Regreso a Montauk, de Volker Schlöndorff

EL TIEMPO QUE NOS AMAMOS.

“Siempre hay un amor en la vida que nunca se olvida”

Max, un maduro escritor, llega a Nueva York para promocionar su último libro, en el que cuenta de manera autobiográfica, una historia de amor que vivió en la ciudad 17 años atrás, con una bella mujer llamada Rebecca. De casualidad, se encuentra a Walter, un viejo amigo anticuario, que le informa sobre la situación de Rebecca. En ese instante, Max, que se reencontrará con su joven esposa Clara, que vive en la ciudad, se embarca en una aventura para reencontrarse con Rebecca. Este es el arranque de la nueva película de Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, Alemania, 1939) que vuelve casi dos décadas después, a las historias contemporáneas, después de dedicar buena parte de su filmografía a los temas candentes de su país, como la memoria del pasado, como la segunda guerra mundial, la Alemania post nazi, siempre marcado desde un prisma histórico y político, y basándose en grandes novelas de autores tan prestigiosos como Böll, Yourcenar, Grass, Proust, Miller o Atwood, entre otros, en películas que algunas de ellas han pasado a la historia: El joven Törless, El tambor de hojalata, Un amor de Swann o El honor perdido de Katharina Blum, entre muchas otras.

Aunque la historia transcurre en la actualidad, se basa en una novela autobiográfica del escritor Max Frisch (1911 – 1991) con el que Schlöndorff firmó la adaptación de la novela del propio autor Homo Faber, que dio lugar a la película El viajero, de 1991 protagonizada por Sam Shepard. En esta ocasión, las labores de adaptación las ha compartido con otro escritor, el irlandés Colm Toíbín, en la que han prescindido de la estructura ensayística que presidía la obra de Frisch para centrase en las acciones. Schlöndorff cimenta el relato desde el punto de vista del escritor, un hombre que ha dirigido su vida en función de las mujeres con las que ha estado, la mayoría, por no decir todas, han significado poco o nada para él, solo una, Rebecca, la joven que amó 17 años antes, y a la que tiene idealizada, en una love story soñada y que desea volver a vivir, en una idea de no perder aquel amor que todavía le persigue. Su lugar soñado, o el que recuerda, aquel espacio que compartieron se encuentra a dos horas de Nueva York, situado al final de Long Island, en Montauk, un lugar solitario y alejado del mundanal ruido, donde se localiza un faro antiguo, el cielo infinito y unas playas gigantescas e interminables. Pero los años han pasado, y Rebecca ya no es aquella mujer joven que quería comerse el mundo en la abogacía después de huir de la RDA. Ahora es una mujer segura de sí misma, triunfadora en su carrera, y aparentemente ordenada, y de carácter y fuerte.

El realizador alemán cuece una película honesta y sincera, en la que apenas ocurre nada: presentaciones y lecturas del libro, cenas sin sentido, copas en tugurios de diseño medio ocultos, edificios demasiado sofisticados, por un Nueva York diferente, alejado de la imagen turística, y también hay tiempo, para escuchar alguna crítica sobre la idiosincrasia yanqui triunfadora y superficial. Un relato reposado sobre el amor y nuestros sentimientos, en este río sin fin de emociones que desembocará en un par de días en la añorada Montauk, pero las cosas han cambiado, o mejor dicho, ellos han cambiado, el lugar es el mismo, pero las circunstancias, no. Rebecca y Marx volverán a reencontrar aquel amor que tuvieron, se dejaran llevar por el rumor de las olas en invierno, por ese paraje bucólico que atrapa hasta las entrañas, por escuchar “I want you”, de Dylan, o compartir una cena en un bar de carretera mientras escuchan canciones de cuando se amaron, y por supuesto, compartir una cama para sentirse que vuelven a ser jóvenes y tienen el mundo por delante. Pero Max no está sólo, mantiene una relación con Clara, muchos más joven que él, pero que no parece sentirse enamorado, y también, está algo del pasado de Rebecca, algo que la atormenta y sobre todo, algo que la ha cambiado, la ha convertido en esa mujer frágil que no quiere mostrar a los demás, y menos a Max. Schlondörff ha construido una película de pocos personajes, centrados en una pareja casi fantasmal, en un lugar apartado, que también podría pertenecer a esas sombras del pasado que nos engañan y nos hacen creer aquello que nos empeñamos en ver, sin medir las consecuencias emocionales de nuestros actos.

Una película que nos habla de las emociones profundas de unos personajes que no parecen nada satisfechos con sus vidas, aunque aparentemente demuestren lo contrario, donde sus intérpretes brillan a gran altura con Stellan Skarsgard (habitual de Lars Von Trier) sobrio y elegante,  dando vida al escritor, Nina Hoss (actriz fetiche de Christian Petzold) es Rebecca, con esa mirada fascinante y de belleza cautivadora, la mujer soñada que acaba deviniendo en un fantasma triste consumido por el dolor, la efectiva Susanne Wolff es Clara, la enamorada esposa que no acaba de entender las huidas del escurridizo Max, la naturalidad de Isi Laborde-Edozien que da vida a Lindsey, la chica de prensa convertida en faro y confidente de la actitud inmadura de Max, y finalmente, Walter encarnado por el siempre elegante Niels Arestrup (muy solicitado por Audiard, Tavernier o Ferreri, e intérprete para Schlöndorff en su Diplomacia, su penúltimo trabajo) dando vida al enigmático bon vivant y guía de ese pasado turbio, complejo y a la vez soñado, que quiere recuperar Max, aunque hay veces que es mejor revivir en nuestros recuerdos aquellos años y lugares en los que fuimos felices, porque la realidad y la verdad que esta esconde, puede albergar situaciones que no queramos vivir porque nos pueden llevar a lugares contrarios en los que queríamos estar.

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Diplomacia, de Volker Schlöndorff

diplomaciaposter70x100_grandeDos hombres y un destino

Nos encontramos en el París ocupado por los nazis, la noche del 24 al 25 de agosto de 1944. El General Von Choltitz, gobernador de la ciudad, ha recibido la orden de volarla, debido principalmente al imparable avance de los aliados. En ese momento, irrumpe en la suite del hotel donde se hospeda el general, el señor Raoul Nordling, cónsul general sueco, que viene con el propósito de hacer cambiar de opinión al militar nazi. El veterano cineasta alemán, Volker Schlöndorff, vuelve a dos elementos recurrentes en su dilatada carrera que alcanza casi 50 años: las adaptaciones (14 de los 29 títulos que componen su filmografía lo son, donde ha llevado a la gran pantalla escritores de la talla de Brecht, Böll, Grass, Tolstói, Proust…) y el nazismo, que lo ha abordado desde diferentes perspectivas, ofreciendo miradas interesantes y rigurosas. En el 2011 dirigió La mer à l’aube, la historia de Guy Moquet, el joven comunista francés ejecutado y convertido en símbolo de la resistencia. En esta ocasión, vuelve a centrarse en un hecho histórico expuesto en el mismo contexto. Esta vez adapta la obra del dramaturgo francés, Cyril Gely, en la que se relata el encuentro de dos hombres enfrentados, dos seres que por circunstancias ajenas a su voluntad, se encuentran cara a cara, en una ciudad que no les pertenece, donde se encuentran de paso, pero que el destino ha querido que esa noche de verano, en esa ciudad, y en esa habitación de hotel, se encuentren y batallen dialécticamente cada uno argumentando sus razones y posiciones. La historia y sus conciencias personales, los observan detalladamente, sin quitarles ningún ápice de curiosidad. Schlöndorff nos ha fabricado un combate de boxeo en toda regla, ha escogido a dos grandes intérpretes, a dos pura sangres de la actuación. André Dussollier, veterano actor francés que defiende el personaje del cónsul, un hombre que luchará lo indecible para salvar París, la ciudad del amor y la luz. En la otra esquina, Niels Arestrup, actor alemán de poderío físico, que gestiona la postura de un general leal al Führer, por razones que luego se desenmascaran  a lo largo del metraje.  Un tour de force intenso, maravilloso, humano, lleno de energía y fuerza. Schlöndorff maneja con oficio y olfato el texto que tiene entre manos, teje con maestría y generosidad un trama que va in crescendo, que agarra al espectador y lo deja sin aliento, donde los roles van cambiando y confundiéndose a medida que el relato avanza sin conceder ningún momento de tregua o relajación. Los temas que vertebran la obra del realizador alemán, la lucha encarnizada del hombre contra el sistema, el estado opresor que lo asfixia, y la denuncia contra todo eso que jalonan todas sus películas siguen latiendo con pasión e inteligencia en esta historia. Un relato filmado en un único espacio (exceptuando algún que otro mínimo exterior), donde la cámara es un personaje más, que interactúa a través de las dos criaturas que se baten en duelo, planos cortos y medios que los asfixian y los diseccionan para descubrirse y descubrirnos cuales son sus verdaderas motivaciones. Una pieza de cámara fabricada desde la sabiduría y la emoción que, nos desvela los miedos, las inseguridades y complejos de la condición humana, contada por uno de los cineastas más importantes y personales del último medio siglo.