotros, y en todo aquello en que nos podemos convertir, entre los diferentes tonalidades de lo oscuro y la maldad. Villaronga ha construido una película pequeña y humilde, pero de resultados grandiosos y profundos, donde a partir de un hecho histórico, construye toda una parábola de aquel mundo y de todos los que lo han precedido, porque tristemente los males del hombre nunca terminar, y continúan persistiendo, donde la idea de fraternidad y cooperación ha muerto, y seguimos comiéndonos unos a otros, sea como sea, y donde sea, porque si hay una cosa clara que explica acertadamente El vientre del mar, que no es una cosa de colores, formas y demás diferencias, sino que ante la desesperación y la muerte, todo conocimiento y humanidad desaparecen, y no somos nada, solo animales hambrientos sedientos de sangre y horror. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Saya Solana y Adrián Silvestre

Entrevista a Saya Solana y Adrián Silvestre, actriz y director de la película «Sedimentos», en la terraza de la Cafetería Menssana en Barcelona, el lunes 22 de noviembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Saya Solana y Adrián Silvestre, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sandra Carnota de Begin Again Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sedimentos, de Adrián Silvestre

SOY UNA MUJER TRANS.

“En el mundo, hay dos extremos para el género, hombre y mujer. Pero, en el medio, hay un montón de formas de expresarse, miles, millones. Yo creo que cada persona es una expresión en sí misma. Yo creo que esa es la riqueza del ser humano”.

Tina Recio en un instante de la película

Desde sus primeros trabajos, el director Adrián Silvestre (Valencia, 1981), se ha sensibilizado por los colectivos de mujeres inmigrantes, de género y LGBTI, como demuestran Exit, Un corto a la Carta (2012) y Natalia Nikolaevna (2014), sendos cortometrajes en los que se detenía en la inmigración femenina. En Los objetos amorosos (2016), su opera prima, relacionaba el tema de la mujer inmigrante con una relación lésbica, componiendo una mirada crítica, humanista y reveladora sobre los nuevos roles en una sociedad tremendamente cambiante y diversa, donde combinaba la ficción con el documento indistintamente. Con Sedimentos, su segundo trabajo hasta la fecha, se detiene en seis mujeres trans, pero no lo hace en su ambiente cotidiano, sino que se las lleva de viaje a pasar cinco días al pequeño pueblo leonés de una de ellas.

Magdalena Brasas, Alicia de Benito, Cristina Millán, Tina Recio, Saya Solana y Yolanda Terol son las seis protagonistas de esta película-viaje-conocimiento. Seis mujeres muy diferentes entre sí, unas más jóvenes que otras, unas con más experiencia, otras con menos, de caracteres diferentes, inquietudes y diversas formas de ver sus vidas y su entorno. Cinco días en los que estaremos siempre con ellas, conociéndolas mejor, escuchándolos mucho, porque la película de Silvestre es una película que se detiene en la escucha, en sus conversaciones, en sus lejanías y cercanías, siendo una más en este grupo heterogéneo y muy parecido, cada una con sus historias, sus recuerdos, su pasado, su relación con la sociedad, casi siempre fea y hostil, pero la película nunca cae en el victimismo y la tristeza, sino todo lo contrario, lo hace sin drama y a ratos, muy divertida, mostrando estas seis realidades de forma extraordinariamente cotidiana e íntima, con vitalidad y honestidad, en la que nos acabamos olvidando que estamos en una película, y nos convertimos en testigos privilegiados en conocer a estas seis almas que sin tapujos, ni obstáculos, ni prejuicios hablan entre ellas de todo, sus miedos, alegrías, inseguridades, sus transiciones, sus futuros y sobre todo, sus existencias.

La mágica y cercana luz de Laura Herrero Garvín, que conocemos por haber dirigido los interesantísimos documentales El remolino (2016) y La Mami (2019), en México, y el extraordinario trabajo de montaje del propio director, que además ha escrito, coproducido y dirigido la película, consigue fusionar con sabiduría y naturalidad tanto los interiores, con esa fraternidad y disputa entre ellas, y también, los exteriores, con esas visitas a la mina de carbón natural, con los sedimentos del título, con esas capas y estratos que conforman cada pliegue, y las diferentes rocas que surgen, y la fantástica visita a la cueva, con esas formas que se van creando que estimulan la imaginación y el proceso en el que se encuentra cada una de las diferentes mujeres. El director valenciano no hace solo seis retratos sobre estas mujeres trans, sino que sube muchos más peldaños, porque sus seis mujeres hablan y escuchan, pero sobre todo, nos visibilizan a las mujeres trans, contándonos sus experiencias a corazón abierto, totalmente libres, totalmente sinceras, echando toda la carne en el asador, y lo hacen de forma descarnada y desnuda, mientras comen, se divierten, discuten, se enfadan, conocen el entorno y se conocen entre ellas.

Sedimentos es la película que había que hacer, y hacerla a través de una sensibilidad tan sutil, tan de verdad, sin edulcorantes ni nada que se le parezca, sino así, tan natural, tan cercana, y tan maravillosa, porque por fuera poco, aparte de mostrarnos estas seis realidades trans de estas mujeres, también, nos reímos, porque es muy divertida por momentos, también, tierna y muy de piel y cuerpo, en todos esos reflejos que nos acaban contaminando de vida, de existencias, de ellas mismas, con sus alegrías, ilusiones, tiempos, pasado, sencillez, traumas, y sobre todo, humanidad. Me rindo a los pies de estas seis mujeres: Magdalena, Alicia, Cristina, Tina, Saya y Yolanda, que no solo son ellas mismas, tan transparentes y cercanísimas, sino que en muchas ocasiones durante la película, nos olvidamos de estar viendo una película, porque la propia película trasciende de su hecho para ser otra cosa, vivísima y universal, haciéndonos sentir testigos únicos de estar presenciando una cosa mágica, de verdad y llena de amor y humanidad.  Silvestre ha vuelto a hacer una película llena de vida, de conflictos, tanto ajenos como internos, y lanza una película donde el entusiasmo y valentía de sus protagonistas ayuda a que el mundo no lo veamos tan feo y mísero, sino con un poquito de belleza, gratitud, y libertad, que buena falta nos hace. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA