Presentación de la película «Flores para Antonio», con la presencia de su protagonista Alba Flores y los directores Elena Molina e Isaki Lacuesta, en el marco de IN-EDIT Barcelona. Festival Internacional de Cine Documental Musical, en una de las salas del Aribau Mooby Cinemas en Barcelona, el miércoles 29 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alba Flores, Elena Molina e Isaki Lacuesta, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y al equipo de comunicación del festival, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Una espina se clavó en la cima de mi montaña y, una nube se posó sobre mi tela de araña. Sabe Dios lo que pasó y, está escrito en mis entrañas, la zarpa que desgarró mi túnica de pasión. Tú sabes cual es mi dolor, por favor dame calor”.
“Una espina” (1994), de Antonio Flores
Muchas obras nacen de una necesidad vital, de un deseo de encarar la mochila, el dolor, la pérdida y el vacío. El cine actúa como mediador a todos esos conflictos interiores que son invisibles, difíciles de compartir y son los que más duelen. En ese sentido, el cine documental es la travesía más idónea para adentrarse en las profundidades del alma e interrogarse, primero con uno y luego, con el entorno. La actriz Alba Flores (1986, Madrid), perdió a su padre a los 8 años. Su padre era Antonio Flores (1961-1994), un compositor y músico extraordinario que, siempre vivió a contracorriente, libre, a su manera en un mundo demasiado complejo y duro para las almas sensibles como la de él. En Flores para Antonio la citada Alba, coproductora de la cinta junto a su madre Ana Villa, emprende su propio viaje personal y profundo para encontrarse con su padre a través, y cómo reza la frase que abre la película: “Una película de conversaciones pendientes, documentos, canciones, una búsqueda y una catarsis”.
La pareja de directores son Isaki Lacuesta (Girona, 1975) y Elena Molina (Madrid, 1986), que se convierten en los demiurgos de la propia Alba, en una historia en la que su protagonista se abre y se atreve a todo aquello que necesitaba hacer y nunca había hecho hasta ahora. A hacer las preguntas sobre su padre. Y lo hace acompañada de su familia: su madre, sus tías Lolita y Rosario, su prima Elena y demás, y los innumerables archivos familiares en formato de vídeo doméstico en los que aparecen los presentes, y ausentes como sus abuelos Lola Flores y Antonio Gonzalez “El Pescaílla”, y su propio padre. Y muchos más como amigos de la vida y el rock como Ariel Roth, Sabina, Juan El Golosina, Antonio Carmona y demás testigos y compadres de la existencia de Antonio. La cosa se amplía y de qué manera, con una gran cantidad de material de archivo: documentación, fragmentos de programas de televisión, letras de canciones, dibujos y demás objetos de un artista muy activo que no cesaba quieto en ningún instante. Un viaje hacia nuestros fantasmas, al legado de los que ya no están, al cine como línea que une esta vida con la otra, mediante sus huellas, su memoria y sobre todo, el recuerdo que dejan en los vivos. Una película-viaje que ayuda a sanar, a comprender y a hablar, que tan necesario es.
Una película con gran contenido emocional y, también, con un gran equipo técnico que ha manejado con gran cuidado todo el material sensible que manejaba. Tenemos a Juana Jiménez en la cinematografía, que conocemos por sus trabajos en el campo documental en cintas como Las paredes hablan, de Carlos Saura, y Marisol, llamadme Pepa, entre otras, en una cinta-collage que se ve muy bien e invita a la reflexión y a bucear nuestro interior. El diseño sonoro lo firma un grande como Alejandro Castillo que, no tenía tarea sencilla con tanto ambiente sonoro de diferentes procedencias y la infinidad de canciones que escuchamos del artista. La música la firma la propia Alba y Sílvia Pérez Cruz. El montaje que firman el dúo Mamen Díaz, de la que hemos visto las interesantes Violeta no coge el ascensor, Alumbramiento, la serie La mano en el fuego, que dirigió la citada Elena Molina, y Alicia González Sahagún, con mucha experiencia en el terreno de series como El incidente y Cien años de soledad, entre otras. Un gran trabajo de concisión y detalle para poder retratar a un artista muy inquieto, que navegó por todos los lados: los de la vida, los de las drogas, los de la pasión, el amor y todo aquello que no se ve, y los encuentros con él que experimenta su hija, en sus emocionantes 98 minutos de metraje.
Una película como Flores para Antonio tiene la gran capacidad de hacer un recorrido muy personal y profundo de una hija a través del legado y los que conocieron a su padre, y lo hace con toda la alegría y tristeza, con la melancolía de aquella que le hubiera gustado haber estado más con su padre, y lo hace desnudándose en todos los sentidos, mostrando sus duras internas con todos y todo, sobre todo, con él mismo, sus felicidades y tristezas, sus ganas de vivir y de hacer música, su música, sus partes más oscuras de rebeldía, de revolucionario a su manera, de sus adicciones, y de todo su esplendor y oscuridad. En ese sentido, la película es honesta y muy íntima, coge de la mano al espectador, acompañando al viaje de Alba, y nos lleva por esos ochenta llenos de vida y muerte, de risas y penas, del despertar a una nueva vida después de 40 años de terror y oscurantismo. Isaki y Elena demuestran que, a partir de un material ajeno a priori, saben encauzar a sus imágenes: la música y el duelo están muy presentes en el cine del director gerundense, y en Remember my Name (2023), de Molina, se hacía eco de un grupo de jóvenes de danza que se agrupan para vencer sus difíciles vidas. La película trasciende el cine y se convierte en una catarsis, como se anuncia al inicio, y para los espectadores un viaje muy emocionante que abre todo eso que está ahí esperando a ser escuchado y en el que se recupera la memoria de un músico excepcional como Antonio Flores y todo lo que significó y significa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Anna Alarcón, Ventura Durall y Mathurin Malby, intérpretes y director de la película «Supernatural», en una de las salas de los Aribau Cinemes en Barcelona, el martes 2 de diciembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Anna Alarcón, Ventura Durall y Mathurin Malby, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Eva Herrero de Madavenue, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Me temo que ya no daré más clases, no sé cuánto tiempo me queda aún. Como la lección de hoy será muy breve, he querido elegir un buen libro. Uno que me prestó el profesor Sorel. Todo lo que vais a oír ahora es algo que escribieron grandes hombres. Fue escrito en una noche de entusiasmo hace mucho tiempo, 150 años. Eran hombres de diferente condición (…) y no entraron en polémica. Se pusieron de acuerdo aquella noche maravillosa. Otros hombres querrán destruir este libro. Es posible que acabe en el fuego pero no lo borrarán de la memoria. Vosotros lo recordaréis siempre y de ahí vuestra enorme importancia”.
Albert Lory interpretado por Charles Laughton en “Esa tierra es mía” (1943), de Jean Renoir
La valentía, quizás, sea el acto más profundo y resistente que puede adoptar alguien. Porque la valentía requiere sacar fuerzas a pesar del miedo que se tiene. Ante un enemigo superior y más fuerte, las personas valientes, en un acto de inconsciencia absoluta y sin más salidas que esa, deciden enfrentarse al enemigo con sus fuerzas que, aunque sean pocas, son importantes y pueden hacer algo ante tamaña amenaza.
Un tipo valiente es Pavel “Pasha” Talankin, un joven maestro de primaria de la escuela de Karabash, pequeña población rusa a la falda de los montes Urales, conocida por sus contaminantes minas de cobre. El docente es el encargado de organizar los eventos del colegio y filmar todo lo que allí sucede. Esa armonía, cotidianidad y felicidad se termina abruptamente cuando Rusia invade Ucrania y la escuela recibe las nuevas directrices patrióticas de adoctrinamiento y militarización del centro. A partir de ese instante, “Pasha” emprende una revolución silenciosa y efectiva que lucha ante esa invasión para frenar el reclutamiento voluntario que hacen sus ex alumnos. Todas esas imágenes y actos resistentes del joven maestro son recopilados y reflexionados en Mr Nobody contra Putin, codirigida junto a David Borenstein, cineasta estadounidense afincado en Copenhague (Dinamarca), siguiendo la línea de sus anteriores trabajos como Love Factory (2021), Dream empire (2016), y Can’t Feel Nothing (2024), en los que crítica las artimañas del poder, la propaganda ideológica y los efectos nocivos de las nuevas tecnologías en las emociones.
El apartado técnico de la película es magnífico porque la gran cantidad de horas grabadas por Pavel Talankin debían resumirse y generar el discurso de todas las experiencias y circunstancias vividas por el maestro. La voz en off acaba resultando esencial para contar todo lo sucedido, sin caer en la tristeza, sino relatando la facilidad en que una escuela se va convirtiendo en un centro patriótico que apoya la guerra sin rechistar como moldeados funcionarios que bajan la cabeza y siguen la manada que dicta el poder. La música del dúo Michal Rataj y Jonas Struck, que estuvo en la citada Can’t Feel Nothing, crea ese espacio para ir acentuando los conflictos que va experimentando el maestro, dividido entre lo que se espera de él y su conciencia humana que lo lleva a hacer esos pequeños gestos disidentes. El montaje resultaba extremadamente difícil ya que el material debía seguir la cronología de los hechos, y sigue esa idea de desmoronamiento donde hay inteligencia, profundidad y sensibilidad, sin caer en esa idea simplista de buenos contra malos, sino de la relación que tenemos entre nuestro trabajo, nuestras ideas políticas y ese instinto de supervivencia que choca contra nuestro ideales. La pareja danesa Rebekka Lonqvist y Nikolaj Monberg hacen un trabajo de edición conciso y lleno de detalles en sus agitados 90 minutos de metraje que, ayuda a profundizar en lo fácil que es crear el miedo y la obediencia en personas como nosotras.
He empezado por Albert Lory, el maestro que se enfrentó a los nazis con sus armas, y debemos terminar este texto con él, y con todos los docentes como Pavel “Pasha” Talankin, y tantos otros y otras que, con sus pequeños gestos y herramientas que tienen a su alcance, en el caso de este último, las grabaciones que hace en su colegio, no miran hacia otro lado y deciden enfrentarse al poder dictatorial que adoctrina a jóvenes ignorantes que la patria los necesita para morir en otra guerra estúpida e inútil. Es evidente que tanta civilización y modernización no ha servido para que gobernantes idiotas y ególatras sigan con las guerras y llevando al matadero a tanta gente que cree en la patria como un bien superior y no en una comunidad en la que todos y todas vivamos lo mejor posible. Un mundo como éste en el que sobran tantas banderas, patrias y demás estupideces y falta tanta humanidad, empatía y bondad ante aquellos que sólo piensan en destruir vidas. Por eso, la actitud de Pavel “Pasha” Talankin debería ser el ejemplo que todos deberíamos adoptar ante los malvados que rompen la paz y la tranquilidad que necesitamos para seguir creciendo como personas críticas ante el horror y la deshumanización y no como meros objetos para trabajar, obedecer, gastar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“La única asignatura que tenemos que pasar todos es la de la vida. Qué nos importa que nos describan lo que vivimos con términos sabios, si en realidad se vive sin palabras. Y en realidad, cuando se habla de curanderismo, de salud, de enfermedad, del bienestar, del malestar, de ser fiel a sí mismo, de la traición, lo que estamos haciendo es únicamente vivir. ¿Por qué no decir las cosas llanas? ¿Por qué disfrazar con palabras sabias lo que es inmediato y entero? (…) Ejercita los sentidos, callar, olvidar, ser el que ve y no el que dice, porque el que dice muere con el diccionario”.
André Malby
El cineasta Ventura Durall (Barcelona, 1974), ya había tocado algunos temas de Supernatural, como los referentes a las diferencias entre ciencia y magia en Bugarach (2014), codirigida junto a Salvador Sunyer y Sergi Cameron, en la que unos individuos se refugian en un pequeño pueblo del Sur de Francia ante la inminencia del fin del mundo, y las difíciles relaciones con el pasado y la figura paterna en el díptico ficción-documental Las 2 vidas de Andrés Rabadán (2008) y El perdón (2009).
En Supernatural, el relato se desdobla en la experiencia real de la actriz Anna Alarcón, que protagonizó L’ ofrena (2020), de Durall que, siendo niña fue salvada de una durísima anorexia gracias a la ayuda de André Malby (1943-2008), una sanador, chamán, filósofo, investigador y herbolario, entre otras muchas más cosas. Y por otro lado, tenemos a Mathurin Malby, hijo del citado André, doctor de profesión y muy contrario a la sabiduría de su progenitor, con el que mantuvo una difícil relación. A partir de estas dos experiencias, la película los junta y viven una serie de actividades, como la que sucede en las cuevas de la luz, última residencia de André, en la que se reúnen antiguos colaboradores y curados del chamán. El cineasta barcelonés impone una mirada de observación, de honestidad y nada pretenciosa. La película no juzga, escucha las diferentes posiciones y sobre todo, indaga en los pasados de sus dos personajes, a través de un rico material de archivo: fotografías, relatos, diarios y archivo televisivo, donde Malby padre intervenía. Un interesante y profundo collage que ayuda a sumergirse en las elegantes, reposadas y sofisticadas imágenes que nos sitúan en la naturaleza en todo su esplendor, en los distintos viajes espirituales y demás aspectos.
Técnicamente la película es asombrosa y con un acabado extraordinario con una cinematografía que firman el dúo Núria Gascón, que ha hecho cortometrajes de Irene Moray y Alba Cros, e Iván Castiñeiras, que ya estuvo en la citada Bugarach, y en trabajos de Sergi Cameron e Ángel Santos, componen una sinfonía de grandes encuadres que nos introducen de forma majestuosa y bellísima a cada espacio de la película que nos lleva por varios lugares, por España y Estados Unidos. La música de Justine Bourgeus, que eleva cada plano y cada instante de la historia que se cuenta, potenciando la trama psicológica que ayuda a que los perspectivos viajes muy personales y profundos de los protagonistas se convierta en una maravillosa y enriquecedora experiencia. Otra pareja es la que firma el montaje como son Nikan Salari y Maria Castan, habitual del cine de Jaume Claret Muxart que acaba de estrenar Extrany riu, y del director Xavi Puebla, entre otros. Una edición llena de matices, que bucea de forma tranquila y pausada en cada mirada y gesto, en sus 84 minutos de metraje, en la que hay innumerables altibajos en este viaje tanto físico como exterior, donde escuchamos muchos puntos de vista diferentes e interesantes.
Podríamos ver Supernatural como un western clásico y nada complaciente, que va sobre dos ideas contrapuestas, la eterna lucha entre lo que yo creo y lo que cree el otro, pero, a parte del argumento, la cosa va por otros lares, porque la película huye de la lucha entre razones y sentimientos, y explora las experiencias personales de cada uno, a través de su memoria, sus complejidades y las situaciones vividas y las que creen haber vivido. Si hay algún espectador que vaya al cine buscando respuestas inmediatas no las va a encontrar, porque la película escucha y sitúa su objetivo en todas las miradas y perspectivas para que cada espectador saque sus propias conclusiones, o quizás no. En la cinta de Ventura Durall se citan dos propuestas antagónicas como la ciencia y la magia o lo invisible, aquello que no entendemos, y no luchan entre ellas, si no que coexisten unas y otras, según la circunstancia, y según los diversos testimonios que aparecen en la historia. Las dificultades y oscuridades de las relaciones paterno-filiales también son un tema recurrente en la cinta, y es ahí donde la película vuela y nos hace un nudo en la garganta, porque lo muestra de forma directa y dura. Vean Supernatural porque además de hacerles reflexionar y mucho sobre lo que somos y todo lo que ignoramos, que es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Aceptamos la realidad tan fácilmente, tal vez porque sentimos que nada es real…”
Jorge Luis Borges
Hace tres años del estreno de La inquietud de la tormenta (“Gelditasuna ekaitzen”), la ópera prima de Alberto Gastesi. Un extraño y absorbente relato de amour fou sobre dos personajes, Laura y Daniel que se conocen por casualidad en Donosti, o quizás no, tal vez se conocieron tiempo atrás. A partir de un imponente y cálido blanco y negro, la cinta transitaba entre dos tiempos, pasado y presente en la que elaboraba un interesante y peculiar relato sobre las infinitas posibilidades de lo que podía haber ocurrido, o quizás no. En Singular, otra vez escrita junto a Alex Merino, Gastesi vuelve a explorar los límites del tiempo, en el que ahora la pareja protagonista son Diana y Martín, dos personas que en el pasado una tragedia los sumió en la pérdida de su hijo de 6 años. Ahora, en el presente, vuelven a juntarse y acuden a la casa junto al lago, al lugar de los hechos, al lugar al que vuelven en la memoria, al lugar que los unió para siempre, o quizás, vuelven a lo que fueron, a lo que podían haber sido, a todas esas posibilidades que imaginaron.
El director guipuzcoano construye un cuento sobre el pasado y el dolor que arrastramos, y lo hace vistiendo su película de drama, pero rasgando el arquetipo alejándose hacia algo mucho más tenebroso sin ser explícito, sino a través de la sutileza y lo que no se ve. También, encontramos un sencillo y elegante cuento de terror, no del susto chabacano, sino de aquel que nos sujeta y no nos suelta, el que explora de forma admirable lo psicológico, como hacía Hitchcock y Polanski, donde lo cotidiano y lo más cercano va adquiriendo de forma pausada un tono sombrío, con una atmósfera que pesa y muy alejado de los lugares comunes tan denostados del género. Y por si fuera poco, coexisten en la trama elementos de ciencia-ficción que, en la línea del drama y el terror, van apareciendo como cuerdas que van tensando el principal argumento de la historia: la de una antigua pareja que vuelve a enfrentarse con su dolor, sus miedos y con todo aquello que creían haber dejado en el pasado. El director vasco nos envuelve en un ambiente de bosque, donde aísla a sus personajes, dejándolos despojados de todo y todos, sólo con sus reflexiones y emociones expuestas ante el abismo, esa cosa de la que, por mucho que se empeñen, son incapaces de huir. Una propuesta que recuerda en algunos tramos a la magnífica Los cronocrímenes (2007), de Nacho Vigalondo, con bosque, bucles temporales y tragedia.
El aspecto técnico de la película sigue en la misma senda que tenía la mencionada La inquietud de la tormenta, en la que se juega con muy pocos elementos, en los que cada gesto, mirada y detalle resultan cruciales para el devenir de la trama. Si el guionista antes citado vuelve a repetir, lo mismo ocurre con el cinematógrafo Esteban Ramos que, tras envolver de misterio y tensión cada encuadre de la primera película de Gastesi, en Singular vuelve a construir una luz natural nada artificial que ayuda a tensionar a los personajes y sus conductas ante las circunstancias de forma sutil, nada enrevesada y sobre todo, generando esa idea de oscuridad que lo va envolviendo todo. Una trama de estas características huye de la noche y nos atrapa mediante el día, una luz plomiza muy del norte donde la intriga se apodera de todo. La excelente música del dúo Jon Agirrezabalaga y Ana Arsuaga se erige como el complemento perfecto para unas imágenes que nos van sujetando casi sin darnos cuenta. En tareas de montaje encontramos a Javi Frutos, un editor del que conocemos sus trabajos junto a Félix Viscarret, Calparsono, Segundo premio, de Isaki lacuesta y Pol Rodríguez y la reciente serie Yakarta, en un magnífico edición en el que mantiene sin estridencias una trama sutil nada complaciente donde en forma de bucle se va contando el despertar que sufre cierto personaje, en unos sólidos 100 minutos de metraje.
La pareja protagonista no podía ser más potente con las presencias de Patricia López de Arnaiz, qué puedo decir de una actriz tan versátil, tan fuerte y que sabe transmitir desde el lado que la sitúes, como deja claro en la recién estrenada Los domingos que hacía de tía mala oponiéndose por completo a la decisión de su sobrina. Aquí, es una madre rota, una madre sin hijo, alguien que debe sumergirse en el dolor para salir de él. Alguien que, en la piel de la actriz vitoriana, todo se mueve entre las brumas del no tiempo. A su lado, tenemos a Javier Rey, que muestra todo su poderío para la gestión de las emociones y expresarlo todo con la mirada y el gesto. El gallego muestra toda una serie de matices de transmitir sin necesidad de palabras. Les acompañan el debutante Miguel Iriarte en un personaje vital para la trama, así que, es mejor no desvelar más detalles para de esa forma contribuir a la exploración de los futuros espectadores, que ellos mismos lo descubran. Iñigo Gastesi que fue el chico de La inquietud de la tormenta tiene aquí un papel breve pero importante para la historia como técnico de IA, sí, de Inteligencia Artificial y ahí lo dejo, para no levantar más sospechas de cara a lo que se cuenta.
Después de dos películas de Alberto Gastesi en el que nos sumerge en dilemas de la existencia como por ejemplo, todo aquello que fuimos o que creíamos ser y cómo el tiempo ha vapuleado lo que somos, y sobre todo, cómo gestionamos el dolor y el peso del pasado y todo lo que arrastramos, esas cicatrices que no cesan de volver y demás, sólo nos queda celebrar con entusiasmo para el panorama del cine español la aparición de una cineasta que a partir de relatos sencillos y directos, nos sumerge en tramas donde lo mezcla todo, cogiendo de aquí y de allá, y además, creando un sólido, extraño y extraordinario lenguaje nada enrevesado en el que se atreve con todo, donde hay espacio para todo, del que beben los Sci-fi domésticos de los setenta que tanto furor tuvieron los países del este y en EE. UU. Un cine que a través de la fusión de varios géneros advertía de la deriva ultra consumista y tecnológica que ya se imponía hace medio siglo. Me gustaría que Singular encontrase su público porque la película seguro que gusta, porque a pesar de su aparente extrañeza, oculta uno de los mejores títulos de la temporada, y si no me creen, corran a verla, y si ya lo han hecho, podemos hablarlo cuando gusten. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Hay que perder para ganarnos, aunque también lo hayamos perdido todo”.
Eduardo Ramírez
Si pudiéramos hacer una radiografía emocional de los personajes masculinos de las películas de David Trueba (Madrid, 1969), veríamos a tipos sensibles, algo o muy solitarios, frustrados en un empleo insatisfactorio, y sobre todo, individuos incapaces de amar y por ende, ser amados, aunque lo intenten con todas fuerzas, o lo que es lo mismo, como buenamente pueden. El director madrileño adapta su propia novela “Blitz” situándonos en la piel de Miguel que, en Siempre es invierno es la virtud de ese chico triste y solitario, que cantaba Antonio Vega, alguien que anda de aquí para allá, sin ilusión, sin pasión y sin estar convencido de nada ni de sí mismo. Se presenta al concurso de paisajismo más que nada para hacer acto de presencia, en la lejana Lieja, en Bélgica y en invierno. Una ciudad tan fría y desangelada como el estado de ánimo de Miguel, que acaba de saber que Marta, su pareja los últimos cinco años, se ve con su ex y lo acaba de dejar. Ante tamaña mierda, Miguel decide pasar su duelo en Lieja, por unos días o por más, quién sabe. Después de este sencillo y determinante prólogo, la película empieza y no por los cauces de ese tipo de películas de personas que se recuperan tan rápido y se vuelven a enamorar de pronto, otra vez.
Después de la excelente Sabe aquell (2023), sobre el famoso humorista y cómo se convirtió en Eugenio junto a su mujer, y El hombre bueno (2024), donde un aislado de la vida ayuda a una pareja a separarse. Dos películas sobre hombres que aman la vida pero también la odian, en esa dicotomía encontramos a Miguel, y sus cosas, que no está muy alejado del Woody Allen de los setenta, cuando protagonizaba sus propias películas. Podríamos decir que estamos ante una comedia, también una romántica, pero las de verdad, las que vemos al protagonista con mil dudas y tan cercano que asusta. De lo que sí estamos seguros es que la propuesta de Trueba hable de todos nosotros, de todas nuestras imperfecciones, complejidades y tristezas, que las hay, de cómo nos vemos en el espejo, sí es que nos vemos de verdad, porque Miguel es un tipo que está en el trabajo equivocado, en la relación equivocada que, seguramente, no dirige sus pasos hacia esos lugares donde sí que estaría mejor o simplemente, tranquilo, en paz, y no a la greña como siempre anda. Trueba no hace una película triste ni aburrida, reposada y suave sí, porque le mete las dosis de ironía y de sarcasmo, en una película con muy mala uva, pero nada gruesa ni salvaje, sino con esa idea de reírse de todo empezando por uno mismo.
Como es habitual Trueba se ha acompañado de un equipo muy bueno empezando por los productores Jaime Ortiz de Artiñado de Atresmedia Cine y Edmon roch de Ikiru Films, que ya estaban en la citada Saben aquell, la cinematógrafa Agnès Piqué Corbera, que conocemos por Canto cósmico. Niño de Elche, Mientras seas tú, La imagen permanente, Las novias del sur y la reciente Esmorzar amb mi, entre otras. Su luz juega mucho con los contrastes, es fría y cálida, es íntima y alejada, lo que define el estado de ánimo de Miguel y esa sensación de estar perdido conociendo una salida que no le gusta nada. La música de Maika Makovski, que hizo la de A quién hierro mata, de Paco Plaza, es muy suave, que traspasa con cada melodía, ayuda a seguir las excentricidades emocionales de Miguel y su incapacidad para ser él sin arrastrar tanta melancolía y nada, a la vez. Y por último, la presencia de la editora Marta Velasco, una habitual de la Trueba Factory, con más de medio centenar de títulos, entre los que se incluyen 13 trabajos con David Trueba, compone una balada triste o simplemente, una canción de blues muy azul, con tonos muy oscuros, pero con algún destella de comedia agridulce, de esas que hablan tanto de lo que somos y no seremos, en sus reposados 100 minutos de metraje.
En el apartado interpretativo encontramos a un David Verdaguer como el complemento perfecto en el universo de David Trueba, con el que repite después de la gran experiencia de hacer de Eugenio en la mencionada Saben aquell, que le valió todos los premios habidos y por haber de aquel año. Su Miguel le va como anillo al dedo, porque le insufla verdad, perdonen que me ponga tan pesado con la palabra, y humanidad, es decir, muy cercano porque nos vemos reflejado en sus cosas: quedarse helado sentado en un parque muriéndose de frío, su inmadurez tan típica de los soñadores y los realistas de cajón, y esa mirada que recorre todas las inseguridades existentes y las que se inventa. Amaia Salamanca es Marta, la novia que lo deja, la cansada de estar tirando tanto de su chico, su “tirita”, y cuando la vean sabrán porque lo digo, y que se convierte en una gran bendición para Miguel, aunque él todavía no lo sepa, siempre nos cuesta ver lo que nos conviene al momento de producirse. La actriz francesa es Isabelle Renaud, una gran intérprete con una espectacular filmografía que la ha llevado a trabajar con grandes como Angelopoulos, Mihalkov, Chéreau, Doillon, Breillat y Dupeyron. Ella es Olga, la madura que rescata a Miguel en todos los sentidos, y lo dejó ahí, que hablo demasiado. No puedo olvidar las presencias de Jon Arias, el rival del paisajismo de Miguel, Vito Sanz, en una escena marca de la casa, y Violeta Rodríguez como recepcionista de hotel, ya verán dónde.
Estoy convencido que a muchos espectadores les parecerá Siempre es invierno una película demasiado fría y distante, y tendrán razón, porque lo es, aunque eso no es nada contraproducente, porque David Trueba sabe generar esa distancia aparente con el espectador y también, mucha cercanía, pero de otro modo, ya que el personaje acaba resultando entrañable y nada presuntuoso, él se conoce torpe en muchas cosas, en la mayoría, aunque también es un tipo adorable, cuando no siente pena de sí mismo, y Verdaguer le da cuerpo y alma, quizás en la piel de otro, no daría esa sensación de altibajos emocionales, donde la vida es un trozo de grisura y un bosque lleno de oscuridad, pero si miramos desde otro ángulo, lo es más, sí, pero podemos ver otras cosas, menos duras, menos afiladas y tener la capacidad de reírnos de todo y de nosotros mismos, porque esos (des) amores inesperados o eso que nos creemos, nos voltean eso que llamamos vida o existencia, y nos hacen más estúpidos, más (des) ilusionados y sobre todo, nos hace más humanos, porque por mucho que planeamos lo que hacemos, eso que llamamos vida viene a desmontarlo todo y reconstruirnos cada vez con menos trozos, pero aún así, no tenemos más remedio que seguir, y volver a empezar, volver a empezar… JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.
Simone de Beauvoir
Esta es la historia de Bella, una mujer que ha crecido con un padre que no la quería y una madre que los abandonó. También, desgraciadamente, es la historia de muchas mujeres. Mujeres como ella que conocen a alguien que las ama, o eso parece, y las despoja de su vida y las convierte en su mujer, en su esclava, en su criada, en su amor y su odio, y su frustración. La semana que se conmemora el día Internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer el pasado 25 de noviembre nos llega Bella, de Manuel H. Martín (Huelva, 1980) y Amparo Martínez Barco (Sevilla, 1981), una película de animación de gran factura visual y directa que quiere llegar a todos los públicos, sobre todo, al más joven, para concienciar de la mayor lacra de nuestro tiempo. Inspirada libremente en la vida de Ana Bella Estévez, víctima de malos tratos, creó la Fundación Ana Bella y la Red de Mujeres supervivientes en España.
La pareja de directores al frente de Bella la componen el director de algunas de las obras de animación más importantes de este país como 30 años de oscuridad (2011) sobre Manuel Cortés, el alcalde Mijas escondido en su casa durante el franquismo con la voz del gran Juan Diego, y El viaje más largo (2020), en el que indaga sobre la primera vuelta al mundo que protagonizaron Magallanes y Elcano, y el documental La vida en llamas (2015), donde exploró la cotidianidad de tres bomberos forestales de élite en Andalucía. Martínez Barco lleva trabajando en el departamento de efectos visuales en más de 25 películas y series como Secaderos, de Rocío Mesa y Los tortuga, de Belén Funes, y muchos títulos de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo. Con Bella debuta en el largometraje como directora, a partir de un guion del propio H. Martín y Carmen Jiménez, que la conocemos por haber trabajado en Adiós, de Paco Cabezas y series como La novia gitana y La Mesías, y haber dirigido el largo Hoy es todavía (2024). A través de un estilo sencillo y muy directo, y de una gran economía de tiempo, la película es muy breve, apenas 63 minutos, donde la trama avanza sin ataduras donde prevalece lo esencial.
El director de animación es Lisandro Bauk y el cinematógrafo Hilario Abad, que dirigió Parasceve, retrato de una Semana Santa (2021), y el montaje del propio Mauel H. Martín es sumamente clara y transparente, para así mantener la atención frontal del espectador, sobre todo, el de los jóvenes, que están sobreestimulados con tanta tecnología y los stories infinitos y fugaces que contaminan las redes sociales. Por eso, es clara la idea de la película, sin rodeos ni atajos, centrándose en el tema y con un desarrollo muy de frente que traspasa la pantalla, con un lenguaje sencillo y nada farragoso, que cualquier espectador lo pille a la primera. En ese sentido, juega un papel fundamental la banda sonora de la película que firma Beatriz López Nogales, que la conocemos por haber trabajado en las películas y series como Alardea (2020), Los últimos románticos (2024) y Detective Touré (2024), todas dirigidas por David P. Sañudo, amén del temazo “Nunca fuimos 2”, que encabeza este texto, y que deja clara la dirección de la película y los temas tan sensibles que toca, la vida y el horror que vive Bella, como tantas mujeres en tantos países. No se busca la denuncia así sin más, sino que nos sitúan en la mente y el cuerpo de una mujer que no ve su realidad y está metida en un horror que le parece normal para así que el público tome conciencia.
La elección de dos magníficos intérpretes como Michelle Jenner y Víctor Clavijo que ponen sus voces a los protagonistas, la mencionada Bella y Ponce, la pareja de Bella que se va convirtiendo en un monstruo cotidiano. También escuchamos las voces de Juan Carlos Villanueva y Gema Abad en otros personajes del entorno de Bella. Una película que mezcla con inteligencia la cotidianidad con el terror de Lovecraft y esos monstruos con tentáculos que van ahogando a la protagonista genera una idea directa y clara sobre el dolor y sufrimiento de Bella. Me ha encantado la propuesta de Bella, de Manuel H. Martín y Amparo Martínez Barco, porque va a ayudar a que espectadores más jóvenes se acercan a ella y conozcan la horrible experiencia de una mujer maltratada por su marido, y la dificultad que tienen para sobrevivir y poder huir de esa no vida que a muchas las mata y a otras, las deja traumatizadas, y muchas más, lo pueden contar como la verdadera Bella. Bella es una película muy dura, pero vital para que muchos y muchas abramos los ojos y nos concienciemos del horror que viven muchas mujeres que, por desgracia, son muchas. Me encantaría que la película abriera mentes y cambiemos esta situación. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Roser Texidó y Núria Florensa, codirectora y actriz de la película «Barcelona Mon Amour», en el entresuelo del Café del Born en Barcelona, el lunes 24 de noviembre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Roser Texidó y Núria Florensa, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Begoña Barrena de comunicación de la película, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Mal que les pese a quienes dicen que el socialismo es una idea foránea, nuestra raíz más honda viene de la comunidad, la propiedad comunitaria, el trabajo comunitario, la vida compartida y tiene la solidaridad por centro”.
Eduardo Galeano
En el panorama cinematográfico actual cuesta encontrar una película que sea diferente, no en el sentido de ir a la contra, sino de apostar por una idea que tenga carácter, potencia y sensibilidad, y sobre todo, que no se aparte demasiado de los problemas reales de tantas familias y tantos niños. Olivia y el terremoto invisible, de Irene Iborra Rizo (Alicante, 1976), es de esas películas a contracorriente por muchas razones: está hecha en stop motion, la protagonizan muppets que son unos niños rebeldes ante la injusticia de no tener casa, y sobre todo, es una película social, del aquí y ahora, centrada en el drama de tantas personas que no pueden pagar los precios abusivos de su vivienda y se ven abocados a vivir de okupas con muy pocos recursos. Tres elementos en los que sustenta una cinta que, además, desprende humanidad y cine de verdad, bien hecho y nada complaciente.
La directora lleva dos décadas dedicadas a la técnica de stop motion y en su ópera prima se revela como una cineasta de gran fuerza y muy sensible a la hora de abordar una historia que no cae en el desánimo ni en la desesperación, sino todo lo contrario, en acercarse a sus jóvenes personajes, a esa idea de comunidad, de familia entre seres de muchas partes del mundo que comparten una vida dura, llena de problemas y de desheredados. Basada en la novela infantil “La película de la vida”, de Maite Carranza, que coescribe junto a la directora y Julia Prats, conocemos a Olivia, una niña que se ve abocada a la expulsión de su casa junto a su hermano pequeño Tim y su madre Ingrid, una actriz en horas muy bajas. La película se posa en la mirada de Olivia que, ante tremendo conflicto, se inventa una idea para que el drama no sea tan heavy para su hermano, y además, ante los momentos más oscuros, el mundo se le parte en dos y la absorbe hacía unas profundidades que dan mucho pavor. La historia combina lo humano, con lo trágico y lo fantástico, con una intimidad que traspasa la pantalla en la que la “familia” de la hablamos un poco más arriba, se juntan en uno y luchan en compañía, un elemento que hace la película muy revolucionaria y ese cariz de diferente, porque ante los abrumadores problemas que tiene frente a sí, optan por ayudarse a pesar de sus diferencias culturales, políticas y demás.
Este film tiene una gran factura técnica y visual que ha significado un enorme esfuerzo que ha aglutinado compañías de cinco países diferentes: España, Francia, Bélgica, Suiza y Chile, y algunos de los mejores técnicos internacionales de la stop motion como los animadores Tim Allen y César Díaz, que han trabajado en grandes producciones como Frankenweenie (2012), de Tim burton, Isle of Dogs (2018), de Wes Anderson y Pinocho (2022), de Guillermo del Toro, entre otras. El diseñador de personajes Morgan Navarro que ha hecho La vida de Calabacín y Sauvages, ambas de Claude Barras, el artista fx Xavi Bastida de El laberinto del fauno y La sociedad de la nieve, los muppetmakers Sonia Iglesias, Víctor Villalba y Eduard Puertas, la cinematografía de Isabel de la Torre, que estuvo como operadora de cámara en la citada Sauvages, la música del dúo Charles de Ville, también en Sauvages, y Laetitia Pansanel-Garric, que conocemos por sus trabajos en L’home dels nassos y otra joya animada como ¡Hola, Frida!. El montaje de Julie Brenta, habitual editora de los grandes cineastas Ursula Meier y Guillaume Senez que, con esos inolvidables 70 minutos de metraje se condensa toda una experiencia vital extraordinaria, donde no se dulcifica la precariedad ni los buenos sentimientos, sino que hay dificultad y complejidad, y una idea de vencer las dificultades ayudándose y acompañándose como forma de resistencia ante la barbarie del capitalismo.
Deseo que Olivia y el terremoto invisible tenga su espacio en la abarrotada cartelera de títulos y el público se acerque a ella sin prejuicios ni dudas porque va a alucinar con sus personajes: amén de Olivia y su familia, encontrará a Lamin, un amigo de Olivia y su mamá Mamafatou que ayudarán a los desdichados protagonistas, a pesar que ellos se encuentran en su misma situación, cosas de la empatía y el buen corazón, Jon, de la plataforma de afectados de la hipoteca, Encarna, una yaya a lo “Pasionaria”, tan delicada como guerrera y por último, Remedios, la asistencia social que es algo así como la que hay que convencer para que no separen a Olivia y a su hermano. Deseamos que Irene Iborra Rizo siga inventando historias con stop motion, porque su primera apuesta me ha entusiasmado y sí, es una de las grandes películas que se han hecho sobre el impacto de un desahucio desde la mirada de una niña, y no lo hace desde la condescendencia ni el buenismo, sino desde una verdad que duele, que congela el alma y que nos da una idea de la falta de humanidad de este planeta. Eso sí, la trama no se regodea en la porno miseria, y si que aporta soluciones ante la barbarie, la ficción como arma para luchar contra una realidad tan injusta y desigual, y la mirada y el amor del otro como sustento frente a la codicia de los abusadores, evidenciando que que la única salida de los “olvidados” es la mencionada, la de juntarse, crear comunidad, crear familia y sobre todo, mantener el humanismo que no podemos perder a pesar de las injusticias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA