Érase una vez en… Hollywood, de Quentin Tarantino

RICK DALTON Y SU DOBLE.

“En esta ciudad, todo puede cambiar… tal que así”

En el universo cinematográfico de Quentin Tarantino (Knoxville, Tennessee, EE.UU., 1963) abundan los tipos de poca monta, individuos desarraigados, gentes que pululan por las ciudades malviviendo con oficios fuera de la ley o empleos de medio pelo, en su mayoría tuvieron cierta fama, eso sí, efímera, en lo suyo, pero a día de hoy se han convertido en una especie de vaqueros errantes que vagan de un lado para otro, sin más oficio ni beneficio que sus recuerdos amontonados, sus hazañas o no pasadas de moda, fuera de su tiempo y un buen puñado de desilusiones que los acompañan arrastrándose por tugurios de mala muerte, o quizás, algunos, los que todavía albergan algo de esperanza para sus vidas, andan a la caza de una dedicación mejor, aunque más ilusoria que real, peor a la postre, su modus vivendi. Cuatro años después de Los odiosos ocho, llega la novena película de Tarantino, Érase una vez en… Hollywood (en la que homenajea a su querido Leone apropiándose de una parte de sus más célebres títulos) conoceremos a dos tipos muy tarantinianos. Por un lado, tenemos a Rick Dalton, un actor que triunfo en una serie de pistoleros allá por los cincuenta y sesenta en la que era un cazarecompensas implacable. Ahora, todo aquella vida de “éxito y reconocimiento” se esfumó y sólo queda una hermosa casa en las colinas de Hollywood.

En la actualidad, la vida de Dalton se ha convertido en una mancha negra, en un espejismo cutre, en la que se gana la vida participando en capítulos de series donde hace el malo de turno que acaba fiambre, o algún que otro piloto, también de villano (como la recordada Mia Wallace que participó en un piloto Bella fuerza cinco que nunca llegó a convertirse en serie). A su lado, su fiel amigo y escudero, Cliff Booth, su doble de acción, una de esas personas que se han convertido en consejero, guardaespaldas, confidente y tipo para todo para Dalton. El cineasta estadounidense no sitúa en dos tiempos, el 8 y 9 de febrero de 1969, primero, y luego, en el 8 y 9 de agosto del mismo año, en Hollywood, en el meollo de  la “Fábrica de sueños” o pesadillas, según se mire donde conoceremos la ciudad y sobre todo, la industria del cine, o podríamos decir “el otro cine”, porque Tarantino nunca ha sido un cineasta interesado en mostrar la cara más glamurosa y amable del negocio, sino todo lo contrario, él se decanta por el otro lado del espejo, como Alicia, en el reflejo de ese espejo deformador e irreal, un universo peculiar y extremadamente personal, un submundo donde tantas ilusiones se topan contra muros infranqueable, en que la película nos lleva por sets de rodajes de series del oeste de segunda o tercera fila, por sus descansos, mostrándonos a Dalton moverse como una especie de fantasma casi alcohólico, adicto a la coca y derrotado, al que todo ese mundo o inframundo le viene grande o reconoce que jamás podrá aspirar a él, porque el tiempo ha pasado, porque está fuera de él como cantan los Stones en Out of time.

 

Tarantino revisa aquel Hollywood de su infancia, cuando vivía por la zona, los grandes cines como el Cinerama u otros templos de la exhibición, donde Sharon Tate camina con paso firme a la sala donde proyectan una película en la que aparece La mansión de los siete placeres (en una de las más bellas secuencias que jamás haya filmado Tarantino) donde la joven actriz se acomoda estirando sus pies (momento que nos recuerda a la Bridget Fonda de Jackie Brown) donde disfruta viéndose a sí misma, las escenas reales con la Tate auténtica, en una fascinante escena donde realidad y ficción cambian su posición y se transmutan, elemento esencial en la película, y porque no decirlo, en toda la obra del autor estadounidense, en toda una declaración de amor al cine del propio Tarantino, en una celebración al cine, al cine que ama, al cine sesentero, a ese mundo hollywoodiense donde actores ensombrecidos por los nuevos tiempos de transición, en el que tipos actores o aspirantes pululaban por una ciudad alegre y divertida que celebraba el movimiento hippie, donde la vida y el cine se mezclaban, donde el viejo Hollywood agonizaba y el nuevo está a punto de estallar, el año que apareció Easy Rider, que lo cambiará todo.

La película de Tarantino se mueve en ese tiempo de monstruos, entre un tiempo que se va y otro que todavía no ha llegado, entre esa ficción y realidad, en ese limbo de sombras y libertad, en ese crepúsculo de los dioses particular, en una película de corte histórico, la segunda vez en su carrera después de Malditos bastardos, pero una historia revisionada al modo de Tarantino, donde existe una realidad histórica, Sharon Tate y Roman Polanski, y otros personajes reales como Steve McQueen, Bruce Lee, y demás, que vivían en aquel Hollywood del 69, mezclados con otros ficticios como Dalton y Booth, y en el contexto de la fatídica noche del 9 de agosto donde algunos integrantes de la familia Manson asaltaron la casa de Tate y sus amigos. Tarantino revisiona la historia, a sus referentes cinematográficos, que son infinitos, que van desde las series televisivas sesenteras como The B.F.I., Batman, Bonanza, Rawhide (serie que protagonizaban entre otros Clint Eastwood) que a finales de los sesenta tomó el camino de Europa y comenzó a hacer spaghetti western al lado de otras figuras como Lee Van Cleef, Eli Wallach, entre otros, con directores como Corbucci, Sollima o Romero Marchent, a los que la película referencia.

El cine de Tarantino maneja referentes de toda índole, desde el cine más clásico, convencional, de autor, comercial, serie b, z, o trash, todo tiene cabida en los mundos de Tarantino, que con su enorme capacidad narrativa y visual los hace suyos creando su propio universo heterodoxo, personal y profundo, creando secuencias y momentos característicos de su cine, donde hay espacio para el homenaje, la parodia, la comicidad, donde lo dramático se camufla de tensión brutal que se estira de tal manera que acaba convirtiéndose en un instante divertido, como ese momento impagable que protagoniza Booth con la familia Mason, u otros en los que el director mezcla tantos géneros en un mismo instante, como esos insertos donde describe con audacia a sus personajes colocándonos un leve flashback, ya sea verbal o visual, para mofarse con ironía de sus tipos, u otros como el momento Bruce Lee con Booth, donde la realidad y ficción vuelven a mezclarse y confundiéndose, porque por ahí se maneja la película donde la realidad es ficción y dentro de esas ficciones hay múltiples ficciones, donde personajes reales bajo el prisma de Tarantino acaban siendo ficticios y al revés.

La estupenda cinematografía de Robert Richardson, que vuelve a colaborar con Tarantino después del inmenso trabajo que hizo en Los odiosos ocho, capturando toda la luz brillante y sombría que tanto se mezclaban en aquel Hollywood, en aquellos tiempos de finales de los 60, con el montaje cortante y alargado, según convenga, marca de la casa, obra de Fred Raskin, otro cómplice de la factoría Tarantino. Y qué decir de su selección musical con múltiples canciones que sirven tanto para situarnos en la época como para describirnos a algún personaje como Booth, mientras conduce a toda leche por las calles y escucha la emisora KHJ donde pinchan el Hush de los Deep Purple, el Mr. Robinson de Simon & Garfunkel, temas de los Paul Revere & The Riders, que volveremos a escuchar, y otros temas como el Bring a Little Loving de Los Bravos, el Califronia Dreamin  de José Feliciano, y otras canciones y versiones musicales que encajan a las mil maravillas en los submundos propios y ajenos que construye Tarantino en esta idea del cine dentro del cine y viceversa, donde todo es posible, donde cada secuencia es un universo por sí mismo, por donde se mueven sus “tipos” marca de la casa.

Su sensacional cast encabezados por dos intérpretes en estado de gracia, encajados a las mil maravillas en unos roles inolvidables , con la increíble y fantástica pareja protagonista Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, que repiten por segunda vez con el director, y por primera vez juntos en el cine, unos amigos inseparables que no dejarán de cabalgar juntos, de seguir fieles uno al otro, pura química entre ambos intérpretes, con sus momentos, como ese momentazo en el interior de la caravana de Dalton, pura rabia y locura de su instante vital, bien acompañados por Margot Robbie como Sharon Tate, con ese aire mágico, de otro mundo (de una inocencia que tanto se respira en esa ciudad a finales de los sesenta, con la irrupción del hipismo, en una década muy sangrienta a nivel político y social)  maravilloso, angelical, inocente y rubia platino que se mueve como caperucita por una ciudad que brilla con fuerza pero también oculta un lado muy oscuro y terrorífico, porque todos los mundos se mezclan, diferentes estratos sociales conviven en un mismo espacio, y todo puede estallar en cualquier momento, donde las luces brillantes que deslumbran cines, dinners y los shops de Hollywood Boulevard comparten con otros espacios más siniestros como granjas a las afueras y sets donde actores de medio pelo malviven esperando esa estrella que nunca llegará. Y otros intérpretes como el viejo agente enamorado de los spaguetti italianos que da vida Al Pacino, o ese otro jefe de especialistas que interpreta Kurt Russell, o las niñas raras e inquietantes que hacen Margaret Qualley y Dakota Fanning, o apariciones de Bruce Dern o Michael Madsen, entre otros.

Tarantino ha construido una película sobre personajes ensombrecidos, rotos, cansados, incluso derrotados, pero con dignidad, que recuerdan a todos aquellos que retrató en Jackie Brown, en un relato-homenaje-referencial al cine, a todo aquel cine que se resistía a morir,  contextualizado en ese tiempo de fantasmas y recuerdos, mezclado y visto desde otra perspectiva con su visión del verano del amor, del estallido del hipismo, del mismo verano en que se celebrará Woodstock, donde otro tipo de vida más allá de lo tradicional y convencional se abría paso, aunque la familia Manson se encargará de romper y despertar del sueño, y convertirlo en una pesadilla que acabó con tantos sueños e ilusiones. Tarantino ve toda esa época desde su pasión por el cine, a través de sus recuerdos, a través de nuestros sueños y quiera reencontrarse con su historia y  la historia y sus hechos, porque imagina que otros mundos son posibles o eran posibles, aunque sea desde un relato de ficción, desde el campo de la imaginación y los sueños, donde todo es posible, donde todo puede suceder, donde lo onírico algunas veces es real y otras no, donde las pesadillas caminan de nuestro lado aunque nos cueste darnos cuenta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

María, reina de Escocia, de Josie Rourke

ENTRE DOS REINAS.

“Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes”

De Macbeth, de William Shakespeare.

La película arranca de una forma austera y concisa, en la que vemos a María Estuardo, de espaldas, mientras es conducida al patíbulo para su ejecución. El ambiente es tenso, sepulcral y ceremonioso. Mientras, nos enlazan con imágenes de Isabel I, su rival y pariente lejana, medio hermana como se hacían llamar, dirigiéndose, también de espaldas, hacia su trono de Inglaterra. Dos secuencias que se irán alternando hasta ver los rostros de frente de las dos soberanas. Una, María, en su ocaso, y la otra, Isabel, en su esplendor. Dos caras de la misma moneda, dos formas de enfrentarse a su destino, y sobre todo, dos imágenes enfrentadas que nos acompañarán a lo largo del metraje. La cinta nos sitúa en el año 1561, cuando María Estuardo, legítima heredera al trono de Escocia, vuelve a su tierra después de enviudar de su esposo Francisco II Rey de Francia, con la intención de acceder a su trono y reclamar el de Inglaterra, que ahora posee Isabel I, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. A las dos mujeres les une el parentesco que María es nieta de la hermana de Enrique VIII, y por lo tanto, también puede reclamar el ansiado trono de Inglaterra, también soberano del Reino de Escocia. La llegada a la playa de María y su sequito, nos recuerda a la llegada de Antonius Block, el caballero cruzado de El séptimo sello, de Bergman, arribando exhaustos a las playas de su tierra y besando la arena mojada, después de años de ausencia.

Los productores de la película Eric Fellner y Debra Hay Ward, que ya habían llevado a la gran pantalla la vida de Isabel I en dos sendas películas, Elizabeth (1998) y su secuela del 2007, ambas protagonizadas por Cate Blanchett, tenían la idea de llevar la vida de María Estuardo al cine, biografía que encontraron en el libro María Estudardo, la reina mártir, de John Guy, especialista en la materia, y en la figura de Josie Rourke (Salford, Reino Unido, 1976) con una grandísima carrera en el teatro británico, la directora que debuta para llevar la vida de María Estuardo, y su enfrentamiento con Isabel I, y no sólo ella, sino todos sus súbditos, nobles y caballeros que conspiraban contra ella, con el apoyo incondicional de Inglaterra, que deseaba eliminar la presencia de alguien que reclama lo suyo y ponía en peligro el imperio británico. La película posa su mirada en María y todos aquellos que la siguen, en mayor o menor armonía, nos habla de una mujer de carácter, fuerte y valiente, que no sólo tiene que gobernar un país invadido por un imperio, sino que ha de hacer frente a todas las rebeliones y traiciones a las que se verá envuelta.

La cinta tiene un espectacular diseño de producción, en el que sobresalen su ambientación de la época, tanto en el vestuario, las caracterizaciones y demás elementos que nos devuelven a esos espacios convulsos del siglo XVI, con una cinematografía obra de John Mathieson (colaborador entre otros de Ridley Scott) ejemplar en sus encuadres y el provecho que saca, tanto de los interiores, con esos planos al estilo de Campanadas de medianoche, donde los grandes espacios sombríos y llenos de sombras de Escocia, contrastan con los palacios luminosos y ampulosos de Inglaterra, así como la belleza de los paisajes de esa Escocia indómita y salvaje. El guión de Beau Willimon (autor de la aclamada serie House of Cards) nos lleva a esa Escocia católica, dividida entre los partidarios protestantes de Inglaterra y aquellos que siguen a María, distensiones que nos llevarán por esos lugares oscuros de la película, con esas dos batallas, en las que Rourke opta por lo natural, sin dejarse llevar por lo espectacular o esteticista, o la forma en que nos desvelan los entresijos de la corte, con esos juegos sexuales en los que la homosexualidad estaba a la orden del día, o las escenas de cama entre María y Lord Darnley, filmadas desde un erotismo brutal y creando una simbiosis íntima entre los cuerpos.

La película se cuenta de forma agradable y sencilla, incidiendo en todos los temas que rodeaba la vida desdichada de María Estuardo, con sus amores fallidos, su convulso reinado, esos nobles movidos por la codicia que no dudaban en conspirar contra ella, y encima, con la presencia de Isabel I desde Inglaterra, que ayudaba a los nobles protestantes escoceses a dar rienda a sus deseos de grandeza y altivez, con esos pelucones y maquillajes, más propios de la caricatura y el esperpento, que recuerda a las pinturas negras de Goya, con colores fastuosos y brillantes, con esos ángulos de cámara con contrapicados para mostrar todo lo que sentía y deseaba. Un reparto en el que sobresalen las figuras de Saorsie Ronan, en otra muestra de su aura interpretativa capaz de enfundarse en una reina del siglo XVI, y dotarla de fuerza y carácter, sin un ápice de doblez, otorgando a su personaje sensibilidad y sensualidad. En frente, una Margot Robbie, muy afeada y malévola, que muestra a una reina solitaria, con mucho sexo y nada de amor, obsesionado con su trono, su poder y grandeza, y adulada por todos esos nobles ingleses protestantes con esas ansias de fama y dinero. Y luego, un buen ramillete de intérpretes como Jack Lowden, Guy Pearce, Ian Hart, Joe Alwyn, etc… que consiguen esa crudeza y vileza que rodea a María.

Rourke debuta con una película de hechuras y llena de energía, con un ritmo trepidante y valiente, en la que sobresalen su sinceridad y honestidad, con una sobriedad y elegancia dignas de un cineasta de gran recorrido, un drama con tintes de thriller, con la estructura del western a la antigua usanza, con dos rivales irreconciliables, que lucharán con uñas y dientes, entre el que defiende lo suyo, lo que le pertenece ilegítimamente, y aquel que no desea compartir, movido por su codicia y temperamento, en la dificultad de mirar al otro,  que lucharán por lo suyo hasta el final, sin ningún tipo de titubeo y compasión, una más que otra, como demostrará la magnífica secuencia de su (des) encuentro, extraordinariamente filmada, con esas sábanas blancas que caen entre ellas, como una especie de laberinto, muestra inequívoca de sus diferencias antagónicas, casi como un face to face entre la bella y la bestia, entre la protestante inglesa y la católica escocesa, dos formas de ver el mundo, de enfrentarse a él, de sentir, y sobre todo, de mirar y construir.

Yo, Tonya, de Graig Gillespie

AMADA POR TODOS, ODIADA POR TODOS.

La sociedad estadounidense es muy proclive a divinizar sus héroes nacionales, ya sean del ámbito que sean (recordarán aquellos cinco minutos de gloria a los que se refería Warhol) en la que por supuesto no hay medida ninguna, todo adquiere una desmedida desproporcionalidad, en buena medida por los medios de comunicación, que se convierten en bestias insensibles construyendo monstruos y sobre todo, guiando los juicios de la opinión pública. Cuando estos juguetes populares se hallan en la cumbre, todos son buenas palabras y golpes en el pecho, síntomas inequívocos de una sociedad necesitada de figuras exitosas de las que emerger su orgullo patrio, pero cuando las cosas se tuercen, cuando caen estrepitosamente, cuando dejan de ser o simplemente se humanizan, aquellos que los abalaban se convierten en Mr. Hyde y disparan a matar, atizándolos con fuerza, de manera terrorífica, sin medida, despedazándolos y arrancándoles la piel a tiras, en un juego macabro y siniestro donde los medios de comunicación vuelven a dirigir a las masas y matando al monstruo. Yo, Tonya se centra en la figura de Tonya Harding, una patinadora artística que alcanzó su cenit a comienzos de los noventa,  que representaba a esa América que las autoridades esconden, la que ocultan, la que no se rige por la convencionalidad de una sociedad que aparenta moralidad y convenciones conservadoras. Tonya es la hija de LaVona Golden, una de esas madres déspota, insensible y autoritaria que ha tenido media docena de maridos y una hija, a la que trata como si fuese un soldado. Quiere que sea esa patinadora de éxito que arrolle y humille a sus rivales sin compasión. Pero, Tonya es una chica palurda, sin modales y sin un centavo, que trabajará duramente para competir con las mejores, una especie de patito feo que podrá nadar en el estanque dorado, aunque metida en un sinfín de dificultades y problemas de todo tipo.

El origen de la historia se remonta a un documental sobre Tonya que hizo Steven Rogers, guionista de la película, especializado en las comedias románticas populares, que aquí cambia completamente de rumbo y compone un retrato sobre una pueblerina don nadie que llegó a la cima y fue amada por todos,  y luego fue explusado del paraíso sin compasión, convirtiéndose en la villana más odiada del país.Graig Gillespie (Sidney, Australia, 1967) dirige la película, un director que aparte de algunas producciones convencionales, había destacado en Lars y una chica de verdad (2007) protagonizada por un imberbe Ryan Gosling. Aquí, hace su trabajo más asombroso realizando un gran biopic, que huye en todos los sentidos de las biografías al uso que nos llegan desde Hollywood. La película va por otro lado, convirtiéndose en todo un hallazgo desde la forma y su fondo, ya desde su estructura y posición ante la historia que nos van a contar, enmarcada en el dispositivo de entrevistas, como si se tratase de un fake, la trama arranca en el 2015, donde escuchamos los testimonios de los implicados en la historia, la propia Tonya, la mencionada madre, Jeff Gillooly, entonces marido, Shawn Eckhard, sus respectivas entrenadoras, el autoproclamado guardaespaldas de Tonya (pero en realidad una bola de sebo con menos cerebro que una mosca y obsesionado con el espionaje) y finalmente, y por último, pequeñas aportaciones de un bronceadísimo y paleto periodista con ganas de exclusivas amarillistas. Porque la película no cuenta la verdad de Tonya y su desgraciado incidente, sino que desdobla el punto de vista en cuatro verdades, las cuatro personas implicadas nos contarán su versión de los hechos y sobre todo, como interpretaron los hechos ocurridos, en este relato que arranca allá por el 1975, cuando LaVona Golden lleva a su pequeña hija a patinar con sólo 4 años.

A medida que avanza la película, seremos testigos de la adolescencia de Tonya junto a su maléfica madre (una especie de mezcla de la ama de llaves de Rebeca y la mala de 101 dálmatas) y su primer amor que se convertirá en su marido, el tal Jeff (un tonto de tres al cuarto, como lo describe la madre, y violento, con un bigotillo ridículo que, además golpea a Tonya) mientras Tonya sigue su camino al éxito entrenando duramente, compitiendo y soñando con ser una de las grandes y ganar una medalla olímpica. Las continuos idas y venidas de la película, no sólo se convierten en la mejor seña de identidad del filme, sino que imponen un ritmo endiablado por sus dos horas de metraje, magnífico y lleno de tensión (un montaje que hubiera firmado el mismísimo Scorsese de Uno de los nuestros o Casino) en el que las cosas suceden de manera vertiginosa, las relaciones malvadas entre los personajes, en los que Tonya parece recibir todas las hostias (como el maravilloso momento cuando se enamoran unos pipiolos Tonya y Jeff , y seguidamente los vemos casados y golpe va y viene, mientras escuchamos el “Romeo and Juliet” de los Dire Straits) los entrenamientos, las competiciones, con esos giros y piruetas imposibles bien filmadas, que nos introducen en el interior de Tonya (acompañada del “Goodbye Stranger”, de Supertram, como ocurría en otro gran momento en Magnolia)  siguiéndola de forma trepidante por la pista de hielo.

Podríamos decir que es una película en muchas, como si fuese una especie de muñecas rusas, ya que en su interior hay otras tramas, desde el drama familiar entre madre e hija, el amor fou y violentísimo, la rivalidad deportiva, las argucias y los límites de la competitividad, y hasta donde uno está dispuesto a llegar para conseguir sus objetivos,  las normas fascistas de las competiciones, donde apoyan a la que mejor representa la idiosincrasia yanqui de dinero, buena familia y éxito, en detrimento de lo que representa Tonya, esa otra América sucia, desestructurada y mugrienta, sin olvidar la elaboración del incidente (algo así como una especie de comedia surrealista con tintes de cine negro cutre y muy absurda) que empieza por el envío inocente de unas cartas amenazantes a Nancy Kerrigan (la rival de Tonya) que acaba derivando en un esperpento (con el mejor estilo de los Hermanos Coen) donde unos trogloditas sin seso acaban agrediendo a la patinadora en cuestión con una barra de hierro, y finalmente, el circo mediático donde Tonya pasa a convertirse en el ser más despreciable de la tierra, y su posterior juicio y olvido.

La película describe con gran verosimilitud y fuerza el ambiente de aquellos finales de los ochenta y comienzos de  los noventa, con la ropa hortera, los peinados con tupes imposibles y coletas al viento, que se gasta la buena de Tonya, esa luz mortecina de la América profunda donde hay bares de mala muerte donde se sirve comida grasienta y recalentada, en los que se retrata un estado de ánimo, una sociedad psicotizada por el maldito éxito, empeñada en descubrir y alentar héroes cotidianos y encumbrarlos, para luego, cuando se convierten en terrenales, bajarlos de un sopapo y quemarlos sin piedad. La impresionante y magnífica interpretación de Margot Robbie, que deja de ser aquella femme fatale florero de El lobo de Wall Street, y la mejor actuación de la olvidable Escuadrón suicida, para lanzarse al abismo en todos los sentidos con Yo, Tonya, donde además de producir una cinta de naturaleza independiente rodada en sólo 31 jornadas, se convierte en una Tonya Harding espectacular y eficiente, interpretándola en tres momentos, la adolescencia, la juventud y en la cuarentena, mostrándose endiabladamente creíble y fascinante, una mujer vapuleada por todos, aunque ella también será bastante responsable, como admite en algún momento, sin convertirla en una víctima, sino en un ser de condición humilde, que lucha por ser alguien en el mundo del patinaje, y atrapada en una espiral violenta y casi suicida que la llevó a convertirse, a su pesar, en un ser despreciable que quizás no supo a tiempo parar toda la locura que se hervía a su alrededor.

La espectacular composición de Allison Janney (que dejó buenos detalles de su talento en la serie El ala oeste de la Casa Blanca) dando vida a la madre-bruja no muy eficaz en las relaciones humanas, que quiere lo mejor para su hija, y acaba traspasando todos los límites, con el fin de que su hija sea alguien en la vida, y que no acabe como ella de camarera en un bar de mala muerte, de una ciudad vacía y poco más, una grandísima interpretación llena de matices y detalles, que casi sin decir ni pio, acaba hablando de todo, a su manera adora a su hija, aunque sus métodos sean salvajes y humillantes. El buen hacer de Sebastian Stan como el marido enamorado, pero también maltratador y pardillo, con esa relación de amor-odio que se profesan. Gillespie ha construido una película emocionante, magnífica y diferente, libre en su argumento, y con esa forma que atrapa su negrura, la cutrez de los personajes, y los diferentes ambientes, desde las luces de las competiciones a esas casas de tres al cuarto donde se cuecen todas las barbaridades habidas y por haber.