100 días de soledad, de José Díaz

EL PARAÍSO ÍNTIMO.

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuese que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida. Ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y chupar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida…”

H. D. Thoreau

Volver a los bosques, a la naturaleza, vivir la experiencia ancestral de nuestros antepasados, dejar la efervescencia del mundo actual, caminar sin más, sentir cada paso, cada huella, dejar las cargas tanto emocionales como materiales de nuestra existencia urbana, y dejarnos llevar por los sonidos, los cambios, los animales y la vegetación de los bosques, de ese inmenso universo que tanto nos llena, pero a la vez que poco experimentamos. El 12 de septiembre de 2015 arrancó una experiencia, la de José Díaz, un fotógrafo y naturalista asturiano enamorado de los bosques, de su diversidad y misterio, una experiencia que le llevaría a vivir en los bosques durante 100 días, hasta el 19 de diciembre del mismo año. Una película experiencia que sería completamente filmada por el mismo, a modo de diario audiovisual, en el que vamos a vivir la experiencia en primera persona de vivir en los bosques en los tiempos actuales.

Tomando como referencia a H. D. Thoreau (1817-1862) el filósofo de la naturaleza, como el mismo se definía, y su experiencia de dos años viviendo en una cabaña en el bosque que retrató en su libro Walden o la vida en los bosques (1854). José Díaz deja a su mujer e hijos y se embarca en esta aventura hacia la naturaleza, hacia el parque natural de Redes, reserva de la biosfera, en las altas montañas de Asturias, viviendo en una cabaña, sin más compañía que la propia naturaleza, su vegetación, sus montes, animales, y un caballo, unas gallinas y su soledad. Un documento excepcional e íntimo donde vemos al protagonista asombrarse desde lo más insignificante hasta lo más grandioso, experimentando los sonidos y los cambios del bosque, viviendo el tiempo como un estado espiritual, y soportando con ahínco los días duros de nostalgia, de frío y soledad. Los espectadores somos testigos de esta experiencia de un modo íntimo y natural, escuchando la naturaleza y las reflexiones de Díaz, que vive experiencias de toda índole, desde las hazañas de descubrimiento de todo lo que le rodea, y las suyas propias, de descubrimiento íntimo, de sus pensamientos y dejarse llevar por ese magnífico entorno y su innata fortaleza para sobrellevar los contratiempos y los conflictos, tanto físicos como emocionales.

La película captura toda la diversidad y misterio que encierran los bosques y sus habitantes, desde sus cambios meteorológicos, la luz de los días otoñales hasta las capas de nieve del invierno que acecha, los caminos y senderos para llegar a cimas donde divisar la inmensidad del entorno, las filmaciones nocturnas escuchando los sonidos de la fauna, o las esperas pacientes para encontrarse con aves, jabalíes, venados o rebecos, incluso algún que otro lobo, todo ello filmado desde la cercanía, mostrando esos encuentros, esos conflictos que surgirán y la belleza imperecedera de un espacio que crece y existe sin la mano del hombre, alejado de todo el bullicio inútil de la llamada civilización. José Díaz es una especie de Robinson Crusoe moderno, sin más compañía que su entorno natural, experimenta cada paso, cada aliento, y cada pensamiento, escuchando esos lugares, comiendo lo que dan los animales y la agricultura, sin cazar, manteniendo un espíritu de energía y sabiduría por ese entorno que ama y respeta, como las antiguos habitantes que vivían de la naturaleza respetándola y disfrutándola, sin intervenir en su evolución, diversidad y belleza. Díaz tiene la colaboración en la dirección de Gerardo Olivares, un experimentado en la filmación de la naturaleza en sus películas de ficción como Entrelobos o El faro de las orcas, y la producción de José María Morales, autor entre otras de películas como Nómadas del viento, las dos de Olivares, y también, la producción de Guadalquivir o Cantábrico. Los dominios del lobo, ambas de Joaquín Gutiérrez Acha, y el arduo y delicioso montaje del cineasta Juan Barrero.

Una película donde su protagonista se despoja de toda la carga materialista de nuestras sociedades bulliciosas e individualistas para adentrarse en un universo diferente, como si hubiera viajado a otro planeta, a otra dimensión, donde todo es diferente, sus tiempos, sus espacios, sus habitantes, todo respira un orden natural, bello y extraño, en el que la tierra sigue latiendo y cada sonido y movimiento se visualiza de forma diferente, sencilla y natural, en el que nosotros dejamos de ser quién éramos para convertirnos en un ser espiritual, en una forma de vida humanista, en un descubrimiento de nosotros mismos, de preguntarnos quiénes somos, que hacemos en nuestra existencia, y dejarnos llevar por ese inmenso universo que nos transporta a lo más profundo de nuestro ser, sumergiéndonos en otro estado, alejado de lo que somos y lo que tenemos, porque en este universo natural, nos adentramos en espíritus que vivimos con intensidad cada detalle por ínfimo que sea, sólo disfrutando de cada minúsculo detalle que se cruza por delante de nosotros, desde una brizna de aire, el sonido de un animal o la lluvia fina que cae sin cesar.

Bajo la piel de lobo, de Samu Fuentes

EL LADO ANIMAL.

El arranque de la película resulta ejemplar para el devenir de los acontecimientos de los cuales seremos testigos a lo largo del metraje. Martinón, un alimañero que se mueve por los montes del norte allá por el primer tercio del siglo XX, encañona a lo lejos a un ciervo (un medalla de oro por sus cinco puntas) y tras dispararle y seguir su rastro, lo encuentra agonizando, la cámara se detiene en el rostro del cazador, y a continuación, en el rostro del animal moribundo, en la que el silencio del bosque, queda interrumpido por los últimos alientos de vida del animal, que lentamente se va apagando hasta morir. Seguidamente, Martinón agarra su cuchillo y empieza a despiezar la carne. La puesta de largo de Samu Fuentes (Noreña, Asturias, 1972) después de foguearse en el cortometraje, y trabajar en los equipos de dirección de Sergi G. Sánchez o Tom Fernández, se enfrenta a su primer largo situándolo en su tierra, en los lugares que más conoce, a través de lo más carpetovetónico del hacer ibérico, en una trama en el que hay montes, lobos, pueblos, caza y demás, y lo hace con la mirada solitaria e individual de un hombre que vive en la alta montaña, en un pueblo deshabitado, viviendo de la tierra y lo que caza, con su deambular cotidiano por los montes nevados.

Una vida que en primavera le lleva a los valles, bajando a los pueblos a vender las pieles de los lobos y comprar lo necesario. En una de esas bajadas, y apremiado por un lugareño que podría ser un espejo donde mirarse, le incita a introducir una mujer en su vida, y sobrellevar las duras condiciones de vida que tiene durante el invierno allá arriba en el monte. A partir de ese instante, la vida callada y de solitud de Martinón, se ve interrumpida por la aparición de una mujer, que será la hija del molinero. Aunque, la vida en el monte en invierno es durísima y no todos saben adaptarse y sufrirla como Martinón. Fuentes construye una película intimista y brillante, en el que son reconocibles varios palos como la esencia de Furtivos, de Borau, en que la libertad individual se veía truncada por la intransigencia de la ley, mismo dilema que también se planteaba en Las aventuras de Jeremiah Johnson, de Pollack, donde un trampero se alejaba de todos para sentirse libre, y sobre todo, en Dersu Uzala, de Kurosawa, donde se dirimía el choque entre la vida libre y salvaje con la vida civilizada y convencional, en las figuras del cazador mongol y el oficial soviético.

El cineasta asturiano plantea una película nada complaciente y arriesgada, en que sobresale la excelsa cinematografía de Aitor Mantxola (colaborador de Cobeaga, entre otros) capturando esa luz contrastada de los inviernos norteños, con esa otra luz sombría de los interiores, o el espectacular sonido de Eva Valiño, donde sabe captar la esencia de los montes, y el quehacer cotidiano en la huerta y la casa de Martinón. La película es casi una película de Melville, donde sus personajes hablan muy poco y en contadas ocasiones, tipos que no paran de hacer cosas, moviéndose de un lugar a otro, sin descanso, donde el detalle de sus actividades es sumamente importante, en el que vemos constantemente el trabajo de las manos y los diferentes trabajos cotidianos como ese caminar pesado y dificultoso por el bosque nevado acarreando enseres y demás, la preparación de cepos para las trampas, el despiece de animales, curtir las pieles, labrar la tierra, y las diferentes comidas, y los actos sexuales, una rutina endémica e impenetrable, donde los inviernos van pasando con su dureza, sus rutinas y unos personajes que se retroalimentan de esa naturaleza libre, salvaje, bella e indómita.

Los personajes de Fuentes son gente de pocas palabras, gentes del mundo rural, mundos hostiles y de extrema dureza por entonces, donde el trabajo era durísimo y las pocas oportunidades de vida eran heredar el trabajo familiar o trabajar la difícil tierra, donde las mujeres, como muestra la película, eran para casarse y poco más, donde quedarse preñada fuera del matrimonio era una tragedia. Martinón es un animal salvaje, respetuoso con la naturaleza de la que coge lo que necesita, nada más, pero que trata como una bestia a las mujeres que entran en su vida, no por maldad, sino por su condición. Dos hermanas que entrarán en la vida del alimañero, primero una, y luego la otra, en la que representan dos mundos eternamente enfrentados, entre la sociabilidad del hombre con su animalidad, en la que no hay víctimas ni verdugos, donde el devenir de la naturaleza con sus continuas estaciones establece una mezcla y una confusión, una especie de permeabilidad con las personas que habitan ese paisaje tan duro, pesado y en ocasiones, terrorífico.

La interpretación contenida y sublime de Mario Casas (acertadísima la elección de su director, porque a través de su aspecto físico, esa barba dejada, ese cabello largo, sus kilos, su corporeidad, su vestuario, y esa mirada que lo expresa todo, ayudan, de manera sencilla y audaz,  a reflejar su condición y cotidianidad) que parece más un animal libre y salvaje, cuando está solo, y una bestia enjaulado y débil, cuando entran las mujeres en su hogar. Un actor que desde Grupo 7 de Alberto Rodríguez ha emprendido un cambio de registro en su carrera, encarado con otro deseo su carrera actoral, aceptando roles muy diferentes a los que había hecho, unos personajes que le exigen unas composiciones extremas, empezando por su físico donde sufre una verdadera transformación en las que parece otra persona (algo parecido le ocurría a Bardem en Los lunes al sol). El personaje de Casas es un tipo callado, salvaje y de condición animal, que sabe que su vida solo depende de él, de su trabajo, de su caza y su adaptación al medio hostil donde vive.

Le acompañan en su aventura en lo alto de la montaña, primero Ruth Díaz y más tarde, Irene Escolar, las hijas del molinero, en dos interpretaciones apoyadas en las miradas, sus gestos y su silencio, mujeres sin más porvenir que una boda y una vida sumisa con su esposo, aunque son dos mujeres diferentes, de carácter alejados, que cada una de ellas, se acondicionará al hogar del alimañero de maneras distintas y tendrán un provenir muy distinto. También, aparecen Josean Bengoetxea como el alcalde, y los dos veteranos Quimet Pla, haciendo del pobre diablo del molinero, y Kandido Uranga como Marcial, quizás esa parte paterna en el que se refleja Martinón. Fuentes ha realizado una película extraordinaria, donde el tempo de su metraje viaja a otro ritmo, en consonancia con el paisaje y las existencias que filma, donde humanos y bestias se relacionan y se mezclan, sacando lo salvaje y vulnerable de cada uno, en un drama sombrío y cercano, donde la capacidad de soportar y vivir en circunstancias tan hostiles y brutales se convierten en una necesidad para sobrevivir.

La mina (The Night Watchman), de Miguel Ángel Jiménez

ClvM-9iWAAAV8CUEL ESTIGMA DEL PERDEDOR.

Películas como El sabor de la venganza, de Joaquín Romero Marchent, La sabina, de José Luis Borau,  Angustia, de Bigas Luna, Los otros, de Alejandro Amenábar, Bosque de sombras, de Koldo Serra, entre muchas otras, son algunos ejemplos de cine español, rodado en España y en inglés, con equipo técnico y artístico con representación internacional. La mina, en su versión española, y The night watchman, en su versión inglesa, es la última producción con este tipo de características. La película nace de la cabeza del guionista Luis Moya, que ya había trabajado anteriormente con el director Miguel Ángel Jiménez (1979, Madrid) en las interesantes y premiadas Ori, que nos trasladaba a una devastada Georgia después de la guerra y cómo sobrevivían unos seres castigados y dolientes, en Chaika, la podredumbre de Kazajistán servía como telón de fondo para contarnos un durísimo relato de unas mujeres obligadas a prostituirse. Ahora, nos lleva a Kentucky, en un ambiente podrido, desolado y asfixiante de la América profunda (en realidad filmado en los bosques de Artikutza, en Oiartzun, en el País Vasco) y cómo epicentro de la trama una mina abandonada (localizada en Monsacro, en Asturias).

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El relato arranca con la llegada de Jack, un joven treintañero que vuelve a casa (una especie de Ulises y su Ítaca soñada) después de cumplir condena en la cárcel por su pasado con las drogas, allí se reencuentra a su todavía esposa Alma, y su hijo sordomudo Raymond de 8 años, los acompaña y acoge su hermano mayor Mike, metido a predicador del pueblo. Jack empieza a trabajar como vigilante nocturno en la mina para evitar los saqueos que se producen, la relación distante y tensa con su mujer y su hermano marcan la vida de Jack, que además debe lidiar contra su pasado, de alcohol y drogas, y una extraña aparición en la mina. Jiménez nos adentra en una película densa y siniestra, con una agobiante e inquietante atmósfera, en un paisaje que ahoga y mata lentamente, un lugar perdido, alejado del mundo, y habitado por seres perdidos, en constante espera, y ajados de ilusiones y vida, en el que las apariencias y lo oculto priman sobre la sinceridad y el cariño. La película mantiene la tensión latente durante todo su metraje, sumergiéndonos suavemente en el terror irrespirable que acecha en el pueblo, y sobre todo, en las paredes y galerías olvidadas de la mina.

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El director madrileño crea a partir de la figura del desdichado Jack un relato oscuro y macabro en que el pasado terrorífico de su familia, y los consecuentes traumas del joven juegan una parte importante en el trasfondo psicológico de los personajes. Una cinta sincera y honesta que contiene el inmenso trabajo de luz de Gorka Gómez Andreu, otro habitual de Jiménez, y el preciso montaje de Iván Aledo (fetiche del cine de Medem) y una excelente producción de los veteranos José Luis Olaizola y Edmundo Gil, que nos recupera los ambientes opresivos y con lectura política del cine setentero estadounidense como Yo vigilo el camino, de Frankenheimer, Defensa, de Boorman o Perros de paja, de Pekinpah, un cine que se agarraba en lo más profundo del alma, y exploraba con inteligencia las amarguras y soledades de unos seres atrapados en sus miserables pueblos, donde imperaba el fascismo y el terror inhumano hacía el otro, un cine recuperado por cineastas como Sayles, con el que comparte ciertos elementos, Jeff Nichols y sus excelentes Take Shelter y Mud, o la fascinante Winter’s bone, de Debra Granik. El trabajo interpretativo con unos enormes Matt Horan (que toca a la guitarra un par de temas), como el “losser” que huye de sí mismo, Kimberley Tell, la atractiva y atrapada esposa y madre, Jimmy Shaw, el enviado de Dios con múltiples caras, y Denis Rafter encarnando al viejo minero Stan. Un cine de gran factura que mezcla con sabiduría géneros como el drama social, el western, y el terror psicológico, con buenas dosis de suspense. Cine interesante y entretenido contado con tranquilidad y dosificando inteligentemente la información para atraparnos lentamente en su oscura madeja, expectantes ante todos los hechos  que acontecerán.

Entrevista a Marcos M. Merino

Entrevista a Marcos M. Merino, director de “ReMine. El último movimiento obrero”. El encuentro tuvo lugar el Domingo 23 de noviembre en Barcelona, en el hall del Teatre CCCB, durante la XXI L’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marcos M. Merino, por su tiempo y sabiduría, a L’Alternativa y La Costa comunicación, por su generosidad y paciencia, a Pau Pérez, autor de la edición, por su trabajo y complicidad, y a un miembro del staff del Festival, que amablemente tomó la fotografía que ilustra esta publicación.

ReMine, el último movimiento obrero, de Marcos M. Merino

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“Si luchas puedes perder, si no luchas ya has perdido”

Marcos Martínez Merino (Gijón, 1973) periodista especializado en información económica en televisión, decidió en abril de 2011, dejar su trabajo en Madrid y volver a su tierra, eligió el valle de Turón, centro neurálgico de la minería para hablar de las gentes del carbón y cómo las políticas sangrientas estaban haciendo invisibles los espacios,  elementos de partida para su primer largo. Pero, se topó con la movilización minera de mayo de 2012, cuando más de 4000 mineros se declararon en huelga indefinida contra los recortes históricos provocados por el gobierno. Su película-documento se centra en el registro de aquel conflicto, penetrando en las entrañas de la lucha social dando voz a las distintas formas de resistencia que emprenden los mineros: cortes de carreteras y enfrentamientos con la policía, encierros en los pozos a 700 metros de profundidad, marcha de 500 km hasta Madrid, asambleas, concentraciones silenciosas… Merino nos sumerge en una película política, de batalla, de guerrilla y de militancia, atento todas las formas de protesta, observándolos de cerca, siendo uno más, él y su cámara, filmando sus rostros, sus miradas, sus conversaciones y preocupaciones, su tiempo… pero sin juzgarlos en ningún momento, manteniéndose al margen, sin interferir en lo que está sucediendo, dejando que los hechos ocurran y filmando de manera directa y comprometida todo lo que va ocurriendo. Y no sólo captura a los mineros, sino que también a la retaguardia, a las mujeres: a las esposas, madres, hijas y hermanas de los mineros, que también se mantienen con el puño en alto, asociándose, reivindicando y solidarizándose con la huelga de sus hombres para defender el derecho al trabajo, a una vida digna y el mantenimiento de las cuencas mineras y su entorno. El realizador asturiano no focaliza su discurso a través de ningún personaje en concreto, ni en ningún de los pozos, sino en el colectivo, asociando su relato a todos los mineros afectados, explorando cada pozo y cómo se va desarrollando su protesta. La película retrata las diez semanas de huelga, 70 días en las barricadas alzando las voces por una vida digna. en contra de los políticos de turno que infligen los acuerdos firmados para acabar con un sector y miles de familias. Un ejercicio brillante, fiel y certero que se inspira en el cine directo de Depardon o el de agitación social de Solanas, y en el trabajo de Barbara Kopple en  Harlan County (1976), así como en propuestas centradas en la ficción de gran interés, como Qué verde era mi valle (1941), de John Ford, Actas de Marusia (1976), de Miguel Littin o Matewan (1987), de John Sayles, cine militante y político que concede la palabra a los de abajo, a la clase obrera, gentes que el poder quiere borrar y que dejen de existir.  ReMine, es una obra humanista, valiente y necesaria, llena de momentos   emocionantes, como cuando los mineros se hermanan en uno y cantan a Santa Bárbara, el canto minero en honor a su patrona, instantes que se repiten a lo largo de la película, y que actúan como enérgico leit-motiv. Una cinta de compromiso social que recoge el pulso y el aliento de unos trabajadores que se han alzado y puesto en pie ante la injusticia y la barbarie burocrática, unos hombres y mujeres que defienden su trabajo y su vida.

<p><a href=”http://vimeo.com/112346490″>Trailer 3 ReMine, el último movimiento obrero</a> from <a href=”http://vimeo.com/remine”>ReMine</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Equí y n’otru tiempu, de Ramón Lluís Bande

equi3El espíritu de la memoria

Ramón Lluís Bande (Xixón, 1972) de amplia experiencia como escritor y realizador audiovisual, se propuso para este trabajo el reto de afrontar la memoria desde la actualidad, huyendo del documento para parir un monumento, un espacio de recuerdo para todos aquellos combatientes guerrilleros que, durante los meses de octubre de 1937 y noviembre de 1952, resistieron combatiendo el franquismo desde los montes asturianos. Bande nos sumerge en una obra contundente, que nos agarra desde el primer minuto, sumergiéndonos en un viaje hacía aquellos lugares olvidados donde perecieron los guerrilleros. Su película se estructura en tres partes o movimientos, un prólogo, donde nos muestra las fotografías de uno de los grupos de maquis más activos, unas imágenes tomadas por Constantino Suárez, que han sido rescatadas del olvido. Luego se adentra en el tronco de su discurso, un texto en asturiano sobre impresionado se apodera de un fondo negro, en el que podemos leer los nombres de los guerrilleros asesinados, y la fecha y el lugar de lo ocurrido, el sonido ambiente invade el cuadro, corte al espacio, los lugares, vacíos, desnudos, ausentes de gente, esos lugares que vieron por última vez estos hombres: fachadas de casas, plazas, caminos, claros del bosque, faldas de montaña, orillas de río… así hasta 34 sitios de la memoria, un recorrido ceremonioso donde se recupera el testimonio de los que ya no están y se invoca el espíritu de los ausentes. El realizador lo muestra a través de un plano fijo que se mantiene durante un minuto y cinco segundos como respeto a los difuntos. Su epílogo se compone de una pantalla fundida en negro, mientras escuchamos una canción popular donde una mujer nos canta evocando la lucha de aquellos guerrilleros. Bande se despoja de todo artificio cinematográfico, su película está narrada a tumba abierta, sin dilaciones ni subrayados, su tono es directo y sincero, su estructura rocosa y contundente que no deja tiempo a despistes ni vericuetos, nos muestra el camino y nos coge de la mano en esta mirada profunda y reflexiva a un tiempo de barbarie donde la sinrazón fascista acabó con toda una generación y unos hombres que se vieron desplazados y asesinados por defender la libertad. El cineasta asturiano cuida con delicadeza una forma que se funde magníficamente con el contenido político del relato. Tanto una como la otra, se desplazan por la misma vía, ejerciendo el equilibrio íntimo y perfecto que desprende toda la película. Su discurso y planteamientos no andarían muy lejos de las obras de Patricio Gúzman y Claude Lanzmann, otros maravillosos cineastas que también se han planteado la recuperación de la memoria histórica a través del presente, a través de ejemplares ejercicios que, además de desenterrar las imágenes y los lugares, se han preocupado por la forma que han empleado para contarlas. Bande ha hecho un hermosísimo y brutal poema funerario sobre el tiempo y la materia, que además se revela como una de las obras más intensas, profundas, necesarias y magnífica que se han filmado en este país sobre la memoria de los guerrilleros antifranquistas.