La invitación, de Karyn Kusama

002_mUNA CENA CON AMIGOS.

Las primeras imágenes de Mulholland drive (2001) de David Lynch, nos conducían por las calles pendientes y curvilíneas de esos barrios lujosos y alejados de la urbe instaladas en lo alto de las colinas. El fascinante e hipnótico film nos introducía en un mundo cerrado que ocultaba  las existencias más siniestras que podíamos imaginar. La directora Karyn Kusama (1968, Brooklyn, Nueva York), que tuvo un debut prometedor en Girlfight (2000), que se centraba en una joven latina que soñaba con ser boxeadora, y le valió varios premios en Sundance, aunque luego cambio de rumbo con dos blockbusters hechos a medida de la maquinaria hollywodiense como Aeon flux (2205), espectáculo pirotécnico de peleas y fx, a la mayor gloria de Charlize Theron, y Jennifer’s body (2009) una cinta de terror al uso con asesina atractiva cepillándose a sus amigos.

Ahora, vuelve a los mismos derroteros de su opera prima, producción independiente, basada en complejas relaciones entre los personajes, exquisita atmósfera, un guión fluido e interesante manejado con gran tensión dramática que irá in crescendo, y un buen puñado de interesantes actores desconocidos. La trama arranca con Will (personaje que nos guiará por la película) y Kira, su novia. Los dos viajan en coche por las calles en subida por uno de esos barrios que nos hablaba el genio de Lynch. No parecen muy convencidos de lo que están haciendo, dialogan si aceptar o no la invitación de sus amigos. Finalmente, aceptan y se detienen frente a una de esas casas lujosas edificadas en lo alto de las colinas. Entran y les reciben los anfitriones, Eden y David. Un grupo de amigos ya se encuentran en la casa. Así arranca la película, Kusama nos va introduciendo de manera gradual y paciente en las relaciones soterradas que se respiran entre los personajes, sobretodo, entre Eden y David. Lo que parece un encuentro entre amigos para celebrar que llevan un tiempo, dos años para ser exactos, que no se ven, virará para sumergirnos en una cinta de terror doméstico, al estilo de grandes clásicos como La semilla del diablo y otros de la década de los 70, en los que se trabajaba a través de pocos personajes y las relaciones latentes que se removían en sus interiores.

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A través de flashbacks, la directora nos cuenta que Eden y David perdieron accidentalmente a su hijo, y ella despareció. Esa noche se reencontrarán, se volverán a mirar, en la casa donde todo ocurrió. La realizadora neoyorquina se mueve entre las sombras y los fantasmas del pasado, en cómo nos enfrentamos al dolor y al sufrimiento, los mecanismos personales y ajenos para aceptar la tragedia y vivir con la culpa y seguir viviendo a pesar de todo lo que nos duele y mata. Quizás la parte final resulte previsible, y vista en otras muchas obras del género, pero no desluce en absoluto la construcción milimétrica de la película, como a través de los ojos de Will vamos conociendo los detalles que impregnan y asfixian de tensión y terror a esa noche de reunión de amigos. Los personajes raros amigos de Eden y David, parecen estar allí con una misión que hacer. Las inquietudes y desconfianza de Will, todavía en estado depresivo por la pérdida, nos lleva a pensar que está en lo cierto en algunos ocasiones, pero en otras, parece un ser consumido por el dolor que sólo ve fantasmas y pesadillas a su alrededor. Un thriller psicológico de brillante factura que te va atrapando desde el primer momento, cargado de esa luz tenue y abstracta que va contaminando cada espacio, y a cada personaje de esa casa ensombrecida y fría, con unos intérpretes que manejan de manera eficaz las emociones de sus personajes, dotándolos de incertidumbre y tensión.

KIKI, el amor se hace, de Paco León

KIKI_posterESE OSCURO DESEO QUE NOS PONE.

“El sexo sigue siendo la mejor manera de hacer el amor”

El universo cinematográfico de Paco León (1974, Sevilla) del que ya conocíamos su labor de cómico y actor, arrancó en el 2012 con Carmina o revienta, en la que nos contaba a modo de híbrido entre la ficción y el documental, las alegrías y tragedias cotidianas de su madre y hermana, debido a su enorme éxito, dos años después, nos llegó la segunda entrega, Carmina o amén. Dos películas en las que ejercía de director, guionista y productor, y se sustentaban a través de comedias frescas, divertidas e inteligentes.

Ahora nos llega su tercer trabajo como director, en una película que nace de un encargo, la adaptación de la cinta australiana Little death. León nos sitúa en un calentito verano, en Madrid, y nos convoca a seguir a diversos personajes, de índole social y cultural diferentes. Cinco historias independientes que se desarrollan a través de las filias sexuales de las parejas en el asunto. Tenemos a Natalia y Alex, enamoradísimos y felices, a ella le ponen las plantas por herencia, pero ha descubierto que los atracos la excitan sobremanera, su novio hará lo indecible para conseguir excitarla. Luego, en pleno barrio de Lavapiés, conocemos a Paco y Ana, en plena crisis sexual después de ocho años de vida en común, la terapia les propone descubrir nuevos horizontes. Aunque, la llegada de Belén, amiga de Paco, en pleno desengaño amoroso, les llevará por derroteros inesperados. También están María Candelaria y Antonio, feriantes y casados, pero por mucho que lo intenten no se quedan embarazados, deberán recurrir a sus pasiones más ocultas para encontrarse a sí mismos. Nos trasladamos a un ambiente de lujo donde se desarrolla el siguiente conflicto, José Luis, un cirujano plástico que es rechazado por su mujer después de que esta última haya sufrido un accidente que la ha dejado minusválida. Pero, el hombre encontrará en la noche su mejor aliada para dar rienda suelta a sus pasiones más oscuras. Y por último, Sandra, neurótica y sorda, le pirran los tejidos suaves, y no consigue encontrar el amor, pero será a través de su trabajo, que podrá experimentar aquello que no consigue.

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León nos introduce en una comedia fresca, ligera, costumbrista, y muy divertida, en el que se habla mucho de sexo, pero mucho, y también se practica, pero también nos habla de amor, de parejas, de deseo, de pasiones, y sobre todo, de lo que nos pone, de la búsqueda del placer, de los deseos ocultos, de eso que nos cuesta tanto hablar, pero que en el fondo forma parte de nosotros mismos y de lo que somos. León ha construido una película ligera, suave y muy cálida, mucha culpa tiene de ello la luz de Kiko de la Rica, que nos penetra y nos lleva con elegancia y cercanía de un lugar a otro. Lugares muy alejados entre sí, pero en realidad tan cercanos que se tocan y se huelen. Secuencias en las que pasamos del humor más irreverente al drama más sólido y oscuro, aunque todo mezclado y sin dejar de reírse de todo y todos. El realizador sevillano es un excelente director de situaciones cómicas que trata con ironía y erotismo, si, estamos ante una comedia erótico-festiva (como nos anuncia el afiche de la cinta) pero inteligente y divertida, nada soez y chabacana, todo lo contrario, llena de gags estupendos, como los de la sala de sexo o la de la fruta y los juegos divertidos en topless de la nueva amiga.

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León demuestra que el cine es un vehículo extraordinario para hablar de sexo, de bajas pasiones, de orgasmos, de felaciones, y demás juegos sexuales, sin que eso conlleve la filmación de esos momentos. León nos lo cuenta desde el antes, y todos los elementos y situaciones eróticas que convergen para materializar el sexo. Se rodea de un equipo de excelentes intérpretes que juegan con sus filias sexuales de manera juguetona y agradable, entre los que destaca el personaje de Belén que interpreta Belén Cuesta (que no para en comedias como Ocho apellidos catalanes o El pregón). Aquí, se desata en un personaje de sevillana divertido y enamoradizo, que nos recuerda a la Candela de Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Almodóvar. Un joven sevillana que llega para inundar de sexo, erotismo y amor a la pareja en crisis sexual. Una comedia llena de gozo y sabiduría, que nos penetra en nuestro interior, en todo eso que bulle y que cuesta tanto hablar y compartir.

Hitchcock/Truffaut, de Kent Jones

430102_jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxEL DIRECTOR QUE ESCRIBÍA CON LA CÁMARA.

“El hombre había muerto, pero no el cineasta, porque sus películas, realizados con un cuidado extraordinario, una pasión exclusiva, una emotividad extrema enmascarada por una maestría técnica poco frecuente, no dejarían de circular, difundidas por todo el mundo, rivalizando con las producciones nuevas, desafiando el paso del tiempo, comprobando la imagen de Jean Cocteau cuando habla de Proust: “Su obra continuaba viviendo como los relojes de pulsera de los soldados muertos”.

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Permitidme que arranque este texto hablándoles de una experiencia personal relacionada con la naturaleza de la película. Corría el año 1997 y estudiaba guión. El primer día de clase, allá por el mes de octubre, la profesora nos pidió que leyéramos el libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Mi ímpetu devorador cinéfilo ya me había llevado a conocer el cine de Hitchcock, no tanto el de Truffaut, que por aquel entonces solamente había visto Los 400 golpes y alguna más de las protagonizadas por Fanny Ardant. Al día siguiente, compré el libro y me sumergí en su lectura. Era la primera vez que me leía un libro sobre cine, así que devoré aquella lectura nerviosa e impaciente, deseoso de continuar empapándome de aquella conversación fascinante e hipnotizadora, un libro que no sólo hablaba de la construcción del universo de un gran creador cinematográfico, sino que se sumergía en sus emociones más profundas y revelaba una naturaleza maravillosa que trascendía aquellas páginas para convertirse en algo especial, no sólo en un libro sobre cine, sino en un libro sobre la vida, y los hechos que circunstancialmente nos llevan a tomar un camino u otro, tanto a un nivel personal como profesional. Desde aquella primera lectura, vinieron más y más, y el libro se ha convertido con el tiempo en un compañero especial y esencial en mi vida,  y cada cierto tiempo, no mucho, vuelvo a dejarme llevar por esa maravillosa conversación entre dos cineastas apasionados por su trabajo que amaban con todas fuerzas el oficio de hacer cine.

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A mediados de los años 50, los Godard, Chabrol, Rohmer, etc, desde la revista Chahiers du Cinema, dentro de su política del cine de autores, dedicaron diversos artículos ensalzando la figura del cineasta Alfred Hitchcock, como un grandísimo autor que poseía un magnífico universo cinematográfico, reivindicando una figura que en EE.UU. no era considerado como tal, sino todo lo contrario, sus películas eran tratadas como simples vehículos de entretenimiento que tenían como destino recaudar grandes sumas de dinero. Truffaut conoció a Hitchcock en 1954, pero no fue hasta abril de 1962 cuando le envío esta carta:

“Desde que soy director mi admiración hacia usted no ha disminuído un ápice; más bien al contrario, es cada vez mayor y ha cambiado de naturaleza. Hay muchos directores que aman el cine, pero lo que usted posee es un amor por el mismo celuloide y es de eso precisamente de lo que me gustaría hablarle. Desearía que me concediera una entrevista grabada que duraría unos ocho días, lo que ascendería a unas treinta horas de grabación. El objetivo sería destilar no una serie de artículos sino un libro completo que se publicaría simultáneamente en Nueva York y París, y probablemente después en todo el mundo.”

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Hitchcock le respendió emocionado. Cuatro meses después, el 13 de agosto de 1962, el día que Hitchcock cumplía 63 años de edad y después de haber realizado 48 películas, en su despacho de los Estudios Universal, François Truffaut (un joven director de 30 años de edad, con tres películas realizadas y experiencia como critico durante más de 6 años) con la ayuda de Helen Scott, que actuará como intérprete, arrancó la conversación. Fueron 8 días intensos en un horario comprendido entre las 9 de la mañana hasta alas 6 de la tarde. El cineasta norteamericano Kent Jones (autor de libros sobre crítica, colaborador en la prestigiosa revista Film Comment, y socio de Scorsese en diversas películas documentales como Mi viaje a Italia o Una carta a Elia) se embarca en el proyecto de llevar a imágenes aquel encuentro entre Hitchcock y Truffaut. Le acompaña en el guion Serge Toubiana (ex director y redactor de Cahiers, director de la Cinémathèque francesa desde el 2003, y autor de la biografía de Truffaut, libro sobre Pialat y director de un documental sobre la figura del director francés). Dos hombres de cine experimentados para convertir en película todo el material que tenían: 500 preguntas registradas en 50 horas de grabación de la conversación, las páginas del libro, un buen puñado de fotografías, y los testimonios de cineastas de la talla de Scorsese, Fincher, Linklater, Assayas, Anderson, Gray, Desplechin, Kiyoshi Kurosawa, Peter Bogdanovich y Paul Schrader. El resultado es un fascinante documento sobre el cine y la construcción de las películas, un ensayo fílmico que va desgranando el inmenso trabajo autoral de Hitchcock, y las acertadas reflexiones de los directores contemporáneos que se emocionan relatando su indudable maestría para el cine, explicando con detalle algunas secuencias de sus películas, mientras se van alternando las imágenes.KP_1809863_crop_1200x720

Jones ha creado una película bellísima, un hermoso viaje a las inquietudes más profundas de un creador sin parangón en la historia del cine, un encuentro que revolucionó el cine y lo cambió para siempre, una lección de cine absorbente, de extaordinario valor cinematográfico, con el acompañamiento de una música que capta suavemente lo que se cuenta. Dos almas inquietas y profundas, amantes y apasionadas del cine mantienen una conversación fascinante llena de luz y sabiduría en el que desenmascaran todo el trabajo de Hitchcock, profundizando en los diversos apartados que son necesarios para elaborar una película. No se dejan nada, dialogan, intercambian opiniones, reflexionan, escarban y profundizan sobre la forma y el fondo cinematográfico sin descanso y con maravillosa entrega. Tiene el aroma de aquellas obras de investigación que tanto gustaban en los años 60 y 70. Un documento imprescindible sobre el amor al cine, y a la vida, sobre el hecho de hacer películas, y la pasión y el trabajo diario del cineasta y todo el equipo creador que le rodea. Cuando se publicó El cine según Hitchcock, en 1966, al que Truffaut bautizó como Hitchbook, su éxito fue inmediato, pronto se convirtió en un especie de biblia para todos los cineastas, un libro de consulta imprescindible para entender el cine, conmovió a todas aquellas personas que nos hemos ido acercando a lo largo de su medio siglo de existencia. La idea primigenia que tenía Truffaut de cambiar la idea que se tenía del cine de Hitchcock funcionó, aquellos detractores que tanto lo criticaban con dureza y sin razón, cambiaron su postura y empezaron a ver el cine de Alfred Hitchcock con otra mirada, más cercana a la realidad y no a los intereses y envidias personales.. La amistad de Hitchcock y Truffaut se mantuvo en el tiempo, hasta la muerte de Hitchcock en 1980, (Truffaut fallecería sólo cuatro años más tarde, con 52 años, víctima de un cáncer). Los dos cineastas se intercambiaban sus guiones, comentaban sus respectivos proyectos, y continuaron hablando de cine y de la vida, se hacían visitas a menudo. En 1979, cuando el American Film Institute homenajeó a Hitchcock, el director francés le dedicó estas palabras en directo ante millones de telespectadores:

“En América ustedes le respetan porque filma escenas de amor como si fueran asesinatos; nosotros le respetamos porque filma escenas de asesinato como si fueran escenas de amor.”

Nuestra hermana pequeña, de Hirokazu Koreeda

nuestra-hermana-pequeña-poster-peliculaLAS CUATRO ESTACIONES DE LAS HERMANAS KODA.

“Todo lo que vive requiere esfuerzo”

La cinematografía de Hirokazu Koreeda (1962, Tokio, Japón) se ha caracterizado por profundizar temas como la memoria, la muerte o la aceptación de la pérdida. Sus películas están protagonizadas por personas sumergidas en un proceso de tránsito, un conflicto que les llevará a enfrentarse a las heridas del pasado que todavía arrastran, y se mantienen ocultas, y la llegada de algún elemento externo, ya sea persona o objeto, les llevará a reabrirlas, volver a experimentar ese dolor, y enfrentarse a ellos mismos. Koreeda se ha convertido en uno de los cronistas de las últimas décadas de la vida japonesa, a través de las relaciones de padres e hijos, como lo fue su adorado y querido maestro Yasujiro Ozu del Japón de antes y después de la segunda guerra mundial. Cine poético y liberador, pero también cine social y profundamente inquieto, cine fabricado con extrema delicadeza y belleza, cine del tiempo y de las relaciones humanas, cine sobre el espacio y el paisaje que se mueven unos personajes agarrotados por el pasado y que viven con incertidumbre el futuro.

Koreeda, en su décimo trabajo para el cine, ha recurrido a Umimachi Diary, de Akimi Yoshida, una de las novelas gráficas más exitosas de los últimos tiempos, para hablarnos de tres hermanas, muy diferentes entre ellas. Sachi (que nos recuerda a la Noriko de las películas de Ozu), la mayor, doctora de profesión, ha optado por el rol de la madre que nunca tuvieron, la segunda, Yoshino, empleada en un banco, romántica y alocada en busca de su príncipe azul, y la menor, Chika, que trabaja en una tienda de deportes, inocente y aniñada, pero de corazón puro. Tres hermanas que tras la muerte del padre, que huyó en el pasado con otra mujer, descubren que tienen una hermana pequeña, Suku, de 15 años, una espabilada e inteligente niña algo tímida y muy madura. Sachi decide que vivirá con ellas en Kamamura. El cineasta japonés nos introduce en la cotidianidad de las cuatro hermanas, la casa familiar en la que viven, sus respectivos trabajos, los amores inconclusos que no acaban de fructificar, el restaurante favorito donde comen caballa frita, y sobre todo, en el inexorable paso del tiempo, manejado con perfecta armonía a través de los acontecimientos que se van produciendo: la bravura del océano en verano, cuando arranca la película, el follaje otoñal que inunda cada plano, la exuberante floración de los cerezos, el estallido de las flores en primavera, para volver al verano con los fuegos artificiales que iluminan las noches cálidas.

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La cámara de Koreeda es observadora y paciente, describe el paso de las estaciones y los accidentes ambientales que se originan, introduciendo a sus personajes y sus derivas emocionales en el centro del cuadro, no están filmados en tono documental, sino como seres completamente integrados en un paisaje bello y triste de Kamamura que actúa como el reflejo de lo que sucede en sus interiores. Koreeda cuenta su drama intimista a través de los ojos de Suku, que llega del campo cargada con secretos familiares a la espalda, que lentamente irán conociéndose, y también, a través de la mirada de Sachi, que con la ayuda de su conflicto interior que se desata con el problema con su novio, descubriremos el origen de su compleja relación con su madre. Una película sobre la memoria, sobre la herencia de los que ya no están, el legado que nos dejan, como ese árbol de ciruelas que ya nos es tan productivo como antaño o el maravilloso licor que emana y es producido con cariño y guardado como si de un tesoro se tratase.

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Como suele ocurrir en las películas asiáticas, encontramos muchas secuencias construidas a través de la comida, tanto en su elaboración como en los momentos que se reúnen para ingerirla. Koreeda aprovecha las situaciones que se originan para adentrarse en los conflictos interiores que todavía arden, a través de los objetos, la comida y las miradas. Todo está contado con suma delicadeza y belleza, la poesía inunda de forma cadente, nada sucede forma apresurada, todo se cuece a fuego lento, avivando la llama como un leve susurro, tejiendo como se hacía antaño, hilvanando la historia como lo hacía Ozu (como hiciese Koreeda profundamente en Still walking, que se erigía como una mirada contemporánea del clásico Cuentos de Tokio) mirando a sus personajes desde lo más profundo del corazón, conmoviendo desde el alma, y dejándose llevar por el tiempo que todo lo consume y renueva, como los viajes en tren, el humo de las chimeneas, los paseos en bicicleta, compartir una comida entre miradas y confidencias, presenciar la ciudad desde lo alto de la montaña o un paseo observando como la primavera ha llegado…

O los tres o ninguno, de Kheiron

af_guia_o_los_tres_o_ninguno_5259LA FAMILIA COMPROMETIDA.

Nos encontramos en una aldea del sur de Irán alrededor de 1955. Conocemos a una familia numerosa, 12 hijos, entre ellos, nos presentarán a Hibat Tabib, el hilo conductor de la historia que a continuación nos contarán. Un salto en el tiempo, nos traslada hacía 1972, Hibat se ha convertido en un opositor al régimen dictatorial del Sha de Persia, es detenido y encarcelado. Cuando es liberado, estalla la revolución, pero todo se tuerce, el Ayatolá Jomeini y sus radicales islamistas llegan al poder e instauran un régimen autoritario. Hibat conoce a Fereshteh, y se enamoran, y siguen en la lucha política.

La opera prima de Kheiron, alias del nombre Nouchi Tabib, cómico de gran éxito en Francia en el El club de la comedia, y antiguo educador social, nos cuenta la historia de sus padres, y de todos aquellos resistentes que lucharon contra la injusticia en Irán, y tuvieron que exiliarse a Europa y seguir desde el exterior la lucha por la libertad de su pueblo. Kheiron adopta la tragicomedia para contar la existencia de sus progenitores, una vida llena de dificultades con años de cárcel, vida clandestina, y el penoso viaje por las montañas cruzando la frontera hasta Turquía, y más tarde, una nueva vida desde cero en Francia. El cineasta iraní sigue directrices y propuestas similares de Persépolis (2007), en la que Marjane Satrapi, junto a Vincent Paronnaud, a través de la animación y en clave de tragicomedia, contaba su vida en Irán durante el régimen de Jomeini, desde el punto de vista de la mujer, la principal perjudicada de la falta de libertad. Kheiron construye una fábula como las de antaño, sin olvidarse de los momentos durísimos de la vida en Irán, y los difíciles comienzos en Francia. El director cuenta su película en francés, en la que vivimos una historia de amor sensible y delicada, en el que reinan la tolerancia y el compromiso por un mundo mejor. Su película es imaginativa, divertida, y humana, pero también, terrorífica y trágica, eso sin perder en ningún momento el punto de vista de la comedia, arrancando sonrisas e ilusión en todos los momentos, incluso también en los duros.

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No es una película panfletaria, ni bienintencionada, explica la resistencia con muchísimo humor de alguien que creía en un mundo diferente, y allá donde estuvo, siempre siguió con esa premisa para los suyos y él mismo. Tampoco es una película política, aunque está muy presente durante todo el metraje, Kheiron la tiene en cuenta, pero su mirada se encamina hacía su familia, como siguieron unidos y todos fueron a una, a pesar de las dificultades por las que tuvieron que pasar. La incursión de la actriz Leïla Bekhti, con ese carácter y temperamento (como todas las mujeres que se describen en la película) aporta las dosis necesarias que necesita el personaje del padre para tocar de pies a tierra, y centrarse en su familia. Una luz en la que priman los rostros y las miradas, y los tonos oscuros, cuando el film se endurece y áspera, acompañada de una divertida y mágica banda sonora que sigue a los protagonistas a ritmo de pop y música tradicional. Una película sobre la familia, pero a partir de un concepto humano y realista, alejándose de esa idea anglosajona de la familia como idea central del desarrollo del individuo, aquí, la idea se sustenta en algo totalmente diferente, se cimenta en que el grupo familiar como soporte para realizarse como persona, y los otros miembros apoyarán y construirán una vida a pesar de las diferencias y el entorno hostil en el que vivan. Kheiron recoge el testigo de los grandes como Chaplin, Keaton, Hermanos Marx, etc… que nos explicaron que por muy duras y terribles que sean las experiencias que vivamos, siempre hay que ofrecerles una sonrisa, tratarlas con humor, para reírse de ellas y sobre todo, reírse de uno mismo, porque quizás la comedia es lo único humano que nos queda.

El grupo, de Gustavo Vizoso

12107951_10153923021129424_1349789152204966253_nNO SE ESTÁ SOLO.

A partir del 2008, con el estadillo de la crisis, ese país que nos vendieron como un paraíso de abundante trabajo y riqueza por doquier, se vino abajo. En ese instante, apareció su triste y verdadero rostro, los parados se amontonaban en las interminables colas del paro, los desahucios estaban a la orden del día y el gobierno era incapaz de frenar la hemorragia. Por el contrario, sus políticas conservadoras la hacían aumentar con recortes de todo tipo y ayudas a la banca, origen de la burbuja inmobiliaria. Ante este panorama social, el cine se ha mostrado comprometido en abordar estos temas y contar el drama cotidiano de las millones de personas que lo han sufrido, y desgraciadamente, lo siguen sufriendo.

El grupo es una de esas películas, su director Gustavo Vizoso (1971, Barcelona) que empezó como fotoperiodista y autor de documentales de compromiso social, vivió en carnes propias la tragedia de quedarse sin trabajo, y entró a formar parte de uno de los grupos de parados de larga duración de más de 40 años, a través de una idea de los Servicios Sociales del Barrio de Sant Antoni de Barcelona, en los que se toma como hipótesis de trabajo el Observatorio de Salud Mental de Catalunya (OSAMCAT). El psiquiatra al cargo el Dr. Josep Moya de la Fundació Parc Taulí (desde donde se desarrolló el documental Una cierta verdad, de Abel García Roure, que filmaba a enfermos mentales) propuso a Vizoso que filmase estos encuentros terapéuticos. El realizador barcelonés captura de forma inquieta y cercana estas conversaciones, en las que cada uno expone sus inquietudes y reflexiones para ayudar y ayudarse, y de esta manera encontrar apoyo para pasar el trance de su mala situación personal. Vizoso sigue atento con su cámara todo lo que va sucediendo, no participa de forma activa, se mantiene al margen, capturando la inmediatez del momento, filmando sus miradas, sus rostros y las palabras que emiten. Son testimonios personales dentro del colectivo, de esta agrupación/cooperativa que nace con el propósito de que no se sientan solos, y entre todos, produzcan herramientas que les ayuden a conseguir trabajo y salir adelante.

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En un par de ocasiones, Vizoso, deja la sala de las reuniones, para seguir a dos miembros del grupo, a los que les cede su cámara y su drama personal, las personas nos cuentan su cotidianidad, las idas y venidas de trabajos precarios que se van encontrando, su modus operandi a la hora de buscar trabajo, y las diversas actuaciones y dinamizaciones en las que participan. Vizoso estructura su película a través de dos tiempos que vienen marcados por las reuniones que se van celebrando. Primero, en tres meses de primavera y verano del 2014, y luego se traslada al invierno del 2015, en los que vemos el origen del grupo y las actividades que realizarán, para luego, ser testigos de todo el proceso que han vivido y como ha sido su desarrollo. Un documento necesario y honesto, construido a través de historias mínimas, de personas como nosotros, personas que tienen que volver a empezar, reconstruirse interiormente y mentalmente para afrontar el durísimo proceso de buscar trabajo y sobre todo, una película sobre la solidaridad humana y el trabajo cooperativista, en el que trabajar unidos con el objetivo de tener una vida digna para seguir sobreviviendo en una sociedad, que parece ser que sólo cuenta para la riqueza económica y se olvida demasiado de lo humano, que al fin y al cabo, debería ser el epicentro de la riqueza de las sociedades.


<p><a href=»https://vimeo.com/146241233″>Trailer El grup</a> from <a href=»https://vimeo.com/user548569″>Gustavo Vizoso</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

El cuento de la princesa Kaguya, de Isao Takahata

poster_elcuentodelaprincesakaguyaLA PRINCESA TRISTE.

El vigésimo primero largometraje del maravilloso y sublime Studio Ghibli retoma un viejo proyecto de hace más de medio siglo de la Tohei Animation, que se basa en un cuento popular llamado El cuento del cortador de Bambú. Isao Takahata (1935, Mie, Japón) cofundador junto a Hayao Miyazki de Ghibli, que creció en el Studio Tohei, y realizó su primera película en 1968, responsable de series de la talla de Lupin III, Heidi o Marco, y realizador de excelentes largometrajes como La tumba de las luciérnagas o Recuerdos del ayer, entre otras, es el responsable de llevar a imágenes la complejidad del espíritu del cuento. El cineasta nipón emprende, en su quinto trabajo como director, la aventura de adaptar un cuento tradicional sobre una heroína desdichada que viene de otro mundo. Las técnicas de animación y dibujo que utiliza Takahata y su equipo recuperan el estilo tradicional japonés Yamato-e de la pintura sobre pergamino, construyendo unas láminas de exultante belleza, trabajando una animación artesanal, muy alejada de las técnicas actuales, un dibujo hecho a mano, en el que predominan los blancos, trazado con carboncillo, y coloreado con acuarelas, en el que prima el detalle y la intimidad, deudor de la pintura impresionista de los Matisse o Monet, en las que consiguen impregnar un relato extraordinariamente poético, que nos envuelve de forma apabullante, hipnotizándonos por ese mundo rural donde crece esta niña que surge de un tallo de bambú.

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El ambiente y agitación de los primeros años, y su rapidísimo crecimiento descubre a una niña diferente y dotada de un aura especial, una vitalidad asombrosa que contagia de forma sencilla y natural, en el que su vida se manifeiesta a través de los juegos con los demás niños, el descubrimiento maravilloso de ese mundo apasionante de la naturaleza, en el que luce el sol, la luna, los animales, las plantas, y todo el esplendor y belleza de la plasticidad con que Takahata nos lo cuenta, centrándose en el mínimo detalle, el gesto que acaricia los encuadres y planos, la brisa que suena, el movimiento de las ramas, la alegría del instante, y el trabajo diario en el bosque de bambús, y sobre todo, la luminosidad de esa vida feliz y cotidiana junto a sus padres adoptivos y sus amigos. Takahata consigue traspasar el alma de la protagonista, debidamente acompañada con la música abrumadora del gran Joe Isaishi (un habitual de Ghibili), una princesa Kaguya que debido a su irreparable destino, se traslada a la ciudad para convertirse en un miembro de la realeza, con una nueva educación, una institutriz que la sigue a sol y sombra, y rodeada de lujo y riqueza, y expuesta para encontrar esposo, el alma alegre y feliz del campo se convierte en un ser triste y desdichado en el palacio de la ciudad.

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Takahata edifica su película desde el punto de vista de la niña, un ser condenado a su destino, a convertirse en quién no quiere, en la persona que no la hace feliz, dejando atrás aquella libertad y felicidad del tiempo en el campo rodeada de sus amigos. Takahata, fiel a sí mismo, y siguiendo la senda de las producciones Ghibli, no sumerge en una historia sobre una heroína triste y atrapada, en la que su existencia se vuelve contra ella, sumiéndola en una vida sin ilusión ni tiempo. Aquí, como ocurre con otras heroínas de la compañía, la niña Kaguya encontrará la manera de soportar su vida y se las ingeniará para sortear los envites que el deseo paternal les pone en su camino, con ese afán enfermizo para que encuentre marido y se case. La joven de exquisita belleza e indudable inteligencia sabrá batallar contra aquellos pretendientes que vienen a agasajarla con su orgullo y tesoros. El cuento de la princesa Kaguya se erige como otra muestra apabullante del trabajo del Studio Ghibli, una compañía que ha conseguido alimentar de sabiduría y generosidad el cine no sólo de animación, sino el cine en general, unas películas de extremada belleza, contadas con una magia envolvente que nos devuelve el cine de los pioneros, el cine en el que se primaba la emoción que exploraba las condiciones humanas desde una mirada poética.

Luces de París, de Marc Fitoussi

lucesRECUPERAR LA ILUSIÓN.

Brigitte y Xavier son un matrimonio maduro que se dedican a la cría y venta de ganadería bovina charolesa en Normandía. Él, tranquilo y hogareño, vive por y para su trabajo, ella, en cambio, se ha dedicado a ser esposa y madre, y ha aparcado sus sueños e inquietudes en pos al buen devenir de su vida marital y familiar. Pero ahora, después de la marcha de los hijos, la rutina y el acomodamiento a la cotidianidad del matrimonio y los quehaceres diarios, los ha convertido en una pareja monótona y aburrida. Después de un accidental encuentro con alguien más joven, Brigitte necesita salir a respirar y replantearse ciertas cosas de su vida.

El cineasta francés Marc Fitoussi, continúa en su cuarto título por los mismos devaneos de los anteriores, aunque esta vez el retrato adquiere más intimidad y deja aparcada la comedia romántica para adentrarse en un terreno más emocional y agridulce. La mirada de la vida rural que realiza Fitoussi no tiene un tono realista, si bien guarda el marco preciso donde se desarrolla parte de la acción, y describe con precisión ciertos momentos que allí se suceden, su idea reside en la vida de la pareja y cómo el paso de los años y el trabajo conjunto en el campo, los ha llevado a la falta de pasión, la comodidad y han dejado de lado los roles de amantes. Un mundo rural moderno, en el que tienen internet, escuchan jazz, y albergan un gusto exquisito. Son abiertos y simpáticos, se alejan mucho de la idea de antaño como personas rudas y de una pieza. El realizador francés combina la comedia con el drama, sin caer en la tragedia, su equilibrio para manejar las emociones de sus personajes resulta brillante, y su buen hacer en envolvernos en esa madeja de sentimientos que se van generando a lo largo de la historia. La fortaleza emocional aparente del inicio va dejando paso a una fragilidad que se va apoderando de cada uno de ellos. Contado de forma sensible, a través de una forma ligera, las cosas van sucediendo tomándose su tiempo, sin prisas, no hay exaltaciones ni gritos, todo va cayendo sobre su propio peso, casi sin llamar la atención.

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La estupenda composición de la luz que realiza la cinematógrafa Agnès Varda (habitual de Claire Denis) captura la sutileza de los colores del campo y la gama diversa de luces de la gran urbe, incrementando los encuadres de los rostros de los personajes, verdaderos protagonistas del relato. Unos excelentes intérpretes que realizan trabajos marcados por la sutileza, asentados en miradas que explican todo sin decir nada. Por un lado, Isabelle Huppert (que ya había colaborado con el director en Copacabana, del 2010, en la que realizaba un personaje excéntrico que debe cambiar de rumbo para agradar a una hija que no la acepta) aquí, aunque guarda algunos rasgos con el personaje mencionado, es una mujer cansada de su matrimonio, que necesita un poco de acción, divertirse y volver a sentirse a sí misma, y recuperar ciertas emociones apagadas que pedían a gritos un nuevo aire. Por otro lado, Jea-Pierre Darroussin (habitual del cine de Robert Guédiguian) se enfrenta a una situación nueva, siente que puede perder a su mujer y se lanza en su búsqueda, aunque también deberá aceptar algunos sacrificios si quiere seguir manteniendo su relación. Una película cercana e íntima, sobre el amor, la pareja, la vida en común y sobre nosotros mismos, las ilusiones, anhelos y sueños que dejamos aparcados en favor del otro, y sobre todo, una cinta sobre los sentimientos y lo que sentimos, toda esa aparente tranquilidad que dejamos que contamine nuestras relaciones, y cómo algo nos despierta y nos pone en acción para saber verdaderamente quiénes somos y a quien amamos.

El recuerdo de Marnie, de Hiromasa Yonebayashi

poster_elrecuerdodemarnieDOS ALMAS EN UN TIEMPO.

En 1984 con Nausicaa del Valle del Viento, se colocaba la piedra fundacional que dos años más tarde sería el Studio Ghibli (fundado por Hayao Miyazki e Isao Takahata) que arrancaría con El castillo en el cielo. A partir de este momento, sus producciones de animación de la excelsa compañía se convertirán en un referente mundial en el mundo cinematográfico. Títulos del prestigio de Mi vecino Totoro, Porco Rosso, La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro o El viento se levanta, son sólo algunos ejemplos de la calidad y hegemonía de una producción brillante que ha atesorado premios tan importantes como el Oso de Oro en la Berlinale o el León de Oro en Venecia, por citar algunos. Sus películas están protagonizadas, principalmente, por jóvenes heroínas con dificultades físicas o emocionales que, se enfrentan a un mundo hostil en que no encajan, y ellas, al sentirse desubicadas, animadas por ese espíritu de inteligencia y fortaleza interior, encuentran su libertad y bienestar emocional a través de la fantasía. Una fusión ejemplar entre la realidad y la fantasía para escapar de una realidad difícil y adversa, fundamentada en una animación clásica, en la que priman los colores y la definición de las formas, y la naturaleza, su diversidad y belleza, actúa como el escenario esencial de unas historias humanistas y poéticas.

Hiromasa Yonebayashi (1973, Ishikawa-Ken, Japón) uno de sus jóvenes valores, que había debutado con Arrietty y el mundo de los diminutos (2010), vuelve a la dirección con una obra que habla sobre la amistad, el dolor, y la memoria. Basada en la novela infantil de gran éxito, Cuando Marnie estuvo allí de Joan G. Robinson (autora inglesa preferida de Miyazaki), nos lleva a Anna, una niña de 12 años aquejada de asma y encerrada en sí misma, su madre adoptiva opta por enviarla durante el verano junto a unos parientes a Hokkaido, un pueblo junto al mar. Anna se refugia en el dibujo y sus pensamientos, la soledad le lleva a dibujar junto al pantano, y lentamente, se sentirá atraída por una casa de piedra abandonada. Allí, en ese lugar, sin tiempo ni lugar, conocerá a Marnie, una enigmática niña con los mismos conflictos que ella padece.

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La última producción de Ghibli hasta la fecha (después del anuncio de Retirada de Miyazaki, el estudio se encuentra en fase de reestructuración), nos acerca a dos almas doloridas, que arrastran un pasado brutal, una vida llena de ausencias, Anna es huérfana, y Marnie tiene unos padres que continuamente están viajando. Las dos niñas se enfrentan juntas a ese vacío y ausencia, el dolor que sienten se comparte juntas en una amistad llena de alegría. Un encuentro mágico y libre que les ayuda a superar sus miedos y reencontrarse consigo mismas. Yonebayashi sigue el camino de sus maestros, contándonos una película llena de encanto y belleza, en la que realidad continuamente se mezcla con la fantasía, en un tiempo que no existe, que late en el interior de los personajes, en un espacio en que los sueños se materializan y forman parte de la cotidianidad. Dos almas enfrentadas a un entorno complejo que, a través de su complicidad y sus encuentros lograrán sentirse ellas mismas, y escapar de los adultos (que como suele pasar en las películas del Studio no consiguen entenderlas) y disfrutar de su vitalidad y amor, para aliviar un interior dañado por los miedos y la ausencia de cariño.

Tribunal, de Chaitanya Tamhane

Alta_Resolucion_1JUICIO Y PERSECUCIÓN A UN CIUDADANO.

En la obra  teatral Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano, el pensador griego se enfrentaba a un juicio por criticar duramente la falta de democracia de un sistema corrupto, y ajeno a las necesidades del pueblo. La primera película de Chaitanya Tamhane (1987, Bombay, India) se sitúa en los mismos parámetros. Aquí, el perseguido es un hombre que enseña cantos tradicionales, y también, es activista político, Narayan Kamble, acusado de incitar al suicidio a través de una canción protesta. Es arrestado y comienza el juicio. La película sigue los pasos de su abogado defensor en la difícil tarea de demostrar su culpabilidad enfrentado a un sistema anclado en el pasado, corrupto y siniestro.

El cineasta indio nos muestra el funcionamiento de la falta de justicia, en un país que todavía mantiene leyes del siglo XIX impuestas por la colonización inglesa, unos procesos judiciales que se dilatan en el tiempo, un sistema de castas ancestral que prevalece ante los hechos, un sistema policial corrupto que paga a falsos testigos para inculpar a inocentes, y sobre todo, un sistema caduco y aterrador que sólo funciona para perseguir y enjuiciar a todos aquellos que protestan injusticias, como la falta de democracia y libertad que impone el gobierno. La cinta no sólo muestra esa sala de juicios deshumanizada y perversa, sino también sigue a los personajes fuera de ella, en sus quehaceres diarios, sus investigaciones, sus ratos de ocio, como viven, sus relaciones familiares y personales, su alimentación, en medio de las calles laberínticas de la inmensa urbe de Bombay, que no sólo actúa como imagen de la sociedad india, compleja y rica culturalmente, sino que se erige como reflejo siniestro de un sistema que sólo existe para los necesitados, y favorece a los poderosos.

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Tamhane sitúa su cámara en el centro de todo, a través de un realismo y una veracidad sobrecogedora, muy alejada de otras películas judiciales, aquí el tribunal y los funcionarios, permanecen cansados y agobiados por su trabajo, deseando acabar rápido y marcharse a casa, independientemente que el hecho juzgado sea de mayor o menor gravedad. El realizador indio muestra unos hechos y no los juzga, cede la palabra para que los espectadores sean los que reflexionen sobre las imágenes que están viendo y sean ellos los que saquen sus propias conclusiones. Una película moderna y libre, también política, necesaria y valiente, que maneja con sutileza el microcosmos de la burocracia a la que retrata de forma aterradora y estúpida, de una sencillez que asombra por su realismo, y que deviene una forma de trato humano aniquilador y sujeto a unas normas conservadoras que, ejercen una dureza sin límites para arrasar todo aquello que atente contra el estado y el sistema vacío, anquilosado y terrorífico por el que se rige. La película muestra lo que sucede, a través de planos medios y generales, fijos en su mayoría, viaja del drama a la comedia, pasando por el surrealismo de algunas situaciones que se producen, no pretende ni actúa como un alegato político ni nada de eso, su discurso no es retórico ni estético, todo está contado con una especie de frialdad tenebrosa y deshumanizada, extrayendo todo ese alma corrupta y kafkiana que late en todo el sistema judicial del país.