El hombre del saco, de Ángel Gómez Hernández

ÉRASE UNA VEZ EN GÁDOR EN 1910…

“Llega temprano a casa porque si no te va a llevar el hombre del Saco”.

La leyenda del Hombre del Saco es de sobra conocida, pero muy pocos conocen de dónde viene la famosa retahíla paterna para infundir temor a sus hijos rebeldes. El segundo largometraje de Ángel Gómez Hernández (Algeciras, Cádiz, 1988), da buena cuenta de ello, haciendo referencia al caso real de Francisco Ortega conocido como “EL Moruno” que, enfermo de tuberculosis, secuestró y asesinó a un niño de siete años con el fin de curarse con su sangre en Gádor, un pueblo de Almería allá por 1910. El asesino fue detenido y ejecutado por Garrote Vil. El caso se convirtió en leyenda y ha pasado de generaciones en generaciones. Del director conocíamos la estimable y sugerente Voces (2020), interesante cuento de terror clásico y psicológico protagonizado por una familia y su pequeño que escucha las mencionadas voces. Ahora, nos llega una vuelta de tuerca, porque deja el terror adulto para centrarse, a partir de la citada leyenda, en una mezcla de misterio juvenil, con el mejor aroma de Los cinco, la serie de novelas para chavales de la escritora británica Enid Blython, y el film Los goonies (1985), de Richard Donner, y el cuento de terror clásico, con pueblo de por medio, y protagonizado por chicos y chicos, los del lugar, y unos recién llegados. 

La película está destinada para un público infantil y juvenil, teniendo en cuenta la edad de sus jóvenes protagonistas, y la índole del enredo oscuro en el que están metidos. Tiene lugares comunes como el verano, las bicicletas, la casa abandonada, niños y niñas desaparecidos que siguen aumentando la leyenda más de un siglo después, adultos muy escépticos, y algún que otro extraño personaje que malvive escondido y muerto de miedo. La resolución del misterio se cuenta mediante la aventura tras este grupo de detectives amateurs que siempre van más allá, y desafían su propio miedo y rebeldía, para adentrarse en la oscuridad que se cierne sobre el citado pueblo, las inquietantes afueras y sobre todo, los hermanos y amigos desaparecidos. La trama nace a partir de una idea de Manuel Facal, Ignacio García Cucucovich y el propio director, con guion de Juma Fodde, del que hemos visto No dormirás y Lobo feroz, dos sendos viajes al terror. Esta vez, se centran en los niños y niñas y en sus pesquisas detectivescas, en una trama convencional, que sorprende poco, aunque contiene algún que otro momento interesante, como la aparición de cierto personaje que da a la historia una dosis de tensión e inquietud que le viene muy bien, o ese breve flashback en el que, muy inteligentemente, nos ponen en conocimiento del origen real de la leyenda, y la rareza de cierto personaje, una especie de “rara avis” dentro del pueblo, una activista de las causas perdidas. 

El director gaditano confía la parte técnica en monstruos del panorama español como el cinematógrafo Javier Salmones, todo un veterano con con más de 40 años de carrera y más de 80 títulos, con directores de la talla de Fernando Colomo, Gonzalo Suárez, José Luis Cuerda y Paco Plaza, entre otros. El montaje de Luis de la Madrid, con más de medio centenar de películas, entre los que destaca el terror al lado de nombres consumados como los de Jaume Balagueró, Guillermo del Toro y Miguel Ángel Vivas, que curiosamente hizo un corto llamado El hombre del Saco (2002). La música de Jesús Díaz, que vuelve a colaborar con el director, después de la experiencia de Voces, es una de las mejores bazas de la cinta. El reparto, una interesante mezcla de jóvenes intérpretes con experiencia en el género, en su mayoría, con otros, los adultos, llenos de rostros con experiencia. Entre los menores nos encontramos a Luna Fulgencio que, a pesar de su corta edad, sólo 12 años, ya ha trabajado en más de 20 títulos, entre los que destaca las comedias con Santiago Segura, series como El ministerio del tiempo, La valla y La caza, entre otras, y thrillers como Durante la tormenta, La casa de caracol, y más. Lucas de Blas, que era el niño de la citada Voces, Carlos González Morollón, que recordamos por ser uno de los hermanos albinos de la reciente Tin & Tina, amén de varias comedias, Claudia Placer, que hemos visto en las terroríficas Verónica y La influencia, Lorca Prada, que estaba en la intensa Adiós, de Paco Cabezas, Iván Renedo, con experiencia en la serie Estoy vivo, y otra de terror como Malasaña 32, Carla Tous, en la serie 30 monedas, de Álex de la Iglesia, y el debutante Guillermo Novillo. 

Los adultos son viejos conocidos de Gómez Hernández como Macarena Gómez y Javier Botet, que fueron habituales en sus cortometrajes, encarnando, respectivamente, la madre recién llegada con la idea de empezar de nuevo con sus tres hijos, y Botet, del que mejor no desvelamos nada, y Manolo Solo que, como ocurre con Botet, mejor mantenemos la incógnita de su identidad. Las mejores bazas de El hombre del Saco son su atmósfera, algunas apariciones, y nunca mejor dicho, el misterio, que mantiene el interés, y el concepto de la amistad cuando eres chaval, quizás la mejor época para saber qué es la amistad de verdad, a pesar de los conflictos, tan humanos. Las cosas a mejorar podrían ser la de anunciar a Javier Botet en el cartel le resta sorpresa e interés, porque ya sabemos de su historial cinematográfico, no todos los personajes de niños y niñas están definidos y hay un poco de caos con tanto rostro y conflicto, la trama, aunque no plana, resulta demasiado convencional y poco sorpresiva, aunque, insisto, la película está destinada al público más joven, y quizás, la película les gustará y les hará pasar un buen rato, porque por mucho que se diga, entretenerse también está muy bien. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Algún día nos lo contaremos todo, de Emily Atef

LA PASIÓN OCULTA DE MARÍA. 

“Durante la noche, él la codiciaba y ella se entregó”.

La semana pasada llegó a nuestros cines la película Más que nunca, de Emily Atef (Alemania Occidental, 1973). Un durísimo drama de una mujer enferma rodado de forma sensible y cercana, alejada de sentimentalismos y crudeza innecesaria. Una semana después se estrena otra película de Atef, Algún día nos lo contaremos todo (del original, Igendwann werden wir uns alles erzählen), basada en la exitosa novela homónima de Daniela Krien, que firma el guion junto a la directora, en la que también se apoya en una mujer, María de 19 años de edad, apasionada y soñadora, que prefiere leer libros como Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, que acudir a clase. Vive en la Alemania Oriental a punto del colapso del verano de 1990, en una granja con su novio Johannes y la familia de éste. Al igual que Hélène, la protagonista de Más que nunca, María también se siente sola, vacía y perdida, como los habitantes de esa RDA poscomunista que se vieron consumidos por la Alemania Occidental, se ve trastocada con en el encuentro con Henner, un granjero solitario y huraño que vive en la granja de al lado. Un deseo y pasión desbordantes se apoderan de María que no puede sucumbir a una relación con un hombre de 40 años, rudo, salvaje, oculto y prohibido, que también ama la lectura. 

La directora franco-iraní mezcla con astucia y sabiduría dos frentes, el personal y el político. María que tiene una relación con Johannes, tranquila, acomodada y convencional, con la otra con Henner, pura pasión, violenta, cruda e inesperada. Y también, tenemos la coyuntura política, esa Alemania Oriental absorbida por la otra Alemania, con problemas económicos, y llena de incertidumbre e inquietud a unos ciudadanos que no saben que será de sus trabajos, algunos sin empleo y otros, sudando mucho para ganar poco y mal. Dos frentes que escenifica muy bien la vida de María, con esas dos casas, la de su novio, y la de su madre, sin empleo y depresiva, a la que suma otra, la de Henner, que pertenece a un pasado que ya no volverá, un pasado que ese verano borrará para siempre. Lo íntimo y lo personal mezclado con lo social y lo político, de una forma brillante, sin caer en demasiadas explicaciones. Una situación caótica y desesperante que se manifiesta con ese hijo que pasó al otro lado y resquebrajó la familia en dos, esos dos mundos entre los que se cimenta la película, en que María, absoluta protagonista, representa con cercanía, temor y locura, en esa existencia de Robinson Crusoe en la que está, sin saber qué hacer, perdida en sus emociones, en ese no futuro que les espera a millones de habitantes de la Alemania Oriental que se vieron obligados a vivir de otra manera, a ser y sentir diferente. 

El inmenso paisaje de Turingia sirve como implacable escenario y se erige como otro de los personajes de la película, una belleza deslumbrante y trágica, que recuerda a la de las películas de Malick como Días del cielo y Vida oculta, sendos dramas rurales en los que se mira Algún día nos lo lo contaremos todo, donde abundan los silencios y los gestos, esos espacios que cortan el aliento entre la soledad y la quietud de los personajes mientras leen o se pierden en sus contradictorias emociones, apoyada en sus miradas, que siempre dicen mucho más que cualquier diálogo. Una gran cinematografía de Armin Dierlof, que debuta en el cine de Atef, y es un habitual de la cinematografía alemana, construye un mundo rural lleno de sensaciones, de complejidad y sobre todo, de un exterior lleno de vida y silencio, y un exterior donde se desata la tormenta de la pasión y el deseo, un sexo que se siente y se huele, pero sin caer en lo burdo y en lo representativo sin más. El gran trabajo de montaje de Anne Fabini, que ha trabajado con Hannes Stöhr y en películas tan interesantes como Of Fathers and Sons (2017), Talal Derki y la reciente Alis, de Nicolas van Hemelryck y Clare Weiskopf, sin olvidarnos de la precisa y conmovedora música del tándem Christoph Kaiser y Julian Maas, que ya trabajaron con Atef en 3 días en Quiberón (2018), amén del director Lars Kraume y Edward Berger, entre otros. 

En su reparto, en el que sobresalen las certeras y detalladas interpretaciones de los diferentes actores y actrices, destaca la maravillosa, profunda y sensible mirada de Marlene Burow, que está impresionante con su María, en su segundo protagónico deslumbra de forma magnífica, todo lo que dice esa mirada y esos gestos, siendo esa mujer que lo transgrede todo y a todos por vivir una pasión arrolladora, peligrosa y fuera de lo común, de esas que tienes un pie fuera y otro dentro, o dicho de otro modo, esas pasiones que se recuerdan para siempre. Una mujer que es la película, porque la película va de ella, y sobre todo, va de todas esas mujeres que se dejaron llevar por lo que sentían, traspasando todos los límites personales y morales. A su lado, tenemos a Felix Kramer como Henner, otro ser solitario y vilipendiado por ese pueblo y sus habitantes, que hemos visto en series televisivas y películas con Christian Alvart, entre otras. Cedric Eich es Johannes, el apasionado de la fotografía que se aleja de su novia María, y sobre todo, de ese mundo rural del que es totalmente ajeno, un tipo que, al contrario que su chica, tiene muy claro su futuro. También destacan Silde Bodenbender y Florian Panzner como los padres de Johannes, y Jördis Triebel como la madre de María, que nos encantó en películas como La suerte de Emma, Al otro lado del muro y La revolución silenciosa, entre otras. 

No se pierdan Algún día nos lo contaremos todo, sexto largometraje de Emily Atef, porque no les va a defraudar en absoluto, porque les ayudará a regresar a cuando eran jóvenes, a cuando todo estaba por descubrir y por hacer en sus vidas, donde las pasiones y las emociones eran el motor de sus decisiones, donde todavía no estaban absorbidas por la sociedad, por lo correcto y por lo que conviene, sino por lo que sienten. Un viaje a ese tiempo, a esas sensaciones, a ese otro yo, a descubrir a María y su amor fou, un amor que mata pero también y que da vida. Y no se dejen llevar por su aparentemente drama romántico rural, que está lleno de complejidad y belleza, también oculta muchas otras cosas más, el destino de muchos alemanes orientales que vivieron un verano el de 1990 muy extraño, tremendamente inquietante ante un futuro de lo más incierto, como dejan con detalle las secuencias en la Alemania Occidental, donde ese otro país se impondrá y los dejará en una especie de limbo difícil de gestionar, tal y como le ocurre a María, la antiheroína que no se detendrá ante sus sentimientos a pesar de ese mundo que se derrumba a su alrededor, pese a quién pese. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Más que nunca, de Emily Atef

QUÉ HACER CUANDO TE ESTÁS MURIENDO.

“Los vivos no pueden entender a los moribundos”.

No es la primera vez que la muerte está presente en el cine de Emily Atef (Berlín, Alemania Occidental, 1973), ya que la ha tratado en un par de sus películas. En Mátame (2012), en la que una adolescente, hastiada y desilusionada por la vida, le pide a un preso fugado que acabe con su vida, porque ella no se atreve a suicidarse. En 3 días en Quiberón (2018), se centraba en la actriz Romy Schneider que vive en una clínica de rehabilitación donde se recupera de sus adicciones y depresiones. Aunque es con esta última, que Más que nunca tiene sus conexiones, ya que ambas nos hablan de dos mujeres que deciden alejarse para encontrarse consigo mismas y aclarar sus existencias. Si en la citada, la cosa iba sobre una actriz a la deriva, ahora la situación la protagoniza Hélène, una mujer, también a la deriva, que no puede trabajar porque está enferma, una de esas dolencias raras que se llama “Fibrosis pulmonar idiopática”, que afecta a la respiración de forma severa. La enferma vive con su marido, Mathieu, en Burdeos, un lugar que para Hélène se ha convertido en una prisión, porque nadie la entiende, y la ciudad es una losa que le impide respirar y vivir. El descubrimiento de un blog escrito por otro moribundo, despertará en la mujer los deseos de salir de su espacio y viajar a Noruega, con el fin de descubrirse y perderse en la inmensidad de la naturaleza nórdica. 

La directora franco-iraní, que escribe el guion junto al alemán Lars Hubrich, del que conocemos sus trabajos para Fatih Akin en Goodbye, Berlín (2016), y Marcus Lenz en Rival (2020), nos sumerge en un relato extremadamente sobrio, con apenas tres personajes, donde abundan las miradas y los silencios, en una historia dividida en dos partes muy bien diferenciadas. En una, estamos en la mencionada Burdeos, una ciudad que apenas vemos, un lugar extraño y ajeno para la protagonista, un espacio filmado en planos cerrados y cortos, donde prevalece el diálogo y la sensación de miedo y dolor. En la segunda mitad, nos trasladamos a Noruega con Hélène, lo urbano deja paso a la inmensidad de la naturaleza, con esos planos largos y muy abiertos, donde vemos la diminutez humana comparada con el paisaje desbordante, rodeados de un lugar inhóspito por su luz, porque en verano no anochece, una hostilidad el inicio que dejará paso a un nuevo nacimiento para la enferma, que volverá a sentir las cosas, su cuerpo, su ser y sobre todo, su humildad y pequeñez ante la grandeza e inmensidad del paisaje de los fiordos. Allí, volverá a nacer, volverá a convertirse en alguien, esa persona que la enfermedad había anulado, allí, junto a Mister, o Bent, que la dejará en paz, con esas conversaciones donde Hélène encontrará a alguien que no la juzga, que no la trata como una inútil, y sobre todo, a alguien que la entiende sin imponer ni expresar nada, muy diferente que Mathieu. 

Atef construye una película minimalista, muy cercana, con un pequeño conflicto o muy grande, como cada espectador quiera ver o sentir, sin estridencias ni artificios innecesarios, contada de forma tranquila y reposada, como las historias grandes, donde las emociones se pueden sentir de verdad, cada gesto y cada tos, donde podemos escuchar el más leve sonido, incluso los silencios, donde hay vida, y también, muerte, donde lo humano se manifiesta y se hace cercano. Una cuidada, bellísima e hipnótica, que no redundante, cinematografía de uno de los grandes del cine francés como Yves Cape, que tiene en su haber películas con Alain Berliner, Bruno Dumont, Patrice Chéreau, Claire Denis, Gianni Amelio, Leos Carax, Michel Franco y Bertrand Bonello, entre muchos otros. El gran trabajo de montaje por el tándem Sandie Bompar, que ha estado en la reciente Fuego, de Claire Denis, y Hansjörg WeiBbrich, que montó 3 días en Quiberón, y películas de Aleksandr Sokurov, Bille August y Hans-Christian Schmid, entre otros. La excelente música del debutante Jon Balke, añade esa sutileza e intimidad que tanto pide una película de tema devastador, pero nunca regodearse en la tragedia ni sobre todo, que nunca cae en la estupidez ni en la sensiblería. 

