Entrevista a Natàlia Regàs

Entrevista a Natàlia Regàs, directora de la película «Cinema Mon amour», en la cabina de proyección del Cinema Maldà en Barcelona, el martes 18 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Natàlia Regàs, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y al equipo de Cinema Maldà,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La ceniza es el blanco más puro, de Jia Zhang-ke

VOLVER A LAS TRES GARGANTAS.

“El amor es el espacio y el tiempo medido por el corazón”.

Marcel Proust

El cineasta Jia Zhang-Ke (Fenyang, provincia de Shanxi, China, 1970) lleva desde finales de los 90, más concretamente, desde 1997 cuando debutó en el largometraje con Xiao Wu, el relato de un ratero de poca monta enamorado de una prostituta y envuelto en una maraña de soledad y ostracismo social, viendo el final de su juventud en mitad de los profundos cambios que se producían en el país chino. La primera piedra de su cine marcará considerablemente los elementos enraizados en su universo: el final de la juventud, que conlleva la pérdida de la inocencia y asumir la etapa adulta. El amor, como motor vital para sus personajes, amores casi siempre rotos, frustrados, envueltos en el aroma de la tragedia, separados y reencontrados, amores de verdad, de los que uno siente pocas veces en la vida. El paso del tiempo, como vehículo para no solo envejecer a los personajes y sus recuerdos amontonados, sino también, como retratista y observador crítico e absorbente de los cambios tan profundos producidos en China tanto a nivel económico, social y cultural, con un nuevo mundo, moderno, blanco y vacío, que se impone a ese otro mundo más tradicional y popular, borrando los espacios y minando los recuerdos de sus individuos. Tres vertebras argumentales que sazonan irremediablemente un cine que captura el tiempo en su mínima expresión y cómo afecta a sus personajes, personas que se mueven constantemente por un país en continua transformación, en que el paisaje queda almacenado en la memoria desdibujada, como si el país tuviera prisa para dejar lo que fue para no saber lo que será.

Zhang-Ke se ha convertido en uno de los cineastas chinos más importantes de los últimos tiempos, un poeta y cronista del tiempo y la transformación de su país, una mirada crítica y obsesiva que nos invita a viajar a las entrañas más ocultas de China. Para centrarnos en La ceniza es el blanco más puro nos tenemos que remontar y detener en dos de sus títulos filmados a principios del  nuevo siglo, en las que encontramos similitudes o reflejos, en Placeres desconocidos (2002) nos situaba en una zona minera del norte donde Qiao, una joven enamorada del gánster local soñaba con salir del lugar y conocer mundo, mientras su mejor amigo bebía en secreto los vientos por ella. Y Naturaleza muerta, estrenada cuatro años más tarde, nos envolvía en la mirada de un joven que volvía buscando a un antiguo amor a su pueblo natal,  ahora enterrado por la construcción de “Las tres gargantas”, una mastodóntica presa que sumergía a varios pueblos y sus habitantes eran trasladados a otros lugares.

La película de Zhang-Ke estructurada a través de tres episodios, como ocurría en su anterior película, Más allá de las montañas. En el primero, como ocurría en Placeres desconocidos, nos lleva a Shanxi, una zona rural minera del norte, fría y solitaria, en el año 2001 donde Qiao mantiene una relación con Bin, jefe de una banda local de gánsteres (los llamados “Jianghu”). Todo terminará para ellos de forma brusca y trágica, cuando en una reyerta Qiao es detenida y condenada. En el segundo episodio, Qiao sale de la cárcel cinco años después, y viajamos con ella hasta el suroeste del país, a bordo del río Yangtsé, en la zona de las Tres Gargantas, el mismo espacio de Naturaleza muerta, en que la protagonista viste las mismas ropas y lleva el mismo peinado. Qiao busca a Bin entre ese mundo de muelles, barcos de pasajeros, de trasiego brutal y bullicio eterno. Cuando lo localiza se van a una habitación, en el que el cineasta chico hace alarde de otro de sus elementos característicos, la mise en scène, donde apabulla con sus leves y precios movimientos de cámara y su talento para desdibujar los colores y crear una atmósfera cambiante y cargante que define con sutileza todo el amor y desamor que bulle entre los amantes reencontrados, en una secuencia que recuerda al universo de Antonioni, no obstante, el cine de Zhang-Ke tiene mucho de reflejo en el maestro italiano.

En el último segmento de la película, nos encontramos en la actualidad y viajamos con Bin, que postergado en una silla de ruedas visita a Qiao en una vuelta a los orígenes porque volvemos a encontrarnos en Shanxi, pero completamente transformado por las innumerables construcciones que lo han cambiado por completo, como esa estación híper modernizada en el que se reencuentran los dos amantes y que lo único reconocible son sus emociones o las huellas de éstas. La forma también tiene su importancia en el cine de Zhang-Ke, con el grandísimo trabajo del cinematógrafo Eric Gautier, que trabaja con el realizador por primera vez (colaborador de Asayas, Costa-Gavras, Resnais, Carax, entre otros) porque en esta película combina formatos de filmación diferentes, desde el vídeo doméstico de las primeras imágenes combinado con un sistema de video que logra llevarnos a las texturas e imágenes de aquel momento del 2001. Luego, en las Tres Gargantas opta por el 35mm, en el que nos transporta en un halo de tiempo y misterio donde no solo mira a su cine doce años después, sino que envuelve a Qiao en esa atmósfera de nostalgia, desamor y espectral. Y por último, para filmar la actualidad, opta por un sistema de video de alta definición que casa de manera subyugante con ese paisaje futurista y vacío que muestra la película, enfrentado al local que regenta Qiao que parece instalado en el pasado, como si los personajes quisieran volver a lo que eran, a lo que sintieron, a lo que perdieron.

Zhao Tao, actriz fetiche y musa del director, protagonista de casi todas sus películas, vuelve a brillar enfundándose en una mujer de armas tomar, una mujer enamorada capaz de cualquier cosa por su amor, en una mujer de idas y venidas, de un fantasma que vaga pro esos paisajes ajenos y desconocidos para ella, en un intento vano de capturar ese espacio reconocible que lelva consigo ese amor que, muy a su pesar, sigue bullendo incandescente, como una llama que se resiste a apagarse a pesar de los embates vitales y circunstanciales. A su lado, Liao Fan, que debuta con el director, en un tipo que fue alguien y el tiempo le ha devuelto a una realidad desconocida para él, que ama a Qiao y se resiste a ese amor a pesar de lo sucedido, aunque niegue lo contrario. Zhang-Ke nos envuelve en una historia de amor trágica, de dos seres enamorados a pesar del tiempo, del país cambiante, a pesar de sus buenos recuerdos, a pesar del espacio que los separa, a pesar de ellos y sus deseos e ilusiones, a pesar de todo lo que soñaron, porque quizás lo único que no puede cambiar es el amor, aquello que sentimos por el otro, quizás lo único que tiene sentido en esta vida que llevamos cada día con nosotros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Mercè Sampietro

Entrevista a la actriz Mercè Sampietro, con motivo de la «Carta Blanca» que le dedica la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 11 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Mercè Sampietro, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Helena Taberna

Entrevista a la cineasta Helena Taberna, con motivo de la retrospectiva que le dedica a su obra la Mostra Internacional de Films de Dones, en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el viernes 7 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Helena Taberna, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Teresa Pascual y Anne Pasek de Good Movies Comunicació, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Entrevista a Camille Vidal-Naquet

Entrevista a Camille Vidal-Naquet, director de la película “Sauvage”, en el marco del Fire!! Mostra Internacional de Cinema Gai i Lesbià, en el Instituto Francés en Barcelona, el domingo 9 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Camille Vidal-Naquet, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Elena Gutiérrez de comunicación del Fire!!, y a Javier Asenjo de Elamedia Estudios, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

The Breadwinner (El pan de la guerra), de Nora Twomey

SOBREVIVIR EN EL HORROR.

En Yentl, de Barbra Streisand, una joven, hija de un rabio judío ortodoxo, se disfrazaba de hombre para acceder a la enseñanza en un pueblo de la Europa oriental de principios del siglo XX. Situación que han tenido que vivir mujeres de toda clase social, cultural y religión a lo largo de la historia de la humanidad. Cambiar su identidad y adoptar la del hombre para romper las barreras impuestas y seguir avanzando a pesar de todas las leyes de los hombres. Algo parecido tendrá que hacer Parvana, una niña de 11 años en el Kabul (Afganistán) dominado por los talibanes, que prohíben a las mujeres toda clase de libertades. Parvana se ve obligado a cambiar su identidad cuando su padre es detenido y encarcelado, convirtiéndose así en su nuevo rol de salir a trabajar para alimentar a su madre, hermana mayor y hermano pequeño. Hace una década cuando todos nos maravillamos con la magnífica obra de animación El secreto del libro de Kells, codirigida por Tomm Moore (Newry, Reino Unido, 1977) y Nora Twomey (Cork, Irlanda, 1971) en la que relataban las vicisitudes que pasaba Brendan, un joven monje que debía de cuidar de un libro mágico en la Irlanda del siglo XI. Su segundo trabajo salido del estudio de animación “Cartoon Saloon”, se materializó con La canción del mar (2014) dirigida por Moore en solitario, en la que nos contaban la peripecia de un Niño Foca, último en su especie por sobrevivir en su regreso a casa.

Ahora, nos llega The Breadwinner  (El pan de la guerra) dirigida por Nora Twomey en solitario, basándose en las novela homónima de Deborah Ellis, para sumergirnos en un ambiente realista y sincero, donde seguimos a Parvana y su familia y como sobreviven bajo el régimen de los talibanes, siguiendo a la niña convertida en chico, en un argumento muy similar al que vimos en la película de acción real Osama (2003) de Siddiq Barmak, en su día a día en ese Kabul de “hombres” en la calle, porque la decisión de Parvana no es la única y encontrará a Shauzia, otra niña convertida en chico para salir a la calle y trabajar para su familia. La intención de Parvana es reunir dinero para liberar a su padre y dar de comer a su familia. Parvana y Shauzia nos recuerdan a los niños de Dickens de la época Victoriana de finales del XIX y su forma de ganarse la vida, yendo de aquí para allá, inteligentes, traviesos y suspicaces ante el horror cotidiano que les ha tocado vivir a tan temprana edad, con la ficción en forma de cuentos como espacio para liberarse del horror cotidiano, y sobre todo, no perder la esperanza.

Twomey, como en las anteriores producciones del estudio, hace gala de un virtuosismo de la ilustración y la animación, recordando en muchos sentidos a la artesanía y fantasía que derrochaba Lotte Reiniger y su adorable Las aventuras del príncipe Achmed (1926) y la profundidad y complejidad que hay en el cine del Studio Ghibli, en el que se hermanaría en el rol femenino como auténtica protagonista del relato y sobre todo la capacidad inventiva del ser humano ante el horror. La directora irlandesa no opta por cambios bruscos en el guión y cosas por el estilo, sino todo lo contrario, en el que la sobriedad y la sinceridad se instalan por completo en la película, llevándonos por el Kabul más transitado o más desértico, mostrándonos de un modo realista y honesto las dificultades para conseguir trabajo remunerado y las circunstancias de un estado de preguerra en el que se encuentra la ciudad.

Conoceremos de primera mano todas las penalidades varias con las que se tropiezan las dos niñas camufladas en su devenir por una realidad durísima y triste, con ese miedo intenso y desesperanzador que en cualquier momento puedan ser descubiertas. Una obra íntima y fascinante que nos habla de la superación del ser humano por sobrevivir cueste lo que cueste y su capacidad imaginativa para salir de los entuertos más hostiles, en la que Parvana demuestra a los demás y a sí misma que es capaz de seguir remando a contracorriente, de seguir avanzando en las condiciones más adversas y sobre todo, de ser un apoyo invencible para los suyos, sin olvidarnos la necesidad de esperanza en un mundo que ya no la tiene, de seguir creyendo que aunque las circunstancias digan lo contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para la amistad y el amor.

Twomey en su primera incursión en solitario en el largometraje, demuestra su capacidad innata en el virtuosismo pictórico de la película, que al igual que sus antecesoras, la película consigue un dibujo magnífico y una animación fascinante, con un ritmo trepidante con momentos conmovedores con otros más duros, destapándose como un grandísima narradora de lo cotidiano, creando una película que tiene mucho del cine neorrealista italiano, aquel que mostraba un país desahuciado y como sus habitantes salían cada día a la calle para encontrar el sustento y sonreír aunque el paisaje desolador se empecinase en lo contrario, Parvana podría ser uno de esos niños de El limpiabotas, de De Sica o ese otro niño en Paisà o el Edmund de Alemania, año cero, ambas de Rossellini. Todos ellos infantes sumidos en el abismo, en la cotidianidad más hostil, en un mundo deshumanizado, pero con algo de esperanza, porque siempre la hay, aunque a veces cueste verla. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Nicolas Champeaux y Guilles Porte

Entrevista a Nicolas Champeaux y Guilles Porte, directores de la película “El estado contra Mandela y los otros”, en el Instituto Francés en Barcelona, el lunes 3 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Nicolas Champeaux y Guilles Porte, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Xènia Puiggrós de Segarra Films, por su inestimable labor como traductora, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Sauvage, de Camille Vidal-Naquet

TE MERECES QUE TE QUIERAN.

“No había ningún lugar a donde ir excepto a todas partes”

Jack Kerouac

Léo tiene 22 años, un cuerpo deseado y es adicto a las drogas, y se gana la vida de chapero gay, es uno de esos tipos jóvenes y atléticos que desean y aman por unos cuantos billetes a tantos solitarios de la ciudad. Aunque, en el caso de Léo, las cosas son diferentes, no sabemos nada de su pasado, y mucho menos como ha acabado ejerciendo la prostitución masculina, eso sí, lo único que sabemos de su vida, o más bien podríamos decir de su existencia es que está enamorado de Ahd, un chapero como él, que lo trata con cariño pero nada más, pero si en el caso de Léo es una búsqueda desesperada por amar y ser amado, para Ahd es sólo trabajo, un trabajo bien pagado para un día poder cambiar de vida. Léo es uno de esos tipos de gran corazón, necesitado de amor, que deambula a la deriva por su vida, como si fuese otro, como si la vida le pasase por encima cada noche, como si la derrota le consumiera un poco más cada día, en el que descansa sus maltrechos huesos como puede en cualquier callejón oscuro de la ciudad, siempre solo, cansado de ir para aquí y para allá, a la espera de ese amor que parece resistirse, que no siente como él, y mucho menos vive como él, alguien que ama sin barreras, alguien que se lanza al abismo sin más, porque cada noche puede acabarse todo sin más.

La puesta de largo de Camille Vidal-Naquet (Nevers, Francia, 1972) es un retrato durísimo y trágico sobre el alma de un chapero, sobre la sordidez y la deshumanización de un universo donde todo se mueve en el filo, a punto de cortarse y caerse, y el director francés lo retrata de una manera profunda, muy orgánica, muy próxima, penetrando en el interior de este tipo, de este ángel herido caído en este mundo de idas y venidas, de polvos apresurados, de placer carnal instantáneo, de cariño por horas, de almas vagabundas de amor, de seres que se esconden para dar rienda suelta a sus más bajos instintos sexuales, de clientes mayores cansados de todo que solo buscan cariño y compañía o discapacitados deseosos de satisfacer su cuerpo maltrecho. Vidal-Naquet sigue a su criatura por este mundo, por sus calles, por su ruido, por sus actos sexuales, por sus cuerpos tatuados y jóvenes, hincándole la cámara a su espalda o a su vera, como si capturase cada poro y cada pliegue de su piel, de su alma, de esa vida en continuo movimiento, de aquí para allá, en un constante movimiento veloz, sin descanso, sin tiempo para pensar, solo para sentir, gozar y copular.

Léo se parece mucho a la inocencia y la bondad que destilaba Franz en La ley del más fuerte, de Fassbinder, el joven homosexual interpretado por el propio director, una forma de ser recurrente en el universo del cineasta alemán, individuos que daban todo lo que tenían, incluso más, en pos del amor o al menos eso creía él, una especie de bondad a contracorriente frente a un mundo violento, lleno de mentiras, hipócrita y falso. La vida de Léo, ese ir y venir, sin casa, sin dinero y sin dueño, podría recordarnos a Mona, la joven vagabunda de Sin techo ni ley, de Agnès Varda, a ese espíritu indomable y libre que se movía de un lugar a otro, en el que vivía y se relacionaba con personas de toda índole, siendo capaz de romper con lo establecido y viviendo a su manera, sin barreras y ataduras, caminando por la naturaleza sintiéndose libre y viva, como le sucede a Léo cuando se mueve por el mismo entorno, aunque en el caso de este tipo de existencia, quizás conlleve un precio muy alto que pagar. Vidal-Naquet no juzga a su personaje, lo filma y captura una vida al día, una vida que puede cerrarse en cualquier instante, una vida desenfrenada en muchos aspectos, una vida joven y en riesgo, una vida donde las noches pasan fugazmente y los días parecen eternos, una especie de vampiros modernos, donde por las noches son los reyes y por el día son meros zombies cansados y resacosos.

La magnífica y profunda interpretación de Félix Maritaud, que ya nos había enamorado en 120 pulsaciones por minuto, se convierte en el mejor aliado para componer un personaje como Léo, dándole ese aspecto entre vagabundo y atractivo con su vida visceral en el filo de la navaja, unas emociones a flor de piel y esa mirada triste y desesperada por ese amor inconcluso, que no acaba de atrapar, que lo tiene intranquilo, intenso y desesperado, una mezcla explosiva de sentimientos, bien acompañado por Eric Bernard dando vida a Ahd, que escenifica el lado contrario de Léo, más contenido, más reposado y sobre todo, con otras ideas sobre su vida de chapero gay. Una película sobre el amor, sobre nuestro lado salvaje, como cantaba Lou Reed, aunque en ocasiones ese lado tan salvaje nos puede llevar por zonas demasiado oscuras de nuestra existencia, pero eso quizás es lo que necesitamos o simplemente, somos incapaces de vivir de otra manera y cómo le ocurría al can de Jack London, siempre acabamos rompiendo nuestras cadenas y largándonos a ese lugar que nos hace sentir tan bien y al cual pertenecemos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

MEMORIA Y SUEÑO.

«Si se incrementa la duración normal de una secuencia, primero te aburres, pero si la incrementas aún más, crece el interés. Y si, incluso, la incrementas más, surge una nueva calidad e intensidad.»

Andrei Tarkovski

Hace cuatro años cuando apareció Kaili Blues, de Bi Gan (Kaili, provincia de Guizhou, China, 1989) nos quedamos atónitos con una película de narrativa absorbente, ambientes oníricos que emanaban una verdad naturalista y una realidad espectral, con ese aroma de road movie que seguíamos inquietos a alguien volviendo a sus orígenes en busca de su identidad y de todo aquello que un día dejó. Tanto el paisaje físico como mental del protagonista se convertían en un solo espacio, un lugar abierto a un no tiempo imposible de predecir y ubicar, más cercano al mundo de los sueños y la fantasía que de la realidad, pero con imágenes cotidianas y muy cercanas. Bi Gan entró con fuerza al cine convertido en un autor con su primera película, un autor muy personal y profundo, que seguía una tradición muy arraigada en la cinematografía china evocando a nombres tan ilustres como Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang, Wong Kar-Wai o Tsai Ming-Liang, entre otros, cineastas que construyen una atmósfera viva y libre en que el espacio y tiempo reconocibles aparentemente, se convierten en premisas próximas a un mundo onírico profundamente imaginativo.

En su segundo trabajo, Largo viaje hacia la noche, Bi Gan vuelve, o podríamos decir, continúa explorando los paisajes de su pueblo natal, un lugar subtropical anclado y perdido de todo, una arcadia perdida en el limbo del subconsciente,  quizás también en el tiempo y el espacio, en que veremos a un hombre, en este caso a Luo Hongwu que llegará con el propósito de encontrar a una mujer, Wan Qiwen, de la que sigue enamorado. Otra vez, como sucedía en su opera prima, alguien busca a alguien y partiendo de los mismos paisajes naturales, que no reales. Si bien el cineasta chino estructura su narración en dos partes. En la primera que llama Memoria, nos sumergimos en un no tiempo, en una crónica de los hechos sucedidos, en que a través de la memoria de Luo Hongwu recuerda el amor que tuvo con Wan Qiwen, en un relato desestructurado, filmado en continuos planos secuencia, uno tras otro, con continuos saltos en el tiempo y en formato 2D, donde seremos testigos de la historia de amor desde el punto de vista del protagonista, real o no, así será como la recuerda, y Bi Gan la filma, en que ya se introduce el concepto de irrealidad de la historia, con esos no lugares, anclados en la inmensidad del tiempo, en espacios donde todo se ha detenido, donde todo parece real, pero no lo es, porque constantemente nos preguntamos si lo que recuerda y cómo lo recuerda el protagonista es lo que realmente sucedió o no, misterio que nos acompañará y que en ningún momento no será revelado.

Gan nos propone confiar en nuestras emociones, en aquello que las imágenes ocultan, en aquello intangible que sucede tanto en el interior de los personajes como en nuestro interior, en ese viaje espiritual que propone la película, en un viaje más allá de las imágenes, un viaje que provocan las imágenes huyendo de su materia física, más cercana al mundo de los sueños, de las evocaciones o del recuerdo. En la segunda mitad, que se desarrolla en unos 55 minutos, titulada Poppy, extraído de una poema de de Paul Celan. Bi Gan nos traslada a Kaili, como en su primera película, a su tierra natal, en una especie de sueño nocturno, donde todo parece real o no, en que la película se sumergirá en un viaje onírico, a través de un majestuoso plano secuencia filmado en 3D, donde el cine se convierte en un estado hipnótico, fascinante y abrumador, como le ocurrirá al personaje, cuando al final de la primera parte entra en un cine, se coloca las gafas 3D y ahí, justo en ese momento, arranca la segunda mitad de la película, en un nuevo estado, filmado de otra manera, creando esa ilusión, entre real y falsa, en donde el tiempo del protagonista se torna diferente, recorrido por una extrañeza singular, como una pieza musical que evoca el mundo de los sueños, el universo oscuro de la noche, donde las almas vagan a la deriva, sin tiempo, ni sobre todo, espacio, porque será cuando Gan convertirá el espacio en su elemento más preciado, con continuas idas y venidas por los mismos paisajes pero cambiando los diferentes puntos de vista entre el protagonista masculino que busca y la protagonista femenina que es encontrada.

Gan construye la película y su narración, como comentábamos al inicio, a través de la mirada, la memoria y los recuerdos de Luo Hongwu, y todo aquello que veremos y sintamos será lo que él vea y sienta, así que tendremos que confiar o no en todo aquello que ve y experimente. El espacio adquiere la dimensión de una ciudad que recibe el nombre de “Dangmai”, como ocurría en Kaili Blues, una especie de Macondo, una ciudad imaginada, una arcadia perdida, no real, de ensueño, imposible de ubicar en un mapa, en el que todo evoca a la ruina y al abandono, perdida en la inmensidad del tiempo y el espacio, un lugar físico en el que vemos pocos habitantes, donde la realidad adquiere dimensiones extrañas y profundas, donde todo es posible y nada es excluyente, en un no lugar donde el paisaje nocturno de calles, canciones de karaoke, habitantes quietos que apenas hablan o se mueven, parecen piezas en un laberinto sin entrada ni salida.

La película mezcla géneros como el realismo mágico con alusiones al universo del escritor Gabriel García Márquez, el fantástico o el noir, en esta fábula de la búsqueda interior y física muy del imaginario de las novelas negras, en que la idea de la búsqueda se torna una búsqueda inabarcable, infinita, emocional y física muy del universo de Antonioni o Tarkovski, donde espacio y tiempo se pierden en el sueño, en la imaginación, donde todo es posible, donde atravesamos un mundo imperceptible para nuestros sentidos, más propio del mundo no tangible, el imaginado o recordado, una especie de poema lírico, donde nos dejamos llevar por lo que soñamos en un espacio físico que evoca constantemente a nuestra memoria, nuestra infancia, y todo aquello que recordamos, sea real o no, sea vivido o no, como le ocurría al joven que buscaba a un antiguo amor en una ciudad cálida y extraña en En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín, o los no amantes frustrados en sus vidas de In the mood for love, de Wong Kar-Wai, un cine que estaría muy emparentado a las propuestas formales y conceptuales de Bi Gan (ya que comparten el mismo jefe de iluminación Wong Chi Ming, entre otros elementos) o los universos oníricos y reales de Hou Hsiao-Hsien, Edward Yang o Tsai Ming-Liang, cineastas donde el espacio y el tiempo se convierten en los centros de sus discursos, llevando a los espectadores a universos físicos reconocibles, donde el abandono y la ruina se convertirían en los elementos primordiales, pero también, espacios alejados de la realidad, no lugares donde la memoria se mezcla, se funde, y se convierte en un no tiempo no cronológico y completamente anacrónico y desestructurado, en un viaje muy profundo donde los sueños adoptan la materia física que estamos viendo o siendo testigos.

Bi Gan con sólo dos películas se ha convertido en un cineasta magnífico y muy sensorial, como el inmenso trabajo con el sonido, con esa música que va y viene, que escuchamos acercarse y alejarse, conduciéndonos en todo momento por ese universo real, soñado, vivo, muerto, fantástico, memorístico, recordado o simplemente, inexistente, nunca lo sabremos, porque la intención de Bi Gan es que nos dejemos llevar, sin más, por esos espacios opresivos y envueltos en la bruma, llenos de colores vistosos y neones fluorescentes, donde las texturas físicas y emocionales nos envuelven, remitiéndonos a un tiempo pasado, o a un tiempo que creemos que vivimos, espacios de estaciones por donde no pasan trenes, subterráneos ocultos de todos y todo, salas de billar vacías donde las paredes son de plásticos transparentes, envueltos en ese viento, en esa lluvia fina que nos acompaña como una sombra maldiciente del pasado o nuestro presente, no lo sabremos, pero ahí está. El cineasta chino ha creado un universo propio y extremadamente personal, construyendo relatos llenos de ironía y extraños, donde nos invita a viajar por no lugares desconocidos y perdidos en el tiempo y en el espacio, no desde los sentidos físicos y reconocibles, sino desde algo más alejado a nosotros, en un estado diferente, más espiritual, onírico, donde ya no somos nosotros, ya no nos reconocemos, en el que nos convertimos en otros, en todo aquello que sigue latiendo en lo más profundo del alma, como aquel amor que jamás hemos podido olvidar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Encuentro con Lucrecia Martel

Encuentro con la cineasta Lucrecia Martel, con motivo de la retrospectiva de su obra en la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 4 de junio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Lucrecia Martel, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño,  y a Jordi Martínez de Comunicación Filmoteca,  por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.