Azul Siquier, de Felipe Vega

LA MIRADA DEL FOTÓGRAFO.

“Cada vez que miramos una fotografía, somos conscientes, aunque sólo sea ligeramente, de que el fotógrafo escogió esa visión entre una infinidad de otras posibilidades. El modo de ver de un fotógrafo se refleja en su elección del tema”.

John Berger

Hay varias teorías respecto al origen de la palabra azul, según se dice, quizás derive del árabe hispánico, este del árabe lāzaward, “lapislázuli”, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sáncrito rājāvarta, “rizo del rey”. Sea cual sea su origen, en la RAE tienen más claro su significado, refiriéndose a: Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Venga de donde venga y sea cual sea su significado, lo que está claro es que ese color ha sido el inicio, el desarrollo y el motor de la obra del fotógrafo Carlos Pérez-Siquier (Almería, 1930) un color que siempre estará relacionado a su obra, y a él mismo. Aunque, dicho sea de paso, su andadura en el universo de la mirada y la fotografía arranco con el blanco y negro, y más concretamente, en el barrio de su ciudad natal,  “La Chanca”, que ya había sido objeto de estudio por Juan Goytisolo (1931-2017) en su libro homónimo de 1962, donde encontramos definiciones como: “El barrio de la Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojados allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras “. Doce años dedicó Pérez-Siquier a mirar el barrio, un barrio periférico, pobre y miserable, donde se hacinaban familias y sobrevivían como podían en aquella España del desarrollismo económica que negaba otras realidades más tristes y duras. Pérez-Siquier se detuvo en sus calles, sus casas, sus gentes y su espíritu, indomable y digno, en el que la humanidad radiaba a pesar de todas las penurias acaecidas.

El cineasta Felipe Vega (León, 1952) autor de obras de gran calado humanista y profundamente personales como Mientras haya luz (1987) El mejor de los tiempos (1989) o El techo del mundo (1994) donde explora los temas sociales desde una mirada crítica y honesta, sumergiéndose en mundos olvidados que no están muy lejos de la sociedad bien pensante y moralista. También, se ha acercado al mundo de las emociones y los conflictos personales en películas de la talla de Nubes de verano (2004) o Mujeres en el parque (20016), y también, ha desarrollado una carrera muy interesante en el campo documental con obras acerca de la memoria como Cerca del Danubio (2000) en el que se acordaba de los 142 almerienses que acabaron en el campo de extermino de Mauthausen, y en Eloxio da distancia (2008) junto a la pluma del escrito Julio Llamazares, se adentraba en las costumbres y la cotidianidad de A Fonsagrada, un pequeño pueblo lucense alejado del mundanal ruido.

Vega es un enamorado de la fotografía y de Almería, y conserva una amistad de más de un cuarto de siglo con Pérez-Siquier, así que de recibo dedicarle un tributo-homenaje a su fotografía, a su arte, a su mirada y sobre todo, a su humanismo, en un trabajo que huye de los cánones establecidos para centrarse en la parte humana del que hay detrás de las fotografías, haciendo hincapié a sus fotografías en blanco y negro, donde además de denunciar las condiciones miserables del barrio de “La Chanca”, se esforzaba en extraer la belleza cotidiana de sus gentes, sus casas y su ambiente, creando imágenes de gran belleza pictórica muy sabiamente mezclada en ese durísimo entorno social, como escribía Goytisolo tan acertadamente: “Y no hay nada, sino fuego y líneas de color extremado”.

La película también se detiene en su fotografía en color, importantes para estudiar lo que significó el desarrollismo económico en la España franquista con la llegada masiva de tantos turistas que venían a empaparse de sol y fiesta, con esas fotografías de personas anónimas que se tuestan en las playas, siempre con esa idea de la fotografía social y además, bella visualmente, jugando de manera sencilla y admirable con los colores, con su “azul” omnipresente tan característico de sus imágenes. Luego, la película se detiene en los reconocimientos posteriores, su visibilidad como uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, el legado de su obra y todos los procesos creativos que lo han acompañado cuando de forma honesta y anónima se acercaba a recorrer las calles de “La Chanca” y toparse con sus habitantes y sus miradas, como la de esa niña, inmóvil que lo mira con la curiosidad del que mira a un extraño, a alguien diferente a su cotidianidad, a un ser, armado por una máquina que quiere retratarla, que años después recupera y vuelve a inmortalizarla, ahora en color.

