Entrevista a la cineasta Valeria Sarmiento, en el marco del ciclo «La llei del gènere. Valeria Sarmiento/Raúl Ruiz, en la Filmoteca de Catalunya, en la Sala Chomón de la citada sede, el jueves 2 de octubre de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Valeria Sarmiento, por su tiempo, sabiduría y generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos con tanta belleza, y a Jordi Martínez de comunicación de la filmoteca, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Jonás Trueba, director de la película «Los ilusos 13+13», en la sala 3 de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 3 de junio de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine”… haciendo cine para que otros sean felices, viéndolo”
El director de cine interpretado por François Truffaut en La noche americana (1973)
Las primeras veces suelen ser especiales, cuando son especiales, tienen algo de mágico, de ilusión, de imaginar que estás experimentando con algo desconocido, hasta ese día, y ahora, se torna tangible, algo real, o si lo quieren, algo más cercano, más íntimo, más tuyo, como si desde instante la cosa fuese tuya, como una posesión muy preciada. El tiempo, siempre el tiempo, decidirá si fue así o no. algo parecido me sucedió en el Festival D’A de Barcelona de hace 13 años cuando se estrenó Los ilusos, la segunda película, o película cero como dice el propio director Jonás Trueba (Madrid, 1981). Las imágenes en blanco y negro pintaban a unos amigos haciendo cine, haciendo cine cuando no se hace cine. Una película-esbozo, llena de apuntes para futuras películas, recorriendo unos lugares solos o acompañados, viviendo la vida filmada por el cine o el cine filmado por la vida.
Ahora, 13 años después, la película vuelve a los cines con otra cara, la más significativa es su peculiar uso del blanco y negro que convive con el color de forma aleatoria e instintiva, el formato 16 mm ahora más depurado y elegante, y el sonido, más limpio y preciso. Esta no ha sido mi segunda vez, a finales de febrero de 2014 la volví a ver en la Filmoteca de Cataluña para entrevistar a Jonás por primera vez. Han pasado 13 años y siete entrevistas más, contando la del pasado miércoles. Reconozco que he crecido junto a Los ilusos, y las deficiencias de entonces pasaron inadvertidas por el que suscribe, porque la primera vez su historia quedó en mi, me convertí en una especie de explorador de sus imágenes, de sus detalles, de sus (des) encuentros y de toda la gente que aparecía por sus espacios, donde vemos librerías, cines, calles vacías y nocturnas, encuentros de amigos con luz, sin luz, en barras de bares, al anochecer, al amanecer, y a cualquier hora por un Madrid diurno y noctámbulo, muy alejado de la postal y de los lugares comunes. Charlas interminables sobre la vida, la muerte, sobre los genios o enamorados, sobre todo y nada, y sobre todo, el cine, el cine como espejismo, como eje vital y como un todo o una nada inmensa. La vida como reflejo de algo o de nada, y el cine, siempre presente, a través de una cámara, con amigos y con ese deseo complejo y neurótico de filmar y hacer cine o simplemente vivir en el cine, imaginándolo, pensándolo, sintiéndolo y amándolo y odiándolo o que sé yo.
En aquel rodaje estaban el mencionado Jonás, acompañado del equipo técnico: Javier Lafuente, Santiago Racaj, Marta Velasco, Miguel Ángel Rebollo, Laura Pernau, Víctor Puertas y Eduardo G. Castro, y los intérpretes Francesco Carril, Vito Sanz, Isabelle Stoffel, Aura Garrido, Mikele Urroz y Luis Miguel Madrid, el entrañable y metemano Perucho, fallecido, al que está dedicada 13+13, y muchos más. Una comunidad de amigos de entonces y de ahora, a otros que se han sumado como Itsaso Arana, Irene Escolar y demás, que película tras película se han convertido en la troupe ilusoria, o lo que es lo mismo, un grupo de amigos que hace cine, y mientras, entre tiempos y memorias, piensan el cine, lo sienten y demás. La película tiene unos cuantos episodios, y dos partes, con la memorable actuación de “Cabalgar”, interpretada por El Hijo, como ruptura entre las dos mitades. En la primera la cosa de un rodaje sobre una película, una especie de “La nuit américaine”, donde vemos sus dos mitades, lo que se rueda y quién rueda, mostrando “la cuarta pared del cine”. En la segunda, la cosa sigue, al impertérrito León y su proceso de pensar en una película mientras conoce a Sofía y quedan, hablan, comen y follan, y se relaciona con sus amigos como Bruno, donde la película se torna más cómica o al menos así lo parece, porque en la película conviven diferentes géneros y texturas, mezcladas y por libre.
Trece años después volver a ver Los ilusos es cómo reencontrarse con un viejo amigo o un viejo amor, el cual sigue, no igual, sino diferente, pero con la misma esencia, como si el tiempo se hubiera detenido, para las películas sí que se detiene, o quizás no, porque los espectadores cambiamos y las películas, lo que cuentan y cómo se transmite también, y ya no la vemos igual, o si, porque entre todas las cosas misteriosas que hay alrededor del cine, en el hecho de ver una película y la misma película a través de los años, y siempre nos recorre la misma sensación, como si la película cumpliera años como nosotros, porque la vemos diferente, es esa ilusión con la que nos relacionamos con el cine. En todo caso, Los ilusos es una película sin tiempo, viva, soñadora y capital para una forma de hacer cine cuando no se hace cine, una contradicción que define tanto la película como la materia cinematográfica del propio cine, en ese eterno dilema del cine soñado y del cine que queda, porque la película es una cosa y también, es todas las películas soñadas, las que no se van hacer pero también impregnan cada fotograma, cada encuadre, cada pensamiento y cada sonrisa.
Los espectadores de hace trece años tienen una cita ineludible estos días con Los ilusos para volver a verla, o quizás ya la han visto en este intervalo, pero no cómo “los ilusos” la han vestido, igual pero de otra manera, donde conviven los colores y los blancos y negros, los sonidos, los encuadres, y las diferentes películas que genera la propia película, con sus personajes y personas, con su rodaje y la película, con esos momentos que son inolvidables, como los de Vito con su no relación con Javier Rebollo, el peculiar Perucho y su amor por las películas de VHS, y todos los momentos en bares, comiendo, riendo, intentando pagar o no, y demás maravillosas escenas de una película-rodaje o quizás, un trozo de cine de un grupo de amigos que hacen cine o al menos, sueñan con el cine mientras van filmando y filmándose. No me olvido de los espectadores que van a ver por primera vez la película y descubrir, palabra ilusoria por antonomasia, y también, van a soñar en el cine, en hacer cine, en futuras películas, futuras tramas, en instantes futuros, y sobre todo, van a seguir confiando en el cine como refugio, como sueño, como alternativa, como revolución y como no, el cine como herramienta para mirar la vida y las vidas, las de de los demás y las nuestras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista al cineasta Paulino Viota, con motivo de la retrospectiva y Carta Blanca que le dedica la Filmoteca de Catalunya, en su habitación del Hotel Barceló Raval en Barcelona, el miércoles 2 de octubre de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Paulino Viota, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Jordi Martínez de comunicación de Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Presentación del 15 D’A Film Festival Barcelona, con la presencia de Carlos R. Ríos, director del certamen, acompañado de su equipo y representantes de instituciones colaboradoras, en el Auditori CCCB en Barcelona, el miércoles 5 de marzo de 2025.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: al equipo de comunicación del festival, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Encuentro con el cineasta Béla Tarr, en el marco del ciclo de su obra, junto a Esteve Riambau, director de la Filmoteca, en la Sala Laya de la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 9 de enero de 2024.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Béla Tarr, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la inmensa labor de la intérprete, y a Jordi Martínez de comunicación de la Filmoteca, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Carlos R. Ríos, director del D’A film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el sábado 30 de abril de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlos R. Ríos, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sílvia Grumachez de Coumnicación del Festival, por por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a la fotógrafa Colita, con motivo de la Carta Blanca que le dedica la Filmoteca de Catalunya en Barcelona, el martes 4 de mayo de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Colita, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Jordi Martínez de Comunicación de Filmoteca, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
«¿Quién ha dicho que el tiempo cura todas las heridas? Sería mejor decir que el tiempo cura todo menos las heridas. Con el tiempo, el dolor de la separación pierde sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo deseado pronto desaparecerá, y si el cuerpo que desea ha dejado ya de existir para el otro, entonces, lo que queda es una herida… sin cuerpo».
Chris Marker en Sans Soleil
Frank Beuavais (Phalsbourg, Francia, 1970) y su pareja se fueron a Alsacia (una región al noreste de Francia, en la frontera con Alemania y Suiza, a 500 km de París), huyendo de la gran urbe al pueblo, debido a razones materiales. Su convivencia se alargó cinco años hasta que el desamor los separó. Cuando la película-documento-diario de Beauvais arranca ya han pasado seis meses de la separación. Estamos en el 2016, en el mes de abril, y se inicia un período en soledad, una aventura cotidiana con uno mismo, una especie de diario del duelo que abarca hasta el mes de octubre del mismo año. Un espacio en el que la vida de Beauvais se remite únicamente a la ingesta de películas, al visionado compulsivo de cine, cine de todas las épocas, géneros, estilos, formatos, nacionalidades y sobre todo, cine para olvidar, o quizás deberíamos decir, cine para olvidarse de uno mismo y pasar el tiempo soñando o desesperándose con otros, envueltos en otros mundos y en otras circunstancias.
El cine acaba siendo reflejo de nuestro estado de ánimo, convirtiéndose en juez implacable, y acaba impregnándose en aquellas imágenes que estamos viendo, convirtiéndolas en espejos deformantes de nuestra realidad y sobre todo, de nosotros mismos. Ya sea como recuerdo de aquel período vivido en soledad y reflexión en aquel lugar, o como terapia en que el cine nos ayuda o al menos, eso creemos, para solventar las dudas existenciales y llenar ese ánimo tan vacío que a veces se nos queda. Beauvais, que ya experimentó en el formato corto, ha hecho una película de aquello que experimentó, sintió y materializó, ya fuese en forma de idea, pensamiento, reflexión, duda o inquietud, en forma de diario íntimo y personal sobre el duelo, la soledad, la existencia, la incertidumbre, la política, la sociedad, la familia, el cine, su oficio, sus amigos, sus viajes, el desempleo, sobre la acumulación de los objetos, de lo material como modo de existencia, sobre el despojamiento, ya sea personal o material, y demás pensamientos, a través de una voz en off, la suya propia, que nos va guiando y conduciendo por esta maraña de ideas y reflexiones, algunas alegres, otras tristes, unas esperanzadoras, otras amargas, unas ilusionantes, otras desoladoras.
Durante los 75 minutos del metraje, apoyadas por las imágenes de las más de 400 películas que visionó durante el período mencionado, consistentes en planos breves, de apenas cinco o diez segundos, que van del blanco y negro al color, y viceversa, donde vemos cortes que nos muestran partes del cuerpo, lugares, objetos, acciones, imágenes surrealistas, pictóricas, fantásticas, cotidianas, y de todo tipo, que interpelan con la voz de Beauvais, en un constante y febril diálogo, nunca la ilustran, sino actúan de forma contradictoria, seductora, extravagante y funcionan de forma independiente dentro del todo que es la película, consiguiendo el excelso y rítmico montaje, obra de Thomas Marchand, un aluvión de imágenes poderosas, enérgicas y rompedoras, que nos van sumergiendo en un discurso hipnótico y fascinante, donde se habla de todo y todos, siguiendo la cronología que van marcando los acontecimientos cotidianos, sociales y políticos del país, enarbolando un sinfín de ideas donde conoceremos más a Beauvais y sobre todo, nos introduciremos en ese universo que contempla ese período de seis meses en mitad de la nada, casi en aislamiento, imbuido en el cine y en sus películas.
La película no solo se argumenta con la palabra de Beauvais, sino que recurre, en apenas tres ocasiones, a la palabra de otros, autores que refuerzan y median como Hesse o Perec, ente otros, el diálogo consigo mismo que ejecuta Beauvais, sin vacilaciones ni barreras, hablando de su vida y de todo aquello que le rodea, ya sea pasado, como la relación conflictiva con su padre, o presente, con la mala praxis política de su país, Francia, o la mudanza que realizará a París, etc…La narración prescinde de la música, dando todo el valor a la palabra y a la imagen, una imagen descontextualizada de tal manera que nos resulta imposible relacionarla con el listado interminable de películas que se citan en los títulos finales, con el mismo modelo que tanto caracterizaba la mirada de Chris Marker, el maestro del cine ensayo, y su magnífico empleo del found footage o material de archivo encontrado, extrayendo esas imágenes de su origen y convirtiéndolas en entes individuales y personales que funcionan en otros contextos y películas, mismo trabajo que empleó Godard en su monumental Histoire(s) du cinéma, su personalísima evocación y reinterpretación de las imágenes del cine.
Beauvais ha construido su opera prima en base a dos conceptos bien definidos, uno, su estado anímico de soledad y aislamiento, y dos, el cine y sus películas, porque ya desde su descriptivo título No creas que voy a gritar, habla de todo aquello que necesita decir, explicar y sobre todo, compartir, materializar con su voz y las imágenes troceadas de las películas, ese sentimiento de rabia, una especie de puñetazo de realidad y verdad, con el cuadro de El grito, de Much como referencia, o lo que es lo mismo, un encuentro consigo mismo en el que decir todo aquello que vamos encontrando y reencontrándonos de nosotros mismos. El cineasta francés habla a tumba abierta, al borde del abismo y sin miedo, y consigue entusiasmarnos con su palabra e imagen, desnudándose en todos los sentidos y comprometiéndonos en ese viaje sobre la existencia y la vulnerabilidad. La película consigue su propósito con creces, y lo hace de manera brillante y conmovedora, porque si hay un hecho primordial en el oficio de hacer películas, no es solo hacerlas, sino compartirlas, porque ese hecho marca el destino final de cualquier obra, que puedan verse, en el caso del cine, verse y disfrutarlas, aunque tengan demasiados conceptos en los que nos interpelan directamente, en los que nos miramos y nos descubrimos, en ocasiones, para bien y en otras, no tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA