El reverendo, de Paul Schrader

DIOS Y LA FE.

Todos los personajes que ha escrito Paul Schrader (Grand Rapids, Michigan, EE.UU., 1946) a lo largo de su carrera tienen en la religión su consuelo o tormento, o ambas cosas a la vez, elemento esencial en su cine, ya que el cineasta creció bajo una férrea fe calvinista, donde Dios está por encima de todas las cosas. Ernest Troller es un pastor de la iglesia de la First Reformed (que recoge el título original de la película) y no es asunto baladí, ya que el conflicto del sacerdote tiene mucho que ver con su pérdida de fe y su cuestionamiento como representante de Dios, como le ocurrió a Jesús. Troller es un personaje atormentado, ya que cuando era capellán del ejército, instigó a su hijo a ir a la guerra de Irak, donde fue asesinado. Ahora, se ha refugiado en la iglesia protestante y entre asuntos meramente cotidianos, se prepara para festejar el 250 aniversario de la orden. Pero, todo va a cambiar un día, cuando Mary, una de sus pocas feligresas, le pide ayuda para que hable con su marido, un ecologista radical que acaba de salir de la cárcel. Un chico que sufre por el futuro del planeta y no encuentra la paz interior ni con su futura paternidad. Estos encuentros llevarán al sacerdote a una profunda tensión entre su fe y las razones de su existencia, desenterrando sus traumas pasados y situándolo en una situación de graves conflictos emocionales que le harán encerrarse en sí mismo.

Schrader sitúa su relato en uno de esos pueblos del estado de Nueva York, donde parece que todo es armonía y tranquilidad, pero que en el interior de las casas se cuecen todos los problemas que desde fuera ni se ven ni se percatan. El cineasta de Michigan es un maestro en crear esas atmósferas frías y vacías (donde la luz neblina y siniestra de Alexander Dynan contribuye y de qué manera a crear ese universo tétrico y sin alma que recorre toda la película) y en construir personajes que arrastran pesadas cargas emocionales que los condicionan en su cotidiana y miserable existencia, como le ocurrían a los Travis Bickle, el taxista veterano del Vietnam de Taxi Driver, o el Jake La Motta, el boxeador empeñado en fastidiarse la vida,  Julian Kaye, el prostituto masculino agobiado por su posición social, Wade Whitehouse, el policía mísero que daña todo lo que toca, entre muchos otros, personajes marginados, autodestructivos, faltos de fe, frustrados sexualmente, y sobre todo, inadaptados, que les cuesta construir su espacio y vivir como los demás, porque no encajan y odian una sociedad hipócrita y falsa que les ha tocado vivir.

Los antecedentes de Ernest Troller podríamos encontrarlos en los personajes de Jesucristo que interpretaba Willem Dafoe en La última tentación de Cristo, de Scorsese, donde el elegido se convierte en humano, con sus cuestionamientos sobre la fe, sus dudas y pulsiones lujuriosas, y también, en Juvenal, el protagonista de Touch (1997) que dirigió Schrader, donde encontrábamos a un joven con poderes extraños para sanar al que se le acercaban personajes de toda índole. Dos almas diferentes, dos almas con dudas, dos almas perdidas que no encuentran consuelo en su fe, que se la cuestionan, y sobre todo, son humanos, como le ocurre a Ernest Troller, alguien que ya no encuentra paz en su refugio espiritual, que se cuestiona su fe, a sí mismo, y todo lo que le rodea, en este relato que nos interpela directamente poniendo sobre el foco temas como la religión y su necesidad en el mundo actual, la idea de Dios como ser omnipotente, los caminos complejos de la fe y sus cuestionamientos, los mecanismos de financiación de las iglesias, y la hipocresía que conlleva esos procedimientos, y la conservación y respeto de la naturaleza en un mundo capitalizado hasta la saciedad y falto de valores humanos.

Schrader cuenta con un reparto ajustado y lleno de matices, donde destaca la inmensa y sobriedad interpretación de Ethan Hawke, en uno de sus mejores trabajos de su carrera, con esas miradas ausentes y vacías que a menudo tiene en la película, en un estado de extrañeza y completa ausencia, imbuido cada vez más en sus conflictos y en ese pasado tormentoso que no le deja en paz, en su particular camino redentor que no encuentra consuelo, cuando creía que auto engañándose sí que lo encontraría, a su lado, Amanda Seyfried, con ese bombo a cuestas, paradigmático en una película que nos habla de la falta de humanidad de nosotros mismos y hacia un planeta cada vez más contaminado y con menos vida, y les acompaña, una retahíla de excelentes secundarios como Cedric the Entertainer como pastor jefe que maneja os hilos de una iglesia con financiación compleja, y Victoria Hill, una devota feligresa y activista de la iglesia que siente algo más por Troller. Schrader ha cocido a fuego lento uno de sus ásperos y desgarradores dramas, con esa belleza formal que duele y agobia, describiendo con minuciosidad de cirujano todo esos mundos recónditos y oscuros que se ocultan en cualquier casa pulida y aceptada moral y socialmente aceptada, como esos escondites tapados en la iglesia (por donde los esclavos huían de sus amos en el siglo XIX) que está contado como si fuese un thriller, uno de esos retratos sobre las miserias humanas, sobre sus conflictos interiores y los tejemanejes capitalistas de una sociedad falsa, vacía y enferma.


<p><a href=”https://vimeo.com/287064741″>EL REVERENDO (First Reformed) – TRAILER VOSE</a> from <a href=”https://vimeo.com/user66996990″>Versus Entertainment</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Hitchcock/Truffaut, de Kent Jones

430102_jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxEL DIRECTOR QUE ESCRIBÍA CON LA CÁMARA.

“El hombre había muerto, pero no el cineasta, porque sus películas, realizados con un cuidado extraordinario, una pasión exclusiva, una emotividad extrema enmascarada por una maestría técnica poco frecuente, no dejarían de circular, difundidas por todo el mundo, rivalizando con las producciones nuevas, desafiando el paso del tiempo, comprobando la imagen de Jean Cocteau cuando habla de Proust: “Su obra continuaba viviendo como los relojes de pulsera de los soldados muertos”.

François Truffaut

Permitidme que arranque este texto hablándoles de una experiencia personal relacionada con la naturaleza de la película. Corría el año 1997 y estudiaba guión. El primer día de clase, allá por el mes de octubre, la profesora nos pidió que leyéramos el libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Mi ímpetu devorador cinéfilo ya me había llevado a conocer el cine de Hitchcock, no tanto el de Truffaut, que por aquel entonces solamente había visto Los 400 golpes y alguna más de las protagonizadas por Fanny Ardant. Al día siguiente, compré el libro y me sumergí en su lectura. Era la primera vez que me leía un libro sobre cine, así que devoré aquella lectura nerviosa e impaciente, deseoso de continuar empapándome de aquella conversación fascinante e hipnotizadora, un libro que no sólo hablaba de la construcción del universo de un gran creador cinematográfico, sino que se sumergía en sus emociones más profundas y revelaba una naturaleza maravillosa que trascendía aquellas páginas para convertirse en algo especial, no sólo en un libro sobre cine, sino en un libro sobre la vida, y los hechos que circunstancialmente nos llevan a tomar un camino u otro, tanto a un nivel personal como profesional. Desde aquella primera lectura, vinieron más y más, y el libro se ha convertido con el tiempo en un compañero especial y esencial en mi vida,  y cada cierto tiempo, no mucho, vuelvo a dejarme llevar por esa maravillosa conversación entre dos cineastas apasionados por su trabajo que amaban con todas fuerzas el oficio de hacer cine.

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A mediados de los años 50, los Godard, Chabrol, Rohmer, etc, desde la revista Chahiers du Cinema, dentro de su política del cine de autores, dedicaron diversos artículos ensalzando la figura del cineasta Alfred Hitchcock, como un grandísimo autor que poseía un magnífico universo cinematográfico, reivindicando una figura que en EE.UU. no era considerado como tal, sino todo lo contrario, sus películas eran tratadas como simples vehículos de entretenimiento que tenían como destino recaudar grandes sumas de dinero. Truffaut conoció a Hitchcock en 1954, pero no fue hasta abril de 1962 cuando le envío esta carta:

“Desde que soy director mi admiración hacia usted no ha disminuído un ápice; más bien al contrario, es cada vez mayor y ha cambiado de naturaleza. Hay muchos directores que aman el cine, pero lo que usted posee es un amor por el mismo celuloide y es de eso precisamente de lo que me gustaría hablarle. Desearía que me concediera una entrevista grabada que duraría unos ocho días, lo que ascendería a unas treinta horas de grabación. El objetivo sería destilar no una serie de artículos sino un libro completo que se publicaría simultáneamente en Nueva York y París, y probablemente después en todo el mundo.”

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Hitchcock le respendió emocionado. Cuatro meses después, el 13 de agosto de 1962, el día que Hitchcock cumplía 63 años de edad y después de haber realizado 48 películas, en su despacho de los Estudios Universal, François Truffaut (un joven director de 30 años de edad, con tres películas realizadas y experiencia como critico durante más de 6 años) con la ayuda de Helen Scott, que actuará como intérprete, arrancó la conversación. Fueron 8 días intensos en un horario comprendido entre las 9 de la mañana hasta alas 6 de la tarde. El cineasta norteamericano Kent Jones (autor de libros sobre crítica, colaborador en la prestigiosa revista Film Comment, y socio de Scorsese en diversas películas documentales como Mi viaje a Italia o Una carta a Elia) se embarca en el proyecto de llevar a imágenes aquel encuentro entre Hitchcock y Truffaut. Le acompaña en el guion Serge Toubiana (ex director y redactor de Cahiers, director de la Cinémathèque francesa desde el 2003, y autor de la biografía de Truffaut, libro sobre Pialat y director de un documental sobre la figura del director francés). Dos hombres de cine experimentados para convertir en película todo el material que tenían: 500 preguntas registradas en 50 horas de grabación de la conversación, las páginas del libro, un buen puñado de fotografías, y los testimonios de cineastas de la talla de Scorsese, Fincher, Linklater, Assayas, Anderson, Gray, Desplechin, Kiyoshi Kurosawa, Peter Bogdanovich y Paul Schrader. El resultado es un fascinante documento sobre el cine y la construcción de las películas, un ensayo fílmico que va desgranando el inmenso trabajo autoral de Hitchcock, y las acertadas reflexiones de los directores contemporáneos que se emocionan relatando su indudable maestría para el cine, explicando con detalle algunas secuencias de sus películas, mientras se van alternando las imágenes.KP_1809863_crop_1200x720

Jones ha creado una película bellísima, un hermoso viaje a las inquietudes más profundas de un creador sin parangón en la historia del cine, un encuentro que revolucionó el cine y lo cambió para siempre, una lección de cine absorbente, de extaordinario valor cinematográfico, con el acompañamiento de una música que capta suavemente lo que se cuenta. Dos almas inquietas y profundas, amantes y apasionadas del cine mantienen una conversación fascinante llena de luz y sabiduría en el que desenmascaran todo el trabajo de Hitchcock, profundizando en los diversos apartados que son necesarios para elaborar una película. No se dejan nada, dialogan, intercambian opiniones, reflexionan, escarban y profundizan sobre la forma y el fondo cinematográfico sin descanso y con maravillosa entrega. Tiene el aroma de aquellas obras de investigación que tanto gustaban en los años 60 y 70. Un documento imprescindible sobre el amor al cine, y a la vida, sobre el hecho de hacer películas, y la pasión y el trabajo diario del cineasta y todo el equipo creador que le rodea. Cuando se publicó El cine según Hitchcock, en 1966, al que Truffaut bautizó como Hitchbook, su éxito fue inmediato, pronto se convirtió en un especie de biblia para todos los cineastas, un libro de consulta imprescindible para entender el cine, conmovió a todas aquellas personas que nos hemos ido acercando a lo largo de su medio siglo de existencia. La idea primigenia que tenía Truffaut de cambiar la idea que se tenía del cine de Hitchcock funcionó, aquellos detractores que tanto lo criticaban con dureza y sin razón, cambiaron su postura y empezaron a ver el cine de Alfred Hitchcock con otra mirada, más cercana a la realidad y no a los intereses y envidias personales.. La amistad de Hitchcock y Truffaut se mantuvo en el tiempo, hasta la muerte de Hitchcock en 1980, (Truffaut fallecería sólo cuatro años más tarde, con 52 años, víctima de un cáncer). Los dos cineastas se intercambiaban sus guiones, comentaban sus respectivos proyectos, y continuaron hablando de cine y de la vida, se hacían visitas a menudo. En 1979, cuando el American Film Institute homenajeó a Hitchcock, el director francés le dedicó estas palabras en directo ante millones de telespectadores:

“En América ustedes le respetan porque filma escenas de amor como si fueran asesinatos; nosotros le respetamos porque filma escenas de asesinato como si fueran escenas de amor.”