Vega mira a Pérez-Siquier desde la admiración, desde la sencillez del que se detiene a mirar esa imagen que le cautiva, que le transporta a otra perspectiva, de aquel que mira sin condescendencia ni sentimentalismos, del que se muestra curiosa y atento ante la mirada del fotógrafo, mostrando su humanidad, sus procesos, su alma inquieta y curiosa a robar lo efímero, aquello casi invisible para el resto, aquello que, en un instante casi imperceptible, se convierte en algo bello, intangible y lleno de luces y colores, aquello que advierte algo mágico, algo profundo y algo sentido, aquello que quedará inmortalizado para siempre, para que alguien quiera mirarlo detenidamente, sin prisas, con la pausa que dan la curiosidad y la inquietud de mirar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los Reyes, de Bettina Perut e Iván Osnovikoff

LOS HABITANTES DEL PARQUE.

“¿Piensas que los perros no estarán en el cielo? Estarán allí mucho antes que cualquiera de nosotros.”

Robert Louis Stevenson

Amanece otro día más en Santiago de Chile, y más concretamente en el Parque de Los Reyes, el “skatepark” más antiguo de la ciudad. En ese microcosmos apartado de la urbe, donde en contundentes planos generales nos muestran la hilera de rascacielos que queda más allá, apartada de ese lugar. En ese paisaje, se encuentran skaters, que a velocidad de vértigo hacen piruetas imposibles y saltos desafiando la gravedad, jóvenes consumidores de estupefacientes de todo tipo, hablando de sus trapicheos, su vida sedentaria y sus conflictos con sus padres, la policía y demás, siempre en un tono en ocasiones cómico y en otros, dramático. Pero, a sus directores Bettina Perut (Roma, 1970) e Iván Osnovikoff (Puerto Montt, Chile, 1966) lo que más les interesa de los habitantes del parque no son los seres humanos, sino dos canes y sus miradas, Fútbol y Chola, una pareja de perros abandonados que pasan sus días en ese territorio, al que han hecho suyo. Fútbol es un perro viejo, apenas sus ladridos emiten sonoridad, suenan a ahogados, es tranquilo, reposado, camina con dificultad, pero tiene una mirada sobrecogedora, atenta y despierta. En cambio, Chola es una can más joven, inquieta, curiosa, nerviosa, que no cesa de ladrar a todos los vehículos y transeúntes que cruzan el parque de aquí para allá, le encanta tirar la pelota de tenis al foso de los skaters y antes que la pelota llegue al final, bajar a toda velocidad y cogerla.

Con ocho títulos a sus espaldas, la dupla que forman Perut y Osnovikoff es un documental diferente, arriesgado y profundo, mirando esa cotidianidad desde puntos de vista no comunes, desde el otro lado, como la elección de sus temas que van desde lo social, lo político y lo cultural, mirando siempre a lo más humano, a aquello que queda fuera de la historia general, como un boxeador que después de la cuarentena decide volver al ring, o las horas de antes de la muerte del dictador Pinochet, o la mirada crítica e incisiva sobre la ciudad de New York, o los últimos supervivientes de la cultura Aymara, cine que arriesga para contarnos los temas que quedan fuera de los medios, desde el lado humano, desde la verdad de los hechos, y desde las miradas de las personas implicadas que se olvidaron en el anonimato.

Ahora, en su nuevo trabajo nos sorprenden con una película desde la perspectiva de dos canes, dos animales abandonados, y desde su altura, dos animales de los más de 350000 que son abandonados anualmente en Chile, dos perros que juegan con pelotas de tenis, con botellas de plástico, con balones que se pierden entre los juegos de los chavales que comparten el mismo espacio, dos perros que soportan las inclemencias del tiempo, que deambulan noche y día por el parque ya este concurrido como vacío, entre días de competición de skaters o días de tormenta en el que deambulan sin más, con sus correspondientes casetas colocadas por los empleados del ayuntamiento, o recostados en la hierba o en el cemento mientras los aspersores los van bañando, escuchando a unos y otros, sus conversaciones, sus dilemas, sus contenturas o tristezas.

Perut y Osnovikoff han construido, quizás, la mejor película sobre canes en años, que viene a ser una digna sucesora de Umberto D, de De Sica, con su inseparable perro Flike, en su mirada humanista de la sociedad, encarnada eso sí por dos canes como Fútbol y Chola, sin el amparo humano, se convierten en parientes muy cercanos de aquel perro que seguía incansablemente al anciano desahuciado, al que no quería nadie, ni encontraba consuelo allá donde fuere, o el burro de Au hasard Balthazar, de Bresson, donde el équido podría ser un reflejo perfecto de esa idea de humanidad que no se encuentra en los humanos y si en los animales, en una reivindicación sobre la igualdad de las necesidades de los seres vivos. La pareja de cineasta italo chilena huye de la complacencia o el sentimentalismo a la hora de abordar su relato. Aquí, los animales se muestran en su hábitat, el parque y sus alrededores, desde una mirada observacional, no de intervención, la cámara los filma continuamente, en sus estados de reposos o sus acciones, que no son pocas, observados desde la distancia, mirándolos a través de de sus miradas, de qué miran y hacia donde, dejando que la vida siga su curso, y los habitantes del parque se relacionen, ya sea con una pelota o simplemente, desde las miradas o los detalles que a veces nos cuentan mucho más.

Perut y Osnovikoff hacen gala de una paciencia infinita, como los cineastas que filman animales en la naturaleza o en otro espacio, con el añadido que aquí se filman en un espacio urbano, en un espacio próximo y alejado a la vez para los canes, construyendo una crítica feroz y demoledora sobre la sociedad actual, en la que se mezclan la desidia de buena parte de la juventud, perdida en sus adicciones, en su falta de horizontes laborales, y una desidia brutal en perder la vida entre delitos, conflictos y demás pozos sin fondo, y los perros, auténticos protagonistas de la película, desde sus miradas, volviendo a lo mencionado al comienzo del texto, la necesidad de una regulación que evite tantos abandonos y les proporcione dignidad a los perros como cualquier otro ser vivo del planeta. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sotabosc, de David Gutiérrez Camps

SIN TRABAJO NI VIDA. 

La película arranca de una forma primorosa y contundente, dejando claras sus intenciones desde el primer minuto, ya que se abre con un plano secuencia en un espacio tenebroso y espectral, sitiados por una espesa niebla que nos descubre un camino. De la nada, como si fuese un fantasma, aparece un joven subido a una bicicleta que avanza hacia nosotros. La cámara lo seguirá un rato, imbuidos por esa atmósfera a medio camino entre la crudeza del instante y lo onírico, casi en silencio, sólo roto por el sonido ambiental. Después de su primer largo, The Juan Bushwick diaries (2013) donde a modo de documental daba buena cuenta las peripecias de un cineasta estadounidense que comenzaba a filmarse como medida para soportar su hastío y encontrar respuestas. En su nueva película, David Gutiérrez Camps (Vidreres, Girona, 1982) hecha la mirada atrás y recupera una idea anterior que nacía de la observación de los recién llegados en su tierra natal, explorando esas vidas anónimas, casi invisibles, de tantos inmigrantes que llegan a nuestro país con la esperanza de labrarse una vida.

El cineasta gerundense focaliza su película en Musa Camara, uno de tantos jóvenes africanos y su deambular por un pueblo de la Cataluña rural, y su cotidianidad más inmediata, o podíamos añadir de su vía crucis particular en el que se basa su día a día. Musa se gana unos pocos euros con trabajos furtivos, actividades que le devuelven a los orígenes, pero no por convicción sino por necesidad, como recoger brezo en el bosque o subirse a los árboles para coger piñas que luego venderá. Gutiérrez huye de cualquier tipo de sentimentalismo o discurso social, su mirada es la del observador inquieto y curioso, filmando a su personaje en perpetuo movimiento, como lo hacía Bresson, a través de lo físico, donde Musa está en continuo movimiento, en el bosque, de un lado para otro, a la caza de brezo y piñas, o esos largos paseos por mitad de la calle y mirando a un lado y a otro, con la esperanza que alguien le deje coger sus piñas, o esos gestos mecánicos cuando compra y esas pocas interacciones con la cajera del supermercado, toco contado sin apenas diálogos, en la que Musa casi siempre anda solo y meditabundo, con ese caminar que duele y parece no tener fin, porque vemos a Musa en su inmediatez, en este diario de la miseria y el abandono emocional que sufren tantos recién llegados, en un entorno social deprimido y vacío donde la crisis económica ha dejado patente las desigualdades de un sistema económico rastrero e individualista.

El director catalán no emite juicios ni quiere moralizar con su personaje y su realidad, sino que deja que el espectador observe y saque sus propias conclusiones, dejando espacio con esos planos generales donde Musa se confunde con la naturaleza y lo urbano, en un entorno hostil, tanto físico como emocional, donde parece que todo ha dejado de ir hacia un lugar, y parece estancado, como vacío, con poca vida, y también, dejando tiempo, con ese ritmo que se va acelerando poco a poco, casi imperceptible, pero dejando patente ese continuo y cansino deambular, donde las cosas van de un lado a otro, casi por inercia, sin que ninguna voluntad remedie su rumbo. Musa es como Mona, aquella chica que se movía sin rumbo ni emoción, dejando que el camino la llevase en la película Sin techo ni ley, de Agnès Varda, en el que a través de una ficción, con métodos próximos al documental describía con sumo acierto y cuidado tantas realidades que desaparecían casi sin dejar rastro.

Gutiérrez Camps opta por filmar un documento que acoge herramientas de la ficción y el documental de observación, focalizando su tema, pero a la vez, tratándolo de manera universal, en una imagen bella y dura, en un retrato sobre el otro, en su reconocimiento, aislamiento y soledad, para acercarse a una realidad cotidiana que casi siempre olvidan los medios, sumergiéndonos en la realidad de tantas personas cuando deben afrontar su cotidianidad, enfrentarse a la falta de trabajo, a buscarse la vida recurriendo a trabajos, por llamarlos de alguna manera, ínfimos y miserables, cayendo en existencias vacías, invisibles y fantasmales. El magnífico trabajo de fotografía de Aïda Torrent (que ya había estado en los equipos de películas significativas como Caracremada o La plaga) contribuye a la plasticidad íntima y cercana que necesitan las imágenes hibernales que demandaba el retrato de Musa, cabeza visible de tantos y tantos de su misma y lastimosa condición social, en una película que también podríamos ver como un diario filmado de la miseria y la desesperanza de tantos recién llegados, y su deambular por esos paisajes urbanos y naturales, que en muchas ocasiones los engulle, con la mínima ilusión de comer otro día, de esa eterna espera que acaba confundiéndolos con esa atmósfera, fantasmas que se mueven por los mismos lugares que nosotros, casi imperceptibles, que parece que están pero casi nadie los ve, pero están ahí, aunque hagamos como que no los vemos.


<p><a href=”https://vimeo.com/234182016″>SOTABOSC. First Look</a> from <a href=”https://vimeo.com/camillezonca”>Camille Zonca Produccions</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Carol, de Todd Haynes

carol-cartelMUJERES QUE SE AMAN.

“Sus ojos se encontraron en el mismo instante, cuando Therese levantó la vista de la caja que estaba abriendo y la mujer volvió la cabeza, mirando directamente hacia Therese. Era alta y rubia, y su esbelta y grácil figura iba envuelta en un amplio abrigo de piel que mantenía abierto con una mano puesta en la cintura. Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego. Atrapada por aquellos ojos, Therese no podía apartar la mirada. Oyó que el cliente que tenía enfrente le repetía una pregunta, pero ella siguió muda. La mujer también miraba a Therese, con expresión preocupada. Parecía que una parte de su mente estuviera pensando en lo que iba a comprar allí, y aunque hubiera muchas otras empleadas, Therese sabía que se dirigía a ella. Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo. Sintió como le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más”.

(Extracto del libro “El precio de la sal”, de Patricia Highsmith).

Los primeros cinco minutos de una película son suficientes para conocer el espíritu de la misma y hacía donde nos pretenden llevar. El arranque de Carol es sublime e hipnotizador. En un fondo negro escuchamos el sonido del tren, luego entra la música de Burwell y sobre una especie de rejilla comienzan a aparecer los títulos de crédito. La cámara avanza, sale de la estación e irrumpe en plena calle, automóviles y personas de arriba abajo, absorbidos por la vorágine de la gran ciudad. Es viernes por la tarde, nos encontramos en Nueva York, en 1950. La cámara continúa hasta entrar en un restaurante, allí descubrimos el punto de vista que hemos estado siguiendo, un joven que, tras saludar al barman detrás de la barra, mira a su alrededor y observamos en panorámica el interior del local. La cámara se detiene en dos mujeres que comparten una mesa, el joven reconoce a la más joven y se acerca. El joven las interrumpe (situación similar a la planteada en Breve encuentro), todavía no las conocemos y menos de que estaban hablando, lo sabremos más tarde. La sexta película de Todd Haynes (1961, Los Ángeles) está contada a modo de flashback, iremos descubriendo suavemente el relato que nos cuentan, una película arrolladora, ejecutada desde lo más íntimo, contada con una elegancia que abruma, una mise en scène sublime y elegante, dominada por los colores cromáticos y esa luz velada e invernal, y de comienzos de primavera tenue que inunda de melancolía y tonalidades oscuras la pantalla, en la que los personajes están dispuestos y dirigen su mirada a través de cristales (como ocurría en la reciente La academia de las musas, de Guerín), unos encuadres que te dejan sin palabras, que enamoran en cada plano, que no deja indiferente, que captura con lo más sencillo, como una brizna de hierba, que recitaba Lorca.

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Haynes nos sitúa en la década de los 50, en aquel Nueva York después de la segunda guerra mundial, en aquel país que comenzaba a despertar después de la pesadilla, en un país que debía enfrentarse a sus miedos y sobre todo, a su moralidad, enfrentada a esa modernidad que traía nuevas costumbres y que avanzaba sin detenerse. Nos cuenta la historia de amor entre dos mujeres, tenemos a Therese Belivet, una joven de 20 años que trabaja como dependienta en unos grandes almacenes, pero su gran sueño es dedicarse a la fotografía, sale con Richard, un joven que aspira a convertirse en su marido y vivir felices en una casa rodeados de hijos. La otra mujer, Carol Aird, es una mujer madura y elegante, con una hija y en proceso de divorcio de su marido Harge, que le ofrece una vida burguesa pero carente de amor y vida. La película cuestiona y de qué manera el American way of life, como hacía el novelista Richard Yates (1926-1992) en su obra (Revolutionary Road, Once maneras de sentirse sólo, entre otras), esas vidas atrapadas y succionadas por el American dream, esas vidas enloquecidas por el éxito personal, donde la cotidianidad se consume con amigos idiotas, que se pavonean de su riqueza y de su país, donde hay meriendas en el jardín, trabajos para la comunidad, fiestas nocturnas en mansiones, y esa idea del matrimonio perfecto con hijos rubios y bellos, existencias vacías y solitarias que claman por una vida más plena y sencilla, más acorde con lo que sienten. Basada en la novela de Patricia Highsmith (1921-1995), publicada en 1952 con el título El precio de la sal y seudónimo de Clarice Morgan, sería el segundo libro de la autora después de Extraños en un tren. Una adaptación eficiente y maravillosa que ha hecho Phyllis Nagy (que ya había adaptado a la Hihgsmith de El talento de Mr. Ripley en teatro, y realizado con éxito para televisión Mrs. Harris, una tragedia que escribió y dirigió, en la que una mujer asesinaba a su marido del que se había separado). Haynes que subió a los altares del melodrama con Lejos del cielo (2002), una historia protagonizada por Julianne Moore situada en los 50, donde se criticaba duramente la sociedad puritana que rechazaba lo diferente, y  Mildred Pierce (2011), la miniserie de 3 episodios que protagonizó Kate Winslet, en la que durante la época de la gran depresión, una madre soltera lucha para que no le quiten a su hija. En Carol, se manejan los mismos derroteros, la (in)feliz ama de casa y la madre soltera tienen mucho que ver con el personaje de Carol, aunque ésta lleva su pasión más allá poniendo en peligro la custodia de su hija, la cual le quieren arrebatar por su conducta inmoral.

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Haynes propone un relato de ritmo cadencioso, de manera íntima y acercándose con encanto y sigilo a sus criaturas, una mujeres que tienen que enfrentarse a lo que sienten, y luego a esa sociedad fascista y burguesa que rechaza de forma salvaje lo que se sale de la norma, lo que no entienden ni tampoco quieren entender. El cineasta estadounidense que ya deslumbró con I’m not here (2007), en la que nos contaba la vida del músico Bob Dylan, a través de varios intérpretes que lo encarnaban desde su juventud hasta su madurez, con una increíble Cate Blanchett que asumía de forma admirable el rol del carismático músico. Aquí, vuelve a encandilarnos con este melodrama sobrio y maravilloso, como los de antes, como los que hicieron los maestros Douglas Sirk (Sólo el cielo lo sabe, Escrito sobre el viento, Imitación a la vida, entre otros) o John M. Stahl (Sublime obsesión, Débil es la carne, Que el cielo la juzgue, etc…), historias de pasión devoradora, de amor en su infinita locura, amores difíciles, arrebatadores, complejos, rodeados de esa sociedad estadounidense que pretende ser ejemplo y acaba siendo castradora y perversa. Haynes nos sumerge en una love story, en una historia de amor de verdad, de ese amor que se siente profundamente, que te atrapa y domina, del que no puedes escapar, del que te abruma y te pierde, dejándote sin aliento. Un amor donde la pasión y el deseo se materializan de modo natural y sin poder detenerlos, (la secuencia de sexo, que viene precedida de ese viaje en automóvil, entre las dos mujeres, filmada con un romanticismo y candidez contundente, ejemplifica sus sentimientos más profundos y ese espacio de libertad que no disfrutan en su realidad), una voluntad por encima de la razón, por encima de todo, y de uno mismo. Dos mujeres que se aman, que se desean, que descubren que su relación las completa, les llena ese vacío que inunda sus vidas, un amor sincero e inolvidable, aunque frente a ellas, está esa sociedad americana puritana y conservadora, que las rechaza, las juzga y las castra, que aniquila y extermina cualquier modo de vida o pensamiento que no sea el suyo, el inmovilizado, el de familia feliz con hijos.

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Haynes nos devuelve ese cine clásico, pero con una mirada actualizada y revisada, como hizo Fassbinder en 1974, en otro tono, con Todos nos llamamos Alí. En el que devolvía y colocaba en el lugar que se merecía Sólo el cielo lo sabe (1955), de Sirk, explorando aquellos temas que Sirk no pudo ejecutar en libertad, valiéndose de una viuda que se casaba con un inmigrante marroquí y veía como era criticada y juzgada. El realizador estadounidense nos entrega una obra sobre la mirada, el oficio de mirar, sobre el deseo y la pasión, un ejercicio memorable y brutal, de una contundencia que sobrecoge, filmada en estado de gracia, donde vuelve a contar con algunos de sus más íntimos colaboradores, como Ed Lachman, su cinematógrafo en buena parte de su filmografía, y dos colaboradores que estuvieron en Mildred pierce, el montador Affonso Gonçalves, y el músico Carter Burwell (habitual de los hermanos Coen), que nos regala una composición sutil y conmovedora que registra de forma audaz y mágica todas las miradas, gestos y silencios que se dedican las dos excelentes actrices, una Cate Blanchett que, domina todos los registros interpretativos, componiéndonos una señora valiente y fuerte que deberá, no sólo enfrentarse a sí misma, sino a una sociedad que la juzga y la condena, y la presencia de Rooney Mara “un ángel caído del cielo”, como la define Carol (muy alejada de la hacker tatuada de las adaptaciones de las novelas de Larsson) aquí nos encandila con esa mirada inquieta y nerviosa (en ocasiones recuerda a la Audrey Hepburn de Desauyno con diamantes o Dos en la carretera), encarnando a esa luz apagada que no siente ilusión por la vida, que camina perdida y sin esperanza, hasta que se encuentra con Carol Aird, y entonces, para la joven There Velivet, todo cambia, y cambiará para siempre… como nos canta en un momento la gran Billie Holyday en su Easy living:

“Living for you is easy living.

It’s easy to live when you’re in love.

And I’m so in love.

The is nothing life but you”.

 

El país de las maravillas, de Alice Rohrwacher

El_pa_s_de_las_maravillas-122541360-largeY EL TIEMPO SE VA…

Érase una vez al norte de Italia, en la región de Umbría, en una granja en medio del campo, que vivía una niña de 13 años que respondía al nombre de Gelsomina (explícito homenaje a Fellini con el personaje de La Strada). Esta niña y su familia (un padre inmaduro y socarrón, una madre abnegada y sufridora (personaje que interpreta la hermana de la directora), su hermana menor Marinella, que no para de imitarla, y las dos pequeñas que no cesan de revolotear) trabajaban en el campo cultivando verduras y hortalizas, criando ovejas y gallinas, y sobre todo, en el oficio artesanal de apicultores haciendo una rica miel. Los problemas por falta de dinero se acumulaban, las cosas han cambiado y en la actualidad, la granja ya no da los beneficios esperados. La llegada de un niño problemático y la aparición de un concurso de TV cambiarán la cotidianidad del entorno, y quizás provoquen la llegada del tan ansiado sustento. La segunda película de Alice Rohrwacher (1981, Fiesole, Toscana) viaja de una manera crítica e íntima hacía el mundo rural que lucha por no desaparecer, en un verano que quizás sea el último que vivan en ese lugar. Un lugar que está filmado de diferentes maneras, a modo de contrastes, como si el estado de ánimo, tanto del espacio como de sus habitantes, impregnará el ambiente que se respira. Una tierra fea y bonita a la vez, tierna y dura, con momentos de felicidad y compañía, de vitalidad y alegría, pero en cambio en otros, de tensiones, lágrimas y amargura, de convivencia y de soledad. La cineasta de madre italiana y nacida en Castel, lugar donde pasó su juventud junto a su familia. Un padre apicultor que le han inspirado en esta fábula donde no hay buenos ni malos, sino un cambio en la estructura social, que provoca la desertificación de la vida rural y campesina, en pos de un modelo económico situado en las grandes urbes. Paraísos que acaban convirtiéndose en espejismos o vestigios de un pasado que ya no volverá y se perderá en el tiempo. Rohrwarcher sigue la línea ya empezada en su debut Corpo Celeste (2011), donde una niña Marta de 10 años, a punto de confirmarse, se adaptaba junto a su familia en Calabria, en el sur de Italia, donde chocaba con la fuerte tradición católica del lugar. En esta ocasión, vuelve a centrarse en otra niña, dos personas en momentos cruciales de sus vidas, el tránsito de la infancia a la edad adulta, de dejar de ser niñas para convertirse en mujeres, sendos relatos de iniciación que tratan dos temas candentes: la desaparición del entorno rural y la moral católica. La película, en su gran parte, recuerda a otros grandes que miraron de forma lírica y amarga los problemas de los más desprotegidos que se enfrentan a la naturaleza, los terratenientes y el progreso para poder subsistir, maestros como Dino Risi, Pietro Germi o Ermanno Olmi y su magnífica El árbol de los zuecos, con la que comparte temática y mirada, y ciertos planteamientos, amén de galardones en el Festival de Cannes. Un cine poético a través de la observación de la naturaleza y su espectacular belleza, pero sin caer en la nostalgia o el excesivo embellecimiento de las imágenes. En su último tercio, la mirada de Rohrwarcher se desata y explotan las emociones contenidas de los personajes, parte que nos remite nuevamente al universo Felliniano, ya que el esperpéntico concurso televisivo entre ñoño, populista y hortera (presentado por una guapísima y valkiria Monica Bellucci) parece una secuencia extraída de alguna de sus célebres películas como La dolce vita o Ginger y Fred, esos personajes circenses y quijotescos hacen las delicias de un personal aburrido ávido de nuevas emociones. Una obra naturalista, sencilla y honesta, sin pretensiones, que observa un mundo que desaparece lentamente, el cual sólo seguirá vivo en la memoria de los personajes.

Boyhood, de Richard Linklater

Boyhood_Momentos_de_una_vida-954973569-largeEl tiempo mientras vivimos

Imaginan ustedes que, François Truffaut hubiera recogido algunos momentos de las 5 películas, que dedicó a su personaje fetiche, Antoine Doinel, entre los años 1959-1978, y hubiese realizado una película con el título, Las aventuras de Antoine Doinel (igual que el volumen que publica los guiones de la serie). El resultado no estaría muy alejado del experimento que ha filmado el realizador norteamericano Richard Linklater. En el año 2002 convocó un casting en Texas, lugar del rodaje, y eligió a Ellar Coltrane, un niño de 6 años, que interpretará a Mason, el protagonista de una película que se filmaría durante los 12 años siguientes, a razón de una semana por año, acompañado de su familia de fcción, la hermana Samantha, a la que da vida, Lorelei, hija del director, y los padres, Patricia Arquette e Ethan Hawke (actor fetiche de Linklater), que toca un par de temas con la guitarra. Viajeros privilegiados de esta magnífica aventura con el objetivo de crear una experiencia cinematográfica sin precedentes, (Sólo en la BBC, existe algo parecido, la serie documental, The up series, de Michael Apted, que filma a 14 niños británicos desde los 7 años). Boyhood, es un melodrama de nuestros días, donde somos testigos de los cambios que sufre un niño hasta convertirse en un joven que va a empezar la universidad, un período que Linklater aborda de manera sencilla y sincera, dejándose de  sensiblerías, observando a sus personajes como si los mirase desde una mirilla. La separación de los padres, los intentos fructuosos de la madre por volver a crear una familia al lado de parejas que no resultan satisfactorias, la vuelta de su padre y los intentos por ganarse su confianza, hechos que provocan los continuos cambios de residencia, y los problemas de volver a empezar, en un lugar nuevo y diferente al dejado. Lidiar con estas situaciones y sobretodo, con las propias, son los momentos a los que se enfrenta el protagonista: los primeros amores, los primeros trabajos temporales friendo hamburguesas, la difícil cuestión de elegir los estudios que nos conducirán a un trabajo, su afición por la fotografía (guiño de Linklater a sus años mozos). Los 165 minutos del metraje nos atrapan siguiendo los caminos trazados en las anteriores obras del cineasta estadounidense, las mismas que hizo gala en la trilogía sobre la pareja de Antes de… amanecer (1995) …atardecer (2004) …anochecer (2013). Apenas hay movimientos de cámara, ausencia de narrativa, largas conversaciones de los personajes, situaciones realistas de la vida cotidiana y los conflictos que provocan, personajes de carne y hueso, banda sonora sazonada con música pop/rock, y una cámara que sigue a sus criaturas sin estorbar y sobretodo, sin juzgar. La apuesta de Linklater resulta convincente, y a ratos, extraordinaria, conmovedora y maravillosa. Premiada en la edición de este año de la Berlinale con el Oso de Plata al mejor director. Una certera y aguda reflexión sobre el paso del tiempo, y cómo nos va moldeando el rostro, y los cambios profundos que experimenta el cuerpo y nuestro carácter, ilusiones, sueños y esperanzas, en el difícil tránsito de la niñez a la adolescencia, hasta la primera juventud. Todo ello acompañado de la mirada de Mason, quizás lo único que el tiempo no puede cambiar…