Ya hemos comentado los tres únicos personajes que habitan la película. Tenemos al actor noruego Bjorn Floberg, que ha trabajado indistintamente en las cinematografías de su país y danesa, con nombres reconocibles como los de Erik Gustavson, Nils Gaup y Ole Bornedal, y más. Un personaje de la segunda parte de la historia, ese Mister/Bent, una especie de ángel de la guarda, o mejor dicho, alguien igual que ella, alguien moribundo que no sólo ha alejado ese positivismo estúpido que viene de los vivos, sino que se ha aislado y sobre todo, ha conectado mucho consigo mismo, una experiencia que tambiéne está viviendo Hélène, por eso se entienden casi sin palabras, porque no buscan respuestas ni tampoco falsas esperanzas, están conectándose con la vida sin falsos moralismos, y aceptando su muerte. Luego, tenemos al matrimonio de Gaspard y Hélène, él, que está sano, sigue a lo suyo, esperanzado, positivo y más cosas, muy de los vivos, que hace espléndidamente Gaspard Ulliel, al que va dedicada la película, porque cuando la películas estaba en proceso de posproducción, murió trágicamente mientras esquiaba. Su personaje Mathieu también hará su particular viaje, un proceso que es muy duro, pero inevitable y la más sincera y profunda prueba de amor. 

Frente a él, tenemos a Vicky Krieps, la actriz luxemburguesa, que descubrimos en Hilo invisible (2017), de Paul Thomas Anderson, y alucinamos cada vez que la vemos en la pantalla, porque es una actriz a la altura de la Davis, la Hepburn, la Streep, la Blanchett, y no exageró en absoluto, porque su mirada, su forma de moverse, su silencio, esa forma de bañarse en las aguas frías, y su paseos, y su tranquilidad, y sus ataques, sólo consiguen que nos creamos todo lo que hace en esta delicada y sincera película, porque Krieps hace y deshace a su antojo, y construye una Hélène en su trance más difícil porque debe conectarse consigo misma y con su enfermedad, y con el paisaje noruego, sólo para estar con ella, para sentir con ella, para liberarse de todos y todo, y sobre todo, para sentirse libre y flotando, como en algún que otro momento experimenta en los fiordos, y decidir su vida o lo que le quede de ella, y aún más, decidir como será el final de su vida, como será su despedida, sin tristezas ni agobios, sino en paz con ella misma y nada más, porque la vida es eso, ese período finito en el que todos y todas nos veremos en algún momento de nuestras vidas, y en ese proceso encontrarnos y encontrar nuestro lugar, sea aquí, allá o dónde sea, pero en libertad, con respeto, dignidad y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Barbie, de Greta Gerwig

¿SUEÑAN LAS MUÑECAS CON HUMANAS REALES?. 

“(…) Estaba encerrada en el interior de aquella muñeca de mi misma y mi verdadera voz no podía salir”. 

Alias Grace (1996), de Margaret Atwood

Seguro que recuerdan aquel instante memorable en Toy Story (2010), de Lee Unkrich, cuando Barbie enfadada con Ken por ser tan Ken, convertida en una mujer decidida, cansada y aburrida de vivir siempre igual y de la misma forma. Una mujer libre y valiente que ansiaba otro tipo de vida y de circunstancias, a lo que Ken le pedía que no se fuera, que siguiera junto a él, a lo que Barbie lo miraba y se marchaba lejos. La famosísima muñeca creada por Ruth Handler para Mattel en 1959, tenía en la película de animación una parodia a su altura, poniendo en solfa a una mujer sin ataduras, feminista y sobre todo, que necesitaba hacer su camino en solitaria y sobre todo, una mujer que creía en sí misma. Porque, como deja constancia su impresionante prólogo, con homenaje incluido, estamos ante Barbie, una muñeca que dejó de ser bebé y niña, como eran las muñecas antes de ella, para convertirse en una mujer trabajadora, independiente y diferente. Una muñeca/mujer para crear niñas más ellas, más libres y más mujeres, que rompan los estereotipos sociales a los que estaban destinadas y se conviertan en lo que deseen de forma libre. 

Cuando Warner Bros. anunció el rodaje de la película sobre Barbie y por ende, mencionó que Greta Gerwig (Sacramento, EE.UU., 1983), iba a ser su directora. Sí! La directora de películas tan estimulantes como Lady Bird (2017), que recorría a una dolescente que retrata mucho de su vida en su Sacramento natal, y Mujercitas (2020), una versión más feministas de la inmortal obra de Louisa Mary Alcott. Los amantes del cine marcamos la fecha de su estreno porque sabíamos que la directora estadounidense iba a sorprendernos gratamente, aún más, cuando Noah Baumbach, su pareja y director de grandes obras como Una historia de Brooklyn (2005), Mientras seamos jóvenes (2014), Historia de un matrimonio (2019), entre otras, iba a trabajar en la película como coguionista. La expectación estaba servida para ver qué podían hacer con la hiper famosa muñeca, el tándem que ya había coescrito películas tan interesantes como Frances Ha (2012) y Mistress America (2015), y trabajado como director él y actriz ella en cuatro films. El resultado es un maravilloso y alucinado pastiche, en el mejor sentido de la palabra, porque hay de todo, con ese país “Barbieland”, una flipada del reverso colorista y consumista de Alicia en el país de las maravillas, donde lo inquietante es esa perfección que asusta, donde la parodia está a la orden del día, un Mundo Feliz, de Huxley, donde todo es perfecto e imperfecto a la vez, donde el color y la superficialidad están a la orden del día, donde todo y todos son modelos falsos y terriblemente, muñecas y muñecos.

Un mundo de luz y color donde todas son Barbie y sus múltiples versiones, al igual que Ken y sus otros Ken, así como la Barbie estereotípica, la primera y piedra angular de las demás. Un mundo artificial, plastificado y falso, donde simulan una vida que ni tienen ni son. Un falso país y una falsa vida que tiene su reflejo en la vida real, no les digo más, todos ya saben. El conflicto aparece cuando Barbie, la principal, piensa en algo que no debe, y tiene pensamientos demasiado “humanos”, que sorprenden a todos. No tiene más remedio que visitar al oráculo de ese lugar, no les cuento, seguro que van a flipar cuando lo descubran, eso sí, deben ver la película. La cosa es que debe cruzar el umbral que separa la flipada vida de Barbieland e ir a la vida real, donde la realidad consumirá a la muñeca y a Ken, que se cuela en el citado viaje. En ese nuevo espacio, la parodia continúa, hay risas y cachondeo para todos, para la creadora de Barbie, para Mattel, para su consejo, ¡Qué vaya consejo”, para la sociedad y su hipocresía, su falsedad y su superficialidad, y Barbie conocerá las verdaderas dudas que la tienen en vilo, de donde procede su pesar, que tiene una relación brutal con el mundo real y tiene que ver con las niñas y sus muñecas. 

Una cuidadisima estética llena de rosa, como no podía ser de otra manera, donde la maqueta, el artificio y el cartón piedra tiene su razón de ser, con una gran cinematografía de un grande como el mexicano Rodrigo Prieto, que tiene en su haber trabajos con Scorsese, Malick, Almodóvar y Ang Lee, entre otros, la música del dúo Mark Robson y Andrew Wyatt, que vienen del mundo del videoclip en el que ha trabajado con artistas mundiales, la edición de Nick Houy, que ha montado las tres películas de la Gerwig, en una película en la que hay de todo: muchas dosis de feminismo, de machirulos, de parodia, de autoparodia, de comedi romántica tonta, comedia sofisticada, cine social, aventuras, cine musical y mucho pitorreo con todos y todo. Una película con ritmo y pausa, bien pensada y construida que se va casi a las dos horas de metraje, una duración que gusta mucho y deja con ganas de más a los entusiasmados espectadores, algunos y algunas vestidas de rosa, como manda la cita, de la primera sesión a la que asistí. El reparto también brilla en la película, porque sus intérpretes entran en ese juego de la parodia y la estupidez bien entendida, la que sirve para mofarse de los demás empezando por uno mismo, como hacían los hermanos Marx, Jerry Lewis, Mel Brooks, Monty Python, entre otros muchos, que hacen de la comedia tontorra, el mejor vehículo para troncharse de las estupideces y miserias del mundo consumista en el que existimos, que no es poco, a qué si, Cuerda. 

Tenemos a una Margot Robbie desatada y sublime como la Barbie estereotípica, tan suya, tan rígida, tan bella, tan falsa y tan cansada de ser muñeca. Junto a ella, un Ryan Gosling, que tiene algún que otro numerito musical y tontín para enmarcar, con ese look, ¡Vaya look!, será difícil que pueda superarse, bueno, es muy Zoolander (2001), de Ben Stiler, que también ha pasado por el universo Baumbach, y es otro director de la parodia y el cachondeo, como también hizo en Tropic Thunder (2008). También pululan America Ferrera, que se cruzará en el camino de Barbie, Kate McKinnon, en uno de esos personajes divertidos y muy oscuros, que parecen sacados de alguna famosa serie raruna de la tele de los sesenta, Rhea Perlman como la creadora de la muñeca, en una de las secuencias más conmovedoras de la cinta, Will Ferrel como el magnate de Mattel, o ese mandamás tonto de capirote y sus locos seguidores del consejo, todo tíos, faltaría más, y luego, toda una retahíla de buenos intérpretes que hacen de todas las versiones, réplicas y dobles de Barbies y Kens, ahí es nada. No vayan a ver Barbie con prejuicios o con demasiadas expectativas, sino que hagan totalmente lo contrario, vayan a disfrutar, a reírse, porque seguro que se van a reír, y da igual que les gusten las muñecas, faltaría más, a mi no me gustan, y nunca he tenido, y no me ha impedido emocionarme con la película, por su libertad, valentía, cachondeo, parodia y autoparodia a lo bestia, sin filtros, sin el ánimo de agradar a todos y todas, sino de construir una película al servicio de Barbie y Mattel, sino aprovechar ese mundo consumista para crear otro, tan divertido, tan lleno de errores y lleno de muñecas y muñecos que sueñan con ser humanos, o con vagina. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El caso Braibanti, de Gianni Amelio

EL ESTADO CONTRA ALDO BRAIBANTI. 

“Ser distinto, diferente, puede ser un perjuicio, pero, si haces que tu diversidad no sea solo una característica sexual sino una muestra de una personalidad diferente, no algo plano ni conformista, puedes ganar a los que te insultan”.

Gianni Amelio

Podríamos decir, sin ánimo de exagerar, que Gianni Amelio (Magisano, Calabria, Italia, 1945), pertenece a esa última gran hornada de cine italiano, y me refiero a ese cine italiano comprometido con su tiempo, crítico con la sociedad democrática que no se enfrenta a su pasado miserable y terrorífico, profundamente político, y sobre todo, un cine que todavía persiste en el tiempo porque no es sólo cine, es mucho más, es una crónica de un tiempo para entender de dónde venimos y lo mal que hemos construido esta Europa tan aparentemente moderna pero sostenida por interés económicos y poco más. Amelio que estudió filosofía y ayudante de Vittorio De Seta, forma parte de aquellos y aquellas cineastas que nacieron en los treinta e inmediatamente, después, como Liliana Cavani (de la que Amelio fue ayudante), Paolo y Vittorio Taviani, Bernardo Bertolucci y Marco Bellocchio, a los que incluimos, como no, a Pier Paolo Pasolini, nacido en los veinte, pero que empieza en los sesenta. Cineastas que hicieron cine en los sesenta y en adelante, y muchos de ellos, lo siguen haciendo, aquellos que crecieron rodeados de Neorrealismo, los que pasaron cuentas a Italia, y por ende, a esa Europa después de la guerra, que pretendía construir un continente sin armas y más humano. 

Amelio tiene películas sobre política, sobre los mecanismos del poder que va contra los más débiles como los niños o inmigrantes, películas que se han quedado en la memoria como Golpear al corazón (1983), y Puertas abiertas (1990), Niños robados (1992), Lamerica (1994), Cosi ridevano (1998), La estrella ausente (2006) y La ternura (2016), entre los veinte títulos que forman una filmografía siempre atenta a los cambios sociales y económicos, en esa eterna lucha de David contra Goliat, o lo que es lo mismo, entre el necesitado y el poder, interesado en el dinero y no en las necesidades humanas. En El caso Braibanti (del original Il signore delle formiche), inspirada en un caso real, a partir de un guion de Edoardo Petti, Federico Fava y el propio director, nos cuenta un oscuro episodio sucedido en los años sesenta, más concretamente, en 1965, que se alarga hasta 1969, y comienza en 1959, cuando el profesor de filosofía, intelectual, marxista y homosexual se encariña de Ettore Tagliaferri, un joven alumno, y entre los dos nace una bonita historia de amor consentida e igualitaria. No obstante, la madre del joven denuncia al profesor apoyándose en una ley de “subyugación moral”, vigente desde la época de Mussolini y Vibrante es detenido y llevado a juicio. 

Un suceso que lleva a muchos detractores como Ennio Scribani, un joven periodista de “L’Unità”, vinculado al Partido Comunista Italiano, pero en los sesenta, un diario al servicio de todos, o lo que es lo mismo, de lo políticamente correcto, o sea, lo que dictan las leyes. Un periodista que recibe la censura de su jefe, al que, por ejemplo, al Partido Comunista se le menciona Partido Obrero, en fin. También, está Graziella, una comunista activa que lucha contra la detención y el juicio injusta a Braibanti. Estamos frente a una película producida el año pasado, pero es una película sin tiempo, porque tiene el aroma imperecedero del cine humanista, el cine que habla de nosotros, de nuestras circunstancias, del estado represor y de las leyes injustas y conservadoras. Un cine que toma el relevo de aquel gran cine italiano como El conformista (1970), del mencionado Bertolucci, con la que la película de Amelio no estaría muy lejos, porque nos habla de esa clase fascista, ahora convertida en “ciudadanos normales y  demócratas”, que siguen usando el poder para sus intereses económicos y demás, y La clase obrera va al paraíso (1971), de Elio Petri, donde la conciencia de clase se convierte en una afrenta para el poder. 

La película se estructura a partir de la eterna lucha del individuo contra el estado, o contra el poder, un poder arbitrario que clama por la libertad y el progreso, y por la espalda, hace todo lo posible por mantener viejos valores católicos, ancestrales y mantener a unas élites y sus monopolios, por eso, atacan y persiguen a todo aquel que lee, que propone cambios, más igualdad, más derechos, y más pensamiento y razón contra la barbarie de la especulación y la arbitrariedad en las leyes. Aldo Braibanti es uno de esos hombres que sigue escondiéndose en una sociedad que vende democracia, pero que no la práctica, sólo cuando le conviene para repartir deudas. Todo esto no es nada nuevo, así seguimos en Europa años después. Una cuidadisima y detallada luz del cinematógrafo Luan Amelio, que ha trabajo en las últimas películas del maestro italiano, como Hammamet (2020), con esos claroscuros que tanto casan con lo que sucede en la Italia del momento, con secuencias que ya forman parte de nuestro recuerdo. Acompañada por un excelente trabajo de edición de la gran Simona Paggi, con más de 80 títulos en su filmografía, y 11 películas con Amelio, desde Puertas abiertas

Como es costumbre en el cine del director italiano, el reparto siempre está muy bien escogido, en el que encontramos a Luigi Lo Cascio en la piel del desdichado pero digno Aldo Braibanti, al que hemos visto en películas de Bellocchio, Marco Tullio Giordana, entre otros. Un hombre de libros, un marxista convencido cuando ya nadie cree, una especie de Don Quijote desilusionado pero no derrotado, como muchos de sus camaradas, que dejaron la militancia política para abrazar el consumismo enfermo. Braibanti es uno de esos hombres que siguen resistiendo a pesar de la sociedad, a pesar el estado, a pesar de las leyes, y a pesar de los perjuicios y el odio. Elijo Germano que era uno de los protagonistas de La ternura, y tiene cintas con Pietro Marcello, Luca Guadagnino, Gabriele Salvatores y Dario Argento, etc… Hace de periodista que, como le ocurre a Braibanti, no encaja en una sociedad muy dada a trabajar para el poder, a ser un siervo más, a no cuestionar sus miserias. Otro derrotado pero digno, un tipo desencantado pero que sigue en la lucha, otro de esos personajes que tanto le gusta retratar a Amelio. Le siguen Sara Serraiocco como Graziella, al que hemos visto recientemente en El primer día de mi vida, junto a Servillo, como la joven ilusionada que todavía no ha llegado al desencanto de los otros citados. Les acompañan dos debutantes: Leonardo Malteste como Ettore, que sufre el odio y el conservadurismo de su familia que lo aleja de Braibanti, muy a su pesar, y Anna Caterina Antonacci como Madalena, otra joven alumna del profesor y amiga de Ettore. 

Amelio lo ha vuelto hacer y ya van unas cuantas, ha vuelto a construir una película de verdad, que parece casi una excepción, en un cine actual demasiado ensimismado en las emociones y no en la sociedad que nos rodea, en esa sociedad que mata las ilusiones, que nos convierte en aquello que no queramos. El caso Braibanti es un film político, humano y de aquí y ahora, y de entonces, sin tiempo, tiene una construcción excepcional y cercanísima, es bella y trágica como las grandes historias, que retrata a aquellos años sesenta, con su poquísima libertad, siempre oculta, y frente a esa sociedad que seguía empeñada en lo más rancio, oscuro y estúpido de su más terrible pasado fascista, que perseguía a los diferentes, y con razón, porque siempre han sido los que piensan y se cuestionan los que cambian las cosas, porque son los que dicen NO, los que se detienen y buscan su lugar, su verdad y su sensibilidad, ante una sociedad que habla constantemente de libertad y de derechos, pero nunca ejerce ni hace lo posible para que las personas los ejerzan, en fin, una película no ya actual, sino inmortal, porque habla de lo que somos y cómo vivimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El regreso de las golondrinas, de Li Ruijun

EL AMOR Y LA TIERRA. 

“Se dice que el cine es el arte del tiempo. En este sentido, el trabajo es esencialmente el mismo que el de los agricultores. En la realización de películas, nosotros nos enfrentamos constantemente a cuestiones relacionadas con el tiempo y con la vida”. Los agricultores confían en la tierra y el tiempo con sus cultivos y su sustento, así nosotros debemos confiar en la tierra y en el tiempo con nuestras películas. Las palabras en papel, como semillas creciendo en una cosecha, se transforman por la cámara dentro de lo que recordamos de nuestra memoria lejana”. 

Li Riujun 

En El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi, una película que retrata la durísima vida de los campesinos bergamascos en Lombardía de finales del XIX y principios del XX, pero a pesar de sus duras condiciones de existencia lo afrontan con dignidad. Situación parecida a la que vive y sufre Mao Yaoutie, un agricultor chico actual que todavía resiste en su vaciado pueblo trabajando la tierra y cultivando trigo. Su vida solitaria y lúgubre cambia un día cuando conoce a Cao Guiying, una mujer que ha sufrido acoso y todavía arrastra secuelas físicas y emocionales, ya que sus respectivas familias les obligan a un matrimonio concertado. Dos almas marginadas y apartadas que deberán compartir vida y trabajo. 

El director Li Ruijun (China, 1983), ha dirigido cinco películas, en las que se ha centrado en las relaciones humanas y la vida rural de una China en un proceso continuo de cambio, abandonando lo rural para transformarse en metrópolis muy industrializadas y consumistas. La historia que nos cuenta El regreso de las golondrinas es un cuento sencillo, sobrio y con poquísimos diálogos, con el mejor aroma de Renoir, Ozu, Bergman, Rossellini, Tarkovski, Erice, Kiarostami, Tarr y demás autores donde prevalece una mirada a la vida desde lo más profundo, desde el detalle, desde lo cotidiano, desde el mínimo gesto, sin ningún tipo de artificio y distracción estética, todo lo auténtico para contarnos lo esencial, lo vital y lo humano, vaciando el plano y el encuadre de elementos distrayentes, y concentrarse en lo mínimo y vital, en el que predomina la interpretación de los actores y actrices y los pocos elementos físicos en cuestión. Un cine que explica, un cine que nos habla, que documenta la vida, el trabajo y la existencia humana desde “la verdad”, una verdad que conocemos, que sentimos y sobre todo, una verdad que queda, que tiene aplomo y tiene historia, en un arte que comprende el tiempo como forma de mirar y comprender lo que nos rodea, o al menos, mantenernos de forma activa y seguir haciéndonos preguntas. 

Un cine que contiene una mirada profunda y sencilla, que se toma su tiempo para contarnos aquello que está viendo y por ende, retratando, a través de esta pareja de deshechos humanos, y lo digo por el modo que son tratados durante la película, y especialmente, en la secuencia que abre la película, donde no tienen voz ni voto, y ese plano fijo donde el protagonista nos da la espalda y vemos, de frente, a todos sus familiares, que tienen un status económico mucho más alto, no obstante, lo llaman “Cuarto Hermano”, que no es otra cosa que negarle su nombre y por efecto, su identidad. Una primera secuencia que no sólo describe la situación pisoteada de los dos protagonistas, sino que escenifica esa China dividida en dos. La China nueva rica, con su ropa y coches extranjeros, que somete y explota a los otros, esa China rural, esa China que todavía resiste fuera de los espacios consumistas. A pesar del continuo desprecio y explotación, tanto Ma como Cao siguen a lo suyo, en silencio y trabajando, acercándose cada vez más, descubriéndose y descubriéndonos que hay muchas formas de amor y de amar, a partir del tiempo, la paciencia, la ternura y el cariño. 

Podemos afirmar, sin ánimo de exagerar, que El regreso de las golondrinas es una de las mejores historias de amor que hemos visto en mucho tiempo, y no lo digo a modo de exageración, ya lo comprobarán ustedes cuando vean la película, así sabrán que no lo digo por decir, porque todas esas imágenes, ya sea trabajando con la tierra, con ese ir y venir diario, y ese año en el que transcurre la película, siguiendo la cosecha de trigo, con sus cambios de estaciones y circunstancias del tiempo, o esas otras, en el interior de la minúscula vivienda en la que descansan, hacen la comida sencilla, con esos panes redondos que hornean, y todos esos momentos que comparten, en el que hablan, se miran, se abrazan, se escuchan y sobre todo, sueñan con esa vida que les ha venido obligada, pero que ellos aceptan y se entienden, o lo que es lo mismo, se aman, y no desde el interés, ya sea material u emocional, sino desde la aceptación del otro, desde las circunstancias del otro, desde la verdad del otro, desde la necesidad y el cariño del otro, sin reproches, sin sometimientos, desde una posición igualitaria, sencilla, sin palabras, sólo con gestos, y con lo humano, que parece que, en la actualidad, se nos ha olvidado o obviamos por interés, egoísmo y maldad. 

Una pareja inolvidable, que ya forma parte del imaginario del cine actual, una pareja como Ma y Cao que trabajan juntos desde el respeto, desde la gratitud de lo poco que tienen, sobreviviendo en una sociedad hostil, esa que viene de fuera, la que compra y vende terrenos de forma codiciosa y estúpida, esa que no mira al otro, que vive consumida en lo superficial y la apariencia. Un cine de una grandísima calidad, tanto en lo técnico como lo artístico, con una cinematografía de Wang Weihua que plasma con dureza y sensibilidad la dura vida de Ma y Cao, pero sin ahondar en la miseria y su tragedia, sino en la realidad en la que viven sin regodearse en ella, con esos momentos interiores donde la magia y la belleza capturan cada instante, como esa caja agujereada con luces que crea ese efecto óptico de trasladarse a otra dimensión, a otro planeta, donde, quizás, los seres humanas se aman y no se odian. El gran trabajo de montaje del propio director, donde impone un maravilloso ritmo reposado y calmo, donde las cosas van sucediendo, donde la vida nos atrapa desde lo mínimo y lo invisible, donde somos testigos de ese amor puro, de verdad, de los que parecen de otro mundo. 

La excelente y pausada música del iraní Peyman Yazdanian, que trabaja indistintamente entre China y su país, donde ha trabajado con lo mejor del cine de su país como Kiarostami, Pahani y Farhadi. En el aspecto interpretativo, la película es inmensa y llena de detalles y gestos que dotan a cada plano y cada encuadre de una gran fuerza, en el que sobran las palabras y la imagen construye toda su dramaturgia y su humanidad. Dos intérpretes en estado de gracia como Wu Renlin como Ma Youtie, que ya había trabajado con Ruijun en The Old Donkey (2010) y Fly With The Crane (2012), en la piel de un campesino machacado y vilipendiado, pero sin perder su dignidad, con su trozo de tierra, su burro y sus gallinas, y su mujer, que interpreta Hai Qing en la piel de la desdichada cao Guiying, una mujer que descubrirá que la vida puede ser otra cosa y lo hará al lado de un tipo humilde y extremadamente sencillo como Ma, donde crecerá, se hará humana y sobre todo, se enamorará, un amor puro, tranquilo, de verdad, de los que no se olvidan. Estaremos muy atentos al próximo cine de Li Ruijun, que se suma a esta nueva hornada de grandísimos cineastas chinos como los Jia Zhangke, Bi Gan, diao Yinan y Hu Bo, entre otros, que, a través de sus películas abordan los cambios sociales, políticos, económicos, industriales y culturales de un mastodonte en un proceso desorbitado de industrialización y consumismo estúpido. El cine de Ruijun no estaría muy lejos de las aproximaciones a lo rural desde la verdad, con su belleza, complejidad y dolor, y lo humano como las extraordinarias La gente del arrozal (1994), de Rithy Panh, y El hombre sin nombre (2009), de Wang Bing, otro de los grandes cineastas chinos actuales. Dos películas que hablan de la vida rural, de la tierra, que no resulta nada fácil trabajarla, de la familia, del amor y de lo humano, desde la perspectiva de lo sencillo y lo profundo, alejados de ese mundanal ruido que nos quieren vender como progreso y vida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El hombre sin culpa, de Ivan Gergolet

LA CULPA DE LOS OTROS. 

“Ninguna culpa se olvida mientras la conciencia la recuerde”.

Stefan Zweig

Ángela es una mujer de unos cuarenta años que vive en Trieste, una ciudad portuaria de la costa adriática italiana. Su existencia es anodina, tiene su trabajo como limpiadora en un hospital, pone flores a la tumba de su marido, y no conecta con su joven hija rebelde. Su vida cambia de repente, cuando en el hospital ingresan a Francesco, un sesentón que acaba de sufrir un ictus que le ha paralizado la parte derecha y le impide hablar y moverse. Francesco forma parte del pasado de Ángela, ya que era el empresario que provocó la muerte de su marido al no advertirles que manipulaban amianto. A Ángela está situación le provoca rechazo, rabia y cercanía con el enfermo, y cuando es dado de alta, se convierte en su cuidadora. El hombre sin culpa, que tiene uno de los arranques más impresionantes que he visto en los últimos tiempos, en ese sala de juicios con los participantes en silencio y llenos de polvo. Una cinta que nos habla de pasado, de culpa, de castigo, y de redención, de rendir cuentas con nuestro pasado, con descansar nuestra rabia y desesperación, de cerrar puertas demasiado abiertas, de mirarnos al espejo y volver a sonreír, o al menos, perdonar y perdonarnos. 

El debut en la ficción de Ivan Gergolet (Italia, 1977), después de su documental Dancing with Maria (2014), sobre la experiencia de una bailarina de 93 años en el pleno centro de Buenos Aires, y su trabajo como activista cinematográfico como la fundación de la televisión de la calle, una asociación de cineastas en Gorizia, ciudad fronteriza entre Italia y Eslovenia. Gergolet construye un relato intenso y callado, donde prima más la mirada y el gesto, en un espléndido thriller psicológico sobre la culpa y el castigo, donde abundan los interiores, esa luz tenue e íntima, esos encuadres donde se explica todo, el pasado y el presente, o quizás, ese limbo en que el personaje de Ángela está atrapada hasta que no resuelva su dolor y tristeza. El hombre sin culpa es una película para verla sin prisas, con calma, porque propone un ritmo reposado, calmo, de los que cada mirada y cada gesto es fundamental para su desarrollo, con unos personajes complejos, entre el que destaca por encima de los demás a Ángela, el personaje vehicular del relato, porque es ella la que provoca todo, la que vive su calvario personal, y lo lleva en silencio, o a medias, porque nunca cuenta toda la verdad de su elección, o cuenta una parte, la que le conviene, la que le hace más llevadera una posición discutible, pero que ella sabe que necesita hacer, quizás no lo sabe con profundidad, y tiene dudas, pero no son las elecciones así en la vida, que nunca sabemos con seguridad lo que hacemos, lo hacemos y ya está. 

El aspecto técnico de la película es ejemplar, con la cinematografía de Debora Vrizzi, con esos tonos apagados y claroscuros, donde priman los rostros y los cuerpos, el conciso y brillante montaje de Natalie Cristiani, que ya estuvo en Dancing with Maria, y repite con un trabajo de una película nada fácil de casi dos horas de duración, y finalmente, la música de Luca Clut, que también estaba en el documental de Gergolet, que detalla y explica todo lo que no vemos pero está. La historia inquietante y difícil que cuenta la película necesitaba un rostro penetrante, un rostro que explicará mucho más que las imágenes, un rostro con todo el peso del pasado, con toda la rabia contenida tantos años, un rostro que se magnetiza con el relato, un rostro inolvidable. El rostro de Valentina Carnelutti que da vida o quizás, podríamos decir, que pone cuerpo y alma a Ángela, una mujer o lo que queda de ella, con esos gestos mecánicos en silencio cuando limpia, cuando hace cualquier cosa. Una actriz magnífica que deambula por la película como una especie de fantasma, acarreando todos los muertos del amianto a sus espaldas, un espíritu en vida, o una muerta que la vida o el destino o el azar, o vete tú a saber qué, le brinda una nueva oportunidad para vengarse. 

A Valentina Carnelutti, que hemos visto en películas tan excelentes como La mejor juventud (2003), de Marco Tullio Giordana,  El polvo del tiempo (2008), de Theo Angelopoulos, y Locas de alegría (2016), de Paolo Virzi, entre otras, resulta complicado aguantar esa mirada tan imponente que tiene durante la película, por eso la labor de los otros intérpretes es fundamental, y lo consiguen con actores y actrices que están en el mismo tono, con miradas de las que se recuerdan como el que le acompaña por esta travesía del dolor y el pasado, como “el otro”, el hombre de su pasado, el hombre responsable, Francesco que hace el actor esloveno Branko Zavrsan, un trabajo impresionante en que su cuerpo se vuelve en su contra, con poquísima movilidad, sin habla, sólo con esa mirada, con ese gesto y ese silencio. Livia Rossi es Daria, la hija difícil de Ángela, que hemos visto en un par de películas de Gianni Amelio, Enrico Elia Inserra es Enrico, el hijo de Francesco que, al igual que Daria, desconoce la relación que une a sus progenitores. Y finalmente, Rosana Mortara es Elena, amiga de Ángela, y también, afectada por el amianto como su marido, que recordamos de verla en Mia madre (2015), de Nanni Moretti, entre otras. 

Seguiremos la pista del director Ivan Gergolet, de las conexiones entre Italia y Eslovenia, de idas y venidas, de pasado y presente, del continuo reflejo que es la vida, de ese devenir hacia atrás y adelante, sin ningún orden ni concierto. Es una película para descubrir, para saborearla, para sentarse con tranquilidad, desconectarlo todo, y situarse frente a unos personajes rotos enfrentados a esa ciudad triste y melancólica, una ciudad de puerto industrial y mercantilizada que se llevó por delante su belleza y las vidas de cientos de trabajadores, de una ciudad afeada por la avaricia y codicia desmesurada de esta sociedad enferma que sólo le va el beneficio sin importarle el coste de vidas y de personas, de dolor y tristeza. Todos deberíamos ser un poco como Ángela, o al menos parecernos un poco a ella, a su voluntad, a su decisión, y sobre todo, a su valentía y su humanidad, esa condición que no viene cuando nacemos, hay que demostrarla, y créanme cuando les digo, que no resulta nada sencillo ponerlo en práctica, y si no pregúntenle a Ángela. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando a Dalí, de David Pujol

CADAQUÉS 1974.

“Ojalá que la espera no desgaste mis sueños”.

Mario Benedetti

Érase una vez aquella Barcelona del 74, una ciudad que luchaba contra el dictador moribundo, y otra, que quería abrirse hueco en el difícil mundo de la cocina de autor. Dos formas de enfrentarse a la vida, o lo que es lo mismo, dos hermanos, Alberto y Fernando, respectivamente. Dos individuos que, por la lucha del pequeño, Alberto, deben huir a Cadaqués, y más concretamente, al Surreal, un restaurante costero regentado o no por un tal Jules, un soñador, un loco, un francés, que su gran ilusión es que su vecino más ilustre, Salvador Dalí, vaya a comer a su establecimiento. Los dos hermanos se encontrarán allí una especie de microcosmos: la pareja Lola y François, que todavía andan en las calles de aquel París de 1968, sobre todo, él, porque ella, hija de Jules, es puro fuego e intensidad. Está Luis, el escudero de Jules, Tonet, otro soñador que quiere pintar todo el pueblo de azul. Rafa, un zorro marino que ahora disfruta los manjares del Mediterráneo. Y “los otros”, es decir, Arturo, el chófer de Dalí, tan serio, tan profesional, y tan “amigo”, Gala, la señora del genio, tan rusa, tan distante, y tan ella. Y el Teniente de la Guardia Civil Garrido, la ley, el que todavía nos recuerda el tiempo en el que vivimos. 

El director David Pujol, con estudios en Barcelona y EE.UU., de dirigir tv movies como Morir en tres actos, cortos como El mismo día a la misma hora, documentales como Salvador Dalí, en busca de la inmortalidad, y El Bulli. Historia de un sueño, que han sido la base de Esperando a Dalí, porque aúna dos elementos que ya había tocado como Dalí y la cocina, fundiéndolos en dos personajes, Jules, el soñador que quiere que Dalí se siente a su mesa, y Fernando, el joven chef que todavía está detrás de su lugar en el mundo. Porque la película de Pujol reúne en su historia a un grupo de náufragos que van a parar al Surreal, una especie de isla desierta que acoge a todos esos personajes desamparados, que no encajan en esa realidad tan dura de finales de los setenta, una realidad que no acepta a los soñadores, a los locos y a los diferentes. Viste su relato de fábula, que tiene mucho parentesco con aquellas deliciosas comedias italianas como Los inútiles (1953), de Fellini, Rufufú (1958), de Monicelli, que en España tuvo su reflejo con Berlanga en Bienvenido Mr. Marshall (1953), Novio a la vista (1954), Calabuch (1956), y Los jueves, milagro (1957). Todas comedias corales, con un toque agridulce, que retrataban un lugar, una forma de vida e idiosincrasia, y sobre todo, nos hablaban de soñadores y perdedores de gran corazón, porque a pesar de la dura y triste realidad, había tiempo de imaginar un mundo mejor. 

Pujol coge esa idea y nos devuelve a aquel tiempo, donde la libertad o las ansías que había, chocaba con la ley todavía anclada en los oscuros años de la dictadura, como muestra la magnífica secuencia en el que participan los hippies y sus puestos de artesanía siendo violentados por la Guardia Civil, ante la atenta mirada de Rafa, y esas otras protagonizadas por la ley. Pujol vuelve a contar en la cinematografía con Román Martínez de Bujo, para crear esa luz mediterránea, tan brillante y tan cegadora, con esos claroscuros que aportan el estado emocional de los diferentes personajes. Para el montaje también opta por un viejo cómplice como Jordi Muñoz Salló, en un relato que maneja con soltura los momentos cómicos con los dramáticos, y las situaciones surrealistas y oníricas, con un gran ritmo que no cesa en ningún instante, en una película nada fácil de ejecutar ya que se va casi a las dos horas de metraje. Por último, un gran fichaje, el compositor y maestro Pascal Comelade, con esa música tan característica, creada con instrumentos musicales infantiles, y ese aroma de cuento, de fábula espiritual que encaja a la perfección con las imágenes de la película. 

Un elemento importantísimo para una película coral es su reparto y el de Esperando a Dalí, luce de forma muy brillante e íntima, donde cada uno de los personajes está muy cerca de nosotros, unos tipos y tipas que se alegran y entristecen como hacemos por aquí. Destacan la pareja principal encarnada por José García, fantástico como histriónico y quijotesco Jules, bien acompañado por Iván Massagué como Fernando, que bien mira este actor, y ese gesto que mantiene durante la película, un tipo de pensamiento y de acción, y poco habla. Pol López es Alberto, el activista que ha de huir, siempre tan bien como ya demostró en la reciente Suro, los franceses Clara Ponsot y Nicolás Cazalé son Lola y François, personajes que se parecen pero no tanto, e importantes para los hermanos llegados de Barcelona, un viejo conocido como Francesc Ferrer hace de Tonet, esos seres tan necesarios para la vida y los lugares, Alberto Lozano es Luis, ese Sancho Panza de Jules, o lo que es lo mismo, el que siempre está ahí, para bien o para mal, Pep Cruz es Rafa, esos tipos que cuentan las mil y una, que saben tanto de Cadaqués como de la condición humana, con ese momentazo con Strauss de fondo. El siempre cercano Paco Tous como la ley, que gesto y que pose, al igual que José Angel Egido, actores curtidos en mil batallas que nunca defraudan, Varvara Vodina es una de las hippies que deambulan y tendrá su momento con uno de los hermanos, y finalmente, Vicky Peña, una gran actriz, siempre elegante, con una mirada que tan bien habla, encarnando a Gala, ni más ni menos, fantástica y tan “ella”. Ah! También está Dalí, pero tan enigmático, tan cercano como lejano, tan divino, tan genio tan “él”.  

Me ha encantado Esperando a Dalí, de David Pujol, porque no es pretenciosa, porque no usa la cocina como un reclamo, sino que está ahí, es un elemento más, como puede ser Dalí, y esa espera u obsesión, o razón, nunca lo sabremos. Es una película pequeña pero muy grande, porque cuenta una parte de un tiempo donde se empezaba a respirar, y a soñar, porque tiene amor, magia, frescura, transparencia, alegría y tristeza, por sus sueños y derrotas, porque nos habla de gentes que sueñan a pesar de esta sociedad, que ya era un dolor entonces, en ese lugar llamado El Surreal, que deben conocerlo, porque es imposible que lo olviden, se lo aseguro, lleno de almas que sueñan y hacen para que esos sueños se cumplan, aunque a veces o siempre, lo hacen torpemente, como todos y todas, ¿No?. Pero a pesar de los obstáculos y piedras en el camino siguen soñando, porque si no no hacerlo sería mucho peor. Los personajes de la película son como los cowboys que retrataba Peckinpah, unos individuos que pertenecen a este mundo, pero a un mundo que ya pasó o quizás, nunca llegó, y andan deambulando por sus propias vidas, esperando algo o alguien, quizás a Dalí o a ellos mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Nada, de Trine Piil Christensen

LOS ADOLESCENTES Y LOS DESEOS. 

“El conflicto entre la necesidad de pertenecer a un grupo y la necesidad de ser visto como único e individual es la lucha dominante de la adolescencia”.

Jeanne Elium 

Se cuenta que, en una pequeña localidad danesa en la actualidad, en el interior de un colegio, en la clase de octavo, el último año escolar, cuando los alumnos asisten a una de las primeras clases de comienzo del curso. Sin razón aparente, uno de los alumnos, Pierre Anthon, una especie de líder para el resto de los alumno, se levanta y empieza a hablar a los demás, explicando que nada tiene sentido, que todo es una burda mentira y que nada merece la pena y es mejor largarse y no hacer nada. El joven abandona la clase y se sube a un árbol y ahí se queda. Sus compañeros intentan persuadirlo a que abandone esa actitud pero no lo consiguen. Ante esta reacción que los ha dejado atónitos, deciden, con el fin de hacerle cambiar de parecer, amontonar sus objetivos valiosos para que al menos una cosa tenga sentido. Aunque lo que parece una acción inofensiva, poco a poco, se irán tornando en una espiral de deseos cada vez más complejos y oscuros, que no tendrá vuelta atrás. 

Basada en el best seller homónimo de la novelista danesa Janne Teller, en un libro no exento de gran polémica cuando fue publicado, situación que no impidió su enorme éxito con más de 1’5 millones de lectores en más de 30 países. Ahora nos llega su adaptación al cine de la mano de la directora danesa Trine Piil Christensen, con experiencia en series como Hotellet y 2900 Happiness, y su debut en el largometraje con Max (2000), un sólido thriller protagonizado por la magnífica Sidse Babett Knudsen, la inolvidable protagonista de Borgen, en las que se sumergió en el drama y el thriller, elementos que siguen en Nada (Intet, en el original), a partir de un guion de Seamus McNally y la propia directora, y la coproducción de la cineasta Maren Ade a través de su Komplizen Film, pero esta vez desde la adolescencia, desde ese espacio de grandes descubrimientos y también, de grandes altibajos emocionales. El grupo de adolescentes reaccionan ante ese mundo de los adultos, tan hipócrita, falso, de pura apariencia, y tremendamente vacío, aburrido y consumista, y lo hacen a partir de un hecho cotidiano y revelador, como el de su compañero subido a ese árbol, como una especie de líder de la “nada”. Esta mezcla de drama cotidiano y doméstico, con el cuento de terror clásico, en el que a partir de un hecho sin más, la historia se va envolviendo en un disfraz de inquietud y complejidad muy interesante, con el mejor aroma de títulos como El otro (1972), de Robert Mulligan, y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Chicho Ibáñez Serrador, donde los niños toman el protagonismo, una infancia que ya no quiere callarse y actúa contra esos adultos tan torpes y tan ensimismados en sus miserables existencias. 

La cinematografía de Bo Bilstrup contribuye a crear ese espacio incómodo y aterrador, donde se instala la inquietud y terror tan bien definido, y lo hace desde los espacios y objetos más cercanos, sin estridencias ni piruetas narrativas, y mucho menos con efectismo y vacuidad, sino al mejor estilo de los thrillers daneses como el tándem Joachim Trier y Eskil Vogt en títulos como Thelma (2017), y The innocents (2021), donde se fusiona con gran credibilidad la frialdad de lo cotidiano con sucesos paranormales y el terror más cercano, el que nos podría afectar a cualquiera de nosotros. El montaje conciso y ritmo, sin prisas ni acelerones torpes, que firman Allan Funch y Morten Glese, mantiene esa tensión y mal rollo in crescendo tan eficaz y agobiante que tiene la película en unos estupendos 87 minutos que vuelan y agobian. Aunque si la película resulta de una fuerza y valentía extraordinaria es en su joven reparto donde destacan todos los jóvenes, cada uno en su rol y cada uno en su actitud, donde las diferentes circunstancias acaban afectando emocionalmente de forma drástica. Los chicos y chicas son los Vivelill Sogaard Holm como Agnes, Harald Kaiser Hermann es el citado Pierre Anthon, Maya Louise Skipper como Sofie, Sigur Philip Dalgas es Otto, Elias Amati-Aagesen como Karl, Arien Alexander es Takiar, entre otros, y el adulto, el profesor Eskildsen es el actor Peter Gantzler, que hemos visto en películas como Italiano para principiantes (2000), de Lone Scherfig y El jefe de todo esto (2006), de Lars Von Trier, entre otras. 

Quizás los espectadores más ávidos en películas más convencionales, donde el susto y los abundantes giros narrativos se amontonan, no deberían ver Nada, de Trine Piil Christensen, porque la propuesta de la cineasta danesa va por otro lado, por un lado más de retrato y crítica del vacío y la apariencia estúpida en que se ha instalado la sociedad europa y consumista, perdiendo valores humanos y sobre todo, la falta de cuestionamiento y pensamiento crítico, y abrazado a un modelo psicótico de prisas, mentiras y estupidez, basado en el placer inmediato y la huida de lo real por una mera existencia superficial, vacía y mentalmente desquiciada, donde nunca hay suficiente, donde prima lo físico, el movimiento de aquí para allá, sin ningún tipo de cambio y actitud humana ante la vida y la sociedad tan injusta y desigual. Todos sumergidos en una competitividad enfermiza a ver quién hace esto o aquello, una inútil carrera de la apariencia y de los logros individuales como un corredor que nunca deja de correr y no sabe porqué motivo lo hacen. A algunos espectadores les provocará rechazo porque, claro, verse reflejado en una no existencia tan nada no resulta muy alegre, aunque la película aboga por unos adolescentes que dan rienda a sus deseos más ocultos, a los más íntimos, aunque sean de índole muy oscura y no aceptada por una sociedad que lo hace a escondidas y los reprime, en fin, así estamos, y no parece que se vaya a cambiar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El origen del mal, de Sébastien Marnier

STEPHANE Y LA EXTRAÑA FAMILIA. 

“Por severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca es tan severo como un hijo juzgando a su padre”.

Enrique Jardiel Poncela 

Había una vez una mujer llamada Stephane. Una mujer que apenas sabía de su padre, un padre dedicado a los negocios y a las mujeres. Pero, un día Stephane conoce a su septuagenario padre en su rica mansión en mitad de una pequeña isla,  y su opulenta vida. Allí conoce su vida. Una vida en la que están una mujer sesentona, caprichosa y estúpida, una hija fría y calculadora que se ha puesto al frente de los múltiples negocios después del ictus del padre, una nieta que odia a su familia y quiere huir, y finalmente, una criada inquietante y oscura que sabe demasiado de todos y todas ellas. La realidad con la que se encuentra Stephane es muy inesperada, una situación que invitaría a huir y no volver jamás, aunque en el caso de la mujer e hija resucitada, todo será diferente, porque estará entre un padre que necesita a una aliada frente a sus “enemigas”, y las mujeres, necesitan otra mujer a su lado, alguien en confiar y derrotar al padre débil. 

La tercera película del director francés Sébastien Marnier, después de las interesantes Irréprochable (2016), y L’heure de la sortie (2018), sendos dramas ambientados en el trabajo y en la educación, se erige a través de un guion del propio director y la colaboración de Fanny Burdino, que tiene en su haber películas tan estupendas como Después de nosotros (2016), de Joachim Lafosse, El creyente (2018), de Cédric Kahn y Arthur Rambo (2021), de Laurent Cantet, entre otros. Un relato que, en su primera mitad, nos habla de una familia disfuncional, no son todas un poco o mucho, una familia enfrentada por la herencia de un padre débil de salud, en la que vemos sus relaciones y los diferentes roles de los personajes, tan excéntricos como cercanos. En su segunda parte, la película vira hacia el thriller hitchockiano, donde todo se torna aún más oscuro si cabe, y donde la historia se adentra en aspectos mucho más inquietantes y sorprendentes. El director francés nos sitúa en otro lugar muy Hitchcock, que recuerda a aquella mansión de Rebeca (1940), aunque está muy peculiar, llena de cajas y cajas llenas de artículos y productos que compra compulsivamente Louis, la mujer de George, el padre. 

Al igual que la siniestra familia, el lugar no podía ser diferente a tanta apariencia y lujo, como esa casa sobrecargada de elementos, a cuál más siniestro, como esos animales disecados, plantas y toda clase de objetos muy horteras que ofrecen un aspecto frágil y vulnerable a todo lo que allí acontece. Marnier vuelve a trabajar con el cinematógrafo Romain Carcanade, que ya estuvo en L’heure de sortie, que consigue esa luz etérea, donde enmarca a unos personajes que ocultan muchas cosas, con esos largos planos secuencia, como el que abre la película en el vestuario de la empresa de conservas, y las interesantes divisiones de la pantalla, tan significativas en el desarrollo emocional de los individuos. El preciso y brillante montaje de Valentin Féron, del que hemos visto Tan lejos, tan cerca y Black Vox, y Jean-Baptiste Beaudoin, del que conocemos Una íntima convicción y Promesas en París, que dota de ritmo y un in crescendo brutal a una película que se va a las dos horas de metraje. Una excelente música que va puntualizando los altibajos de unos personajes cercanísimos y misteriosos, firmada por el dúo Pierre Lapointe y Philippe Brault, que repiten después de la experiencia en El vendedor (2011), de Sebastien Pilot. 

Si el guion funciona como un mecanismo funcional lleno de capas complejas, y la técnica se pone a su servicio, el reparto debía estar a la altura de la exigencia. Tenemos a una Laure Calamy, que hace poco la vimos como la alocada Magalie en Las cícladas, de Marc Fitoussi, ahora su personaje está en las antípodas, porque su Stephane es una mujer que trabaja como operaria de conservas de pescado, vive en una habitación de alquiler y mantiene una relación tóxica con una reclusa. La llegada de su padre perdido dará un vuelco a su miserable vida. Le acompañan Doria Tillier en el papel de George, una mujer de armas tomar, siniestra y arribista, que hemos visto en películas de Quentin Dupieux y Nicolas Debos, entre otros. La joven Céleste Brunnquell como Jeanne, la pequeña menos contaminada de esta familia de locas, Verónique Ruggia Saura, que ha estado en las tres películas de Marnier, como Agnes, la criada que no está muy lejos de la Señora Danvers, y muchas saben de lo que hablo, Suzanne Clément como una detenida, amante de Stephane, que nos encandiló en las películas de Xavier Dolan, entre otros, y para terminar, dos grandes y veteranos de la cinematografía francesa como Dominique Blanc y Jacques Weber, en los roles de Louise y Serge, tal para cuál o un matrimonio que se odia más fuerte que el amor que quizás sintieron alguna vez en sus vidas. 

El origen del mal, de Sébastien Marnier, no es una película de esas que agradan a todos los públicos, porque no sólo habla de la familia, sino de una familia en particular, una familia que, salvando las distancias, se parece a las nuestras, aunque sea un poco, que ya es mucho, porque la familia y en este caso, esta familia no es diferente a la nuestra y la de nadie, porque en ella hay de todo, hay personas que se odian a sí mismas y a los demás, hay tensiones, mentiras, secretos, violencia, amor no lo sabemos, o quizás, el amor, en su complejidad, tiene demasiadas caras o quizás, el amor puede ser también eso, querer sin importar las consecuencias, o tal vez, el amor es querer sí, pero no querer a los demás demasiado, como hacen en esta familia, que usan el amor para querer, pero no a los que tienen más cerca, si no a lo que tienen, al maldito parné, que cantaba Miguel de Molina, o al vil metal, que decía Pérez Galdós, el dinero, esa cosa que mezclada con el amor da resultados muy sorprendentes e inquietantes, sino que le pregunten a Stephane y su nueva familia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA