Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda

LOS VÍNCULOS DE LA FAMILIA SHIBATA.

Si tuviéramos que destacar algún elemento que sobresale de manera evidente y definitoria en la cinematografía de Hirokazu Koreeda (Tokio, Japón, 1962) no albergaríamos ningún tipo de duda en que ese rasgo que aglutina todo su sentir es la intimidad, y sobre todo, la intimidad en la familia. Los tejidos familiares convergen en el cine de Koreeda de manera evidente, explorando desde lo más profundo aquellos lazos existentes o no, y las relaciones humanas que pivotan en la intimidad del hogar a través del hecho en cuestión. El cineasta japonés nos habla de su país, de su sociedad y entorno, pero no lo hace desde lo público, sino desde puertas adentro, posando su mirada en los de abajo, en los invisibles, en los desahuciados de la sociedad moderna, aquellos desplazados que no encuentran su lugar, en aquellos que diariamente se levantan para labrarse una vida, una vida llena de obstáculos y lagunas secas, aunque con ese espíritu combativo, firme y sobre todo, familiar. Donde todos los componentes de la familia son uno. Todos reman en la misma dirección, todos se alimentan de su espíritu y del otro, todos saben que necesitan para que todos sigan hacia adelante.

La memoria, la muerte y asumir la pérdida siguen latiendo en su cine, donde Koreeda se acerca a estos elementos desde el respecto y la honestidad, en el que se sumerge en las relaciones humanas desde una sensibilidad y delicadeza sublime, investigando todos los puntos de vista de los personajes implicados, indagando en sus razones, ya sean físicas o emocionales, colocando a sus criaturas en situaciones adversas y desapacibles, en las que deberán lidiar con los otros, y con ellos mismos. En su decimotercer largo de ficción, Koreeda vuelve a los temas más sociales y personales de su filmografía, focalizando sus temas en una familia humilde y sencilla, que moran en una de esas casas minúsculas que abarrotan la periferia de las grandes ciudades, en Un asunto de familia, conoceremos a Osamu, la cabeza de la familia, que se gana la vida con pequeños hurtos y lo que va saliendo, a su lado, Nobuyo, su mujer entregada que trabaja en una fábrica de la que amenazan despidos, con ellos la abuela Hatsue, que vive de su pensión, que en muchas ocasiones, acaba significando el sustento familiar, también, tenemos a Aki, la hermana de Nobuyo, que se gana la vida como chica de compañía, vendiendo su cuerpo y cariño, y finalmente, Shota, el pequeño de la casa, que ha iniciado el proceso de dejar la infancia para convertirse en un adolescente.

La aparente cotidianidad de la familia y sus quehaceres diarios, se verá interrumpida con la aparición de Yuri, la niña de los vecinos, que anda desamparada por la calle, Osamu decide integrarla en la familia como una más. A partir de ese instante, Koreeda comienza a tejer el verdadero germen de su idea, en la que los conflictos cotidianos familiares y los diferentes caracteres de todos ellos van generando esos conflictos que nos describirán no sólo sus relaciones personales e íntimas, sino mucho del Japón actual con las relaciones familiares como epicentro, en el que cada vez aumentan los casos de abandono familiar, tanto de niños como abuelos, en el que la vorágine social está creando familias muy desestructuradas, donde el afán por lo material ha arrinconado a las relaciones emocionales, y sobre todo, ha roto los vínculos familiares, donde los más necesitados de cariño y compañía, devienen los seres más molestos que hay que dejar de lado, e incluso echar de casa.

Koreeda huye de cualquier tesis social o económica, y de los aspavientos sentimentales y cosas por el estilo. Su cine es sencillo y honesto, nos sumerge con detalles y gestos en la centro de la familia, a partir de miradas y situaciones muy cotidianas, donde la intimidad se apodera del relato, en el que no hay espacio para los grandes discursos ni los diálogos grandilocuentes, la denuncia social se hace desde lo más íntimo, desde lo invisible, desde las relaciones humanas, desde el detalle a lo más pequeño, dejando las conclusiones y demás reflexiones a los espectadores, a los que sitúa de forma compleja y sincera, desde todos los puntos de vista posibles, sin juzgar a sus personajes, y mucho menos adoptando una mirada condescendiente, Koreeda cuenta su verdad, que bien se asemeja a la situación social de su país, una verdad de aquellos fantasmas que nadie sabe en qué condiciones viven y sienten. Un asunto de familia guarda muchos lazos en común con otra de sus celebradas películas Nadie sabe (2004) en el que una madre descerebrada abandona a su suerte a sus cuatro pequeños, y estos, sobrevivían como podían en un piso sin más consuelo que el de ellos mismos.

El cineasta japonés hace cine social muy potente, creíble y bello en su factura y narración, donde la forma evidencia la fealdad de una sociedad miserable en declive y completamente deshumanizada. Un cine que evidencia la soledad de las ciudades, de la modernidad, y la falta de empatía ante los más necesitados, peor lo hace desde las entrañas, desde lo más profundo, sumergiendo de forma admirable y delicada a los espectadores, tratando sus temas complejos y difíciles desde lo más puro, desde lo más hondo del alma, construyendo un cine humanista de primer orden, donde todo funciona a las mil maravillas, dotando de una fuerza narrativa extraordinaria todos los elementos de sus películas, explicándonos de forma clara y concisa todo aquello que vemos y sobre todo, todo aquello que nos tan evidente, aquello que nuestros ojos no son capaces de ver, aquello que se pierde entre las innumerables capas de su cine, un cine que lo asemeja y de qué manera al maestro Yasujiro Ozu, en su descripción detallista y humanista de las relaciones humanas a través de las familias, y de todo aquello que les rodea, la sociedad en la que viven, sus diferentes formas de pensamiento, sus inquietudes políticas, sociales, económicas y culturales, en fin, todo aquello que nos une y nos separa con nuestros más allegados.

Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda

nuestra-hermana-pequeña-poster-peliculaLAS CUATRO ESTACIONES DE LAS HERMANAS KODA.

“Todo lo que vive requiere esfuerzo”

La cinematografía de Hirokazu Koreeda (1962, Tokio, Japón) se ha caracterizado por profundizar temas como la memoria, la muerte o la aceptación de la pérdida. Sus películas están protagonizadas por personas sumergidas en un proceso de tránsito, un conflicto que les llevará a enfrentarse a las heridas del pasado que todavía arrastran, y se mantienen ocultas, y la llegada de algún elemento externo, ya sea persona o objeto, les llevará a reabrirlas, volver a experimentar ese dolor, y enfrentarse a ellos mismos. Koreeda se ha convertido en uno de los cronistas de las últimas décadas de la vida japonesa, a través de las relaciones de padres e hijos, como lo fue su adorado y querido maestro Yasujiro Ozu del Japón de antes y después de la segunda guerra mundial. Cine poético y liberador, pero también cine social y profundamente inquieto, cine fabricado con extrema delicadeza y belleza, cine del tiempo y de las relaciones humanas, cine sobre el espacio y el paisaje que se mueven unos personajes agarrotados por el pasado y que viven con incertidumbre el futuro.

Koreeda, en su décimo trabajo para el cine, ha recurrido a Umimachi Diary, de Akimi Yoshida, una de las novelas gráficas más exitosas de los últimos tiempos, para hablarnos de tres hermanas, muy diferentes entre ellas. Sachi (que nos recuerda a la Noriko de las películas de Ozu), la mayor, doctora de profesión, ha optado por el rol de la madre que nunca tuvieron, la segunda, Yoshino, empleada en un banco, romántica y alocada en busca de su príncipe azul, y la menor, Chika, que trabaja en una tienda de deportes, inocente y aniñada, pero de corazón puro. Tres hermanas que tras la muerte del padre, que huyó en el pasado con otra mujer, descubren que tienen una hermana pequeña, Suku, de 15 años, una espabilada e inteligente niña algo tímida y muy madura. Sachi decide que vivirá con ellas en Kamamura. El cineasta japonés nos introduce en la cotidianidad de las cuatro hermanas, la casa familiar en la que viven, sus respectivos trabajos, los amores inconclusos que no acaban de fructificar, el restaurante favorito donde comen caballa frita, y sobre todo, en el inexorable paso del tiempo, manejado con perfecta armonía a través de los acontecimientos que se van produciendo: la bravura del océano en verano, cuando arranca la película, el follaje otoñal que inunda cada plano, la exuberante floración de los cerezos, el estallido de las flores en primavera, para volver al verano con los fuegos artificiales que iluminan las noches cálidas.

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La cámara de Koreeda es observadora y paciente, describe el paso de las estaciones y los accidentes ambientales que se originan, introduciendo a sus personajes y sus derivas emocionales en el centro del cuadro, no están filmados en tono documental, sino como seres completamente integrados en un paisaje bello y triste de Kamamura que actúa como el reflejo de lo que sucede en sus interiores. Koreeda cuenta su drama intimista a través de los ojos de Suku, que llega del campo cargada con secretos familiares a la espalda, que lentamente irán conociéndose, y también, a través de la mirada de Sachi, que con la ayuda de su conflicto interior que se desata con el problema con su novio, descubriremos el origen de su compleja relación con su madre. Una película sobre la memoria, sobre la herencia de los que ya no están, el legado que nos dejan, como ese árbol de ciruelas que ya nos es tan productivo como antaño o el maravilloso licor que emana y es producido con cariño y guardado como si de un tesoro se tratase.

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Como suele ocurrir en las películas asiáticas, encontramos muchas secuencias construidas a través de la comida, tanto en su elaboración como en los momentos que se reúnen para ingerirla. Koreeda aprovecha las situaciones que se originan para adentrarse en los conflictos interiores que todavía arden, a través de los objetos, la comida y las miradas. Todo está contado con suma delicadeza y belleza, la poesía inunda de forma cadente, nada sucede forma apresurada, todo se cuece a fuego lento, avivando la llama como un leve susurro, tejiendo como se hacía antaño, hilvanando la historia como lo hacía Ozu (como hiciese Koreeda profundamente en Still walking, que se erigía como una mirada contemporánea del clásico Cuentos de Tokio) mirando a sus personajes desde lo más profundo del corazón, conmoviendo desde el alma, y dejándose llevar por el tiempo que todo lo consume y renueva, como los viajes en tren, el humo de las chimeneas, los paseos en bicicleta, compartir una comida entre miradas y confidencias, presenciar la ciudad desde lo alto de la montaña o un paseo observando como la primavera ha llegado…