Plumas, de Omar El Zahoiry

MI MARIDO HA DESAPARECIDO POR ARTE DE MAGIA.  

“Cuando toda esperanza se ha esfumado, no hay razón para el pesimismo”

Aki Kaurismäki

Si miramos a la cinematografía egipcia nos viene el nombre de Youssef Chahine (1926-2008), por encima de otros, ya sea por su prestigio internacional o por otras razones. El caso es que es difícil no recordar algunas de sus grandes obras como Estación Central (1958), La tierra (1969), Alexandria… Why? (1979), El destino (1997), entre otras. Así que, es muy de agradecer que, una distribuidora como Flamingo Films mire hacia esa cinematografía y podamos ver una película como Plumas, de Omar El Zahoiry (El Cairo, Egipto, 1988), un director que con su segundo cortometraje, The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375 (2014), compitió en el prestigioso Festival de Cannes y se alzó con varios premios alrededor del mundo. Mismo certamen que también acogió Plumas, la opera prima de El Zahoiry, y es una primera película nada convencional, porque nos cuenta una historia que es muy cotidiana, apegada a lo social y humanista, con una sinopsis nada extraña, en la que una madre con tres hijos menores a su cargo, se queda sola después que su marido desaparezca en extrañas circunstancias.

Uno de los aciertos de la película es su enorme forma, porque Plumas es una película con una forma muy particular, en la que la cámara se mantiene fija, nunca se mueve, y además, su peculiar sentido del humor en una historia de corte muy social, donde prima la austeridad en todos los sentidos, tanto de forma como de argumento. Un humor de varios niveles y múltiples capas, desde el surrealismo con ese arranque donde un truco de magia hace desaparecer al estúpido padre de familia, que recuerda a alguno de las películas de Woody Allen, y el mago se muestra incapaz de devolverlo sano y sano. También hay esperpento, muy valleinclanesco, en el que vemos a muchos personajes y situaciones de lo más extrañas, donde no falta el tropezón y el zapatazo muy a lo Tati, con lo surrealista impregnando cada secuencia y plano, como ese funcionario policial que nunca vemos, solo escuchamos, o esos empleados tarugos siempre manejando documentos que mueven y remueven, y cómo no, lo bressoniano está muy presente, en su minimalismo, con esas miradas y gestos, porque los personajes de la película apenas hablan, y si lo hacen, aún crean más confusión.

El cine del citado Chahine está muy presente en todo el metraje, con esa mujer que lucha incansablemente salir adelante y enfrentada a una sociedad patriarcal y machista, que no para de ponerle piedras en el carro, un camino de obstáculos y penurias, pero que nunca se muestra sensiblero y demás, porque la interpretación y las situaciones huyen de toda convencionalidad sentimental. El cine de Kaurismäki sobrevuela continuamente en muchos aspectos, desde esos rostros impasibles, aceptando la injusticia y la insolidaridad de los demás, batallando en una sociedad deshumanizada, en el que cualquiera aprovecha su oportunidad para aprovecharse de la desgracia del prójimo. Los maravilloso planos detalle del dinero, objeto indispensable para generar prejuicios y pobreza, con esa pequeña ceremonia de las manos contando billetes. Todo un prodigio de la película y su característica forma para hablar del sometimiento de la mujer en la sociedad árabe, pero construyendo una inteligente y sabia película, en la que no falta el humor negro, irreverente y comedido.

La gran labor del guion que firman Ahmed Amer y el propio director, la excelente cinematografía de Kamal Samy, con esos planos estáticos que muestran o no, donde es tan importante lo que vemos como lo que se nos oculta, y el pausado y relajado montaje que firma Hisham Saqr, que ya estuvo en el mencionado The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375, que acierta con el ritmo lento pero sólido en un film que abarca los ciento doce minutos de metraje. Los fascinantes y maravillosos intérpretes de la película, cada uno con ese aspecto como de otro tiempo, atemporal y lleno de simbolismo, entre los que destaca la magnífica interpretación de la debutante Demyana Nassar en el rol de esa madre obtusa, callada, siempre cabizbaja, con la mirada perdida que, casi sin hablar, consigue tirar hacia adelante, pese a quién pese, y sobre todo, en una sociedad muy hostil que rechaza a las mujeres. Todo un ejemplo de lucha incansable y sobre todo, de humanidad y paciencia, valores tan difíciles de encontrar en la sociedad mercantilista en la que nos ha tocado vivir. Omar El Zahoiry ha construido una película atípica y llena de aciertos e inteligencia, es de esas obras pequeñas, delicadas y llenas de amargura, pero para nada tristes, sino todo lo contrario, porque están llenas de humor, un humor que sirve para contarnos las miserias del mundo y todos aquellos que lo habitan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Un efecto óptico, de Juan Cavestany

VIAJAR O NO, ESA ES LA CUESTIÓN.

“Uno puede fingir muchas cosas, incluso la inteligencia, lo que no se puede fingir es la felicidad”

Jorge Luis Borges

Personas en un lugar, personas que desconocen que están haciendo en ese lugar, personas que no recuerdan su pasado y cuando lo hacen está lleno de grandes lagunas, personas como tú y como yo, personas con vidas corrientes y llenas de gestos y actividades muy cotidianas, personas que, sin comerlo ni beberlo, acaban olvidándose de sí mismas y protagonizan relatos surrealistas, sin sentido, en mitad de fábulas modernas sin tiempo ni espacio. Personas de toda índole son las que protagonizan las historias de Juan Cavestany (Madrid, 1967), capturadas sin acritud, explorando su humanidad, retratando sus estados de ánimo, tanto en su faceta teatral como autor de grandes espectáculos como Urtain o Moby Dick, en el medio televisivo en títulos como Vota Juan o la exitosa Vergüenza, con tres temporadas realizadas, o sus películas como Gente de mala calidad, o las autoproducidas Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, Esa sensación o Madrid interior.

De Vergüenza ha nacido la compañía “Cuidado con el perro”, en la que Alicia Yubero, Álvaro Fernández-Armero y el propio Cavestany se asocian y lanzan su primera producción Un efecto óptico, protagonizada por Alfredo y Teresa, un peculiar matrimonio de Burgos que se van de viaje a Nueva York, o al menos eso es lo que creen, porque una vez en la ciudad de los rascacielos, cada vez que miran por la ventana del hotel o salen a la calle, se encuentran una ciudad parecida a su Brugos. El director madrileño construye una comedia fantástica, un alegoría sobre como empleamos nuestro tiempo y la necesidad de evadirnos, de abandonar por un tiempo nuestra realidad y sumergirse en otras, o quizás, en intentarlo, porque no siempre es posible, no siempre estamos en el ánimo adecuado para aventurarnos en otro lugar, descubrir y sobre todo, descubrirnos, porque algo parecido les pasa a este matrimonio de Burgos, que sus emociones juegan con ellos, agarrándoles en un desánimo que les empuja a ver lo que sienten, a no disfrutar de Nueva York, o simplemente, a no disfrutar de ellos mismos y de compartir con la otra persona.

Cavestany captura toda esa desazón de forma admirable y magnífica, envolviéndonos en una mezcla de (des) aventura que tiene múltiples referentes, desde las historias psicológicas de Corman o Hitchcock, a las comedias surrealistas y esperpénticas desde las tiras de Mingote y Borges, la revista de “La codorniz”, Larra, Mihura, Gómez de la Serna y Berlanga-Azcona, y demás registradores de la comicidad y del absurdo de la cotidianidad y la existencia. Pepón Nieto y Carmen Machi son ese matrimonio atípico, extraño y cercano que abrazan la incredulidad de sus personajes y ejercen de maestros de ceremonias a las mil maravillas, creando esa sensación de extrañeza y de incertidumbre que les acompañará durante todo su viaje-metraje, porque la película de Cavestany no solo se queda ahí, en ese estado caleidoscópico de mundos paralelos o mundos diferentes que se mezclan, sino que también añade otro elemento distorsionador a este enjambre de sensaciones y estados de ánimo, un elemento físico, en la que sus protagonistas no están viviendo sus vidas, sino que están en el interior de una película, una película que en detalles vemos como se filma, así que el magnífico juego del relato, entre ficción-realidad, envuelta de misterio, con una trama a lo Misterioso asesinato en Manhattan (o Burgos), de Woody Allen, riza aún más si cabe la historia de este matrimonio como todos o ninguno.

Una película de factura impecable, con una excelente cinematografía de Javier Bermejo y la sutileza y elegancia de la edición de Raúl de Torres, y la música de Nick Powell, colaboradores y cómplices del universo de Cavestany, y la participación de Luis Bermejo, un actor de la “casa”, creando ese aroma de misterio y surrealismo cotidiano que, al igual que le ocurría a Phill, el periodista descreído de Atrapado en el tiempo, debía mirarse en el espejo y encontrar su reflejo para salir del entuerto en el que andaba metido. Cavestany vuelve a asombrarnos y atraparnos en su universo cotidiano, surrealista, absurdo e inquietante, filmado con inteligencia y transparencia, creando un mundo dentro de otros mundos, con la honestidad e intimidad que tenían sus anteriores trabajos, con ese maravilloso juego de metacine infinito o no, porque a veces, podemos estar en Burgos o Nueva York, o quizás, solo estemos en nuestro caos mental y sobre todo, en nuestro caos emocional, en el que deseamos hacer algo y a la vez, no, o no sabemos que sentir y qué hacer. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esa sensación, de Juan Cavestany, Julián Génisson y Pablo Hernando

EL INMENSO VACÍO.

Tres directores: Juan Cavestany (1967, Madrid), autor de las imprescindibles Dispongo de barcos, El señor, Gente en sitios, entre otras, películas de costes muy reducidos que, desarrollan a través de breves secuencias, un compendio de lo absurdo de la existencia y cotidianidad, en el contexto de crisis económica, social y vital. Julián Génisson (1982, Madrid) del colectivo audiovisual Canódromo Abandonado, autor de La tumba de Bruce Lee (que se reserva un breve papel), y finalmente, Pablo Hernando (1986, Vitoria-Gasteiz), autor de los largometrajes Cabás y Berserker (2015). Y tres historias: Un extraño virus se propaga silenciosamente por la ciudad contagiando a los ciudadanos, a los que contagia sin remedio, sometiéndolos a situaciones sin sentido, en las que preguntan y formulan cuestiones sin venir al caso, dejándolos fuera de juego, y además, provocando la estupefacción de sus asombrados acompañantes. En la segunda, un hijo, vendedor de pisos, sigue a su padre que parece perdido sin tener muy claro quién es y qué hacer. Y para terminar, una mujer joven y atractiva tiene relaciones sexuales con todo tipo de objetos que se va encontrando en su camino.

Tres miradas y tres relatos, tres formas de reflexionar y penetrar en el vacío existencial de la cotidianidad y el absurdo de nuestras vidas, desde un punto de vista irónico y sarcástico, situaciones surrealistas, incluso esperpénticas, de las que vemos cada día, pero siempre manteniendo un tono serio en lo que se cuenta. Historias que se narran de forma paralela, a modo de vidas cruzadas, en la que se opta por miradas y acercamientos diferentes: La del extraño virus, da una vuelta de tuerca más al cine reciente que ha ido haciendo Cavestany, un cine focalizado en las miserías y absurdos humanos, se mantiene fiel a sus antecesoras, pero optando por nuevos caminos, mantiene algunas de sus características, eso sí, como las abundantes localizaciones, o las tomas largas, mantiene un tono cercano y transparente, produciendo situaciones incomódas y esperpénticas, y una gran variedad de vaiopintos personajes que abarcan todas las clases de condiciones sociales y carácteres, sigue provocándonos mucha extrañeza y absurdidad, y penetra de modo salvaje, aún más si cabe, en la profunda herida de la desorientación de los ciudadanos. Continuando con la del hijo que intrigado por la actitud extraña de su padre, lo sigue por las calles y lo espía, un relato que nos habla de la fe, del descubrimiento de la fe católica por parte del padre, y el hijo, atónito por el hecho, no cesa de preguntar, buscando respuestas  pero es incapaz de  encontrar la manera de entender. Quizás, padre e hijo, se parecen mucho más de lo que uno u otro desearían. Un relato contado a modo de thriller urbano, con una cámara que funciona como testigo accidental a todo aquello que está sucediendo.

Y para redondear la función, la de la chica enamorada de objetos, compuesta sólo por acciones, prescindiendo de diálogos, apoyada en una cámara pegada a su personaje, que sigue sin cesar a un personaje ávido de deseo que huye de un pasado que quiere olvidar, describiendo esas zonas oscuras que despiertan nuestro deseo, protagonizada por una actriz en estado de gracia, Lorena Iglesias, que mantiene de forma ejemplar la curiosa desviación sexual de su personaje, dotándolo de humanidad y extrañeza, y haciendo creíbles las situaciones con sólo gestos y miradas. Una cinta que demuestra la capacidad de nuestros creadores, que suplen la falta de medios, con una inagotable energía de talento y sabiduría, para seguir produciendo películas que hablen de los tiempos de ahora, desde miradas y puntos de vista diferentes, que actúa a modo de resistencia contra la corriente generalizada tan vacía y superficial. Cavestany, Génisson y Hernando han construido una película de ahora, contada de forma irónica y muy ácida, en la que ponen el dedo en la llaga en esa inmensa vacuidad instalada en todos nosotros, esa falta de rumbo y valores que se han perdido debido a la crisis. Una obra de nuestro tiempo, demoledora, y sin adornos, que habla de personas como nosotros, seres vacíos que no se encuentran a sí mismos, ni a los demás, que no saben adónde ir ni que hacer, individuos solitarios, faltos de vida, que deambulan como fantasmas por ciudades cada vez más extrañas y automatizadas, en un mundo caótico, materialista y falto de valores.

Entrevista a Manolo Vázquez

Entrevista a Manolo Vázquez, director de «La maniobra de Heimlich». El encuentro tuvo lugar el miércoles 25 de noviembre de 2015, en los Cines Girona de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manolo Vázquez, por su tiempo, generosidad y simpatía, a Alex Tovar (que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación) y Sonia Uría de Suria Comunicación, por su paciencia, amabilidad y cariño, y a los Cines Girona, por tratarme con tanto cariño y por programar un cine humilde, sencillo, necesario y a contracorriente.

Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, de Roy Adersson

¿QUÉ HACEMOS, ADÓNDE VAMOS?

Primero fue Canciones del segundo piso (2000), donde se planteaba el tema de milenarismo, luego llegó La comedia de la vida (2007), que representaba un atrevido recorrido hacía los sueños, ahora nos llega Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, título cervantino y quilométrico que cierra la trilogía Viva, y además, nos devuelve a la palestra el genio y la sabiduría del inclasificable Roy Andersson. El cineasta sueco, nacido en Gotemburgo en 1943, posee una filmografía brevísima, a parte de los ya mentados, encontramos su debut en 1970 con Una historia de amor sueca, y Giliap, de 1975, rotundo fracaso que le llevó a estar un cuarto de siglo alejado del largometraje, encontrando ubicación en el mundo de la publicidad, donde ha cosechado numerosos galardones.

Su nuevo título, que se alzó con toda justicia y por unanimidad con el León de Oro de Venecia en la última edición, vuelve a plantearse las mismas inquietudes de las predecesoras: lo banal y esencial, lo trágico y cómico de las absurdas y cotidianas existencias humanas, todas ellas con la paloma del título como testigo omnipresente de las vidas de esos humanos, impregnando a las situaciones de una mirada etérea en algunas ocasiones, y en otra sarcástica y crítica. Andersson arranca su relato a modo de preludio, con “Tres encuentros con la muerte”, donde nos sitúa en tres instantes, donde se produce la muerte por parada cardíaca de un señor mientras intenta abrir una botella, y su mujer sigue en la cocina sin percatarse de lo ocurrido, en otra, una madre moribunda en el hospital se aferra endiabladamente a su bolso lleno de joyas, cuando sus tres hijos intentan arrebatárselo, y finalmente, un hombre que ha fallecido mientras elegía su comida, y la camarera ofrece su almuerzo gratis a los demás clientes. El realizador sueco nos sumerge en ese mundo compuesto de una estética abstracta, con esa luz neutra que invade el plano, y esos rostros blanquecinos e impertérritos, en la que asistimos a 39 escenas diferentes, 39 cuadros, planos secuencia que suelen cerrarse con la proclama insistente y repetitiva por parte de los personajes de la frase: Me alegro de que estés bien. Escenas donde suena una música de cuerda que actúa como leit motiv a lo largo del metraje, en la que Andersson clava la cámara, efectuando un excelente manejo de la profundidad de campo, el fuera de campo y los espacios, imprimiendo a cada situación una historia en sí misma independiente, pero estructurada dentro de la película. Se detiene en las existencias de Sam y Jonathan, que vertebran el relato, dos vendedores de artículos de fiesta, que se pelean constantemente, y que moran en un albergue. A partir de estos dos seres tristes y frustrados, Andersson compone una radiografía del mundo moderno, a través de una fusión de diferentes géneros, que van desde la comedia surrealista, el musical, lo social, y lo histórico, repasando las estructuras caducas y viles que sostienen las sociedades actuales, creando unas secuencias como si se tratasen de recuerdos o ensoñaciones. Personajes vulnerables y sensibles, que anhelan algo que ni saben ni conocen, como la profesora de flamenco que no se muestra ningún tipo de pudor en mostrar su deseo, o las protagonizadas por el rey Carlos XII (1697-1718), donde se le caricaturiza, se le dota de un sexo distraído y además se le introduce en la más absoluta de las trivialidades, y demás seres que pululan por esta magnífica obra.

Andersson recurre a referentes de toda naturaleza, desde los grabados pictóricos de Brueghel el viejo, donde su obra “Cazadores en la nieve”, sería una fuente de inspiración inagotable, el Quijote de Cervantes, o “Esperando a Godot”, de Beckett, y sus criaturas estarían cerca del hidalgo caballero y Sancho Panza, los individuos que retrata Stenbeck en su “De ratones y hombres”, en el cine de Bresson o Buñuel (al que homenajea en la secuencia del bar con el rey, cuando escuchamos el célebre twist de Ashley Beamunt, “Shimmy Doll”, que cerraba Viridiana), y en los dúos cómicos del Hollywood clásico como Laurel y Hardy, o lo que es lo mismo, el Gordo y el Flaco, sin olvidarnos de Buster Keaton, Chaplin, Tati…Cine de gran altura, de encomiable factura y diseño, que maneja la tragicomedia, Lebenlust (ganas de vivir), y un respeto fundamental por el ser humano, donde en la sociedad vive sin ningún tipo de resistencia, y muy a nuestro pesar, sufriendo la humillación del opresor frente al oprimido, la triste y anodina existencia del señor de negro perdido que, sobrevive a trompicones, a bandazos, y sin ningún tipo de esperanza ni ilusión ante una prosperidad igual de triste, oscura y desoladora.