Entrevista a Manel Piñero y Jorge Cebrián

Entrevista a Manel Piñero y Jorge Cebrián, actor y director de la película «Boris Skossyreff, el estafador que fue Rey», en la vivienda de Pere Vall en Barcelona, el miércoles 17 de septiembre de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manel Piñero y Jorge Cebrián, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Pere Vall de Comunicación de la película, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Fèlix Colomer

Entrevista a Fèlix Colomer, director de la película «El negre té nom», en el Parc de Catalunya en Sabadell, el domingo 22 de junio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Fèlix Colomer, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Hija del volcán, de Jenifer de la Rosa

LA NIÑA PERDIDA DE ARMERO. 

“La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.

Julio Cortázar

La noche del 13 de noviembre de 1985, el volcán Nevado del Ruiz destruyó en su totalidad Armero, al norte de Colombia, dejando sepultados a casi 25000 habitantes, afectando también a los municipios de Chinchiná y Villamaría. Medio millar de niños y niñas quedaron huérfanos y muchos fueron adoptados por familias del país. Unos cuántos fueron robados y vendidos de forma clandestinamente mediante procesos irregulares que dejó un gran vacío de información. La cineasta Jenifer de la Rosa (Manizales, Colombia, 1985), nacida 7 días antes de la tragedia fue uno de los llamados “Niños perdidos de Armero”, que en su caso, con tan sólo años y medio acabó como adoptada por una familia de Valladolid. Tres décadas después se planta con una cámara y con la ayuda de la Fundación Armando Armero, que se dedica a buscar a los familiares de estos niños perdidos, emprende su particular búsqueda para encontrar a su madre y de esa forma esclarecer las circunstancias de su adopción envuelta en un halo de oscuridad y misterio. 

La directora construye un sencillo y honesto documento sobre la búsqueda de los orígenes y lo hace en un trabajo donde asistimos a sus investigaciones y pesquisas mediante visitas, llamadas de teléfono y un sinfín de conversaciones de aquí para allá, por una maraña de burocracia y diferentes organismos, ya sean oficiales y voluntarios que le ayudan a encontrar algún hilo del paradero de su madre. Sus primeras imágenes nos sitúan en la dantesca tragedia de Armero, con imágenes de archivo como la niña Omayra Sánchez que muy a su pesar, se convirtió en la imagen del desastre, cuando atrapada sin poder ser liberada y hundida en el agua, informaba del suceso y fue retransmitido a todo el mundo. Luego, seguimos los pasos de la directora que pregunta aquí y allá y se muestra con un arrojo y coraje y muy incansablemente en su búsqueda, ya no sólo de su madre desaparecida sino también de sus orígenes que son el mismo de muchos que se encuentran igual que ella. No estamos ante el documental sensiblero que trampea al espectador, todo lo contrario, aquí hay mucha verdad, mucho silencio y mucha oscuridad en tantas adopciones irregulares que se llevaron a cabo aprovechando el caos y la destrucción de la inmensa tragedia.  

La película cuida mucho el aspecto técnico, acercándonos sin trampa ni cartón, a las situaciones que va viviendo la directora, con una gran transparencia en lo que muestra y cómo lo hace en un gran trabajo de cinematografía de Andrés Campos, del que hemos visto recientemente Memorias de un cuerpo que arde, de la costarricense Antonella Sudasassi, así como la composición musical de Kenji Kishi Leopo, del que conocemos sus documentales con Samuel Kishi, Jorge Díaz Sánchez y Alan Simôes, que ayuda a la naturalidad con que se explica el vía crucis particular en el que se encuentra la directora, y el magnífico montaje del dúo Juan Barrero, cineasta del que vimos hace nada Almudena, de Azucena Rodríguez, y Carlos Cañas Carreira, fogueado en la serie La reina del sur, que en sus 109 minutos de metraje consigue atraparnos con sinceridad, aportando un aroma de thriller íntimo, político y de investigación, donde se habla de la búsqueda en un modo muy personal y nada impostado, transmitiendo mucha verdad y una cercanía que traspasa la pantalla, donde la “protagonista” se abre en canal en todos los sentidos, también hay crítica a la desidia y la torpeza política juntadas además con las continuas lagunas y trabas de tantos años pasados.

De la citada tragedia de Armero pueden ver el documental El valle sin sombras (2015), de Rubén Mendoza, un implacable retrato sobre las víctimas y los fantasmas que dejó la catástrofe. Esta película como Hija de un volcán, de la cineasta colombiana Jenifer de la Rosa podrían ser una buena muestra de cómo hablarnos de lo que queda después de tamaña tragedia, de todas las víctimas que deben seguir viviendo o al menos intentarlo, y sobre todo, honrar a todos lo que ya no están, y otros, como Jenifer seguir buscando a los suyos, sea como sea, para reencontrarse con su país de origen, con lo que fue, con los que siguen ahí, con los que encontrará y sobre todo, haciendo un viaje en el que se tropezará con ella misma, con los sueños imposibles y las quimeras soñadas que, quizás, pueden hacerse realidad. Si en Tierra (2022), un cortometraje de 15 minutos, donde la directora imaginaba como era Colombia, en su ópera prima, la cineasta no quiere imaginar ya su país, sino reencontrarse con él, y desenterrar su pasado y todo lo que hay en ese lugar, un espacio donde descubrirá su origen y por ende, las circunstancias que rodearon su adopción. No tiene una tarea sencilla pero quién dijo que las cosas que importan fueran fáciles. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Entrevista a Nina Solà Carbonell

Entrevista a Nina Solà Carbonell, directora de la película «Grup Natural», en el marco del DocsBarcelona, en el hall del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 16 mayo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nina Solà Carbonell, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luis García Montero y Azucena Rodríguez

Entrevista a Luis García Montero y Azucena Rodríguez, poeta y directora de la película «Almudena», en el marco del BCN Film Festival, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el jueves 24 de abril de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luis García Montero y Azucena Rodríguez, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Almudena, de Azucena Rodríguez

ALMUDENA FRENTE AL ESPEJO. 

“La alegría me había hecho fuerte, porque (…) me había enseñado que no hay trabajo, ni esfuerzo, ni culpa, ni problemas, ni pleitos, ni siquiera errores que no merezca la pena afrontar cuando la meta, al fin, es la alegría”. 

Almudena Grandes 

Permítanme que les cuente mi experiencia personal con Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021), que sucedió un Sant Jordi en Barcelona, el de la edición de 2007, cuando guardé escrupulosa cola para ser uno de los agraciados que se llevase a casa la dedicatoria y la firma de la insigne escritora en su último libro “Corazón helado”. La cosa fue bien, o más bien, fue inolvidable y muy emocionante, ya que Almudena se mostró cercana, simpática y sobre todo, natural y acogedora, haciéndote sentir especial en aquellos breves minutos que duró el encuentro. Cuando volvía a casa en tren miraba atónito como hipnotizado sin dejar de mirar su letra y pensando en su mirada y nuestro encuentro. Fue el primero de otros encuentros, aunque en ese instante lo desconocía, eso sí, los otros fueron igual de sinceros e inolvidables. Recuerdo uno junto a mi hermano, igual de emocionante, aunque eso es ya otra historia.  

Ahora sí, vamos a centrarnos en Almudena, la película que ha hecho Azucena Rodríguez (Madrid, 1955), que adaptó una de sus novelas “Atlas de la geografía humana” en 2007, amén de ser una de sus mejores amigas. Su retrato se centra en Almudena contado por la propia Almudena, a través de su compromiso con la vida, la infancia, la familia, la literatura, la política y demás aspectos de la vida, rastreando en una fascinante material de archivo donde podemos encontrar a aquella niña morena y de facciones bruscas que soñaba con escribir e inventar su propio mundo, y otras imágenes que nos van ilustrando junto a la voz inconfundible de la escritora. La estructura no obedece a una linealidad, sino todo lo contrario, la cosa se va contando de aquí para allá, adelante y atrás y vuelta a empezar o acabar, recorriendo sus ideas, sus fantasías, ilusiones, sus novelas, su amor, sus amigos, sus experiencias buenas y no tan buenas y demás aspectos de la vida y de la no vida. Recorremos su ciudad Madrid junto a ella, y un espacio importante que se abre con la Granada que compartió junto a su hombre Luis García Montero, el excelente poeta que muestra otra faceta de Almudena, y abre ese lado del duelo cuando la vida continúa a pesar de la ausencia de la escritora, como hacen sus hijos, sus hermanas y algún que otro más. Sin olvidar las playas de Rota en Cádiz, donde las vacaciones junto a amigos como Sabina, Prado y demás se convertían en noches sin fin. 

Un buen equipo técnico encabezado por Juan Barrero, amén de director de La jungla interior y Chillida: Lo profundo es el aire, y editor de documentales del desaparecido Diego Galán, y de Samuel Alarcón o de ficciones con Emma Tusell, que se encarga de la cinematografía y montaje, en un excelente trabajo donde todo gira en torno a Almudena, donde hay de todo, risas y alegría por la vida y por todo lo que contiene en sus entretenidos y reflexivos 80 minutos de metraje. La música corre a cargo de Rosa Torres-Pardo, que la conocemos por su trabajo como pianista, para Carlos Saura en Iberia y Arantxa Aguirre en El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados, aportando esa sensibilidad e intimidad que tanto demanda una película que habla de una mujer excepcional, de carácter, libre y tozuda y del atleti, y el temazo que canta Enrique Morente sobre un poema de Lorca, ahí es nada. Elementos que nos ayudan a viajar por Almudena y su mundo, el que vivió y la huella que nos dejó, tanto en sus novelas, recibidas con gran entusiasmo tanto por la crítica como el público convirtiéndola en una magnífica novelista de nuestro tiempo, y esa otra parte humana cuando las puertas se cerraban. Dos espacios que convergen con naturalidad y sencillez durante toda la película. 

El tratamiento tan cercano e íntimo construye una película que consigue atrapar a cualquier espectador ávido del pensamiento y la reflexión, independientemente que conozcan a la escritora y su trabajo, es lo de menos, porque el retrato que se hace de ella, el presente escuchándola y el otro presente, el de ahora, cuando la escritora ya no está, es de una delicadeza sobrecogedora, porque construye un profundo y honesto retrato de quién era, quién fue y qué ha dejado, una huella y legado que todos los que la conocieron y leyeron siguen experimentando cada vez que la leen, que la escuchan y la piensan, porque en cada libro hay un pedacito de ella, en cada palabra escuchada y leída sigue muy presente, por su forma de ser, por su valentía, su capacidad para afrontar retos y obstáculos y mostrarse como lo que era, una mujer humanista que hablaba desde el corazón y la razón, muy conocedora de su tiempo, de la España que le tocó vivir, de esa España deudora de guerra y miserias, de la que tanto escribió, pensó y analizó. Acérquense a ver Almudena, de Azucena Rodríguez, porque de seguro que les va a emocionar y hacer reflexionar, porque no es triste ni condescendiente, sino un retrato sobre alguien de verdad, y con los tiempos que corren, eso es mucho. Para finalizar, me permito otra licencia personal como la que encabeza este texto y les dejó con Almudena y la dedicatoria de aquel primer encuentro: “Para José Antonio, con la esperanza de que le caliente el corazón”. Allá donde estés querida Almudena, seguimos luchando para que el corazón siga caliente. Un abrazo!. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

¡Caigan las rosas blancas!, de Albertina Carri

VIAJE A NINGÚN LUGAR.   

“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo”. 

Alejandra Pizarnik 

El universo de Albertina Carri (Buenos Aires, Argentina, 1973), está construido en base a la constante exploración de las herramientas de lo cinematográfico, es decir, cada trabajo de la cineasta bonaerense nace de dos vías. En la primera, cuenta un relato o algo que se le parezca a esa definición, y en el segundo, somos testigos del proceso de ese no relato, donde la película continuamente muestra sus herramientas al natural, en que el descarte se convierte en materia fílmica y viceversa, en un continuo juego donde la película va cambiando, va yendo hacia lugares desconocidos que la hacen viva, de su tiempo y la convierten en un poderoso viaje lleno de cuestiones y nada convencional. De sus siete largometrajes, el puñado de cortometrajes y serie podemos decir que la mirada de la directora de la fascinante Los rubios (2003) ha navegado por todo tipo de mares: el documental, el archivo, la ficción, en que cada obra suya tiene de todo y se nutre de todo para crear un mundo único, profundo, inteligente y lleno de poesía y política, porque su cine es bello y trágico a la vez. 

En ¡Caigan las rosas blancas!, que podría encajar como díptico junto a Las hijas del fuego (2018), donde exploraba las posibilidades de la representación del porno a partir de un viaje en el que varias mujeres practican sexo poliamoroso y explicito en un hermoso canto feminista sobre la necesidad de compartir en libertad y en paz. En su nueva película, a partir de un guion que firman Agustín Godoy, la propia Carri y Carolina Alamino, la actriz que hace de Viole, la protagonista, en la que cuenta a través de Viole, la directora que, después del éxito de la anterior, es contratada para hacer un porno mainstream que la lleva a una crisis y acaba por renunciar, yéndose con tres amigas que trabajan en la película lanzándose a un viaje sin causa ni efecto. La película nos lleva por una travesía en el que continuamente va mutando en géneros y texturas, con el aroma de La flor (2018), de Mariano Llinás, a modo de episodios en los que transita por la road movie, la comedia disparatada y negra, el musical, el documental, el metacine, el melodrama, la de aventuras, el terror y el thriller y el fantástico, en la que volvamos a encontrarnos con las formas de representación y las diferentes miradas a estructuras, formatos y texturas, en que el video doméstico y el Súper 8 entran en escena, en una película en continua ebullición, a punto de explotar, como sucedía con Las hijas del fuego, donde la experimentación estaba cruzada con lo que se cuenta, en este caso, la crisis tanto profesional como existencial de Viole, la directora que ha perdido la ilusión del cine y de vivir. 

La magnífica cinematografía que firman el dúo Sol Lopatin (que ya estuvo en La rabia (2008), amén de Dúo, de Meritxell Colell y en películas de Daniela Goggi), y la brasileña Wilssa Esser, que ha trabajado con Anna Muylaert, y en la reciente Levante, de Lilah Halla, que contribuye a dar ese aroma de inmediatez que tiene toda la película, de una naturalidad asombrosa y una forma de contar que todo está pensado pero sin parecerlo, como si fuese todo espontáneo. La música de la española Paloma Peñarrubia, que tiene en su filmografía a cineastas como Samu Fuentes, Juan Schnitman y Rocío Mesa, entre otras, ayuda a fusionar el frenético y caótico viaje junto a lo poético y lírico que anidan en el alma de todo lo que sucede. El montaje de lautaro Colace, que ya trabajó con Carri en la serie 23 pares (2012), y cuatreros (2016),  con sus 122 minutos de metraje, que avanzan a muchas velocidades, con ese aire de western crepuscular a lo Monte Hellman, en que el viaje es una mera excusa para contar y contarnos las diferentes crisis tanto de la cineasta como de sus acompañantes, en una travesía que parece enroscarse y sin salida, en ese estado de soledad, pérdida y sin reconocerse a uno mismo, como sucedía en películas como Jauja (2014), de Lisandro Alonso, y Zama (2017), de Lucrecia Martel.  

El magnífico cuarteto protagonista empezando por la mencionada Carolina Alamino, siguiendo por Mijal Katzowicz, Rocío Zuviría y María Eugenia Marcet, que ya deslumbró en Las hijas del fuego, donde daban rienda suelta a sus pasiones y deseos sexuales en un desenfreno alucinante y contestatario. Ahora, también viven un viaje de aúpa donde les ocurre de todo, que recorre lo más rural de la Argentina hasta llevarlas hasta un lugar que mejor no desvelar para disfrute del espectador/a. Las cuatro actrices se atreven con todo, transmitiendo una naturalidad que traspasa la pantalla y nos devuelve a ese cine sin tanta impostura ni artificio. Les acompañan dos grandes como Laura Paredes, una actriz muy “pampera” que era una de las protagonistas de la citada La flor, aquí transformándose en un rol muy alejado de ella pero dándolo todo, una presencia tan brillante como la de Érica Rivas en Las hijas del fuego, en dos personajes en las antípodas. Destacada la presencia de la española Luisa Gavasa, en un rol que es mejor no desvelar, porque adquiere una importancia capital en la trama ya que es uno de esos personajes que no dejan indiferente, y sobre todo, nos habla de la raíz primigenia del cine, ya verán. 

Resulta muy agradable encontrarse con el cine de Albertina Carri y cada nuevo trabajo es una gran alegría para el cine y para su constante mutación, para preguntarse constantemente por qué se hacen películas y porqué se hacen como se hacen, y muchas más cuestiones que hacen del cine una herramienta en constante movimiento y evolución, donde siguen habiendo caminos y lugares por explorar, por indagar y por investigar. ¡Caigan las rosas blancas! es una de esas películas tan originales e irreverentes cargada de belleza, de poesía, de política, de cine, de su tiempo y de cualquier tiempo, que se atreve con aguas de todo tipo, y pasa de sofisticaciones ni de estridencias que tanto se llevan, para crear su propio mundo, tan cercano como extraño, tan natural como diferente, por donde pasa la vida, el erotismo, el sexo, las dudas, las crisis, las de allí y las de allá, en que el espectador sigue muy atento a todo lo que ocurre y cómo ocurre, porque en el cine de Carri nada es esperado y en el fondo, si, porque ella, al igual que le ocurre a Viole, emprende un viaje hacia adelante sin olvidar los orígenes, la propia esencia del cine, lo más básico y artesanal, encontrando la pureza de las cosas, lo primigenio, aquello que con tanto pompa e inmediatez, olvidamos y perdemos y debemos recuperar para seguir viviendo y soñando el cine. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fragmentos de una biografía amorosa, de Chloé Barreau

LA JOVEN QUE AMABA EL AMOR. 

“Tú crees que amas el amor, pero lo que amas en realidad es la idea del amor”. 

Frase escuchada en el film “El hombre que amaba las mujeres” (1977), de François Truffaut

El hecho de vivir, indispensablemente, va en consonancia con todas las personas que han transitado por nuestras vidas, y sobre todo, aquellas personas que han significado alguna cosa en nuestras existencias, personas que dejaron alguna huella, algún efecto que nos ha hecho ser de una u otra forma. Amistades y sobre todo, amores, ya sean correspondidos o no, y todas esas experiencias que siguen almacenadas en nuestro alma. Recuerdos y memoria de nuestra propia vida. Amores que parecían irrompibles, para toda la vida, pero que quedaron en historias de amor o no recordadas y la mayoría olvidadas. En la película Fragmentos de una biografía amorosa, de Chloé Barreau (París, Francia, 1976), se vuelven a las historias de amor de la directora, pero no desde el “Yo”, sino desde el contraplano, es decir, desde el recuerdo de sus ex, de aquellos personas que transitaron por su vida sentimental. Un recorrido profundo y sincero, y de ficción, ya que las personas recuerdan el pasado, y lo inventan, porque así es la memoria, mucho de invento y algo de verdad.

Barreau es licenciada en Literatura Moderna por la Soborna, también ha hecho cortometrajes, especiales para televisión, docuseries para especializarse como productora creativa en la pequeña pantalla, amén de debutar con la película La Faute à Mon Père, the scandal of Father Barreua (2012), sobre la historia de amor prohibido de sus padres: un sacerdote católico y una enfermera que fue un escándalo en la Francia puritana de los sesenta. Con su segundo trabajo, primero documental, repasa sus amores a partir de los testimonios de sus ex parejas, a través de sus voces e imágenes de vídeo, y el contenido de las cartas de amor y desamor, ya que la directora filma compulsivamente desde los 16 años, grabando su vida, sus amistades, sus experiencias y sus amores. Siguiendo una estructura lineal, con algún que otro salto, tanto atrás como adelante, rompiendo ese esquema lineal. Escuchamos a los otros/as y nos dan una visión abierta, profunda e interesante de los amores de la directora, recogiendo buena parte de la década de los noventa entre París y Roma, volviendo al tiempo de la juventud, al tiempo del amor, al tiempo donde todo era posible, donde la vida y el amor y la juventud todavía vivía sin móviles y demás pantallas que nos han encerrado aún más. 

Todas las historias de amor tienen dos formas de mirarlas, pensarlas y sentirlas, y rara vez podemos conocer al otro/a y sobre todo, la visión que tuvieron o tienen, porque la película se adentra en el pasado desde el presente, o lo que es lo mismo, desde la memoria, desde el ejercicio de recordar, de todo aquello que recordamos o lo que creemos recordar que, acompañadas de las escogidas imágenes domésticas van dando una honesta exploración de todo lo que ocurrió, donde la película no juzga ni condiciona la visión de los espectadores, todo lo contrario, se sumerge con total libertad en todo lo que generan los testimonios y las citadas imágenes, creando esa idea de memoria fabulada, en que el cine ayuda a encontrar esos limbos necesarios y parecidos a lo que intuimos como aquella realidad, en un brutal ejercicio de memoria, documento, ficción donde el amor adquiere las mismas características, en ese intento de acercarse a lo que sentimos, a las huellas que nos dejaron aquellas historias, y sobre todo, lo que ha quedado de aquellas experiencias, si es que quedó algo, y cómo lo recordamos, como lo hablamos y cómo nos vemos entonces a través de nuestros recuerdos y las imágenes. 

En realidad, la película Fragmentos de una biografía amorosa también nos habla de la imposibilidad de extraer algo contundente del pasado y lo que éramos, porque siempre nos vemos como extraños de nuestra propia vida, y por ende de nuestra memoria, y por mucho que pensemos en ello y analizamos nuestros recuerdos y las imágenes, como ocurre en el caso de la obra, siempre estamos bordeando nuestra propia historia en un vano intento de racionalizar lo que fuimos y lo que somos. Quizás todo es una ficción y a la postre, nosotros somos unos pobres diablos que intentamos acercarnos a la memoria con las armas equivocadas, y más bien deberíamos ver nuestra vida como una película, inventándola constantemente, y siendo esclavos de nuestra propia memoria o lo que creemos que es eso de recordar. Celebramos la película de Chloé Barreau por querer contarnos el amor o lo que creemos que es el amor a partir de los otros y otras, a través de lo que dejamos en ellos y ellas, y sobre todo, cómo nos ven, nos recuerdan y si es igual o parecido a cómo los recordamos nosotros/as, en un sugerente ejercicio de idas y venidas, de pasado y presente y sin tiempo, porque al fin y al cabo, la vida avanza hacia adelante de forma oficial, y en el fondo, avanza como quiere a merced de nosotros mismos, que acabamos siendo espectadores de nuestra memoria y sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Wilding, el regreso de la naturaleza, de David Allen

DERRIBAR LAS CERCAS. 

“En la naturaleza está la preservación del mundo”

Henry David Thoreau

Hemos visto muchos documentales sobre granjas que se alejan de la producción agrícola industrial y ponen el foco en otro tipo de producción, más acorde con el entorno natural y sobre todo, más humana con los animales. Películas como Mi gran pequeña granja (2018), de Jon Chester y Gunda (2020), de Viktor Kossakovsky son dos claros ejemplos de esta nueva ola de documentales que se alejan de lo convencional para abrir nuevos futuros a la granja más tradicional. En Wilding, de Tim Allen es el contraplano de ese tipo de películas, aunque siguiendo la misma línea naturista y humana, porque aquí no nos explican la experiencia de hacer un granja diferente, sino que la cosa va por el lado opuesto, porque aquí la granja situada en Knepp, en West Sussex, en el sureste de Inglaterra, la pareja Charlie Burrell e Isabella Tree heredaron la granja familiar dedicada a la agricultura intensiva y productos lácteos durante 400 años, y siguieron con la idea pero después de 17 años, en 1999, acumularon deudas y el negocio se convirtió en inviable. Entusiasmados por las ideas del ecólogo holandés Frans Vera deshicieron derribar las cercas y convertir su granja en un espacio natural para animales omnívoros, recuperando un espacio de 1400 hectáreas en el paraje conservado más importante de Europa.

Allen es un consumado cineasta de la historia natural ya que ha dedicado varios de de sus trabajos tanto director y productor como My life as a Turkey, Earth: A New Wild, H20: The Molecule that Made us, The Serengeti Rules y My Garden of a Thousand Bees, entre otros, y encontró en el libro homónimo de Isabella Tree la materia para llevar a la gran pantalla Wilding, el regreso de la naturaleza, en una película lineal y nada presuntuosa, sino explicando con detalles la travesía física y emocional de la mencionada pareja. Un documento que desde la mayor sencillez y honestidad nos llevan por el inmenso espacio y nos convierten en un testigo privilegiado del proceso recuperando a las diferentes especies de animales, algunas extintas en esos lugares, la importancia y el motivo de cada presencias, de las vacas, de los cerdos, de los castores y demás animales que van creando la simbiosis perfecta y natural que había desaparecido en en entorno industrial. Tiene una función didáctica que se agradece y además, no resulta difícil ni enrevesada, sino todo lo contrario, porque la labor de Allen es tratar el tema con dignidad, respeto y sin romanticismos, sino contando la realidad y todo lo demás. 

Las espectaculares y bellas imágenes que recorren la película son obra de Tim Gragg y Simon De Glanville, dos reputados cinematógrafos que ya habían trabajado en las producciones del citado Allen, consiguen capturar toda la cotidianidad y la intimidad del entorno y de los animales, creando un espacio casi fantástico, místico y espiritual, algo así como un Arcadia feliz perdida en los confines del universo y del tiempo, donde abunda lo cercano con lo natural sin estridencias ni nada que se le parezca. La excelente música del dúo Jon Hopkins, que tiene en su haber películas como Mi vida ahora y Nuestro momento perfecto, y Biggi Hilmars en producciones de Islandia, Suecia e Inglaterra. El montaje de Mark Fletcher con experiencia en el campo del documental de naturaleza construye en sus breves pero intensos 75 minutos de metraje introducirnos en un relato que repasa la historia de Knepp, añadiendo algunos e interesantes momentos ficcionadas en los que vemos los inicios de la aventura con unos pipiolos Charlie e Isabella, y luego, en su mayor parte, la andadura y el diario de todo el intenso y emocionante viaje de transformar una granja más en un espacio donde la naturaleza sea lo principal y el ecosistema crezca y se reproduzca desde la fauna salvaje. 

No se acerquen a una película como Wilding, el regreso de la naturaleza como una especie de quimera imposible, porque la película no pretende retratar un imposible sino una realidad, quizás, todavía estamos muy lejos que la idea y el proyecto de Knepp sea una realidad que se extienda y abarque otras conciencias y países, y quizás, no se expande mucho, aunque si que es verdad que la película relata una realidad posible y eso es lo que tenemos que observar y sobre todo, reflexionar. David Allen ha hecho una película humanista que baja la altura de su cámara a la naturaleza y a los seres que la habitan desde el más grande al más diminuto, dotándolos de importancia en el universo de la naturaleza, porque esto lo olvidamos con mucha facilidad, la cantidad de vidas minúsculas que resultan imprescindibles para el equilibrio de la naturaleza y de la vida, en la que se incluya la de los sapiens, que estamos siempre tan lejos de los proceso naturales del planeta que habitamos en los que todos: ya sean flora y fauna y humanos todos tan imprescindibles para que podamos vivir en armonía y sin destruirlo todo. Cuánto camino hemos hecho mal y quizás, todavía no es tarde o quizás ya sea tarde y algunos sí podemos salvarnos viviendo con actitudes y formas totalmente diferentes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Pablo Lago Dantas

Entrevista a Pablo Lago Dantas, director de la película «O auto das ánimas», en su alojamiento en Barcelona, el miércoles 15 de mayo de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Lago Dantas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA