UNA CASA FRENTE AL MAR.
“El mal existe, pero no sin el bien, como la sombra existe, pero no sin la luz”
Alfred de Musset
Las leyendas y dichos populares siempre han alimentado que la maldad venía transformada en monstruos de grandes dimensiones, seres malvados que nos acechaban y nos dominaban. Las posteriores investigaciones y la literatura convirtió todo ese imaginario en obras donde el monstruo era una mera máscara en la que se reflejaban todos los males de nuestra especie. La maldad está ahí, muy cerca de nosotros, incluso en nuestro interior. La ventana abierta, la ópera prima cinematográfica de Ana Graciani (Albacete, 1972), es un cuento sobre la maldad contado de forma austera y sencilla, en casi un único escenario, el de una casa frente al mar, ubicada en la costa andaluza, cerca del estrecho, acechada por el agobiante viento de Levante, en la que hay dos personajes principales: Rubén, un tipo acomodado que llega para volver a ver a su relación online Merche, y se encuentra con una casa con un único habitante, Vera, la hija pequeña de Merche. Entre los dos se establecerá un interesante diálogo donde parece ser que las cosas no son como son.

Graciani que tiene una gran experiencia en teatro donde ha escrito y dirigido una veintena de obras, y guiones para documentales y ficciones, amén de haber dirigido un telefilme La boda (2019), se basa en un texto teatral, para construir una película de suspense, de corte psicológico, donde los espectadores somos Rubén, es decir, alguien forastero que llega a un pueblo, y más concretamente a esa casa, y toda la alegría que trae se va tornando de un tono muy oscuro cuando Vera le va contando una historia que nada tiene que ver con lo que le contó Merche en sus charlas online. Con ese aire hitchcockiano, la trama va avanzando linealmente con interesantes flashbacks donde una información se contradice con la otra. La trama opta por no decantarse con una verdad y expone los dos caminos, así el juego de la verdad, la mentira y lo real y lo falso entra en escena, y es el espectador quien deberá discernir quién dice la verdad y quién no. Un juego muy malévolo y a la vez, intrigante, que la película sabe llevar con acierto y mucha inteligencia, haciendo de su modestia su mejor carta, porque no se va por la tangente ni se inventa triquiñuelas para sorprender al espectador. En cambio, con algún desliz de guion, eso sí, nos cuenta una historia acotada en un día y su noche, llena de sorpresas bien escritas y mejor contadas.

Una buena cinematografía que firma Alejandro Espadero, con más de 30 títulos en su filmografía, entre los que destacan las andaluzas Jaulas, El plan, Tin & Tina y Solos en la noche, entre otras. Aquí su planificación se basa en planos cortos y medios, en los que los personajes se ven engullidos tanto por la casa, que es un personaje vital en la trama, como por el escenario, con ese viento molesto y constante, al igual que el mar que van alimentando de ruidos y sonido cada estancia del lugar. La música de la extraordinaria compositora Paloma Peñarrubia, que ha trabajado con Samu Fuentes, la pareja Alvarado-Barquero, y en películas tan sugerentes como excelentes como Destello bravío y Secaderos. Una música que no ejerce de asustadiza, como muchas producciones que confunden la tensión y el suspense con el susto sorpresivo, sino que construye ese mal rollo latente donde todo está raro y a punto de suceder algo, no sabemos qué. El estupendo montaje de una crack como Ana Álvarez-Ossorio, con más de medio centenar de títulos, siendo una habitual del cine de Paco León y Fernando Colomo, y el debut de Paz Vega como directora en Rita, entre otras. Sus 83 minutos de metraje, con una duración exacta, sin añadir nada más, consigue captar nuestra atención e interés con pocos elementos pero sí con inteligencia.

Un excelente reparto encabezado por el siempre estimulante Unax Ugalde como Rubén, el forastero recién llegado a ese microcosmos, que llega con una información y todo se va derrumbando porque recibe otra. La interpretación ayuda a mantener esa incertidumbre y ese caos en el que vive atrapado entre dos situaciones. Le acompañan la sorprendente Adriana Camarena, la hija adolescente de Merche, que vimos en Hermana muerte (2023), de Paco Plaza, que actúa como una convincente antagonista. La ausente/presente Merche es interpretada por Mara Guil, vista en El intercambio, El buen patrón y Alegría, entre otras. Alberto Löpez, popular por su dúo de “Los Compadres”, en un personaje más oscuro. Con la producción de Olmo Figueredo a través de La Claqueta, estamos ante un cuento de terror psicológico bien construido, que usa muy bien sus armas, es decir, un escenario ideal, frente al mar, y en invierno que le da una atmósfera diferente y alejada a lo convencional, creando ese aroma de sombras y fantasmas, y un reparto que refleja toda esa inquietud o esa calma tensa en el que todo puede ocurrir, en este cruce de terror clásico, donde lo sugerente se apropia de la trama, y un western de forastero que nada sabe del lugar y duda de todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA