Urchin, de Harris Dickinson

MIKE DEAMBULA POR LAS CALLES. 

“La adicción no es sobre la sustancia, es sobre la evasión. Es lo que usamos para no enfrentarnos a nuestra realidad”. 

Anne Wilson Schaef

La primera imagen de Urchin, que podríamos traducir como “Pilluelo”, de Harris Dickinson (London, Reino Unido, 1996), es muy demoledora, porque vemos a su protagonista Mike, durmiendo a la intemperie, en lo alto de un edificio. Se despierta y a duras penas se incorpora, y pasamos a la calle, donde el joven de unos treinta años, deambula por la calle de aquí para allá, escarbando en la basura, pidiendo dinero y esperando algo que lo enganche a la vida o simplemente, sobrevivir un día más. Mike es un joven más sometido a las adicciones, en presente continuo, porque no conocemos nada sobre su pasado, y mucho menos lo que deparará el incierto futuro. Su vida es un no presente, una no vida, en la que no parece haber espacio para algo de esperanza, quizás, la vida, aunque no lo parezca, le tiene reservada algún camino diferente a Mike. No estamos ante una película discursiva y que aporte soluciones, sino que profundiza en la realidad de Mike, un joven “colgao” como tantos ahí por las ciudades. 

A Dickinson lo conocíamos por su gran faceta como intérprete en películas reconocidas como Matthias & Maxime, de Xavier Dolan, El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund, Blitz, de Steve McQueen y Babygirl, de Halina Reijn, entre otras. Con Urchin entra en la dirección de largometrajes y lo hace por la puerta grande despachándose con una magnífica película de corte social, y sobre todo, humanista, que mira a los problemas reales de su ciudad, o al menos, algunos bien visibles. Su ópera prima tiene la atmósfera y las huellas de grandes cineastas británicos como Ken Loach y Mike Leigh, que tanto se han fijado en las “Working Class”, y en todos los más desfavorecidos y marginales de una sociedad demasiado consumista, individualista y deshumanizada que valora lo material y ya no sabe que significa lo humano y mucho menos, vivir. El cineasta londinense no lanza ninguna proclama ni hace ese cine tan manido y condescendiente que tanto abunda en las producciones comerciales. Aquí no hay nada de eso, hay verdad, un elemento que mucho cine ha olvidado, una verdad que no pretende registrar “la verdad”, sino capturar una verdad, la de Mike, y no hacer un retrato sobre el positivismo y demás estupideces, sino contar un camino lleno de obstáculos y mierdas, porque la vida tiene muchas de esas cosas y es estúpido dejarlas fuera. 

En la cinematografía encontramos el magnífico trabajo de la reconocida canadiense Joseé Deshaies, que tiene un carrerón al lado de grandes cineastas como Bertrand Bonello, con el que ha hecho 7 películas, amén de Nicolas Klotz, Denis Coté, Lodge Kerrigan e Ira Sachs. Su luz es apagada como el cielo plomizo de la capital británica, pero sin caer en lo sombrío y oscuro, porque la película nos tiene guardados algunos destellos de esperanza. La luz es dura pero no desesperanzadora. La música de Alan Myson, del que conocemos su trabajo en White Island, de Ben Turner, no es un mero acompañamiento, sino una composición que eleva cada plano, cada encuadre y cada gesto, en una película donde la cámara está pegada y muy cerca del protagonista, en esa fina línea entre lo invasivo y lo íntimo. El montaje corre a cargo del mexicano Rafael Torres Calderón, que ha trabajado en películas como Silver Star y Rodeo, y con cineastas de la talla de Yann González, entre otros. Su corte es preciso y tajante, sin andarse con florituras y captando toda esa verdad que comentaba más arriba, en una película con mucho movimiento y agitada en sus constantes 99 minutos de metraje.

Una película de estas características debía tener unos intérpretes de verdad, que transmitieran todo ese remolino de emociones que tienen sus personajes, y el director, muy conocedor de ese apartado, lo ha conseguido con Frank Dillane como Mike. Un actor que hemos visto en trabajos con Winterbottom y Ron Howard, y en series inglesas como La serpiente de Essex, Renegade Nell y Joan, entre otras. Su Mike es un tipo enganchado, que va de aquí para allá, que intenta tomar otros caminos para salir de su dura y oscura realidad, que lo vemos luchando contra todos y sobre todo, contra él, en una composición real, en la que se deja todo, consiguiendo esa verdad que tanto se busca en la película. Le acompaña Megan Northam como Chanelle, que hemos visto en películas como Los pasajeros de la noche y Las hijas del califato. Su Chanelle es una compañera de trabajo que entablará una amistad con Mike, con mucha cercanía y lejanía. Otros estupendos intérpretes  ayudan a dar esa profundidad tan necesaria en una película como esta. Nos ha convencido mucho la primera película de Harris Dickinson, por su arrojo, su energía y su fuerza y por su forma de mirar su alrededor y sobre todo, centrarse en la marginalidad, en la existencia de tantos jóvenes enganchados que les cuesta un mundo tener una vida diferente, o al menos, no una forma de supervivencia que pende de un hilo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La invasió dels bàrbars, de Vicent Monsonís

VENCEDORES Y VENCIDOS. 

“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. 

Milan Kundera 

La imagen que abre La invasió dels bàrbars, de Vicent Monsonís (Valencia, 1968), tiene un significado muy poderoso ya que nos sitúa en una posición reflexiva ante lo que vamos a ver. La imagen es la  mano de una niña cogiendo unas moras de unas zarzas. Un leve gesto que nos lleva a pensar en la inocencia frente a lo salvaje, a lo irracional. Un relato que nos lleva a dos lugares: la Valencia de la primavera del 39, cuando la “Nueva España” imponía sus normas violentas y asesinas contra una población cansada, hambrienta y derrotada. El otro lugar es un pueblo cercano a Valencia 80 años después, cuando un grupo de personas lucha por abrir una fosa donde hay sepultados represaliados. La película que nació en las tablas de la mítica Sala Russafa de la mano de Chema Cardeña, coproductor de la cinta, se instala en el ayer y en la actualidad y lo hace desde la intimidad y la cercanía de una serie de personas que, desde diferentes posiciones, luchan por la memoria y otros, por la ley del silencio y el olvido.

Monsonís es un outsider del cine valenciano, su ópera prima Dripping (2001) realizada en la periferia de la industria que cosechó grandes elogios tanto de la crítica como del público. Un cineasta que ha trabajado en muchos lares, en series de televisión diaria como Bon dia, bonica, en tv movies, y cine en comedias y dramas como Matar al rey y de corte histórico como Un cercle en l’aigua. Ahora vuelve al drama histórico con una historia ambientada en dos sitios, en la del 39  sigue a Esperanza, una conservadora del Museo del Prado interrogada por la pintura desaparecida, auténtico Macguffin del relato, que da nombre a la película firmada por Ulpiano Checa de finales del XIX. En la actualidad, su nieta Aurora lucha por abrir la fosa con la oposición del alcalde de derechas de turno. La cinta está contada desde lo más profundo de los personajes: sus posiciones, sus deseos y sus dignidades, en que cada detalle está muy pensado y donde cada cosa tiene su razón de ser como el acto nazi en el ayuntamiento en el que se deja muy claro los tiempos atroces que campaban entonces. No es una película de buenos y malos, sino de unas personas que lucharon por la dignidad, la libertad y la democracia, y otros, que imponían sus ideales de terror, violencia y poder.

Monsonís ha sabido sacar el máximo rendimiento a una película modesta pero de gran factura como evidencia los diferentes aspectos técnicos como la cinematografía de Ismael Issa, con gran trayectoria en la industria británica, amén de documentales como Morente y series como Cristo y Rey, entre otras. Su luz áspera y tenue ayuda a penetrar en las vidas de unos y otros, en la que se opta por mostrar de manera natural sin ser invasivo en la sofisticación. El montaje que firman el dúo Ernesto Arnal, que tiene en su haber nombres como los de David Marqués y Guillermo Polo, y Vicente Ibáñez, con más de 30 años de experiencia en el sector, contribuyen a darle consistencia y solidez a las dos historias y los dos tiempos en sus casi dos horas de metraje que resulta interesante y nada plomizo. La excelente música de Vicent Barrière, uno de los nombres detrás del nuevo auge del cine valenciano al lado de cineastas reconocidos como Adán Aliaga, Claudia Pinto, Alberto Morais y Avelina Prat. Su composición es audaz y brillantísima acogiendo cada encuadre y cada secuencia y elevándose con gran elegancia y cercanía. Mencionar los apartados de producción, arte, vestuario y caracterización porque acompañan de forma estupenda a todo lo que se cuenta y cómo se hace. 

El apartado interpretativo, al igual que el técnico, está poblado por talento valenciano, amén de tres intérpretes catalanes, entre los que destacan una fantástica Olga Alamán que hace de Esperanza, una mujer que es el alma de la película y mucho más allá. Una actriz que lleva más de dos décadas dando el callo en mil y un proyectos. Alamán tiene esa imagen de actriz de cine mudo donde todo lo expresa con una mirada y un gesto que traspasan la pantalla, erigiéndose en el verdadero pilar de la historia con esos grandes momentos que tiene con el magnífico Jordi Cadellans como el teniente franquista, un actor que lleva muchos años siendo un rostro visible en las producciones. Rosa López hace de Aurora, la nieta que lucha por la fosa que se enfrenta al alcalde de derechas que también interpreta Jordi Ballester. También encontramos a Pep Munné, actor que ya estuvo en el citado Dripping, como coronel franquista, la presencia de Fermí Reixach en su última aparición en el cine, Gloria March, Pepa Juan, Enric Benavent y Pep Molina, entre otros, que conforman un excelente reparto en el que todos brillan y dan profundidad a la historia. 

Desde estas humildes páginas recomiendo enormemente una película como La invasió dels bàrbars y lo hago con tanto entusiasmo porque es una obra hecha con el corazón, con un gran implicación y esfuerzo de todo su equipo a pesar de los problemas de financiación que se encontró su director. Porque a pesar de tantos obstáculos la película es estupenda, tiene garra, tiene relato, y sobre todo, no diré la manida palabra necesaria, sino que optaré más por la relevancia de contar este hecho que desconocía por completo, la de aquellos primeros meses de posguerra en Valencia, el último lugar que cayó en manos del fascismo, seguro que los más inquietos recordarán el horror del puerto de Alicante. Nos quedamos con el nombre de Vicent Monsonís, un verdadero francotirador del cine, un tipo que, a pesar de los pesares, y de los múltiples impedimentos de unas políticas que valoran la ganancia frente a lo artístico, que después no es así, porque el cine de Monsonís gusta al público en los festivales donde se ha proyectado. Quizás la falta de memoria de algunos con poder, como explica la película, es la culpable de encerrarse en unos ideales caducos y explotadores y olvidar de dónde venimos con los problemas que genera en las generaciones venideras. En fin, gracias a Vicent y a todo su equipo por la película, por volver a hablar de memoria, de fosas, de desaparecidos, de represaliados, por contarnos nuestra historia, que por muy horrible que haya sido, es nuestra historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El último canto nómada, de Marjan Khosravi

HAJAR QUIERE SER LIBRE. 

“Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia”. 

Simone de Beauvoir  

La condena, el sometimiento y la falta de libertad que sufren las mujeres iraníes ha sido muy reflejada en el cine a través de extraordinarias películas como El globo blanco (1995), de Jafar Panahi, Buda explotó por vergüenza (2007), de Hana Makhmalbaf y Una chica vuelve a casa de noche (2014), de Ana Lily Amirpour, entre otras, en la que a través de distintas formas y planteamientos se ha indagado en la cruel realidad que viven unas mujeres por el hecho de nacer así. Ahora nos llega el documental El último canto nómada, en el original “Marsiehei Baraye Eil”, y en inglés Requiem for a Tribe, el primer largometraje de la iraní Marjan Kroshavi, en la que sigue alzando la voz contra las injusticias que sufren las mujeres de su país como hizo en The Snow Calls (2020), un mediometraje de 45 minutos en el que exponía la cruda realidad de Mina, una mujer embarazada que si no da a luz a su primer varón después de dos hijas será repudiada por su marido siguiendo las duras imposiciones de su tribu Bakhtiari.  

En El último canto nómada conocemos la realidad de Hajar, una mujer de casi sesenta años perteneciente a la tribu Bahktiari que, durante siglos y siglos han usado la trashumancia como medio de vida moviéndose de unos lugares a otros con el cambio de estaciones, trasladando casa, animales y costumbres. Con la modernización, el cambio climático, la migración de los jóvenes y demás agentes externos han provocado que el nomadismo sea un vestigio del pasado que ya casi no se practica. Por ese motivo, Hajar se ve sometida por sus hijos varones a dejar el pueblo donde vive con sus ovejas y vacas y vivir en la ciudad con ellos. La mujer se niega y hace lo imposible para que los planes de sus hijos no se cumplan. La película coescrita por la propia directora y su hermano Milad, que también actúa como coproductor, se divide en dos partes. En la primera, asistimos a un retrato del antes con la inclusión de imágenes del documental People of the Wind (1976), de Anthony Howarth, que filmó la trashumancia de la citada tribu en la que aparece Hajar con 8 años, y del propio testimonio de la protagonista que documenta el pasado de su vida y costumbres. En la segunda mitad, el presente se impone con el frente abierto entre Hajar y sus hijos, en que la mujer está sola y muy sometida a una voluntad que no acepta y quiere revertir.  

Con sus breves y concisos 70 minutos de metraje de duración, la cámara penetra sin estridencias en la intimidad de Hajar, capturando todos esos sentimientos y emociones encontradas con un pasado que casi ya no existe y un presente hostil en una cinta que habla de nómadas, de memoria, de familia, de libertad y la falta de ella y sobre todo, nos compone de forma reposada y muy tranquila las realidades de tantas mujeres iraníes en el que sus familias deciden por ellas. El último canto nómada tiene denuncia pero no es una película de denuncia, sino de humanismo, porque no cae en el discurso fácil ni condescendiente, porque la directora y sus hermanos, al que incluimos Mehdi, que se ha hecho cargo de la excelente música, pertenecen a la tribu Bakhtari, y conocen de primer mano todos los entresijos de esa forma de vida y el totalitarismo que ejercen los hombres con total impunidad como reflejan Howarth y la propia Marjan Khosravi. La imagen rural tan característica de muchos cineastas iraníes como el gran Kiarostami, con esos inolvidables caminos serpientes de ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), el reciente cine del citado Panahi y demás, ayudan a entender como la modernización del país desplaza antiguas tradiciones como el nomadismo que han practicado los Bakhtari y tantos otros donde los caminos se hacían mientras se iban trasladando.

Mencionar la presencia como coproductora de Stephanie Von Lukowicz, especializada en coproducciones internacionales sita en Barcelona que, es se convierte en la mejor aliada para la película, autora entre otras de Álbum de posguerra (2019), de Airy Maragall y Ángel Leiro, sobre la relación del fotógrafo de guerra Gervasio Sánchez y los niños que retrató durante el asedio de Sarajevo. Si deciden ir a ver El último canto nómada, de Marjan Khosravi, se van a encontrar con una realidad dura para Hajar, pero que no cae en la desesperación ni mucho menos en la tristeza porque la entereza, el coraje y las ansías de libertad de la mujer son todo un gran ejemplo para todos, porque a pesar de los pesares ella se siente de la tierra, de esa tierra, de esas tradiciones y costumbres, cuando la tierra no tenía dueño, cuando todo parecía ir haciéndose cada día, a cada paso, a cada aliento, de aquí para allá. Un conflicto que también reflejó la cineasta Byambasuren Davaa en sus películas La historia del camello que llora (2003), El perro mongol (2005), y Queso de cabra y té con sal (2020), donde los campesinos mongoles se ven expulsados de sus tierras por las ansías de codicia de los invasores capitalistas. La película de Khosravi deja muchas reflexiones pero quizás la más contundente sería que no sólo hay que conocer al otro, sino hay que escucharlo y aún más, respetarlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Monsieur Aznavour, de Mehdi Idir y Grand Corps Malade

EL INMIGRANTE QUE SE CONVIRTIÓ EN AZNAVOUR. 

“Je vous parle d’un temps. Que les moins de vingt ans ne peuvent pas connaître. Montmarte, en ce temps-là accrochait ses lilas jusque sous nos fenètres. Et si l’humble garni, qui nous servait de nid, ne payait pas de mine. C’est là qu’on s’est connu, moi qui criais famine et toi qui posais nue. La bohème. La bohème. Ça voulait dire. On est heureux… 

Fragmento de “La bohème”, de Charles Aznavour. 

Hay muchas formas de encarar una película que hable de una figura real, abundan las que optan por una línea convencional donde priman los hechos más relevantes, atendiendo a una clara idea de regodearse en los éxitos y pasar por alto los fracasos y obviamente, las partes más oscuras e incómodas que puedan asustar al respetable. Monsieur Aznavour, que cuenta parte de la historia del gran cantante de la “chanson”, Charles Aznavour (1924-2018), retratando buena parte de su camino para convertirse en un referente de la canción francesa durante muchos años. Hay, como no, una parte dedicada a sus éxitos, sus amores y demás sucesos, aunque la película opta por contarnos sus comienzos y sus intentos de ser cantante que no fueron nada sencillos. 

La pareja de directores Mehdi Idir (Saint-Denis, Francia, 1979), y Grand Corps Malade, pseudónimo de Fabien Marsaud (Le Blanc-Mesnil, Francia, 1977), encargada de llevar el ascenso de Aznavour, ya conocida por haber codirigido un par de películas más modestas de índole social y humanista como Patients (2016), basada también en un hecho real de Corps Malade cuando tuvo un accidente y pasó por una extensa y ardua rehabilitación, y Los profesores de Saint-Denis (2019), sobre un grupo de docentes en un instituto difícil. Con Monsieur Aznavour entran en la gran industria, con una cinta que ha sido un gran éxito de público en Francia con un relato planteado a partir de cinco episodios que son el título de tantas canciones, que ahonda en la intimidad y sencillez de un hombre común hijo de refugiados armenios que soñaba con cantar y al que seguimos sus peripecias como aspirante a cantante. Pasando por dos grandes encuentros en su vida: Pierre Roche, con el que componía y cantaba en varios pequeños clubes por París y sus provincias y demás, su estancia en Canadá, y luego, con Édith Piaf, con la que durante 8 años se convirtió en su chófer, secretario, músico y cantante telonero y mucho aprendizaje. Conocemos lo que hay detrás del cantante, del hombre menudo que luchó y creyó en su talento, a pesar de todos los inconvenientes: menudo, feo, voz rota e hijo de extranjeros. 

Una película con un gran despliegue técnico en su arte, vestuario y demás elementos que hacen que la vida del magnífico músico se convierta en una gran experiencia cinematográfica y sea un retrato íntimo de una época ya desaparecida e importante para la cultura mundial. Destacamos la excelente labor del cinematógrafo Brecht Goyvaerts, que tiene en su filmografía los nombres de Lukas Dhont y Julien Leclercq, entre otros, adaptándose a una película de múltiples lugares, espacios y el consiguiente recorrido de años, donde prevalece una luz tenue y cercana, como el estupendo arranque con Aznavour sentado de espaldas a nosotros mientras habla por teléfono. El montaje de una grande como Laure Gardette con más de 30 títulos en su tercera película con los mencionados directores, amén de tener una carrera muy interesante al lado de François Ozon, con el que ha trabajo en 11 películas, Maïwenn, Nadine Labaki y Cédric Jimenez, con un trabajo nada fácil para almacenar tantas secuencias con sentido y ritmo en sus 133 minutos de metraje.  Y cómo no podía ser de otra manera, las grandes canciones de Aznavour, como la citada “La bohème”, “Les deux guitares”, “Les comédiens”, “Comme ils disent”, “Tout s’en va”, “Emmenez-moi”, “For me formidable” y muchas más, y algún que otro tema de Trenet, la Piaf, y otros grandes temas de aquella época, de aquella bohème… 

Mención aparte tiene la grandiosa composición de Tahar Rahim con una formidable carrera como actor con grandes cimas como Malik El Djebena que hizo en Un profeta (2009), de Audiard, que lo lanzó a la fama, El pasado (2013), de Farhadi, El padre (2014), de Akin que, curiosamente, interpretaba a otro armenio que huía del genocidio en 1915, como sucedió con la familia de Aznavour, y demás películas que lo han llevado a ser uno de los actores más cotizados de Francia. Su Aznavour es una interpretación alucinante, convirtiéndose en el cantante con sus gestos, su mirada, su forma de moverse y sobre todo, esa mirada que hacía lo imposible por dejar su pasado, y seguir cantando, sin detenerse, porque ahí venían los temores. Le acompañan Bastien Bouillon como Pierre Roche, su compañero de fatigas de la canción durante un tiempo, al que hemos visto en películas como 2 otoños, 3 inviernos, Sólo las bestias y La noche del 12, Marie-Julie Buap es una grandiosa Édith Piaf, con su cosas, su excentricidad y su enorme talento, que hemos visto en Algo celosa, Las buenas intenciones y Delicioso, y otros intérpretes como Camille Moutawakil, Hovnatan Avedikian, Luc Antoni y Ella Pellegrini, entre otros.

Una película como Monsieur Aznavour tiene lugares conocidos en toda biografía que se precie, pero tiene muchos añadidos que la hacen, no diferente a las demás, sino algo peculiar, ya que nos relata mucho del difícil periplo del cantante que todavía no era cantante, del joven que quería cantar y se ganaba a pulso cada oportunidad, con su timidez, su “poca cosa”, pero llevado por una gran ambición y convicción de mostrar sus canciones, su voz rota y apagada, pero con ganas, solidez y empatía que se ganó con trabajo y constancia el oído de los franceses y el resto del planeta. Una película que no engrandece a su protagonista, sino que lo humaniza y lo tiene siempre frente a nuestra altura y frente a nosotros, siendo un tipo más que con su talento, sus melodías y letras reivindicó y cantó a los olvidados, a los invisibles, a todos/as aquellos derrotados y apaleados por la vida y la sociedad que, un día quisieron romper con lo que la sociedad tenía para ellos y se pusieron a derribar puertas, muros y lo que fuese por seguir su sueño. Estaremos atentos a la pareja profesional Mehdi Idir y Grand Corps Malade porque con las ilusiones y derrotas de Aznavour nos han convencido a base de cercanía, transparencia e inteligencia. Chapeau por ellos!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro

COVAS DO BARROSO NO SE RINDE.   

“La Tierra proporciona lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada ser humano, pero no la de su codicia”. 

Mahatma Gandhi 

Si pensamos en cine portugués nos viene rápidamente la película Trás-Os-Montes (1976), de Margarita Cordeiro y António Reis, uno de los grandes monumentos no sólo de nuestro país vecino, sino del cine de los setenta porque, a través de una excelente docuficción observaban de manera profunda y reflexiva las tradiciones de esta parte situada al noreste del país, en un asombroso retrato de lo antiguo y lo moderno centrada en sus ritos religiosos. La película La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro (Lisboa, Portugal, 1990), se mira en la citada película para construir también una docuficción para retratar también el norte, no muy lejos de la mencionada, y más concretamente el pueblo Covas do Barroso, que vive amenazado por la llegada de la Savannah Resources, una compañía británica que quiere instaurar la minería del litio en sus montañas. Ante ese peligro, la población se reúne y lucha contra la industrialización del territorio que perjudica enormemente su agricultura y ganadería y el desastroso impacto en el paisaje. 

Carneiro ha cimentado una interesante filmografía, siempre en el campo documental y sus derivaciones como hizo en Bostofrio (2018), su debut en el que recorría las huellas de su abuelo a través de su pueblo, en Périphérique Nord (2022), hablo de los inmigrantes portugueses en Suiza a partir de su pasión por los automóviles. En la película que nos ocupa vuelve a lo rural, y a través de un magnífico híbrido entre el documental observacional, en el que construye una mirada tranquila y sobria en el que muestra la cotidianidad de sus habitantes, sus formas de trabajo, convivencia y amistad siempre con el entorno natural como guía espiritual de todos. Y luego, está la recreación que usa para contarnos el litigio entre el pueblo contra la compañía, y lo hace a partir de los propios habitantes que se interpretan a sí mismos y al “enemigo”, donde se abre una forma de cine dentro del cine, y lo mejor de todo, en que los propios afectados pueden reflexionar su vivencias, su presente y su futuro, con una atmósfera de western donde hay momentos cómicos. A través de un guion que firman el uruguayo Álex Piperno, director, entre otras, de Chico ventana también quisiera tener un submarino (2020), y el propio director, construido inteligentemente pasando por las estaciones de casi un año porque arranca en otoño, pasa por el invierno para terminar en primavera, en el que lo etnográfico, a lo Rouch y Depardon, con sus días, tradiciones e idiosincrasia se mezcla con la “invasión” de la empresa que altera la comunidad y los pone en guardia y lucha. 

Una película que recoge unas gentes y su territorio particular, tan natural como salvaje, y una forma de industria invasiva que destruye para romper las leyes ancestrales de la naturaleza no impone reglas, sólo que reivindica nuestra historia y nuestro futuro. Las reivindicativas y conmovedoras canciones de Carlos Libo estructuran la película, convirtiendo cada tema en un himno y clamor del pueblo unido que se reúne y actúa ante la industrialización masiva que no piensa en lo natural y mucho menos, en la vida. Escuchar temas como “Hora de lutar”, “A voz do povo” y “Brigada da foice”, entre otros generan ese sentimiento de unidad, pertinencia y ancestral, de los que están y los ausentes. La música diegética y sensible de Diego Placeres que trabajó en la mencionada Périphérique Nord, acompañan las brillantes imágenes en 35 mm que traspasan cada detalle, cada mirada y cada gesto, que firman el trío Rafael Pais, Duarte Domingos y Francisco Lobo, del que conocemos por su trabajo en El bosque de las almas perdidas (2017), de José Pedro Lopes. El montaje de unos inolvidables 77 minutos de metraje es certero y sensible firmado por el propio director, el citado Álex Piperno y la uruguaya Magdalena Schinca, que tiene en su filmografía compatriotas como Sergio de León y Marcos Vanina, entre otros. 

Una película de estas características necesita la ayuda y la complicidad de los habitantes de Covas do Barroso que han sido unos intérpretes por partida doble, siendo ellos mismos y mostrando sus vidas, trabajos y demás, y además, interpretando a “los otros”, el enemigo que amenazaba su tierra. Tenemos al mencionado músico Carlos Libo y Paulo Sanches, Daniel Loureiro, Aida Fernandes, Maria Loureiro, Lúcia Esteves, Nelson Gomes, Benjamin Goncalve. Todos ellos muestran una naturalidad y transparencia que hace del retrato una ensayo ficción de una forma de vida y hacer casi en extinción en muchos lugares de este planeta. No deberían dejar pasar La sabana y la montaña, de Paulo Carneiro, porque además de descubrir unas vidas muy diferentes a las nuestras, tan sometidas a lo urbano, la industrialización en cadena y el vacío existencial, seguimos atentos a la unidad de una comunidad y su lucha en contraposición a unas ciudades donde el yo y el individualismo ha ganado la partida a la asociación y al otro, donde nos miramos a nosotros. La película es también un gran toque de atención para dejar de vernos tanto y mirar a nuestro alrededor, a lo que somos, a los otros y sobre todo, pararnos para no perder la identidad y nuestro camino, y miremos la actitud y la voluntad de los lugareños de Covas do Barroso, todo un lección de vida y humanidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La deuda, de Daniel Guzmán

LOS LAZOS QUE NOS UNEN.  

“Muchas personas pasan por nuestra vida pero sólo muy pocas llegan a ocupar un gran lugar en nuestro corazón”. 

Adam Smith

Después de tres largometrajes podemos ver patrones comunes que se entrelazan con sabiduría en el cine de Daniel Guzmán (Madrid, 1973). El más significativo, que aplaudo con gran interés, es su acercamiento a lo social, un tema que cuesta mucho en el cine español. El director madrileño muestra la invisibilidad, es decir, se centra en personajes vulnerables e indefensos ante un sistema atroz y salvaje que lo acapara todo sin importar las necesidades de las personas. Otro elemento, es su atención a los afectos y los lazos que se entretejen entre las personas, y sobre todo, las de distintas edades, con una mirada cercana a la vejez y sus problemas. Otro elemento muy destacable es las oportunidades que brinda a intérpretes naturales que fusiona con acierto con otros profesionales y consagrados. Finalmente, lo social no queda en la condescendencia ni en ese cine panfletaria y reivindicativo sin más, porque en sus películas cuenta conflictos reales y muy palpables, de los que aparecen en los informativos diariamente, y lo hace desde la cercanía y lo humano, y las relaciones afectivas que se forman. 

Su tercera película, La deuda, está más cerca de su ópera prima A cambio de nada (2015), que de su segunda obra que fue Canallas (2022), también anclada en lo social, pero añadiendo la comedia costumbrista y negra, y dosis de thriller que bebía mucho del cine berlanguiano y el italiano de los sesenta. En La deuda tenemos a Lucas, que interpreta el propio Guzmán, que vive y sufre junto a Antonia, una anciana de 90 años, a la que cuida y ayuda. La cosa se pone fea porque un pequeño robo que se complica lleva a Lucas a la cárcel, y además, un fondo buitre quiere comprar la casa de Antonia y se necesita una gran cantidad de dinero para saldar la deuda. Con esas, Lucas se irá sumergiendo en una espiral donde aparecen gangsteres, policías, y un par de mujeres que irán complicando la situación y mucho. Como toda buena película social, el policíaco entra en escena, y le da ese toque de negrura que tan bien le van a esas tramas donde la desesperación, los callejones sin salida y la fusión de personajes de diversidad índole acaban siendo protagonistas de relatos cruzados en los que la vida los va sumiendo en sus diferentes intereses personales, económicos y demás. Guzmán nos habla de personas necesitadas de cariño, de atención y de un poco de suerte. 

El director madrileño ha vuelto a contar con algunos de los técnicos que ayudaron a que A cambio de nada viera la luz como el editor Nacho Ruiz Capillas, con más de 130 títulos en su filmografía, dotando de aplomo y energía una trama que combina con inteligencia elementos y tramas dispares que acaban casando con naturalidad en sus 110 minutos de metraje, en un montaje en el que también está Pablo Marchetto Marinoni, habitual del director Norberto López Amado. Su otro cómplice es el sonidista Sergio Burmann, otro grande con más de la centena de films, que consigue que el sonido brille y nos sumerja en la historia. La música de Richard Skelton, debutante con Guzmán, ayuda a cruzar una trama que respira profundamente y que necesita ese equilibrio entre acción y emoción, tan presente en el cine del director. La cinematografía la firma Ibon Antuñano Totorika, que ya estuvo en la mencionada Canallas, con una nueva luz, diferente y más oscura que la citada, donde las diferentes y abundantes localizaciones tienen ese tono apagado y complejo donde cada espacio tiene mucho que ver con el estado de ánimo de los diferentes personajes en liza.

Una de las fortalezas del cine de Guzmán son sus bien escogidos repartos, no obstante, la carrera como actor del director certifica su tino con la parte interpretativa que brilla por su naturalidad e intimidad. Si en A cambio de nada nos descubrió el talento arrollador de Miguel Herrán, Antonia Guzmán, su propia abuela, y María Miguel, entre otros, en La deuda, descubrimos la actriz natural Rosario García siendo una Antonia adorable y con mucho sentido del humor negro muy a lo Berlanga. También encontramos a Susana Abaitua como una enfermera muy particular, Itziar Ituño en uno de esos papeles duros e intensos que ayudan a lucirse a cualquier intérprete, Luis Tosar, que ha salido en las tres del cineasta, tiene una breve presencia, al igual que otros como Mona Martínez, Francesc Garrido y Fernando Valdivielso, entre otros. Mención aparte tiene el propio director que se reserva el protagonismo en la piel de Lucas, un superviviente, un tipo con mala suerte, alguien que es buena persona y también, alguien desesperado. No dejen de ver una película como La deuda, de Daniel Guzmán, eso sí, si les interesan las historias de verdad, aquellas que podrían ser nuestras vidas o de esas personas que nos cruzamos diariamente mientras vamos a nuestros quehaceres. Es una película con alma, honesta y sólida que habla de ese cine que tan bien hacen en Inglaterra los Leigh, Loach, Frears y demás, donde lo importante no es contar un relato, sino el relato que habla de lo que somos, de cómo vivimos y cómo hacemos cuando nos aprietan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La cena, de Manuel Gómez Pereira

ÉRASE UNA VEZ EN… ESPAÑA DESPUÉS DE LA GUERRA. 

“Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. 

Antonio Machado 

Existen muchas comedias. Está la comedia divertida y entretenida que su objetivo es hacer pasar un buen rato y si puede ser, reventar la taquilla. Está otra comedia, también divertida y entretenida, que va más allá, porque construye un relato lleno de situaciones cómicas a la vez que rescata algo que lo usa para atizar con fuerza a ciertos mecanismos de la sociedad y a esos poderes altivos que manejan a su antojo. Pensamos en el cine de Berlanga-Azcona, un binomio que puso de vuelta y media a las penurias del franquismo y de un país de pandereta y en blanco y negro y lleno de horror, además de construir excelentes comedias negras que reflejaban una sociedad atrasada y vengativa. En La cena, de Manuel Gómez Pereira (Madrid, 1958), basada en la obra La cena de los generales, de José Luis Alonso de Santos, estamos ante una comedia excelente, porque casa con una brillantez exquisita los momentos graciosos con aquellos que retratan aquella España acaba de salir de la guerra, donde las heridas todavía estaban demasiado calientes y tantos unos como otros seguían en pie de guerra. 

La trayectoria de Gómez Pereira que abarca más de tres décadas haciendo cine desde que debutara con Salsa rosa (1991), a la que le siguieron estupendas comedias que cosecharon grandes taquillas como Todos los hombres son iguales (1994), Boca a boca (1995) y El amor perjudica seriamente la salud (1996), con un equipo memorable de guionistas como Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano, ambos en La cena, junto al director, y Juan Luis Iborra. Una película que equilibra esa idiosincrasia tan de aquí con una comedia ácida y amarga como las de Chaplin y Keaton, y exquisita y sofisticada, muy Lubitsch, La Cava, Hawks, y más tarde, por los Mackendrick, Wilder, Edwards, y demás autores que desafiaron la hipocresía y la estupidez mediante brillantes comedias que, sin aparentarlo, retratan con inteligencia los males de la condición humana. En la cena, dos personajes aparentemente antagónicos como el teniente Medina y el maître Genaro, uno militar, y el otro, monárquico, se ven envueltos en la preparación de una cena para Franco en el Hotel Palace, reconvertido en un hospital. Los dos harán su propio viaje de conciencia en una España tan destrozada como violenta en la que todavía huele a guerra y sobre todo, a venganza con los vencidos. 

Una producción detallista y cuidada en la que encontramos a técnicos experimentados como el cinematógrafo Aitor Mantxola, con más de 40 títulos, que ha compartido películas con Gómez Pereira en series como Velvet y films como La ignorancia de la sangre, que hace todo un entramado de planos y encuadres en una película muy de interior pero llena de movimiento e intensidad. La música de Anne-Sophie Versnaeyen, que ha trabajado con Nicolas Bedos y en la reciente La mujer del presidente, de Léa Domenech, hace un trabajo excelente mezclando pasos dobles y otras melodías que casan a la perfección con el entramado tragicómico que destila la película. Los otros apartados técnicos brillan como el vestuario de Helena Sanchís, que coincidió con el director en la citada Velvet y Las chicas del cable, el diseño de producción de Carlos Amoedo y la caracterización de Amparo Sánchez. El gran trabajo de edición de Vanessa Marimbert, con más de 40 películas en su filmografía, al lado de grandes como Carlos Saura, Esteban Crespo y Fernando Léon de Aranoa, cimenta un relato in crescendo en el que une una gran descripción de personajes, y por ende, de las dos Españas, y sus relaciones, llenas de claroscuros, en sus espectaculares 100 minutos de metraje. 

Si el apartado técnico es estupendo, el equipo interpretativo no se queda atrás, en un reparto coral, marca de la casa del director madrileños, encabezados por una pareja que recuerda a los Lemmon-Matthau, en la piel de Mario Casas como teniente, y un gran Alberto San Juan como maître, que trabajó con Pereira en la serie Cheers. Ellos son la película, o quizás, la película son ellos, porque componen dos almas encerradas en una especie de manicomio con barra libre que se ha convertido España y en concreto, el Palace. Les acompañan Asier Etxeandia como un falangista violento y muy desagradable, Nora Hernández y Carlos Lasarte como una pareja joven que lo tiene muy crudo, Elvira Mínguez, una mujer de carácter que no se amilana ante los fascistas, Carlos Serrano, un camarero de los vencedores que pretende a la joven emparejada, Eva Ugarte es la mujer del teniente que busca su oportunidad y finalmente, Carmen Balagué, una cómplice del dúo Gómez Pereira-Oristrell tiene su momento, y muchos más que pululan por la cena intentando sobrevivir. Un reparto extenso en el que cada uno tiene su momento, en una historia que se va complicando y de qué forma, siempre dentro de un orden o un caos, según se mire.  

Dentro de la filmografía de Gómez Pereira, una película como La cena nos devuelve a aquel director que construía excelentes comedias, donde el amor y el sexo eran los destinos de los atribulados y perdidos personajes. Esta no se queda atrás, y además, como sucedía en la mencionada El amor perjudica seriamente la salud, se da una vuelta por el franquismo, por esa dicotomía entre la crudeza y la violencia del régimen y las ansias de vivir, amar y descubrir. Con La cena se desenvuelve en el par de meses que siguieron al fin de la guerra, donde las cosas andaban muy calientes en todos los sentidos: unos en la cárcel, otros, sin saber qué hacer, y los de arriba, celebrando con cenas sus éxitos. Un panorama que retrata con acierto  e inteligencia esas dos Españas, incluso una tercera… ya verán, en una película ácida y divertidísima y muy elegante, porque no entra en lo grosero y zafio para hacer brillantes gags y momentos muy de slapstick, y comedia negra muy berlanguiana. Para los más jóvenes es un gran ejercicio ver una película como esta, porque además de pasar un buen rato, es también muy aleccionadora en el sentido de retratar la dictadura que empezaba, donde no había sitio para formas de pensar y sentir diferentes, y si no me creen, pregunten a Medina y Genaro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

El rugir de las llamas, de Robin Petré

LA TIERRA Y EL FUEGO. 

“La Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la Tierra”. 

Proverbio indígena 

Desde el primer encuadre, con ese paisaje en llamas, igual de bello como aterrador, El rugir de las llamas (en el original, Only on Earth), de Robin Petré (Dinamarca 1985), deja clara sus intenciones, la de hablarnos con honestidad y profundidad de de una forma de vida rural, tan ancestral y en consonancia con la naturaleza, que va desapareciendo para dar lugar a una invasión de lo natural en favor a la codicia económica que está desintegrando los bosques y las zonas de pasto en objetos que expulsan lo rural y sus animales y sus gentes. La película nos sitúa en los ambientes rurales del sur de Galicia, una zona sensible en la proliferación de los incendios, y nos habla desde lo más íntimo y transparente para sumergirnos en una realidad, la de un verano que sufre los efectos de las altísimas temperaturas y la devastación de los incendios cada vez más virulentos y catastróficos que, como indica uno de los protagonistas, San, un bombero especializado en análisis de incendios, unos incendios que ya no suenan, sino que rugen como un monstruo con sed de sangre y destrucción. 

De Petré conocíamos sus documentales Pulse (2016), cortometraje de 25 minutos que nos mostraba la realidad de una granja de ciervos, y From the Wild Sea (2021), su ópera prima que nos sumergía en las relaciones humanas y los animales salvajes de las profundidades del océano. Con El rugir de las llamas se traslada a la tierra, donde humanos y caballos han convivido desde tiempos inmemoriales. Una compañía que ayudaba a que los bosques se mantengan secos de arbustos y demás matojos y así mantener un equilibrio importante que controlaba mejor los fuegos. La película se mueve entre lo bello y natural y lo triste y desolador, entre las relaciones de hombres y caballos, una actividad que está desapareciendo y dejando los bosques vacíos. La directora danesa invita a reposar, mirar y reflexionar situando su cámara y dando tiempo en una realidad que muestra la naturaleza, y sobre todo, los efectos de la mano humana que, por un lado, vive en entornos rurales y con animales, y por el otro, usa la naturaleza para sus beneficios económicos sin importarle sus devastadores efectos de esa forma de uso tan feroz. No es una película de buenos ni malos, ni mucho menos, la propuesta huye de ese maniqueísmo, porque muestra y no juzga, sí hay denuncia, pero sin señalar a nadie, sino colocando el encuadre en un entorno muy invadido que olvida su idiosincrasia, que recuerda a otras miradas “gallegas” a su rural como las de Xacio Baño, Oliver Laxe, Jaione Camborda y Lois Patiño, entre otros.  

La película tiene una grandiosa factura técnica, en la que los elementos visuales y sonoros son capitales para capturar ya adentrarse en cada uno de los detalles y miradas que existen, por eso la cineasta danesa se ha acompañado de algunos de sus técnicos cómplices que ya le acompañaron en From the Wild Sea, como al cinematógrafo María Goya Barquet, en la que cada plano emana lo visual y lo sonoro, penetrando en ese paisaje tan bello como triste, tan maravilloso como duro, tan todo y nada. El gran diseño de sonido de un grande como Thomas Perez-Pape, con más de 60 títulos en su filmografía, donde cada forma, cada textura y cada gesto se introduce en nuestro interior creando un magnífico campo donde todo se escucha de verdad y se desliza en las imágenes. La montadora Charlotte Munch Bengtsen, que estuvo en la extraordinaria The Act of Killing, construye en sus intensos y reposados 93 minutos de metraje un bello retrato donde coexisten todos los conflictos y alegrías del territorio. La música de Roger Goula, un fichaje fantástico, que se muta con las imágenes y sonidos, formando una nueva lectura en la que humanos, bestias y naturaleza cohabitan a pesar de sus alejados intereses.

Como toda buena película, del género que sea, debe tener un gran reparto y esta lo tiene. Tenemos al citado San, un especialista en el tema de los incendios, que escuchamos sus reflexiones, planes y demás frente al fuego, tan bello como destructor. Pedro, un chaval de 10 años, que vive con caballos, de los que sabe todo, y sobre todo, sueña con ser algún día un vaquero como los que le precedieron de su familia, que pone esas notas de humor. Cristina, agricultora y bombera, sabe muy bien los colores de su tierra, y conoce de primera mano lo difícil que es tratar con la tierra y sacar provecho, y cómo no, lo frágil de esa existencia porque el fuego puede acabar con todo en un abrir y cerrar de ojos. Y finalmente, Eva, veterinaria y jinete, que conoce las prioridades de la zona y sus habitantes, en contra de esas empresas invisibles que lo inundan todo. Cuatro miradas que se complementan y a la vez, son muy diferentes, que ayudan a mostrar las peculiaridades y texturas del entorno, un paisaje que sufre y está perdiéndose, quizás esos cuatro y los más que allí habitan serán los últimos náufragos de un tiempo que se va, o quizás, se convierten en los verdaderos humanos que resisten en su tierra y sobre todo, la protegen de tantas amenazas, ya sean malhechores de lo material, visitantes-domingueros que ensucian y no respetan, y cómo no, los incendios que es la terrible consecuencia de tantos desmanes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un cabo suelto, de Daniel Hendler

EL POLICÍA QUE HUYE. 

“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”

Miguel de Cervantes

Como se mencionaba en la inolvidable Touch of Evil (1958), de Orson Welles, aquello que las fronteras eran los estercoleros de los países. Eso mismo sucede en Un cabo suelto, de Daniel Hendler (Montevideo, Uruguay, 1976), en la que Santiago, un oficial de poco rango de la policía argentina ve algo que no debía y no tiene más remedio que cruzar la frontera con Uruguay y ocultarse en la ciudad y alrededores de Fray Bentos. El agente sólo puede huir, esconderse como una alimaña a la que vienen en su acecho. En esa travesía a lo desconocido, se irá encontrando con individuos como un vendedor de quesos ambulante que toca melodías tristes a la guitarra, un abogado que le encantan los quesos, y finalmente, una mujer que trabaja en una de esas tiendas de frontera que venden de todo y de nada. Vestida como un thriller con toques de comedia negra, con esa mezcla entre la idiosincrasia de la zona, tan peculiar y hermosa, y esa atmósfera de no cine negro tan habitual de los Coen y Kaurismäki. 

De Hendler conocemos su gran y dilatada trayectoria como actor con más de 25 años de carrera que la ha llevado a trabajar en más de 60 títulos junto a Daniel Burman, Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll, Santiago Mitre y Ana Katz, entre otros, amén de su interesante filmografía como director con tres largos y una serie, que arrancó con Norberto apenas tarde (2010), El candidato (2016), la serie La división (2017) y la que nos ocupa. Historias llenas de tipos al borde todo y de nada, donde la situación los desborda y deben adaptarse y sobre todo, aceptar sus circunstancias y limitaciones. El policía Santiago se une a estos tipos don nadies, metidos en un embrollo de mil demonios, muy a su pesar, que debe huir, esconderse y encontrar un lugar diferente en un viaje lleno de obstáculos y peligro constante. Hendler no se olvida de los lugares comunes del noir, pero los llena de cotidianidad y de unas situaciones muy cómicas, incluso absurdas, como la vida misma, en la que el género se transforma en un costumbrismo que recoge esos espacios alejados del mundanal ruido que no parecen reales, pero sí lo son. Ese no tempo que recorre toda la historia consigue ese tono triste y melancólico que ayuda a mirar a los personajes de muy cerca y de frente.

La excelente cinematografía de un grande como el argentino Gustavo Biazzi, con más de 40 títulos, acompañando a directores de la talla de Alejo Moguillansky, Santiago Mitre, Hugo Santiago y Ana Katz, entre otros, que ya estuvo en la mencionada La división, construye una forma clásica, de planos y encuadres fijos y de gran factura técnica para darle esa prisión en la que vive el protagonista moviéndose por una zona desconocida y hostil. La música del dúo Gai Borovich y Matías Singer, que ha estado en todas de Hendler, amén de Carolina Markovicz, ayuda a mantener ese suspense y ligereza que se combina en todo su entramado. La edición de otro grande como Nicolás Goldbart, aparte de director, con casi medio centenar de películas, junto a Pablo Trapero, Damián Szifrón y Rodrigo Moreno, cimenta un ritmo pausado y nada estridente, que brilla en su cercanía y naturalidad en sus reposados 95 minutos de metraje, en una película que combina un gazpacho donde hay policíaco lleno de sombras y oscuridades, humor uruguayo donde se describe muy bien una forma de ser, sentir y hacer, con ese tono de tristeza, sin caer en la desesperanza, que tanto define una forma de estar en la vida.

Alguien como Daniel Hendler, con una filmografía impresionante de títulos como actor, debía tener especial elección y trabajo con sus intérpretes que brillan con actuaciones minimalistas, donde se habla poco y se mira mejor, con el argentino Sergio Prina dando vida al huido Santiago, Alberto Wolf es el peculiar y tranquilo vendedor de quesos, Néstor Guzzini es el abogado que recoge al huido, que recordamos en la reciente Un pájaro azul, el uruguayo y reputado César Troncoso, que ya estuvo en El candidato, es otro abogado que asesora a Santiago, Pilar Gamboa, una de las maravillosas protagonistas de La flor, de Llinás, es la mujer que trabaja en el súper de la aduana y que baila los viernes en un club, y además, tendrá un (des) encuentro con el protagonista. Una película como Un cabo suelto huye de los sitios manidos del cine negro, y lo hace de una forma nada artificial, sino todo lo contrario, a partir de esos espacios tan domésticos y tan extraños, casi de otro planeta que hay en las aduanas y los pasos fronterizos, donde unos van de aquí para allá y viceversa en un ir y venir de personas, de historias, de huidas, de amor, de mentiras y de no sé sabe muy bien, porque esos lugares y volvemos a Welles, no pueden traer nada bueno porque está lleno de individuos desconocidos y con muchas cosas que ocultar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson

A LAS BARRICADAS. 

“Nadie en el mundo, nadie en la historia, ha conseguido nunca su libertad apelando al sentido moral de sus opresores”.  

Assata Khasur del Black Liberation Army

De las diez películas que ha dirigido Paul Thomas Anderson (Los Ángeles, California, EE. UU., 1970), ha dedicado tres de ellas a la década de los setenta. Una batalla tras otra (en el original, “One Battle After Another”), aunque ambientada en la actualidad, podemos decir que su origen radica en las luchas raciales de los sesenta y setenta en Estados Unidos con grupos como los Panteras Negras y el Ejército de Liberación Negro, que erjecieron la lucha armada para favorecer las condiciones humanas de la población negra. Basada en la novela “Vineland”, de Thomas Pynchon, del que ya adaptó Puro Vicio (2014), en el que Doc Sportello, un detective hippie trasnochado se enfrentaba a una trama compleja con tintes de cine negro. Ahora, nos sitúa en la América de Trump y del fascismo más exasperante para introducirnos en un grupo armado que lucha contra las injusticias contra los inmigrantes, como deja patente en su catalizadora apertura con la liberación del centro-cárcel de inmigrantes. 

El cineasta californiano adapta y actualiza el texto de Pynchon, donde el grupo armado actúa aquí y ahora con una gran líder como Perfidia, que recuerda a Assata Khasur, la ex-pantera que ejerció de líder del BLA, y da la circunstancia que ha fallecido este año en Cuba en la que se encontraba refugiada. Perfidia y los suyos atentan contra el sistema: roban bancos, liberan inmigrantes y hacen la revolución en una América deshumanizada y dictatorial. Si bien la película se parte en dos mitades diferenciadas. En la primera, asistimos a la actividad frenética del grupo y sus acciones, cada vez más violentas y complejas. En la segunda, con 16 años después, el relato se centra en Bob, el compañero de Perfidia que vive retirado de toda actividad revolucionaria que se verá inmerso en otro gran lío, porque Deandra, la hija que tuvo con Perfidia, es perseguida por un antiguo archienemigo, el coronel Lockjaw. Y así son las cosas, donde Anderson, envuelto en la atmósfera del cine setentero de los Peckinpah, Hellman, Boorman, Lumet y De Palma, alimenta una película llena de violencia física, persecuciones, disparos, y un ritmo frenético que no se detiene con el mejor estilo de la planificación del espíritu de Taxi Driver y Toro salvaje, de Scorsese. 

El director estadounidense se vuelve acompañar de algunos de sus cómplices de sus últimos títulos como el cinematógrafo Michael Bauman, que ya estuvo en Licorice Pizza, construyendo una luz cegadora que viene estupendamente al tono de la historia: seco, abrupto y desértico, lleno de carreteras secundarias, lugares sin nombre y todo ese imaginario que edificó el western crepuscular de tipos sin rumbo, amores imposibles y supervivencia por tramos. La magnífica música de Jonny Greenwood, sexta película con el director, en la que vuelve a llevarnos en volandas con esa lija que traspasa, en la que sigue sin descanso a los perseguidos y perseguidores de la películas, en una trama que asfixia por su contundencia, ritmo y salvajismo. El montaje de Andy Jurgenesen, que también viene de la mencionada Licorice Pizza, cimenta su energía y aceleración en el movimiento constante de los personajes, en constante huida y colocón, metiéndose por no espacios donde se hacinan gran cantidad de personas indocumentadas, en que el peligro es una constancia y donde se está huyendo de forma en bucle, en una historia que se va hasta los 162 minutos de metraje, en el que su entramado y veloz consecución de hechos no se detiene, sometiendo al espectador a un espectáculo de lo sucio, lo violento y lo más oscuro de la sociedad y la condición humana. 

Como suele ocurrir en las películas de Anderson, sus repartos están llenos de grandes aciertos porque enfunda a sus intérpretes en personajes pasados de vueltas en muchos aspectos. Tenemos a Bob que hace DiCaprio, que parece el hermano gemelo del citado Sportello que hacía Joaquín Phoenix, un tirado de la vida, que está metido en un asunto de muchos cojones y demasiado heavy para su “cuelgue”, peor no tiene más remedio que hacerlo porque su hija está en serio peligro. Le acompañan el “enemigo”, un militar sacado de los Gi Joe, fanático, fascista y sátiro que borda un inconmensurable Sean Penn. La casi debutante Chase Infinit es Deandra, la hija acosada, que no va de heroína al uso, sino de una tipa capaz de enfrentarse a todos y todo. Benicio del Toro es Sensei Sergio, un jefe-inmigrante que ayuda y se ayuda, que se involucra en el asunto, con su peculiar forma de hacer y humor. Teyana Taylor es Perfidia, una máquina total de la revolución, una activista que hemos citado recuerda a Khasur y también, Angela Jones y demás. Deandra es Regina Hall, otra activista de la causa. Alana Haim, la inolvidable protagonista de Licorice Pizza, también tiene acto de presencia como una de las activistas armadas. 

Las intenciones de Paul Thomas Anderson quedan muy patentes a lo largo de la película, porque ha querido actualizar la situación de aquellos años sesenta y sobre todo, setenta, donde la lucha armada acaparó la resistencia que proliferaron en casi todos los países, a partir de movimientos revolucionarios que luchaban por cambiar los métodos explotadores y consumistas de una sociedad hipnotizada por el materialismo y la ley del más fuerte, del ordeno y mando, como deja claro con ese instante donde el personaje de DiCaprio está viendo por televisión La batalla de Argel (1966), de Gillo Pontecorvo, mítica película que hablaba de la lucha del Movimiento de Liberación de Argelia contra el colonialismo despiadado de Francia. El cineasta americano huye del maniqueísmo y consigue una película muy sólida y efervescente, donde lo único es sobrevivir en una sociedad llena de violencia salvaje y deshumanizada, que no deja aire al espectador y nos introduce en una enérgica e intensa trama donde sus fumaos y tirados se meten en un lío de mil pares de cojones, a lo bestia, sin adaptación previa, como funcionan las cosas, un día de calma se viene abajo porque la venganza aparece de nuevo, sin pedir permiso, a tiro limpio, como el far west, como siempre ha sido en el país norteamericano, una guerra sin fin, donde sólo sobrevive el que se mantiene de pie, porque huir no es una elección, porque siempre te encuentran. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA