Entrevista a Nicolas Champeaux y Guilles Porte

Entrevista a Nicolas Champeaux y Guilles Porte, directores de la película “El estado contra Mandela y los otros”, en el Instituto Francés en Barcelona, el lunes 3 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolas Champeaux y Guilles Porte, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Xènia Puiggrós de Segarra Films, por su inestimable labor como traductora, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

«Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.»

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ramón Lluis Bande

Entrevista a Ramón Lluis Bande, director de la película «Cantares de una revolución», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el miércoles 1 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Carlos Losilla, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

entrevista

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias

Entrevista a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, director y actor de la película «Vitoria 3 de marzo», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el martes 23 de abril de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Víctor Cabaco y Mikel Iglesias, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Marina Cisa y Sílvia Pujol de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda

LOS VÍNCULOS DE LA FAMILIA SHIBATA.

Si tuviéramos que destacar algún elemento que sobresale de manera evidente y definitoria en la cinematografía de Hirokazu Koreeda (Tokio, Japón, 1962) no albergaríamos ningún tipo de duda en que ese rasgo que aglutina todo su sentir es la intimidad, y sobre todo, la intimidad en la familia. Los tejidos familiares convergen en el cine de Koreeda de manera evidente, explorando desde lo más profundo aquellos lazos existentes o no, y las relaciones humanas que pivotan en la intimidad del hogar a través del hecho en cuestión. El cineasta japonés nos habla de su país, de su sociedad y entorno, pero no lo hace desde lo público, sino desde puertas adentro, posando su mirada en los de abajo, en los invisibles, en los desahuciados de la sociedad moderna, aquellos desplazados que no encuentran su lugar, en aquellos que diariamente se levantan para labrarse una vida, una vida llena de obstáculos y lagunas secas, aunque con ese espíritu combativo, firme y sobre todo, familiar. Donde todos los componentes de la familia son uno. Todos reman en la misma dirección, todos se alimentan de su espíritu y del otro, todos saben que necesitan para que todos sigan hacia adelante.

La memoria, la muerte y asumir la pérdida siguen latiendo en su cine, donde Koreeda se acerca a estos elementos desde el respecto y la honestidad, en el que se sumerge en las relaciones humanas desde una sensibilidad y delicadeza sublime, investigando todos los puntos de vista de los personajes implicados, indagando en sus razones, ya sean físicas o emocionales, colocando a sus criaturas en situaciones adversas y desapacibles, en las que deberán lidiar con los otros, y con ellos mismos. En su decimotercer largo de ficción, Koreeda vuelve a los temas más sociales y personales de su filmografía, focalizando sus temas en una familia humilde y sencilla, que moran en una de esas casas minúsculas que abarrotan la periferia de las grandes ciudades, en Un asunto de familia, conoceremos a Osamu, la cabeza de la familia, que se gana la vida con pequeños hurtos y lo que va saliendo, a su lado, Nobuyo, su mujer entregada que trabaja en una fábrica de la que amenazan despidos, con ellos la abuela Hatsue, que vive de su pensión, que en muchas ocasiones, acaba significando el sustento familiar, también, tenemos a Aki, la hermana de Nobuyo, que se gana la vida como chica de compañía, vendiendo su cuerpo y cariño, y finalmente, Shota, el pequeño de la casa, que ha iniciado el proceso de dejar la infancia para convertirse en un adolescente.

La aparente cotidianidad de la familia y sus quehaceres diarios, se verá interrumpida con la aparición de Yuri, la niña de los vecinos, que anda desamparada por la calle, Osamu decide integrarla en la familia como una más. A partir de ese instante, Koreeda comienza a tejer el verdadero germen de su idea, en la que los conflictos cotidianos familiares y los diferentes caracteres de todos ellos van generando esos conflictos que nos describirán no sólo sus relaciones personales e íntimas, sino mucho del Japón actual con las relaciones familiares como epicentro, en el que cada vez aumentan los casos de abandono familiar, tanto de niños como abuelos, en el que la vorágine social está creando familias muy desestructuradas, donde el afán por lo material ha arrinconado a las relaciones emocionales, y sobre todo, ha roto los vínculos familiares, donde los más necesitados de cariño y compañía, devienen los seres más molestos que hay que dejar de lado, e incluso echar de casa.

Koreeda huye de cualquier tesis social o económica, y de los aspavientos sentimentales y cosas por el estilo. Su cine es sencillo y honesto, nos sumerge con detalles y gestos en la centro de la familia, a partir de miradas y situaciones muy cotidianas, donde la intimidad se apodera del relato, en el que no hay espacio para los grandes discursos ni los diálogos grandilocuentes, la denuncia social se hace desde lo más íntimo, desde lo invisible, desde las relaciones humanas, desde el detalle a lo más pequeño, dejando las conclusiones y demás reflexiones a los espectadores, a los que sitúa de forma compleja y sincera, desde todos los puntos de vista posibles, sin juzgar a sus personajes, y mucho menos adoptando una mirada condescendiente, Koreeda cuenta su verdad, que bien se asemeja a la situación social de su país, una verdad de aquellos fantasmas que nadie sabe en qué condiciones viven y sienten. Un asunto de familia guarda muchos lazos en común con otra de sus celebradas películas Nadie sabe (2004) en el que una madre descerebrada abandona a su suerte a sus cuatro pequeños, y estos, sobrevivían como podían en un piso sin más consuelo que el de ellos mismos.

El cineasta japonés hace cine social muy potente, creíble y bello en su factura y narración, donde la forma evidencia la fealdad de una sociedad miserable en declive y completamente deshumanizada. Un cine que evidencia la soledad de las ciudades, de la modernidad, y la falta de empatía ante los más necesitados, peor lo hace desde las entrañas, desde lo más profundo, sumergiendo de forma admirable y delicada a los espectadores, tratando sus temas complejos y difíciles desde lo más puro, desde lo más hondo del alma, construyendo un cine humanista de primer orden, donde todo funciona a las mil maravillas, dotando de una fuerza narrativa extraordinaria todos los elementos de sus películas, explicándonos de forma clara y concisa todo aquello que vemos y sobre todo, todo aquello que nos tan evidente, aquello que nuestros ojos no son capaces de ver, aquello que se pierde entre las innumerables capas de su cine, un cine que lo asemeja y de qué manera al maestro Yasujiro Ozu, en su descripción detallista y humanista de las relaciones humanas a través de las familias, y de todo aquello que les rodea, la sociedad en la que viven, sus diferentes formas de pensamiento, sus inquietudes políticas, sociales, económicas y culturales, en fin, todo aquello que nos une y nos separa con nuestros más allegados.

Trinta Lumes, de Diana Toucedo

EL PAISAJE DE LO INVISIBLE.

En la profundidad del bosque, en aquello que no logramos ver, en lo que vive y transita entre lo oculto, se desplaza entre las sombras, en ese mundo oscuro para nuestras percepciones, en esa atmósfera en que las cosas ya no son como las conocemos, en ese otro lugar donde viven los que ya no están, en ese espacio invisible, en ese no lugar en que sólo algunos, los más inquietos y sensibles, logran traspasar esos muros no perceptibles, y adentrarse en ese otro mundo, en ese espacio donde habitan los difuntos, en ese mundo, igual que el nuestro, pero sometido a otras leyes, estructuras y sensibilidades. Una niña llamada Alba Arias, de 13 años de edad, será la figura curiosa y sensible que nos abra esas puertas que no vemos, pero viven entre nosotros, a nuestro alrededor, cerca de nosotros. Después de montar más de una veintena de títulos, entre los que destacan trabajos de Isaki Lacuesta, Eva Vila, Julia Ist, o Los desheredados, de Laura Ferrés, o A estación violenta, de Anxos Fazáns, entre otros, y dirigir un buen puñado de cortometrajes, la gallega Diana Toucedo (1982, Redondela, Pontevedra) enmarca en su tierra, su primer largo, y lo hace desde un marco muy especial, en las montañas de “O Courel”, y en otros tantos pueblos de la región, en la Galicia interior, y a través de una mirada íntima y muy personal, recoge las costumbres e idiosincrasia de esos pueblos y sus gentes, en que la película se bifurca en dos grandes ejes.

Por un lado, tenemos el documento, donde Toucedo, de forma sencilla y reposada, retrata su paisaje, sus montañas, sus cielos, su naturaleza, los fenómenos atmosféricos, donde vemos caer la lluvia, arreciar el viento o encogerse con el frío, en que el paso del tiempo se convierte en un elemento más del retrato, y también, sus gentes y costumbres, la ganadería, con esas vacas pardas caminar por las angostas calles de los pueblos, la camaradería entre sus habitantes, y los quehaceres diarios de sus gentes (como la dulce y curiosidad de la niña pequeña y su cotidianidad junto a su madre y en el colegio) haciendo especial hincapié a la despoblación de las zonas rurales y el olvido de tantos. Por el otro lado, Toucedo construya una emocionante y cotidiana fábula que transita entre lo fantástico y el terror,  siguiendo la aventura de una niña, la citada Alba (que recuerda a la llevada a cabo por la Alicia de Carroll) que ha emprendido una búsqueda a todo aquello que no entiende, a aquello que le es ajeno, a ese mundo de los difuntos, que según las costumbres galegas, siguen ahí, conviviendo entre nosotros, como uno más, aunque sólo algunos son capaces de verlos, de convivir con ellos y aceptarlos como algo natural.

Alba es una de esas personas, y con la compañía de su amigo Samuel, se adentra en ese mundo, mientras asiste a las clases, donde escuchamos la memoria de los ancestros, la fantasía y las leyendas del pasado, donde seres mitológicos convivían con los habitantes de los pueblos. Aunque estos dos relatos casan de forma natural y honesta en el marco de la película, fundiéndose en el relato, caminando a la par, y formando parte del todo, retroalimentándose una a la otra, y siguiendo firme en el transcurso de la película, retratando ese paisaje visible y evidente del que somos testigos, y es otro paisaje, más difícil de ver y de sentir, que la película logra hacer visible, desenmarañando sus brumas y acercándolo para nosotros, en un viaje espiritual, a lo más profundo de nuestros sentidos, y abriéndonos de manera clarividente a ese otro mundo, que también está aquí, entre nosotros, más vivo que nunca.

La maravillosa y fascinante luz de Lara Vilanova (que recuerda a los mejores trabajos de Luis Cuadrado o Teo Escamilla) con esos poderosos interiores claroscuros (como la sorprendente secuencia en el interior de la casa a oscuras con Alba y Samuel) y la captación de esa naturaleza en continuo movimiento, con sus peculiaridades y demás, bien acompañada por el envolvente sonido obra de Oriol Gallart, y la música con tonos fantásticos de Sergio Moure de Oteyza, nos sumergen en este viaje de travesía fantástica, en que todo es posible, en que las cosas más ocultas y enterradas, asumen su evidencia a través de lo más íntimo y personal. Sin olvidarnos del inmenso trabajo de montaje que Toucedo comparte con Ana Pfaff (Responsable en trabajos firmados por Carolina Astudillo, Carla Simón o Meritxel Colell, entre muchos otros) dotando a la película de ese ritmo pausado pero alejado del ensimismamiento que quitaría fuerza a lo contado.

Toucedo ha vuelto a su tierra a través del cineasta inquieto que se acerca a lo más íntimo, a contarnos la vida de sus gentes, y de sus paisajes, del que mira con curiosidad la tierra que dejó hace tiempo, del que vuelve con su cámara a retratarnos sus sensaciones, reflexiones y miedos ante un mundo cambiante, diferente y continuamente amenazado, que todavía se resiste a morir, como en algún momento explican algunos de sus personajes, esa resistencia de vivir en ese lugar, a través del tiempo, compartiendo con aquellos que no están, y los que están, sintiendo que cada camino, cada piedra y cada aliento nos retrotrae a ese mundo en el que conviven de forma natural la vida y la muerte, o lo que es lo mismo, los vivos y los difuntos, a través de ese fascinante personaje de Alba, una niña que recuerda y de qué manera a aquella Ana, que viajaba al mundo de los espíritus, en El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, una película con la que Trinta Lumes, esos puntos de luz en forma de ánimas, comparte muchas cosas, igual que con las recientes Penélope, de Eva Vila (en que Toucedo es su montadora) y Con el viento, de Meritxell Colell (en la que Pfaff es su montadora) en que el viaje de vuelta al pueblo, a lo rural, a las raíces, revela mucho más a sus personajes de lo que ellos se esperaban, convirtiendo sus travesías en una forma de lucha interna entre aquello que dejaron y aquello que se encuentran, descubriendo y descubriéndose en esos espacios, sus allegados, esas costumbres y sus tradiciones.


<p><a href=»https://vimeo.com/306661916″>&quot;TRINTA LUMES&quot; – Trailer</a> from <a href=»https://vimeo.com/elamedia»>Elamedia Estudios</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Icíar Bollaín

Entrevista a Icíar Bollaín, directora de la película «Yuli», en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 4 de diciembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Icíar Bollaín, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Emilia Esteban de Olaizola Comunica, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Yuli, de Icíar Bollaín

EL NIÑO QUE NO QUERÍA BAILAR.

“La soledad no te abandona nunca”.

Existen muchas maneras de abordar el género biográfico en el cine, aunque las más habituales suelen ser aquellas películas en las que se sigue de forma lineal y convencional la vida en cuestión de los retratados. En la mayoría de los casos resultan cintas meramente ilustrativas de las partes más exitosas y amables de las vidas de las personas en cuestión, y en muchos casos, se obvian de manera intencionada las partes más oscuras y complejas, creando una imagen totalmente falseada y poco creíble de sus existencias. En otros casos, en los menos, las biografías van mucho más allá, en las que el material biográfico adquiere una dimensión distinta, tanto en su forma como en su fondo, experimentando y resolviendo con holgura aquellas partes menos complacientes, aquellas que, en muchos casos, nos dan una visión más certera y sincera del personaje que tenemos delante, dotándolo de una veracidad y naturalidad que se convierte en otro aliciente muy interesante de la película, marcando esa fuerza y magnetismo que caracteriza al baile de Carlos Acosta y su magia a la hora de bailar y transmitir ese magma de sensaciones y sentimientos.

Aunque el cine de Icíar Bollaín (Madrid, 1967) siempre ha sido sensible a los problemas de índole personal y social, nunca antes había abordado la biografía de alguien real, sin embargo, su película nos sumerge en otro estado, mezclando con acierto y sabiduría la ficción y el documental, en la que el propio retratado, Carlos Acosta (La Habana, Cuba, 1973) se interpreta a sí mismo, y reinterpreta en forma de danza encima de un escenario las partes de su vida, con la ayuda de su compañía de ballet, y por otro lado, se acude a la ficción para relatar su vida desde que era un niño y se negaba a bailar, y también, en la juventud, cuando se convertirá en la primera figura del «The Royal Ballet» en la Opera House de Londres. Bollaín vuelve a contar con la figura del guionista Paul Laverty (Calcuta, India, 1957) como lo hiciese en También la lluvia (2010) y en El olivo (2016) y apoyándose en No Way Home, la autobiografía escrita por el propio Carlos Acosta, para contarnos con suma delicadeza y honestidad la historia de Carlos, apodado “Yuli” por su padre que le obliga a bailar, a comienzos de los 80, en un barrio humilde de La Habana, cuando la isla gozaba del apoyo soviético y las cosas funcionaban de otra manera.

Bollaín nos acerca a la realidad cubana desde el observador que explica cada relación humana y detalle, sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia, midiendo con sumo cuidado la distancia elegida y la complejidad del relato que tiene entre manos, narrando con pulso firme y reposo una historia durante casi 40 años, donde la realidad cubana pasa por muchas situaciones: la ruptura familiar de la madre de Carlos, a finales de los 80, las necesidades sociales y económicas de los habitantes de Cuba, y el éxodo migratorio de los 90 cuando el amparo soviético terminó, todo ligado de manera sencilla y natural con la vida de éxito de Carlos, sus hazañas encima del escenario, su vida fría y solitaria den Londres, entregado en cuerpo y alma a su arte, y la difícil distancia con su familia a la que ve poco, y no menos durísima relación con un padre demasiado autoritario y encerrado en sí mismo. La película goza de una luz brillante y oscura de Álex Catalán, que ya había estado en También la lluvia (otra producción rodada en territorios americanos) y el certero y sensible montaje de Nacho Ruiz Capillas (habitual de Bollaín) y qué decir de la agradable y sensual música del gran Alberto Iglesias (que repite con asiduidad con la directora) y las brillantes coreografías de Maria Rovira, filmadas con elegancia y pasión, que nos envuelven en ese aroma del tiempo y la memoria que recoge la película, reinterpretando la historia y aquello que tiene que ver con lo más personal e íntimo.

Un reparto poderoso y cercano hacen el resto, arrancando con la estupenda interpretación del niño Edilson Manuel Olbera, dando vida a Carlos de niño, un niño atrapado en el baile y en la maraña dictatorial de una padre severo, y Kevin Martínez, bailarín profesional que hace de Carlos de joven, y no menos, la presencia de Santiago Alfonso como padre, una figura esencial en el ballet cubano, y el propio Carlos Acosta, con su figura imponente y elasticidad, que consigue sumergirnos en su vida a través del ballet, de esos cuerpos en movimiento y volando, logrando entender y hacernos comprender que todo lo vivido, tanto bueno como malo, tiene momentos brillantes y también, oscuros, incluso muy oscuros, porque la película nos habla de las relaciones humanas, de la familia, del abandono, de la ausencia, de la distancia, de todo un país, y sobre todo, nos habla de nuestras raíces, de nosotros mismos y de todos aquellos que nos rodean y en definitiva, de quiénes somos y hacia adónde vamos, que caminos tomamos y aquellos que dejamos de tomar o nunca tomaremos.

Presentación libro «El sol tiene una cita con la luna», de Myriam Mézières

Presentación del libro «El sol tiene una cita con la luna», de Myriam Mèzieres, con la presencia de la autora, del ilustrador Ignasi Blanch, el escritor Àngel Burgas y Octavi Martí, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 27 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Myriam Mézières, Ignasi Blanch, Àngel Burgas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Pilar Caballero de Prensa, y a Jordi Martínez de Comunicación de Filmoteca, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

 

Encuentro con Boris Lehman

Encuentro con el cineasta Boris Lehman, después de la proyección de su película «Funérailles (De l’art de mourir)», con motivo de la retrospectiva que le ha dedicado L’ALTERNATIVA 25 Festival de Cinema Independent de Barcelona, el domingo 18 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Boris Lehman, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y al equipo de La Costa Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.