Herencia, de Ana Hurtado

CELEBRAR LA CUBANIDAD.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”

William Shakespeare

En los primeros minutos de Herencia, la opera prima de Ana Hurtado, se mueve entre músicos, entre diferentes estilos de música cubana, y algunos de sus maestros, se mueve entre personas mayores que legan su arte a los jóvenes, y es en ese instante en que la película adquiere todo su significado, porque no será otra película sobre la efervescencia de la música en Cuba, que es muchísima, sino que a través de la música, nos adentraremos en un relato-retrato poliédrico sobre lo que significa Cuba y sobre todo, ser cubano, esa cubanidad que hace de los habitantes de la isla caribeña un lugar insólito, único y complejo. La directora nacida en Úbeda (Jaén), pero criada en Sevilla, se muestra como una observado inquieta y muy curiosa, se aleja de esa mirada paternalista y sentimental que algunas películas hacen de Cuba, para mirarse como una más, para profundizar en esa cubanidad, y lo hace desde muchos puntos de vista diferentes, otorgando a la película un valor, no solo como documento excepcional, sino capturando esa otra isla, ese otro país, a través de los diferentes sentimientos religiosos, o dicho de otra forma, los diferentes caminos de acercarse a Dios.

Herencia se mueve como un cubano más, mira, retrata y dialoga con todos y todo, generando ese vínculo de los cubanos con su pasado y presente, desde el legado de sus antepasados africanos que fueron llevados por la fuerza por españoles a trabajar en Cuba como esclavos, esa mezcla que tienen los cubanos, entre africanos y españoles, hacen del país un país vasto en cultura, y una forma de ser auténtica, también, hay espacio para otra manifestación cultural como el deporte, interpretado en el país como una idea de compartir, de sumar esfuerzos, y sobre todo, de comunidad, muy alejado al deporte de occidente como negocio. Y para redondearlo todo, algunos expertos en historia e idiosincrasia cubana ofrecen sus testimonios hablándonos del pasado y presente de Cuba, de su cultura, de su música, su religiosidad y deporte. Y cómo no, también escuchamos a algunos de sus protagonistas, auténticos maestros en sus diferentes artes, que nos hablan de la Cuba de antes y ahora, el maldito bloqueo estadounidense de más de sesenta años, y las dificultades económicas cotidianas que se enfrentan los músicos y demás figuras de la cultura cubanas, obligadas a pagar en efectivo.

Hurtado no ha hecho un documento planfetario sobre Cuba y su política económica, ni mucho menos, sino una película que celebra Cuba, los cubanos y sus caminos por y para la cultura, como bien y patrimonio del país, en el que conocemos su inmenso talento para la música y demás, el apoyo gubernamental hacia la cultura, pero no desde la oficialidad, sino desde las personas, desde las personas que viven y se aprovechan de toda esa inversión cultural. La película se rodea de grandes profesionales como el gran Paco Poch en la producción, que ha producido a gente tan importante como José Luis Guerin o Isaki Lacuesta, entre muchos otros, José Luis Lobato, un cineasta cubano con más de un cuarto de siglo de experiencia, también en la producción de la isla, Luís Camilo Widmaier en la cinematografía, que fue cámara de Balseros, el estupendo documental de Carles Bosch, y Pere Marco, director de Goodbye Ringo, en labores de edición.

La directora jienense-sevillana debuta con una película que tiene una duración de apenas una hora, pero muy bien aprovechada, porque retrata con acierto y alegría todo ese universo cultural, a través de la música, la religión y el deporte,   para construir una película que siempre va más allá, que hace suya la complejidad de la cubanidad, y muestra la tremenda ebullición de unas gentes que tienen en Cuba su mejor legado, que recuerdan a sus ancestros con amor, pasión y respeto, y de toda esa mezcla fusionada, nacen verdaderas manifestaciones culturales que resultan atrayentes, apasionadas y libres, porque el estado ayuda a toda esa riqueza cultural, histórica y de carácter, en la que todo se recuerda, esa magnífica fusión afrocubana con detalles españoles, todo reunido, todo reivindicado, todo amado, todo legado, para generar esa combustión cultural infinita que los cubanos abrazan y se sirven de ella, para reivindicar su herencia, su identidad y su amor por su cultura. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Natalia Cabral y Oriol Estrada

Entrevista a Natalia Cabral y Oriol Estrada, directores de la película “Miriam miente”, en el Soho House en Barcelona, el viernes 16 de noviembre de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Natalia Cabral y Oriol Estrada, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, y Sandra Comas de Paco Poch Cinema, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Miriam miente, de Natalia Cabral y Oriol Estrada

LA NIÑA QUE NADIE ESCUCHABA.  

En un instante de la película, en el que Miriam, la protagonista adolescente de 14 años, viaja en coche junto a su padre. Éste, al ver a su hija distraída y algo melancólica, le pregunta la siguiente cuestión: ¿Qué es lo quieres tú? A lo que la niña le mira sin saber qué responder. Una pregunta que puede resultar cotidiana, pero que no suele hacerse, y aún más, nadie de su entorno familiar ha preguntado a Miriam que es lo que ella quiere para su fiesta de 15 años, y para su existencia. Una cuestión interesante y definitoria en la que se asienta la primera película de ficción de los dos directores. Natalia Cabral (Santo Domingo, República Dominicana, 1981) y Oriol Estrada (Capellades, 1983) después de un par de documentales domésticos y cotidianos que fueron Tú y yo (2014) y El sitio de los sitios (2016) que fueron bien recibidos en los festivales internacionales. El tándem de cineastas miran su película a través de la mirada de su anti heroína, una chica tímida y reservada, de piel negra, en un verano con mucho tiempo para hacer, y sobre todo, para pensar, imbuida en los preparativos de su fiesta de los 15 años, muy popular en el país centroamericano, llevada en volandas por los caprichos pequeño burgueses de su madre y abuela, en los que tiene que ensayar la coreografía, elegir un vestido y sentirse la reina de la fiesta, una fiesta, por cierto, muy aristócrata, pero también, muy kitsch.

Aunque, el puntapié emocional se fractura cuando Miriam conoce a un chico por internet al que todavía no ha visto su aspecto, pero que todo se va de las manos, cuando la niña, por miedo al rechazo de su entorno acaudalado y bien pensante, se inventa que el joven pertenece a la burguesía francesa y es hijo del cónsul. Mentira que la atormentará y la acompañará en todo el metraje, colocándola en situaciones difíciles, en las que Miriam se recogerá a sí misma, llena de inseguridades, y sintiéndose fuera una sociedad que sólo acepta a los suyos y rechaza todo lo diferente, y aún más, aquellos de posición económica inferior. Los cineastas ponen el dedo en la llaga al hablar sin tapujos y con absoluta sinceridad, desde la intimidad y la desnudez emocional, de temas candentes del país, como el racismo latente que existe, y el rechazo brutal a la piel oscura, sinónimo de pobreza, y en mitad de todo ese berenjenal social, heredado desde tiempos inmemoriales, nos encontramos con Miriam, con sus sentimientos y emociones enfrentadas a aquello que dirige su vida y espera de ella lo mejor, un novio blanquito, con dinero y educado. Todo lo contrario de lo que ella siente.

Miriam, desde su intimidad y carácter introvertido, no sólo debe luchar contra sus sentimientos complejos, sino también, contra una imposición burguesa de dividir a las personas por su piel y cuenta corriente, una manera de enjuiciar y mantener un sistema clasista que no sólo hace daño a los que lo sufren, sino que también, condenan al ostracismo a aquellos como Miriam que sienten lo contrario, que abogan por una fraternidad y amor entre los seres humanos, porque los sentimientos se pueden silenciar, pero por mucho que se escondan, siguen estando ahí, siguen latiendo fuertemente cuando nos encontramos con el ser amado. Cabral y Estrada tienen en la elección de Dulce Rodríguez, el mejor aliado para contarnos esta fábula contemporánea sobre los miedos e inseguridades de una sociedad anclada en el pasado, con miedo a avanzar, en el que el suave y bello rostro de la protagonista se erige en el vehículo perfecto para adentrarnos en la falsedad e hipocresía que sufre la protagonista por mandato materno, una sociedad de apariencias, que mantiene formas estúpidas ideas que no les ayuda para enfrentarse a matrimonios rotos y relaciones interesadas.

Otra elegante muestra de los problemas de la adolescencia, pero tratada con delicadeza y sensibilidad, sin caer en estereotipos o demagogia, retratando las inquietudes y miedos adolescentes, y de una sociedad falsa y clasista, con mirada crítica y cercana, como lo hacía Pialat en La infancia desnuda o los Dardenne en El niño de la bicicleta, o lo más recientes, también venidos de la parte sudamericana, y envueltos en la mirada femenina de sus protagonistas como Miriam miente, como el caso de Juana a las 12, de Martín Shanly o Mate-me por favor, de Anita Rocha de Silveira, muestras de la buena salud del cine americano, donde se retrata la adolescencia femenina desde puntos de vista diferentes y complejos, en los que sus personajes sufren los cambios propios de este estado, y además, sufren los avatares e imposiciones de una sociedad políticamente correcta y bienintencionado, que sólo admite a los suyos, a los que piensan y sienten como ellos, y da libertad siempre dentro de un cercado que existe aunque a veces, no seamos capaces de verlo.

Cabral y Estrada han construido una película cargada de aristas emocionales, donde no hay trampa ni cartón, en el que hay una exploración determinante sobre los problemas sociales en la República Dominicana, y sus países colindantes, desde un prisma observacional y certero, convirtiéndose en un retrato sincero y amargo sobre la adolescencia, sobre esos eternos veranos, que sólo parecen eternos, donde hay tiempo para perderlo con tu amiga del alma, la Jennifer de turno, díscola y diferente a la protagonista, chapoteando en la piscina de la casa rica, o perdiendo tiempo en el espejo actuando a ser mayor o caminando sin rumbo esperando a ser adulto, y convertirse en alguien más falso, en una vida llena de mentiras, superficialidad y llena de oropel hortera, como esa canción que tanto Miriam y Jennifer ensayan, y deberán bailar delante de tantos en esa fiesta que a sus familias les encanta, y a ellas, bueno, la protagonizan sin que nadie les haya preguntado su opinión, o lo que sienten.