El gran Buster, de Peter Bogdanovich

EL CÓMICO ETERNO.

“En cuanto un cómico empieza a reír en la pantalla es como si dijese al público que no debe tomarle en serio, que todo eso “es broma”. De hecho, no se le tomará más en serio y por mucho que se encuentre en las situaciones más cómicas ya no harán reír. Después de todo, el cine cómico consiste, para el actor, en “hacer el tonto” y cuanto más seriamente lo haga más divertido será”.

Buster Keaton

Su rostro impertérrito, esa mirada triste y melancólica, su baja estatura, esos trajes a los que le sobraba tela, y su innegable torpeza y habilidad para las caídas más inverosímiles, hicieron de Buster Keaton (1895-1966) un icono del cine, con su rostro peculiar, que bautizaron como “Cara de palo”, convirtiéndose en una figura esencial en aquel cine incipiente que se abría paso en el primer tercio del siglo XX, un cine que todavía había que pensar, crear y ejecutar, un cine en el que todo era posible, un cine que tuvo la genialidad de Keaton al servicio de una industria que producía muchas películas, películas mudas, películas cómicas, películas que entretenían a aquellos estadounidenses de principios de siglo. Buster Keaton nació en Piqua, Kansas, mientras sus padres cómicos estaban de gira. A los cuatro años, Buster comenzó  actuar junto a sus progenitores y con los años formaron el trío “Los tres Keatons”. En 1917 conoció a Roscoe Arbuckle apopado como “Fatty”, una estrella cómica del cine mudo, con la que trabaja en varias películas cortas obteniendo un gran éxito como pareja cómica, aunque la tragedia se cebo con Arbuckle y Keaton empezó a volar en solitario.

A partir de 1920 y hasta el año 1929 protagonizará, escribirá, dirigirá y producirá 19 cortometrajes y 10 largometrajes, entre los que destacan obras que han pasado a la historia del cine como El maquinista de la general, El héroe del río, Las tres edades, El navegante, El moderno Sherlock Holmes, Las siete ocasiones o The Cameraman, títulos que lo encumbraron en la industria y lo convirtieron en un cineasta magnífico, no solo convirtiéndose en el rey del Slapstick, sino siendo un creador con una grandísima capacidad para la comicidad, para esa comedia física trepidante y terriblemente ingeniosa, siendo ese héroe romántico capaz de lo increíble con el fin de conquistar a la mujer de su vida o acabar con la vida de los malvados, ese héroe cotidiano, ese hombrecillo capaz de la diablura más ingeniosa o la caída más impresionante, siempre escabulléndose de sus perseguidores, ya fuese a pie, corriendo, sujeto a un coche en volandas, en los engranajes de un tren o montaña abajo esquivando grandes rocas o mujeres enloquecidas. Un tipo cualquiera, alguien con una inmensa capacidad de desarrollar joyas visuales de gran calado, comedias físicas y magníficas sobre la condición humana y todo aquello que nos rodea.

El director Peter Bogdanovich (Kingston, New York, EE.UU., 1939) autor de grandes títulos especializados en el cine de John Ford u Orson Welles, y director de grandes títulos como The Last Picture Show, Luna de papel o Texasville, dirige esta película homenaje, con los testimonios de grandes nombres de la industria del cine como Mel Brooks, Quentin Tarantino, Werner Herzog, Dick van Dyke y Johnny Knoxville, entre otros,  recorriendo la biografía tanto personal como profesional del genial cómico estadounidense, desde sus inicios en el vodevil junto a sus padres hasta sus últimos años, pasando por la época dorada del cine silente donde fue uno de los grandes, aquel cambió de estrategia en la que perdió su independencia y se vio abocado a un cine manejado por el productor, sus matrimonios fallidos, sus tristezas, sus problemas con el alcohol, su etapa de guionista para los hermanos Marx, su injusto olvido apareciendo en Sunset Boulevard, de Wilder, o en Candilejas, donde trabajó con Chaplin, en una memorable película sobre dos antiguos cómicos a los que ya todos han olvidado.

En la década de los cincuenta y sesenta con sus continuas apariciones en programas de televisión donde era homenajeado, la participación en innumerables anuncios publicitarios donde rememoraba algunas de sus memorables persecuciones o caídas, algunas imágenes del rodaje de sus películas, tanto las antiguas como las modernas, y esos últimos años con grandes homenajes como el Óscar honorifico o en el Festival de Venecia, despedían a uno de los grandes del cine, a un cineasta que hizo reír desde la inteligencia, desde lo más sencillo y humilde, creando ese personaje que era poca cosa, pero con indudable capacidad para enfrentarse a todos y todo, siempre con esa extraordinaria vis cómica inherente en un hombre que brilló con luz propia en el firmamento de Hollywood, aunque la misma industria estrujó al máximo y con el tiempo lo expulsó y lo olvidó.

Bogdanovich hace un documental convencional y divertido, en el que recupera alguna de sus escenas memorables, como aquella que se le cae la fachada de su casa pro el único hueco en el que Keaton se hallaba, y sus divertidísimas y audaces secuencias en El maquinista de la general, donde todo ocurre a una velocidad de vértigo y donde los gags se acumulan con acierto y genialidad, o la considerada para muchos mejor persecución de la historia con Keaton corriendo montaña abajo mientras esquiva enormes rocas, donde cae, se levanta, vuelve a caer y así sigue, o tantas otras donde se reía del éxito del momento con comicidad y surrealismo. Un documento excepcional y maravilloso que devuelve a primera fila uno de los grandes, alguien que contribuyó a hacer del cine el maravilloso invento que es. Una película llena de hallazgos, tanto documentales con imágenes de archivo que son una joya, y los testimonios de tantos profesionales del cine que aportan una visión muy amplia de Buster Keaton, alguien que dejó un legado brutal e inabarcable, unas huellas irrepetibles, únicas y prodigiosas que seguirán siendo una referencia a todo aquel que no solamente ame el cine sino que también ame la vida, porque ante todo el cine que hacía Keaton era el cine de alguien que ama a la humanidad, a pesar de todos sus defectos y errores, un cine humanista que hacía reír y también, llorar de risa. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Song Of Sway Lake, de Ari Gold

LA CANCIONES QUE YA NO ESCUCHAMOS.

La película arranca con imágenes de otro tiempo, unas imágenes situadas en la década de los cincuenta en EE.UU., en una película promocional de un lago, a las afueras de Nueva York, donde se alimenta la idea de buscar tranquilidad y mucha paz, con las típicas escenas de vacaciones y risas y gestos artificiales,  a la que le acompaña una canción festiva muy pegadiza y popular de la época, aunque la versión original era muy diferente, una canción triste, melancólica, llena de recuerdos y de tiempos pasados que se evocan. Seguidamente, nos trasladamos a 1992, en el mismo lugar pero ahora invernal, un hombre de unos cuarenta y tantos años se lanza al lago helado quitándose la vida. Dos secuencias contradictorias, dos momentos que se enlazarán en el verano de 1992, el tiempo en que sitúa la película, cuando Ollie Sway, coleccionista de jazz e hijo del hombre que acabamos de ver matándose, llega al lugar, a esa casa de verano familiar, junto a su colega de fatigas, huérfano también como él, Nikolai. Allí, los dos chavales llegarán con la idea de encontrar la grabación original de la famosa canción del lago, que se grabó en el garaje de la casa. Aunque, no estarán solos, la abuela de Olli, Charlie Sway, también andará por la casa, con la firme intención de vender la propiedad y sobre todo, encontrar el célebre disco al que piensa que le puede ser una gran tajada económica.

El cineasta estadounidense Ari Gold, que ya debutó en el largometraje con Adventures of Power (2008) sobre las aventuras cómicas de un soñador que quiere convertirse en el mejor batería de aire, esos que imitan y simulan a los baterías de verdad. Ahora, envuelve su relato en una historia de presente, de ese verano de 1992, quizás el último verano que pasarán juntos en esa propiedad una serie de personas desesperadas y solitarias, que acarrean cargas pesadas de dolor y un pasado mucho mejor, Ollie es un joven tranquilo, solitario, algo “raro” y apasionado de la música de antes, de esas melodías que contaban historias y personas, Nikolai es todo el contrario, como una especie de espejo deformado de su personalidad, un buscavidas en toda regla, un ligón y bien parecido, que aprovechará el descontrol de la situación para hacer de las suyas, la abuela de Ollie, es una mujer que se casó con un militar héroe de guerra con el que vivió un apasionado amor que se fraguó en aquellos años cincuenta, aunque ahora vive de recuerdos algunos muy dolorosos, y finalmente, Isadora, una joven pelirroja que se convertirá en ese sueño imposible para Ollie, igual que esa grabación que por mucho que busquen entre los objetos antiguos de la casa no logran localizar.

Gold viste a su película de ese cine independiente estadounidense que tan buenos resultados ha dado, construyendo personajes solitarios y muy perdidos, a los que el lugar se convertirá en ocasiones en un lugar idílico, pero poco, muchos menos de lo que imaginaban, un lugar que fue un paraíso en el pasado, cuando las cosas brillaban de otra manera, cuando las canciones nos hacían mirar al futuro con alegría, cuando todo parecía devolvernos a los lugares donde el tiempo se detenía, donde el tiempo hablaba y donde todos sonreían mientras bailaban melodías a la luz de la luna. El director de San Francisco envuelve de nostalgia, de tiempo evocado y de luces con poca luz su narración, que se ve con sinceridad e intimidad, donde los personajes deberán enfrentarse a esas verdades ocultan que sazonan la historia familiar, de tantos errores y tantas miradas juzgadoras, donde la verdad saldrá a la luz, donde todos los personajes deberán enfrentarse a aquellos con los que tienen cuentas pendientes, y sobre todo, a ellos mismos, a aquello que le produce miedo, dolor y tristeza. Un reparto que combina intérpretes jóvenes como el desparpajo y la versatilidad de Rory Culkin, Robert Sheehan o Isabelle McNally, con la sabiduría y la serenidad de Mary Beth Peil como esa abuela llena de recuerdos y demasiadas tristezas, quizás demasiadas.

Una película que nos habla de cuando éramos jóvenes, de amor, de tiempo, recuerdos, trsitezas, alegrías, y sobre todo, de personas, en un relato muy físico, en que los personajes no paran de moverse, de un lugar a otro, ya sea en automóvil, pero sobre todo, en barca, por encima de ese lago, del lago que fue y nunca más volverá a ser lo que fue, porque las canciones nos evocan y nos trasladan a ese tiempo indefinido, mágico e ilusorio, aunque quizás el tiempo devenga nuestro mayor enemigo y nos haga recordar de manera no realista, y veamos ese tiempo pasado como idílico cuando en realidad fue solo tiempo con algún momento alegre, pero también triste, aunque para sobrevivir necesitamos recordarlo de manera errónea, de manera que ese tiempo nos devuelva a nuestros mejores momentos, como cuando escuchamos p por primera vez esa canción que jamás podremos olvidar, desde nuestra mirada inocente, desde lo más profundo de nuestro ser, desde aquel lugar al que no dejamos entrar a nadie, sólo a nuestras emociones y nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA