Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge

FUI VIOLADA A LOS 16 AÑOS POR UN COMPAÑERO DE CLASE.   

“Esta película está basada en incidentes de la vida de la directora. La actriz que interpreta a Martha también fue violada cuando estaba en el instituto. Se han cambiado nombres y lugares”.

El cine tiene una inmensa capacidad para inventar con el propósito de enfrentarse a las historias que quiere contar para transmitir a los futuros espectadores. Cada historia necesita su propia mirada y sobre todo, su propia forma. Dicho esto, cuando la cineasta Martha Coolidge (New Haven, Connecticut, EE.UU., 1946), contaba con tan sólo 16 años y estudiaba secundaria fue violada por un joven de 21 años. A la hora de afrontar su primera película, Coolidge tenía la necesidad de hacer una película sobre el hecho traumático que supuso la violación 12 años atrás. La directora se aleja de la ficción convencional y construye un dispositivo magnífico, que consiste en un relato que tiene secuencias ficcionadas, que ocurren en el instituto y sobre todo, en el interior de un coche, camino a la fiesta donde se producirá la mencionada violación. A estas ficciones, les acompaña unas extraordinarias secuencias documentales, situadas en un destartalado loft en New York, en las que escenifican el momento de la violación, así como indicaciones y diálogos que mantienen la propia directora con amigos alumnos de la Universidad de la citada ciudad que interpretan a los personajes. 

De Martha Coolidge conocíamos sus películas posteriores a ésta, como La chica del valle (1983), Escuela de genios (1985), El precio de la ambición (1991), Angie (1994), y series de televisión como Sexo en New York (1998), C.S.I. Las Vegas (2000), y Cult (2013), entre otras. Una extensa carrera que abarca casi medio siglo de vida y más de 40 títulos. La pregunta es: ¿Por qué no conocíamos una película como Not a Pretty Picture?. Ya conocemos la respuesta. Por eso, por lo que cuenta y cómo lo aborda. Hasta ahora, porque gracias a la iniciativa de la restauración y el acierto de Atalante Cinema de distribuirla por estos lares, podemos verla y sobre todo, reflexionar en su fondo y forma. Lo que más sorprende de una película de esta naturaleza es la valentía y la mirada de su directora, Martha Coolidge de afrontar su propio dolor y el de muchas adolescentes que también fueron víctimas de la cultura de la violación tan naturalizada en los institutos. Estamos ante una película que es muchísimas cosas: desde el documento, de rememorar unos recuerdos dolores y difíciles de expresar, desde el ensayo, donde hay espacio para dialogar sobre lo que se está filmando y la forma de hacerlo, la ficción, como vehículo para desmembrar con más profundidad la complejidad de la realidad, y los componentes que la rodean. y desde lo humano y lo político, porque es tan importante lo que se muestra y el cómo se hace, donde en ese sentido.

La película es todo un ejemplo, ya lo era en su momento, en los pases que tuvo, porque no tuvo una carrera en cines comerciales, y lo es ahora, porque el problema sigue tan vigente como lo era entonces, donde el abuso y la violación siguen tan actuales, por desgracia. Not a Pretty Picture tiene el espíritu de los cineastas independientes de New York, los que se acogen en el Anthology Film Archives, como los Jonas Mekas y Peter Kubelka, entre otros, las películas de John Cassavetes, porque con una cámara de 16mm se acercan a las realidades más inmediatas pasadas por la ficción del cine y sus elementos más naturales y transparentes. Coolidge que tenía 28 años cuando hizo Not a Pretty Picture, se desdobla en dos miradas, la de la cineasta y la persona que mira su película y vuelve a aquel día fatídico donde fue violada, haciendo y haciéndose las preguntas y entablando diálogos con sus personas/personajes, donde su protagonista Michele Manenti, que hace de ella misma, también fue violada en el instituto, y las aportaciones de Jim Carrington, que es el violador, que habla desde el personaje y de él mismo, como los demás intérpretes, y la presencia de Anne Mundstuk, que fue compañera de la directora, interpretándose a sí misma.  

Una película denuncia y política, porque no sólo se queda en los hechos sino que va más allá, interpelando a esa cultura del abuso tan arraigada en los institutos y en los adolescentes que la ven como algo normal y consentido, cuando es al contrario. Desde su aparente sencillez, el aparato cinematográfico que cimenta Coolidge es, ante todo, una película que aborda un tema durísimo, pero sin ningún atisbo de revancha ni nada que se le parezca, sino desde la profundidad y la reflexión para comprender porque el abuso y la violación están tan naturalizados por los hombres y porqué se producen con tanta impunidad, creando el espacio para la conversación y el diálogo compartiendo experiencias, pensamientos y miradas. Por favor, hagan lo imposible por ver la película Not a Pretty Picture, de Martha Coolidge porque es toda una lección magnífica de cómo abordar un tema como la violación, el abuso, la intimidación y sobre todo, el miedo que rodea a la víctima ante un hecho tan doloroso, la dificultad de compartirlo con los demás y el asqueroso sentimiento de culpa que tienen las mujeres que han pasado por un trance tan horrible como este. Estamos ante una película de obligada visión por todos y todas, con sus maravillosos 83 minutos de metraje. 

Quiero agradecer enormemente a la directora estadounidense Martha Coolidge que hiciese esta película, por su audacia, por su talento y su forma de hacerla con ese espíritu indomable de la independencia y de la amistad, de compartir con los demás su violación y su dolor, y ser tan sencilla y tan transparente en su forma de mirar y reflexionar, en una película infinita, es decir, que usa las herramientas del cine para encarar el tema, y lo hace desde la profundidad más libre, natural y transparente, sin caer en tremendismos ni posiciones de un lado u otro, sino desde lo humano, desde lo político, pero en el sentido de reflexionar sobre el problema del abuso a las mujeres desde múltiples puntos de vista para mostrarlo sin edulcorantes ni nada de esa índole, sino desde la “verdad”, desde esa verdad de mirarnos de frente, sin tapujos ni sombras, sino con toda la claridad y transparencia posibles, y la directora lo consigue, porque habla desde lo personal y lo sencillo. Una película extraordinaria, abrumadora y sorprendente por lo que cuenta y cómo lo hace, tan moderna que no tiene tiempo ni está sujeta a nada ni nadie, sino al problema que retrata. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La estrella azul, de Javier Macipe

LA ESTRELLA ANÓNIMA.   

“ (…) Sé que ya nada va a ocurrir. Pero ahora estoy contra las cuerdas. Y no veo ni una forma de salir. Pero, voy a apostar fuerte mientras pueda”. 

De la canción “Apuesta por el rock ‘n roll”, de Mauricio Aznar y Gabriel Sopeña

Cuando el cine aborda la vida de un artista acostumbra a hacer un extenso recorrido sobre sus hazañas dejando, en muchos casos, las partes más oscuras y aquellas que puedan asustar a una audiencia masiva. No obstante, hay casos en los que se alejan del famoso y del éxito para adentrarse en otros terrenos, de aquellos artistas que nunca tocaron la gloria, que quedaron en el camino, o esos otros que algún día tocaron algo, pero el tiempo los ha olvidado y han quedado en la memoria de los más allegados. La estrella azul, la ópera prima de Javier Macipe (Zaragoza, 1987), es una de esas películas que se detiene en la figura de Mauricio Aznar (1964-2000), un músico y paisano suyo, uno de esos artistas que vivieron a la espera de un éxito o no, que entendían la música como una forma de vida y del espíritu, una vida en continuo camino, viajando y encontrándose con la música más auténtica y de verdad. 

El cineasta zaragozano apuesta por un retrato que va más allá de la simple sucesión de hechos más o menos importantes, aquí no hay nada de eso, sino una forma de mirar hacia adentro, como deja plasmado en sus primeras imágenes, donde vemos el guion con la secuencia que abre la película, en un extraordinario juego de realidades, espejos y ficciones para crear no sólo el retrato de una persona que soñaba con hacer canciones, sino con un entorno específico, la Zaragoza de los 90 y la Argentina más rural en la que Mauricio conocerá a la familia santiaguera Carabajal con Don Carlos a la cabez, uno de los padres del folklore argentino, donde volverá a aprender la esencia de la música y del rock and roll, y vivirá experiencias difíciles de olvidar. La película es un viaje, tanto físico como espiritual, de alguien que hacía música por y para estar y relacionarse con el mundo, tiene la historia muchas similitudes con aquella joya que fue Bound for Glory (aquí llamada “Esta tierra es mi tierra”), del gran Hal Ashby de 1976, inspirada en la vida del músico country Woody Guthrie, donde las experiencias con el otro y con el desconocido es una forma de ser y estar con uno mismo y con los demás. También, es una historia de amor, con la música y con la mujer que Mauricio amaba, y cómo no, de desamor, con sus idas y venidas, sus dudas, sus excesos y sus tristezas. 

Tiene la película el alma triste de una figura incomprendida, que la asemeja con la idea de Quijote de Cervantes, donde el alma inquieta de alguien choca con los convencionalismos de la sociedad y todas esas cosas que no se hacen aunque se quieran. Contribuye a esa idea entre lo romántico y lo duro de la vida, la excelente cinematografía de Álvaro Medina, que ya trabajó con Macipe en el cortometraje Gastos incluidos (2019), realiza un exhaustivo trabajo de luz natural en que la cercanía llena todo el cuadro, acercándonos el estar y el espíritu de Mauricio y esa Argentina rural que tanto amó, buscando la música más ancestral, cuna del rock como la que hacía Atahualpa Yupanqui (1908-1992), el auténtico maestro del folklore argentino. Estamos ante una película que se toma su tiempo para contarnos el viaje y las peripecias de Mauricio, con sus 129 minutos de metraje, en un trabajo de Nacho Blasco y el propio director, en el que miran su película sin prisas, construyendo un ritmo pausado, sereno y transparente, en un acto revolucionario en un cine como el actual más construido para los adolescentes que pare el público que quiere ver y saborear las historias. 

Como no, hay tiempo para escuchar las canciones que cantaba Mauricio Aznar, muy rockabilly como las que popularizó con su banda “Más birras”, las de “Maldita sea mi suerte”, “Tren de medianoche”, “Esa chica llamada soledad”, entre otras, y la más conocida y mencionada “Apuesta por el rock ‘n roll”, que versionó Bunbury con sus Héroes del Silencio, su única versión, donde vemos que no era un músico más, sino alguien que amaba hacer canciones y que explicaban no sólo historias, sino un estado del espíritu y de la existencia en aquella España de mediados de los noventa. La labor de encontrar a un actor que diese vida a Mauricio no era tarea fácil, y Pepe Lorente, que se ha curtido en muchas series televisivas, lo consigue sin hacer ninguna clase de aspavientos, y sobre todo, compone una interpretación desde el alma, desde la sencillez y la naturalidad, con su forma de moverse, de hablar y de relacionarse con los demás, con esa sencillez del músico que siempre está aprendiendo y escuchando, y muy atento a todo lo que se mueve a su alrededor. Lo de Pepe Lorente debería estudiarse en las escuelas de cine o por todo aquel que quiera interpretar a alguien que existió, porque se aleja de lo convencional, porque va más allá de la simple semejanza y sus gestos y miradas. 

Le acompañan Bruna Cusí como la novia de Mauricio, una relación complicada con el músico que toma drogas, con su naturalidad y cercanía habituales, una actriz que elige muy bien sus proyectos, muy diferentes y retadores, Marc Rodríguez es el hermano mayor del artista, tan difícil como complejo pero lleno de amor, Catalina Sopelana como Mara, otra artista que se relaciona con Mauricio, y la familia Carabajal,  que muchos se interpretan a sí mismos, y otros como Don Cuti que hace de su hermano Carlos, y otros santiagueros que participan en la película siendo ellos e interpelando a Mauricio, en una suerte maravillosa de ficción, documento y recreación vital, donde el cine se convierte en el género perfecto para hacer una película como La estrella azul, que reivindica la figura de Mauricio Aznar Müller, y sobre todo, la trae a nuestros días, desenterrando a todos esos artistas que fueron y ya no son, con sus luces y sombras, con sus cosas y sus otras cosas, como la película La estrella errante (2018), de Alberto Gracia, que nos devolvía la figura del músico Rober Perdut, en un film-viaje lleno de sombras, claroscuros, en un tiempo indefinido donde todo parecía y ya nada es. Nos alegramos que una película como La estrella azul, de Javier Macipe exista y tenga esa voluntad de mirar a la música y al músico de forma diferente, dejando el oropel y la superficialidad, y adentrándose en un espacio más rico e interesante que más tiene que ver con la búsqueda y los procesos artísticos y la forma de relacionarse con la música, con la vida, con las personas, con el rock y lo tradicional, todo aquello que son los orígenes y a la postre, de dónde venimos y lo que nos ha llevado a ser lo que somos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Negu Hurbilak, de Colectivo Negu

LA JOVEN ESCONDIDA. 

“No me preguntéis dónde estoy. Este lugar no aparece fácilmente en los mapas. No me preguntéis dónde estoy. Este lugar no entiende de altitudes ni latitudes. No me preguntéis dónde estoy. Estoy bailando en un lugar mutable. Y aunque me busquéis nunca me encontraréis”.

“Non”, del libro de poemas “Alde erantzira nabil” (2016), de Ekhine Eizagirre

Los primeros minutos de Negu Hurbilak (traducida como “Cercano invierno”), ya nos muestra la honestidad de la película, es decir, nos sitúan en la actividad de un aserradero donde el ruido de las máquinas se confunden con el de las maderas, el barro acumulado y la lluvia fina que cae, en una zona montañosa, la que pertenece al Valle de Santesteban en Navarra. La cámara filma como un documento, aunque también está ese aroma de lo oculto, como veremos en el siguiente capítulo, en mitad de la noche, uno de los camiones que transportan madera, se detiene en un pueblo y se baja una joven, que es recogida por alguien. La película se mueve, muy sigilosamente, por diferentes texturas y géneros, como el documento, el thriller, lo social y sobre todo, todos esos momentos cotidianos e íntimos que ocurrieron después del cese de actividad de ETA en 2011. 

Los cineastas que se recogen bajo el Colectivo Negu (Ekain Albite, Mikel Ibarguren, Adrià Roca y Nicolau Mallofré), vascos y catalanes que se conocieron mientras estudiaban en la Escac, y en sus cortos han explorado el País Vasco y Cataluña a través del 16mm con Erroitz, Uhara y A rabassa morta, y en el mediometraje Laiotz (2023), con el viaje interior como motor de la trama. En su primer largo, el mencionado Negu Hurbilak, inspirada en una canción homónima de Mikel Laboa, también exploran en el viaje interior de una joven de la izquierda abertzale por Zubieta, un pueblo fronterizo, último paso para pasar a Francia y huir. Como ya hacían en sus anteriores trabajos, vuelven a filmar en 16mm, con un aspecto formal de 1.66:1, que ayuda a componer esa atmósfera densa y asfixiante de un lugar detenido al igual que la protagonista, apoyada en silencios como estado de ánimo, como una idiosincrasia de tantos años de callar, porque no se podía hablar, y en la cotidianidad de gentes dedicadas al campo y al ganado, y a sus quehaceres diarios, con sus fiestas, tradiciones y costumbres, y demás, como si nada de lo que sucediese fuera con ellos, pero nada que ver, en una forma de vivir a pesar de todo. 

Mucho del equipo que participó en sus obras anteriores, vuelve a estar en esta, como el cinematógrafo Javier Seva, el montaje de Edu V. Romero y Ezkain Albite, uno de los directores y guionistas, y el sonido de Iosu Martínez, conforman un espacio natural y transparente, pero también misterioso, más propio del género fantástico, devolviendo al cine esa fantasmagoría que fue protagonista en sus inicios, creando un estado en que se bucea en un espacio límbico entre lo físico y lo emocional, donde la frontera juega un papel importante, que describe ese ánimo donde ya nada tiene sentido y todo lo tiene, con un personaje escondido, oculto a los demás, y a la vez, presente y ausente, que vive y muere cada día, mirado por los vecinos de Zubieta, y que se mira a sí mismo, encontrando o no su nuevo lugar, perdido, en soledad y en compañía, en una abstracción que más parece un muerto viviente que alguien con identidad, encarcelado en un lugar y no lugar que no reconoce y que no se reconoce. Estamos ante una película que no estaría muy lejos de Stromboli, terra di Dio (1950), de Rossellini, en la que Karin huye de una prisión para meterse en otra, algo parecido le sucede a la joven protagonista de Negu Hurbilak, en un situación intermedia y límbica, en el que nada ni nadie parece cercano y lejano a la vez.

Una película apoyada en el paisaje y en lo doméstico, necesitaba una presencia capaz de revelar estos misterios y sombras que tan presentes están en el relato, y lo consigue con la gran elección de una actriz como Jone Laspiur, que desde lo íntimo y lo conciso, sin alardes de ningún tipo, consigue esa sensación de miedo y desconcierto de su personaje. Una actriz que nos encantó en Akelarre, Anne y Cuerdas, demuestra una extraordinaria capacidad para hacer grande lo mínimo, en un personaje del que apenas sabemos nada, en un presente continuo donde el pasado está muerto y el futuro parece muy confuso y totalmente incierto. Una joven que viene de un lugar y quizás, no puede seguir hacia adelante, y se ha quedado en un tiempo del que está atrapada, sin posibilidades de escapar, al igual que le ocurría a Ingrid Bergman en la extraordinaria película de Rossellini. Sería irrespetuoso no hacer una mención especial a los otros, los vecinos de Zubieta, que conforman toda esa población vasca que ha sufrido tantos años de conflicto, tantos años de silencio, de miradas, de frases no dichas y de apariencias y de ocultamientos, de un tiempo de silencio que mencionaba Luis Martín-Santos, un tiempo que ya finalizó, y la película profundiza en ese otro tiempo que todavía no ha llegado, en ese tiempo intermedio en el que todavía los actores implicados desconocen que vendrá. 

No dejen pasar una película como Negu Hurbilak, porque traza una mirada desde lo personal después de todo lo que significó los años de ETA, como hacía la magnífica Ander eta Yul (1989), de Ana Díez, donde enfrentaba lo humano con lo colectivo, las huellas del conflicto, en una de las mejores obras que se han filmado sobre el conflicto vasco. Quédense con estos cuatro nombres: Ekain Albite, Mikel Ibarguren, Adrià Roca y Nicolau Mallofré del Colectivo Negu que, ya sea en conjunto o por separado, sigan trabajando en el cine y reflexionando sobre los temas que forman parte de la condición humana, guiándonos por todos esos rescoldos y grietas que dejan tantos años de silencio y dolor, tantos años de incertidumbre y de miedo, tantos años de ausencias y presencias no queridas, tantos años que ahora parecen tan visibles como invisibles, en películas que se detengan y miren a su alrededor, en este tiempo de prisas y estupideces, da inmensa alegría que existan películas como Negu Hurbilak, donde hay tiempo para no hablar, para perderse en pueblos y bosques, para mirar hacia afuera y hacia adentro, para estar y no estar, para ser y no ser. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Buscando a Coque, de Teresa Bellón y César F. Calvillo

¿DÓNDE SE FUE NUESTRO AMOR? 

“Cuando alguien dice que todo está bien, es que nada está bien”. 

Hay comedias románticas y comedias románticas. Y digo esto, porque en las últimas décadas el género se ha prostituido demasiado, es decir, se ha convertido en una amalgama de clichés, historias demasiado superficiales y nada atrayentes, donde nos entretienen con chucherías con grandes cantidades de azúcar para finalmente, celebrar exageradamente la idea del amor idealizado o algo que se le parece. ¿Dónde quedaron aquellas maravillosas comedias románticas? Me refiero a aquellas como Sucedió una noche, Al servicio de las damas, La fiera de mi niña, Historias de Filadelfia, Vacaciones en Roma, Con faldas y a lo loco, Charada, Annie Hall y Atrapado en el tiempo, entre muchas otras. Historias divertidas, llenas de amor (o eso que sentimos que nos pasa cuando nos gusta alguien), con personajes excéntricos y muy cotidianos, y sobre todo, con grandes dosis de aventura, de riesgo y de no te menees. Salvando las distancias, la película Buscando a Coque, pertenece a este segundo grupo, y no porque pretenda emularlas, ni mucho menos, sino porque nos sitúa en el seno de una pareja con 17 años de amor en común. Una relación que parece que va bien, aunque, a simple vista, esto mismo se podría decir de la mayoría. Una unión que se torpedea cuando ella se va a la cama con Coque Malla, el ídolo de él, y el lío ya está montado, porque él quiere preguntar a Coque los motivos, y hará lo indecible para conseguirlo. 

La pareja de cine y de amor formada por Teresa Bellón y César F. Calvillo que ya nos deleitaron con películas cortas como Cariño, me he follado a Bunbury (2016), del que nace esta película en cuestión, cambiando el músico zaragozano por el madrileño, amén de otros cortometrajes como No es fácil ser… Gorka Otxoa (2016), y Una noche con Juan Diego Botto (2018), todos con el denominador en común del famoso y el/la fan. Para su primer largometraje, nacido de las Residencias de la Academia de Cine, han contado con la compañía de la productora Beatriz Bodegas con películas tan interesantes como Tarde para la ira y Animales sin collar, entre otras, en la que la mencionada pareja, que se llaman igual que la pareja de cineastas, interpretan a una pareja en crisis, o quizás, son una pareja que han perdido el amor y lo que ha pasado es un detonante que los saca del letargo de la relación,  y él decide que van a emprender un viaje desde Madrid a Miami tras la pista del músico. Allí, se encontrarán una ciudad de contrastes, grande y apabullante, donde se sienten más perdidos que antes, con el choque de la fantasía del turista con la realidad superficial, deambulando su  ex amor o lo que queda de él, en una especie de terapia inconsciente en que se miran, comparten y son cómplices, después de bastante tiempo, de lo que son, tanto como persona como pareja, y siendo realistas de todo aquello que han ido perdiendo sin darse cuenta. 

La trama tiene interés porque no sólo se queda en ellos, sino también en “Miami”, lleno de almas perdidas como ellos, con la velocidad absurda de una gran ciudad que carece de identidad, y las estupideces consumistas en las que estamos todos atrapados sin hacer nada para cambiarlas. Estamos ante una comedia romántica al uso, con sus tópicos, pero tópicos con gracia, ingeniosos diálogos, y esos choques entre los recién llegados y los de allí, que son también de aquí, en una gran urbe materialista llena de almas sin consuelo, como esa maravillosa recepcionista de la discográfica, o el insatisfecho tatuador, dos grandes intérpretes de reparto que no sólo dan profundidad a la pequeña odisea de los protagonistas, sino que dan un toque real y surrealista a la trama. Qué decir de Coque Malla, haciendo y riéndose de sí mismo, o mejor dicho, siendo el personaje que está en todas partes y nunca vemos, omnipresente en las conversaciones-reproches de los protas y la otra cara de la moneda, siempre invisible y esquivo. La cuidada y natural cinematografía de un grande como Javier Salmones, con más de noventa títulos a sus espaldas, da ese aroma de cotidianidad, pero también de peli de aventuras urbanas, donde lo importante no es si encuentran o no a Coque, sino todo lo que les ocurre en los United States mientras tanto. El montaje de Irene Blecua combina lo grande con lo más pequeño, es decir, que estamos ante una comedia romántica entretenida y nada pretenciosa, con esa otra comedia más profunda, donde se habla de amor o aquello que creemos que es, de las propias existencias, de nuestras decisiones y todo lo que nos ha llevado al punto donde estamos, a preguntarnos y cuestionarnos quiénes somos y porqué. 

La música de Coque Malla ayuda a profundizar en aquello que sienten los personajes, deambulando por varios estados emocionales, con el famosísimo tema “No puedo vivir sin ti”, con el que hay bastante humor socarrón, la canción “Todo ocurrió de pie”, que es clave en la película, con una secuencia de esas que hacen grande cualquier trama, y otros temas del músico que consiguen ser el mejor cómplice para la historia que se está contando. Una película así, en la que la pareja protagonista debe ser creíble y sobre todo, atrayente, y con vis cómica, está muy bien conseguida con el dúo Alexandra Jiménez y Hugo Silva, formando esa pareja con su crisis y sus crisis, dando rienda suelta a sus miedos, inseguridades, y tras Coque Malla, o quizás, sólo andan detrás de aquello que un día tuvieron y ahora no encuentran. Unos seres perdidos, como todos, en esta maraña de existencias, de lugares, de sentimientos, que van de nosotros, aunque la mayoría de veces, no les hacemos ni puto caso, porque estamos en otras cosas que creemos muy importantes, pero en realidad no lo son, son inmediatas, más entretenidas y fáciles, tal vez, porque las importantes son aquellas que nos duelen de verdad, aquellas que si perdemos, tardaremos en recuperarnos y dejarán en nosotros una huella imborrable, ya saben de qué les hablo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La tierra prometida (The Bastard), de Nikolaj Arcel

LOS DESHEREDADOS.  

“Hay en mí una obstinación que me impide doblegarme ante la voluntad de los demás. Mi valor aumenta cuando intentan intimidarme”. 

De la novela “Orgullo y prejuicio”, de Jane Austen 

Muchos de ustedes recordarán la existencia de Cable Hogue, aquel tipo abandonado a su suerte en mitad del desierto. Un tipo que encontró agua. Un tipo al que los poderosos le dieron la espalda, y sólo los expulsados como un predicador borrachín sin parroquia y sin siervos, una prostituta de la que se enamora, y demás personajes que pasan por allí, y encuentran refugio en el hogar de Hogue en mitad de la nada. La película es La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah, quizás la obra más personal, más profunda y más humanista de cuántas hizo el cineasta californiano. Pues digo todo esto, porque la sexta película de Nikolaj Arcel (Copenhague, Dinamarca, 1972), tiene mucho del espíritu que recorría la cinta de Peckinpah, en sus continuas semejanzas en su protagonista, Ludvig Kahlen, un veterano capitán que quiere crear un hogar en mitad de un páramo desierto y sin nada, al que se le juntarán otros expulsados que huyen de la civilización, como un matrimonio de criados que huye de la violencia del gobernador de turno, o un grupo gentes que tienen el robo y el saqueo como forma de subsistencia, y demás almas que buscan refugio. 

Del cineasta danés me encantó Un asunto real (2012), en la que seguía la amistad del rey Cristián VII y un doctor intelectual y progresista, que hacía Mads Mikkelsen, que se enamora de la reina Carolina Matilde. Un historia ambientada en la segunda mitad del siglo XVIII al igual que La tierra prometida (The Bastard), (Bastarden, del original, traducido como “Los bastardos”), con la que guarda muchas similitudes, porque estamos también ante una historia “Basada en hechos reales”, basada en la novela homónima de ida Jensen, con un guion que firma el director y guionista Anders Thomas Jensen (con guiones en el movimiento Dogma, Susanne Bier y Lone Scherfig, etc…), y el propio director, en su segundo trabajo después de La torre oscura (2017), que adapta un novela de Stephen King, a partir de una trama en la que sus protagonistas quieren vivir en paz y trabajar la tierra, y cambiar las cosas, y otros, los nobles de turno, sólo quieren mantener sus privilegios a costa del pueblo trabajador. La nobleza ahora es Frederik de Schinkel, un despiadado gobernador que impone su poder y abusa sexual y violentamente de todo aquel que le sirve. Aunque, el veterano capitán no se dejará avasallar, ya que tiene el permiso del rey, y se mostrará firme ante las acciones violentas del mencionado gobernador. 

Una minuciosa reconstrucción histórica que tiene el western crepuscular como base con una excelente cinematografía de Rasmus Videback, que ha trabajado en los 6 largometrajes de Arcel, en la que construye una planificación excelsa dando protagonismo a los rostros y sin embellecer el paisaje, todo lo contrario, apostando por la negrura de un lugar que continuamente se ve amenazado. La música de Dan Romer (con películas para Jonas Carpignano, Sara Dosa y Cary Joji Fukunaga), acentúa la balada y la sensibilidad de la historia, sin caer nunca en el tremendismo, en una película que hay violencia y mucha dureza, pero contada con cercanía y humanismo. Tenemos en el montaje un nombre como el de Olivier Bugge, que ha editado las 6 películas del director, a parte de las obras de Joachim Trier, amén de las del documentalista Fredrik Gertten, y una serie con Nicolas Winding Refn), llevando una película de metraje largo que alcanza los 127 minutos, pero que en ningún instante se hace pesado ni repetitivo, sino todo lo contrario, tiene dinamismo, naturalidad, y sobre todo, la pausa necesaria para contar una historia lineal, pero llena de interés por la complejidad moral de sus personajes. 

Como sucedía en Un asunto real, estamos ante un reparto bien elegido y mejor interpretado encabezado por un grande e inmenso Mads Mikkelsen, que ya estuvo en la citada como el doctor humanista, ahora enfundado en un capitán retirado que todavía cree en los imposibles y no dejará amedrentar por la violencia del gobernador, y seguirá, con dudas e inseguridades, firme en su idea de convertir el árido y desierto páramo en un hogar cueste lo que cueste. Le acompañan el “enemigo” en la piel del mencionado De Schinkel, que compone un soberbio Simon Bennebjerg, que hemos visto en película interesantes como el policíaco The Guilty, el drama El pacto, de Bille August, o en la magnífica serie sobre política Borgen. Tenemos a Ann Barbara, la criada huida del gobernador, que hace la actriz Amanda Collin, que se convierte en la sombra de Kahlen, una mujer que no cesará en su propósito de seguir entera junto al capitán, el cura de los desheredados Anton Eklund lo hace Gustav Lindh, del que habíamos visto Reina de corazones, Jinetes de la justicia, que nació de una idea de Anders Thomas Jensen, y tenía de protagonista a Mikkelsen, y en El hombre del norte, de Robert Eggers, y finalmente, Edel Helene, la prima prometida del gobernador que interpreta Kristine Krujath Thorp, que la vimos como protagonista en las comedias divertida de Ninjababy, y en la negra Stick of Myself, encarnado a esa joven, como ocurría con la reina que hacía Alicia Vikander, atrapada por las decisiones económicas y políticas de su familia a un matrimonio que no desea. 

La historia que cuenta La tierra prometida (The Bastard) es  una historia que hemos visto muchas veces, porque como mencionaba el poeta, la historia de la humanidad o lo que queda de ella, siempre fue la humanidad  luchando contra la maldad, y sus leyes, civilización y demás. Estamos ante un relato nada complaciente ni mucho menos cómoda, es una historia llena de oscuridad y violencia, pero también, es una historia de humanismo, de un pedazo de la historia de Dinamarca, y como todas, llenas de mucha explotación, impunidad y sangre, que tiene un personaje como Ludvig Kahlen que hace frente a la tiranía con lo que tiene, sus manos y su inteligencia, y su obstinación, porque cuando las cosas se ponen difíciles es cuando debemos seguir, porque sino siempre se vivirá a merced de los demás, de unos pocos privilegiados e inútiles que sólo desean su beneficio y volver a las cavernas y las cadenas. El capitán veterano y Ann Barbara encarnas a todos esos que nunca se rindieron, que siguieron batallando contra la injusticia, contra la maldad, y sobre todo, sosteniéndose el uno al otro, porque seguramente no conseguiremos lo que deseamos, pero sí alcanzaremos algo mucho mejor, encontrarnos aquello que no esperábamos y eso, por pequeño que sea, será mucho más de lo que nunca hemos soñado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bob Marley: One Love, de Reinaldo Marcus Green

EL MÚSICO HUMANISTA.  

“La música es el arma más poderosa en la lucha por la libertad”.

Bob Marley

La música de Bob Marley (1945-1981), iba muchísimo más allá de su ritmo y contenido musical, porque era un estado en la vida, ya que el músico jamaicano fue un tipo declarado pacifista, humanista y propulsor de la fe rastafari. Sus letras como él mismo mencionaba: “La música solamente es el vehículo, lo importante es el contenido de la letra”, estaban llenas de activismo por la vida, la libertad de pensamiento y crítica, y de agitar las mentes para levantarse y actuar por los derechos humanos, en un país como el suyo lleno de violencia, de disputas políticas y al borde de la Guerra Civil. Con Bob Marley: One Love, promovida por sus hijos, se recuerda su inmensa figura, tanto en términos musicales como humanos, de alguien que siempre luchó por los más desfavorecidos, un universo que conocía con detalle, y usó la música y sus punzantes y profundas letras para alzar la voz contra aquellos que sometían a su gente, promoviendo el colectivo frente al individualismo, generando cooperativas y una forma de hacer y sentir en un país tan azotado por la miseria y el rencor. 

De las cuatro películas que ha dirigido reinaldo Marcus Green (New York, EE.UU., 1981), tres se basan en hechos reales. En Good Joe Bell (2020), seguía la peripecia de un padre que hablaba del acoso después que su hijo lo sufriera. En El método Williams (2021), se detenía en la vida de Richard, el padre que consiguió que sus dos hijas, Venus y Serena, se convirtieran en grandes tenistas con métodos discutibles y poco convencionales. La obra Bob Marley: One Love, promovida por sus hijos, que algunos hacen arreglos musicales, nace a partir de un guion de Terence Winter (que tiene en su haber series de prestigio como Los soprano y Broadwalk Empire, y películas como El lobo de Wall Street, de Scorsese), Frank E. Flowers, Zach Baylin, con el que trabajó en la citada El método Williams, y el propio director, en el que se dejan del biopic al uso, y se centran en un breve período de tiempo, el año y medio que va desde el accidentado concierto por la paz en el Parque de los Héroes Nacionales de Kingston, lleno de tensión (ya que dos días antes, Rita, la mujer de Marley, y otros colaboradores, fueron tiroteados en su casa), hasta otro concierto por la paz de 1978 el One Love Peace Concert que supuso la vuelta del músico a Jamaica, después de su exilio en Londres, donde estalló el fenómeno Bob Marley and The Wailers con la publicación de su impresionante disco “Exodus”. 

La película nos muestra a una persona muy implicada con los suyos, extraordinariamente espiritual y alguien que no se detendrá ante la lucha por la libertad. Encontramos momentos más convencionales como los flashbacks que aportan poco a la trama, y la cinta aumenta de nivel escarbando la inmediatez con la que está contando, en el que asistimos a sus dudas, miedos e inseguridades de alguien que huye de su país, que quiere que su música explique algo y remueve conciencias, son alucinantes los momentos en los que somos testimonios privilegiadas del proceso artístico de un disco como “Exodus”, y la eclosión de su éxito y sus conciertos. También, hay espacio para las distensiones de la pareja que mantiene con la mencionada Rita, y sobre todo, como el éxito y el show business chocan con la mentalidad de Bob, más rodeado de gentes sencillas que de snobs chupopteros. El cineasta se rodea de algunos de sus colaboradores para dar forma, color y profundidad, como el músico Kris Bowers, que no sólo acompaña con inteligencia las maravillosas y críticas canciones de Marley, sino que da esa nota de espiritualidad y pausa que tanto amaba el músico jamaicano, la cinematografía de Robert Elswit, habitual en el cine de Paul Thomas Anderson, que no embellece la película, sino que aporta esos claroscuros que tiene y la sitúan en una historia que tiene mucho más de lo que pueda parecer, El montaje formado por el dúo Nick Hoy y Pamela Martin, debutante con Green. Él, habitual de Greta Gerwig, y ella, en películas como Pequeña Miss Sunshine, dan forma a una película muy agitada, a nivel político y humano, sin extenderse con un metraje de 104 minutos. 

Una película de estas características en la que recrea la vida de un icono como Bob Marley, la elección del actor que encarne a semejante figura, se torna muy complicada, ya que no puede equivocarse con el intérprete que le dé vida, y creo que lo consigue con la presencia de alguien desconocido para la mayoría del público, cosa que ayuda a la credibilidad del personaje y sus acciones. El elegido ha sido Kingsley Ben-Adir, que habíamos visto en películas como Guerra Mundial Z y Barbie, entre otras, porque a los cinco minutos nos olvidamos del real, y estamos por la interpretación, tan sencilla como sentida, llena de sensibilidad, dotando a la figura y a la persona de la inmensa carisma que le caracterizaba. A su lado, una impresionante y valiente Rita Marley, a la que interpreta una magnífica Lashan Lynch, que conocíamos por cintas como No Time No Die con Bond, y La mujer Rey, James Morton que es el productor británico Chris Blackwell, que lo tenemos calado de películas con Agnieszka Holland y la mencionada Gerwig. Y luego, una retahíla de intérpretes británicos que hacen de la “colla” de Bob como Tosin Cole, Anthony Welsh, Umi Meyers, Aston Barret Jr., Naomi Cowan, entre otros. 

Indudablemente, los amantes de la música de Bob Marley tienen una cita imperdible con la película en la que se deleitarán con sus inolvidables canciones ya que suenan un buen número a lo largo de la cinta, como la mencionada, “No Woman no Cry”, “Is This Love”, “I Got the Sheriff”, “War”, “Get Up Stand Up”, “Jamming”, “Could Yo Be Loved”, entre otras, tantas melodías que no pasarán de moda, porque están construidas desde el interior, desde lo más profundo del alma, y tienen ese espíritu de lucha y activismo, y siguen siendo tan necesarias, en estos tiempos que vivimos, donde se nos ha olvidado la lucha y nos dejamos pisotear por este sistema consumista y estúpido. A parte, de grandes ritmos, con una música que te atrapa y tea transporta a otros lugares, un espacio al alcance de los más grandes, en los que se incluía el gran Bob Marley, que legó la música reggae al mundo, porque su música sigue ahí, despertando conciencias, a parte de entretener, que es lo que hace la mayoría ahora. La película también gustará a los que no aprecian su música, aunque esto es más difícil, porque no apreciar la música de un grande como Marley es raro, y lo digo, porque sus letras están llenas de agitación social, y sobre todo, humanismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mientras seas tú, de Claudia Pinto Emperador

COMPARTIR LA VIDA Y LA ENFERMEDAD.  

“A mi amigo Al no se le nota. No es ruidoso y no duele, no te parte el corazón y no te deja el cuerpo dolorido ni la autoestima en la basura. Es muy discreto. Simplemente te va abandonando de puntillas: un día se lleva una muda, otro día algún abrigo, otro día calcetines y así hasta que el armario se quede vacío. Solo con la estructura”.

Carme Elias sobre el Alzheimer en su libro “Cuando ya no sea yo”.

En un instante de la magnífica Relámpago sobre el agua (1980), de Wim Wenders, vemos al director Nicholas Ray en el vestíbulo de un cine sentado y quejoso. Dentro, en la sala, se proyecta una de sus películas. La cámara está fuera, en la intimidad de un hombre enfermo, alejado de todo, de lo que fue, de su cine, en un espacio que nunca vemos que ahora se hace presente, un lugar que, podríamos decir, que estamos en el otro lado del espejo, el que se queda ausente de los espectadores. La misma mirada y textura la encontramos en la película Mientras seas tú, de Claudia Pinto Emperador (Caracas, Venezuela, 1977), que ha ido rodando junto a su amiga y actriz Carme Elias (Barcelona, 1951), un relato oculto a la mirada ajena, un relato que sigue el presente de la mencionada actriz después de ser diagnosticada con Alzheimer. 

La relación entre directora y actriz nació cuando rodaban en Venezuela la película La distancia más larga (2013), en que la actriz hacía de Martina, una mujer que deseaba hacer un viaje final a la montaña Roraima para despedirse porque tiene una enfermedad incurable. La amistad siguió con Las distancias (2021), en que la actriz hacía de Teresa, la abuela de una familia compleja, donde en una secuencia en cuestión la desmemoria de la actriz provocó la visita al doctor y el fatídico diagnóstico. Lo que empezó como una forma de filmar el presente, filmar la amistad, la vida, y la enfermedad, se ha convertido en una cinta que explora esos ratos íntimos y alejados de alguien como Carme Elias, una actriz que ya no puede ser actriz, una mujer que debe vivir con una enfermedad, alguien que acepta su dolencia, y quiere tener una muerte digna cuando ya no sea yo, como citaba en su libro. La mirada de Pinto nace desde la verdad y la honestidad, se acerca como una amiga, como una persona que quiere filmar aquello que no se ve, una intimidad cotidiana, un espacio donde se repasa la extensísima carrera de la actriz, con más de medio siglo como intérprete, que empezó allá por 1969 en el teatro, en el cine y la televisión, saltando de un medio a otro, convirtiéndola en una de las actriz más valoradas de nuestro país. 

Todo se cuenta desde lo sensible y la caricia, sin caer nunca en el manido tremendismo, la estúpida sensiblería o demasiado edulcorado, aquí no hay nada de eso, hay verdad y dolor, pero desde lo humano y lo complejo, como esos momentos donde la actriz y el maestro y director de actores Juan Carlos Corazza dialogan en un intenso ejercicio de teatro, que recuerda a muchos pasajes de Tras el ensayo (1984), de Bergman, en la que repasan sus personajes teatrales, donde las emociones de aquellos y de la actriz se confunden, se emparentan y resignifican el presente de forma certera y demoledora. La excelente cinematografía que construye un lugar transparente y exquisitamente natural que firma Agnès Piqué Corbera, de la que hemos visto Canto cósmico. Niño de Elche (2021), y la reciente La imatge permanent. La dulce y acogedora música de Vanessa Garde, con más de 25 títulos con gente como Álvaro Fernández Armero, Icíar Bollaín, entre otros. El sencillo y pausado montaje de Vicente Navarro, que cimenta sin darnos cuenta una película profunda y llena de instantes de una emoción intensísima, en una película breve de apenas 73 minutos de metraje. El diseño de sonido de Fernando Novillo también ayuda a acercarnos a la sutileza de todo lo que se cuenta, sin ningún tipo de alarde ni virguería, que tiene en su haber trabajos con Agustí Villaronga, Isaki Lacuesta y Carla Subirana, entre otras. 

En menos de un año, se han estrenado tres cintas que tienen el alzheimer como tema central, visto desde miradas diferentes como la cineasta que mira sus abuelos en Toda una vida, de Marta Romero Coll, la cineasta que mira a una pareja, y finalmente, Mientras seas tú, tres formas de acercarse a la enfermedad, desde lo humano, la sensibilidad, y la sencillez, explorando las dificultades, las alegrías y la complejidad, y los recuerdos de las personas afectadas, y sobre todo, las tres obras lo hacen desde la verdad, donde no hay espacio para la grandilocuencia, sino todo lo contrario, desde lo natural, lo cotidiano y la transparencia de lo que se cuenta y con quién se está contando, en este caso, desde la mirada de una directora a su actriz y amiga, y dejar en forma de película todos esos momentos donde la vida y la enfermedad se funden, se mezclan y comparten todo. Si el cine debe mirar la vida y filmarla, aunque no la entienda, en la película Mientras seas tú, se consigue una película que se hace mientras la vemos, un ensayo sobre la vida, la memoria, son impagables las imágenes de archivo, desde las domésticas, las de los trabajos de Carme en el teatro, el cine y la televisión, y en alguna que otra entrevista, y en las zonas de backstage, donde vemos a la actriz, siendo testimonios de aquello que filma la película, esos momentos donde la persona se queda sola y a solas, sin nadie, con ella misma, con su enfermedad, sentimientos, miedos y existencia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Ferrari, de Michael Mann

DOS MUJERES Y UN COCHE. 

“Mire usted: cuando un coche sale de mi fábrica rumbo al circuito, me parece lleno de defectos y realmente feo. Por el contrario, si regresa triunfador, le admiro como si tratará de una obra de perfección.

Enzo Ferrari 

No es la primera vez que Michael Mann (Chicago, EE.UU., 1943), se enfrenta a un “Basado en hechos reales”, empezó con El dilema (1999), en la que nos situaba en la cruzada de un directivo de una tabacalera que destapaba las argucias para generar adicción con la ayuda de un productor televisivo, en Ali (2001), repasaba la vida del famoso boxeador Muhammad Ali centrándose en su legendaria pelea contra Foreman en Zaire en 1974, y Enemigos públicos (2009), donde seguía los pasos del agente del FBI para capturar al famoso criminal Dillinger en los años treinta. Catorce años después, vuelve al hecho real para meterse en la figura de Enzo Ferrari “Il Commendatore” (18989-1988), y como hiciese en la otras ocasiones, se aleja del manido “biopic” para construir una obra muy personal que sitúa en una fecha concreta, en la Italia de 1957, en la cual, el personaje en cuestión, se encuentra en dos frentes muy importantes. Por un lado, está casado y legalmente y vive con Laura, la madre del hijo que murió, pero está enamorado de Lina Lardi, con la que tiene un hijo secreto. Por el otro, necesita urgentemente ganar carreras con sus coches porque su empresa está al borde de la bancarrota. 

La película guarda planteamientos similares con la reciente La casa Gucci (2021), de Ridley Scott, porque las dos se centran en Italia, en sendas familias dedicadas a negocios millonarios que tienen dificultades económicas, dos mujeres fuertes y decididas, y temas como la ambición desmedida, la venganza, la rabia y el amor en el centro de la trama. Además, de tener a Adam Driver como protagonista. Si bien en la película de Mann, un cineasta que ha tocado el thriller en sus más diferentes facetas, su relato se mueve entre el melodrama romántico, con sus dosis de oscuridad, con el añadido de las carreras de coches, que podríamos situar en el thriller, donde ganar lo es todo y muy necesario para la viabilidad económica de la empresa Ferrari. La película se basa en la novela “Enzo Ferrari: The Man, The Cars, The Races, The Machines”, de Brock Yates, que guionizó las dos partes de Los locos del Cannonball, popular comedia de coches de los ochenta, que ha adaptado Troy Kennedy-Martin, un guionista que ha escrito Los vientos de Kelly, Danko: Calor rojo e Italian Job, entre otras, con la figura del citado Ferrari omnipresente, un hombre de negocios, un hombre de motor, un hombre que ama a la mujer con la que no vive, un hombre obsesionado con sus coches y las carreras para mantener su industria a flote, un hombre que se ocultaba de los demás, un hombre misterioso, callado y recto. 

La cinematografía de Erik Messerschmidt, que conocemos por sus trabajos con David Fincher, crea la atmósfera ideal que se maneja entre los claroscuros de una vida en mitad de un puente, y sin saber que camino optar, como la música de Daniel Pemberton (que ha trabajado con el mencionado Scott, Guy Ritchie, Danny Boyle, Aaron Sorkin, etc…), que acentúa esa dualidad, sin caer en el sentimentalismo ni las estridencias emocionales, dotando de sobriedad y densidad a la trama. El exquisito trabajo de montaje que firma el gran Pietro Scalia, que tiene en su haber películas con Oliver Stone, Bertolucci, Gus Van Sant, y debuta con Mann con un extraordinario trabajo en una película pausada y comedida, que va in crescendo, en un metraje que se va a los 130 minutos. Mann que siempre ha sabido rodearse de grandes intérpretes, sólo recordar a James Caan en su debut cinematográfico con Ladrón (1981), Daniel Day-Lewis en El último mohicano (1992), la pareja De Niro y Pacino y el resto del elenco de la ejemplar Heat (1993), nuevamente Pacino, Russell Crowe y Christopher Plummer en El dilema. Su maravillosa capacidad para dirigir y sacar lo máximo de sus actores y actrices como hizo con Will Smith en Ali, y Tom Cruise en Collateral (2004), y la terna Johnny Depp, Christian Bale y Marion Cotillard en Enemigos públicos

Su labor con su equipo artístico vuelve a ser maravillosa, porque Adam Driver, del que ya hemos apuntado alguna cosa, se mete en la piel de Enzo Ferrari, el alma mater de la historia, al que da sobriedad, elegancia, ambición y vulnerabilidad. Todo lo contrario del personaje de Laura que interpreta una espléndida Penélope Cruz, una mujer fuerte y rota, valiente y llena de miedo, una mamma italiana arrolladora, de carácter y firme, pero también débil y vacía, la imagen del declive y la decadencia de una familia que fue feliz pero ya no, y completa la terna la actriz Shailene Woodley, que hemos visto en películas como Los descendientes, de Payne, Snowden, de Stone, y la reciente Misántropo, de Damián Szifrón, que da vida a Lina Linardi, la otra, o quizás, la que mujer de Enzo, que oculta por miedo, pero que ella no se callará y luchará por hacerlo visible. Tanto Penélope como Shailene parecen los espejos distorsionados de la vida de Ferrari, dos mujeres, dos formas de ver las cosas y actuar. El resto del reparto lo completan el brasileño Gabriel Leone como un ambicioso piloto, Sarah Gadon como su chica actriz, Patrick Dempsey como el piloto veterano, y el británico Jack O’Connell como otro piloto de la escudería. 

La película Ferrari, de Michael Mann gustará a los amantes de las carreras de coches, y también a los de la escudería Ferrari, a sus inicios, a sus lamentos, a sus grandezas y miserias, a sus sueños y pesadillas y a todo el trabajo que hay detrás y las verdades y mentiras del famoso Cavallino Rampante, aunque también enamorará a aquellos que no les gustan las carreras, entre los que me incluyo, porque la película va más allá, como hemos comentado anteriormente, porque es un relato sobre la condición humana, todo aquello de nuestra alma, sobre sus sueños, ilusiones, sombras y ambiciones, escenificados en un hombre torturado por la muerte de su primer hijo, al que visita cada mañana en el cementerio. Un tipo que ambiciona el mejor de carreras de la historia, y que se mostraba firme con sus mecánicos y pilotos, y en los negocios, y por otro lado, era un tipo frágil y lleno de miedos e inseguridades con sus emociones que gestionaba fatal y sobre todo, ocultaba a los demás y a las personas que amaba. Tal vez, sólo amaba y dominaba sus coches por todo aquello que le podrían reportar, no lo sabemos, aunque logró aquello que ambicionaba, su sueño de construir el mejor coche se hizo realidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Las cuatro hijas, de Kaouther Ben Hania

LAS QUE NO ESTÁN. 

“El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Bertolt Brecht

Recuerdo uno de los primeros seminarios sobre cine documental al que asistí, impartido por la cineasta Mercedes Álvarez, donde se habló de la importancia de la historia que se quería contar, y los mecanismos para descubrirla y trabajar en ella, y luego, y en esta parte se hizo especial hincapié, la construcción de la forma para contarla, centrándose en el dispositivo, herramienta básica para encontrar la mejor forma de penetrar en el alma de la historia, de sus personajes y cómo se transmitía al espectador. Hasta ahora el cine de Kaouther Ben Hania (Sidi Bouzid, Túnez, 1977), se ha movido entre el documental puro con películas como Les imams von à l’école (2010), Challat of Tunis (2014), Zaineb Hates the Snow (2016), y la ficción con títulos como Beauty and Dogs (2017), y El hombre que vendió su piel (2020), en los que profundiza en temas sobre el sometimiento y la emancipación de la mujer, la sociedad árabe, las clases sociales, con géneros que van desde el drama al thriller, desde un prisma íntimo, sencillo y humanista. 

Con Las cuatro hijas (Les Filles d’Olfa, en el original), vuelve a su tierra a Túnez, y se centra en Olfa, una madre de cuatro hijas: Rahma y Ghofrane, las mayores y ausentes, y Eya y Tayssir, las pequeñas y presentes. El relato nos cuenta su historia, desde su boda con un marido al que no quería, con el que tuvo las cuatro hijas, después, un amor con un hombre que resultó ser un abusador, y finalmente, la desaparición de sus hijas mayores. Toda una vida centrada en tres momentos esenciales en la vida de Olfa. Ben Hania se aleja del documental y ficción convencionales, y va mucho más allá en su propuesta. Su dispositivo es una fusión entre el documento y la ficción, porque la propia protagonista nos cuenta su existencia, y una actriz, que hace de ella, se reserva  para escenificar los momentos más tensos y violentos, y dos actrices hacen presentes a las hermanas que no están. El dispositivo se complementa con un sólo actor que interpreta a los hombres de la película. Una cinta que habla de la triste realidad de muchas mujeres árabes, casadas a la fuerza, abusadas y violentadas por los hombres, y luego, la propaganda de los más radicales que arrastran con sus falsas proclamas de libertad a jóvenes rebeldes. 

La historia se construye en base a la palabra y algunas secuencias ficcionadas, en una cinta ensayo-error, que no se envuelve en el dramatismo ni en la desesperanza, porque la vitalidad y la esperanza de estas mujeres es de admirar, porque Olfa y sus dos hijas, con una actitud envidiable y sobre todo, reflejan una entereza y fortaleza dignas para enfrentarse al dolor y al recuerdo de las ausentes. Estamos ante una película doméstica y extremadamente íntima, porque su casa actúa de escenario para escucharlas y ficcionar todos los momentos relevantes de una vida difícil y oscura, en un país convulso políticamente, y mucho más para las mujeres. Con una cinematografía natural y transparente, nada artificial, que firma Farouk Laâridh, donde priman los primeros planos, los encuadres cerrados y los ambientes densos y recogidos de la casa, con apenas exteriores. Un gran trabajo de montaje que firman Jean-Christophe Hym (que tiene en su haber grandes nombres como Raoul Ruiz, Hou Hsiao-Hsien y Alain Guiraudie), Qutaiba Barhamji, especializado en documental, y la propia directora, en el que no hay ostentación ni virguerías argumentales, sino una limpieza en el corte y de ritmo pausado en el que dejan que los testimonios y las ficciones se vayan mezclando en un trabajo sólido y vital, en sus 107 minutos de metraje. 

Del reparto puedo decir que la gran aportación es la que hace Olfa Hamrouni que explica a cámara su experiencia vital, los abusos y las violaciones a los que fue sometida, y sobre todo, la tragedia de su vida, la de perder a sus dos hijas mayores. Acompañada en este brete por sus dos hijas Eya y Tayssir, en una película que es toda una catarsis, escenificando en este viaje a su memoria y la de sus hijas, a los avatares y oscuridades de la vida, y sobre todo, a todo ese camino de seguir firme en la vida, a pesar de todo, seguir hacia delante en contra de todo y de todos. Les acompañan las actrices Hend Sabri que hace de Olfa, y Nour Karoui y Ichraq Matar son las actrices que dan vida a las ausentes Raham y Ghofrane, respectivamente, y el actor Majd Mastoura que cómo hemos comentado antes, hace de todos los hombres que aparecen. Resultan magníficos todos esos momentos en que la película se detiene a contarnos su propio documento, es decir, el film-ensayo en el que asistimos como testigos privilegiados al proceso de la película, a las conversaciones de cómo afrontar cada plano y secuencia, toda la parte emocional. 

La propia directora hace referencia a Primer plano (Close-Up)(1990), de Abbas Kiarostami, y F. for Fake (1973), de Orson Welles, como fuentes de inspiración a las que añadiría Yo, el Vaquilla (1985), de José Antonio de la Loma, tres ejemplos en los que se juega con el documento y la ficción para elaborar una obra en que la representación adquiere un fascinante trabajo de espejos y reflejos. Si eligen una película como Las cuatro hijas  para ser testigos de un viaje fascinante que les llevará a lo más profundo del alma de sus protagonistas, en un interesante juego de verdad y mentira, de oscuridad y terror, y también, de esperanza y vitalidad, de presente y pasado, y quizás, futuro, de unas mujeres que tuvieron que lidiar con el dolor, la ausencia y el no futuro, en una película excelente en su forma y terrorífica en su contenido, pero que no practica la “porno miseria”, que nos enseñó nuestro querido Luis Ospina, regodeándose en el tremendismo, sino que nos sitúa de frente ante esta mujer Olfa y sus dos hijas, las que son y las que las interpretan, donde la verdad de los hechos queda refleja en el proceso de ficción que la atrapa. Una película que debería servir de ejemplo para muchos que quieren hacer cine y quieren hacerlo bien. No se pierdan esta película, por todo lo que cuenta y sobre todo, como lo cuenta, esencial en el dispositivo cinematográfico. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La zona de interés, de Jonathan Glazer

EL HORROR ESTÁ AL OTRO LADO DEL MURO. 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. 

Del libro: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt. 

En la monumental Shoah (1985), de Claude Lanzmann, quizás la reflexión más humana y profunda de lo que significó el exterminio nazi, se obvian las imágenes de archivo, y se da el protagonismo al relato, al testimonio de aquellos que lo conocieron y sufrieron. La película se decanta por no mostrar, por no enseñar el horror y la muerte. Todas las imágenes que hemos visto en muchas ocasiones son imágenes que filmaron una vez que se liberaron los campos de exterminio. De las imágenes cotidianas en los campos no tenemos constancia, incluso los nazis no las filmaron. Así que, puestos a retratar ese horror, debemos inventarlas, o irnos hacia el otro lado, no mostrarlas. Obviando la mayoría de películas sobre el mismo tema que las inventaron, decisión que no comparto, nos vamos a centrar en esas otras, como Shoah, que las obviaron, y como se hizo en El hijo de Saúl (2015), de László Nemes, donde el off complementa esa ausencia del horror, que no vemos pero esta muy presente, porque lo escuchamos y sentimos. 

En La zona de interés, de Jonathan Glazer (London, Reino Unido, 1965), basada en la novela homónima del británico Martin Amis (1949-2023), se centra en Auschwitz, pero no en el campo y lo que sucedía allí dentro, sino lo que hay al otro lado del muro, la casa colindante del comandante jefe Rudolf Höss, su mujer Hedwig y sus cuatro hijos, y el servicio. El relato se centra en los quehaceres diarios de la casa, el detalle perfeccionista de Hedwig en mantener limpio y bello su gran jardín, y en ser una excelente anfitriona con sus visitas, y tener una dedicación a sus hijos. La película filma la “normalidad” de unas personas “normales”, como menciona Arendt en la frase que encabeza este texto. La naturalización del horror, porque no pasa en su casa, sino al otro lado del muro, donde nos vienen gritos, ráfagas de metralleta, ladridos de perros y el incesante humo de los hornos crematorios que se confunden con los sonidos de la cotidianidad del hogar, como ya anunciaba su ejemplar arranque con ese cuadro negro en el que escuchamos gritos de horror a lo lejos, y poco a poco, se van y aparecen el sonido de pájaros, el río y unos niños hasta que se abre y vemos una estampa familiar, la de los Höss pasando un día en la naturaleza. Un cuadro que llena de una naturalidad que inquieta y perturba hasta la extenuación, como esos instantes que vemos vestirse al comandante y mirándose al espejo, al que vemos de espaldas, con ese peculiar corte de pelo, y esa forma de caminar, tan seguro y tan convencida. 

Estamos ante una película de gestos, nada extravagantes ni estridentes, sólo cotidianos, filmados en un estatismo que incómoda y una forma cuadrada que evidencia ese voyeurismo en el que está planificada todas las secuencias, estamos ahí, miramos y escuchamos, y somos testigos del horror que no vemos, mirando a unas personas que lo provocan, y que viven así, como si nada. Un espectacular trabajo de cinematografía del polaco Lukasz Zal, del que conocíamos por sus películas con Pawel Pawlikowski en Ida (2013) y Cold War (2018), y en Loving Vincent (2017), y en Estoy pensando en dejarlo (2020), de Kaufman, en una exhaustiva planificación donde el plano se mantiene firme y sólido, con apenas algún movimiento, y con esa luz natural que duele, o podríamos decirlo de otra forma, que se mueve entre lo artificial y lo natural, entre lo bello y la fealdad, entre lo físico y lo emocional, en ese limbo e intermedio en el que todo convive, la vida y la muerte apenas separadas por los pocos centímetros de un muro. Un exquisito trabajo de sonido del dúo Johnnie Burn, del que lo conocíamos por sus trabajos con Lanthimos y la tercera colaboración con Glazer, y Tarn Willers, con una trayectoria de más de 70 títulos, construyen un sonido que se mueve entre la cotidianidad del hogar y las conversaciones, con aquellos que provienen del otro lado, que sin llenar el cuadro, también están presentes y se convierten en algo físico. 

El mismo trabajo del sonido podríamos decir de la estupenda música de Mica Levi, con un tratamiento entre lo perturbador, muy al estilo del cine de terror clásico, con algunas distorsiones que dan ese tono de horror en el que se vive sin más, una música que se convierte en un estado más de ese siniestro lugar, como ya hizo en películas como Jackie (2016), de Larraín, y en Monos (2019), de Alejandro Landes, en su segunda cinta con Glazer después de Under the Skin, donde también jugaba a ese sonido/musical que convertía la historia en un siniestro y perturbador cuento de terror muy íntimo, como hace en La zona de interés. El montaje de Paul Watts, que casi todo su trabajo ha estado vinculado al de Glazer, se mueve entre el corte limpio, y una edición donde prima los diferentes planos y encuadres desde varios puntos de vista, en el que nos muestran al detalle esa casa y su jardín, lo bello y lo normalizado en contraposición a lo que sucede al otro lado del muro, en una trama sencilla, directa y sobre todo, inquietamente natural en sus poderosos 106 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y sobre todo, nos incomodan, sólo enseñándonos eso, junto a lo otro. 

Del reparto destacamos tres figuras esenciales para la película: tenemos a la deslumbrante y “perfecta” Sandra Hüller, que también protagoniza este año otro gran filme como Anatomía de una caída, de Justine Triet, hace de Hedwig, la señora de la casa, tanto en su forma de vestir, de peinarse, de caminar y toda su figura y su desplazamiento la hace de una normalidad que perturba, donde el horror no reside en lo que hace, que es de lo más sencillo y natural, sino en el lugar que ha convertido su hogar, que es la muerte para tantos. Le acompaña Christian Friedel que hace de su esposo, padre de sus hijos y comandante de Auschwitz, que ya lo habíamos visto en La cinta blanca (2009), de Haneke, y Amor Fou (2014), de Jessica Hausner, entre otras, su nazi no es un tipo que da pavor, sino uno más de la maquinaria, un funcionario que llevaba a cabo las órdenes sin rechistar y creyendo que hacía el bien de su ideología, nada más, por eso da más miedo, porque podríamos ser nosotros, y luego están otros intérpretes alemanes que dan esa profundidad tan necesaria en una película estática pero muy física. 

Glazer que hasta ahora se había en el género: el thriller en Sexy Beast (2000), el fantástico en Birth (2004) y en el terror en Under the Skin (2013), vuelve una década después con su mejor obra, por todo lo que hemos explicado anteriormente, y sobre todo, porque esa naturalización del horror tan presente en nuestros días, eso sí, al otro lado del muro de Melilla, de México, y de tantos otros muros de la vergüenza y el horror que los países enriquecidos alzan para que aquellos invisibles que provienen de los países empobrecidos sigan siendo “los otros”, los que no se muestran, los que mueren y los que desaparecen. Se habla mucho de la memoria, de recordar, de tener presentes los desmanes pasados, con museos y demás. Pero, ¿De qué sirve recordar? ¿Hemos aprendido algo? Seguramente, no. Visto el presente donde el orden mundial sigue alimentando guerras, injusticias y muros para que el horror quede al otro lado, y sigan habiendo funcionarios como los nazis que materializan tantas órdenes miserables que atentan contra la vida de los invisibles, desposeídos, de los nadies que mencionaba Galeano. En fin, un horror Quedémonos con películas como La zona de interés, de Glazer, que profundizan y reflexionan sobre lo que fuimos, lo que somos y en lo fácil que es convertirse en un monstruo y seguir siendo una persona “normal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA