Dolorosa Gioia, de Gonzalo López

UNA HISTORIA DE PASIÓN.

“Fuerte como la muerte es el amor”.

San Agustín

Carlo es un músico joven, un compositor con un extraordinario talento, su piano se ha convertido en una parte más de su alma y su cuerpo. Cada día lo toca incansablemente, sin descanso, con la idea fija de extraer una composición única y muy personal, una música que sacie sus ambiciones musicales. Aunque, esta vida solitaria y abnegada a su arte, se verá truncada con la aparición de María, una bella mujer de la que se enamora y se casan. La vida marital parece llenar a los dos, pero al poco, la vida de Carlo vuelve a sus rutinas musicales, aunque a María parece no importarle, lentamente se siente desplazada y encuentra cobijo en los brazos de un apuesto joven llamado Fabrizio, a espaldas de Carlo. La segunda película de Gonzalo López (Barcelona, 1977) se instala en un marco muy profundo, explorando las pasiones más internas del ser humano, esas obsesiones que alimentan nuestra alma y la convierten en un esclavo sin vida. Después de haber sido ayudante de producción en el mediometraje Génesis (1998) de Nacho Cerdà, y haber debutado en el largometraje con Embrión (2008) remake de la película japonesa The Embryo Hunts in secret (1966) de Koji Wakamatsu, en una interesante mezcla de sexo, deseo y violencia.

Muchas de estas obsesiones vuelven en su segundo trabajo, que coge como guía la vida de Carlo Gesualdo, gran músico del Renacimiento que se vio envuelta en un asunto my trágico, pero adecuándola a nuestros días. Y no sólo acaban ahí los cambios, quizás el más sorprendente es la ausencia de diálogos, en una película estructurada a través de los personajes, la música que escuchamos y sus espacios, en el que la vivienda que comparten Carlo y María se acaba convirtiendo en el centro de la trama, testigo de su historia de amor, distanciamiento, los encuentros de María con su amante, y la resolución final. López junto a su cinematógrafa Gemma Rogés, imprimen a la película una forma muy estilizada y casi desnuda, en la que podemos encontrar pocos elementos en lo físico, que ayuda a incrementar la soledad de los personajes y sus oscuras relaciones, y esa especie de descenso a los infiernos que sufre Carlo, aumentado con sus terribles pesadillas y visiones macabras. Una película desestructurada, con continuos saltos en el tiempo, ya que empieza con el final y va contándonos todos los detalles y elementos que nos van adentrando en su trama convencional, si, pero bien contada y resuelta.

Quizás su excesiva frialdad en los encuadres y espacios podría dejar indiferente a algún espectador, pero si se dejan llevar podrán degustar una película sencilla pero con ingredientes muy interesantes y sugestivos, como ese rojo sombrío, color que no podía faltar en un relato de estas características. López echa mano a sus referentes del Giallo italiano sin esconderse, mirándose a su espejo sin dudar de su herencia, llevando con inteligencia y sobriedad su relato caleidoscópico en el que hay amor, pasión, celos, inseguridad, sexo, envidias, soledad, mentiras, obsesiones, música, y sobre todo, miedo y muerte. Dolorosa Gioia se desenvuelve bien en el thriller psicológico, el terror más puro, y también, porque no decirlo, en la fantasía romántica y  el drama más doméstico, manejándose con soltura y fusionando con audacia los diferentes géneros que recorren la película.

Destaca un reparto desconocido pero que interpreta con naturalidad y sobriedad, a partir de detalles y gestos mínimos pero significativos, en la que las miradas acaban siendo importantísimas para una historia que prescinde de los diálogos, entre los que encontramos a Amiran Winter como el atormentado Carlo, ese músico solitario, introvertido y de pasión enfermiza, bien acompañado por Paula Célières como María, la esposa que se siente sola y desplazada por esas lucha interna de Carlo entre su pasión (alma) y su esposa (cuerpo), y el vértice de este amor confuso, roto y solitario, Fabrizio al que da vida Cristian Monasterio, ofreciendo un tipo bien parecido, una pasión arrebatadora que engatusa a María, y la participación del siempre convincente Pep Tosar. El director barcelonés estructura su película a través de aquello que tanto mencionaba Fritz Lang en su cine, que se contaba a través de tres elementos que se encontraban en su universo cinematográfico: el amor, la venganza y la muerte. La película tiene todo esto y nos explica el enfrentamiento entre aquello que nos apasiona y aquello que amamos, que pudieran parecer compatibles y quizás, para algunas personas, no lo sean tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


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El estado contra Mandela y los otros, de Nicolas Champeaux y Guilles Porte

RESCATAR LA MEMORIA.

“Esto es una lucha del pueblo africano, inspirada por el sufrimiento y la experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Mi ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades. Es un ideario por el cual vivo y espero conseguir. Pero, en caso de necesidad, señoría, es un ideario por el cual estoy preparado para morir”.

Nelson Mandela durante el juicio

Nelson Mandela, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Raymond Mhlaba, Elias Motsoaledi, Ahmed Kathrada, Andrew Mlangeni y Denis Goldberg fueron los ocho miembros del Congreso Africano que fueron arrestados y llevados a juicio en Sudáfrica. Después de nueve largos meses de juicio celebrado entre 1963 y 1964, fueron condenados a cadena perpetua. El estado contra Mandela y los otros, rescata su memoria a través del juicio político a los que fueron sometidos, recuperando las 256 horas de archivo de audio que dejaron constancia del proceso judicial, pero no solo recuperan este valiosísimo material histórico, sino que visibilizan a aquellos otros líderes más desconocidos que al igual que Mandela estuvieron allí, lucharon contra el régimen dictatorial del apartheid y la supremacía blanca, y se jugaron la vida a favor de la igualdad de derechos humanos en un país donde las autoridades defendían la segregación racial.

Detrás de este documental nos encontramos a  Nicolas Champeaux, que viene del periodismo radiofónico donde ha dirigido trabajos sobre Mandela, Sudáfrica y otros países africanos, y Guilles Porte, un afamado cinematógrafo que ha trabajado con cineastas tan importantes como Jacques Audiard o Raoul Ruíz, entre muchos otros, y ha dirigido películas como Cuando sube la marea, junto a Yolande Moreau, y en proyectos solidarios como Portrairs/Autoportraits que combinaba acción real y animación, compuesto por más de 100 cortometrajes en el que participaron niños de todo el mundo. Dos mentes creativas en la dirección conjuntamente con Oerd, director de películas de animación. Porque la película combina varios elementos para contarnos el proceso judicial, el contexto histórico y todo aquello que rodeó el juicio, porque mientras escuchamos fragmentos del juicio, vamos viendo animación en blanco  negro, muy imaginativa y oscura, en el que asistimos a implacables interrogatorios del fiscal que incrimina duramente a los acusados, mientras ellos se mantienen tranquilos e inteligentemente van argumentando los hechos sin arrepentimiento y pedir perdón.

Escuchamos a través de entrevistas a los supervivientes que todavía permanecen vivos, tres de los acusados como Denis Goldberg, Ahmed Kathrada y Andrew Mlange, que los vemos escuchándose por primera vez y reflexionar sobre su activismo político, su arresto, el juicio y sus años en prisión, también escucharemos a Winnie Mandela, ex mujer de Mandela, los abogados defensores que claman contra un juicio político con un veredicto fabricado de antemano, y otros familiares y amigos de los acusados que recuerdan como vivieron aquel tiempo y el fatídico juicio. Champeaux y Porte construyen un documento histórico único y excepcional, una lección de historia, un trabajo creativo y muy profundo, muy necesario para entender la historia y tantas barbaridades en nombre de la justicia, y sobre todo, dar a conocer a todos aquellos que quedaron olvidados a la sombra de Mandela, hombres que pusieron en peligro su vida por la causa en la que creían, una causa humanista que les llevó a vivir en la clandestinidad y luchar con todas sus fuerzas contra un régimen sangriento y malvado.

La película tiene ritmo y sinceridad, también muchísima dureza, tanto física como psicológica, aunque necesaria para sumergirnos en los hechos, escuchar atentamente las grabaciones de audio y reflexionar sobre todo lo que acontece, con una animación poderosa y extraordinaria que acaba siendo la mejor compañía para ilustrar las grabaciones, llevándonos a la raíz del funcionamiento kafkiano y partidista que llevaba a cabo el gobierno Sudáfrica contra todos aquellos que luchaban a favor de la vida y de un mundo más justo. Los directores franceses se toman su tiempo para explicar todos los testimonios, los que escuchamos en el juicio y los actuales, dejando ese tiempo para que todas las personas que participaron, sobre todo, los acusados, se puedan explicar y ofrecer sus testimonios y visibilizar su lucha, en el que la película se revela como un ejercicio en el que se visibiliza a todos aquellos hombres que estuvieron codo con codo con Mandela luchando por una Sudáfrica libre y mejor, dándoles, aunque sea mucho tiempo después, y a través del cine, su lugar en la historia de Sudáfrica, del mundo, y sobre todo, su lugar en aquellas personas que se han levantado en contra de la injustica, del miedo y el horror, que trabajaron incansablemente por una sociedad en el que blancos y negros pudieran vivir en paz, con los mismos derechos y obligaciones, y las mismas oportunidades. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nila Núñez

Entrevista a Nila Núñez, director de la película “Lo que dirán”. El encuentro tuvo lugar el jueves 30 de mayo de 2019 en los Jardines del recinto de la Escuela Industrial en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nila Núñez, por su tiempo, generosidad, amistad y cariño, y a Jorge Tur, coordinador del Máster en Teoría y Práctica del documental Creativo de la UAB, por su complicidad, amabilidad, paciencia y cariño.

Azul Siquier, de Felipe Vega

LA MIRADA DEL FOTÓGRAFO.

“Cada vez que miramos una fotografía, somos conscientes, aunque sólo sea ligeramente, de que el fotógrafo escogió esa visión entre una infinidad de otras posibilidades. El modo de ver de un fotógrafo se refleja en su elección del tema”.

John Berger

Hay varias teorías respecto al origen de la palabra azul, según se dice, quizás derive del árabe hispánico, este del árabe lāzaward, “lapislázuli”, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sáncrito rājāvarta, “rizo del rey”. Sea cual sea su origen, en la RAE tienen más claro su significado, refiriéndose a: Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. Venga de donde venga y sea cual sea su significado, lo que está claro es que ese color ha sido el inicio, el desarrollo y el motor de la obra del fotógrafo Carlos Pérez-Siquier (Almería, 1930) un color que siempre estará relacionado a su obra, y a él mismo. Aunque, dicho sea de paso, su andadura en el universo de la mirada y la fotografía arranco con el blanco y negro, y más concretamente, en el barrio de su ciudad natal,  “La Chanca”, que ya había sido objeto de estudio por Juan Goytisolo (1931-2017) en su libro homónimo de 1962, donde encontramos definiciones como: “El barrio de la Chanca se agazapa a sus pies, luminoso y blanco, como una invención de los sentidos. En lo hondo de la hoya las casucas parecen un juego de dados, arrojados allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras “. Doce años dedicó Pérez-Siquier a mirar el barrio, un barrio periférico, pobre y miserable, donde se hacinaban familias y sobrevivían como podían en aquella España del desarrollismo económica que negaba otras realidades más tristes y duras. Pérez-Siquier se detuvo en sus calles, sus casas, sus gentes y su espíritu, indomable y digno, en el que la humanidad radiaba a pesar de todas las penurias acaecidas.

El cineasta Felipe Vega (León, 1952) autor de obras de gran calado humanista y profundamente personales como Mientras haya luz (1987) El mejor de los tiempos (1989) o El techo del mundo (1994) donde explora los temas sociales desde una mirada crítica y honesta, sumergiéndose en mundos olvidados que no están muy lejos de la sociedad bien pensante y moralista. También, se ha acercado al mundo de las emociones y los conflictos personales en películas de la talla de Nubes de verano (2004) o Mujeres en el parque (20016), y también, ha desarrollado una carrera muy interesante en el campo documental con obras acerca de la memoria como Cerca del Danubio (2000) en el que se acordaba de los 142 almerienses que acabaron en el campo de extermino de Mauthausen, y en Eloxio da distancia (2008) junto a la pluma del escrito Julio Llamazares, se adentraba en las costumbres y la cotidianidad de A Fonsagrada, un pequeño pueblo lucense alejado del mundanal ruido.

Vega es un enamorado de la fotografía y de Almería, y conserva una amistad de más de un cuarto de siglo con Pérez-Siquier, así que de recibo dedicarle un tributo-homenaje a su fotografía, a su arte, a su mirada y sobre todo, a su humanismo, en un trabajo que huye de los cánones establecidos para centrarse en la parte humana del que hay detrás de las fotografías, haciendo hincapié a sus fotografías en blanco y negro, donde además de denunciar las condiciones miserables del barrio de “La Chanca”, se esforzaba en extraer la belleza cotidiana de sus gentes, sus casas y su ambiente, creando imágenes de gran belleza pictórica muy sabiamente mezclada en ese durísimo entorno social, como escribía Goytisolo tan acertadamente: “Y no hay nada, sino fuego y líneas de color extremado”.

La película también se detiene en su fotografía en color, importantes para estudiar lo que significó el desarrollismo económico en la España franquista con la llegada masiva de tantos turistas que venían a empaparse de sol y fiesta, con esas fotografías de personas anónimas que se tuestan en las playas, siempre con esa idea de la fotografía social y además, bella visualmente, jugando de manera sencilla y admirable con los colores, con su “azul” omnipresente tan característico de sus imágenes. Luego, la película se detiene en los reconocimientos posteriores, su visibilidad como uno de los fotógrafos más importantes del siglo XX, el legado de su obra y todos los procesos creativos que lo han acompañado cuando de forma honesta y anónima se acercaba a recorrer las calles de “La Chanca” y toparse con sus habitantes y sus miradas, como la de esa niña, inmóvil que lo mira con la curiosidad del que mira a un extraño, a alguien diferente a su cotidianidad, a un ser, armado por una máquina que quiere retratarla, que años después recupera y vuelve a inmortalizarla, ahora en color.

Vega mira a Pérez-Siquier desde la admiración, desde la sencillez del que se detiene a mirar esa imagen que le cautiva, que le transporta a otra perspectiva, de aquel que mira sin condescendencia ni sentimentalismos, del que se muestra curiosa y atento ante la mirada del fotógrafo, mostrando su humanidad, sus procesos, su alma inquieta y curiosa a robar lo efímero, aquello casi invisible para el resto, aquello que, en un instante casi imperceptible, se convierte en algo bello, intangible y lleno de luces y colores, aquello que advierte algo mágico, algo profundo y algo sentido, aquello que quedará inmortalizado para siempre, para que alguien quiera mirarlo detenidamente, sin prisas, con la pausa que dan la curiosidad y la inquietud de mirar y nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lo que dirán, de Nila Núñez

QUIÉNES SOMOS.

“Lo más importante es que nosotras tenemos algo que decir y ellos necesitan escuchar eso”.

En los últimos tiempos, el cine español más arriesgado y personal, aquel que huye de los convencionalismos, el que más mira a su entorno y la sociedad que lo rodea, se ha destapado de forma sincera y realista, hablándonos sobre la adolescencia, pero no una adolescencia arquetipo y llena de territorios transitados, la que todos esperan, sino todo lo contrario, aproximaciones al universo adolescente desde una perspectiva interior, desde sus miradas más personales, sus conversaciones más íntimas y sus reflexiones más internas, películas ancladas en un marco documental, obras como Quién lo impide, de Jonás Trueba, que agrupa varios largometrajes en torno a mirar la adolescencia, sus protagonistas y escuchar sus diálogos, sus pensamientos y su mundo, igual que < 3, de María Antón Cabot, en la que siguiendo unos caminos parecidos al proyecto de Jonás Trueba, se lanza a investigar en el parque del Retiro de Madrid, como unos adolescentes pasan las tardes de verano, enrollados con las nuevas tecnologías, sus (des) amores y demás situaciones típicas de su edad.

Lo que dirán vendría ser el vértice de este triángulo, ya que vuelve su mirada al mundo de los adolescentes, en su caso, a dos chicas, Aisha y Ahlam, dos alumnas de Barcelona que emprenden su trabajo final sobre el hiyab, el velo islámico, y sobre como dos adolescentes educadas en un entorno musulmán, viven sus propias contradicciones, reflexiones y demás conflictos personales como externos derivados a la prenda de vestir, dos amigas, musulmanas, pero con formas de entender la religión y al vida desde puntos de vista muy distintos, porque Aisha lleva el velo, es familiar, reservada y obediente, en cambio, Ahlam, es todo lo contrario, no lleva el velo, se muestra extrovertida y rebelde. La directora Nila Núñez (Barcelona, 1993) se cruzó con Aisha y Ahlam y encontró su corto de final del Máster en Teoría y Práctica del Documental Creativo de la UAB, aunque la historia creció y se ha convertido en su primer largometraje, en el que filma las conversaciones de las dos chicas, sus ideas, reflexiones, conflictos, su relación familiar, sus relaciones con los demás compañeros o esas miradas inquisitorias de la calle y la sociedad, en unos diálogos que nacen desde el alma, desde lo más profundo de cada una de ellas, mientras Núñez las filma y sobre todo, las escucha, en un retrato sincero y profundo, donde lo más íntimo y cotidiano acaba trascendiendo en una mirada crítica sobre la sociedad y sus prejuicios sociales.

La directora barcelonesa filma a sus protagonistas tanto en un espacio íntimo y doméstico, mientras se maquillan, se visten y juegan, como dirá una de ellas, y en ese otro espacio, el exterior, cuando asisten a clase mientras tienen un debate sobre su condición de adolescentes, sus sueños, sus (des) ilusiones y sus relaciones con sus progenitores, no siempre bien avenidas. También, las vemos relacionándose con sus otros compañeros, en conversaciones sobre el hiyab y él porque lo llevan o no, y los conflictos que esa decisión conlleva, o mientras practican deporte a las miradas de los demás. Núñez ha construido una película sencilla y muy cercana, que bulle como si la pudiéramos tocar, como si fuese un cuerpo orgánico, porque nos habla con total desnudez y sin tapujos sobre adolescencia, identidades, religión y educación sin ser una película ideada para ello, sino desde lo más alejo posible de esa intención, capturando con su cámara de manera observacional todo aquello que acontece frente a ella, desde la cineasta humilde y sobre todo, inquieta.

Núñez destaca por su forma sensible y directa de capturar a sus adolescentes, como una especie de diario filmado en que se va construyendo la verdad o la realidad, como quieran llamarla, que una vez filmada y editada, adquiere connotaciones que van más allá de aquello que estamos viendo, produciendo un efecto revelador en el que las conversaciones íntimas de dos adolescentes musulmanas en un país extranjero y sus relaciones con esa sociedad y entorno, acaban convirtiendo la película en un claro ejemplo de la complejidad que provoca las diferentes culturas en nuestras sociedades, y las formas que tenemos de afrontar esas realidades tan distintas y ajenas a nosotros, y no solo eso, sino también, la película es un retrato profundo y sincero sobre las propias contradicciones del ser humano, como aclarará una de las chicas, de nuestros deseos, ilusiones, miedos propios de la adolescencia, cuando nos estamos descubriendo a nosotros mismos y estamos en pleno proceso de convertirnos en adultos, en ese tiempo de transición, donde todavía todo está por definirse, donde todo se está haciendo, quizás el mejor período para emprender nuestro propio camino en la que iremos formándonos como personas y descubriéndonos como somos, como queremos ser y qué hacemos para llegar a ello. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=»https://vimeo.com/227462263″>LO QUE DIR&Aacute;N (Trailer Esp)</a> from <a href=»https://vimeo.com/uabmasterdoc»>UAB M&aacute;ster Documental Creativo</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Alex Brendemühl

Entrevista a Alex Brendemühl, actor de la película «El creyente», de Cédric Kahn, en el Instituto Francés en Barcelona, el miércoles 22 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alex Brendemühl, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Fernando Lobo de Surtsey Films, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Touch Me Not, de Adina Pintilie

EL CUERPO, SUS DESEOS Y MIEDOS.

“Vivo todos los días con mi cuerpo. Pero supongo que no lo conozco. Aparte de las varices, la cicatriz. Cuando me dijo: Háblame de tu cuerpo. No tenía nada que decirle. – Tal y como yo lo veo, eres tu cuerpo, en este mismo instante. Y hablas de tu cuerpo como si fuera un desconocido”.

El cuerpo. Los cuerpos. Sus miedos, sus deseos, sus formas, sus expresiones. La intimidad de cada uno, lo que anida en lo más profundo de nuestro interior, aquello que en realidad somos, aunque nos neguemos a verlo, a ser, que, en ocasiones, se convierte en nuestro más ferviente enemigo, en aquello contra lo que luchamos, en lo nos impide disfrutar de nuestro cuerpo, de nuestra intimidad, de nuestro sexo, en realidad, de nosotros mismos, de lo que somos. La puesta de largo de Adina Pintilie (Bucarest, Rumania, 1980) es una película-híbrido que maneja formas y texturas tanto de la ficción como el documental, para sumergirnos en un relato sobre los cuerpos y nuestra relación con ellos, a partir de varios personajes que, de un modo u otro, experimentan su cuerpo y su intimidad de formas muy diferentes, desde el rechazo, desde la incapacidad, desde el descubrimiento de placeres ocultos e intensos, desde el propio yo y demás.

A partir de un marcado y especial estilo visual que podríamos decir casi desnudo, donde predomina el blanco y sus tonalidades, Pintilie nos invita un viaje a la psique humana, como en sus anteriores trabajos, para descubrirnos y descubrir a Laura, una mujer que ha pasado la cincuenta y se muestra incapaz de descubrir su cuerpo y sobre todo, el de los demás. Por su vivienda pasaran una serie de personajes que intentarán ayudarla sacándola de esa prisión interior en la que se encuentra, desde jóvenes acebos que se masturban delante de ella, un trans de su misma edad que vive su cuerpo y su sexualidad de forma libre y sin ataduras de ningún tipo, un acompañamiento sexual que a partir de contactos corporales le hará expulsar todo aquello que la ata a sus miedos que le impiden expresarse a través de su cuerpo, su intimidad y su sexualidad, y finalmente, seguirá y se acostará con Tomas, un joven que no puede olvidar a su ex y además, participa en talleres psicoemocionales sobre el cuerpo y cómo tocarlo con discapacitados, donde conoceremos a Christian, un joven con una severa discapacidad que se muestra ante la cámara con una desnudez emocional impresionante y reflexionará sobre su cuerpo, su sexualidad y sus deseos más íntimos.

La directora rumana fusiona con acierto y veracidad sus entrevistas, pero huyendo de la forma convencional para adentrarse en aspectos más emocionales e íntimos, con la pericia de Laura, el de Tomas y el de Christian, individuo que escenifican la realidad oscura de tantos seres que todavía albergan infinidad de tabúes y problemas personales acerca de cómo debe ser nuestro cuerpo y la relación que tenemos con él, como experimentamos nuestra intimidad y como nos tocamos a nosotros mismos a los demás, y que deseos ocultos y profundos albergamos en cuestiones sexuales. Pintilie lanza un grito de libertad y amor hacia nosotros mismos, a levantarnos, a auto descubrirnos cada poro de nuestra piel, de nuestros cuerpos, sin miedo ni convecciones sociales o históricas, sino simplemente dejándonos llevar por aquellos que estamos sintiendo, por aquello que nos arrebata el alma, por nuestra libido, sea cual sea, sin más, tocándonos y tocando a los demás y sobre todo, disfrutar del sexo como si fuera nuestra primera vez, descubriéndolo y descubriéndonos a nosotros mismos, materializando esos placeres y deseos ocultos que nos harán estar mejor con los demás y con nosotros mismos, que cuerpo y mente sean uno sólo, un solo espacio de diversión, placer y sexo.

Un reparto que mezcla con sabiduría y acierto los intérpretes profesionales como Laura Benson (que ha tenido a sus órdenes a cineastas tan importantes como Altman, Frears o Chéreau) compone un personaje complejo y difícil, solitario, lleno de miedos y conflictos interiores, se convertirá en nuestra guía, tanto espiritual como física, porque a partir de ella y sus procesos, físicos y emocionales, iremos descubriendo la película y los demás personajes, las diferentes formas, tácticas y estrategias para abordar los problemas con nuestro cuerpo y todo lo que conlleva, Tomas Lemarquis (al que lo hemos visto en películas como Blade Runner 2049 o Snowpiercer) un aspecto distante y frío, nos toparemos con alguien que necesita despegarse del amor frustrado para abrazar una vida más intensa y exenta de prejuicios sexuales.

Y los intérpretes no profesionales, que nos regalan sus vivencias y sus experiencias más íntimas sobre su cuerpo y su sexualidad, en el que sobresale la honestidad y capacidad de Christian, un discapacitado que no sólo a descubierto su cuerpo y el sexo, sino que ha experimentado una vida sexual placentera y llena de infinitas posibilidades, Hannah, un transexual que después de la cincuentena ha descubierto su verdadero yo y ahora disfruta de quién es, su cuerpo y el sexo, o Seani, el acompañamiento sexual que ayuda a los demás, a aquellos que se sienten desplazados por sus traumas sexuales y rechazan y desconocen su cuerpo. Una película magnífica y fascinante, que nos lleva a un viaje hipnótico y muy íntimo para descubrir el cuerpo, los cuerpos, sus intimidades, sus procesos, sus miedos, sus deseos, sus sexualidades, y sobre todo, una mirada crítica y feroz a esa sociedad tan superficial y mercantilizada que olvida a aquello que somos, que desplaza los cuerpos a una mercancía más, algo que se vende, y oculta su verdadero lugar en nuestras vidas, un espacio de experimentación muy personal y profundamente íntima para vencer aquello que nos produce temor y lanzándonos a un viaje de autodescubrimiento especial y bello para disfrutarlo y experimentar con sus formas, texturas y sexualidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Antes de la quema, de Fernando Colomo

CAÍ, CHIRIGOTAS Y NARCOS.

Estamos en un día cualquiera en Caí, Cadíz, para los que no lo sepan, y conocemos a Quique, un gaditano sin oficio ni beneficio, eso sí, de Caí hasta la médula, apasionado del Carnaval, y más que nada, de sus chirigotas. Después del varapalo de perder a su padre, con una madre senil y una hermana en la cárcel por narcotráfico, encuentra acomodo como jardinero en una planta algo singular, porque es el almacén donde se guarda la droga incautada por la policía que más tarde será quemada. Y cómo él que no quiere la cosa, la existencia más o menos habitual de Quique, pega un vuelco de 180 grados cuando “El Tuti”, un narco de la zona, se encariña con sus chirigotas y se hacen “colegas”, y más aún cuando descubre donde trabaja. La cosa se irá complicando y de qué manera, porque entra otro tipo en el bisnes, un tal “El Gallego”, un individuo mal carado y profesional del asunto, que se asocia con el mencionado Tuti para robar la droga y para eso necesitan la “colaboración” de Quique, para más líos, el susodicho se enamorisquea de Rosario, una que trabaja para “El Gallego”, y aún hay más, para redondear el entuerto, la hermana de Quique sale en libertad y se hace amiga de “El Tuti”. Menudo dilema se le presenta a Quique, que a más, tiene un as en la manga que según se mire, le va a quemar más que buena fortuna le pueda traer.

El nuevo trabajo de Fernando Colomo (Madrid, 1946) tras las cámaras viene después del éxito de La Tribu (2018) de la temporada pasada, que venía precedida de Isla bonita (2015) mitad autobiográfica-ficción en que le propio Colomo era uno de los actores, parodiándose de él mismo, porque interpretaba a un director con poca o nada suerte. Colomo no necesita presentación en esto de contar historias, porque lleva más de cuarenta años liado con esto del cine, su filmografía abarca más de la veintena de títulos, ha dirigido también series, ha hecho de actor para él y para otros, y ha producido a gente como Fernando Trueba, Icíar Bollaín, Mariano Barroso o Daniel Calparsoro, entre otros. El cineasta madrileño, uno de los baluartes de la llama “Comedia madrileña” ha dirigido grandes éxitos como La vida alegre, Bajarse al moro, El efecto mariposa o Cuarteto de la Habana, en el que han primado siempre las comedias, historias sentimentales, de enredo, con su pizca de reflejo de los tiempos, y haciendo críticas feroces a todos esos tipejos y tipejas de clase media que ansiaban pegar el pelotazo y retirarse a algún paraíso inventado, aunque, en muchas ocasiones, se tropiezan con pobres diablos, que trabajan y sueñan de sol a sol, sin más cosa que su esfuerzo, su desdicha y sus tribulaciones cotidianas.

Quique es uno de esos tipos, un tipo “Colomo”, uno de esos que acaba liándose aunque no quiera, aunque no lo desee en absoluto, pero no da más de sí, y se lía del todo. Colomo los mira con cariño, los maltrata un poco y los hace torpes, metepatas y mucho más, pero, eso sí, nunca son tipos con mala idea, su mala fortuna se debe a su buena fe que no acaba de entenderse con tanta claridad como ellos imaginan. Colomo vuelve a dejar Madrid como en sus anteriores películas, con un guión firmado por Javier Jáuregui, se traslada a Cadíz, en el que extrae todo su gracego en la voz de Quique, que es uno de los elementos principales de la película, así como mofarse de los topicazos de la zona, la gandulería, los eternos fiesteros y cosas por el estilo. Colomo lo pasa a través de su mirada y va soltando sus críticas, a la vez que el personal se va riendo siempre queda ese puntito de mordacidad tan marca de la casa. Porque la película hace reír, pero también nos cuenta un retrato de los muchos espabilados que se mueven por la zona, esos tipejos que antes hablábamos en el cine de Colomo, que ansían con hacer su mundial y retirarse, aunque esta vez tropezarán no sólo con Quique, sino también con aquello que el citado oculta, que no es moco de pavo.

La película tiene ritmo y se mueve con gracia y salero, consiguiendo retratar la maravilla paisajista de Cadíz, pero también, todo aquello que se huele y se cuece, sin caer demasiado en la postalita, sino llevándonos con audacia y valentía por los diferentes lugares y tonos de la película, aunque vemos drama, siempre ligero, porque la comedia y ese ímpetu de reírse de las desgracias, aunque sean tan heavies, muy característico de los gaditanos, prevalecerá ante los pliegues de drama que florecen en algún que otro momento de la película. El director madrileño se agrupa con un reparto fresco y dinámico en el que destaca el buen hacer de Salva Reina como Quique, el guía de la función, bien acompañado por naturalidad y simpatía de Manuela Velasco, o el desparpajo y la curiosidad de Maggie Civantos.

Y qué decir de los intérpretes de reparto con esos enormes Joaquín Núñez como “El Tuti”, ahí es nada, menuda pieza, que lo presenta como un pequeño diablillo, o no tan pequeño, y Manuel Manquiña como “El Gallego”, emulando a aquel adorable “Pazos” que tantas alegrías le dio en Airbaig, y la presencia de Sebastián Haro como guardia de seguridad, siempre un acierto en cualquier reparto. Colomo ha construido una película muy de su estilo, hay una historia graciosa y oscurilla que hace reír y pasar un rato agradable, una love history más o menos, que hará sufrir y padecer al respetable, hay apuros económicos, una familia que va o no, y sobre todo, hay un retrato de ese Caí que quizás el turismo ve poco o nada, y esa forma de ser y hablar tan de Caí, con sus tejemanejes, con sus chirigotas críticas con la sociedad actual y demás, y su carnaval que otra cosa no, pero que no veas cómo se vive en Caí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Song Of Sway Lake, de Ari Gold

LA CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales,  a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.

El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.

Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.

Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Ramón Lluis Bande

Entrevista a Ramón Lluis Bande, director de la película «Cantares de una revolución», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el miércoles 1 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Carlos Losilla, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

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