La trinchera infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga

30 AÑOS DE OSCURIDAD.

A finales de los sesenta, con la ley franquista que amnistiaba todos los delitos cometidos durante la guerra, empezaron a aparecer casos de hombres ocultos en falsas paredes en sus propias casas escondiéndose para no ser represaliados por el franquismo. Los topos, ensayo periodístico obra de Jesús Torbado y Manuel Leguineche daba buena cuenta de todas aquellas personas vinculadas con la República que se ocultaron en sus casas. Un libro que daba buena cuenta del miedo y la realidad de las dos Españas durante la dictadura de Franco. Una de las películas que daba buena cuenta de estos hechos fue Mambrú se fue a la guerra (1986) de Fernando Fernán Gómez, donde se explicaban los sucesos de Emiliano, oculto en su casa, después vino Los girasoles ciegos (2008) basada en la novela de Alberto Méndez, en que José Luis Cuerda, en la que un hombre también se escondía en su casa, y finalmente, 30 años de oscuridad (2011) de Manuel H. Martín, que a través de la animación, y con la voz de Juan Diego, nos contaban el caso real de Manuel Cortés, antiguo alcalde de la localidad malagueña de Mijas, que al acabar la guerra civil, estuvo oculto en su casa. Misma experiencia real ha servido de guía para los directores Jon Garaño (Donosti, 1974) Aitor Arregi (Oñati, 1977) José Mari Goenaga (Villafranca de Ordicia, 1976) para desarrollar su cuarto largometraje de ficción, La trinchera infinita, con un gruión que firman Luiso Berdejo, especialista en el cine de terror, y Goenaga, donde colocan el foco en la vida de Higinio Blanco, un republicano que se esconde en su casa con la ayuda de su mujer Rosa y permanece en ese agujero-zulo durante treinta años.

Los tres directores guipuzcoanos llevan desde el 2007 en la que alumbraron el documental Lucio, una trayectoria muy ascendente convirtiéndose en tres miradas muy interesantes y reflexivas de la cinematografía actual. A Lucio, retrato sobre la vida de un anarquista, le siguieron 80 egunean (2010) retrato de la amistad y el amor de dos septuagenarias, con Loreak (2014) rompieron la baraja con una historia sencilla y profunda sobre la relación de tres mujeres solitarias y las flores, la buena estrella les acompañó con Handia (2017) donde rescataban la vida de “El gigante de Altzo”, un hombre que alcanzó la estatura de 230 cm, que le valió salir de su aldea en compañía de su hermano y recorrer mundo a finales del XIX. Obras rodadas en euskera, de gran belleza visual y técnica, intérpretes vascos poco conocidos, y relatos de fuerte carga emocional sobre la condición humana. Ese gran camino lo continúan con La trinchera infinita, rodada en andaluz, y ambientada en aquella Andalucía de 1936, un polvorín en toda regla, donde la República agonizaba y los nuevos “jefes” aterrorizaban la zona, cazando “rojos” e implantando un régimen de terror, vengativo y asesino.

Higinio se esconde en su casa, en un agujero-zulo donde escapar de las garras franquistas. Los tres realizadores vascos plantean una película muy profunda e intensa bajo la mirada del propio Higinio, a través de los agujeros estratégicos por los cuales mira esa vida que se está perdiendo, la que no vive, la que no está, como le reprochará su mujer Rosa en algún momento. Seguimos la cotidianidad de un hombre encerrado en un cubículo, con poca luz, en el que la indefensión a ser descubierto, como ese miserable vecino, uno más del nuevo régimen autoritario, clama venganza y no cejará en su empeña de verlo muerto. Las dos vidas que separan a este matrimonio, esas dos realidades que viven, convirtiendo el exterior en un espacio siniestro, de sombras y sobre todo, de miedo, ese miedo que puede colarse en cualquier instante en sus vidas, en el interior de su casa. Una película de susurros, de vidas agitadas, en constante tensión, llenas de horror y miedo, cargadas de una esperanza que con el paso de los años, y disipándose esa ayuda internacional tan ansiada, se irá recomponiendo en una realidad miserable, donde las relaciones harán mella en el matrimonio, y los conflictos, a más con la llegada del hijo, se envolverán en un aura de amargura y soledad.

Con esa luz velada y sombría obra de Javier Agirre, cómplice en la obra de los directores, una luz que recorre los diferentes espacios de esa casa, donde la poca luz del agujero, o la escasa vela de las noches, se convierten en la única esperanza, eso sí, muy leve y casi imperceptible, en la única compañía de estos vencidos casi derrotados, a los que el paso del tiempo obligará a mantenerse en pie con extremas dificultades. El minucioso montaje de otros colaboradores del equipo como Raúl López y Laurent Dufreche mantienen el ritmo cansino y terrible que constantemente azota las pobres vidas de Higinio y Rosa, marcando con elegancia y agilidad los diferentes tiempos en los que se va desarrollando la película, con ese sonido obra de Alazne Ameztoy e Iñaki Díez, otro cómplice, en un minucioso trabajo en que el sonido se va maleando según conveniencia de forma sensitiva y elegante, en que la música delicada y suave de Pascal Gaigne, uno más de este excelso equipo, en la que los éxitos de música pop como Campanera, de Ana María o La vida sigue igual, de Julio Iglesias, entre otros, nos van abriendo las diferentes épocas a lo largo de las tres décadas que abarca la narración fílmica, con esas definiciones acertadas de varios términos, que actúan a modo de capítulos, que cobran importancia en el relato como oculto, desenterrar, etc…

Una película de estas características basada en el relato y en los personajes debía de tener una ambientación exquisita como la que atesora, unos secundarios de órdago como los que aparecen y una pareja protagonista como Antonio de la Torre, demostrando una vez su extensa versatilidad y su talento para descubrirnos el alma de un Higinio que va minándose con el tiempo, alguien que se va agujereando la vida y convirtiendo su cotidianidad en un pozo muy oscuro. A su lado Belén Cuesta, habituado a los roles cómicos, aquí rompe todas las reglas y alza a Rosa a los altares de la interpretación abriéndonos a una mujer sencilla, costurera, con una bondad a prueba de bombas, que deberá sortear las habladurías del pueblo, lidiar con los miserables franquistas en forma de chivatos o guardia civiles que quieren atentar contra su condición de mujer sola, y sobre todo, relacionarse con un hombre que no está, oculto en las sombras y llevar hacia adelante un hijo que a su debido tiempo hará preguntas demasiado incómodas que la llevarán a respuestas muy dolorosas.

Una película magnífica y compleja, llena de alma y miserias, indagando en las emociones de ese matrimonio que capea como pueden tantos sinsabores y soledades, unas épocas mejor que otros, viendo como sus vidas se han detenido y continúan casi por inercia, llevada por un imponente ritmo sus 147 minutos de metraje, con momentos tristes, alegres, oscuros o muy oscuros, que nos habla con sensibilidad y conmueve con este retrato sobre todo lo que se perdió, sobre aquellos que tanto perdieron y cómo afectó a sus vidas o a sus existencias, y lo hacen a tumba abierta deteniéndose en tantas barbaridades cometidas por el franquismo, a través de los vencidos de la guerra, de tantos derrotados que desaparecieron para continuar viviendo, aunque tuvieron que pagar un altísimo precio como simplemente respirar y no estar, alejados de sus familias aunque las tuvieran al otro lado de la pared, vidas tristes, oscuras, con ese miedo que se pega a las entrañas y no te deja viví, ni respirá ni ná de ná. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar

UN PAÍS EN LLAMAS.

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Miguel de Unamuno

A finales de primavera de este año, el escritor Manuel Vicent describía a Miguel de Unamuno de la siguiente manera: Había pasado la vida luchando contra esto y aquello, pero en el fondo no había peleado más que contra sí mismo, sin otra obsesión nada menosque la de ser inmortal frente a la divinidad. Ese fue su destino. Total, para nada. Unamuno (1864-1936) insigne escritor y filósofo, se pasó la vida oponiéndose a todo, criticando con dureza a todos los gobernantes del país, sea cual fuese su ideología o condición, un pensador firme y sincero, que dudaba constantemente, alguien contradictorio, con continuos vaivenes ideológicos, fue uno de aquellos intelectuales que se opuso a los desmanes de la Segunda República, y pidió, como muchos, una intervención militar para restaurar el orden perdido, aunque también se alzó vehemente contra esos militares que no respetaron el mandato democrático del pueblo, y criticó con toda la dureza a su alcance, los desmanes contra la República y sus seguidores. Una figura de esta naturaleza, ausente en nuestros tiempos, alguien capaz de defender algo a ultranza, y luego desdecirse de sus palabras, admitir sus errores y enmendar tales afrentas y opiniones, es una figura necesaria para un país, alguien con la capacidad de la autocrítica, de la duda, y sobre todo, del pensamiento como única forma para hablar de las circunstancias, de los hechos, admitiendo el error y la equivocación como formas de la razón y lo humano.

Una figura de ese calibre humano se merecía una película, incluso unas cuantas. Hace cuatro temporadas ya tuvimos una película sobre Unamuno, La isla del viento, que relataba aquellos años de exilio forzado del pensador por sus duras críticas a la dictadura de Primo de Rivera allá por los años 20, en la piel del actor José Luis Gómez. Ahora, llega a nuestras pantallas Mientras dure la guerra, de Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) que nos sitúa en la Salamanca del 19 de julio del 36, cuando los militares impusieron el estado de guerra en la ciudad, mientras su rector universitario, Unamuno, y sus dos amigos del alma, Salvador Vila, antiguo alumno del pensador, arabista y profesor universitario, y Atilano Coco, cura protestante, pasean por la ciudad, mientras hablan y discuten sobre los acontecimientos que se desarrollan en la ciudad. Por otra parte, y como un espejo deformante se tratase, asistimos a los entresijos y pormenores que llevaron a Franco y compañía a la península desde sus destacamentos en el protectorado de Marruecos, y los encuentros con otros generales, como Millán-Astray, Mola o Cabanillas, y los asuntos de poder para decidir quién llevaría la nave de la cruzada para recuperar la patria.

Amenábar y Alejandro Hernández (guionista habitual de Manuel Martín Cuenca) se centran en las figuras de Unamuno y Franco, en ese espejo de la figura de Unamuno, en el que vemos a la razón, el pensamiento, y el estudio como formas de vivir y de relacionarse con los demás y el entorno, enfrentado al reflejo de Franco, que representa a esa España violenta, resentida, vengativa y de muerte. La acción arranca con la entrada de las tropas nacionales en Salamanca hasta el famoso enfrentamiento en el paraninfo de la Universidad de Salamanca aquel aciago 12 de octubre, “Día de la Raza”, en el que Unamuno se enfrentó a Millán-Astray con el ya famoso “Venceréis, pero no convenceréis”. Amenábar vuelve a rodar en castellano después de sus dos aventuras desiguales filmadas en inglés que supusieron Ágora (2009) y Regresión (2015) volviendo a una figura real como hiciera con Ramón Sampedro en Mar adentro (2004) también volviendo a aquellos buenos síntomas, tanto en la forma como en el fondo, colocándonos en aquellos primeros meses de la guerra, donde todavía se conocían pocas cosas, donde desaparecían personas sin dejar rastro, donde la intervención militar se irá convirtiendo en una guerra cruel y mortal para el país.

Una naturalista y sombría luz del cinematógrafo Álex Catalán, que debuta con Amenábar, pone de relieve todos aquellos hechos donde Unamuno se veía despojado de sus amigos y por consiguiente de su vida, y cómo van minando la capacidad del pensador ante la deriva que van tomando los hechos hacia una oscuridad y un terror sin precedentes en la historia del país. Unamuno, Salamanca y los hechos por un lado, y Franco, Millán-Astray y los demás juegos de poder de los generales por el otro, con algún (des) encuentro entre ambos espejos, con el suceso en la Universidad como epicentro del relato. Un montaje en paralelo y muy preciso de Carolina Martínez Urbina (responsable de Regresión, y ayudante en Ágora) ayuda a observar con detenimiento y pausa todos los tejemanejes militares y el vaivén de Unamuno, de la esperanza inicial al terror puro, como se describe en esa secuencia donde presencia, muerto de pánico, como se llevan a su amigo Salvador Vila, recordando aquellas palabras del propio Unamuno: “A veces, el silencio es la peor mentira”, y sus inútiles encuentros con Franco para mediar por sus amigos.

Amenábar ha construido una película magnífica, precisa y soberbia, bien documentada históricamente, con todo lujo de detalles, tanto en el vestuario, donde Sonia Grande vuelve a demostrar que es una de las grandes, o la concisa caracterización de los personajes, dotándolos de humanidad, garra y violencia, según se precise. Capítulo aparte merece la interpretación de su extenso elenco, con la firma de Eva Leira y Yolanda Serrano, una de las parejas más importantes del país en este apartado, encabezado por un Karra Elejalde soberbio en su rol como Unamuno, tanto en la vida pública como personal, con un desatado y enérgico Eduard Fernández metido en la piel de Millán-Astray, una especie de Quasimodo de la muerte, bien acompañados por Santi Prego que realiza un Franco a la altura del Juan Diego de Dragon Rapide, film-espejo de Mientras dure la guerra, o el Juan Echanove de Madregilda. Con unos convincentes y cercanos Carlos Serrano-Clark como Salvador Vila y Luis Zahera como Atilano Coco, y el resto de un reparto íntimo y lleno de detalles conformado por Nathalie Poza, como la mujer del alcalde, Patricia López Arnaiz como la hija rebelde de Unamuno, Luis Bermejo como hermano de Franco, Tito Valverde como Cabanillas, Luis Callejo como Mola, Dafnis Balduz como secretario de Unamuno o Mireia Rey como la mujer de Franco.

Amenábar, en su séptimo trabajo, ha confeccionado un relato lleno de complejidad, de maldad, de algo tan de aquí, de esa idiosincrasia tan difícil de entender, una buena película sobre la Guerra Civil Española a la altura de Soldados de Salamina, donde los ecos del ayer siguen resonando con fuerza en el presente. Una historia sobre lo humano y lo más profundo del alma,  retratando un país en llamas, un país roto, dividido y lleno de terror y violencia, incapaz de ponerse de acuerdo, a la gresca siempre, como la pintura de Goya “Duelo a garrotazos o la riña”, quizás la eterna lucha y conflicto de un país hecho a pedazos, con territorios enfrentados históricamente, un país donde no se habla, se discute, como esa secuencia tan real y triste a la vez, donde Unamuno y Salvador Vila discuten y discuten, mientras el plano se vuelve general y los deja a la greña, sin escuchar lo que dicen, para cerrarlo con un Unamuno cansado que pide que vuelvan a casa. Una tierra ensangrentada, incapaz de hablar, dialogar, de entender su heterodoxia, sus diferencias, un mal de antes y de ahora, y desgraciadamente, de siempre, como una pesada carga que somos incapaces de sobrellevar con dignidad y vehemencia sin acabar en las manos, respetándose y aceptando nuestras diferencias y aquello que nos une. Quizás la figura de Unamuno que murió el último día del 36, triste, encerrado en su casa, lleno de amargura y dolor, no solo por su enfermedad, sino por toda esa tristeza y violencia que se cernía sobre España, nos vuelven a traer a la memoria aquellas palabras tan tristes de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pepe Andreu y Rafa Molés

Entrevista a Pepe Andreu y Rafa Molés, directores de la película “Experimento Stuka”, en el marco del Festival DocsBarcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 25 de mayo de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pepe Andreu y Rafa Molés, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo del DocsBarcelona, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Lesa Humanitat, de Héctor Fáver

LA MEMORIA DE LOS VENCIDOS.

Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza.

Entre una España que muere y otra España que bosteza.

Españolito que vienes al mundo te guarde dios.

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Antonio Machado

La (de) construcción de la memoria a través de los estados ha sido, y será siempre, una herramienta política para ocultar las miserias de los países en tiempos de guerras y dictaduras. Un relato ficticio y completamente falso que utilizan aquellos gobernantes para convencer a las nuevas generaciones que aquellos años dolorosos forman parte de la historia del país de turno, y sobre todo, ya han sido superados, porque se ha pasado página. Aunque, en algunos casos, los gobiernos han investigado y depurado responsabilidades a todos aquellos implicados en el terror, el caso español es diferente, porque aquí se olvidó, y se cuenta una falsedad, ocultando los crímenes contra la humanidad que se cometieron durante la guerra y el franquismo, y los gobernantes se han afanado en crear una memoria histórica cercana a sus intereses partidistas y alejada de la verdad, la de todos aquellos familiares y amigos que buscan el cuerpo de tantos desaparecidos olvidados en los anales del terror franquista.

Héctor Fáver (Buenos Aires, Argentina, 1960) hombre de cine, dedicado durante más de casi tres décadas a la docencia a través del CECC, donde se han producido más de 200 cortometrajes y una decena de largometrajes (entre los que destacan títulos como Tren de sombras, de José Luis Guerín o El cerco, y nombres como Xavi Puebla, Santiago Zannou, entre muchos otros). El cuarto trabajo del director argentino afincado en Barcelona sigue por el discernir de sus anteriores documentales, si bien su primera película El acto (1989) se centraba en la fragilidad de las relaciones humanas a través de una amistad, en su segundo trabajo, La memoria del agua (1992) se detuvo en la persecución judía durante la 2ª Guerra Mundial, ocho años después, en el año 2000 se detuvo en los desaparecidos de la dictadura argentina con Invocación. Ahora, y cerrando esta trilogía sobre la memoria, su herramienta de trabajo son los desaparecidos del franquismo, y lo hace a través de un extraordinario trabajo de archivo, testimonios de implicados en la búsqueda de desaparecidos e integrantes de asociaciones que trabajan para encontrar las miles de fosas comunes esparcidas por todo el territorio nacional, y también, personas que han llevado a cabo procesos judiciales como el Juez Garzón, tanto aquí como en Argentina, y la narración concisa y sobria del actor Eduard Fernández, que ayuda a sumergirnos en las imágenes, los testimonios y filmaciones que pueblan la película y recorren la historia del país desde la guerra hasta nuestros días, a través de un grandísimo análisis dando voz y espacio a todos aquellos que no la tuvieron, y tomando como referencia la propia historia del país y la de otras naciones que han sufrido represión y terror, y cómo han trabajado la memoria.

Además, la película viaja a museos de la memoria de Argentina donde se recuerda a los desaparecidos de la dictadura y recuerda demás acciones contra el olvido y por la lucha de la memoria. Quizás, el trabajo de Fáver a veces resulta algo reiterativo, pero el conjunto se erige como un excelente documento sobre nuestra memoria, desde la guerra civil, el franquismo, la transición y su divinización o tantos males que se llevaron a cabo para olvidar lo ocurrido y no depurar responsabilidades a los implicados, como la estrecha colaboración con dictaduras extranjeras o los servicios secretos de EE.UU., hasta llegar a la democracia, que dejó pasar el tiempo y olvidar el franquismo, y sobre todo, sus muertos, y la insuficiente ley de memoria histórica, a todas luces insuficiente, que solo recuerda mínimamente, sin hacer ninguna acción a favor de la memoria ni restablecer la dignidad de todos aquellos que sufrieron el terror franquista (sin eliminar los procesos sumarísimos del franquismo, manteniendo nombres de calles y monumentos en honro a los jerarcas franquistas (como el Valle de los Caídos, tumba del dictador y donde se rinde pleitesía a los muertos franquistas de la guerra, olvidando todas las fosas comunes con presos republicanos que yacen a su alrededor) y permitiendo las exaltaciones y celebraciones a favor del fascismo, y demás actos antidemócratas que hoy en día tienen lugar en España con total impunidad.

Fáver ha hecho una película no sólo de política, sino de memoria, reparación y dignidad de todos aquellos que ya no están, y nadie sabe donde se encuentran sus restos, hablándonos sobre los cimientos endebles y vacíos de una nación que sigue arrastrando sus problemas de territorio y odio infinito en aquellas dos Españas que nos habló Machado, aquellos dos mundos irreconciliables que siguen en eterno conflicto, unos, los de arriba, que se niegan a mirar los errores del pasado y a repararlos, y los otros, los vencidos, que no encuentran el alivio después de tantos años. El documento de Fáver indaga en los orígenes y causas, realizando un exhaustivo trabajo de archivo, donde podemos ver un brutal y necesario collage de imágenes donde podemos hacernos una idea de dónde venimos y a dónde deberíamos ir, los caminos no transitados, y todos aquellos errores y vergüenzas que los diferentes gobernantes han ocultado y negado a los que murieron y los que los buscan. Un trabajo potente y didáctico con la producción de Ramón Termens (director de El mal que hacen los hombres) y la fotografía del excelente Gerard Gormenzano (colaborador de Guerín, Isaki Lacuesta, Llorca o Luis Aller, entre otros, a parte de director) para crear un sincero y honesto trabajo que ahonda en los males memorísticos del país, en la necesidad de una jurisdicción universal que ayude a restablecer la identidad y memoria de todos aquellos que desaparecieron por defender y luchar por la democracia que ahora tenemos y disfrutamos. Porque males no resueltos, son males eternos, los que siempre te acompañan, por mucho que los neguemos o los ocultemos. Siguen ahí, como ese espectro que sigue a nuestra vera.


<p><a href=”https://vimeo.com/220687282″>TEASER LESA HUMANITAT</a> from <a href=”https://vimeo.com/segarrafilms”>Segarra Films</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

 

 

 

 

 

 

Entrevista a Sonia Tercero Ramiro

Entrevista a Sonia Tercero Ramiro, directora de “Robles, duelo al sol”. El encuentro tuvo lugar el martes 17 de noviembre de 2015, en la terraza del Hotel Majestic de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Sonia Tercero Ramiro, por su tiempo, generosidad y cariño, a Nana de Juan de Prensa, por su paciencia, amabilidad y simpatía (que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación) y a la Filmoteca de Catalunya, por interesarse y programar cine documental, reflexivo y necesario.

Robles, duelo al sol, de Sonia Tercero Ramiro

robles-duelo-al-solSIN DEJAR RASTRO

“Las personas desaparecen pero las cosas que han hecho no. Sus obras, los edificios, su rastro, se queda”

A lo largo de la historia de la humanidad, hubo sucesos o casos que por mucho que algunos se empeñaron en hacer desaparecer, en borrarlos, en no dejar rastro de su existencia, el tiempo nos demuestra que en algunas ocasiones aquellos intentos resultaron inútiles, y la historia los acaba desenterrando y les devuelve la luz que otros se empeñaron en que no tuviese. El caso de José Robles Pazos fue uno de ellos, intelectual y profesor, y afín al gobierno de la República, desapareció sin dejar rastro en Valencia durante la Guerra Civil Española, una noche de noviembre de 1936. Nada más se supo de él, ni su familia, ni amigos, nadie que lo conoció sabía que le había ocurrido en realidad. La cineasta madrileña Sonia Tercero, con amplia experiencia en la producción y dirección de documentales, se ha sumergido en la vida de Robles, amigo del escritor de John Dos Passos y traductor de su obra “Manhattan Transfer”, que trabajó en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore como profesor de español durante 16 años.

La película recoge aquellos años de los periodistas foráneos en la guerra, la amistad íntima de Robles y Dos Passos, la ruptura política entre Dos Passos y Hemingway, y el viaje que hizo el escritor norteamericano a España en busca de su amigo desaparecido. El proceso de investigación empezó hace dos años y medio con la lectura de “La Ruptura”, un libro de Stephen Koach, que relata el desencuentro de Dos Passos y Hemingway, de ahí pasó a “Enterrar los muertos”, de Ignacio Martínez de Pisón, que sirvió para que la hija de Robles limpiara el nombre de su padre acusado injustamente de espía, y finalmente “Idealistas bajo las balas”, de Paul Preston, donde se daba buena cuenta de los periodistas extranjeros que vinieron durante la Guerra a España. Tres novelas que son la base de este viaje de investigación sobre lo que ocurrió con Robles y el legado de su trabajo y memoria. Tercero ha asumido el rol de investigadora arqueóloga, de desenterradora de la memoria, viajando a los lugares donde vivió Robles, la película arranca con John Dos Passos Coggin, nieto del escritor americano, el joven visita los lugares donde estuvo su abuelo, los edificios de la Gran Vía, el emblemático edificio de Telefónica, las calles del Madrid viejo, el campus de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, el pueblo de Fuentidueña de Tajo, donde se desarrolló el rodaje del documental Tierra de España, de Joris Ivens. Lugares de la memoria, escenarios donde se fraguó la batalla, en aquellos años de guerra, de incertidumbre, miedo y muerte. La película muestra cartas de los implicados, como las que escribió el propio Robles, Dos Passos o la viuda de Robles, Márgara Fernández Villegas, donde se cuenta aquellos años oscuros de guerra, y se esclarecen diversos enigmas de lo que sucedió.

dos passos y hemingway

La cinta arroja luz allí donde puede, y deja entrever el destino fatal de Robles en manos de los estalinistas a los que la guerra les llevó a otros intereses. A través de las imágenes de archivo y fotografías, que se confunden con las actuales, en un universo fascinante que la película logra fundir, pasado y presente en uno sólo, un escenario soñado donde Robles cobra vida y nos mira a nosotros. Los testimonios de la película, Martínez de Pison, Preston, la sobrina de Robles, la hija de Dos Passos, historiadores e investigadores logran arrojar luz, no toda la que desearían, porque todavía hay puertas que no se pueden abrir. Testigos y expertos que explican al Robles más íntimo y familiar, y aquel cúmulo de intereses políticos entre las fuerzas republicanas con la entrada en la guerra de los servicios secretos soviéticos, aquellos que purgaron a cientos de personas a las que consideraban traidores y enemigos de la causa comunista. Una guerra propia, entre hermanos, como ocurrió en el caso de Robles, que su hermano luchó en el bando franquista, que derivó a una ajena, donde los extranjeros vinieron a hacer su guerra y arrasaron con todos aquellos que veían contrarios a la patria, según les parecía. Tercero logra edificar una película contundente y política donde consigue domar todos los datos para descifrar algunos enigmas sobre el destino de Robles, y sobre todo, las relaciones oscuras y terroríficas que se fraguaron durante la guerra. Una película que recoge el espíritu de Asaltar los cielos, donde Rioyo y López Linares retrataban el caso de la muerte de Troski a manos del pistolero Ramón Mercader, donde nos mostraban hasta qué punto los intereses de los poderosos estaban por encima y decidían la vida de las personas, afines a ellas, en un principio, pero contrarias más tarde. Diversos géneros y formas se manifiestan en la cinta de Tercero, desde el documental de investigación y recuperación de la memoria, al cine político de espías, el western crepuscular, pasando por el cine negro más oscuro, rememorando aquellas películas donde nada es lo que parece y todos huyen sin saber porqué. El final para algunos idealistas y románticos, o el despertar para otros que vieron como sus ilusiones se veían eliminadas por intereses de otro color y condición. Un cine que desentierra a uno de los personajes más olvidados de aquella guerra donde se disparaba a todos y todos parecían ir contra todos.

Entrevista a Roger Casamajor (Rodaje “El elegido”)

Entrevista a Roger Casamajor, actor de “El Elegido”, de Antonio Chavarrías. El encuentro tuvo lugar el miércoles 10 de junio de 2015, en la Cafetería Bracafé, durante la visita al rodaje de la película.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roger Casamajor por su tiempo, sabiduría y simpatía, y a la maravillosa Sandra Ejarque, de Vasaver, por su paciencia, generosidad y cariño.