Yo no moriré de amor, de Marta Matute

CUIDAR Y CUIDARNOS.  

“Sólo hay cuatro tipos de personas en el mundo: los que han sido cuidadores, los que son cuidadores, los que serán cuidadores y los que necesitarán cuidadores”

Rosalynn Carter

Hay dos elementos que sobresalen en Yo no moriré de amor, la magnífica puesta de largo de Marta Matute (Madrid, 1988). Uno es la familia, el centro neurálgico para bien o mal de nuestras existencias. Un género en sí mismo, abordado desde muchas miradas, clases, condiciones y negruras. El otro elemento es la enfermedad mental, esté menos tratada en el cine, y más concretamente, el de la demencia frontotemporal, más residual. Así que, el primer largometraje de la madrileña no sólo aborda un caso apenas expuesto en una pantalla, sino que lo hace situando el foco en la familia, en ese núcleo que, debido a la enfermedad neurodegenerativa, deberá estar más cerca y ayudarse y sobre todo, cuidarse, porque de eso va la película, de mirar a los otros y echarse una mano, y comprenderse, y no luchar los unos con los otros. La historia se centra en una familia cualquiera, en una familia que podría ser la nuestra. 

La directora, licenciada en Comunicación Audiovisual y diplomada en Arte Dramático, construye una home movie, donde lo doméstico se torna esencial y tremendamente cotidiano, a partir de la mirada de la más benjamín de la familia, Claudia, una joven de 18 años, que se forma para actriz, trabaja de camarera y tiene los sueños y las ilusiones de alguien propio de su edad. Tenemos a Inés, la hermana mayor que vive con su pareja en Barcelona, y el padre, recién jubilado después de una carrera como militar. Una familia que muestra poco cariño, como la mayoría, en la que cada uno hace la suya, se trata lo justo y poco más. La enfermedad de la madre los acerca por el deber que tienen encima, el de cuidar a la enferma, llevándolos a conflictos y luchas entre ellos que van capeando como pueden y siguen a pesar de la soledad, el malestar y el peso de cuidar a una persona que cada día está peor y el conflicto emocional que va supurando en cada uno de ellos. La película muestra todas estas aristas desde la sutileza y contención, alejándose de la pornografía del dolor y temas del estilo. Todo se muestra desde las miradas, los gestos y los silencios que se van apoderando e instalando en ese piso. 

La cineasta de Valdemoro ha cuidado con mucho detalle y precisión la luz mortecina y velada que estructura este espacio y a cada uno de los personajes, en una excelente cinematografía de Sara Gallego, de la que conocemos sus grandes trabajos en El año del descubrimiento, de Luis López Carrasco, Las chicas están bien, de Itsaso Arana, Una ballena, de Pablo Hernando y La buena letra, de Celia Rico, entre otras. Una luz que traspasa cada estancia y cada emoción materializada desde lo más profundo. La música de Simón Franquest, aporta esos momentos, casi en silencio, como si no quisiera molestar, que puntualizan los momentos no dichos y si sentidos de la historia, que se mezclan con los otros temas de bandas que escucha Claudia que generan ese contrapunto en el que viven no sólo la joven sino cada miembro de la familia. El trabajo de edición que firma Carlos Cañas Carreira, preciso y sin alardes que, en sus 94 minutos de metraje, plantea una trama llena de momentos muy duros y secos, pero siempre tratados desde la sensibilidad y el afecto, apuntando esas contradicciones propias que viven en una situación que les sobrepasa y les lleva a lugares muy difíciles de gestionar tanto emocionalmente como los recursos en una sociedad que el cuidado no lo tiene como una de sus prioridades viviendo a espaldas a él, que se lleva desde lo oculto, la soledad y la oscuridad. 

Una película planteada desde la sutileza y aquello invisible, que huye de lo evidente, de lo estridente y de lo esperado, necesitaba un reparto que con muy poco sea convincente y transmita todo el desasosiego y la dificultad de lo que viven. Tenemos a Júlia Mascort, vista en el cortometraje Las chicas, debuta en el largometraje dando vida a una increíble Claudia que, a parte de llevar el peso de la trama, ejecuta con sencillez e inteligencia un personaje lleno de juventud y fuerza que se ve enfrentada a una tesitura dura y compleja. Le acompañan una convincente Laura Weissmahr como Inés, la hermana mayor, mostrando esas aristas que todos tenemos cuando la vida se pone muy difícil. Sonia Almarcha es Julia, la madre enferma, una actriz capaz de cualquier rol como demuestra en la película. Tomás del Estal, visto en una y mil películas como actor de reparto, asume el papel de padre, abrumado por la situación. Guillermo Benet, director de Los inocentes, entre otras, asume el papel de pareja de Inés. Una familia cinematográfica que vive, lucha, sufre, pelea entre ellos y trabaja a partir de una situación muy compleja en la que hacen lo que pueden con las herramientas, tanto físicas como emocionales, que tienen a su alcance.

La película Yo no moriré de amor cosechó grandes elogios por parte de la crítica y el jurado del último Festival de Málaga, en el que recibió los premios más importantes, valorando su destreza en contar la enfermedad mental y cómo la familia se relaciona con ella, en una historia que recuerda a la mirada y sensibilidad del cine de Mike Leigh, Stephen Frears y Ken Loach, ese cine británico de working class que sabe penetrar en lo más cotidiano y en los conflictos que se suceden, desde la contención y enfrentándose a unos personajes tan cercanos que son como espejos en los que nos miramos porque les suceden cosas muy parecidas a las de nosotros. Nos quedamos con el nombre de Marta Matute que, siguiendo la buena estela que sigue a muchas cineastas que están renovando el cine español y entrando en él por la puerta grande con historias llenas de verdad, sensibles, íntimas y que miran a la sociedad desde lo más profundo, excavando en lo que somos, cómo sentimos y sobre todo, cómo nos relacionamos, lo bien o mal que lo hacemos, lo que callamos, lo que nos molesta y lo que peleamos. En fin, la vida que nos va pasando y a veces, como ocurre en la película, se muestra tan dura y difícil que hay que resistir o morir. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Glorimar Marrero

Entrevista a Glorimar Marrero, directora de la película «La pecera», en la Casa Amèrica de Catalunya en Barcelona, el viernes 26 de mayo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Glorimar Marrero, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a María Oliva de Sideral Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El despertar de las hormigas, de Antonella Sudasassi

DECIDIR QUIÉN QUIERES SER.

“Aprender a amar es un acto político”.

Antonella Sudasassi

Isabel tiene 30 años. Isabel es madre de dos hijas que cuida con ternura y sensibilidad. También, es una esposa complaciente con su marido, al que trata con amor. Limpia la pequeña casa con esmero y dedicación. Y cuando sus quehaceres domésticos la dejan un instante, se introduce en su pequeña habitación de costura donde recibe vecinas a las que arregla y diseña sus vestidos. Isabel ha crecido siendo una mujer servicial, siempre pendiente de los demás, de sus necesidades, de sus deseos, de su bienestar. Aunque, parece que nadie pregunta a Isabel por su situación emocional, incluso nadie le pregunta por ese oculto deseo de Isabel de abrir una tiendecita de costura, un verdadero sueño para su existencia. Isabel vive ausente, callada, casi invisible, a la que todos acuden para resolver sus conflictos, sin darse cuenta que Isabel también tiene conflictos que resolver pero se los calla, no los comparte, porque no fue educada para eso, fue educada para servir a los demás, para seguir la línea trazada, para estar a punto cuando su marido quiere sexo, sin preguntarle a ella pro su satisfacción. Isabel mantiene silencio, porque nadie se ha preocupado de su intimidad, porque su marido quiere un tercer hijo, y varón para más detalle, aunque Isabel no lo ve tan claro, porque ella ha empezado a cuestionarse su vida, su feminidad, su sexualidad y su realización personal, que quizás no es la que tiene en su vida.

La directora Antonella Sudasassi (San José, Costa Rica, 1986) ya exploró todos los temas internos de la mujer en su etapa infantil en su pieza de 17 minutos La niñez (2016) para poner el foco en la mujer, en sus deseos ocultos, los que se calla, porque la realidad se impone, y sobre todo, lo que se espera de ella, como deja claro y con contundencia en el arranque de la película, durante la celebración familiar, en la que Isabel acaba de preparar un pastel y todos y todas le recriminan su tardanza, en una primera secuencia que ya observamos la actitud ausente e invisible de Isabel, en la que su propia familia esperan que reaccione como se le espera, no como ella quisiera, y ese demoledor instante en que la mujer imagina como destroza el pastel con sus propias manos, unos deseos ocultos que a lo largo de la película veremos cómo se materializan en diversos flash mentales de Isabel. Sudasassi nos guía por este disección de la mujer y todo su interior a través de la omnipresente Isabel, conduciéndonos por ese pequeño pueblo costarricense donde se mueve en una armonía establecida, conservadora y anclada desde siglos, donde todo se rige por unas estructuras sociales muy marcadas e inamovibles, donde no hay un leve resquicio para que Isabel y las mujeres digan la suya, sean ellas mismas y puedan decidir alguna cosa, por mínima que sea.

La directora centroamericana debuta en el largometraje con un relato-retrato extraordinariamente sutil y sobrio, alejado de cualquier tipo de pretenciosidad y panfleto feminista, sino todo lo contrario, reivindicando a la mujer con sus deseos y contradicciones,  de forma honesta y sencilla, donde el conflicto se desarrolla en silencio, oculto, alejado de las miradas inquisidoras que pululan por la película, a través de esa cotidianidad que asusta de lo íntima y natural que se muestra, como si la pudiéramos tocar u oler, tan de aquí y ahora que produce escalofríos a pesar del calor insoportable que padece Isabel y los demás personajes, con esas hormigas que se cuelan por cualquier resquicio del hogar, extraordinaria metáfora de esa invasión, tanto física como interna, que ha empezado a producirse en el interior de Isabel, como esos momentos cruciales en la película cuando la protagonista se ducha y no puede desquitarse las pegajosas hormigas, ese calo pegajoso tan agobiante, o esos otros encuentros sexuales con su marido donde Isabel, siempre debajo, más que disfrutar del acto, se encoge con las violentas acometidas del marido.

Una película formalmente muy estilizada, donde el tiempo pesa y todo parece demasiado estático, tanto las cosas como la existencia de Isabel, contándonos toda esa mugre existencial a través de una atmósfera asfixiante, con esos planos estáticos y largos, en los que apreciamos la vida carcelaria en la que vive la desdichada Isabel, donde apenas hay secuencias exteriores, y si las hay todo son prisas e inquietudes, quizás ese instante en el mar cuando Isabel mira desde la horilla la extensión del agua, casi como un grito de libertad, ajena al grupo familiar que se divierte atrás, igual que el arranque de la película, en un claro reflejo del conflicto interior que batalla en el interior de Isabel, entre el deber tradicional como esposa y madre, y esos sentimientos que contradicen toda esa estructura social y grita con fuerza para poder salir y empezar a decidir su vida, su maternidad y sexualidad, como si le apetece echarse unos tragos con una amiga que nadie traga.

Isabel tiene una mirada que difiere de su vida hasta ahora y de su familia, cansada de ser quién no es, y esperanzada de empezar a caminar en otra dirección, cambiar el rumbo, abriendo nuevos senderos, nuevas ilusiones, y sobre todo, nuevos sentidos, porque los que están ya no les seducen, han quedado caducos, donde Isabel (magistral la interpretación de Daniella Valenciano, a través de sus intensas miradas, sus leves gestos, profundos y  detallistas, y su manera de moverse, de aquí para allá, y esa larga melena, rebelde y difícil de sujetar, símbolo de esa prisión, primero y liberación, después de su vida) caminará hacia una vida nueva e ilusionante, en la que quiere despertar a ese ser dormido y servil, experimentando sus deseos e ilusiones y sentir de nuevo, un renacer en el que volver a aprenderlo todo,  reivindicando su forma de sentir y amar, dejar atrás las cargas tradicionales del pasado, y caminando hacia un futuro amplio y diferente que le haga sentir como mujer, libre y en paz con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/310113395″>ELAMEDIA ESTUDIOS</a> from <a href=»https://vimeo.com/elamedia»>Elamedia Estudios</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>