Yo no moriré de amor, de Marta Matute

CUIDAR Y CUIDARNOS.  

“Sólo hay cuatro tipos de personas en el mundo: los que han sido cuidadores, los que son cuidadores, los que serán cuidadores y los que necesitarán cuidadores”

Rosalynn Carter

Hay dos elementos que sobresalen en Yo no moriré de amor, la magnífica puesta de largo de Marta Matute (Madrid, 1988). Uno es la familia, el centro neurálgico para bien o mal de nuestras existencias. Un género en sí mismo, abordado desde muchas miradas, clases, condiciones y negruras. El otro elemento es la enfermedad mental, esté menos tratada en el cine, y más concretamente, el de la demencia frontotemporal, más residual. Así que, el primer largometraje de la madrileña no sólo aborda un caso apenas expuesto en una pantalla, sino que lo hace situando el foco en la familia, en ese núcleo que, debido a la enfermedad neurodegenerativa, deberá estar más cerca y ayudarse y sobre todo, cuidarse, porque de eso va la película, de mirar a los otros y echarse una mano, y comprenderse, y no luchar los unos con los otros. La historia se centra en una familia cualquiera, en una familia que podría ser la nuestra. 

La directora, licenciada en Comunicación Audiovisual y diplomada en Arte Dramático, construye una home movie, donde lo doméstico se torna esencial y tremendamente cotidiano, a partir de la mirada de la más benjamín de la familia, Claudia, una joven de 18 años, que se forma para actriz, trabaja de camarera y tiene los sueños y las ilusiones de alguien propio de su edad. Tenemos a Inés, la hermana mayor que vive con su pareja en Barcelona, y el padre, recién jubilado después de una carrera como militar. Una familia que muestra poco cariño, como la mayoría, en la que cada uno hace la suya, se trata lo justo y poco más. La enfermedad de la madre los acerca por el deber que tienen encima, el de cuidar a la enferma, llevándolos a conflictos y luchas entre ellos que van capeando como pueden y siguen a pesar de la soledad, el malestar y el peso de cuidar a una persona que cada día está peor y el conflicto emocional que va supurando en cada uno de ellos. La película muestra todas estas aristas desde la sutileza y contención, alejándose de la pornografía del dolor y temas del estilo. Todo se muestra desde las miradas, los gestos y los silencios que se van apoderando e instalando en ese piso. 

La cineasta de Valdemoro ha cuidado con mucho detalle y precisión la luz mortecina y velada que estructura este espacio y a cada uno de los personajes, en una excelente cinematografía de Sara Gallego, de la que conocemos sus grandes trabajos en El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, Las chicas están bien, de Itsaso Arana, Una ballena, de Pablo Hernando y La buena letra, de Celia Rico, entre otras. Una luz que traspasa cada estancia y cada emoción materializada desde lo más profundo. La música de Simón Franquest, aporta esos momentos, casi en silencio, como si no quisiera molestar, que puntualizan los momentos no dichos y si sentidos de la historia, que se mezclan con los otros temas de bandas que escucha Claudia que generan ese contrapunto en el que viven no sólo la joven sino cada miembro de la familia. El trabajo de edición que firma Carlos Cañas Carreira, preciso y sin alardes que, en sus 94 minutos de metraje, plantea una trama llena de momentos muy duros y secos, pero siempre tratados desde la sensibilidad y el afecto, apuntando esas contradicciones propias que viven en una situación que les sobrepasa y les lleva a lugares muy difíciles de gestionar tanto emocionalmente como los recursos en una sociedad que el cuidado no lo tiene como una de sus prioridades viviendo a espaldas a él, que se lleva desde lo oculto, la soledad y la oscuridad. 

Una película planteada desde la sutileza y aquello invisible, que huye de lo evidente, de lo estridente y de lo esperado, necesitaba un reparto que con muy poco sea convincente y transmita todo el desasosiego y la dificultad de lo que viven. Tenemos a Júlia Mascort, vista en el cortometraje Las chicas, debuta en el largometraje dando vida a una increíble Claudia que, a parte de llevar el peso de la trama, ejecuta con sencillez e inteligencia un personaje lleno de juventud y fuerza que se ve enfrentada a una tesitura dura y compleja. Le acompañan una convincente Laura Weissmahr como Inés, la hermana mayor, mostrando esas aristas que todos tenemos cuando la vida se pone muy difícil. Sonia Almarcha es Julia, la madre enferma, una actriz capaz de cualquier rol como demuestra en la película. Tomás del Estal, visto en una y mil películas como actor de reparto, asume el papel de padre, abrumado por la situación. Guillermo Benet, director de Los inocentes, entre otras, asume el papel de pareja de Inés. Una familia cinematográfica que vive, lucha, sufre, pelea entre ellos y trabaja a partir de una situación muy compleja en la que hacen lo que pueden con las herramientas, tanto físicas como emocionales, que tienen a su alcance.

La película Yo no moriré de amor cosechó grandes elogios por parte de la crítica y el jurado del último Festival de Málaga, en el que recibió los premios más importantes, valorando su destreza en contar la enfermedad mental y cómo la familia se relaciona con ella, en una historia que recuerda a la mirada y sensibilidad del cine de Mike Leigh, Stephen Frears y Ken Loach, ese cine británico de working class que sabe penetrar en lo más cotidiano y en los conflictos que se suceden, desde la contención y enfrentándose a unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos miramos porque les suceden cosas muy parecidas a las de nosotros. Nos quedamos con el nombre de Marta Matute que, siguiendo la buena estela que sigue a muchas cineastas que están renovando el cine español y entrando en él por la puerta grande con historias llenas de verdad, sensibles, íntimas y que miran a la sociedad desde lo más profundo, excavando en lo que somos, cómo sentimos y sobre todo, cómo nos relacionamos, lo bien o mal que lo hacemos, lo que callamos, lo que nos molesta y lo que peleamos. En fin, la vida que nos va pasando y a veces, como ocurre en la película, se muestra tan dura y difícil que hay que resistir o morir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato

HUMANIDAD CONTRA BARBARIE. 

“Debemos tomar partido… La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima… El silencio ayuda a quien atormenta, nunca al atormentado”. 

Elie Wisel 

Ninguna otra disciplina artística tiene la capacidad como el cine de mirar el pasado y reconstruirlo haciendo memoria o, simplemente, acercarse a lo más íntimo e individual de ciertos personajes que las circunstancias los llevaron a ser uno de los centros en cuestión muy a su pesar. Esto es lo que cuenta la ópera prima Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato (Chile, 1978), basándose en la historia real de uno de esos hombres anónimos. Esta es la historia del capitán Jorge Silva, oficial del ejército chileno. Un disciplinado y brillante aviador que salvó al presidente Allende de un ataque tiempo atrás. Ahora, se encuentra como jefe de la escuela aérea que forma a futuros aviadores. Pero, todo cambió el miércoles 11 de septiembre de 1973 cuando Pinochet con la ayuda de la CIA estadounidense atacó el Palacio de la Moneda y derrocó al presidente electo Salvador Allende. En ese instante, la escuela se convierte en un centro de detención y tortura que dirige el coronel Jahn, antiguo adversario de Silva. A partir de ese momento, el capitán deberá obedecer las terribles órdenes o desobedecerlas, a partir del dilema moral por el que navega la magnífica película.   

Basada en el libro “Disparen a la bandada. Crónica secreta de los crímenes en la FACH contra Bachelet y los otros”, de Fernando Villagrán, que recoge unos hechos reales, guionizado por Luis Emilio Gúzman, que conocemos por sus trabajos para el director Nicolás Acuña, el relato se posa y gira en torno al rostro, el cuerpo y la conciencia del citado Jorge Silva, un militar de convicción pero también un humanista de corazón. En apenas unos pocos días, la historia se plantea desde las miradas, el silencio y los gestos de unos pocos personas, en el que todo lo vemos y sentimos a través de Silva, un tipo que vive sumido en una contradicción poderosa que no le deja respirar, sometido a una dicotomía en el que andan en liza dos situaciones contrapuestas: su amor a la patria y su deber como militar contrapuesto ante el horror y la barbarie que ha emprendido el ejército para eliminar la libertad e instaurar un régimen de terror y violencia, que queda muy reflejado en las palabras que menciona el mencionado coronel: “Marxismo o democracia”. Ante ese panorama oscuro y terrible, la posición de Silva se verá alterada, primero en estado de shock por el golpe de estado, y luego, con la toma de conciencia personal e individual ante unos hechos que están sucediendo en directo y frente a él.  

Sallato para su salto al largometraje ha contado con el cinematógrafo Diego Pequeño, con el que ya trabajó en la serie documental La cultura del sexo, que codirigió junto a Juan Ignacio Sabatini. Una luz sobrecogedora y magnífica con un apabullante blanco y negro y el formato de 16mm, ayuda a capturar las grises y claroscuros de este potente ejercicio de cine político y de conciencia individual y barbarie que no sólo ejecuta con precisión quirúrgica los avatares emocionales de su protagonista sino que construye un imponente y brutal thriller con el mejor aroma de Lumet, Frankenheimer y demás cineastas en el New Wzve estadounidense. La música que firma el dúo Alberto Michelli y Matteo Marrella ayuda a generar esa tensión constante en la precisa atmósfera de cuento de terror por el que se mueve la historia. El montaje de la pareja Sebastián Brahm, que tiene en su haber El salvavidas (2011) y La once (2014), ambos documentales de la interesante Maite Alberdi, y de Valeria Hernández, un nombre reconocido con más de 30 títulos en la cinematografía chilena al lado de directores como Matías Bize y Jorge Riquelme Serrano, entre otros, que también estuvo en la citada La cultura del sexo. Su edición es precisa, intensa y sensible en sus breves 81 minutos de metraje.

Un reparto estelar encabezado por el pedazo de actor Nicolás Zárate, que hemos visto en Algunas bestias, del citado Riquelme Serrano, que compone a un Silva, con todos sus matices, su rectitud, su vulnerabilidad, su miedo y su deber peleado por su humanidad. Le acompañan Marcial Tagle en la piel de Jahn, un actor metido en mil batallas en películas de Pablo Larraín, Sebastián Leilo, Nicolás López, y más, transmite todo el terror y la maldad del citado coronel. Boris Quercia es el otro coronel, que tiene en su haber los directores Andrés Wood, y sus comedias populares como director. Sigan su instinto y no se pierdan una película como Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato, del que después de ver su primer largometraje, estaremos muy atentos a sus próximos trabajos, porque demuestra una gran inteligencia para introducirnos en la piel, el rostro y el cuerpo de un hombre que, cuando todo parecía en su contra, impuso su humanidad. Una película que les  explicará una parte íntima y personal de un antihéroe como Silva que se vio envuelto en una situación donde el terror y la violencia se apoderó de la armonía y la paz que tenía, y en ese instante, fue cuando sacó su humanidad y se lanzó a lo que consideró justo y humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La buena hija, de Júlia de Paz Solvas

CARMELA YA NO MIRA PARA OTRO LADO. 

“El silencio es el grito más fuerte”.  

Arthur Schopenhauer

En Harta (2022), un cortometraje de 23 minutos, la directora Júlia de Paz Solvas (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 1995), nos retrata el reencuentro de Carmela, una niña de 12 años con su padre condenado por violencia de género en un centro familiar. A partir de ese instante ha nacido la película La buena hija, coescrita por Núria Dunjó López y la propia directora, en la que Carmela, ya en la adolescencia, arranca con el citado reencuentro con su padre. La trama gira en torno a la mirada de Carmela, metida entre esos dos universos que, poco a poco, irá viendo una realidad muy diferente. Una realidad que se llenará de oscuridad, y también un resquicio de luz que le dan sus momentos de ternura con su abuela y el desasosiego con sus compañeras de instituto, con las cosas propias de su edad. La película es muy íntima, nada condescendiente, es muy áspera, en muchos momentos duele mucho, ahoga con intensidad, pero también hay luz, aunque no cegadora, sino dificultosa, porque el miedo, el silencio y las dudas asaltan a la joven.   

Segundo trabajo de la directora catalana, después de su apreciable ópera prima Ama (2021), donde la cosa también giraba en torno de los amores materno/filiales, en el que una mala madre hacía y deshacía con su hija pequeña por un Benidorm muy alejado de la estampita colorista que venden a los turistas. Con La buena hija sigue indagando en las relaciones, en este caso paterno/filiales, desde un lado más oscuro, donde hay un padre, condenado por violencia de género, y una hija Carmela, desde donde los espectadores vemos, sentimos y sufrimos la historia. Vuelve a contar con su coguionista cómplice, la mencionada Núria Dunjó López, y construyen una trama de grietas, tan cotidiana como insana, que emana mucha verdad, la que nos encoge el alma, en esa bifurcación en el que se encuentra la protagonista, entre un amor hacia el padre y un enfrentamiento diario con una madre que intenta protegerla. La niña verá cosas y se dará cuenta de otras, en su difícil tránsito entre una adolescencia que está despertando a los primeros besos, los cambios profundos, y a esa travesía donde todavía estamos experimentando demasiadas cosas y no logramos a entender la mayoría, dando palos de ciego, y encima, la difícil tesitura en la que Carmela se encuentra en su entorno familiar.

Como sucedió en Ama, la cinematografía vuelve a estar firmada por Sandra Roca, continuando con esa cámara nerviosa y agitada, casi pegada al cuerpo de los personajes, que los sigue sin descanso, siendo una extremidad más, consiguiendo esa oscuridad/luz que atraviesa toda la película, en una mezcla poderosa que le da fuerza y sentido a cada encuadre y secuencia, en un torbellino de miradas, gestos y silencios. La sensible y potente música de Natasha Pirard, la música afincada en Gante (Bélgica), ayuda a tonificar cada plano y cimentar con toques muy sutiles todas las grietas existentes y silentes que componen la película. Mencionar especialmente la labor del diseñador de sonido Enrique G. Bermejo, con más de 100 títulos en su extensa filmografía, las más recientes han sido Sorda y Esmorza amb mi. El precioso y soberbio montaje de Oriol Millán, que ha estado en todos los trabajos de Júlia de Paz Solvas, realiza una edición de puro corte, donde todo se aglutina a través de la intensidad y lo físico en una historia que no para en ningún momento, muy del tono del Free Cinema y los Dardenne, donde la agitación cotidiana envuelve todo el entramado emocional de lo que está ocurriendo en el interior de los personajes y las fuertes experiencias con las que deben lidiar en sus magníficos 103 minutos de metraje.  

Si Ama sigue estando en nuestra cabeza, mucha responsabilidad tiene la interpretación sobrecogedora de Tamara Casellas. Un aspecto que sigue con fuerza en La buena hija, en la que cada composición está tratada con sobriedad y mucha intimidad. La citada actriz, aparte de aparecer en un par de secuencias, es la coach de interpretación de la gran revelación Kiara Arancibia Pinto, la joven de Sant Andreu de la Barca, descubierta para otro proyecto por Irene Roqué, otro gran nombre de nuestra cinematografía con casi 90 títulos, entre los que destacan muchas películas con Ventura Pons, La hija de un ladrón, Libertad, La maternal y Creatura, entre otras. Lo de Kiara es espectacular, la mezcla de matices y detalles que genera con su personaje, un acierto que sostiene con credibilidad y fuerza los altibajos emocionales de su personaje. Le acompañan Janet Novás como la madre que, desde que la vimos en O corno (2023), de Jaione Camborda, nos sigue emocionando porque lo dice todo sin expresarlo verbalmente, Petra Martínez es la abuela, una actriz que, sabe contagiar sin necesidad de tanta emocionalidad, y Julián Villagrán el padre, uno de esos actores capaces de hacer lo que sea, porque siempre resulta natural y muy cercano.

Si están en duda de ver La buena hija no lo se lo piensen más, porque si han llegado hasta aquí, les he explicado sobradas razones para ver la película, en la que el respetado público se encontrarán una historia sobre la capacidad de amar, sobre cómo amamos, y cómo gestionamos el dolor, el silencio como arma y poder contra nosotros, también habla sobre la dificultad de seguir estando cuando todo se pone en tu contra, los conflictos familiares cuando eres demasiado joven para gestionarlos y mucho menos para entenderlos y seguir viviendo, si eso es posible. La luz y la oscuridad como elementos que se mezclan y tú en medio de todo eso que debe seguir en pie, con tu vida y con todo lo que ello conlleva. La mirada íntima a problemas diarios que están ahí, y la capacidad de la película en su profundidad sin ser sentimentaloide ni nada que se le parezca, porque todo destila verdad, naturalidad y muchísima transparencia, muy alejada de todas esas películas con tufillo emocional que manipulan los sentimientos para llevar al espectador con artimañas poco sutiles. Es una película sobre lo femenino a partir de tres generaciones y su forma de ayudarse  y cuidarse ante la violencia. La directora Júlia de Paz Solvas vuelve con una cinta que muestra lo que duele, lo que nos enfrenta a nosotros, y sobre todo, sabe mirarlas, retratar el miedo, la culpa y demás verdades, y lo hace con sinceridad y mucha honestidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Calle Málaga, de Maryam Touzani

TODA UNA VIDA EN… TÁNGER. 

“Las raíces no están en el paisaje, ni en un país, ni en un pueblo, están dentro de ti”. 

Isabel Allende 

Después de dos obras como Adam (2019), y El caftán azul (2022), la directora Maryam Touzani (Tánger, Marruecos, 1980), ambientadas en Casablanca y la medina de Salé, ancladas a partir de dos tabúes de su país como el embarazo fuera del matrimonio y la homosexualidad, a partir de relatos extremadamente sensibles y profundos, domésticos y naturalistas, donde cada mirada, gesto y silencio se apoyan en unos conflictos trascendentales pero tratados desde lo más íntimo y cercano. Su tercera película, Calle Málaga, se instala en su ciudad natal, y rescata de su pasado a su abuela española, trasladándose a la cotidianidad de María Ángeles, una anciana de 79 años, que nació en la ciudad y ahí sigue como una vecina más, como demuestra el magnífico prólogo, en la que vemos a la mujer comprando y relacionándose con sus convecinos comerciantes, soltando alguna que otra palabra en árabe, y emocionada con la visita de su única hija, Clara, que no traerá las noticias esperadas de reencuentro, sino otras, la intención de vender el piso de María Ángeles y poner a su madre en una residencia, hecho que la madre se negará en redondo. 

La película sigue en la intimidad de las anteriores cintas de la cineasta marroquí, aderezada con algo de ligereza, pero que no tomemos como engaño, porque dentro de la historia se confrontan situaciones tan duras y difíciles como sus predecesoras. Tenemos el conflicto intergeneracional, que ya se profundiza en las dos primeras, esta vez entre una madre e hija, demasiado alejadas, tan extrañas como diferentes. Si en las otras el hijo era la raíz, en la segunda, la homosexualidad latente y oculta, en esta, es el piso que separa y alimenta la tensión entre madre e hija. Aunque el espacio exterior es capital en las tres películas, los relatos se instalan en las cuatro paredes de la pastelería de Adam, la sastrería de El caftán azul, y el piso de la discordia habitado por María Ángeles. Tres lugares que escenifican lo compartido y lo alejado en los diferentes personajes. Un lugar doméstico testigo de los conflictos y sobre todo, de las vidas tan distantes que lo habitan, porque en el cine de Touzani nada está al azar, todo lo que vemos está muy pensado, y cada objeto y espacio se ciñe a las emociones por las que están pasando los protagonistas. Un cine que nos habla a hurtadillas, a través de unos seres que se esconden de todos y sobre todo, de sí mismos.   

La cineasta árabe vuelve a contar con la cinematografía de la polaca Virginie  Surdej, que ya trabajó en sus primeras películas, a la que conocemos por sus trabajos con Nabil Ayouch, coguionista y productor de los tres films de Touzani, y con el guatemalteco César Díaz, La luz tenue y opaca de los interiores, donde predominan las sombras está mezclada con la luz mediterránea de ese Tánger tan vivo, tan cálido y tan íntimo. La música alegre y contenida, según la situación, de Freya Arde, de la que vimos no hace mucho el documental Riefenstahl, de Andres Veiel, ayuda a reflejar las alegrías y tristezas que se mueven por la historia, sin hace hincapié en ninguna de las dos cosas, sino contando esa naturalidad en la que vivimos la mayoría, con esos días buenos, malos y la mayoría sin más. El montaje lo firma una grande de nuestra cinematografía como Teresa Font, con más de 100 títulos al lado de grandes como Aranda, Jordà, Uribe, y más recientemente, Almodóvar. Una edición que se va casi a las dos horas de metraje, en la que todo pasa de forma suave y tranquila, con esos golpes inesperados que vienen por parte de la hija, en la que el montaje capta con atención y sensibilidad todos esos pormenores que agitan tan violentamente la paz de la protagonista. 

Si en las dos primeras obras de la directora marroquí el reparto pivota a partir del buen hacer, la mirada, el cuerpo y la gestualidad de la gran Lubna Azabal, en Calle Málaga el testigo lo recoge una excepcional Carmen Maura. La actriz madrileña con más de 165 títulos en una filmografía extraordinaria que arrancó en aquel lejano 1971 en El hombre oculto, de Ungría. Con sus espléndidas 80 primaveras en plena vitalidad cinematográfica después de Vieja loca, nos llega su María Ángeles, uno de esos personajes tan queridos que la Maura lo hace con gran sensibilidad, con elegancia y cotidianidad, tan bello, tan fácil y sobre todo, tan poderoso cuando la cosa se pone dura. Un regalo para los espectadores para una de las actrices más importantes de las últimas cuatro décadas. Le acompañan una magnífica Marta Etura como la hija antipática que viene con la soga al cuello y usa a su madre como revulsivo a su desgraciada existencia. También vemos al estupendo actor/director marroquí Ahmed Boulane como Abslam, el anticuario que tendrá un gran papel en la vida de la Maura, que hemos visto en películas del citado Ayouch, y en la serie Los farad. Completan el elenco Miguel Garcés, que hace poco vimos como padre en Los domingos, y la veterana María Alfonso Rosso, con más de 30 años de carrera. 

Si deciden ver una película como Calle Málaga, de Maryam Touzani, se introducirán en un universo como Tánger, que los franceses llamaban “La novia de París”, que se parece muy poco en el creció y vivió María Ángeles, como ese retrato del Gran Teatro Cervantes que tiene en cada, y después el real, lleno de vallas y andamios en pleno derrumbe por unas obras que lo cambiarán. Una metáfora que describe el sentimiento que tiene la protagonista de la película, porque ella se siente de ahí, por mucho que cambie su fisonomía, sus gentes y lo demás. Porque lo que no cambia es el interior de cada uno, eso que no puede explicarse pero sabes que es así. Además, la película la protagoniza una mujer de 80 años, algo que no sucede con frecuencia en el cine ni en otras artes, como si la vejez fuese una condena o una enfermedad que nadie quiere padecer. Cosas estúpidas de nuestra especie sapiens. Porque la vejez de María Ángeles no está nada mal, porque mientras haya ganas de vivir, todo puede ocurrir como descubrir el amor, el sexo, nuevas amistades, nuevas sensaciones y sobre todo, nuevas ganas de seguir viviendo, experimentando, descubriendo la vida y a uno mismo, porque para eso, no hay edad que valga, mientras haya salud, uno es capaz de todo, aunque tarde un poco más en hacerlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un altre home, de David Moragas

EL AMOR EN EL ESPEJO.  

“La insatisfacción de los humanos, ese querer siempre algo más, algo mejor, algo distinto, es el origen de innumerables desdichas”. 

Rosa Montero

Hace seis años me sorprendió gratamente A Stormy Night, de David Moragas (Almoster, Tarragona, 1993), una película sobre dos hombres casi desconocidos que deben compartir un pequeño espacio durante una tormenta en New York. Una historia LGTBI que se desmarca de los habituales conflictos, para profundizar en temas que afectan a las emociones más íntimas. Ahora nos llega Un altre home, el segundo largometraje del tarraconense nos vuelve a plantear la temática LGTBI, pero desde una mirada alejada de los estereotipos y convencionalismos que suelen ir de la mano, porque el relato ahonda en dos jóvenes en la treintena, Marc y Eudald, y los conflictos de cualquier pareja, en la que uno no lo tiene tan claro como el otro, y en las distensiones que se van produciendo a medida que uno quiere ir a más y el otro echa el freno. La insatisfacción como leit motiv de la sociedad actual, en la cual se definen muchos de nuestros problemas cotidianos. 

Moragas habla de su ambiente, de una Barcelona donde la vivienda se ha convertido en un lujo, a pesar que sus protagonistas tienen profesiones liberales. Siendo una película sobre relaciones sentimentales y lo perdidos que andamos, tiene esas texturas sociales, como no puede ser de otra manera. También se habla de familia, de lazos frágiles y de herencia, y sobre todo, el relato habla de quiénes somos, cómo vivimos y hacia dónde vamos, erigiéndose en un relato audaz y sencillo que, en un tiempo, se podrá ver como una cierta forma de vivir y relacionarse en la Barcelona de aquí y ahora. La película se mueve entre el drama intimista, en esos espejos que reflejan nuestra mirada y sentimientos, y rara vez nos devuelve la imagen que hemos proyectado en nuestro interior, dándonos un golpe de realidad que duele mucho, porque no se parece a lo que creíamos que sucedería, las malditas expectativas convertidas en esclavas de nosotros mismos. Hay toques de comedia que se camuflan con esa realidad cotidiana, y otros como los que tienen que ver con la cisterna que actúa como reflejo, que nos aprisiona en un batiburrillo de prisas, fisicidad alocada y un no parar que nos agita hacia no se sabe dónde.  

El cineasta afincado en Barcelona se ha acompañado de algunos de sus cómplices más cercanos como la cinematografía que firma Juli Carné Martorell, habitual del cine de Andrea Jaurrieta, dotando al encuadre de esa ligereza e intimidad en que el espacio doméstico se convierte en verdad y mentira, en insatisfacción y deseo, en espejo y reflejo, como esos maravillosos viajes en taxi, a modo de confesionario en que los personajes se van diciendo o callando según el momento. La música de Clara Peya, de la que conocemos su trabajo en el documental EnFemme (2018), de Alba Barbé i Serra, y películas de Laura Jou y Javier Ruiz Caldera, entre otros. Una composición que, en algunos instantes, recuerda a la de El perquè del tot plegat (1995), del gran Carles Cases, tan brillante, tan personal, tan juguetón y tan vibrante. El gran trabajo de sonido que firma Júlia Benach, con más de 40 títulos en su filmografía, responsable de las recientes Ruido y Balandrau, vent salvatge, que logra captar todos los matices en una historia honesta que cada gesto, mirada y silencio resultan muy importantes. El montaje de Alba Cid, que conocemos por Les perseides, y las series El estafador del amor y Asfalt, donde coincidió con Moragas que, en sus 90 minutos de metraje, sabe encauzar los conflictos de forma que siendo evidentes sean un elemento más dentro de ese universo habitual de idas y venidas, de miradas indiscretas y de balcones que son un reflejo más. 

Como sucedía en A Stormy Night, el reparto de la película funciona con acierto, naturalidad y sin complejos, con unos personajes nada fáciles que destilan mucha sutileza, cero histrionismo y alejados de lo condescendiente. Tenemos a un enorme Lluís Marqués, visto en Isla bonita, de Colomo, y Girasoles silvestres, de Jaime Rosales, entre otras. Su Marc es un tipo enamorado, aunque le asaltan las dudas de la relación y sobre todo, de sí mismo. Le acompañan Quim Ávila, su chico, mucho más seguro de todo, con cercanía y con esa frase que es la “solución a todo”. La presencia de Bruna Cusí, tan natural y magnífica como es habitual en la actriz barcelonesa, haciendo de Marta, la hermana de Marc, con sus dimes y diretes con el pasado y su relación como esposa y madre. Deberían acercarse a conocer una película como Un altre home, de David Moragas, porque les hará reflexionar sobre quiénes son, sobre cómo aman, y sobre todo, como hacen y deshacen en la sociedad actual que nos ha tocado vivir, con tanta prisa, tanto movimiento y tan poco amor, o el que hay, tan impostado, tan mercantilista y tan mal. La película plantea muchas preguntas, una de las cosas que hace el buen cine, y ninguna respuesta, porque ese asunto tan peliagudo de las conclusiones es cosa de los espectadores, meditando en sus circunstancias y en sus espejos/reflejos particulares. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alex Guimerà y Oscar Tusquets

Entrevista a Alex Guimerà y Oscar Tusquets, director y protagonista de la película «Dios lo ve», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el miércoles 30 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Guimerà y Oscar Tusquets, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Sílvia Maristany del equipo de comunicación del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La terra negra, de Alberto Morais

LAS GENTES DEL MOLINO. 

“Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante que ocupa el poder, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde”. 

Pier Paolo Pasolini 

El universo cinematográfico de Alberto Morais (Valladolid, 1976) lo componen relatos sobre lo humano y la resistencia en el que pululan “los otros”, desplazados e invisibles que hacen de su cotidianidad un coraje para seguir adelante a pesar de los pesares, a partir de una estructura en la que el itinerario establece la forma y el fondo.  En su primera obra Un lugar en el cine (2007), un alegórico documental que  seguía a Angelopoulos, Erice y Tonino Guerra en sus reflexiones sobre la experiencia cinematográfica, en Las olas (2011), un anciano hacía un largo viaje para volver a Argeles, donde estuvo preso después de la guerra, en Los chicos del puerto (2013), unos chavales recorrían de punta a punta Valencia con el propósito de hacer un último recado al abuelo de uno de ellos, y finalmente, en La madre (2016), un adolescente deambula en busca de cariño tropezando con la cruda realidad. 

Con La terra negra, el cineasta, valenciano de adopción, con un guion escrito por Samuel del Amor y él mismo, en el que continúa con los derrotados, pero virando un poco, en ésta ya no hay movimiento ni viaje, todo es mucho más interior, donde vuelve a lo rural como hiciese en La madre, instalándose en una película de corte clásico, estática y pausada, partiendo de una estructura del western más cercana a Peckinpah y Hellman, nos sitúa en un pueblo valenciano en la actualidad alrededor del trabajo de un molino regentado por dos hermanos, Ángel y María al que llega un forastero, Miquel, para trabajar y ser uno más. Inmediatamente, asaltan los recelos de los otros habitantes de la zona y amigos de Ángel, que ansían poder controlar el codiciado molino. Y no acaba ahí la cosa, porque Miquel tiene un poder que puede influenciar en la conducta de las personas. Como pueden imaginar, el conflicto se desata. Morais planta la cámara y nos cuenta una historia con reminiscencias a la tragedia griega, donde la bondad y lo humano y lo sagrado se enfrentan a lo oscuro, a la envidia y a la violencia, y lo hace con una película que se ve con mucho interés, donde todo avanza con reposo y calma, a partir de un tempo en el que prevalecen los personajes, sus relaciones y los abundantes silencios, miradas y gestos, generando una atmósfera muy oscura a través de lo más cotidiano. 

La excelente cinematografía de Roberto San Eugenio, al que conocemos por sus trabajos con el director Samuel Alarcón, construye una luz muy cercana y natural, porque lo que se busca es que lo doméstico adquiera esa misticidad que proviene del personaje de Miquel rodeado de un microcosmos donde impera una rabia violenta que emana en las raíces del odio y la maldad. El montaje de Julia Juániz, tercera película con Morais, después de las citadas Un lugar en el cine y La madre, donde vuelve a realizar un trabajo excelente, en que se impone un ritmo adecuado y abrumador, donde el enfrentamiento entre la luz y la oscuridad es constante, donde lo terrenal y lo divino se manifiestan como en el cine de Pasolini, claro referente que ya estaba en Un lugar en el cine, ya que Angelopulos viajaba hasta Ostia, la playa donde fue asesinado el insigne cineasta-poeta italiano. Juaniz, con más de 70 películas en su filmografía al lado de Carlos Saura, con el que hizo 10, amén de Erice y Mercedes Álvarez, entre otros, construye una magnífica película con unos intensos 100 minutos de metraje, con unos planos que no sólo explican lo que vemos sino todo aquello que permanece en el lugar pero todavía no sabemos ver.

Otro elemento fundamental en la película y en todas las obras de Morais son sus excelentes repartos. Aquí tenemos a una pareja extraordinaria como son Laia Marull, en su tercera película con el director, después de ser la bondadosa compañera de viaje del abuelo de La olas, siguió con la no madre ausente e inmadura de La madre, y ahora, le ha tocado en suerte a María, la que volvió al molinos después que la vida le zurrara bastante, sobrevive llena de amargura y silencio, la llegada de Miquel, interpretado por un grande como Sergi López, uno de los grandes actores del país y de Europa, que da ese toque de extrañeza, persona de vuelta de todo y humanidad que tanto falta en el pueblo maldito. El tercero en discordia es Ángel que hace un magistral Andrés Gertrudix, el hermano heredero, amigo de todos los “otros”, un tipo débil que no acaba de asumir el mando. Y luego están los codiciosos: tenemos a Abdelatif Hwidar, y los valencianos, la gran presencia de un poderosa actriz como Rosana Pastor, Álvaro Báguena, María Albiñana, que ya estaba en La madre, Toni Misó y Bruno Tamarit, que conforman “el pueblo” tan arraigado a la tierra que cualquier extrañeza y diferencia la enfrentan con miedo y usando la violencia grupal como recurso cobarde y enfermizo. 

Morais hace su película más poderosa y más llena de recovecos y pliegues que se erige como ejemplo de una sociedad que no acaba de romper con ese pasado de crueldad y violencia y no tiene la capacidad de resolver sus conflictos mediante la palabra y el amor. Quizás hay una parte de nuestra condición que se resiste a dejarnos y nos golpea con fuerza cuando el miedo al otro y a la pérdida de no sé qué valores ancestrales que nos someten a una realidad que ya no existe, porque los tiempos cambian y nuestras formas de ser parecen ancladas a realidades pasadas que nos envuelven en un aire de superioridad que se mezcla con miedo e irracionalismo. La terra negra es una película que expone todo esto, y lo hace con sencillez y honestidad, sin trampas ni estridencias argumentales, con mucha naturalidad en el que se fusionan lo humano con lo sagrado, lo más terrenal con lo místico, tiene aquello que tanto le gustaba a Bresson, donde los cuerpos lo dicen todo, sin recurrir al diálogo. Tiene ese aroma de la tragedia rural, donde todos están contra todos, donde el bien parece un leve resquicio de luz ante tanta podredumbre y un odio visceral que no razona, que no habla, que pega y mata. Sigamos alerta porque los monstruos siempre se disfrazan de todo menos de lo que son. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Faisaien Irla (La isla de los faisanes), de Asier Urbieta

LA FRONTERA QUE NOS SEPARA.  

“En la naturaleza no existen fronteras. No están más que en nuestra mente. Toda tierra es de todos, y toda cultura no es más que ideas que nos separan”. 

Anthony de Mello

El impresionante plano secuencia cenital que abre Faisaien Irla (La isla de los faisanes, en castellano), de Asier Urbieta (Errenteria, Guipúzcoa, 1979), que sigue el curso del río Bidasoa, en el que vemos los límites de la frontera hasta llegar a la citada Isla de los Faisanes, el condominio más pequeño del mundo que se reparten la soberanía España y Francia cada seis meses. Después de semejante obertura, la película se instala en la peculiar idiosincrasia del lugar y más concretamente, en la pareja que forman Leida y Sambou, de padres africanos, y el suceso que les situará en mitad de una frontera cuando ella salva a un inmigrante de las aguas del río, mientras él se queda paralizada mirando la escena. Ante ese hecho y las reacciones tan diferentes de cada uno, y aún más, cuando Leida decide emprender una investigación para conocer la suerte del otro. A medias del cine social, el thriller de investigación y sobre todo, la de una forma de transitar por los dos países de los autóctonos en total libertad, y la de los inmigrantes, siempre huidos y ocultados. 

La puesta de largo de Urbieta, después de los cortometrajes Pim, Pam, Pum (2008), y False Flag (2016), y la miniserie Alsasu (2020), es un cinta con hechuras y sólida, que retrata un lugar poco conocido y sobre todo, los sucesos que allí ocurren, y lo hace desde el prisma de un cine social de “verdad”, es decir, que no recurre a las estridencias argumentales ni a la algarabía formal, sino que construye con brillantez y sobriedad un relato humano, que toca temas morales y además, lo hace desde la honestidad y la seriedad, adoptando una mirada observadora donde encontramos complejidad y confusión por parte de los diferentes personajes que optan por vías antagónicas. Un guion que firman el propio director junto a Andoni de Carlos, que ya trabajó con Urbieta en anteriores trabajos, amén de Handia (2017), de los Moriarti, consigue esas dosis de cine policíaco desde la cotidianidad protagonizada por individuos que pasaban por allí y tienen la necesidad de saber más, de hacer algo ante tremebundo drama y no mirar a otro lado. En ese sentido, la película sabe explorar las diferentes visiones que residen en la zona, y no cae en la condescendencia ni en la típica historia facilona y bien intencionada, aquí hay miedo y humanidad en cada gesto y cada mirada. 

Un gran trabajo técnico ayuda a transmitir toda la absorbente atmósfera que respira la historia empezando por la extraordinaria cinematografía de Pau Castejón, del que hemos visto buenos trabajos como Todo parecía perfecto, de Alejo Levis, Hogar, de los hermanos Pastor, la serie Apagón, y la reciente Desmontando un elefante, de Aitor Echevarría, en un ejercicio que traspasa la pantalla transmitiéndonos toda la inquietud y temor que viven los inmigrantes y la desesperanza que hay entre los vascos. La música de Rüdiger y Elena Setién construyen esa desazón entre tanta zona oscura y sombría que recorre toda la película, así como el magnífico trabajo de montaje de Maialen Sarasua, una grande con películas con Samu Fuentes, Estibaliz Urresola, y con los mencionados Moriarti ha hecho sus últimos trabajos, la serie Cristóbal Balenciaga y la reciente Marco, con un gran dominio del tempo cinematográfico con sus 98 minutos de metraje en una narración in crescendo que nos va llevando con gran intensidad y terror, por ese paisaje físico y emocional que atraviesan los personajes, tan cercanos como llenos de miedo por lo que están experimentando. Destacar el trabajo como ayudante de dirección de Telmo Esnal, director de las comedias Aupa, Etxebeste! y su secuela, de la película colectiva Kalebegiak y la fantástica Dantza. 

En una película de estas características es capital la parte interpretativa donde brilla la pareja protagonista que forman Jone Laspiur de la que volvemos a ver un gran trabajo como ya hiciese en Akelarre, Ane, Negu hurbilak, en una composición que traspasa la pantalla dotando a su Leida de gran humanidad y complejidad y sus ganas de cambiar el mundo aunque sea más despacio de lo que imaginaba. Le acompaña Sambou Diaby, con poca experiencia que aquí hace un personaje brutal, que no actúa en el momento citado y debe hacer entender a su pareja su postura, en la que transmite toda esa confusión que tiene a partir de ese instante. Ibrahima Kone hace de Nassim, el africano huido que salva Leida de morir ahogado.  Tenemos a dos grandes como Itziar Ortuño, que hace un personaje de una asociación que ayuda a los inmigrantes, y Josean Bengoetxea, haciendo de padre de Leida, siempre tan bien los dos. Y otros intérpretes como Aia Kruse, Ximun Fuchs, Jon Olivares y Rodonny Perriere, entre otros, que consiguen dar profundidad a la historia mostrando todas las realidades, culturas y relaciones que se van estableciendo en la frontera humana y en las otras, más emociones y prejuiciosas. 

Celebramos que Arcadia Motion Pictures siga apostando por cineastas como Asier Urbieta y produzcan su ópera prima, porque estamos ante un narrador muy interesante que sabe manejar el paisaje fronterizo generando esas otras fronteras y límites que nos vamos construyendo los seres humanos, tejiendo esos espacios de seguridad y de peligro. Nos alegramos que se estrene una historia social, hablando de inmigración desde una mirada poco transitada por el cine como es la del río Bidasoa, y lo haga con el aroma de las películas de Fritz Lang, que también maneja las fronteras físicas y emocionales y la complejidad que se producían en esos lugares inventados y legalizados. El célebre personaje que hacía Orson Welles en la inolvidable Touch of Evil (1958), el tal Quinlan, un policía amargado y cansado que soltaba aquella sentencia tan real como triste: “Las fronteras son los lugares donde van a parar el estiércol de los países”. Una frase que podría casar muy bien con Faisaien Irla, porque aunque parezca que la frontera no existe para unos, para otros, los más necesitados y derrotados si que sigue y muy vigente, quizás no se puede hacer nada ante tanta injusticia, aunque quizás sí, aunque para ello tengamos que armarnos de valor y muchísima paciencia como le sucede a Leida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Muy lejos, de Gerard Oms

FRENTE AL ESPEJO. 

“La vida no se trata de encontrarse a uno mismo, sino de crearse a uno mismo”. 

George Bernard Shaw

Estamos a finales del 2008 cuando Sergio viaja a Utrecht (Holanda), junto a unos compañeros para ver el partido de su equipo el Español contra el equipo local correspondiente a la Uefa. Después del partido y con la excusa de haberse dejado el pasaporte, Sergio decide quedarse a partir de un gesto espontáneo, visceral y sin ser muy consciente de su decisión, aunque lo único que tiene claro es que no quiere volver a Barcelona. Desde ese momento, el joven barcelonés debe buscar un lugar donde dormir, un trabajo para subsistir y hacerse con una ciudad muy fría, lluviosa y donde todos son extraños. Así arranca Muy lejos, el interesante y en parte autobiográfico debut del catalán Gerard Oms, autor de dos cortometrajes como director, actor y formador de intérpretes en películas como La mitad de Ana, Upon Entry, Los renglones torcidos de Dios y Sis Dies corrents, y actores como Mario Casas que da vida a Sergio, su protagonista que, en plena crisis laboral, y sin pensarlo, decide empezar de cero en una ciudad tan alejada y tan fría de él, donde él no conoce nada ni a nadie.  

A partir de un guion del propio director, el relato se centra en la mirada de Sergio, con una cámara pegada a él, siendo una parte de su cuerpo más, donde iremos descubriendo su nueva realidad. Una película social y por ende, política, sin caer en la condescendencia ni en sentimentalismos de turno, aquí todo es real, o mejor dicho, tiene la verdad que no escamotea, sino la que te mira a los ojos, la que te enfrenta con los problemas de alguien en una ciudad que le es totalmente desconocida y hostil, siendo un extranjero más como el joven marroquí que se convierte en un compañero de fatigas, de ese otro mundo o mejor dicho, submundo, donde las sombras de los ilegales se pierden en callejones oscuros y vidas mal vividas en un gris sótano. Se agradece y mucho la mirada de Oms a lo social, un espacio poco transitado por el cine actual y mucho menos el que se hace por estos lares, y además, su forma de adentrarse en ese mundo, haciéndolo desde lo humano, lo más cercano y lo cotidiano, dotando a su película de transparencia, donde podemos sentirnos uno más rodeado de la urbe ajena y tan diferente, en que la los encuadres van mostrando fragmentado el entorno que enriquece la película y la visión al unísono con el protagonista. 

Como ya he comentado la magnífica cinematografía de Edu Canet, que ya trabajó con el director en el corto Has estado, hace tiempo (2022), y en el debut como director de Mario Casas en Mi soledad tiene alas (2023), con esos planos tan naturales y cercanos que van creando esa idea de verdad que tiene toda la película, siguiendo el mismo andar de Sergio, con el que vamos conociendo la ciudad y las personas que se va cruzando, siempre desde un modo de frente en la misma altura de cada plano. La música de Silvia Pérez Cruz, no sólo da ese calor tan necesario en una trama tan dura, sino que va abriendo esos pequeños resquicios que van en ritmo del viaje de descubrimiento que tiene el protagonista. El montaje lo firma la cinesa Neus Ballús, que ha trabajado con Oms, en un profundo y sensible ejercicio que ayuda a ver la realidad sin cortapisas de una inmigración que intenta mantenerse a flote en un país tan europeo y occidental como tremendamente hostil con el diferente, como dejan claro en una secuencia muy descriptiva, sin caer en el relamido retrato de buenos y malos, sino en una película que explica una realidad que podría ser cualquier país de la mal llamada Unión Europea, que alardea de valores humanos pero que explota sin ningún tipo de escrúpulos a los de afuera, aprovechándose de su situación. Cosas de la hipocresía que la película retrata con firmeza. 

En el campo interpretativo tenemos a un gran Mario Casas que desde su interpretación en la excelente Grupo 7 (2012), de Alberto Rodríguez, y a medida que ha ido cumpliendo años ha ido dejando aquel sanbenito de joven galán para convertirse en un actor magnífico como ha demostrado en películas como Ismael, de Marcelo Piñeiro, Toro, de Kike Maíllo, Bajo la piel de lobo, de Samu Fuentes, el practicante, de Carles Torres y No matarás, de David Victori, entre otras. Su Sergio es un personaje duro y vulnerable, perdido y corajudo, sensible y con coraza que irá quitándose a medida que vaya viviendo en su “exilio”. Le acompañan el siempre convincente David Verdaguer, en uno de esos personajes amargados de su estancia en la ciudad holandesa, enfadado con todos y sobre todo, con él mismo, que es una especie de antítesis del personaje de Casas. llyass El Ouahdani interpreta al compañero de “curro” del protagonista, transmitiendo naturalidad y esa vida oculta por su condición de ilegal, como ya hizo en la interesante Suro, de Mikel Gurrea. También encontramos las presencias de Raúl Prieto, Nausicaa Bonnin y Daniel Medrán, entre otros intérpretes autóctonos que dan ese alcance que tiene la historia. 

Celebro y aplaudo una película como Muy lejos, y disfrutamos de la llegada a la dirección de largometrajes de alguien como Gerard Oms, en una película producida por el citado Carles Torras, porque su sencilla y cercana película tiene muchos frentes abiertos. Por un lado, tenemos a Sergio, un tipo desplazado que emprende su propia aventura, la de mirarse frente al espejo al que todavía no ha sido capaz de mirarse, y hacer un viaje emocional en una ciudad extraña donde descubrirá muchas cosas que hasta ahora no se atrevía a descubrir. Después está la mirada al trabajo, con un corte social que nada tiene que envidiar en absoluto a los tótems del cine europeo como Loach Leigh, Dardenne, Frears, etc… Porque tiene una mirada cruda y sensible hacia el tema del empleo, el ilegal, y el de la inmigración, sin ser positivista ni nada que se le acerca, sino a través de una mirada reflexiva, profunda y de verdad, con sus momentos de humor, sensibilidad y cercanía, como demuestra la heterogeneidad de idiomas, se escuchan hasta cinco, o más, y la diversidad y complejidad de cada personaje, contando sus circunstancias, y sus deseos, anhelos e ilusiones, en una historia que retrata a Sergio que es en realidad muchos que, en un momento de sus vidas, deciden irse y descubrirse de una vez por todas, en un lugar extranjero y desde cero. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Estibaliz Urresola Solaguren

Entrevista a Estibaliz Urresola Solaguren, directora de la película «20.000 especies de abejas»,  en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el lunes 17 de abril de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Estibaliz Urresola Solaguren, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Andrés García de la Riva de Nueve Cartas Comunicación y a Lara P. Camiña de BTeam Pictures, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA