Miriam miente, de Natalia Cabral y Oriol Estrada

LA NIÑA QUE NADIE ESCUCHABA.  

En un instante de la película, en el que Miriam, la protagonista adolescente de 14 años, viaja en coche junto a su padre. Éste, al ver a su hija distraída y algo melancólica, le pregunta la siguiente cuestión: ¿Qué es lo quieres tú? A lo que la niña le mira sin saber qué responder. Una pregunta que puede resultar cotidiana, pero que no suele hacerse, y aún más, nadie de su entorno familiar ha preguntado a Miriam que es lo que ella quiere para su fiesta de 15 años, y para su existencia. Una cuestión interesante y definitoria en la que se asienta la primera película de ficción de los dos directores. Natalia Cabral (Santo Domingo, República Dominicana, 1981) y Oriol Estrada (Capellades, 1983) después de un par de documentales domésticos y cotidianos que fueron Tú y yo (2014) y El sitio de los sitios (2016) que fueron bien recibidos en los festivales internacionales. El tándem de cineastas miran su película a través de la mirada de su anti heroína, una chica tímida y reservada, de piel negra, en un verano con mucho tiempo para hacer, y sobre todo, para pensar, imbuida en los preparativos de su fiesta de los 15 años, muy popular en el país centroamericano, llevada en volandas por los caprichos pequeño burgueses de su madre y abuela, en los que tiene que ensayar la coreografía, elegir un vestido y sentirse la reina de la fiesta, una fiesta, por cierto, muy aristócrata, pero también, muy kitsch.

Aunque, el puntapié emocional se fractura cuando Miriam conoce a un chico por internet al que todavía no ha visto su aspecto, pero que todo se va de las manos, cuando la niña, por miedo al rechazo de su entorno acaudalado y bien pensante, se inventa que el joven pertenece a la burguesía francesa y es hijo del cónsul. Mentira que la atormentará y la acompañará en todo el metraje, colocándola en situaciones difíciles, en las que Miriam se recogerá a sí misma, llena de inseguridades, y sintiéndose fuera una sociedad que sólo acepta a los suyos y rechaza todo lo diferente, y aún más, aquellos de posición económica inferior. Los cineastas ponen el dedo en la llaga al hablar sin tapujos y con absoluta sinceridad, desde la intimidad y la desnudez emocional, de temas candentes del país, como el racismo latente que existe, y el rechazo brutal a la piel oscura, sinónimo de pobreza, y en mitad de todo ese berenjenal social, heredado desde tiempos inmemoriales, nos encontramos con Miriam, con sus sentimientos y emociones enfrentadas a aquello que dirige su vida y espera de ella lo mejor, un novio blanquito, con dinero y educado. Todo lo contrario de lo que ella siente.

Miriam, desde su intimidad y carácter introvertido, no sólo debe luchar contra sus sentimientos complejos, sino también, contra una imposición burguesa de dividir a las personas por su piel y cuenta corriente, una manera de enjuiciar y mantener un sistema clasista que no sólo hace daño a los que lo sufren, sino que también, condenan al ostracismo a aquellos como Miriam que sienten lo contrario, que abogan por una fraternidad y amor entre los seres humanos, porque los sentimientos se pueden silenciar, pero por mucho que se escondan, siguen estando ahí, siguen latiendo fuertemente cuando nos encontramos con el ser amado. Cabral y Estrada tienen en la elección de Dulce Rodríguez, el mejor aliado para contarnos esta fábula contemporánea sobre los miedos e inseguridades de una sociedad anclada en el pasado, con miedo a avanzar, en el que el suave y bello rostro de la protagonista se erige en el vehículo perfecto para adentrarnos en la falsedad e hipocresía que sufre la protagonista por mandato materno, una sociedad de apariencias, que mantiene formas estúpidas ideas que no les ayuda para enfrentarse a matrimonios rotos y relaciones interesadas.

Otra elegante muestra de los problemas de la adolescencia, pero tratada con delicadeza y sensibilidad, sin caer en estereotipos o demagogia, retratando las inquietudes y miedos adolescentes, y de una sociedad falsa y clasista, con mirada crítica y cercana, como lo hacía Pialat en La infancia desnuda o los Dardenne en El niño de la bicicleta, o lo más recientes, también venidos de la parte sudamericana, y envueltos en la mirada femenina de sus protagonistas como Miriam miente, como el caso de Juana a las 12, de Martín Shanly o Mate-me por favor, de Anita Rocha de Silveira, muestras de la buena salud del cine americano, donde se retrata la adolescencia femenina desde puntos de vista diferentes y complejos, en los que sus personajes sufren los cambios propios de este estado, y además, sufren los avatares e imposiciones de una sociedad políticamente correcta y bienintencionado, que sólo admite a los suyos, a los que piensan y sienten como ellos, y da libertad siempre dentro de un cercado que existe aunque a veces, no seamos capaces de verlo.

Cabral y Estrada han construido una película cargada de aristas emocionales, donde no hay trampa ni cartón, en el que hay una exploración determinante sobre los problemas sociales en la República Dominicana, y sus países colindantes, desde un prisma observacional y certero, convirtiéndose en un retrato sincero y amargo sobre la adolescencia, sobre esos eternos veranos, que sólo parecen eternos, donde hay tiempo para perderlo con tu amiga del alma, la Jennifer de turno, díscola y diferente a la protagonista, chapoteando en la piscina de la casa rica, o perdiendo tiempo en el espejo actuando a ser mayor o caminando sin rumbo esperando a ser adulto, y convertirse en alguien más falso, en una vida llena de mentiras, superficialidad y llena de oropel hortera, como esa canción que tanto Miriam y Jennifer ensayan, y deberán bailar delante de tantos en esa fiesta que a sus familias les encanta, y a ellas, bueno, la protagonizan sin que nadie les haya preguntado su opinión, o lo que sienten.

Genezis, de Árpád Bogdán

TRES VIDAS ROTAS.

Tres vidas, tres existencias, tres almas que se cruzarán en el último tercio del metraje, porque desconocen que sus historias tienen mucho que ver las unas con las otras, como si el destino implacable quisiera rendir cuentas con ellos, y sobre todo, mostrarles otros caminos, porque aunque la vida a veces, se empecine en cerrarlos todos, en algún instante, cuando menos lo creemos, la vida enseña otra forma de caminar, otra forma con la que podemos seguir caminando por ese espacio que antes parecía imposible. Árpár Bogdán (Nagykanizsa, Hungría, 1976) construye una película de ahora, actual, en la que se inspira en unos sucesos reales ocurridos entre 2008 y 2009, cuando un grupo de neonazis atacaron un poblado gitano asesinando a varias personas, entre ellas una madre. El cineasta de origen gitano toma como punto de partida este hecho, para en su primer capítulo retrata esta familia gitana a través de los ojos de Ricsi, un niño de 9 años, con esa mirada inocente como premisa, descubriremos las formas de vida y la situación social difícil de esta familia, ya que el padre está en la cárcel por robar leña. Después del ataque y ll fallecimiento de su madre, la existencia de Ricsi se tornará extremadamente compleja, convirtiéndose en un niño problemático en el colegio por su carácter agrio y violento, y un niño triste y desamparado.

El siguiente capítulo nos lleva a la mirada de Virág, una adolescente deportista de tiro con arco, que tiene un novio que cuida una perrera. La compleja situación familiar de la joven, con un padre que abusó de ella en el pasado y una madre sola, la llevan a refugiarse en su actividad deportiva y las visitas a su novio. Todo cambiará cuando Virág se queda embarazada y además, descubre que su novio se relaciona con violentos neonazis. El capítulo final nos sumerge en la vida de Hannah, una abogada que debe hacer frente a la pérdida de su hija, mientras su jefe le obliga a defender al novio de Virág, acusado del ataque a los gitanos, donde murió la madre de Ricsi. Bogdán cimenta sus imágenes poderosas y oscuras, a través de una forma de planos secuencias y ásperos, donde retrata esos mundos sórdidos y violentos por donde transita la película, componiendo una atmósfera brutal mediante un sonido potente, rasgado y medido, en la que tanto los animales como la naturaleza se erigen como espejos emocionales de los protagonistas, en las que los elementos como el fuego y el agua (con esas zambullidas bajo el agua tan significativas que realiza Virág, por ejemplo) donde los personajes se mueven asfixiados por esa realidad dura y vil, acarreando como pueden esas vidas rotas y desechas, vidas que gritan en silencio paz y tranquilidad.

El cineasta húngaro habla en voz alta contra el odio y el racismo, tejiendo unas imágenes duras y violentas, donde hay tiempo para la esperanza, para ver el mundo con otros ojos, ojos menos agresivos, ojos inquietos, donde siempre hay un resquicio de luz ante tanta oscuridad maligna. La excelsa música de Mihaly Vig (compositor de Béla Tarr) ayuda a manejar con sinceridad y aplomo sus imágenes, llevándonos por diferentes estados de ánimo, al alimón que sus protagonistas, unos seres que deben tirar hacia adelante en medio de tanta crueldad y frío. Bogdán ofrece un relato con muchas resonancias bíblicas, donde se explora con intensidad y sobriedad la complejidad de la condición humana, las diferentes capas y texturas que componen cualquier alma, desde lo más bello hasta lo más monstruoso, poniendo sobre la mesa temas éticos y morales como la fe, la responsabilidad o la solidaridad, donde los personajes se deberán enfrentar a sus miedos, inseguridades y sus (des) ilusiones, en esa realidad difícil y oscura que les ha tocado vivir. Con fuertes resonancias argumentales y formales con la película Sólo el viento, de Benedek Fliegauf (2012) basada también en los hechos acaecidos contra los gitanos.

El terceto protagonista ayuda a componer esa naturalidad y fuerza expresiva que tienen los personajes, empezando por ese niño de 9 años, interpretado por Milán Csordás, cargado de una rabia contenida y una mirada que atrapa y rebela todo lo que se cuece en su interior maltrecho por la pérdida de su madre. Eniko Anna Illesi da vida a Virág, cargada de una mirada sensual y penetrante, donde compone un matiz cargado de detalles y gestos íntimos y silenciosos (además su personaje es sordo, cosa que la película maneja ese mundo sensorial y silenciosos) que va tan bien con esa mirada triste y solitaria de esta adolescente sin rumbo. Y finalmente, la abogada herida de Hannah a la que interpreta con sobriedad y talento la actriz Anne Marie Csheh, un personaje complicado que realizada con grandes dosis de sobriedad y carácter, una mujer firme e inteligente que deberá enfrentarse a su combate más duro y violento.

La película de Bogdán ahonda en otro tema candente en estos casos, el papel de la justicia estatal ante estos hechos, la respuesta de los estados para dejar de pensar que son hechos aislados, locales, y no enfrentarse a un problema universal, ese miedo irracional al otro, al diferente. El realizador húngaro realiza en su segundo trabajo una película que ahonda en todos estos temas, lanzando una mirada dura y terrible ante estos hechos, pero también, ofreciendo esa cara menos amarga y más optimista de los seres humanos, siempre manejando con credibilidad y fuerza las tensiones personales y sociales, como ocurre en el caso de la abogada obligada a defender a un criminal, o la adolescente que decide atajar su vida aceptando el problema terrible de un novio violento. Una película muy visual y sensorial, donde hay pocos diálogos, donde nos movemos y mucho con sus protagonistas, sintiendo esa ambigüedad emocional que los aísla, y también, siendo testigos de primera mano todos sus emociones a flor de piel, sus dudas, sus miedos, esas vidas rotas, esas familias rotas, pero mirando de frente a su camino, sin dejar que las cosas que han sufrido les sigan condicionando sus vidas, aceptando los hechos y asumiéndolos con valentía, sin miedo a todo lo que vendrá.

Morir para contar, de Hernán Zín

EL ALMA DEL REPORTERO DE GUERRA.

“En la guerra, en una semana tienes una vida condensada. No hay engaños, no hay máscaras, hay subidón, hay éxtasis, hay miedo, hay compromiso ético, hay empatía, pero no estás negando la esencia de la vida, que es todo arbitrario, y que es muy efímero y, eso es muy atractivo.”

Hernán Zin

El soldado que desactivaba bombas en Irak en En tierra hostil, la magnífica película de Kathryn Bigelow, se llenaba de dudas, miedos y traumas cuando volvía a casa y se enfrentaba a sus quehaceres diarios con los suyos. En la guerra era todo lo contrario, el peligro cotidiano, las balas silbando y las bombas cayendo, y su temible tarea, le activaban todos sus mecanismos humanos, y el miedo y su temeridad, le hacían vivir con intensidad y lleno de adrenalina. Algo parecido les ocurre a los reporteros de guerra, seres intrépidos que se lanzan a los conflictos armados para narrar lo que ven, para ser testigos de lo que ocurre para contarlo a los demás, profesión que definió Arturo Pérez- Reverte, que se pasó 21 años como reportero de guerra, de la siguiente manera: “Vamos a la guerra en busca de aventuras, pero volvemos con una maleta cargada de cadáveres.”

Las cuestiones que no se ven del reportero de guerra, lo que no recoge su testimonio periodístico y todo lo que les queda en su interior después de haber vivido situaciones de muchísimo peligro, la angustiosa vuelta a la realidad más cotidiana, y mucho más, es lo que recoge el nuevo trabajo documental de Hernán Zin (Buenos Aires, Argentina, 1971) que se pasó durante veinte años de su vida como reportero de guerra, pero un accidente en Afganistán en el 2012, lo retiró, y tras tantos años siento testigo privilegiado de tanta muerte y violencia, todo se desbordó y sufrió los males psicológicos de tantos años de miseria y terror. Todo aquel proceso traumático le ha llevado a hablar en primera persona de sus experiencias como reportero, contando con los testimonios de otros compañeros que también han vivido el reporterismo desde dentro, viendo, escuchando y documentando todas las barbaridades que han visto. Zin sazona la película con sus reflexiones sinceras, críticas y sentidas, abriéndose en canal, hurgando en sus heridas y dejando que los espectadores vean una cara de la guerra completamente diferente a la que conocen, desde la mirada de esos transmisores del horror.

El cineasta bonaerense lo hace con la ayuda de esos 17 testimonios que narran las interioridades de la guerra, de su cotidianidad del horror y la miseria humana, explicando face to face, sin trampa ni cartón, sus verdades, sus miradas, desde el compañerismo entre ellos hasta lo más desgarrador que han presenciado, registrando más de 20 años de guerras en África, Asia y Europa, hablándonos al oído de todo lo vivido, lo sufrido, de aquellos que no están, compañeros que perdieron la vida en la guerra, como Julio Fuentes, Miguel Gil o José Couso, y tantos otros, y de sus traumas derivados a tantos años de dolor ajeno, porque nada es ajeno, o aquellos que sufrieron violencia y fueron secuestrados, nos hablan de frente, sin dejarse nada fuera, narrando su cautiverio físico y emocional, explicando sus batallas íntimas y personales de su alma herida, sus pesadillas, sus noches de insomnio y demás roturas psicológicas. Zin vuelve a adentrarse en una película de anclaje social y humano, siguiendo el camino trazado en sus anteriores trabajos, en los que impone una mirada crítica y sincera sobre los males de este mundo, como la pobreza extrema que relató en Villa miseria (2009) o las consecuencias horribles en los más débiles en los conflictos armados como la violación contra las mujeres en La guerra contra las mujeres (2013) o los niños, tanto palestinos en Nacido en Gaza (2014) como sirios huyendo de la guerra en Nacido en Siria (2017) poniendo voz a aquellos que sufren la guerra cada día, a la deshumanización del individuo enfrentado a la brutalidad de la violencia y la muerte.

Escuchamos los diferentes relatos sobre un oficio que les apasiona, un oficio que consideran útil y necesario,  para todos ellos que sobreviven en el horror para contar lo que ocurre en la guerra, porque si no, no habría testigos, ni fotos, ni documentos que certificaran las atrocidades que allí se cometen, hombres y mujeres que se lanzan a contárnoslo y registrarlo, seres humanos que acaban pagando un precio altísimo de tantos años soportando humillaciones, sufrimientos y dolor, heridas a las que deberán enfrentarse con amor y paciencia, sabiendo que su trabajo, y el de todos los demás haya servido para hacer de este mundo un lugar más habitable y sociable, aunque a veces cueste tanto creer que eso pueda llegar a ser posible. Zin también nos habla de esperanza e ilusión, porque entre tanto caos y destrucción, enfoca su mirada a los niños, los más inocentes y perjudicados en las guerras, porque aunque estén lejos de sus hogares, embarrados y hambrientos, perdidos en un campo de refugiados, siempre habrán niños que quieran seguir siendo niños, y jueguen con aquello que encuentren, con los desechos o la basura, pero sin dejar de sonreír, y mirar la cámara inquietos y agitados,  sin abandonar una actitud alegre y bella.


<p><a href=»https://vimeo.com/296409016″>Trailer MORIR PARA CONTAR</a> from <a href=»https://vimeo.com/dypcomunicacion»>DYP COMUNICACION</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Con el viento, de Meritxell Colell

MÓNICA Y SU FAMILIA.

La película se abre de forma abstracta y ambigua, en la que vemos a Mónica ensayar una coreografía que la hace ir y venir con movimientos rápidos y bruscos, donde su respiración se mezcla con sus agitaciones corporales. Corte a Mónica caminando de forma agitada por las calles de Buenos Aires con una cámara que se mantiene muy cerca, encima de ella, donde los planos nerviosos y rápidos se amontonan uno tras otro. Sigue a una cena entre amigos distendida. Suena el teléfono, Mónica lo coge, y su hermana Elena le comunica que el padre se está muriendo. Mónica, sin dudarlo un instante, emprende viaje a un pequeño pueblo de Burgos a reunirse con su familia y sus raíces. La puesta de largo de Meritxell Colell (Barcelona, 1983) es una película ambientada en el mundo rural, donde Mónica se reencontrará, no solo con la familia que dejó hace años para convertirse en una bailarina reputada, sino también con sus raíces, aquellos espacios y objetos que formaron parte de su infancia, un tiempo alejado, extraño, como si otro lo hubiese vivido, como si nunca hubiera existido. Mónica es una extraña en ese lugar, alguien que ha perdido el vínculo con esos espacios rurales, con esa casa fría, y con esa forma de vida ancestral que el tiempo está borrando. La muerte del padre y la idea de vender la casa, contribuirán que la relación de Mónica con su familia adquiere elementos diferentes, porque todo ese mundo que le rodea ha comenzado su epílogo, su despedida, casi sin tiempo para volver a relacionarse con la tierra, la casa, su madre y los demás, con ese viento fiel y violento que acompaña  esa atmósfera de silencios y soledad.

La cineasta barcelonesa de raíces burgalesas, hecha la mirada atrás, a su propia infancia, no obstante dedica la película a sus abuelos, para contarnos una herida, una ruptura entre Mónica y su familia, un hilo roto entre el tiempo ausente de Mónica y el tiempo vivido entre esas cuatro paredes cuando Elena, su hermana, y Berta, su sobrina, se hicieron cargo de un padre enfermo. Un tiempo que Mónica, con los días de inviernos que pasa junto a su madre y sus raíces, y las visitas de la hermana y sobrina, tendrá que aproximarse a él desde la quietud, desde lo más profundo de su alma, en silencio, expresando con su cuerpo y su baile, todo aquello que no se puede expresar en palabras, porque no se encuentran o no existen. Colell apoya su relato en el rostro y el cuerpo de Mónica, arrancando con una forma nerviosa y enérgica, de planos cortos y rápidos, una dramaturgia que irá dejando paso a planos secuencia más largos, donde la cámara dejará de ser testigo inmediato para convertirse en observador paciente y certero, convirtiendo este drama femenino de cuatro voces, íntimo y muy personal, en una disección profunda y sobria sobre la condición humana y sobre la (re) construcción de los lazos familiares.

La cinta fusiona de forma natural y magnífica dos mundos, uno vivo y enfrentado, con  las relaciones difíciles y calladas entre las hermanas, en las que existe todo un mundo de separación, y la madre y sobrina, y otro mundo, aquel que de forma antropológica nos retrata esa vida que se extingue, que desaparece, que muere junto al abuelo fallecido y con la venta de la casa familiar, como el toque de campanas a muerto, lavarse el pelo con cazos, recoger patatas, cortar y apilar leña, plantar cebolletas, o toda una serie de objetos que pertenecen a otro tiempo, otro instante que albergó esa casa, como la máquina de hacer chorizos, los arreos propios del trabajo con el trigo o las albarcas, que cómo bien dice la abuela, de poco sirven en la capital. Una relación íntima y personal con unos objetos que ya dejaron de existir, que tuvieron su tiempo, y ahora se encuentran amontonados y llenos de polvo, objetos que las nuevas generaciones como la nieta quiere conservarlos, mientras la abuela quiere desprenderse de ellos, porque sabe que su tiempo de utilidad dejó de tener vida.

Colell ha hecho una película hermosísima y llena de detalles, en la que cimenta este  pequeño y cercano universo de forma natural y concisa, mirándolo de forma honesta e íntima, sin caer en sentimentalismos ni nada que se le parezca, ya desde la ausencia de música extradiegética, sólo algunos temas, pocos, un viejo bolero o algún que otro tema clásico que acompaña a las danzas, una de Pina Bausch y otra, que sólo escucharemos. Los sonidos que escuchamos son aquellos propios de la naturaleza y domésticos, y los pocos diálogos que tiene la película, consiguiendo de esa forma ese entramado emocional de miradas, gestos y detalles por los que camina la película, en un tempo cinematográfico que irá, a medida que avanza el metraje, adquiriendo ese poso reposado, sin prisas, y sin pausa, donde la directora va cociendo a fuego lento la telaraña de relaciones y vínculos familiares que se van tejiendo a poca luz y con paciencia. La magnífica luz que nos atrapa en esa atmósfera sensible y violenta emocionalmente hablando, obra de Julián Elizalde (que también estuvo en Penélope o Las distancias, películas de reencuentros y roturas emocionales entre familia o amigos) y Aurélie Py, consiguen acercarnos de forma sencilla a ese universo de desayunos tranquilos, de partidas a la brisca, o de noches de deseos, donde los habitantes son parcos en palabras y más en gestos.

El extraordinario montaje de Ana Pfaff (imprescindible su mirada en este tipo de relatos íntimos, cargados de profundidad emocional, donde el detalle adquiere una dimensión muy profunda) contribuye a tejer con sensibilidad todo el entramado visual y emocional que arroja la película, construyendo de forma íntima toda la poesía y vida que respira el relato, conmoviéndonos desde lo más profundo, desde aquello que sentimos, donde se tejen con delicadeza los vínculos que nos hacen pertenecer a una tierra, su olor, su viento, su nieve y su aire. Una película que se mira en el neorrealismo en su forma de narrar una vida que desparece y trazar una realidad emocional difícil con múltiples detalles, o el cine de Antonioni en la relación de los personajes con el espacio, o el cine de Saura, en los tejidos familiares y el pasado como forma de entendernos y seguir caminando, donde tendría su más cercana mirada en Elisa, vida mía, donde una hija regresa a la casa del padre envuelta en recuerdos, miedos y relaciones rotas.

El fantástico cuarteto protagonista nos acerca, sin construcciones complejas, a todo ese universo de relaciones difíciles y soterradas que anidan en esa casa y entre las mujeres, empezando por Mónica García, brillante bailarina y coreógrafa,  que debuta en el cine con un personaje complicado, pero que sabe sacar adelante con brillantez, fusionando con matices todo lo que le une y separa con su tierra y los suyos, a su lado, Concha Canal, la maravillosa abuela en su primera incursión en el cine, con su maravillosa naturalidad y belleza que encarna a la tierra y a ese tiempo extinguido, con frases maravillosas como: “El frío nos conserva a todos”, “No te enteras de la fiesta” o “La brisca, mujer. Es más bonito”. A su lado, Elena Martín como esa nieta que no sabe qué hacer con su vida, si quedarse o marcharse fuera, y finalmente, Ana Fernández como Elena, la hermana mayor que ha tenido que hacerse cargo de sus padres con resignación y cariño. Cuatro mujeres, cuatro formas de entender y relacionarse con la tierra y sus raíces, que tejen en silencio y soledad todo aquello que les alegre y entristece, todo aquello que no se ve, todo aquel pasado y presente que vive y respira en esa casa, en esa tierra, en ese frío, y en ese viento.


<p><a href=»https://vimeo.com/290329355″>Trailer CON EL VIENTO (Meritxell Colell, 2018)</a> from <a href=»https://vimeo.com/numax»>NUMAX</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

The Guilty, de Gustav Möller

SERVICIO DE EMERGENCIAS, DÍGAME.

Los amantes del cine recordarán a Will Kane, el sheriff del pequeño pueblo de Hadleyville, en Solo ante el peligro, de Fred Zinnemann. Un western magnífico que narraba con firmeza la espera de Gary Cooper ante la inminente llegada en tren del criminal fugado de la cárcel que el mismo envió a prisión. Asistíamos con temor a 80 minutos agobiantes donde Kane esperaba sin remedio el fatal desencuentro, sin que nadie del lugar le ayudase. Algo parecido le sucede a otro representante de la ley, el agente Asger Holm en The Guilty, en el que recibe una llamada al servicio de emergencias y deberá lidiar un caso de secuestro, donde hay implicados una mujer que se hace llamar Iben, y su secuestrador, su ex, Michael. El director Gustav Möller (Gotemburgo, Suecia, 1988) que debuta con esta película, enmarca su película en las cuatro paredes del servicio de emergencias, donde a través del teléfono y las conversaciones veremos todo lo que sucede en off, escuchando atentamente todo lo que acontece al otro lado del aparato. La premisa es sencilla y muy efectiva, por un lado, tenemos a Asger Holm, el agente sancionado por un caso de homicidio imprudente, y degradado por sus superiores, y metido a atender llamadas en una sala fría durante la noche.

Avanzada la noche, recibimos la llamada aterrorizada de Iben, una mujer joven que explica su caso, su secuestro y su terror. Entonces, a partir de ese instante, las llamadas irán a velocidad de crucero de un lado a otro, a comisarias, a patrullas, al hogar familiar de los implicados, que han dejado solos a sus dos hijos menores, y a Rashid, un confidente y colaborador de Asger. La película no tiene un minuto de descanso, va de un lugar a otro sin salir de esa habitación a media luz, donde las voces y los sonidos ambientales se van cruzando entre unos y otros, siguiendo una estudiada tensión psicológica que va in crescendo, guiándonos por caminos trillados y nada claros, donde Asger deberá descifrar las claves que se hallan en el suceso, sin más ayuda que su instinto, su inteligencia y su capacidad para dirimir situaciones de peligro. Möller se ha rodeado de un equipo muy joven y profesional, para contarnos en tiempo real (como ocurría en el western de Zinnemann) la peripecia de Asger, contándonos la película a través de planos detalle del rostro y el cuerpo del policía, mezclándolo con planos más abiertos, siempre sin salir al exterior y casi sin diálogos con los otros compañeros de Asger, centrándose solo en las diferentes conversaciones del teléfono, en que el peligro inminente siempre está al acecho.

Möller construye una cinta de fuerte carga psicológica, con ese estilo depurado e inquietante de Hitchcock, en el que todos los personajes tienen algo que esconder, donde nada es lo que parece, y sobre todo, hay que estar muy atentos a todo lo que escuchamos a través del teléfono, siguiendo la montaña rusa de emociones que sienten los personajes, donde Asger pasa por casi todos los estados emocionales existentes durante los 80 minutos que dura la película, sometido a una presión brutal, y ejecutando sus propias órdenes, dejándose llevar por su instinto policial, e intentando sacar adelante semejante entuerto. La película tiene ese aroma que ya impregnaban otros títulos donde el teléfono se convertía en el foco de atención como Buried, de Rodrigo Cortés, donde un enterrado vivo tenía un móvil como único medio para salir de semejante situación, en Locke, de Steven Knight, un tipo con vida aparentemente feliz era manipulado en su coche a través del móvil. Cintas de gran tensión dramática, que manejan las emociones de los espectadores, llevándolos por ese laberinto emocional en el que todo ocurre fuera de ese espacio, pero tiene su raíz en ese ataúd, en ese coche, o en esa habitación de emergencias.

Quizás, otro de los elementos indispensables para los cimientos de la película sea la  soberbia interpretación de Jakob Cedergren (que ya cosechó muchas menciones con su trabajo en Submarino, de Thomas Vinterberg) creando un agente de policía solitario, de mal carácter y aislado, que construye una grandísima composición de sobriedad y detalles con su voz y sobre todo, en su rostro, que en la película se convierte en ese espejo de emociones en el que se reflejan todas las situaciones con las que tiene que lidiar a lo largo y ancho de esta trama peliaguda, oscura y terrorífica. Möller ha cimentado una película de grandes hechuras, sencilla y contenida en su forma, y muy creativa en su fondo, donde ese off acaba contaminando toda la habitación, y donde acabamos viendo aterrorizados todas esas acciones y personajes que solo escuchamos, que ocurren en off, manteniendo con gran habilidad y soltura esa tensión áspera y brutal que tiene toda la película, condensando con eficacia la transmisión de información de todo lo que va ocurriendo y sobre todo, cómo se nos irá desvelando toda esa información que permanece oculta.

El desentierro, de Nacho Ruipérez

LAS HERIDAS ABIERTAS.

“Conocer la verdad no cambia nada”

La película se abre con un plano aéreo que recoge la resolución del conflicto, un conflicto que nos llevará primero tres días antes de ese último plano, y luego, nos llevará aún más allá, porque la película pivota entre dos frentes abiertos, el año 1996 y el 2017, en la asistimos a constantes idas y venidas entre los dos tiempos, porque todo lo que sucede en el presente, se verá condicionado a aquellos años, a veinte años atrás. La trama arranca con la llegada de Jordi para asistir al funeral de su tío Félix, político muerto en extrañas circunstancias, donde se reencontrará con Diego, su primo hermano e hijo del político fallecido. Jordi sigue traumatizado por la desaparición de su padre Pau veinte años atrás, y con la ayuda de Diego empieza a investigar posibles cabos sueltos. La aparición en escena de Germán Torres, antiguo socio político de Félix, hace aún más si cabe que la madeja del pasado oscuro que envuelve a esos personajes, se relacione con la desaparición de Pau. La puesta de largo de Nacho Ruipérez (Valencia, 1983) rastrea aquellos años 90 de esplendor discotequero con la famosa “Ruta del bacalao”, la corrupción que campaba sin límites por las tierras levantinas, y los cientos de puticlubs que afloraban en las carreteras nacionales, tiempos que ahora se miran desde la distancia, desde las pesquisas de Jordi y Diego, rastreando los lugares abandonados o en estado ruinoso de aquellos años de falsa magia y chanchullos políticos. Los arrozales y las tierras valencianas se convierten en el escenario perfecto para buscar a los ausentes, para abrir cajas cerradas a cal y canto, y volver a aquellos lugares y aquellos personajes que pululaban por aquel ambiente de dinero negro, putas maltratadas y mentiras.

El director valenciano maneja con astucia y credibilidad los dos tiempos en los que se sustenta la cinta, construyendo una atmósfera sobria y clásica para hablarnos de los años 90, en la que hay dos líneas argumentales, la corrupción política de Félix y su socio, por un lado, y la historia de amor de Pau y Tirana, la prostituta en las redes de la trata. Dos tramas que se verán mezcladas y tendrán tintes dramáticos para algunos de los personajes implicados. En la actualidad, Ruipérez cimenta la trama en un thriller setentero, a lo Pakula o Boorman, áspero y sangriento, donde la cámara se mueve con la misma energía que los acontecimientos, y el descenso a los infiernos a los que van los dos primos irremediablemente, porque hay cajas que es mejor no intentar abrir, y dejarlas cerradas para siempre. El amor y el deseo de saber la verdad conduce la película hasta ese camino sin retorno, hasta lo más oscuro de la condición humana, porque saber es el único camino para Jordi y su primo Pau, que deberán enfrentarse a los suyos y a sus miedos e inseguridades para digerir esa verdad que los cambiará para siempre.

Los lugares vacíos que antaño fueron concurridos y llenos de neones, los inmensos arrozales que ahora parecen desiertos de almas perdidas, esas fábricas abandonadas que fueron prosperas en su tiempo, o seres que vagan sin rumbo, que acarrean pesadas mochilas de mala conciencia o incluso algún que otro cadáver a sus espaldas doloridas y maltrechas, es la inquietante y tenebrosa atmósfera que Ruipérez construye con aplomo y sinceridad, dejando que el espectador vaya descubriendo la luz ante tanta oscuridad, y lo hace a través de un ritmo pausado y honesto, donde no caben las sorpresas sacadas de la manga o personajes de la nada, como suelen ocurrir en muchos thrillers actuales, donde manejan tramas superficiales, donde hay buenos y malos, Ruipérez prescinde de todo eso, y crea uno de los debuts más estimulantes de los últimos años en cine de género, manejando con inteligencia a sus personajes, sus diferentes tramas y esa luz sombría y cegadora que abruma a sus protagonistas, obra del gran Javier Salmones, contribuyendo a ese ritmo infernal y reposado que imprime la maestría de la veterana Teresa Font.

El cineasta valenciano se ha nutrido de un reparto que mezcla juventud con nombres consagrados, dotando a la película de complejidad y ambientes oscuros y llenos de matices y detalles, donde abundan los personajes que mienten, llenos de rabia, donde el miedo y la inseguridad forman parte inquietante que casa con naturalidad con ese paisaje de pasados sombríos,  como los dos primos, Michel Noher y Jan Cornet, que atrapan naturalidad y sinceridad, bien acompañados por Nesrin Cavadzade como Tirana, y Jelena Jovanova como su hija, y el siempre conciso Leonardo Sbaraglia como el desaparecido Pau, y los Jordi Rebellón como Félix, un tirano Francesc Garrido como Germán Torres y Ana Torrent, la esposa seria y oscura de Félix. El desentierro es una thriller con hechuras que pone el foco en la corrupción y esos amores fou que suelen acabar olvidados en espacios oscuros y abandonados, donde las almas inquietas y rotas acaban por encontrar aquello que nunca buscaron, pero en el fondo no podían encontrar otro destino que no fuese fácil y feliz.

Alegría Tristeza, de Ibon Cormenzana

EL HOMBRE QUE NO PODÍA LLORAR.

La película se abre de forma brutal y desatando el conflicto interno que sufren los personajes. Marcos, el padre protagonista, cena junto a su hija Lola, en silencio, y sin que aparezcan juntos en los cuadros. Marcos no acaba su cena y se marcha, nos quedamos con la mirada inquieta de la niña. De repente, empezamos a escuchar unos golpes secos y fuertes que provienen de la aseo de la vivienda. Lola se dirige hacia el aseo y allí, sin mediar palabra, abraza a su padre que tiene el puño de la mano derecha ensangrentada. De esta manera, áspera y sin aliento, arranca la tercera película como director de Ibon Cormenzana (Bilbao, 1972) con una interesante trayectoria como productor de autores tan importantes como Pablo Berger, Julio Medem, Claudia Llosa o Celia Rico, en la dirección se ha prodigado menos con sólo dos títulos muy espaciados en el tiempo, su debut con Jaizkibel (2000) planteaba un película que abordaba el tema del suicidio a través de las investigaciones de un director de cine, en la siguiente, Los Totenwackers (2007) narraba una aventura infantil destinada para los más pequeños.

Con Alegría Tristeza, vuelve a los mismos parámetros que ya retrata en su opera prima, ambientes cotidianos y un drama desgarrador y bien narrada, dónde la contención y la sobriedad son las armas para enfrentarse a los conflictos emocionales de los personajes. Marcos es un bombero habituado a las situaciones límite, aunque la vida le pondrá en la tesitura de lidiar con un durísimo golpe que le hará entrar en un estado depresivo, donde ha perdido la empatía emocional, no siente ni sabe sentir a los demás. Todo este problema le llevará a un hospital a tratarse psiquiátricamente, donde un doctor veterano le impondrá un método más convencional para ayudarle,  en cambio, una joven doctora empleará otros mecanismos, más personales, para hacer volver a sentir. Cormenzana nos cuenta la película con un guión preciso y lleno de detalles interesantes, un narración escrita junto a Jordi Vallejo (guionista de series como Sin identidad o Nit i dia, o películas como El pacto) consiguiendo de forma sutil y emocionante, llevarnos por los problemas de Marcos y aquello que lo trastorno, y sus relaciones con su hija y su mejor amigo, que también es compañero de trabajo.

El director bilbaíno nos sumerge en una película sencilla y honesta, sin estridencias sentimentales ni giros nerviosos de guión, sino adentrarnos con pausa en el mundo del protagonista, y su nuevo ambiente del hospital, contándonos de forma sutil y sobria los métodos médicos que va experimentando, y sus nuevos compañeros, como Andrés Gertrudix, con un personaje que sufre esquizofrenia, una de las presencias inquietantes de la película, o la relación íntima y personal con la doctora Luna, que consigue traspasar la barrera profesional y adentrarse en esa maraña de no sentimientos que padece Marcos. La película pide atención por parte del espectador, y sobre todo, dejarse llevar por un cuento bien narrado, que utiliza de forma admirable los espacios y la relación de ellos con los personajes, creando esa atmósfera que nos hace empatizar con ellos, no de forma evidente y sin gracia, sino todo lo contrario, acompañándolos en su experiencia dramática y caminando junto a Marcos, experimentando con él todos sus conflictos internos y su depresión, mirándolo a los ojos y viviendo sus problemas.

La elección de Roberto Álamo para el personaje de Marcos es todo un gran acierto, porque Álamo vuelve a darnos una lección de sencillez y contención encarnando a un hombre ausente, perdido y a la deriva, recordándonos al Brando de La ley del silencio, esos personajes que deben afrontar sus miedos e inseguridades, y nos e ven capaces a enfrentarse a ellos y desnudarse emocionalmente. Bien acompañado por la dulzura y valentía de Manuela Vellés como esa doctora idealista que se enfrenta a su superior (maravillosamente bien interpretado por la sobriedad de Pedro Casablanc) porque desaprueba sus métodos médicos, la eficiente y calidez de la niña Claudia Placer lidiando con un padre triste, y las presencias de Carlos Bardem y Maggie Civantos, como amigo y esposa del protagonista. Cormenzana ha vuelto a dirigir consiguiendo atraparnos en un drama cotidiano y sencillo, conmoviéndonos con tiempo y mesura, una tragedia de nuestro tiempo, en que el conflicto emocional de Marcos es de aquí y ahora, algo que nos podría suceder a cualquiera de nosotros, un problema mental al que debemos enfrentarnos de forma durísima y sin titubeos, sacando aquello que nos duele y nos revienta, aquello que no nos deja vivir, aquello que nos ha alejado de los nuestros, y nos ha encerrado en ese estado de tristeza permanente y ausencia. Un estado que con la ayuda de los que más queremos y con profesionales, podemos salir adelante y empezar a vivir, respirar y volver a sentir.

El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Roberto Bahar

LOS OLVIDADOS EN LAS CUNETAS.

«Qué injusta es la vida… No, qué injustos somos los seres humanos”.

La frase que encabeza este texto y abre la película, la dice María Martín, una anciana que habitualmente se acerca a la curva de una carretera y deposita un ramo de flores  a un quitamiedos, el mismo lugar, Buenaventura (Toledo) donde 82 años atrás asesinaron y enterraron a su madre, Faustina López González. También, señala a en dirección a unos zarzales donde lanzaron su ropa, la anciana tenía entonces 6 años, pero lo recuerda como si fuera ayer. Desde el primer instante, la película nos sumerge en la memoria, en el recuerdo de los que ya no están, en esas ausencias que atormentan a sus descendientes, a aquellos que los recuerdan, a aquellos que jamás los han olvidados, los vivos que claman contra el terror del franquismo, contra aquella dictadura terrorífica que estuvo asesinando durante cuarenta años, y una vez terminada, con la ley de amnistía de 1977, todas esas víctimas fueron condenados al olvido institucional, una injustica inhumana que todavía persiste en la memoria de tantos que nunca los olvidarán. Almudena Carracedo y Roberto Bahar, cineastas residentes en EE.UU., donde cosecharon un gran reconocimiento con su anterior trabajo Made in L.A. (2007) en el que retrataban las visicitudes de tres costureras inmigrantes en los Estados Unidos.

En su nuevo trabajo, construyen un ejercicio humanístico y contundente sobre el pasado, sobre la memoria negra de España, y lo hacen a través de un trabajo de cinema verité e intimismo, retratando la cronología de la llamada “Querella Argentina”, donde un grupo de personas encabezadas por Carlos Slepoy, abogado de derechos humanos, víctimas directas y familiares de asesinados del franquismo emprendieron una lucha silenciada para llevar a los tribunales a aquellos asesinos y verdugos a las ordenes de la dictadura franquista, por medio de una jueza argentina que, al igual que hizo la justicia española con Pinochet, y amparados en un derecho universal de investigar los crímenes contra la humanidad, se lanzan a un proceso largo para contar la verdad, y hacer justicia, por ellos y por los que ya no están. Carracedo y Bahar han filmado durante 6 años todos los momentos de este grupo reducido al principio pero que pasó de más de 600 querellantes contra los verdugos, personas como la citada María Martín, José María “Chato” Galante (con el que recorremos la antigua cárcel de presos políticos) que siendo un joven universitario fue llevado a la Brigada Político Social de Madrid y torturado por Billy “El Niño”, uno de los torturados más significativos de la última década del franquismo, como Felisa Echegoyen, y tantos otros jóvenes en contra de la dictadura, que fueron torturados, encarcelados y algunos, asesinados, o esas madres que descubren que sus hijos dados por muertos en el parto, les fueron robados y con identidades nuevas, donados libremente a familias pudientes del régimen, y bien entrada la democracia.

Cada uno de los represaliados nos ofrece sus testimonios sobre sus casos, y vamos escuchando sus verdades, verdades silenciadas y envueltas en la oscuridad de una democracia que sigue mirando hacia otro lugar, negando la verdad y justicia que tantos claman, enfrentándose de una vez por todas a su memoria más negra y haciendo justicia reparando tantas injusticas del pasado. También, seremos testigos de exhumaciones de fosas comunes, y todas las trabas judiciales de la justicia española para no investigar, para dejar las cosas sin más. Los cineastas nos sumergen en un documento valiente y necesario, un trabajo minucioso de memoria y justicia, poniendo rostros y testimonios a tantos silenciados por el olvido impuesto por los gobiernos de turno, pero la decisión y voluntad de todos ellos sigue en la lucha por la verdad y la justicia, por dejar constancia de su testimonio y seguir en la pelea hasta el final de sus vidas.

Carracedo y Bahar nos conducen por una mirada que por momentos nos indigna, y en otros, nos emociona, y ambas cosas a la vez, donde sin trampa ni cartón, penetran en la intimidad de estas vidas rotas por el terror del franquismo, pero vidas valientes y decididas en seguir en el camino para paliar tantos errores del pasado, cueste lo que cueste, y caiga quien caiga, sin perder las esperanza a pesar de las innumerables trabas judiciales, a pesar de tantos huesos esparcidos por la geografía nacional, algunos historiadores hablan de más de 100000 desparecidos enterrados en las cunetas de tantos lugares, segundo país del mundo después de Camboya. La película nos conduce por un terrible y doloroso viaje sobre las brumas del franquismo y el olvido de la democracia, protagonizados por aquellos que sufrieron ese terror y ese olvido estatal, peor haciéndolo de manera sencilla y honesta, sin sentimentalismos, ni condescendencias, sino con coraje y determinación por dar voz y visibilidad a tantos testimonios valientes y decididos por hablarnos de verdad, justicia y sobre todo, no olvidar a aquellos que corrieron peor suerte y todavía no reposan en un lugar donde los suyos puedan recordarlos como valientes defensores de la democracia y la libertad, y que nos sean ocultados y olvidados debajo de carreteras, como esas estatuas que recuerdan a las víctimas del franquismo, perdidas y olvidadas en un páramo, que una de ellas recibió un disparo, triste metáfora para un país quebrado y errante, que pideo olvidar sin hacer ningún gesto de memoria y justicia, que tiene el deber de recordar y reparar a todos aquellos que sufrieron el franquismo, a todos los que siguen olvidados en tantas cunetas del país.

Lazzaro Feliz, de Alice Rohrwacher

UN CUENTO SOBRE LA BONDAD.  

“Lazzaro Feliz es la historia de una santidad menor, sin milagros, sin poderes o superpoderes. Sin efectos especiales. Es la virtud de vivir en este mundo sin pensar mal de nadie y simplemente creer en los seres humanos. Porque otro camino es posible, el camino de la bondad, que los hombres siempre han ignorado, pero que siempre reaparece para cuestionarles. Algo que pudo haber sido pero que ni nos atrevimos a desear.”

Alice Rohrwacher

Con sólo tres películas, Alice Rohrwacher (Fisole, Toscana, Italia, 1981) ha creado un universo muy personal, un mundo de ambiente rural, lleno de ternura y sensibilidad, pero también, lleno de fantasía, donde las cosas más mundanas y cotidianas, esas que pasan desapercibidas, o de muy vistas, ya no se les hace el caso que debieran, van transformándose en otra cosa, adquiriendo una piel distinta, entrando en un estado espiritual, de más adentro, donde las cosas de siempre, feas y tristes, van convirtiéndose en algo diferente, y a la vez, extraño, capturando una magia que sumerge todos nuestros sentidos en un mundo donde todo es posible, donde las tristezas y los pesares del mundo, se vuelven de otro color y texturas, no se resuelven por arte de magia, pero sí se encaran con otro ánimo, porque a pesar de la negrura del mundo, siempre hay un motivo para verlo de manera diferente, más cercana a las emociones.

En su debut con Corpo Celeste (2011) una niña y su madre hacían lo imposible para reintegrarse en una zona rural de Calabria, tradicionalista y de moral católica, después de vivir 10 años en Suiza. En El país de las maravillas (2014) Gelsomina y su familia fabricaban miel en un pueblo, cuando deberán enfrentarse al final de esta forma de vida que parece tener fin. Cuentos inspiradores, fábulas mágicas pero con una base real, donde lo más insignificante adquiere un sentido humano y sobre todo, fantástico, donde las cosas se vuelven de distinta forma, con otro color y con texturas atrayentes y agradables. Rohrwacher continúa en el marco de la fábula en Lazzaro feliz, donde retrata a un joven campesino (interpretado por Adriano Tardiolo en su primera incursión en el cine) que es pura bondad e inocencia, alguien casi místico, un ser lleno de buenos sentimientos, que quiere ayudar a todos, y nunca se niega o se queja por nada ni por nadie, una especie de santidad, pero con los pies en el suelo, humano y cercano a aquellos que más lo necesitan. Aunque, en la pequeña aldea de “La Inviolata” se ha convertido en el chico para todo, donde todos los campesinos se aprovechan de esa bondad sin fin, unos campesinos que cultivan tabaco, en situación de esclavitud y servidumbre para la marquesa Alfonsina de Luna y su hijo Tancredi, un chico díscolo y engreído que intenta llamar la atención con estúpidas travesuras de una madre miserable y clasista.

Lazzaro y Tancredi se hacen amigos y mantienen una relación agradable y de camaradería. Todo cambiará cuando las autoridades descubren la situación de “La Inviolata” y acaban con ella, por estar ya prohibido por ley esa forma de trabajo y vida. La cineasta italiana parte su película en dos. En el primer bloque, asistimos a una película sobre campesinos y sus formas de vida, en un marco antropológico, donde somos testigos de su miseria y relaciones entre ellos, donde Lazzaro es el criado de todos, una condición que asume sin rechistar ni quejas de ningún tipo. En la segunda mitad, la película se ha ido al futuro, donde aquellos niños y niñas ahora son adultos y viven en la periferia de Roma, donde malviven y se dedican al hurto o al trapicheo de objetos y cualquier tipo de cosa que pueda generar dinero, y donde Lazzaro, sigue con la misma edad, a pesar de todos los años transcurridos, y se marcha a la ciudad ya que el pueblo está abandonado, y encuentra a una de esas familias del pueblo y convive con ellos.

La extraordinaria y sublime luz de Hélène Louvert (que ya había trabajado en las dos anteriores películas de Rohrwacher) realizada en 16mm, con todo ese grano y textura, que da vida y proximidad en el mundo rural, en ese campo lleno de colores, tierra, polvo y sudor, contrasta con los grises sombríos de la ciudad, donde a pesar del cambio de lugar y haberse liberado del yugo de la marquesa, las cosas continúan igual, como si el tiempo se hubiera detenido, donde siguen habiendo una sociedad dividida entre amos y esclavos, entre explotados y vividores, donde unos sirven a otros en condiciones miserables y deshumanizadas. El sobrio y brutal montaje de Nelly Quettier (responsable de la edición de Léos Carax o Claire Denis, entre otros) ayuda a seguir la peripecia de Lazzaro y los demás, contribuyendo a ese aire de magia que destila la película, mezclando con delicadeza la triste realidad con los momentos mágicos, fusionándolas de un modo sencillo y natural, creando un nuevo espacio en el que todo es posible, donde suciedad y fantasía conviven junto a los personajes, donde en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado y lo sobrenatural.

Rohrwacher aboga por la bondad en este mundo deshumanizado, en una maravillosa y sutil fábula sobre la condición humana, en la que lanza un grito de esperanza e ilusión, sin olvidarse de la tragedia de la sociedad, una sociedad materialista que ha olvidado a los seres bondadosos y de buen corazón, donde éstos no tienen cabida y son arrojados miserablemente. La directora italiana nos cuenta su película desde las emociones, sin caer en aspavientos sentimentalistas ni nada de ese tipo, ni tampoco en discursos moralistas, sólo guiándonos a través de la mirada absorbente del joven Lazzaro, alguien que no parece de este mundo, no por un físico extraño ni fantástico, sino porque la bondad y la inocencia que transmite ya no pertenecen a este mundo, si alguna vez lo hicieron, cualidades humanas que lo hacen de otro mundo, valores que le convierten en un ser puro y santo, donde a pesar de este mundo individualista y clasista, siempre hay espacio para aquellos que son buenos, que hacen el bien, a pesar de los palos que reciban, a pesar de este mundo.

Rohrwacher también realiza una declaración de principios cinematográficos acudiendo a los grandes del cine italiano, enmarcando su aventura humanística tomando como referencias a aquellos que hicieron grande el cine italiano, como La Terra Trema, de Visconti, aquellos pescadores podrían ser los campesinos del tabaco, o del arroz de Arroz Amargo, de De Santis, o aquellos de El árbol de los zuecos, de Olmi, contados de manera neorrealista, capturando la esencia de lo humano como hacían Rossellini o De Sica, o la periferia sucia y fea de la ciudad que podríamos convocar al cine de Pasolini, o esos lugares industriales abandonados, fríos y aislados que tanto le interesaban a Antonioni, o la magia, lo fantástico y los sueños que pululaban por los universos de Fellini. Toda la historia del cine italiano condensada en los 125 minutos de la película, que no copia de modo literal a los maestros, sino que recoge su esencia y el espíritu que recorría aquel cine para llevarlo a su universo de un modo visceral y extraordinariamente personal, convirtiendo así su película en una obra de calado universal y humanístico, donde nos habla de valores humanos que deberían guiar nuestras vidas a pesar del mundo en el que vivimos, porque quizás entre tanta trivialidad y quehaceres vacíos, nos olvidemos de que algún día podemos encontrarnos con un Lazzaro y no seamos capaces de verlo, o peor aún, lo expulsemos de nuestras vidas porque no nos detengamos a valorar todas sus bondades que son infinitas.

El amor y la muerte, de Arantxa Aguirre

GRANADOS Y SU TIEMPO.

“¿Qué es lo que ha interpretado usted, don Enrique? No podría explicarlo…: ese jardín, esas flores, su aroma, el perfume de los naranjos, la paz de los jazmines, el cielo de tonalidades rojizas, el momento… ¡Eso toco!”

Un mar en calma con su sonido apacible y emocionante nos recibe en los primeros minutos del arranque de la película, un mar parecido nos despedirá, un mar que engulló una fatídica tarde de un 24 de marzo de 1916 al pianista y compositor Enrique Granados (1867-1916). El nuevo trabajo de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965) vuelve a tener la música como su motor principal, centrándose en la figura de uno de los compositores más importantes de la historia de la música, siguiendo cronológicamente su vida desde su nacimiento en Lleida hasta aquel trágico día en el Canal de la Mancha. El universo de Aguirre tiene mucho que ver con la música y la danza, como dejaba patente en su anterior trabajo Dancing Beethoven (2016) en el que planteaba una película que recogía los ensayos de la Compañía Maurice Béjart (que ya había retratado en El esfuerzo y el ánimo) con la novena sinfonía de Beethoven, así como las relaciones personales y humanas de sus componentes.

Ahora, y recogiendo el testigo que supuso el trabajo de Una Rosa para Soler (2009) donde recuperaban la biografía y el legado de un músico clérigo del siglo XVIII, y con la compañía nuevamente de la pianista Rosa Torres-Pardo (en labores de producción y pianista) nos invitan a un viaje a aquel siglo XIX para seguir las andanzas y desventuras de Enrique Granados, de sus años mozos pasando penurias económicas que lo llevaron a tocar en un café, o aquel viaje a París de veinteañero que le hizo conocer la bohemia, su amor con Amparo y sus seis hijos, o esos tiempos en Madrid de desconsuelo y tristeza, o la vuelta a Barcelona y los años de prestigio después de “Las Goyescas” (1911) y el viaje a Nueva York y estrenar en el Metropolitan y conseguir un gran éxito, amén de sus amistades fieles y entregadas con Albéniz, Falla, Casals, Apel.les Mestres, con el que trabajó en diversas operetas, y su profesor Felip Pedrell, y sus años de reconocimiento y la apertura de su Academia musical.

Toda su vida y los hechos más significativos son narrados con especial sensibilidad y delicadeza por Aguirre, haciendo un magnífico trabajo de archivo en el que nos muestran fotografías, y nos van leyendo las cartas y textos en voz de intérpretes como Jordi Mollà que ofrece la voz a Granados, o Emma Suárez que hace lo propio con Amparo, la mujer del compositor, o las pinturas de Goya, Rusiñol, Casas, Fortuny o Monet, entre otros, junto a las maravillosas ilustraciones de Ana Juan, con animación, del mar o el humo, y los sonidos ambientales, para contrarrestar la falta de imágenes que se conservan del músico, en el que escucharemos constantemente su música, sus delicadas y absorbentes composiciones como las “Danzas españolas” o los valses, o las citadas “Goyescas”, interpretadas por la pianista Rosa Torres-Pardo en solitario, o con un quinteto, o con el cantaor Árcangel, y otros pianistas con el acompañamiento de la cantaora Rocío Márquez, o el arte de Juan Manuel Cañizares en la guitarra, , incluso veremos el ballet de Maurice Béjart a ritmo de la “Danza oriental”, o la bailaora Patricia Guerrero al compás de la “Danza de los ojos verdes”, y muchos más, que interpretarán el maravilloso legado musical de Granados, devolviéndolo a la vida a través de su arte, de sus composiciones y su existencia.

Aguirre ha creado una pieza de cámara maravillosa, una fantasía romántica, contribuyendo a ese aire poético y trágico que tuvo la vida, la música y la muerte de Granados, en un trabajo primoroso de una cineasta que crea magia y fantasía con lo cotidiano y cercano, envolviéndonos en esa proximidad hacia el músico, penetrando en su vida, y sobre todo, en su alma, en aquello más profundo y oscuro de su condición humana, narrándonos con suma delicadeza todas las alegrías y tristezas que conmovieron al músico, sus penurias, frustraciones, decepciones o su amor Amparo y sus hijos, todas las huellas alejadas y próximas que siguen latiendo del músico, construyendo una figura brillante pero humana, con sus reflexiones y dudas, sus abatimientos y risas, con sus miedos y tristezas, y narrando con maestría aquel tiempo modernista de finales del XIX y los nuevos tiempos que parecían venir con el nuevo siglo XX, que truncó estrepitosamente la 1ª Guerra Mundial, y fatalmente, se llevó la vida de uno de los grandes compositores de la historia, porque aquellos miedos que explicaba en vida acerca de los viajes pro mar, acabaron siendo ciertos, ya que fue el mar el que finalmente se llevó a él y su querida esposa, ese mar que le tenía preparado ese trágico final. Aunque, como cuenta la película, a modo de cuento, su legado continúa muy vigente en nuestro tiempo, un tiempo que para Granados y su música, siempre seguirá latiendo y muy vivo.