La última gran estafa, de George Gallo

LOS PERDEDORES SOMOS GENTE HONRADA.

“Hay derrotas que tienen más dignidad que una victoria”

Jorge Luis Borges

La película se abre en el Hollywood de 1974, pero no en el exitoso y galardonado, sino en el otro, aquel que se movía en la sombra, en el otro lado, como los productores independientes Max Barber y su sobrino, Walter Creason, al frente de Milagro Films, una compañía especializada en cine “Grindhouse”, ese cine lleno de sexo, violencia y sadismo, dentro del terror o thriller, muy popular en los sesenta y setenta, pero los milagros hace tiempo que pasaron de largo y la compañía acumula un sinfín de deudas. Barber, en un alarde de poco ingenio, se asocia con Reggie Fontaine, un gánster al que le debe 350000 dólares ya que su última aventura cinematográfica ha sido un fiasco, un policíaco de monjas asesinas ligeras de ropa. Así que, ni corto ni perezoso, urde un plan para hacer una película con una vieja gloria del oeste, uno de esos secundarios que trabajó con Ford y Company, para provocar un accidente al actor y cobrar el suculento seguro. Pero, las cosas no van a salir como esperaba.

El director George Gallo (Port Chester, Nueva York, 1956), especializado en un tipo de cine comercial, sin grandes presupuestos, que se mueve entre la comedia y el thriller, suyos son los guiones de Huida a medianoche o Dos policías rebeldes, y otras producciones, como Menudo bocazas o Mi novio es un ladrón. En La última gran estafa, se mueve entre la comedia disparatada y el thriller de timos, lanzando varios homenajes. El primero, a la película The comeback Trail, de Harry Hurwitz, cinta que no llegó a estrenarse, pero el joven adolescente Gallo vio por casualidad, del que coge la idea y realiza un remake. El segundo, a los “Grindhouse”, ese cine popular, carne de cines de barrio o pequeñas localidades, las películas de segunda o tercera fila, que siempre acompañaban al gran estreno, que iban en sesión continúa. La película tiene todos los ingredientes que se esperan de una producción de estas características, humor, encanto, “loosers”, ambientes casposos, algo de intriga, muchas mentiras, y tipos en la sombra que se mueven por los márgenes de la gran industria, con sus productos populares, o al menos, esos pretenden.

La última gran estafa  tiene un terceto de grandísimos intérpretes que ayudan a conseguir la veracidad y ese humor irreverente, encabezados con un Robert De Niro, desatado como Max Barber, riéndose de sí mismo, muy alejado del matón de El irlandés, como productor de tres al cuarto, más interesado en la pasta que en el cine, un cine que quizás para él se ha convertido en una quimera, bien acompañado por Tommy Lee Jones en la piel de Duke Montana, uno de esos actores olvidados, amargados, que le ofrecen la oportunidad de lucirse por última vez, en una película como La pistola más vieja del oeste, en clara referencia a El viejo pistolero, de Don Siegel, que protagonizó un maduro John Wayne, en su última aparición en el cine. Y Morgan Freeman, en la piel de Reggie Fontaine, uno de esos mafiosos metidos en el mundo del cine por obra y gracia de tipos como Barber. Y luego, un retahíla de intérpretes más jóvenes como Zach Braff como sobrino y socio de Barber, despistado y algo de más cordura que su tío, Emile Hirsch, al que vimos en Erase una vez en Hollywood, de Tarantino, en el rol de un productor de éxito, a la caza del nuevo pelotazo, Kate Katzman, como la directora personal y sencilla que ve en la película un homenaje al cine y a los perdedores, y finalmente, Chris Mullinax, como adiestrador del caballo “Caramelo”, todo un espectáculo.

La película alberga momentos divertidos y completamente desatados, con otros más serios, donde el relato se resiente, pero en su conjunto funciona como un disparatado thriller ambientado en ese Hollywood en la sombra, lleno de perdedores, de gentes sin escrúpulos, de esos tipos que tanto le gustan a directores como Rossen, Fuller, Ray, Huston, o el propio Tarantino, tipos que luchan incansablemente por conseguir su éxito, y siempre se topan con su nula capacidad y las dichosas circunstancias que les hacen volver a la casilla de salida. Gallo pretende que pasemos un buen rato, sin grandes pretensiones artísticas, que conozcamos a sus pobres diablos, a esos individuos que aman el cine, un cine popular, divertido y entretenido, que se equivoquen demasiadas veces de que cine han de hacer, o que tendrá éxito, pero que la película se ríe mucho de esos hombres que pululan por la industria cinematográfica del Hollywood setentero, y los de ahora, gentes que tengan éxito o no sus películas, siempre acaban culpabilizando al equipo de la película, que o no estuvo a la altura o no fue el más adecuado para rodar aquella u otra producción, como dirían los entendidos, historias de Hollywood, del que tenía éxito y aquel otro, en la sombra, que vivía de la ilusión, empujado por tener ese pelotazo que les sacase de su ostracismo profesional. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Antes de la quema, de Fernando Colomo

CAÍ, CHIRIGOTAS Y NARCOS.

Estamos en un día cualquiera en Caí, Cadíz, para los que no lo sepan, y conocemos a Quique, un gaditano sin oficio ni beneficio, eso sí, de Caí hasta la médula, apasionado del Carnaval, y más que nada, de sus chirigotas. Después del varapalo de perder a su padre, con una madre senil y una hermana en la cárcel por narcotráfico, encuentra acomodo como jardinero en una planta algo singular, porque es el almacén donde se guarda la droga incautada por la policía que más tarde será quemada. Y cómo él que no quiere la cosa, la existencia más o menos habitual de Quique, pega un vuelco de 180 grados cuando “El Tuti”, un narco de la zona, se encariña con sus chirigotas y se hacen “colegas”, y más aún cuando descubre donde trabaja. La cosa se irá complicando y de qué manera, porque entra otro tipo en el bisnes, un tal “El Gallego”, un individuo mal carado y profesional del asunto, que se asocia con el mencionado Tuti para robar la droga y para eso necesitan la “colaboración” de Quique, para más líos, el susodicho se enamorisquea de Rosario, una que trabaja para “El Gallego”, y aún hay más, para redondear el entuerto, la hermana de Quique sale en libertad y se hace amiga de “El Tuti”. Menudo dilema se le presenta a Quique, que a más, tiene un as en la manga que según se mire, le va a quemar más que buena fortuna le pueda traer.

El nuevo trabajo de Fernando Colomo (Madrid, 1946) tras las cámaras viene después del éxito de La Tribu (2018) de la temporada pasada, que venía precedida de Isla bonita (2015) mitad autobiográfica-ficción en que le propio Colomo era uno de los actores, parodiándose de él mismo, porque interpretaba a un director con poca o nada suerte. Colomo no necesita presentación en esto de contar historias, porque lleva más de cuarenta años liado con esto del cine, su filmografía abarca más de la veintena de títulos, ha dirigido también series, ha hecho de actor para él y para otros, y ha producido a gente como Fernando Trueba, Icíar Bollaín, Mariano Barroso o Daniel Calparsoro, entre otros. El cineasta madrileño, uno de los baluartes de la llama “Comedia madrileña” ha dirigido grandes éxitos como La vida alegre, Bajarse al moro, El efecto mariposa o Cuarteto de la Habana, en el que han primado siempre las comedias, historias sentimentales, de enredo, con su pizca de reflejo de los tiempos, y haciendo críticas feroces a todos esos tipejos y tipejas de clase media que ansiaban pegar el pelotazo y retirarse a algún paraíso inventado, aunque, en muchas ocasiones, se tropiezan con pobres diablos, que trabajan y sueñan de sol a sol, sin más cosa que su esfuerzo, su desdicha y sus tribulaciones cotidianas.

Quique es uno de esos tipos, un tipo “Colomo”, uno de esos que acaba liándose aunque no quiera, aunque no lo desee en absoluto, pero no da más de sí, y se lía del todo. Colomo los mira con cariño, los maltrata un poco y los hace torpes, metepatas y mucho más, pero, eso sí, nunca son tipos con mala idea, su mala fortuna se debe a su buena fe que no acaba de entenderse con tanta claridad como ellos imaginan. Colomo vuelve a dejar Madrid como en sus anteriores películas, con un guión firmado por Javier Jáuregui, se traslada a Cadíz, en el que extrae todo su gracego en la voz de Quique, que es uno de los elementos principales de la película, así como mofarse de los topicazos de la zona, la gandulería, los eternos fiesteros y cosas por el estilo. Colomo lo pasa a través de su mirada y va soltando sus críticas, a la vez que el personal se va riendo siempre queda ese puntito de mordacidad tan marca de la casa. Porque la película hace reír, pero también nos cuenta un retrato de los muchos espabilados que se mueven por la zona, esos tipejos que antes hablábamos en el cine de Colomo, que ansían con hacer su mundial y retirarse, aunque esta vez tropezarán no sólo con Quique, sino también con aquello que el citado oculta, que no es moco de pavo.

La película tiene ritmo y se mueve con gracia y salero, consiguiendo retratar la maravilla paisajista de Cadíz, pero también, todo aquello que se huele y se cuece, sin caer demasiado en la postalita, sino llevándonos con audacia y valentía por los diferentes lugares y tonos de la película, aunque vemos drama, siempre ligero, porque la comedia y ese ímpetu de reírse de las desgracias, aunque sean tan heavies, muy característico de los gaditanos, prevalecerá ante los pliegues de drama que florecen en algún que otro momento de la película. El director madrileño se agrupa con un reparto fresco y dinámico en el que destaca el buen hacer de Salva Reina como Quique, el guía de la función, bien acompañado por naturalidad y simpatía de Manuela Velasco, o el desparpajo y la curiosidad de Maggie Civantos.

Y qué decir de los intérpretes de reparto con esos enormes Joaquín Núñez como “El Tuti”, ahí es nada, menuda pieza, que lo presenta como un pequeño diablillo, o no tan pequeño, y Manuel Manquiña como “El Gallego”, emulando a aquel adorable “Pazos” que tantas alegrías le dio en Airbaig, y la presencia de Sebastián Haro como guardia de seguridad, siempre un acierto en cualquier reparto. Colomo ha construido una película muy de su estilo, hay una historia graciosa y oscurilla que hace reír y pasar un rato agradable, una love history más o menos, que hará sufrir y padecer al respetable, hay apuros económicos, una familia que va o no, y sobre todo, hay un retrato de ese Caí que quizás el turismo ve poco o nada, y esa forma de ser y hablar tan de Caí, con sus tejemanejes, con sus chirigotas críticas con la sociedad actual y demás, y su carnaval que otra cosa no, pero que no veas cómo se vive en Caí. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA