Lo que esconde Silver Lake, de David Robert Mitchell

A TRAVÉS DEL ESPEJO Y LO QUE SAM ENCONTRÓ ALLÍ.

Erase una vez un tipo llamado Sam, uno de esos jóvenes perdido, sin camino, y sobre todo, dejando la vida pasar, como si nada le atase lo suficiente a algo, como si las cosas les estuvieran sucediendo a otro, muy parecido a él, dejando que los días no solamente pasen como si nada, si no que se vayan acumulando un día tras otro, como si se tratase de una montaña inmensa que describiría una vida sin más, sin sentido, esperando a que sucediera algo, esa idea que le despertase, algo que lo enganchara a él, y a su vida. A sus 33 años, Sam pasa los días en su apartamento en el barrio de East Side en Los Ángeles, esos lugares donde las calles consumen a cualquiera y la vida se detiene para no sé sabe para qué. Pierde sus días devorando cómics antiguos, teniendo sexo de tanto en tanto con una amiga, espiando a sus vecinos, a esa madura que se pasea por su vivienda en bolas, o alguna chica que otra que nada en la piscina comunitaria. Aunque, a veces, en las noches más plácidas, en esas que parece que va a ser otra más, ocurre lo inesperado, y esa chica espléndida llamada Sarah que le ha despertado su sexualidad, se baña en la piscina a la luz de la luna (en un sincero homenaje a un instante erótico en la película Something’s got to give, la película inacabada de Marilyn Monroe de 1962) los dos jóvenes se miran y se citan abajo. Después de una velada relajada y tranquila y cuando van a hacer el amor en el apartamento de ella, unos amigos entran en el domicilio y los interrumpen, aunque se citan para el día siguiente. Sam vuelve y descubre su apartamento vacío y sin rastro de Sarah. Fascinado por la chica y sin nada mejor que hacer, emprende una búsqueda de la chica.

La tercera película de David Robert Mitchell (Clawson, Michigan, EE.UU., 1974) continúa la estética iniciada en sus anteriores películas, en El mito de la adolescencia (2010) centrada en unos chavales que no sabían que hacer una noche de sábado en su Michigan natal, en su segundo largo, It Follows, cuatro años después, agitaba de forma fantástica el género de terror adolescente en una cinta inquietante, oscura y fascinante. Ahora, como si se tratase de una trilogía no declarada, sube la edad de su protagonista, y se enfrenta a esa juventud desencantada, vacía y solitaria, que no encuentra su lugar en el mundo, y ha perdido completamente su identidad. Mitchell echa mano de sus vivencias personales cuando llegó a L.A., para sumergirnos en una aventura moderna, en una especie de cuento cruel sobre esos mundos invisibles y oscuros que todas las ciudades albergan fuera del alcance de nuestros ojos, y una ciudad como Los Ángeles aún más, la aparente búsqueda de Sarah, solamente es una excusa para Mitchell para adentrarnos en el otro lado de la “Fábrica de Sueños”, de esa ciudad que alberga seres de toda índole y condición, como asesinos de perros desconocidos, tantos aspirantes a entrar en “show business”, grupos de rock o algo parecido, y seres de la vida noctámbula como prostitutas con estilo, chicas al son de la fiesta de turno lujosa de cualquier hotel con ínfulas, millonarios desaparecidos y otros agotados de tanto para nada, compositores solitarios en inmensas mansiones aburridos de éxito, y todo un mundo real y no real, que se mueve entre copas, sexo, lujo y nihilismo exacerbado, dentro de esa vorágine de espejismos y de existencias que parecen morir y desaparecer cada noche.

Sam, en su búsqueda detectivesca que recuerda a las novelas de Raymond Chandler o Thomas Pynchon, donde tipos solitarios entraban en terrenos desconocidos, en lugares fascinantes e inhóspitos, en espacios ajenos, en sitios que es mejor no entrar, ni siquiera pedir las cosas desde la entrada, simplemente pasar de largo, porque hay cosas que es mejor no saber. Edificios que se levantan en una ciudad donde el éxito es lo único, donde ganar dinero se convierte en lo más, donde todo parece construirse en función a eso, donde la apariencia lo es todo, donde encontramos piscinas bajo el sol, pasillos oscuros y solitarios, edificios icónicos como el túnel de la Second Street, el magnífico observatorio de las estrellas de Griffin Park o el depósito de estrellas muertas que se conoce como el Hollywood Forever Cemetery”, donde Sam se tropezarán con estupendas chicas que lo desean todo y se pierden por nada, y muertes sin resolver, todo hecho a imagen y semejanza de las películas y los sueños que las provocan, aunque algunos sean pesadillas, porque bajo todo eso, bajo las alfombras nunca hay nada agradable, sino todo lo contrario.

El cineasta estadounidense convierte a Sam en una especie de Philip Marlowe en El sueño eterno, o el Jake Gittes en Chinatown o la Betty Elms en Mulholland Drive, en una aventura cotidiana o no tanto, donde se mezclan géneros que van desde el cine negro clásico de Huston, Wilder o Hawks, con el thriller neo-noir, la película de misterio al uso, el erotismo, incluso el terror, o la crítica social, bien sazonada con humor surrealismo, burdo o muy cruel, donde se atiza a todo y a todos, en el que la cultura pop de los 80 y 90 tienen mucha presencia, desde los cómics, los discos, los casetes, incluso los fanzines y sus locos creadores, donde se dan vueltas y vueltas a misteriosos secretos e infinidad de conspiraciones chifladas que alimentan la imaginación y los sueños de muchos. Mitchell mezcla todo estos universos de manera sencilla e hipnótica, sumergiéndonos en este mundo de Sam, el real y el ficticio, o el que cree como real y como pura ficción, en una búsqueda que acaba convirtiéndose en muy extraña y surrealista, donde lo cotidiano deviene extravagante y viceversa, a través de esa luz que baña la ciudad obra de Mike Gioulakis (que había estado en las anteriores películas de Mitchell y colaborador de Shyamalan) donde la ciudad de Los Ángeles con sus rascacielos con su ridiculez y horterada, se funden con esos barrios periféricos y cotidianos, donde el término medio no existe, o estás o desapareces.

Una urbe inmensa, salvaje y aburrida según se mire o se viva,  que se convierte en el principal personaje, con todo lo que tiene, desde aquello que se ve como lo que esconde, sea donde sea, en lagos que parecen una cosa, en perdidas montañas que ocultan puertas secretas a otros mundos posibles, y mansiones que se alzan imponentes como aquella de Ciudadano Kane, donde todo parece oro, aunque una vez accedes, las cosas siguen pareciendo y nada más. Mitchell recoge el aroma de cintas como Mulholland Drive, de Lynch, Maps of the stars, de Cronenberg o Puro vicio, de Paul Thomas Anderson, donde unos y otras protagonistas conocían la ciudad y sus temores y neones desde sus secretos más recónditos, desde la extrañeza del que entra en un mundo, donde hay más mundos, como una especie de bucle inabarcable, donde todos sus personajes y personas, si es que se les puede llamar así, perteneciesen a la trama superficial de una película o canción, donde todo parece un decorado de ficción o una realidad podrida y siniestra, donde Sam ( un estupendísimo Andrew Garfield, que sabe sacar todo ese mundo interior y apelmazado de su personaje) imbuido por el espíritu de la Alicia de Lewis Carroll, se irá convirtiendo en una fantasma de sí mismo, en alguien que quizás todo esa aventura le devolverá a su sitio, a un lugar que no es de este mundo, a esos lugares que quizás solo se encuentran en nuestra imaginación.

Vientos de la Habana, de Félix Viscarret

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“Siempre hago lo que no quiero hacer, y

casí nunca hago lo que quiero hacer”

El asombroso e inagotable universo del escritor Leonardo Padura (1955, La Habana, Cuba) en el que describe con amargura y nostalgia cierta idea de lo que pudo haber sido y no fue en sus novelas, eunl desencanto de la revolución y sus restos, un mundo envejecido y triste, poblado por seres que se pierden en la melancolía de lo que conocieron y dejaron atrás, y sueñan con un futuro diferente que no acaba de llegar, y alimentan esperanzas vanas o ilusorias de una realidad que duele, que se cae a trozos y deja poco espacio para la vida. Padura observa tanto su mundo como sus personajes de forma crítica, aunque les tiende alguna mano que otra para que consigan salir a flote en esta isla a la deriva en que se ha convertido Cuba. Sus novelas ya han sido materia prima de varias películas, en el 2011, colaboró como guionista en la película colectiva 7 días en la Habana, tres años más tarde, escribió el guión junto al director Laurent Cantet de Regreso a Ítaca, que recogía varios pasajes de su novela La novela de mi vida.

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Ahora llega la adaptación de su libro Vientos de cuaresma (protagonizada por su emblemático inspector de policía Conde) guión que ha escrito junto a su mujer Lucía Coll y ha contado con la colaboración del director Félix Viscarret (1975, Pamplona). El arranque de la película es brutal, situando al espectador en las calles nocturnas y desiertas de La Habana, mientras un camión va inundándolo todo de humo frío para combatir el terrible azote de los vientos cálidos. Unas imágenes fantasmales llenas de ironía y crueldad. El director Félix Viscarret que, debutó en el 2007 con la excelente Bajo las estrellas (que retrataba a un trompetista fracasado que volvía a su pueblo natal junto a su hermano perdido y la cuñada de la que se enamora) se ha dedicado este tiempo al campo televisivo dirigiendo series, dirige con oficio y sobriedad una película de corte clásico, un noir de los de toda la vida, con policías románticos y desencantados, aficionados al ron, que deambulan por las callejones oscuros, los tugurios donde escuchan jazz, y recaba información a través de confidentes de medio pelo, y anda dando tumbos a la espera de algo o alguien que lo saque de su desidia y eterna tristeza, en el que no falta de nada, la femme fatale que enamora al protagonista, pero que encierra oscuridad y misterio, policías jóvenes con ansias de comerse el mundo, compañeros del cuerpo y rivales, jefes que ocultan cosas y no son muy transparentes, y finalmente, una mujer muerta, aparentemente de vida ejemplar como profesora, y políticamente admiradora de la revolución, pero parece que andaba metida en cosas que no eran del todo claras para la salud.

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La película respira sobriedad y pausa, su trama nos conduce por una intriga bien definida que nos atrapa, y se desenvuelve con holgura, sujeta a cambios y giros inesperados que ayudan a comprometernos con lo que se cuenta, con la jungla urbana de La Habana omnipresente, que guarda misterios y elegancia del pasado, y un presente olvidado, ruinoso, y crepuscular, de una revolución que agoniza y un pueblo marcado por la pérdida y la ausencia, en un magnífico trabajo de ambientación, en el que se consigue una atmósfera espectral y caribeña, en la que se respira miedo e inseguridad. Un viaje interior lleno de personajes que mienten y callan, porque hablar siempre es sinónimo de problemas, una trama que nos conduce hasta el pasado, al instituto donde Conde estudiaba, a lugares sórdidos y oscuros donde la vida no vale nada, a turbios locales y pisos de pasillos interminables en los que se fragua el alcohol, las drogas, pobladas de gente de mal vivir.

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Un gran plantel de intérpretes en los que sobresale el riguroso trabajo de Jorge Perugorría, componiendo un policía cansado y melancólico como la ciudad que se mantiene a su alrededor, alguien que perdió demasiado por el camino y no logra encontrar algo que lo devuelva a la vida (es un escritor frustrado, que sólo escribe cuando se enamora,  como uno de los personajes de Regreso a Ítaca), que se agarra a su balsa, escenificada en Karina, esa mujer de la que no sabe nada pero que no ceja en su empeño, y vive una pasión desaforada e irreal, Lissette, la profesora asesinada, que da vida Mariam Hernández, en un trabajo de los que dejan huella, mostrando con detalles todo ese mundo sórdido, de sexo y alcohol, en el que se encerraba en las cuatro paredes de su casa, y finalmente, uno secundarios, a la altura de la trama, los Luis Alberto García (el inválido veterano de la guerra de Angola), Vladimir Cruz (actor de la emblemática Fresa y chocolate, con Perugorría, aquí el compañero rival) y Enrique Molina, veterano actor, que da vida a ese jefe/padre que ayuda y reprende a Conde según haga el peculiar inspector con métodos propios y ajenos al cuerpo. Cine negro, que nos introduce en lugares de una ciudad soñada por muchos, olvidada por otros, pero que sigue en pie, vieja y oxidada, pero en pie, manteniendo la dignidad que unos le intentaron robar, y no consiguieron, porque los que todavía la habitan siguen amándola, a pesar de todo lo que les arrebató, pero quién dijo que todo iba a ser así, cuando se pensaba en todo lo contrario.


<p><a href=”https://vimeo.com/168024028″>Vientos De La Habana – Trailer</a> from <a href=”https://vimeo.com/tornasolfilms”>Tornasol Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

Entrevista a Antonio Chavarrías (Rodaje de “El Elegido”)

Entrevista a Antonio Chavarrías, director de “El Elegido”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 10 de junio de 2015, en el local Milano Bar, durante la visita al rodaje de la película.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Antonio Chavarrías por su tiempo y sabiduría, y a la maravillosa Sandra Ejarque, de Vasaver, por su paciencia, generosidad y ser tan buena gente.

Magical Girl, de Carlos Vermut

Magical-GirlFascinante y cruel descenso a los infiernos

En 2011, Carlos Vermut (Madrid, 1980), sorprendió gratamente a todos aquellos que se acercaron a ver su opera prima, Diamond Flash, un terrible, poderoso y febril descenso a las profundidades que fusionaba drama, fantástico, terror y thriller, en la que cinco mujeres, por una serie de situaciones ajenas a sus deseos, cruzaban los destinos con Diamond Flash, un mágico y enigmático personaje. La película, producida con los ahorros del propio director, tuvo un coste de sólo 25.000 euros, no llegó a las salas, pero tuvo gran repercusión en internet, siendo una de las películas más vistas en la plataforma online, Filmin. Tres años después, Vermut aborda su segunda película, ahora son tres personajes, Alicia, una niña enferma, fascinada por el mundo del manga que sueña con ser una Magical girl y le pide un deseo a su padre, quiere un vestido de su heroína, Yukiko. Éste, Luis, un profesor en paro, que por una serie de situaciones, se tropieza con Bárbara, una joven casada con graves trastornos emocionales. El profesor chantajea a la joven con el fin de sacarle el dinero para adquirir el preciado vestido para su hija. También, aparece un hombre del pasado de Bárbara, Damián, profesor retirado, al que le une una extraña vinculación con la joven. Dividida en tres segmentos: Mundo, Carne y Demonio, que reciben como título cada una de estas historias entrecruzadas y fragmentadas. Vermut nos sumerge en su imaginario de una manera sencilla, brutal y fascinante, en su apariencia. El relato está contado con brillantez y estilo, mezcla diversos géneros, si en su arranque parece un drama social, luego se convierte en una poderosa paranoia de terror cotidiano, para acabar en un fascinante ejercicio de cine noir. La película está poblada de innumerables referencias e influencias, desde el mundo de los cómics, el cine coreano reciente, el giallo italiano, la España negra, oscura y trágica, las corridas de toros y la copla (maravillosa la inclusión del tema de Manolo Caracol, “La niña de fuego”), el cine onírico, despiadado y bruto de Buñuel, Belle de Jour (1967) o Tristana  (1970), lo metafórico y descarnado de Saura,  El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos  (1972), el universo de Almodóvar, y lo tenebroso e irreal de la escuela de Lodz, con Kieslowski, Sin fin (1985), No amarás (1988) y Polanski, Respulsión (1965). Vermut ha parido una película brutal y cálida, honesta y descarnada, vomitada desde lo más hondo, terrorífica en su armazón, que inquieta y también, enamora, que sabe explorar en lo más profundo del alma de estos personajes ambiguos y terriblemente cotidianos, extrayendo todo su jugo, exprimiendo sus emociones, inquietudes, complejos, deseos y ambiciones hasta el fin. Un cine local, que recoge eficazmente la idiosincrasia más nuestra, pero elaborando un cine universal y perfectamente comprensible en cualquier rincón del planeta. Un cuento cruel y fascinante que tendría a Alicia y El mago de Oz  entre sus aliados,  con la suave, cálida y etérea luz de Santiago Racaj, (habitual de las films de Rebollo), que navega entre lo trágico y lo ridículo, un puzzle argumental que invoca al espectador a completar con su imaginación las grietas, subterfugios y habitaciones oscuras que componen su tenebrosa y enmarañada. Vermut es un creador de personajes (maravillosos sus intérpretes) y atmósferas, compone un mundo de espejos transversales y sentimentales que pone en cuestión la difícil frontera que separa la emoción de la razón, la complicada convivencia entre dos maneras de ser y de enfrentarse a nuestras propias vidas.