Entrevista a Alejo Levis

Entrevista a Alejo Levis, director de la película «No quiero perderte nunca». El encuentro tuvo lugar el lunes 9 de julio de 2018 en el Zumzeig Cine Cooperativa en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alejo Levis,  por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Carmen Jiménez de ArteGB, por su simpatía, generosidad, paciencia y cariño.

Entrevista a Nora Navas

Entrevista a Nora Navas, actriz de «Formentera Lady», de Pau Durà. El encuentro tuvo lugar el miércoles 20 de junio de 2018 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nora Navas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ana Sánchez y Tariq Porter de Trafalgar Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Casi 40, de David Trueba

LAS CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

El viaje, tanto como experiencia geográfica, pero más como descubrimiento interior, una búsqueda de lo que se cuece en nuestra alma, de ponernos frente a ese espejo emocional, de investigarnos y de caminar hacía ese lugar, del que en cierto momento de nuestro vida, tuvimos que huir por miedo, por no seguir nuestras ilusiones, por seguir nuestro instinto, dejándonos llevar por la vida, por materializar nuestros sueños e inquietudes, por ser quiénes deseábamos ser. En los trabajos de David Trueba (Madrid, 1969) tanto en literatura como cine, cohabitan muchos viajes interiores, quizás muchas de sus películas o libros, están estructurados a través de ese caminar interior, ese aspecto del alma que nos convulsiona, nos guía y a veces, nos da de bofetadas o nos alegra. Aunque, en algunas ocasiones, ese viaje interior se mezcla con otro físico, como sucedía en la novela Cuatro amigos (1999) donde un tipo, junto con tres amigos, emprendía un viaje a Santander para impedir la boda de su ex novia a la que todavía amaba, o en la película Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) donde un maestro de inglés cogía su coche con la intención de conocer a John Lennon en la España gris y triste de los 60, y más recientemente, en su último libro, Tierra de campos, donde a modo de Azcona, un hombre viajaba en un coche fúnebre, junto al cadáver de su padre, por la España interior.

En Casi 40, vuelve a la road movie, o más bien podríamos decir, a la película de carretera, donde cuenta con dos intérpretes (como sucedía en Madrid, 1987, aquella que ocurría en un lavabo donde quedaban encerrados un cascarrabias periodista y una estudiante entusiasta) pero no dos cualquiera, sino los protagonistas de su primera película La buena vida (1996) los Lucía Jiménez y Fernando Ramallo, la prima Lucía y Tristán, el chaval de 15 años que perdía su espacio de protección y descubría la tristeza, el dolor y el amor. Ahora, recupera aquellos personajes casi en la cuarentena,  reencontrándose con ellos, y los funde con la vida personal de los propios intérpretes, para invitarnos a un viaje que recorre muchos de los espacios que ya encontrábamos en Tierra de campos, a los que podríamos añadir Burgos, Segovia o Salamanca, ciudades de esa España interior, muy alejada del cine actual, pero que en su época, protagonizaron películas del calibre como Nueve cartas a Berta, de Patino o Nunca pasa nada, de Bardem.

Trueba presenta a Lucía (que aquí la conoceremos como Ella) una cantante de guitarra al hombro, que vive junto a su marido e hijos, y retirada de la música, y Fernando (que recibirá el nombre de Él) dedicado a la venta de cosméticos, y viajaremos con ellos en una gira íntima que se desarrollará en pequeños bares y librerías. Los acompañaremos haciendo muchos kilómetros, escuchando conversaciones, y sobre todo, escuchando canciones, canciones que explican tanto de las vidas de su protagonistas y de sus estados de ánimo, en una obra íntima, sencilla y honesta, donde la música estructura su peculiar y sincero entramado narrativo. Trueba nos habla al oído, de gentes humildes, de dos almas inquietas y curiosas, de la vida y la existencia, de conocer y conocerse a sí mismo, y lo hace con ese humor tan característico que practica, entre la ironía y la amargura, entre la crítica y la calidez, entre la reflexión y el sarcasmo, entre la carcajada y la tristeza, ese intermedio, como si cuando antaño las películas hacían descanso, nos quedáramos viendo esas imágenes que no se ven, pero siguen ahí, latiendo en nuestro interior, esas imágenes que sólo los más pacientes y calmados logran ver.

La película se mira bien, con encanto y lucidez, sus 87 minutos pasan sin darnos cuenta, siguiendo las reflexiones y los pensamientos de unas personas que son conscientes del pasado, de su peso, de su memoria, aquella que tenía tantas cosas que contar y tantas canciones que escuchar, aquella que parece alejada, desvanecida, y ha dado paso a un tiempo actual lleno de incertidumbre, de espacios líquidos (como nos explicaba Bauman) de lugares conocidos que ya no nos pertenecen, de canciones que ya no reconocemos, de un tiempo que parecíamos felices, de todas esas cosas que se quedaron por hacer, de un tiempo que ya no vendrá, porque parece tan lejano o más aún, parece que no existió. Trueba nos habla sin melancolía y sin sentimentalismos, nos habla de frente, de cara, explorando nuestras emociones, dejándolas salir sin empujarlas, casi sin querer, hablándonos como si escucháramos una canción a media tarde en la habitación de una pensión de una ciudad cualquiera, de esas donde el turismo pasa de largo, sí, en aquella ciudad donde una vez nos conocimos y nos lo pasamos tan bien.

Trueba se lanza a la carretera desde la sencillez e intimidad, despojándose de cualquier artificio narrativo o cinematográfico, a través de una estructura muy sencilla y cercana, como aquellas películas ochenteras al estilo de Opera prima, La mano negra, Corridas de alegría, o más recientes como Los exiliados románticos o Isla bonita, cine entre amigos, sin discursos ambivalentes ni grandes ambiciones, sino enmarcadas en la tranquilidad, en la experiencia del cine, en la mirada, como si fuera una vuelta a su esencia más primigenia, a su sutilidad, a lo más puro, dejando convencionalismos ni moderneces al uso, sino con personajes de verdad, de esos que nos cruzamos por la calle cualquier momento, o podríamos ser nosotros mismos, escuchando sus miedos, (des) ilusiones, y (des) encuentros, descubriendo que lo que nos ocurre a nosotros no está muy lejos de otros. La película nos habla de vida, de amor, del primer amor, del recuerdo que nos deja, de aquellos sentimientos puros e inocentes, de todo lo que aprendimos de él, y de todo el legado que nos dejó, de los otros amores que vinieron después, de todo lo que vino después, ni mejor ni peor, diferente, y sobre todo, menos feliz e inocente.

Brava, de Roser Aguilar

LA MUJER HERIDA.

Un década de espera ha transcurrido para que podamos ver un el segundo largo de la directora Roser Aguilar (Barcelona, 1971) después de la buenas sensaciones que dejó su debut, Lo mejor de mí, donde retrataba a una mujer que por amor debía de tomar una decisión compleja que le hacia descubrir cosas ocultas en su interior, reconocimiento premiada en Locarno con una gran interpretación de Marian Álvarez. Entre medias, Aguilar se ha dedicado a la docencia, a preparar proyectos que finalmente no vieron la luz y a filmar un par de cortos, Clara no lo esperaba (2009) en la que hablaba sobre una enfermedad reumática, y Ahora o puedo (2011), donde se ponía en la piel de los problemas a los que se enfrentaba una actriz que retomaba su profesión después de ser madre. Ahora, nos llega Brava, que continua en los márgenes de las obsesiones e intereses narrativos de las anteriores, situándonos en un retrato femenino actual, donde Janine, una empleada de banco que aparentemente vive feliz con su pareja, se ve envuelta en un viaje emocional catártico y de no retorno, provocado tras sufrir un asalto sexual en el metro, y presenciar la violación de una joven en el mismo lugar  y no intervenir por miedo.

La película nos muestra a una mujer herida, rota y perdida, que en primera instancia huye, se aleja de la ciudad para encontrar la paz rodeada de un ambiente rural junto a su padre viudo. Allí, frente a un espacio vacío al que le cuesta reconocerse y adpatarse, conoce a Pierre, un francés también huido, con una herida profunda como la suya, también sumido en una batalla interior que le impide encontrar la paz. Aguilar, apoyada en la estupenda fotografía de Diego Dussuel (habitual de Isaki Lacuesta), en la que remarca el espacio, vacío y silencioso, carente de vida o tiempo, en el que la naturaleza no parece una buena aliada cuando se padece dolor, y sobre todo, ese miedo a la propia vida, a uno mismo, a no saber encontrar aquello que nos equilibraba, aquello que pensábamos que nos ayudaba, y nos damos cuenta que no es así, que el control era puramente ficticio, una ilusión, algo a lo que nos agarramos para simplemente sobrevivir. Aguilar filma el deterioro emocional de su personaje, de modo sencillo y pausado, llevándola por lugares en los que se siente una extraña, junto a personas a las que no sabe dirigirse para contarles que le pasa, o sintiéndose atraída por cosas oscuras que creía que no existían en su interior.

Janine nos recuerda a Giuliana, la joven interpretada por Mónica Vitti que, después de sufrir un accidente, arrastraba secuelas psicológicas que le impedían volver a ser quién era, bajo la incisiva mirada de Antonioni en El desierto rojo, o a la madre que hacía Gena Rowlands en Una mujer bajo la influencia, de Cassavetes, que debido a su inestabilidad emocional le impedía llevar una vida “normal”. Retratos de mujeres duros, sin concesiones, donde la narración avanza a través de las acciones emocionales que sufre el personaje, llevando al espectador a cuestionarse su posición moral hacia una mujer que huye, que no quiere enfrentarse a lo que le sucede, que el dolor, la culpa y sobre todo, el miedo, guían y dominan su existencia, como les ocurre a las mujeres que estructuran buena parte de las películas de Haneke, existencias envueltas en espacios del alma turbios y oscuros que no las dejan abandonar esa infelicidad que parece empujarlas al abismo. Aguilar no cuestiona a su personaje, lo mira de frente, siguiendo su periplo autodestructivo, mirándola con respeto y honestidad, capturando su deterioro mental y su peculiar descenso a sus infiernos particulares, a esos que por mucho que pidamos ayuda a los demás, sólo saldremos por nosotros mismos, entendiéndonos y comprendiendo lo que nos ha ocurrido, no castigándonos ni creyendo que todo estaba bajo control. Una película que nos recuerda en cierta manera a la premisa narrativa que se exploraba en Elisa, vida mía, de Carlos Saura, donde una hija pasaba un tiempo junto a su padre en una casa en medio de un páramo para hablar, entenderse y mirar al pasado familiar sin miedo.

Brava retrata una sociedad malsana, destruida y podrida, en la que el individualismo se ha apoderado de las vidas de cada uno de nosotros, anteponiendo nuestro afán personal al bien común, a sentirse impune emocionalmente hablando a todas las injusticias y dolor que ocurren a nuestro alrededor, a lo que vemos diariamente, o eso creemos parecer ver, porque en lo interno, no todo parece funcionar y lo que se ha roto, no se puede arreglar sin más, lleva un tiempo, y pide adentrarse en un mundo desconocido, frágil y perverso, en ocasiones. Aguilar, formada en la Escac, ha construido un retrato femenino de grandes hechuras que la relaciona a otras compañeras de escuela como Mar Coll con Tots volem el millor per a ella, y Nely Reguera con María (y los demás), terna a la que podríamos sumar a Sergi Pérez, también graduado en la Escac, que en El camí més llarg per tornar a casa, no hacía un retrato femenino, sino masculino, pero con la misma intensidad de viaje  a lo más profundo del alma sobre el dolor, la culpa y el miedo.

Otra de las facetas que dan brillo a la película es su trío protagonista, tres actuaciones de grandes vuelos apoyadas en las miradas, sielncios y unos gestos mínimos, con el aplomo de un veterano como Emilio Gutiérrez Caba como padre, un viudo que también arrastra su dolor, el carisma de Bruno Todeschini (visto en La propera pell, de Isaki Lacuesta e Isa Campo) y el protagonismo de una brillante Laia Marull, desarrollando una interpretación llena de matices, detallista y emocionante, que nos recuerda una actriz de temperamente, de mirada rasgada y alma rota. La directora catalana que ya demostró su buen hacer en su opera prima, nos vuelve a demostrar su inmensa valía con una historia compleja, de construcción medida y capacidad de sugestión, que nos conduce por paisajes rurales, de calles desiertas de noche, de habitaciones incómodas, de caminos que no llevan a ninguna parte y (des)encuentros salvajes y dolorosos que sacan lo más oscuro y perverso de nuestra alma.

Entrevista a Elena Martín

Entrevista a Elena Martín, directora de «Julia ist». El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de junio de 2017 en el Soho House en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elena Martín,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Amar, de Esteban Crespo

MI CORAZÓN ES TUYO.

La película se inicia con una luz cegadora que nos deja entrever a un chico y una chica, con sus cabezas pegadas, mientras escuchamos, entre susurros, todo aquello que se dicen: palabras llenas de amor, de un amor fuerte, intenso, pasional, loco, todo el amor que cabe en la primera vez, en ese primer sentimiento arrebatador, en el que ya no somos nosotros, somos otro, somos ese que tenemos delante, ese que nos ha robado el alma. A continuación, la pareja practica sexo anal, introduciéndole ella un pene de plástico a él, filmado de manera naturalista, huyendo de lo explícito, pero sumergiéndonos en esa maraña de excitación, piel y sexo. Esteban Crespo (Madrid, 1971) debuta en el largo, después de una larga trayectoria en televisión realizando documentales, amén de un filmografía en el cortometraje que culminó con Aquel no era yo (2012) una pieza sobre niños soldado en África que le valió números galardones, encumbrándolo con una nominación a los Oscar. Crespo nos habla de Laura y Carlos, una pareja de jóvenes que se ama, un amor desaforado, muy intenso, en el que se demuestran su amor constantemente, viven el uno para el otro, quizás demasiado, ese amor que se vive sin medida, sin pensar en el mañana, es el aquí y el ahora, no hay nada más.

Un amor que choca con la actitud paternal (que Crespo retrata aturdida y llena de mentiras, y falsedades, unos, los de ella, y otros, los de él, regidos por las formas) ella, 17 años, todavía en el instituto, de padres separados, vive con su madre y su nueva pareja, ya no están tan unidas como lo estaban en el pueblo, ahora parecen dos desconocidas y se sienten muy alejadas. Él, de familia tradicional, ha empezado derecho, aunque quiere hacer Bellas Artes, pero anda perdido, sin muy bien qué hacer. Crespo coge a sus dos criaturas en una época de tránsito, en ese tiempo en el que dejan la infancia, el tiempo acomodadizo, y entran en otro, desconocido y lleno de incertidumbre, en el que deberán hacerse adultos, tomar sus propias decisiones y caminar por si solos, esa transición, llena de posibilidades, pero también de oscuridad, un tiempo en el que la adolescencia se vive al límite, donde la eternidad dura un suspiro, donde ir al insti, salir con los amigos, beber, fumar, o los primeros contactos sexuales definen el tiempo que vivimos, ese tiempo nuestro, donde todavía brilla el sol, donde todavía no nos hemos convertido en adultos, en las que las vidas rutinarias y vacías han llenado nuestra existencias.

Crespo nos sitúa en Valencia, en sus barrios, en sus polígonos de fiesta, en espacios urbanos cerrados, angostos, casi sin aire, como el amor intenso y brutal que viven sus protagonistas, filmándolos desde la intimidad, con la cámara encima de ellos, casi sin dejarles respirar, siguiéndolos a todas partes, descubriéndonos cada aliento que emanan, cada poro de sus pieles, cada susurro, cada gota de sudor, envolviéndonos en ese maremágnum de pasiones, de locura, con esas emociones y sentimientos desbocados, sin control, a velocidad de crucero, a tumba abierta, un viaje al vértigo del amor, cuando todavía somos inocentes, cuando todavía los intereses económicos y la sociedad no nos ha contaminado del todo, cuando todavía creemos en el amor romántico, sincero y pasional. Quizás ese amor vivido sin mesura, en el que nada ni nadie existe, los lleva a separarse, a distanciarse, a agobiarse de lo que sienten, a no entender que el amor que viven los está llevando demasiado lejos a no saben adónde, a un lugar en el que todavía nos están preparados, porque todavía les falta tiempo para vivir, tiempo para saber quiénes son, sobre todo, tiempo para amar.

Crespo disecciona su película en dos mitades, en la primera, asistimos al amor, al enamoramiento, lleno de pasión, en el que el sexo, que se vive a escondidas (sutil y concisos los planos a través del ascensor que sube y baja, metáfora de las propias pulsiones emocionales que vive la pareja) está retratado de forma natural, abriendo cada pliegue de la piel, de la sensualidad de los cuerpos en movimiento, filmado desde la sobriedad, en el que el amor y el sexo forman uno, mezclándose en una simbiosis perfecta. En la segunda mitad, Crespo nos remite al desamor, esa intensidad al límite los separa, viven sus no vidas separados, echándose de menos, intentando probar otras pieles, otros sexos, pero quizás lo que sienten es muy fuerte, muy profundo, y es en ese tiempo en el que deberán conocerse más a sí mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos. María Pedraza (de vocación bailarina e instagramer) y Pol Monen (en pequeños papeles hasta la fecha), debutan en el protagonismo cinematográfico componiendo la maravillosa pareja protagonista (amén de las grandes aportaciones de la brillante Greta Fernández, y los adultos, con Natalia Tena y demás) una pareja llena de naturalidad, alegría, vitalidad y pasión ayuda a componer un retrato sincero y honesto sobre el (des)amor adolescente, y esa sensación indescriptible de la primera vez, de experimentar sentimientos honestos, pero también frágiles, que nos invaden y nos convierten en otros, en alguien que jamás habríamos imaginado que pudiese existir.

El viaje de las reinas, de Patricia Roda

Plantilla by Pixartprinting

Plantilla by Pixartprinting

 

EN PIE CON EL PUÑO EN ALTO

“Nunca creí que pudiéramos transformar el mundo, pero todos los días podemos transformar las cosas”

François Giroud

La joven directora zaragozana Patricia Roda, que lleva unos cuántos años dedicados a la producción cinematográfica, trabajando junto a su hermano Germán, frente a su compañía Estación Cinema, debuta en el largo con esta historia de reivindicación, de cine militante, cine en contra de la desigualdad, un cine valiente y lleno de energía, que sacude las mentes vagas e indolentes, una película fabricada desde lo más profundo del alma que llega muy adentro, que explica historias de personas, en este caso, un grupo de mujeres, un grupo de actrices, 12 en total, más la directora, las dos dramaturgas, y un proyecto ilusionante, donde no faltará el trabajo y el sacrificio por volver a seguir en el camino, y sobre todo, afirmarse como mujeres valientes que alzan su voz para reivindicar el derecho al trabajo y a una vida digna y humana.

Roda las sigue con su cámara, se introduce en su interior, deja que las cosas fluyen, y la vida nos atrape, les cede el espacio que reclaman, para que se oigan, y para que todos nosotros, las escuchemos y sintamos su dolor y esperanza. Este viaje arranca en Zaragoza, en febrero del 2013, y finalizará en marzo del 2014, con el estreno de la obra, entre medias, meses de intenso trabajo y lucha, con el objetivo de llevar a la escena la vida de 12 reinas europeas, bajo la batuta de Blanca Resano, la directora de la obra, una mujer con más de 20 años de experiencia en el teatro aragonés, y la colaboración en la dramaturgia de Susana Martínez y Eva Hinojosa, y con la ayuda de las 12 actrices, 8 de ellas, veteranas con más de 30 años de carrera encima de las tablas, y 4 más jóvenes, reclutadas en un casting. Todas ellas, mujeres libres e independientes, con ganas de trabajar, luchadoras empeñadas en que las vean, en enfrentarse a sus propias vidas y su destino, en hacer este viaje cueste lo que cueste. Roda las mira con su objetivo desnudándolas y mirándolas de cara, pero sin participar activamente, siendo humilde, registrando todo lo que sucede, desde el primer instante, donde se conocen y se involucran en un proyecto donde no cobraran, en un trabajo al que tendrán que dedicar horas de su tiempo libre, que deberán compaginar con sus respectivos trabajos alimenticios. Todo se vive con gran emoción y ternura, desde la asignación de los personajes, y los duros ensayos, todo se desarrolla cuando la ciudad duerme, cuando su tiempo se lo permite, el amor por su oficio genera todo su labor y trabajo arduo.

_reinas3_ba83be75

La cineasta aragonesa, a modo de confesionario, les cede la palabra, a cada una de ellas, las entrevista, aunque no escuchamos la voz de la directora, ella participa en este viaje, pero quiere que los espectadores tomemos la palabra, no quiere inmiscuirse en lo que cuenta. Cada una de ellas, a tumba abierta, sin prejuicios y mostrándose con toda la transparencia que tienen, explican, no sólo su situación personal, sino la situación laboral de las actrices maduras, de las pocas oportunidades que existen para ellas, y también, se acuerdan de las diferentes luchas que han llevado a cabo desde la Plataforma teatral aragonesa Actrices para la escena, donde continúan batallando para exigir y defender su derecho como mujeres para hacer un mundo, el suyo, el de la interpretación y el teatro, un lugar más digno, igualitario y de trabajo. Roda también nos habla de las dificultades financieras que atraviesa el proyecto, la campaña de crowfunding que no resulta, el desfile de modelos que organizan, y la ridícula ayuda del Ayuntamiento de Zaragoza que reciben, luego, el anuncio del estreno en el Teatro Principal de Zaragoza, donde su cartel es ninguneado al rincón menos visible de la fachada. Roda, además, viaja a otros lugares y habla con otras mujeres que llevan a cabo proyectos para reivindicar los derechos de las mujeres, como el Magdalena Project en Gales, o el Festival de teatro a solas, en México. Una película, (que se alzó con la Biznaga de Plata en la sección Afirmando los derechos de la mujer, en la edición del Festival de Málaga del 2014), nacida desde el corazón, desde la voluntad de hacer visible un colectivo dañado por la sociedad machista, y flagelado por los recortes que ha sufrido la cultura de este país, un cine humanista, político, que habla de personas en dificultades, que emociona, que palpita, que nos hace vibrar, pero también, indignarnos, que ante todo, reivindica la pasión por el oficio amado, la actitud personal ante las adversidades, y sobre todo, el grupo, la asociación, la cooperativa ante el capitalismo atroz que actúa contra la dignidad y el derecho de las personas.

<p><a href=»https://vimeo.com/92034551″>El viaje de las reinas – 2015</a> from <a href=»https://vimeo.com/user20355266″>Patricia Roda</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

 

Los héroes del mal, de Zoe Berriatúa

 Los-heroes-del-mal_referenceLA VIOLENCIA DESDE DENTRO

El arranque de la película con la entrada de unos alumnos en una aula, en cámara lenta, con el acompañamiento musical de The Young Person’s Guide to the Orchestra, de Benjamin Britten, ya nos pone en guardia, y es todo un augurio de por donde irán los tiros. Zoe Berriatúa (Madrid, 1978), actor de dilatada carrera que arrancó en 1996 con África, del siempre interesante y audaz Alfonso Ungría, y prolífico cortometrajista en los últimos años, hace su debut con una película producida por Alex De la Iglesia, que gustó en su paso por el Festival de Málaga.

La cinta se centra en tres adolescentes que sienten como su primer día de instituto se les asigna los roles de inadaptados o raros, como ustedes gusten. A partir de ese momento, sus compañeros de clase, les dedicarán todo tipo de insultos, vejaciones y demás maltratos, y ultrajes. Pero, esos no se quedarán impávidos antes tantas humillaciones, y después de hacerse colegas, planearán su venganza. Poco a poco, se van introduciendo en una espiral que la maldad se convierte en su modus vivendi, en su forma de protesta ante ese mundo cruel que se ha declarado en guerra contra ellos. El mundo les pertenece, su guarida la encuentran en una casa abandonada rodeada de maleza, allí disfrutan y sonríen con sus botines, alcohol y drogas, y demás objetos que roban impunemente. También, allí descubren el sexo, una relación ménage à trois que ataca con más violencia a la violencia imperante en la sociedad. Pero la cosa se deteriora y donde la violencia era divertida y cojonuda, genera una violencia en su contra, el trío se resquebraja y se distancian. Berriatúa se viste de largo en una película compleja, que mira de frente a los temas que trata, de forma honesta y sincera, y escarba en esa violencia sin sentido que está tan aceptada en la sociedad, del acoso escolar de cada día, de unos adolescentes que huyen de sí mismos, de los que les hacen daño, sean padres o compañeros de clase, de seres que no saben ni pueden encontrar el lugar que le corresponde.

Una cinta que maneja temas especialmente delicados, que los trata de frente, sin quitarles la cara, que combina, de forma interesante, el drama íntimo con el degradado entorno social de muchos institutos y barrios. Una obra que en ocasiones raya a gran altura, dejándose de complejos y pequeñeces. Aunque su segundo tramo, cuando el mal y la perversión se instala en este grupo, es cuando la película alcanza su mayor dulzura, porque los tres protagonistas ya no saben quién es quién y más aún, no saben quiénes son ellos mismos, y dudan de los otros y les tienen miedo. Una de sus grandes bazas es el trío de jóvenes actores que dan vida a estas almas que se enfrentan a todos y a ellos mismos, Jorge Clemente, nos brinda con el personaje más terrible y sumamente complicado, perdido y amenazado en conflicto perpetúo contra la sociedad de la que se siente atacado, Emilio Palacios, el amigo que comprende e intenta salvar a su desgraciado amigo, y por último, Beatriz Medina, la chica con pintas de macho, que equilibra esta balanza diseñada para hacer daño, y hacerse daño.