Cartas mojadas, de Paula Palacios

LOS INVISIBLES DEL MEDITERRÁNEO.

“Huimos de una guerra, y nos encontramos con otra en el mar”

Desde que en 2015 estallará la crisis descontrolada de inmigrantes que se lanzaban al mediterráneo, intentando llegar a Europa, utilizando travesías difíciles, y llenas de peligros que costaban la vida de muchos, muchas cámaras se fueron a documentarlo, generando una gran cantidad de trabajos sobre la tragedia de los inmigrantes muertos en el mediterráneo, desde miradas, ángulos y puntos de vista diferentes, quizás faltaba uno que introdujera el elemento humano, el que se sube a bordo de los barcos, y registra la cotidianidad, lo que sucede en su interior de forma sincera y veraz. En Cartas mojadas, de la española Paula Palacios, cumple esa función, de mirar de frente, de filmar los rostros y los cuerpos del mediterráneo, hablando de todo, del inicio del viaje, de todo lo que dejan, las travesías, y los destinos. Un relato que va desde lo más íntimo, a lo más general, deteniéndose en todos las miradas y sentimientos, y no solo muestra lo que sucede en el mar, sino va más allá, dirigiéndose a esos lugares donde van a parar los inmigrantes cuando supera la barrera del mar, mostrándonos las diferentes realidades con las que se encuentran, y todo nos lo cuentan, de forma humanista, rigurosa y sensible. Palacios ha producido y dirigido más de veinticinco documentales para televisión, donde prevalecen los temas sobre migración y mujer, haciendo hincapié en esa parte humana que se oculta con tantas cifras de fallecidos.

En Cartas mojadas, su primera película para cine, nos convoca en tres espacios. En el primero, iremos a bordo del barco humanitario “Open Arms”, en el que rescatarán del mar a más de medio millar de personas, personas que conoceremos y miraremos a sus rostros cansados, mientras la tripulación, intenta por todos los medios un puerto donde recalar. En el segundo espacio, nos llevarán a las calles de París, donde inmigrantes viven al raso, sin nada, en el que son expulsados por la policía. Y en el tercer espacio, nos subimos a bordo de una patrullera de guardacostas libio que, localiza embarcaciones y las devuelve a sitios como Libia, donde los inmigrantes son torturados y esclavizados. Tres miradas de la tragedia que se vive a diario en el mediterráneo, de todos los que sobreviven. Y todo ello, Palacios nos lo cuenta a través de una voz en off, de una niña ficticia que lee una carta de la madre, esas cartas mojadas que elude el título, todas esas cartas que no llegan a su destino, que se pierden bajo las aguas del mar, reivindicando a todos aquellos que mueren, víctimas invisibles de una política europea que ahoga a los países pobres e impide que sus habitantes lleguen a Europa, un continente demasiado ensimismado en su ombligo y en hacer dinero, que salvar vidas.

La película tiene una factura impecable, con esa luz que capta todos los elementos humanos y físicos de la película, una cinematografía que firman Taha Jawashi, Amine Belhouchat y Mikel Landa, que capta con mucho criterio y sobriedad la vida y la muerte del mediterráneo, bien acompañado de un montaje enérgico y brillante, obra de Virginie Véricourt, que sabe contarnos las diferentes realidades sin perder un ápice del contenido de la obra, y la excelente música de Mariano Marín (que muchos recordamos por las score de Tesis y Abre los ojos, entre muchas otras), una música afilada y oscura que describe el terror que muchos viven en su trágico viaje. Palacios ha construido una película de frente, sin recovecos ni sentimentalismos, muestra unas realidades tremendas, las que viven miles de personas que se lanzan al mar para huir de la guerra, la miseria, la violencia y la injusticia que se viven en sus países de origen, huyen de una guerra y se encuentran con otra, la que sufren en el mar, la de aquellos que los rechazan y les impiden llegar a un lugar mejor del que huyen.

Un relato triste y lleno de rabia, desesperanzador y durísimo, que la película consigue mostrar con el equilibrio adecuado, entre esa cercanía para que podamos empatizar con sus imágenes, pero también, la suficiente distancia para la reflexión necesaria, que nos conmovamos con unas imágenes terribles, pero sin caer en la lágrima, sino explorando unas realidades que no acostumbran a mostrarse en los informativos occidentales, siempre tapadas con cifras que no describen el inmenso drama para tantas personas. La película se lanza al vacío, muestra y provoca la reflexión y el pensamiento en los espectadores, sin caer en la superficialidad de otras producciones, aquí no hay épica ni heroísmo, solo unas personas que intentan salvar a otras, personas que actúan con conciencia ante la tragedia del otro, ante la impasibilidad de sus países, y no miran hacia otro lado como hace la mayoría, materializan su ayuda, subiéndose a un barco, enfrentándose a todas las autoridades y trabajando por salvar vidas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/392949016″>CARTAS MOJADAS – TRAILER stereo VOST</a> from <a href=”https://vimeo.com/moradafilms”>MORADA FILMS</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Marta Rodríguez: Visibilizar la explotación.

“(…) Su investigación concierne a la vida real. Nos es una película documental. Su investigación no tiene por objeto describir; es una experiencia vivida por sus autores y actores. Nos es una película sociológica propiamente hablando. La película sociológica investiga la sociedad. Es una película etnológica en el sentido literal del término: busca al hombre. (…) Cinéma-Verité significa que hemos querido eliminar la ficción y acercarnos a la vida. Significa que hemos querido situarnos en una línea dominada por Flaherty y Vertov”

Jean Rouch y Edgar Morin (reflexiones recogidas en la sinopsis de Chronique d’un été, 1961)

La inmensidad de la historia cinematográfica nos lleva a descubrir cada poco tiempo a cineastas maravillosos, dotados de miradas muy personales y profundas, cineastas que siempre han estado ahí, pero la inútil vorágine en la que vivimos, arrastrados por la dictadura de la actualidad, nos impide detenernos y mirar a nuestro alrededor, y descubrir esas nuevas formas de hacer cine. Estos días de junio, como sucede desde hace 28 ediciones, la Mostra Internacional de Films de Dones presenta su programación cargada de propuestas muy interesantes y estimulante. Este año, debido a la crisis sanitaria provocada por la pandemia de la Covid-19, la sala de la Filmoteca de Cataluña ha dejado paso a la plataforma de Filmin, espacio imperdible para el cine más reflexivo, inquieto, curioso y magnífico.

La retrospectiva de este año, bajo el epígrafe de “Pionera del documental latinoamericano”, se ha dedicado a la figura de Marta Rodríguez (Bogotá, Colombia, 1933) cineasta que descubro gracias a la Mostra, de la que han escogido cinco trabajos de su primera etapa, con su fiel compañero Jorge Silva (Colombia, 1941-1987) con el que codirige esta primera etapa recogida en la Mostra, arrancando con Chircales (1966-1971) su opera prima, se adentran en el barrio del título, situado en el sur de Bogotá, para centrarse en la familia Castañeda durante un lustro, un período en el que descubrimos su trabajo como esclavos construyendo ladrillos de manera rudimentaria y artesanal. Somos testigos de la injustica y la explotación a la que son sometidos esta familia formada por el matrimonio y doce hijos, todos empleados en la fabricación de ladrillos, expuestos a mil calamidades y malviviendo en condiciones infrahumanas, en que la propia Marta Rodríguez explica sus reflexiones en su película:

“En este documental aplicamos como un marco metodológico la observación participante, método de trabajo que supone que el cineasta se integre en la comunidad, sea aceptado por ella y se convierta en un miembro más de la familia elegida para realizar el documental. Desde este punto, compartimos cinco años en la vida con la familia Castañeda, fabricantes de ladrillos. Durante estos cinco años de realización exploramos una metodología para el cine documental en condiciones de violencia política. En los años sesenta y setenta nos existen en Colombia escuelas de cine, ni casas productoras de documentales, las únicas herramientas que poseíamos eran una cámara y una grabadora con las cuales se consiguió mostrar la poesía, la violencia y la explotación de la familia Castañeda”.

 Los siguientes trabajos son Campesinos (1973-1975) y Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1981), planteado como un díptico en el que nos trasladan a la región del Cauca, donde nos muestran el pasado y el presente de la población indígena dedicada al cultivo de todo tipo de cereales, sometidos a condiciones indignas de trabajo y vida. Las películas hacen un recorrido que empieza en la sumisión, donde los campesinos sufren la constante explotación y vejación hasta el despertar en el que se organizan y luchan por sus derechos, a través del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), como explica la propia codirectora:

“Los indígenas han luchado y luchan hoy para la recuperación de sus tierras, porque, según su propia voz, en la recuperación de la tierra indígena comienza un proceso de recuperación “Crítica” de su pasado y de su historia. La película pone énfasis en la significación de este momento del proceso, en lo que significa para la población “ver políticamente el pasado y pensar históricamente el presente”. Una propuesta de cine cultural que asume artísticamente el contexto dentro del cual se produce. Es una película concentrada básicamente en los procesos de pensamiento que intenta acercarse al subconsciente de la cultura indígena andina, con la dialéctica con la cual interactúan en el interior de una realidad: diablos y señores feudales o terratenientes, esclavos y amos, análisis i poesía, organización y magia, mito e ideología”.

En Nacer de nuevo (1986-1978) vamos a la zona de Armero, que sufrió la terrible tragedia provocada por el volcán Nevado del Ruiz en noviembre de 1985, sepultando en el barro a buena parte de los 25000 habitantes. Conocemos a María Eugenia Vargas de 71 años, una de las sobrevivientes,  que vive en una tienda de campaña que ha convertido en su hogar. Y finalmente, el tándem de cineastas, nos llevan a la zona de la Sabana, en la película Amor, mujeres y flores (1981) donde somos testigos de la explotación que sufren los trabajadores, mujeres en su mayoría, en el cultivo de las flores, debido a los pesticidas que provocan enfermedades terminales y las condiciones brutales de trabajo. Rodríguez, que estudió en París con Jean Rouch, el padre del cine etnológico, optan por un cine de la persona, mirando y capturando sus vidas, como mencionaba Vertov: “La verdad de la vida”. Un cine por y para las personas, un cine militante, político y social, un cine que indaga y profundiza en lo invisible, en aquello que queda fuera de la realidad impuesta por estados y medios, una realidad trabajadora, con indígenas en su mayoría, u otro tipo de personas de extracción social muy baja, gentes que necesitan imperiosamente trabajar para subsistir, una subsistencia precaria, esclava e infrahumana, que es el verdadero rostro de Colombia, como se escucha en un momento en una de las películas.

Un cine en primoroso blanco y negro, desgarrador y sensible, con planos de una fuerza expresa conmovedora y tangible, un cine de ese instante que sigue abriendo conciencias con el tiempo, donde su huella sigue siendo imborrable e influenciadora para muchos, un cine para despertar y remover conciencias, basada en dos términos esenciales: el registro documental y la puesta en escena, mostrar esa realidad de manera cruda y cercana, en que la cámara adquiere una intimidad corpórea, pegada a sus personajes y sus circunstancias, y también, capturar esos momentos humanos, donde la poesía también adquiere su espacio, como sucede en Chircales, con esa niña vestida de comunión, un vestido blanco inmaculado en contraste con esa suciedad y miseria, tanto física como moral, en la que viven ella y su familia. Los retratos no son meramente individuales, sino colectivos, donde podemos escuchar diferentes voces, voces que reflejan el alma de un pueblo oprimido, sujeto a la violencia gubernamental para detener sus reivindicaciones sociales y laborales, en el que hay tiempo presente, y pasado, donde la memoria se convierte en un aspecto fundamental para entender de dónde venimos y dónde estamos, en un cine en continua lucha contra el olvido, el olvido, auténtico mal endémico en muchos de los conflictos actuales y venideros, una memoria esencial y capital que muestra una realidad con múltiples capas y realidades.

El cine de Marta Rodríguez se agrupa en lo que se llamó el “Nuevo cine latinoamericano”, donde el documental dió grandes títulos, aupado por esa realidad de cambios políticos y revolucionarios, en la línea de la reivindicación y visibilización de unos pueblos oprimidos como La hora de los hornos (1968), de Pino Solanas y Octavio Getino o La guerra olvidada (1967), de Santiago Álvarez, entre otros. Un cine humanista que filma a personas, y sus conflictos, nos ayuda a visibilizarlos y conocer su identidad, así como sus deseos, ilusiones y lucha. Un cine de arraigo social que muestra realidades dolorosas, donde hay explotación, esclavitud, violencia, muerte, pero lo hace sin olvidarse de un sentido ético y estético de que esas imágenes filmadas contribuyan al conocimiento de esa realidad que se oculta por parte del gobierno, donde el cine adquiere no solo una herramienta fundamental de mostrar lo olvidado, sino de un elemento de conocimiento, reivindicación, militancia, lucha, y humanidad. Una pareja de cineastas clave en la memoria indígena y explotación de Colombia, activos desde finales de los sesenta hay la actualidad, ahora solo Marta Rodríguez, que sigue en la brecha explicando historias sobre gente común, humilde, gentes que nunca son noticia, gentes que están ahí, y los cineastas colombianos les ofrecieron su mirada para explicar sus relatos, su memoria, su pasado y presente, convirtiendo su cine en una filmografía esencial para conocer la realidad colombiana de primera mano, a través de sus rostros, sus voces y sus cuerpos, conociendo esas realidades de explotación, miseria y violencia que desgraciadamente sigue sacudiendo el país sudamericano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/425446061″>Laia Manresa conversa amb Marta Rodr&iacute;guez | 28a Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona</a> from <a href=”https://vimeo.com/mostrafilmsdones”>MostraFilmsDones</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Los profesores de Saint-Denis, de Gran Corps Malade y Mehdi Idir

EN UN INSTITUTO DE LOS SUBURBIOS…

“La clave de la educación no es enseñar, es despertar”

Ernest Renan

Si hay una cinematografía que más se ha interesado por la educación esa no es otra que la francesa, que desde los inicios del cine despachó la inolvidable Cero en conducta (1933), de Jean Vigo, arrancando así una serie de películas a lo largo de la historia del cine que se han propuesto ahondar en la educación desde múltiples miradas, profundizando en las diferentes herramientas educativas, su contexto social, y sobre todo, su valor humano, social y didáctico. Nos vienen a la memoria excelentes películas como Los 400 golpes (1959) o La piel dura (1976), ambas de Truffaut, y ya despidiendo el siglo XX, la extraordinaria Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier, que se sumergía en las dificultades sociales de los jovencísimos estudiantes de una escuela infantil de un barrio suburbial. Partiendo de esa temática, donde se estudiaban las tremendas dificultades de la educación a estudiantes en situaciones de exclusión, y en la adolescencia, surgirían monumentos educativos como La clase (2008), de Laurent Cantet, y las más recientes, A viva voz (2017), de Ladj Ly (director de la imprescindible Los miserables, sobre los problemas suburbiales entre niños y policías) y Stéphane de Freitas, centrada en el concurso sobre el discurso para estudiantes de los barrios más deprimidos, Primeras soledades (2018), de Claire Simon, que exploraba las difíciles relaciones familiares de unos estudiantes de la periferia.

Los profesores de Saint-Denis (basada en la sexperiencias personales de Mehdi Idir) se mueve por los mismos lares de estas últimas, centrada en un curso escolar de uno de los institutos de los suburbios, desde el punto de vista de la nueva inspectora de estudios en relación con Yanis, uno de los estudiantes traviesos con los debe de lidiar en su trabajo. Gran Corps Malade, alias de Fabien Marsaud (Seien-Saint-Denis,Francia, 1977) y Mehdi Idir (Saint-Denis, Francia, 1979) vuelven a trabajar juntos después de Patients (2016) en la abordaban la recuperación física y emocional de un adolescente después de un terrible accidente, basada en las experiencias personales de uno de los directores. En Los profesores de Saint-Denis, esculpen a fuego lento y de forma incisiva la situación actual de la educación en Francia, y más concretamente, en uno barrio deprimido de las afueras de París, sumergiéndonos en los aspectos profesionales y personales tanto de la inspectora, con un novio en la cárcel, y los diferentes problemas cotidianos que van surgiendo en el instituto, centrándose en la figura de Yanis, uno de los estudiantes, de conducta desviada, que debate constantemente en la utilidad de las clases con sus profesores, con padre en prisión y dificultades en casa.

Los directores demuestran un trabajo sensible y bien estructurado en su segundo trabajo, volviendo a los temas humanos y sociales que ya tocaron en su opera prima, imponiendo un ritmo ágil e muy íntimo, acercándose a ese día a día de forma inteligente y audaz, sin ser condescendientes ni nada sentimentalistas, sino colocándose en la misma altura de los diferentes problemas y aspectos entre docentes y alumnos, describiendo de manera sencilla y cercana todo aquello que los une y separa, con la mirada de esa inspectora que acaba de llegar en contraposición con Messaoud, el profe de mates enrollado y respectado por los alumnos, que lleva cinco años trabajando en el instituto, haciendo suya esa reflexión que define el espíritu de la película: El contexto es más fuerte que nosotros, añadiendo la pregunta, ¿Ahora qué hacemos, nos damos por vencidos?, viendo y reflexionando sobre las diferentes posiciones que adoptan unos profesores y otros, como el docente antipático que choca constantemente con la rebeldía de los alumnos.

Grand corps Malade y Mehdi Idir han construido una película de nuestro tiempo, profundizando en los diferentes aspectos educativos, en su cotidianidad, en la relación con los alumnos, tanto en el ámbito académico como el personal y social, donde el instituto como el hogar se intercambian, en que los problemas que se suceden, tanto en un lugar como en otro, transitan por los mismos derroteros, como un reflejo indisociable que se retroalimentan constantemente. Una magnífica e inteligente película con ese aroma de documentar lo que está pasando en el instante, en el aborda la importancia de la educación, sus procesos, su naturaleza, y sobre todo, el aspecto humano y social en relación a los alumnos y sus contextos sociales y económicos. Un brillante reparto encabezado por la inconmensurable Zita Hanrot (que habíamos visto en Éden, de Mia Hansen-Love, o en Fátima, de Philippe Fancon, donde se alzó con el César revelación del 2015) compone el personaje de la inspectora de estudios con sensibilidad y dureza, con esa maravillosa actitud de ayudar a los alumnos y con ese momentazo en la cárcel.

Acompañada por la agradable presencia de Soufiane Guerrab (que ya estuvo en Patients) dando vida a Messaoud, el profe que alimenta el espíritu de los alumnos y conoce todas las dificultades por las que atraviesan, un personaje que actúa como contrapunto experiencial de Samia. Y por último, el ramillete de los alumnos, interpretados por actores no profesionales, en su mayoría habitantes del barrio de Francs-Moisins, donde se rodó la película (instituto donde acudió Mehdi Idir en su época de estudiante) que ofrecen una verosimilitud, intuición y naturalidad maravillosa que casa con el espíritu de la película, en que sobresale la astucia y composición de Liam Pierron dando vida al problemático, peor noble Yanis, la figura en la que asienta una película social, humanista y veraz, que se mueve entre el humor y la gravedad de los asuntos que trata, dotándola de ese sentido cercano, cotidiano y fiero que tanto demanda una película que aborda con inteligencia y sencillez problemas complejos y profundos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

City For Sale, de Laura Álvarez

RESISTIR FRENTE EL MONSTRUO.

“Un turismo que no toma en cuenta a la comunidad, genera grandes sacrificios en el orden moral, espiritual y material en los integrantes de la comunidad en que se instala”.

Laura E. Anguiano

Algunos expertos en la cuestión definen al turismo masificado como “La enfermedad el siglo XXI para las ciudades y sus ciudadanos”. Una epidemia que está arrasando la vida y las vidas de las ciudades, porque aparte de la masificación en los centros de las ciudades por cantidades ingentes de turistas, se suma algo mucho más grave, la acumulación de hoteles y pisos turísticos para albergar a tanto visitante, que lleva consigo la expulsión de los vecinos de toda la vida, acosados por los propietarios para echarlos y construir sus edificios para turistas que les harán subirse al carro de los pelotazos económicos, y aún hay más, la desaparición de los comercios de la zona, sustituidos por un comercio turístico construido por y para ese visitante de usar y tirar. Situación que lleva a una ciudad parque temático que entierra toda identidad y belleza de su patrimonio histórico y su verdadera idiosincrasia. Ciudades sin vida, vacías, llenas de gente de todos los colores, eso sí, con dinero, que invaden y transforman todo aquello que ven, escuchan y tocan.

La puesta de largo de Laura Álvarez (Barcelona, 1985) periodista de formación televisiva, se adentra en todas las consecuencias de este turismo invasivo y masificado de Barcelona, pero no lo hace desde las instituciones, escuchando las reflexiones de expertos en la materia ni disparándonos cifras por doquier, sino que lo hace desde lo íntimo y personal de aquellos vecinos que lo han sufrido, lo sufren y lo sufrirán, entrando en las vidas y los hogares de estas personas que de forma anónima y asociativa resisten frente al monstruo del turismo de masas, y el impacto demoledor que sufre una ciudad de poco más de 1’6 millones de habitantes que suele recibir unos 30 millones de turistas anuales. Álvarez nos muestra cuatro formas de lucha y resistencia, cuatro vidas que se han convertido en existencias difíciles bajo la presión de los propietarios de viviendas que harán lo imposible para expulsarlos y así tener ese espacio para el turista, convertido en un nuevo producto de riqueza brutal.

Conoceremos de primera mano los casos de Montse y Joan, un matrimonio de vecinos inquilinos de renta antigua del barrio Gótico que sufren moobing inmobiliario, en la que nos mostrarán las barbaridades del propietario con obras interminables, polvo, suciedad y agua con el fin de cansarlos y que se vayan por su propio pie como han hecho el resto de los vecinos de la finca.  El caso de Mai y Pepi, hija y madre de la Barceloneta, antiguo barrio de pescadores, ahora convertido en ese turismo de fiesta y borrachera constante, que nos hablarán de la pérdida de identidad del barrio y los cambios salvajes de subida del precio de la vivienda y el deterioro del barrio en pos al comercio turístico, y la invasión de su playa, pero no se rinden porque se asocian con los demás afectados y se movilizan con protestas.  El caso surrealista, de película de Berlanga, que vive Jordi, un jubilado que resistió en su piso pese al moobing, y ahora vive en un hotel, rodeado de apartamentos turísticos, pero él sigue en la batalla comprometido en la lucha vecinas a través de la asociación que ayuda a los casos de moobing que van llegando. Y finalmente, el caso de Carolina que es propietaria de vivienda en el barrio de Santa Caterina, en pleno centro, y debido al turismo ruidoso y masificado tiene que irse a un barrio más alejado porque su trabajo necesita paz y tranquilidad.

La cineasta barcelonesa filma a sus personajes de forma observadora e íntima, apoyándose en un guión medido y sincero escrito al alimón con Laia Manresa (colaboradora de Joaquim Jordà y codirectora de Morir de día, sobre la entrada de la heroína en la Barcelona de los 80, entre otros trabajos) que se sumerge con precisión y paciencia en el fondo de los casos, explorando todas las cuestiones del problema desde la veracidad y la consecuencia de los hechos, ofreciendo la palabra a los afectados, creando ese espacio de intimidad entre la cineasta y la persona que muestra su vida y su conflicto, hablándonos no de esa Barcelona que nos venden con cifras y palmadas condescendientes, sino de aquella otra, desde otra perspectiva más real, más cruda y oscura, como ya lo hicieron el citado Jordà en su monumento implacable que fue De nens (2003) en el que ya estaba Laia Manresa, que emergía sin titubeos el caso de pedofilia más vergonzoso de la ciudad, o En construcción (2001) de Guerín, que ya nos hablaba de la transformación del barrio emblemático del barrio chino desde la mirada de sus vecinos, a los que habría que añadir los más recientes de Ciutat morta, de Xavier Artigas y Xapo Ortega, que nos hablaba de uno de los casos de corrupción policial e institucional de la ciudad, o Alcaldessa, de Pau Faus y Metamorphosis, de Manuel Pérez, que desde puntos de vista diferentes se sumergían en formas de entender la política desde los barrios y para las personas.

Álvarez habla del tabú del turismo desde lo íntimo y personal, en una obra necesaria, de denuncia, de guerrilla y política, desenterrando la realidad de un conflicto que parece no importar a las instituciones, filmando una ciudad deshumanizada que está en venta, toda ella, incluso sus habitantes que parecen sobrar de sus edificios, dando voz a aquellos que sufren esa venta en sus vidas diariamente, desde un punto de vista crítico y humanista, explicándonos sus causas y sus consecuencias de frente y sin sentimentalismos, sino de forma austera y magnífica, en una ciudad, que al igual que otras grandes capitales de Europa, debe empezar a trabajar para concienciar sobre ese tipo de turismo salvaje, consumista y sangrante para las ciudades y sus ciudadanos, en pos de un turismo más tranquilo, consumidor y sobre todo, conciliador con los espacios que visita y empático social con las personas que viven en ese entorno, un espacio que debería ser común, social y humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/272171970″>CITY FOR SALE – Tr&aacute;iler [ESP SUB]</a> from <a href=”https://vimeo.com/cityforsalefilm”>cityforsalefilm</a&gt; on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

High Life, de Claire Denis

VIAJE AL FIN DEL UNIVERSO.

Las primeras imágenes de la película, además de fascinantes e inquietantes, definen sustancialmente el alma de la cinta que vamos a ver. En la inmensidad del espacio, vemos a un astronauta reparando una avería, casi suspendido en el aire, mientras soluciona el contratiempo. Se comunica con un bebé, al que vemos y escuchamos, que se encuentra en el interior de la nave. A continuación, entra en la nave y lo vemos quitarse muy despacio su traje. Inmediatamente, llega hasta un jardín-huerto botánico en el que empieza a tocar con detalle todo tipo de frutas, verduras y flores. Parece que sólo está con el bebé, quizás haya viajado sin nadie más, quizás el resto de la tripulación ha perecido, lo desconocemos. Se levanta, y con el gesto cansado, acude a la habitación donde se reúne con el bebé. No se tropieza con nadie más, parece que es el único viajero de la nave. Estas primeras imágenes, casi en silencio, más propias del gesto y el movimiento, nos acompañarán el resto del metraje, en un elemento, el del cuerpo y el gesto, muy definibles en el cine de Denis.

Claire Denis (París, 1946) una cineasta que lleva más de tres lustros retratando mundos oscuros y tenebrosos, en que aquellos más desfavorecidos, marginados e inadaptados pueblan sus películas, donde unos pocos personajes se mueven bajo un aura de fatalismo, movidos por un deseo irrefrenable hacia el otro, un deseo de poseer al otro, cueste lo que cueste, donde ha explorado temas como el colonialismo, inmigración, marginalidad, amor y sobre todo, la imposibilidad de ser uno mismo y reconocer a los demás, una lucha casi imposible, un motor que lleva a sus personajes a encerrarse en sí mismos, y a tropezarse con muros difíciles de derribar, superados por las circunstancias. En High Life, título número 13 de sus cintas de ficción, aborda el género, como ya hizo en Trouble Every Day (2001) con una fascinante y compleja cinta de amor fou entre vampiros. Aunque el acercamiento al género que hace Denis no se parece a ningún otro, la cineasta huye de los propios convencionalismos del género para crear un universo extraño, complejo y existencialista, en que la ciencia-ficción se reinventa para ir más allá, se intuyen rasgos, pero sólo es un vehículo para acercarse a otros menesteres de la condición humana, porque si hay algo que define enormemente el universo cinematográfico de Denis es la cuestión de lo humano, todo aquello que nos define como humanos, todo aquello que ocultamos en el alma, todo lo que, en ocasiones, no sólo ocultamos a los demás, sino también a nosotros mismos, aquello que nos empuja a nuestros destinos y circunstancias.

La película nos sitúa en un presente donde Monte, el astronauta solitario convive con un bebé, aunque mediante flashbacks, ya que la narración, como suele ser habitual en el cine de Denis es no lineal, con constantes saltos en el tiempo, vamos descubriendo el resto de la tripulación que arrancó en este viaje de desechos, ya que todos pertenecen a reos condenados a muerte y participan en esta misión científica casi obligados, donde la doctora Dibs, una especie de Dios, malvada y siniestra, les extrae esperma a los hombres para introducírselo a las mujeres para investigar la reproducción en mitad de la nada, en mitad del espacio. Denis nos cuenta su película a través de Monte, un ser callado y reservado, que ha optado por la castidad, y huir de esa máquina llamada “Fuckbox”, donde la tripulación da rienda suelta a su onanismo, ya que las relación sexuales con los demás tripulantes están prohibidas, en mayor parte porque la ciencia es dueña de su esperma.

Denis opta por una narración no lineal para descubrirnos con detalles y gestos todo el ambiente que se palpa en el interior de la nave, las relaciones terroríficas que allí se cuecen, donde la mentira y la animadversión entre unos y otros es patente, en que nos encontramos en una tensión latente, una especie de calma que está a punto de estallar. Denis crea una atmósfera absorbente y magnífica, una de sus características principales, en el que con leves detalles explica todo lo que allí acontece, donde podemos oler todo ese aroma malsano y terrorífico que recorren todos los espacios de la nave. La directora francesa está más cerca de la ciencia-ficción humanista, donde se detalla con precisión y sobriedad todos los males que acechan a las sociedades actuales, como la abundante soledad de unos y otros, el sexo como vía de escape, o la falta de amor sincero y profundo, donde Denis opta por el deseo no correspondido como motor en su película, en el que los diferentes miembros de la misión se mueven casi como animales enjaulados, llevados por esa libido latente en cada uno de sus gestos y movimientos.

Denis construye una película de personajes, de seres difíciles y algunos imposibles, de los que poco o nada conocemos de sus pasados antes de la condena a muerte, que los vemos como almas a la deriva, fantasmas en mitad del espacio infinito, como especímenes que han vuelto a lo más primario, al origen de todo, donde el jardín-huerto parece lo único que verdaderamente se mantiene en su ser, como una llama viva de todo aquello a la tierra, a lo que pertenecen, y el medio para seguir subsistiendo. Denis no esconde sus referentes, aún más, le ayuda a plantearse los conflictos humanos de manera más compleja e interesante, en el que vemos películas como Ikarie XB-1, de Jindrich Polák, la epopeya espacial checoslovaca de 1963, que nos hablaba de cómo un virus extraño azotaba la tranquilidad de una tripulación aparentemente en paz, o 2001, Una odisea en el espacio, donde Kubrick planteaba una lucha entre hombre y máquina en una película que se ha convertido en un referente para todos, o los viajes inquietantes y misteriosos del alma humana de Solaris o Stalker, ambas de Tarkovski, donde nos introducción en caminos laberinticos del ser y el estar, o las películas humanistas tipo Naves misteriosas, que asolaron la ciencia-ficción de los 60 y 70.

Denis ha contado con un gran reparto en el que destaca la interpretación de Pattinson, enorme y cálido, que ya demostró con Cronenberg de lo que era capaz, bien acompaño por una Binoche, que repite con la directora después de la experiencia de Un sol interior, en plan doctora-Dr. Frankenstein que juega a ser Dios contaminando a todos y en pos de la ciencia, con ese brutal momento en la máquina sexual masturbándose, donde su espalda y sus nalgas están filmadas de manera elegante y sexual, y Mia Goth, con esa mirada angelical y fría, que ya nos alumbró en Nynphomaniac o Suspiria, una especie de rebelde con causa y llena de odio y rencor, y el resto del reparto, que brilla y seduce a partes iguales. Denis ha construido una película reposada, brutal y fascinante,  con la intentante luz de Yorick Le Saux (colaborador de Guadagnino, Assayas o Jarmusch) y con su editor habitual Guy Lecorne, y su músico por excelencia Suart Staples de “Tindersticks”, en el que nos sumerge en un viaje a los confines del universo, como esos viajes al estilo de Jarmusch en Dead Man Sólo los amantes sobreviven, entre otras, sumergidos en el interior de una nave, que más parece un cajón de difuntos, donde la comunidad existente no se aguanta en la que todos parecen querer salir de allí a escape, como si la amenaza de terror y bajos instintos estuviera a punto de convertirlos en cenizas. 

La decisión, de Mohamed Al-Daradji

EL ALMA DE LA TERRORISTA.

Estamos en Bagdad (Irak) el 30 de diciembre del año 20016, primer día del Eid al-Adha – la celebración del Sacrificio, una de las más sagradas festividades musulmanas – son las primeras horas del amanecer, la cámara cenital sigue el paso firme y sereno de una joven que se encamina en dirección a la estación central de Bagdad, donde ese día tiene previsto una ceremonia de reapertura, después de los tres años de guerra devastadores. La cámara se posa en el rostro de la joven que se llama Sara, impertérrita y decidida, se adentra en la estación y se sienta en uno de los bancos. El bullicio es enorme, las gentes se confunden con los viajeros apresurados, Sara mira a su alrededor, como expectante, como si algo tuviera que suceder de un momento a otro. Se sienta junto a ella un joven que se llama Salam, que intenta seducirla, Sara se levanta y Salam la sigue, y debido a su insistencia con Sara, esta lo acorrala contra la pared y le muerta un detonador que guarda celosamente en el bolsillo. Salam, sin respuesta y en silencio, no tiene más remedio que acompañar a Sara que se pierden hacia el exterior. El tercer largo de ficción de Mohamed Al-Daradji (Bagdad, Irak, 1978) vuelve a centrarse en la guerra de su país, pero ahora, bajo premisas diferentes, en su debut, Ahlaam (2005) se detenía en las vicisitudes de unos enfermos de un psiquiátrico mientras el ejército de EE.UU. llevaba a cabo su ofensiva, en la siguiente, Son of Babylon (2009) un niño kurdo buscaba a su padre desaparecido después de la caída del régimen de Saddam Hussein.

Ahora, en su nuevo trabajo se centra en la jornada de una terrorista suicida, un único día, y en su misión, en esa decisión que habla el título de la película, y sobre todo, en el encuentro fortuito con Salam, el cual intentará por todos los medios que desista de su empeño, abogándola hacia el sentimiento humano, hacia la estupidez de su plan, y sobre todo, de volver a sentirse persona después de la guerra, de volver a levantarse y mirar de nuevo, aunque para ello allá que arrastrar tantas pérdidas, tantas heridas sin cerrar y tanta miseria vivida. El cineasta iraquí centra su película en Sara y Salam, pero no olvida las microhistorias que pululan por el microcosmos de la estación, desde el niño limpiabotas, la niña vendedora de flores o aquel otro niño que vende cigarrillos, esa infancia desamparada y rota, que sobrevive con lo poco que puede, o aquel represaliado político que después de 20 años preso, toca el clarinete con su banda mientras lidia con su enamorada tantos años de angustia y terror, o la mujer huida de su familia que la quiere matar que intenta empezar de nuevo junto a su bebé, o esa niña que también escapa obligada a casarse por su familia, y entre tantas pequeñas o grandes dramas, los soldados estadounidenses que siguen dirigiendo y maltratando las vidas de tanta gente que ha sufrido.

Al-Daradji nos habla de política, pero sin hacer un discurso político ni nada por el estilo, sin posicionarse en ningún momento, dejando paso al humanismo, apelando al sentimiento humano, o a lo que queda en el almas de estas personas, sobre todo, en Sara, esa mujer joven de pasado traumático que ve en el atentado su forma de luchar contra la opresión y salvarse ella mismo, dirigida por otros, aleccionada por psicópatas en la sombra, y luego, tenemos a Salam, que quizás no destaca por su ejemplaridad como ciudadano, pero tiene buen corazón, él engaña a sus clientes, pero no es un asesino, a pesar de todo, cree en las personas, mira de frente a los demás e intenta, como todos en la estación, ganarse cuatro duros para seguir hacia adelante, con muy poco eso sí, pero al fin y al cabo, hacia delante, a mirar lo que vendrá con algo de más optimismo que ayer. El realizador iraquí no esconde sus influencias neorrealistas, sobre todo, en el Rossellini más humanista e íntimo, que miró a sus personajes heridos con sinceridad y honestidad, donde esas almas rotas intentaban seguir con la vida a pesar del horror cotidiano.

La película crece y se engrandece considerablemente cuando el rostro de Zahraa Ghandour, que da vida a Sara, agarra la historia, y con su mirada profunda y ese gesto de pérdida y soledad, se adueñan del encuadre, creando los momentos más extraordinarios de la película. A su lado, Amir Ali Jabarh consigue acompañar con aplomo su personaje, un tipo corriente, pero que se convertirá en la mejor compañía para Sara, en ese espejo deformado donde la realidad ya no parece de la misma manera que nosotros la creíamos, donde nuestra convicciones políticas y sociales, adquieren otra textura, otra piel, como si las cosas se transformarán en otra cosa, en el que nuestro camino se tambalea y podemos mirar más allá, a los demás, a los invisibles, a los que parece que no existen, pero andan de un lado a otro, trabajando con lo poco que tienen por su oportunidad, su momento, aunque nuestro alrededor parezca empeñarse en lo contrario, en lo más negro y oscuro. 

El hijo de Saúl, de László Nemes

El_hijo_de_Sa_l-670313002-largeREPRESENTAR EL HORROR.

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.”

Theodor Adorno

Después del holocausto nazi, el cine (como cualquier otra arte) tiene pendiente la cuestión de cómo representar el horror que aconteció en aquellos lugares de terror y barbarie. Noche y niebla, de Resnais, abrió el camino de cómo replantearse cinematográficamente las imágenes de archivo y cómo filmar en su momento aquellos centros de la monstruosidad, a sí mismo, Lanzmann invirtió 10 años de su vida para filmar Shoah, que logró presentar en 1985, su camino fue diferente, se apoyó en la palabra como vehículo para representar el horror nazi. Godard se manifestaba en la falta de compromiso con las imágenes de lo que allí sucedió. La cuestión formal sobre la manera de afrontar la representación del horror es una de las incertidumbres que el cine, como forma de expresión, tiene todavía que resolver.

El debutante László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) – asistente de Béla Tarr en el segmento Visiones de Europa y en el film El hombre de Londres – ha emprendido un camino diferente, una forma de afrontar la representación del horror a través de lo que no vemos, y sólo escuchamos. La primera imagen de la película deja claras sus intenciones formales y artísticas. Arranca la acción con una imagen borrosa de un campo por la mañana, mientras escuchamos el ruido ambiente, casi ininteligible, alguien se acerca, y lentamente, vamos viendo un hombre y luego un rostro. Estamos en Auschwitz, en 1994, y el hombre es Saúl Auslander, un hombre con el rostro impertérrito, de mirada ausente y gacha, se mueve como un autómata, se trata de un trabajador en un sonderkommando, los prisioneros que eran esclavizados a trabajar por los SS, en conducir a los deportados hasta las cámaras de gas, donde los obligaban a desnudarse y luego los introducían en el interior donde morían, luego, recogían sus cadáveres, los transportaban a los hornos crematorios, y limpiaban las cámaras, y las dejan preparadas para el próximo convoy. Los turnos eran extenuantes, se trabajaba a un ritmo brutal en esa fábrica de la muerte y el horror.

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Nemes resuelve su cuestión moral, colocando su cámara enganchada a Saúl, – como hacía Klimov en su magnífica Ven y mira – recorremos ese mundo pegados a su nuca, vemos ese mundo laberíntico y claustrofóbico a través de sus ojos, a través de su mirada carente de humanidad, un mundo donde sobrevivir es una cuestión de suerte, nada más. El joven realizador húngaro resuelve la cuestión de la representación a través de dejar desenfocado la profundidad de campo, y capturando todo lo que queda fuera del cuadro a través del sonido, sin espacio para la música diegética, sólo ese sonido atronador, donde se mezclan los diferentes lenguajes que allí se hablan, los gritos de auxilio, las órdenes de los SS, que apenas vemos, todo se mezcla, todo es confuso. Nemes nos sumerge durante dos jornadas en el abismo del horror, en un espacio fílmico orgánico, a través de la fragmentación, nos introduce mediante tomas largas en ese mundo inhumano, donde no hay tiempo para pensar, todo va ocurriendo de forma mecánica, sin respiro, sin tiempo para nada. Nemes se aleja de esos filmes ambientados en campos de concentración, donde dan protagonismo a las historias heroicas y de supervivencia, con múltiples puntos de vista, dejando un aliento de esperanza a lo que se cuenta. Aquí no hay nada de eso, no hay espacio para lo humano, o hay tan poco que apenas se percibe.

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El cineasta ha empleado una cámara de 35 mm, y un formato de 4:3, filmando con una lente de 40 mm, para registrar ese submundo sin vida, completamente deshumanizado, para que no veamos directamente el horror, que nos lo imaginemos, que reconstruyamos el horror en nuestro interior, o al menos una parte. El conflicto que plantea la película es muy sencillo, casi íntimo, en un instante de su infernal jornada, Saúl cree identificar a su hijo muerto, en ese momento, da inicio a su vía crucis particular, aparte del que ya vive a diario, centrado en recuperar el cadáver, encontrar un rabino para que le rece el kaddish y así, darle un entierro digno. Esa idea, de extrema y compleja  ejecución,  lo lleva a enfrentarse a la resistencia del campo, que no ven necesaria su causa, y le piden que se centre en el objetivo de resistir y enfrentarse a los SS. Nemes ha parido una obra brutal y magnífica, donde el espejo del horror se nos clava en el alma, se acerca a ese espacio de barbarie de forma contundente y ejemplar, teje una obra de inmensa madurez fílmica, a pesar de tratarse de su primer largometraje. Un proceso exhaustivo de documentación de las formas y cotidianidades de trabajo de estos comandos del horror, han hecho posible no sólo una película que nos habla de un ser que, a través de su fin intenta sobrevivir moralmente en ese espacio del vacío, donde no hay nada, ni hombres ni seres humanos, – resulta esclarecedora la secuencia con la mujer en el barracón, el silencio se impone, no hay palabras, sólo miradas -. La película de Nemes se erige como una obra humanista, moral y necesaria, sobre la memoria y nosotros mismos, donde asistimos a una experiencia brutal como seres humanos. Como nos contaba Primo Levi – superviviente de Auschwitz – en su obra Si esto es un hombre, donde recordaba los días en los campos de exterminio, donde no había tiempo, de los que allí encontraron la muerte, y los otros, los que lograron sobrevivir, los que tienen la obligación de contar lo que vieron.

Mai és tan fosc, de Èrika Sánchez

mai-es-tan-fosc-cartelUn humanista extraordinario

La película arranca con unos datos demoledores: “Hemos dado a la banca 4,6 billones de dólares, suficiente para acabar con el hambre en el mundo 92 veces”. Estas palabras reales y tristes, pertenecen a Arcadi Oliveres (Barcelona, 1945), economista y activista desde que era un estudiante. La puesta de largo de Èrika Sánchez, es un retrato lúcido, íntimo y personal de un hombre extraordinario, un ser que desprende una humildad intachable, un ciudadano que siempre ha luchado incansablemente en favor de que este mundo sea un lugar más humano, justo y solidario. La cinta rodada discontinuamente durante dos años, del 2011 al 2012, se acerca a esta maravillosa figura de un modo cercano y honesto, le sigue incansablemente a través de su peregrinaje anticapitalista particular, viaja a su lado por los diferentes lugares de Cataluña y el resto de España, donde a través de conferencias y sus clases en la universidad, explica la situación económica que nos imponen los gobiernos y las corporaciones económicas. Una obra surgida a través del encargo de Justícia i Pau, de la que Arcadi Oliveres es miembro activo, –ong cristiana que tiene como finalidad la promoción y defensa de los derechos humanos, la justicia social, la paz, el desarme, la solidaridad y el respeto al medio ambiente- con el objetivo de realizar un reportaje divulgativo del trabajo de la entidad, y producida por Únicamente Severo Films -que ha levantado entre otras, Más allá del espejo (2006), de Joaquín Jordà, Danza a los espíritus (2009), de Ricardo Íscar…- y la aportación de 350 micro mecenas a través de crowdfunding).  El estallido del 15M, en el año 2011, cambia radicalmente la película, Arcadi Oliveres, activista en una y mil causas (sindicatos estudiantiles durante el franquismo, campañas a favor del auto-gobierno en Cataluña, objeción fiscal, guerra del Golfo, Banca ética, guerra de Irak, movimientos antiglobalización…) se convirtió en una de las voces visibles que hablaban a las gentes que salieron a la calle a reivindicar una democracia real y justa. El documental adquiere su verdadera dimensión cuando asistimos al otro Arcadi, el que llega a su hogar y se relaciona con su familia, en un ambiente íntimo donde el objetivo de la cámara penetra con sumo respeto e integridad. La muerte de uno de sus hijos en el 2011, en plena revolución social del 15M, supone una mirada sincera de como unos hechos que ocurrían en la sociedad, se impregnaban en un hombre que sufría, pero que su lucha contra el sistema actuaba como bálsamo, una gran ayuda para continuar el camino de seguir creyendo en las causas justas y honradas. Una película que recoge aquella realidad confundiéndose con ella, un documento que se funde con lo que está pasando, sin dejar de mostrarnos a un hombre sencillo, a alguien que cree en las personas, y ayuda con su discurso a que adquieran la conciencia necesaria para que ellos mismos sean capaces de cambiar su mundo, y la sociedad que les rodea. Arcadi Oliveres no estaría muy alejado del discurso final del profesor francés Albert Lory –magníficamente interpretado por Charles Laughton- en la extraordinaria película de Jean Renoir, Esta tierra es mía (1943), donde hablaba de una sociedad corrupta que funcionaba a través de mentiras, y donde la verdad era castigada. Espléndidamente fotografiada por el cineasta Ricardo Íscar, esta road movie de lo íntimo y la cercanía, es un excelente documento que retrata a esos seres anónimos que hacen la revolución social desde los lugares más reducidos e íntimos, las asociaciones de vecinos, centros cívicos, ong’s, movimientos vecinales y sobretodo, es un homenaje sincero a todos aquellos hombres y mujeres del mundo, que se levantan cada día pensando y actuando activamente en que esta sociedad se puede cambiar.