Entrevista a Enrique Baró Ubach

Entrevista a Enrique Baró Ubach, director de “La película de nuestra vida”. El encuentro tuvo lugar el jueves 4 de mayo de 2017 en el Teatre CCCB en el marco del D’A Film Festival en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enrique Baró Ubach,  por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prisamaideas y Pablo Caballero de Margenes, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Amar, de Esteban Crespo

MI CORAZÓN ES TUYO.

La película se inicia con una luz cegadora que nos deja entrever a un chico y una chica, con sus cabezas pegadas, mientras escuchamos, entre susurros, todo aquello que se dicen: palabras llenas de amor, de un amor fuerte, intenso, pasional, loco, todo el amor que cabe en la primera vez, en ese primer sentimiento arrebatador, en el que ya no somos nosotros, somos otro, somos ese que tenemos delante, ese que nos ha robado el alma. A continuación, la pareja practica sexo anal, introduciéndole ella un pene de plástico a él, filmado de manera naturalista, huyendo de lo explícito, pero sumergiéndonos en esa maraña de excitación, piel y sexo. Esteban Crespo (Madrid, 1971) debuta en el largo, después de una larga trayectoria en televisión realizando documentales, amén de un filmografía en el cortometraje que culminó con Aquel no era yo (2012) una pieza sobre niños soldado en África que le valió números galardones, encumbrándolo con una nominación a los Oscar. Crespo nos habla de Laura y Carlos, una pareja de jóvenes que se ama, un amor desaforado, muy intenso, en el que se demuestran su amor constantemente, viven el uno para el otro, quizás demasiado, ese amor que se vive sin medida, sin pensar en el mañana, es el aquí y el ahora, no hay nada más.

Un amor que choca con la actitud paternal (que Crespo retrata aturdida y llena de mentiras, y falsedades, unos, los de ella, y otros, los de él, regidos por las formas) ella, 17 años, todavía en el instituto, de padres separados, vive con su madre y su nueva pareja, ya no están tan unidas como lo estaban en el pueblo, ahora parecen dos desconocidas y se sienten muy alejadas. Él, de familia tradicional, ha empezado derecho, aunque quiere hacer Bellas Artes, pero anda perdido, sin muy bien qué hacer. Crespo coge a sus dos criaturas en una época de tránsito, en ese tiempo en el que dejan la infancia, el tiempo acomodadizo, y entran en otro, desconocido y lleno de incertidumbre, en el que deberán hacerse adultos, tomar sus propias decisiones y caminar por si solos, esa transición, llena de posibilidades, pero también de oscuridad, un tiempo en el que la adolescencia se vive al límite, donde la eternidad dura un suspiro, donde ir al insti, salir con los amigos, beber, fumar, o los primeros contactos sexuales definen el tiempo que vivimos, ese tiempo nuestro, donde todavía brilla el sol, donde todavía no nos hemos convertido en adultos, en las que las vidas rutinarias y vacías han llenado nuestra existencias.

Crespo nos sitúa en Valencia, en sus barrios, en sus polígonos de fiesta, en espacios urbanos cerrados, angostos, casi sin aire, como el amor intenso y brutal que viven sus protagonistas, filmándolos desde la intimidad, con la cámara encima de ellos, casi sin dejarles respirar, siguiéndolos a todas partes, descubriéndonos cada aliento que emanan, cada poro de sus pieles, cada susurro, cada gota de sudor, envolviéndonos en ese maremágnum de pasiones, de locura, con esas emociones y sentimientos desbocados, sin control, a velocidad de crucero, a tumba abierta, un viaje al vértigo del amor, cuando todavía somos inocentes, cuando todavía los intereses económicos y la sociedad no nos ha contaminado del todo, cuando todavía creemos en el amor romántico, sincero y pasional. Quizás ese amor vivido sin mesura, en el que nada ni nadie existe, los lleva a separarse, a distanciarse, a agobiarse de lo que sienten, a no entender que el amor que viven los está llevando demasiado lejos a no saben adónde, a un lugar en el que todavía nos están preparados, porque todavía les falta tiempo para vivir, tiempo para saber quiénes son, sobre todo, tiempo para amar.

Crespo disecciona su película en dos mitades, en la primera, asistimos al amor, al enamoramiento, lleno de pasión, en el que el sexo, que se vive a escondidas (sutil y concisos los planos a través del ascensor que sube y baja, metáfora de las propias pulsiones emocionales que vive la pareja) está retratado de forma natural, abriendo cada pliegue de la piel, de la sensualidad de los cuerpos en movimiento, filmado desde la sobriedad, en el que el amor y el sexo forman uno, mezclándose en una simbiosis perfecta. En la segunda mitad, Crespo nos remite al desamor, esa intensidad al límite los separa, viven sus no vidas separados, echándose de menos, intentando probar otras pieles, otros sexos, pero quizás lo que sienten es muy fuerte, muy profundo, y es en ese tiempo en el que deberán conocerse más a sí mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos. María Pedraza (de vocación bailarina e instagramer) y Pol Monen (en pequeños papeles hasta la fecha), debutan en el protagonismo cinematográfico componiendo la maravillosa pareja protagonista (amén de las grandes aportaciones de la brillante Greta Fernández, y los adultos, con Natalia Tena y demás) una pareja llena de naturalidad, alegría, vitalidad y pasión ayuda a componer un retrato sincero y honesto sobre el (des)amor adolescente, y esa sensación indescriptible de la primera vez, de experimentar sentimientos honestos, pero también frágiles, que nos invaden y nos convierten en otros, en alguien que jamás habríamos imaginado que pudiese existir.

Entrevista a Ado Arrieta

Entrevista a Ado Arrieta, director de “Bella durmiente”. El encuentro tuvo lugar el lunes 27 de marzo de 2017 en el Instituto Francés en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ado Arrieta,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Diana Santamaría de Capricci Cine y Eva Herrero de Madavenue, por su amabilidad, paciencia y cariño.

Toni Erdmann, de Maren Ade

1481631771-cartel-toni-2LA SONRISA AMARGA.

Winfred Conradi es un sesentón singular, bromista y solitario, que se gana la vida como maestro y lleva una vida cotidiana, entre las visitas a su madre octogenaria que no lo soporta y poco más. Aprovechando que Ines, su única hija, ahora convertida en ejecutiva agresiva, vive en Bucarest, decide ir a visitarla. La repentina aparición del padre, no gusta nada a la hija, que lo despacha como puede sin hacerle mucho caso, pero el padre, le pregunta: ¿Si es feliz? a lo que la hija se muestra incapaz de responder. De esta manera, reflexionando sobre esta cuestión sencilla, pero compleja a la vez, se abre la tercera película de Maren Ade (Karlsruhe, Alemania, 1976) que sigue explorando el universo femenino actual, como en sus anteriores trabajos. En su debut, que llevó por título Los árboles no dejan ver el bosque (2003) retrataba a Melanie, un joven profesora rural que llegaba a un instituto al que no lograba adaptarse y menos aún, relacionarse con los demás. En la siguiente, en Entre nosotros (2009) describía a una joven pareja en un viaje aparentemente idílico, que a raíz de un encuentro con otra pareja, su relación se convertía en una serie de desencuentros y hastío difíciles de resolver.

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Ade pone el foco en lo femenino, en mujeres que gozan de un gran reconocimiento profesional, pero completamente solitarias, amargadas e infelices en lo emocional. Mujeres competitivas, fuertes e implacables en los negocios, pero que no logran entenderse y menos relacionarse con naturalidad con los demás fuera de ese ámbito. Su nueva heroína, la seria y atractiva Ines Conradi, apenas habla con su padre. Su vida gira en torno a su trabajo, a convertirse en la mejor en lo suyo, en un mundo dominado por hombres, dejando apartada a su familia y todo lo que representa. El padre, viendo la poca afectividad de su hija, no vuelve a Alemania, y se presenta en los ambientes laborales de su hija, pero convertido en otra persona, en el enigmático y envolvente Toni Erdman – personaje deudor del Toni Clifton creado por el gran humorista del no humor Andrew Kaufman, fallecido en 1984-  un tipo disfrazado con una peluca de melena y unos dientes postizos que dejan entrever su generosa dentadura, y utiliza saquitos de pedos, y demás articulos de broma. El padre, siendo otro, se introduce en la vida de Ines, en la Ines de los negocios, en la mujer seria y etérea con el objetivo de triunfar en su carrera profesional, con el objetivo de conocerla mejor y aliviar esa carga que la impide ser feliz.

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Ade nos cuenta su película de forma cómica, disfrazando la compleja y distante relación entre padre e hija, en una comedia de aroma clásico, como las “screwall comedy” del Hollywood de antaño, en las que vagabundos se hacían pasar por mayordomos, enamoradas alocadas hacían lo imposible por seducir al galán o actores inseguros se paseaban por las calles disfrazados de Hitler, comedias que tuvieron su continuidad en el universo de Billy Wilder, como aquella en la que un gendarme parisino se disfrazaba de gentleman para soportar los dispendios de su amada prostituta. Aunque también, como sucede en las buenas comedias, hay amargura en unos personajes que han dejado de ser ellos para convertirse en lo que odiaban. Ade ha hecho una película de 162 minutos que parece más corta, introduciendo todo tipo de situaciones que van desde la comedia más delirante, con situaciones rocambolescas, absurdas y surrealistas, hasta el drama más cotidiano, aquel en el que nos miramos al espejo y no somos capaces de encontrarnos a nosotros mismos, como si la imagen que teníamos de nosotros hubiera desparecido, y ahora viésemos a un extraño, a alguien que no nos define y tampoco sabemos quién es realmente. Ade nos construye una tragicomedia dura y tierna, sencilla y compleja, divertida y triste, y todo para contarnos la relación de un padre y una hija, solitarios los dos, seres que han perdido el amor que se tuvieron en la infancia, y que ahora el distanciamiento y sus vidas los han convertido en otras personas, sobre todo a Ines.

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Winfred convertido en Toni Erdmann convierte el juego “del otro” en un intento de acercamiento a su hija, en recuperar a la niña que fue, a la hija que dejó Alemania, a esa persona, que ni ella misma recuerda, en el que la propia Ines, queriendo resistir y aprobar su vida, ante la aparición de su padre, entra en este juego, en este baile de máscaras, en el que se mezclan momentos delirantes con otros más amargos, para ahuyentarlo y sacarlo de su vida, creyéndose que su vida es  la que siempre quiso. La cineasta alemana construye una película viva, inteligente, y apasionada, de sublime capacidad para la comedia más hilarante con momentos sensibles, sin caer en ningún momento en la autocomplacencia, filmando su película a través de una imagen realista, pero sin inmiscuirse, sin juzgar a sus criaturas, dejando libertad al espectador, conmoviéndonos desde la intimidad y la sutileza de la cotidianidad, creando una película que le sirve para hablar de un padre y una hija, que representan las diferentes generaciones, entre ese mundo capitalista deshumanizado, en el que el país rico, Alemania, compra al pobre, Rumanía, en el que todo vale para conseguir los objetivos económicos, que representa la hija, frente al padre, un hombre tranquilo y sencillo, que desaprueba la vida siniestra de su primogénita, representa a lo humano, la lucha por la libertad y las desigualdades sociales.

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Un pareja en estado de gracia, en el que la magnífica composición de Peter Simonischek como padre, siendo Toni Erdmann, ese ser fantástico, que parece de la nada, que convierte cada instante en una broma, y que no parará hasta que su hija deje de mirarse el ombligo para ser quién fue, con valores y sencillez, y frente a él, Sandra Hüller dando vida a Ines, la hija, metida en su burbuja, que hasta sus ratos de ocio y sexo los toma como reuniones de trabajo, en los que siempre hay que estar correcta y sumisa a sus jefes, en que las relaciones, el deseo y la pasión se han vuelto frías y vacías. La mirada de Ade de la Europa actual es despiadada, demoledora y triste, en el que el continente se divide entre terribles insjusticias sociales, entre unos ricos, que se mueven en ambientes exclusivos, sin relacionarse con los autóctonos, sólo lo hacen para decidir sobre sus empleos y otras maneras de producción que conllevarán a despidos y precariedad (como la secuencia de la extracción dibujada entre el terror y lo siniestro). Ade consigue arrastrarnos a su comedia amarga, a una obra que nos hará reír a carcajadas, con secuencias memorables (como la del disfraz de Kukeri, una tradición búlgara para ahuyentar a los malos espíritus, en la peculiar fiesta de cumpleaños de Ines) con otros momentos de amargura y tristeza, en el que los personajes, idiotizados en sus trabajos competitivos, han olvidado su humanidad, y sobre todo, su incapacidad para el amor en aquellas personas cercanas que las quieren.

La tortuga roja, de Michael Dudok de Wit

clickEL MISTERIO DE LA VIDA.

Había una vez un hombre, del que desconocíamos su procedencia, que naufragó en una isla tropical. Allí, en ese lugar inhóspito, con la única compañía de animales, vegetación y rodeado de agua, sobrevivivió a duras penas alimentándose de pescado y frutos, aunque su verdadero propósito era abandonar el lugar a bordo de una embarcación construida por él mismo, pero sus esfuerzos resultaron vanos, porque ya en alta mar, se encontraba con una tortuga roja que le destrozaba la balsa impidiéndole avanzar. La puesta de largo del cineasta Michael Dudok de Wit (Acoude, Países Bajos, 1963) mantiene los conceptos ya explorados en sus anteriores trabajos: la nostalgia y la eternidad (un guion firmado con Pascale Ferran , responsable de Pequeños arreglos con los muertos, Lady Chatterley o Bird People, obras de prestigio en los ambientes autorales) además de una animación sencilla y poética, compuesta de trazo limpio y formas reposadas, que estructuraban sus obras predecesoras y premiadas: Le moin et le poisson (1996) galardonado con el César, nos hablaba de las desventuras de un monje intentando capturar un pescado, y en la siguiente Father and Daughter (2001), que se llevó el Oscar al mejor cortometraje de animación, el relato giraba en torno a una niña que se convierte en mujer y hace su vida, aunque nunca podrá olvidar el recuerdo hacía su padre que se marchó en un barco siendo ella pequeña.

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En su primer largo animado Dudok de Wit tiene el mejor de los compañeros de viaje, la coproducción del prestigioso Studio Ghibli, en su primera coproducción europea (Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki e Isao Takahata con una filmografia de órdago en el campo de la animación con títulos ya clásicos como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o La tumba de las luciérnagas…, películas construidas a través de una animación artesanal de magnífica composición, tanto de formas como colores, dotadas de una infinita  imaginación, en el que conviven de forma natural el mundo más cotidiano y sus fantasmas con la fantasía más bella y poética, en la que transmiten valores humanos como la amistad, la tolerancia hacia los demás, y el respeto hacia la naturaleza y todo aquello que nos rodea. La tortuga roja se alimenta de todos estos valores, además de recoger la tradición de la animación francesa de los 70 y 80,  de René Leloux (El planeta salvaje o Los amos del tiempo), y las recientes El secreto del libro de Kells (Tom Moore, 2009) o Ernest & Célestine (2012), para conseguir una fábula atemporal, una alegoría humanista y bellísima sobre la vida, el tiempo y los ciclos vitales.

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Construida a través de un dibujo artesanal, que apenas ha recurrido a lo digital, que se mueve entre la luminosidad de colores por el día, y una luz velada para las noches dibujadas en blanco y negro, consigue una conjugación absorbente y veraz de los sonidos de la naturaleza, como el viento, el mar y los animales, centrándose en los detalles más ínfimos, componiendo una sinfonía muda, en la que se han evitado los diálogos con el fin de centrarse completamente en la naturaleza y sus sonidos, envolventes y realistas que ayudan a componer la poética del film, en la que destaca una score de grandísimo nivel obra del compositor Laurent Pérez del Mar, una música de melodías finas y rítmicas que envuelven la historia en una majestuosa poesía de formas, colores y sonidos que nos transportan a otro mundo, aquel en el que todo puede suceder, a un mundo mágico, un universo de sueños, en el que cohabitan de manera natural hombres, naturaleza, animales y espíritus, ya sean reales o mitológicos, en el que todos y cada uno de los seres vivos funcionan a la par en un organismo vivo y en continuo movimiento y cambio. La estructura lineal y circular nos invita no sólo a ser testigos de la deriva emocional del náufrago que, a pesar de sus intentos arduos de abandonar la isla, no consigue su objetivo y deberá enfrentarse a un ser, la tortuga roja, al que no puede vencer y no tendrá otro remedio que resignarse a esa fuerza de la naturaleza que parece condenarlo a su soledad.

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El cineasta holandés compone un poema de connotaciones universales, del que no conocemos casi nada, ni el origen del hombre ni en que lugar del mundo en que se encuentra la isla, sólo sabremos su periplo vital, y las situaciones en las que se vera inmerso, y sobre todo, el mundo interior del naufrago, con sus alegrías y tristezas, sus miedos, y cómo afectan a sus emociones sus vivencias a partir de su encuentro mágico con la tortuga. Dudok de Wit nos propone un viaje sobre el alma, una obra de maravilloso prodigio visual, sobre el destino de cada uno de nosotros, de todo aquello que somos y todo lo que nos rodea, de todos los seres, tanto animales como vegetales, que forman nuestro universo, incluso aquellos microcosmos que se muestran invisibles ante nosotros, pero si nos acercamos a ellos y los miramos con detenimiento, podremos no sólo descubrir más cosas, sino descubrirnos a nosotros mismos, admirando nuestras virtudes y siendo benévolos con nuestros defectos.

 

La comuna, de Thomas Vinterberg

la-comuna-cartel-a4-jpg_rgbLA UTOPÍA CUESTIONADA.

Érase una vez a mediados de los setenta al norte de Copenhague, un matrimonio de intelectuales, Anna (presentadora de TV) y Erik (arquitecto) y su hija adolescente Freja, heredaron un viejo caserón familiar. Debido a los grandes gastos que comportaba la casa, decidieron invitar a su amigo  díscolo Ole a vivir con ellos, luego llegó un matrimonio joven hippie con su hijo enfermo. Más tarde, una joven de vida sexual movida, y finalmente, un inmigrante con problemas de dinero. Y todos ellos, cada uno con sus excentricidades, pensamientos e individualidades comenzaron a vivir juntos, formando una gran familia, llena de amistad y amor (en la que hay sexo sensual y explícito, pero en grupo) en el que debatían y votaban todas las cuestiones de convivencia, aunque ninguno de ellos esperaba que todo aquello que tenían, lo que sentían y sobre todo, lo que vivían, se podría poner en peligro de manera tan sencilla, en el momento que viviesen una situación ajena a todos ellos, un conflicto con el que no tendrán más remedio que convivir, algo diferente que los pondrá a prueba, quizás demasiado.

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El nuevo trabajo de Thomas Vinterberg (Copenhague, Dinamarca, 1969) se basa en sus experiencias personales cuando vivió durante 12 años (desde los 7 a los 19) en una comuna, que después convirtió en una obra de teatro llamada Kollektivet, escrita por Morgens Rukov y él mismo, y ahora, en un guión escrito junto a Tobias Lindholm (con el que ya escribió las excelentes SubmarineLa caza). Vinterberg que se lanzó al panorama internacional cinematográfico con Celebración (1998) nacida bajo el amparo del Movimiento Dogma, auspiciado por Lars Von Trier, a la que siguieron algunas películas de desiguales resultados como It’s all about love (2003) o Querida Wendy (2005) ambas rodadas en EE.UU., pero volvió a demostrar su valía con densos dramas bien filmados como Submarino (2010) o La caza (2012), y su reciente trabajo, la muy conseguida Lejos del mundanal ruido, del año pasado, que adaptaba una novela de Thomas Hardy, que a su vez había adaptado John Schlesinger en el 67.

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El realizador danés con La comuna, vuelve a los temas que estrucuturan su filmografía, como los conflictos mínimos que se producen en el seno familiar o en comunidades pequeñas. Sus películas recogen las diferentes posturas morales que adoptan cada uno de sus personajes, y como esos problemas acaban resquebrajando la aparente tranquilidad que reinaba en el lugar hasta ese instante. Vinterberg construye una película que se inicia de forma tranquila, la “familia” , se ama, se entiende, se divierte, se bañan en pelotas todos juntos, confraternizan, viven con naturalidad e intensidad su nueva vida en todos los sentidos, en las que se sienten felices, con amigos y tranquilos, y superan con serenidad los problemas a los que va enfrentando su convivencia. Las dudas que acechaban a Erik en un principio quedan disipadas en el momento que viven la experiencia de vivir todos con todos, y además, ese estado de felicidad comunitaria contribuye a hacerle cambiar la propiedad del inmueble, y pasarlo a nombre de todos. Toda esta felicidad cambia, cuando Erik se enamora de Emma, una de sus alumnas. Este elemento ajeno, que viene en un principio a ser uno más, a convivir con todos, acaba siendo demoledor para la idea de la comunidad. Es en ese momento, cuando la película adquiere todo su significado, en los que los principios de libertad y compromiso comunitario se ponen en cuestión por los propios que lo alababan, y dejan paso a cuestiones más emocionales para los que no existe control ni razonamiento.

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Vinterberg nos propone dos películas, o podríamos ser más justos diciendo que nos invita a la reflexión a partir de dos situaciones, la primera, nuestro punto de vista a la idea de comunidad, de convivencia con el lema todo es de todos, bajo la forma de una comedia ligera y divertida, y seguidamente, con la llegada de Emma, ese elemento externo que viene a plantear una nueva situación, en la que nos explica, bajo un drama íntimo en el que sobresalen las emociones de cada uno de los implicados, lo que en un instante Anna cree como un idea excelente de convivencia con su marido y la amante de éste, como una idea de libertad en la que el amor libre se comparte y se acepta, acaba siendo una tortura para ella, la persona que dio origen a la idea de comuna, se siente rota y depresiva, y en una situación de destierro en su propia casa. La idea de comunidad y libertad, se ve invadida y resquebrajada por esta situación, y acaba absorbiendo a los implicados, maniatados en un conflicto que ni deseaban ni mucho menos esperaban.

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La maestría de Vinterberg en su manera de profundizar en conflictos humanos y cuestionar las ideas que parecían inamovibles de sus personajes, sin juzgarlos en ningún momento, simplemente narrando desde el distanciamiento, sin tomar partido, capturando todos los puntos de vista, contribuyendo a analizar de forma contundente e íntima las necesidades de cada uno de ellos, y la manera que tienen de reaccionar ante semejante entuerto. El plantel de intérpretes, ya dirigidos algunos en otras ocasiones por Vinterberg, encabezados por los convincentes y naturales Trine Dyrholm (enorme en su composición y alma de la película) y Ulrich Thomsen, entre otros, ayuda de manera extraordinaria a hacer creíbles los complejos personajes y las diferentes situaciones en las que se ven inmersos. El conflicto que  nos plantea el cineasta danés nos interpela directamente, poniendo en duda las ideas que teóricamente o en estados de placidez pueden funcionar, pero con cambios o agentes externos que vienen a materializar esas ideas, éstas no aguantan la presión emocional de los sujetos implicados, y están condenadas a cambiar de postura o inevitablemente, a desaparecer. Vinterberg nos sitúa en aquellos años 70, años de libertad, de ideas, de pensar y vivir un mundo diferente y más humano, aunque quizás lo que nos quiere proponer el director con su película, o al menos una de las ideas, es que quizás eran demasiado inocentes para prever todos los conflictos que podrían llegar, o como plantea uno de sus personajes, la era del amor se ha terminado y ahora vendrá otra, que ha de ser diferente, y probablemente, no sea tanto de nuestro agrado.

María (y los demás), de Nely Reguera

24a71575-maria-cartazVIVIR SU VIDA.

María tiene treinta tantos y trabaja en una editorial, aunque le encantaría ser escritora (pero es incapaz o tiene miedo de acabar su libro, al que apenas le queda un párrafo), también, es el pilar de su familia, después de la muerte de su madre, se ha convertido en la luz que ilumina a su padre, al que ha cuidado en su dura enfermedad, y a sus hermanos. Sentimentalmente, tampoco le va muy bien, se acuesta con alguien, aunque ella está ilusionada, el otro parece que no está tan encantado. Su vida vive para los demás, ella ha guardado demasiados cosas en los cajones, y ahora parece ocuparse para no tener tiempo para abrirlos, ella, hace, va y viene, y tiene mil cosas en la cabeza, pero las que de verdad importan, las que tienen que ver con su vida, no son su prioridad, las va dejando, puede que por miedo, o porque es más fácil ocuparse de los demás que de uno mismo.

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La puesta de largo de Nely Reguera (Barcelona, 1978) se centra en la mirada de María y sus conflictos internos (ya demostró su talento con sus cortometrajes, y la preocupación sobre las emociones y sus contradicciones, en Ausencias (2002) trabajo de fin de carrera en la Escac, donde se graduó, exploraba las carencias de diferentes personas, en Pablo (2009) planteaba una historia sobre la esquizofrenia de forma singular). Ahora, se detiene en María, una joven independiente, que vive en el norte, más concretamente en Galicia (Reguera tiene raíces gallegas en su familia paterna) parece hacer muchísimas cosas en su vida, aunque preocupada en otra vida, en aquella que nunca quiso vivir, en la que esquivó y ahora no se atreve a cambiar de dirección y empezar en otro sentido. La aparición de Cahita, la enfermera simpática que atendió a su padre y ahora se ha convertido en su novia, derrumba, en cierta manera, esa vida de apariencias y ausencias que se ha construido falsamente a su alrededor.

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Reguera sigue a su antiheroína desde la distancia, dejando al espectador que tome la palabra, que sea el quién saque sus propias conclusiones, inicialmente con tomas largas e inquietas, escenificando la propia existencia de su protagonista, para luego reposar la cámara y seguir a María desde la serenidad, investigando las emociones que se van provocando. Reguera plantea una comedia, una comedia aparentemente ligera, con apenas sobresaltos ni conflictos muy profundos, aquí el conflicto es leve, casi imperceptible, la aparición de Cachita desborda un vaso que ya estaba vacío de contenido.  María choca con su familia, sus amigos y ese con el que se acuesta, que ella se empeña en convertir en pareja, cuando no lo ha sido nunca, ni lo será. María se muestra satisfecha y autónoma, quizás demasiado, aunque en su interior todo es diferente, debería escucharse más, y lanzarse a vivir su vida, esa vida que no se atreve a vivir, por miedo a enfrentarse a sus miedos. Su familia es convencional, uno de sus hermanos, está a punto de ser padre, el otro, vive con una extranjera, pero tiene planes futuros en España. Todos ellos, observan a María desde la inquietud y la distancia, sin saber muy bien qué tipo de vida tiene y que hace con ella. Una familia que actúa como espejo deformante de esa realidad que María se niega a ver y oculta sin atreverse a mirar de frente con todas sus consecuencias. Reguera ha realizado una película sencilla, humilde y muy emocionante, que emociona desde su sinceridad, conmueve sin pretenderlo, contándonos un relato de alguien que bien podríamos ser nosotros o alguien muy cercano, de esas vidas inquietas que no nos atrevemos a vivir por miedo a fracasar, y nos mantenemos en una infelicidad que no la llena la independencia económica, a esa falsedad de vida que nos han vendido como ideal, pero que no nos llena, de vivir nuestras propias vidas, cueste lo que cueste, de sincerarnos con nosotros mismos y avanzar hacia delante sin miedos y cargados de ilusión.

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La interpretación prodigiosa, serena y absorbente de Bárbara Lennie (gran acierto de casting) nos acoge de manera sutil en su relato y sobre todo, en su mirada inquieta y nerviosa, en su torpeza, pero también, en su fragilidad, que podría ser la de nosotros mismos. José Ángel Egido nos muestra un padre serio, con ganas de vivir su vida, al contrario que María. Y los hermanos, un Pablo Derqui, que sigue en una forma estupendísima (se marca un solo interpretando de forma enérgica y simpática el tema “Como yo te amo” de la Jurado, delante de su familia) que ya había trabajado en dos cortos de Reguera, Vito Sanz (alejado de las películas de Jonás Trueba, aquí, de hermano algo bobalicón y novio entregado) Aixa Villagrán (en otro momentazo cómico de la película, expulsando males y hechizos de la incrédula María), Marina Skell (la argentina enfermera que viene a trastocar los planes de María, situación parecida que se vivía en Tots volem el millor per a ella)y Julián Villagrán (como antipático e interesao amante). En el guión, encontramos a Valentina Viso (escritora de Mar Coll, y el Blog, de Elena Trapé), el montaje de Aina Calleja (que también estuvo en Tots volem… y en Family Tour, de Liliana Torres) y la fotografía de Aitor Echevarría (que ya había trabajado en las Ausencias con Reguera).

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Nely Reguera se suma a Mar Coll, Elena Trapé, Roser Aguilar y Liliana Torres, en otro brote de talento maravilloso surgido de la Escac, en la que a través de excelentes y profundos retratos femeninos centrados en mujeres que pasan la treintena con problemas emocionales que les cuesta horrores resolver, profundizan sobre su generación de forma concisa, libre y honesta. También, podríamos incluir en esta terna las miradas de Sergi Pérez y Marçal Forés (también surgidos de la Escac) que aunque no planteen retratos de lo femenino, si que comparten la complejidad emocional y el interés en retratar su entorno. Reguera ha hecho una película asombrosa, con muy poco, sólo centrada en su personaje, y su entorno, un paisaje a veces bello y hermoso, y en otras ocasiones, agobiante e incómodo, porque por mucho que nos empeñemos, nuestra vida depende de nosotros, no de los otros.