Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar

Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar, director y actriz de la película «Tenéis que venir a verla», en los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 22 de junio de 2022.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Irene Escolar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Relabel Comunicación y a Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tenéis que venir a verla, de Jonás Trueba

UN DÍA DE VERANO DESPUÉS DE UNA BREVE NOCHE DE INVIERNO.

“En estos tiempos en los que todo el mundo ansía tener éxito y vender, yo quiero brindar por aquellos que sacrifican el éxito social por la búsqueda de lo invisible, de lo personal, cosas que no reportan dinero, ni pan, y que tampoco te hacen entrar en la historia contemporánea, en la historia del arte o en cualquier otra historia. Yo apuesto por el arte que hacemos los unos para los otros, como amigos”

Jonas Mekas, Manifiesto contra el centenario del cine, 1996

Nunca sabremos dilucidar que partes pertenecen a la vida y qué otras al cine. Quizás la cuestión no va encaminada por ahí, sino que debería darnos igual, porque en el fondo son dos elementos a la par. Es decir: la vida y el cine forman parte de un todo, de una forma de vivir y acercarse a la vida, de mirarla, con sus pequeños detalles cotidianos, invisibles y ocultos, pero que son la verdadera esencia de las cosas. Detenerse a mirar y mirarse y a partir de ahí, construir una película que es un reflejo propio y ajeno de la vida, representarla ante una cámara y registrarla para que otros, los espectadores sean participes de ese trozo de vida, de ese trozo de cine.

El cine de Jonás Trueba (Madrid, 1981), está, como no podría ser de otra manera, íntimamente relacionado con su vida, porque el director madrileño filma su entorno, a sus amigos, donde escuchamos la música que escucha, y leemos los libros que le interesan, donde todo su mundo vital adquiere una transformación cinematográfica. Una vida que mira al cine y se refleja en él. Con Los ilusos (2013), su segunda película, empezó una forma íntima de ser, hacer y compartir el cine. Relatos sobre sus amigos y él, sobre todo aquello que los rodeaba y en especial, la circunstancia obligada, porque la película nacía de una necesidad de devolver al cine su esencia, sus orígenes, en una película que hablaba sobre lo que hace la gente que hace cine cuando no hace cine, toda una declaración no solamente sobre el cine, sino sobre cómo hacer cine. A aquella, que dio nombre a la productora, le siguieron Los exiliados románticos (2015), La reconquista (2016), La virgen de agosto (2019) y Quién lo impide (2021), todas ellas películas que hablan de amistad, de amor, de tiempo, de hacerse mayor, de frustraciones, de (des) ilusiones, de vida y también, de cine.

La pandemia ha afectado a sus dos últimas películas, como no podía ser de otra manera. En Quién lo impide, se iniciaba y finalizaba con una conversación de zoom entre Jonás y sus “adolescentes”, un monumental fresco cotidiano de casi cuatro horas donde se filmaba a un grupo de adolescentes y sobre todo, se les escuchaba. Nuevamente la pandemia ha transformado su nuevo trabajo, Tenéis que ir a verla, todo un no manifiesto ya desde su esclarecedor título. Por un lado, tenemos un aparte central de la trama, porque una de las parejas lanza la frase a la otra pareja amiga en referencia a su nueva casa de fuera de Madrid, a media hora en tren desde Atocha. Y por otro lado, un título que remite al hecho del cine, de ir al cine en las salas de cine, en el que la película en cuestión y el cine de Jonás en general, siempre aboga, y no solo en el hecho de ir a un cine, sino de compartir el cine y disfrutar de ese pequeño gesto que, debido a la pandemia ha provocado que muchos espectadores no vuelvan al cine. Jonás vuelve a contar con sus “Ilusos” habituales, Lafuente en producción, Racaj en cinematografía, Velasco en la edición, M. A. Rebollo en arte, Silva Wuth y Castro en sonido, Renau en gráfica, y sus “ilusos” intérpretes: Itsaso Arana, Francesco Carril y Vito Sanz, y la gran incorporación de Irene Escolar.

¿Qué nos cuenta la última película de Jonás Trueba?.. La trama es muy sencilla, de un tono ligero y cercanísimo, como suele pasar en el cine del director. Empieza en un café de Madrid una noche invierno mientras dos parejas amigas escuchan al genial pianista Chano Domínguez. Escuchamos dos canciones. Luego, escuchamos a las dos parejas. Una, la que vive en una casa fuera de Madrid, le pide a la otra, que vive en un barrio de Madrid, que vayan a visitarles. Seis meses después, vemos a la pareja en un tren camino a visitar la casa de los de fuera de Madrid. Esta vez los personajes de Jonás no van al cine, pero el cine siempre está presente, como esa secuencia en el tren, o ese encuadre cuando llegan a la casa, pero sí que hay esos momentos musicales, como el inicio con música en directo, que remite indudablemente a las canciones del desparecido músico Rafael Berrio, y otras canciones como “Let’s move to the Country”, de Bill Callahan, remitiendo a dejar la ciudad y vivir en el campo. También, hay libros, en este caso, el de “Has de cambiar de vida”, de Peter Slotendijk, del que nos leerán algunos fragmentos, todo un ensayo profundo y analítico sobre las ideologías en este tiempo actual, y la forma de hacer una sociedad más justa, solidaria y equitativa, entre otra muchas cosas.

El día de verano, donde se concentra casi toda la acción, o en el caso del cine de Jonás, podríamos decir el día en que se concentra todo el encuentro o el reencuentro, o quizás, el desencuentro, porque ese día, aparentemente construido con una sorprendente ligereza, hay toda una estructura férrea y profundísima de cuatro amigos, o lo que queda de su amistad, que hablan, también escuchan, de los temas que les atañen como vivir en la ciudad o en el campo, sobre ideologías y lo que queda de ellas, sobre embarazos o no, sobre ellos o lo que queda de ellos, sobre todas esas ilusiones de juventud, de todo lo que la pandemia ha despertado o enterrado, porque sigue tan presente en la película con las mascarillas todavía haciendo acto de presencia. Los cuatro amigos visitan la casa, comen, juegan al ping-pong, y pasean por el bosque, como explica la canción, que quizás no sea volver al campo a vivir o quizás sí, pero también es volver a ser o al menos, parecerse a lo que éramos antes y mejor, aunque esa sea la mayor de las ilusiones.

Tenéis que venir a verla es una película de metraje breve, apenas una hora, suficiente para filmar de forma ligera, transparente e íntima a las cuatro vidas que retrata la película, y hacerlo de una forma tan auténtica, como si pudiéramos tocar la película, olerla y sentirla, despojando al cine de su artificio y dejándolo libre y sin ataduras, como hacían los Rohmer, Tanner, Eustache, las primeras obras de Colomo y Fernando Trueba, Weerasethakul, Miguel Gomes y su reciente Diarios de Ostoga, también parida en pandemia, con muchos trazos, texturas y elementos próximos a la de Jonás, porque como abríamos este texto, el cine y al vida no tienen diferencias, sino todo lo contrario, el cineasta vive y filma, o dicho de otra manera, la vida provoca que se haga cine, un cine de verdad, que hable de nosotros, como hace Jonás, no solo un cineasta genial, sino un excelente cronista vital y sentimental de la gente de su edad, de su entorno y de todas las ilusiones que esperemos que la pandemia no haya acaba por eliminar, porque Tenéis que venir a verla, aboga a volver al cine, los que todavía no lo han hecho, y no solo es una película sobre cuatro personas, sino también, un acto de resistencia, de lucha, de política, de volver al cine, y volver a hacer cine natural, sobre nosotros, sobre todo aquello que sentimos y tan maravilloso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

La voluntaria, de Nely Reguera

¿QUIÉN CUIDA A QUIÉN?

“A medida que crezcas, descubrirás que tienes dos manos; una para ayudarte a ti mismo y otra apara ayudar a los demás”

Audrey Hepburn

En el imaginario cinematográfico de Nely Reguera (Barcelona, 1978), están muy presentes dos elementos inconfundibles: la familia y el cuidado. En su película corta Pablo (2009), una familia debía lidiar con una enfermedad mental. En su opera prima María (y los demás) (2016), una hija había cuidado de su padre y hermanos desde que murió su madre y había llegado el momento de soltar. En La voluntaria, donde vuelven a estar en labores de guion dos estrechos cómplices de la directora como son Eduard Sola y Valentina Viso,  volvemos a toparnos con el cuidado y la familia, en este caso, con Marisa, una doctora jubilada –  a la que sus dos hijos la quieren, pero cada uno hace su vida lejos de ella -, que acaba de llegar a un campo de refugiados de Grecia. La cámara la sigue en su “aventura solidaria”, todo lo vemos a través de su mirada y sus emociones. Un lugar ajeno y diferente a la vida que ha dejado en Barcelona, un lugar donde encontrará a Ahmed, un niño huérfano que no habla, pero que Marisa verá en él al nieto que no tiene y se desvivirá por el niño.

La directora barcelonesa vuelve a componer un sutil y profundo trabajo sobre el cuidado, la solidaridad y el otro, pero, sobre todo, realiza una exhaustiva fábula moral de aquí y ahora, con ese aroma de los Dardenne, en los nos sumerge en un continuo análisis en el que continuamente nos estamos preguntando sobre la bondad o no del personaje principal, donde cuestionamos o no sus acciones y en las que, durante todo el metraje, tenemos una relación ambivalente con Marisa. Como ocurría en sus anteriores trabajos, la factura de la película es impecable, tanto a nivel técnico, donde encontramos a su fiel cinematógrafo Aitor Echevarría, que sabe conducir es luz cálida ante esas hileras de barracones y tiendas de campaña, donde nos vemos entre lo humano y deshumanizado constantemente, como el ágil y denso montaje que aglutina con oficio los noventa y nueve minutos de la película, donde encontramos a Aina Calleja, otra cómplice de Reguera, que firma la edición junto a Juliana Montañés, que ha estado en las películas de Carlos Marques-Marcet, la excelente música de Javier Rodero Villa, que pone esa luz y negrura que tanto navega por la historia, y finalmente, el sonido directo de Amanda Villavieja, sobran las presentaciones de una de las grandes del sonido en este país, que nos introduce en ese campo real, con todo ese crisol de idiomas, llantos, tristezas y risas que pululan por un lugar tan ajeno y cercano a la vez.

El apartado artístico está a la misma altura que el técnico, con ese niño mudo que interpreta con ternura Hammam Aldarweesh Almanawer, bien acompañado por Caro, el personaje de Itsaso Arana, excelente y concisa la actriz navarresa, que sería el otro lado de Marisa, la coordinadora que sigue con orden y rectitud todas las reglas del campamento, y actúa como faro emocional para el personaje de Marisa, porque alberga más experiencia y sabe de los errores que está teniendo y que son complejos de llevar. Marisa es el cuerpo y alma de una Carmen Machi en estado de gracia, consiguiendo transmitir todas las difíciles emociones de su personaje, donde ella misma se cuestionará muchas cosas y en muchos momentos, no sabrá qué hacer y cuando decide algo, no sabe hacia dónde dirigirse. Un personaje complejo y humano, que cuida al niño y se olvida de dónde está y qué hace allí. Toda la fuerza de la mirada de una Carmen Machi portentosa metida en un personaje con la misma intensidad y complejidad que recuerda a las Rosas que hizo en La mujer sin piano (2209), de Javier Rebollo, donde era una mujer casada muy perdida, y la prostituta rota de La puerta abierta (2016), de Marina Seresesky. Tres mujeres, dos Rosas y una Marisa que luchan por estar un poco menos solas, y sobre todo, por encontrar alguien que las ate a la vida y les dé un camino/esperanza.

Reguera ha convencido con La voluntaria, después de todos los buenos augurios que ya se vislumbraban en la magnífica María (y los demás), y no solo eso, porque en su segundo trabajo aún profundiza en las dificultades de la bondad bien intencionada, en la complejidad de ayudar al otro, y sobre todo, en no dejarse llevar por una solidaridad que sirve como vehículo para curarse emocionalmente, olvidándose de las verdaderas necesidades del necesitado y aún más, en todo aquello que se les da y en muchos casos, no es lo que más le ayuda o le sirve dada su precaria situación, tanto física como emocionalmente. La película plantea muchos reflexiones, dudas y pensamientos que continúan rondando en nuestra cabeza muchos días después de haber visto el relato que nos muestran, y eso es el mejor halago que se le puede decir a una película como La voluntaria, porque en estos tiempos de avasallamiento en las carteleras, es una enorme alegría que algunas de esas historias se queden en nuestra memoria, y no solo eso, que nos cuestionan tantas cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Jonás Trueba e Itsaso Arana

Entrevista a Jonás Trueba y Itsaso Arana, director y actriz de la película «La virgen de agosto», en el Soho House en Barcelona, el miércoles 3 de julio de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Itsaso Arana, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

La virgen de agosto, de Jonás Trueba

CUENTO DE VERANO.

“Hacerse una persona de verdad… ¿Cómo se llega a ser quién uno es realmente…?”

El universo cinematográfico de Jonás Trueba (Madrid, 1981) está plagado de jóvenes a la deriva, enfrascados en conflictos existencialistas, vidas en el limbo, perdidos en continuo conflicto emocional, sin encontrar su espacio o un lugar donde quedarse o donde sentirse bien, individuos que deambulan de un sitio a otro casi por necesidad no por un deseo personal, personas con dificultades laborales y sentimentales, llenas de dudas, de miedos, llenas de todo y de nada a la vez, náufragos sin isla desierta, perdidos en un no lugar y cerrado a la vez, con pocas o nulas perspectivas de futuro, personajes muy reconocibles que podíamos encontrar en nuestros amigos y en nosotros mismos, almas en permanente búsqueda de sí mismos, en medio de la nada, reflejos de estos tiempos actuales tan confusos e impredecibles al igual que sus vidas. Si hacemos un recorrido memorístico por las cuatro películas anteriores del cineasta madrileño, los relatos están apoyados principalmente en los personajes masculinos, dejando la mirada femenina en un segundo plano. Aunque eso sí, los personajes femeninos que abundan en su cine son complejos, llenos de matices y dubitativos, las mismas sensaciones que padecen los masculinos.

Con su anterior película La reconquista (2016) el reencuentro en la juventud de unos antiguos novios de la adolescencia, las tornas se equiparaban, dándole el mismo protagonismo tanto a unos como otros, conociendo los diferentes puntos de vista de la relación pasada y el citado reencuentro. Como si de un espejo deformador se tratase, cualidad que define mucho el cine de Jonás Trueba, en una suerte de compendio íntimo y especial donde sus películas dialogan constantemente unas con otras, creando una especie de infinita sala de espejos en las que se van reflejando, creando pequeños vínculos que continuamente se van abriendo y cerrando. Después de Quién lo impide, su proyecto en marcha asentado en el universo de la adolescencia, volvemos a reencontrarnos con su cine en el personaje de Manuela de La reconquista, o alguien muy parecida a aquella sería Eva, interpretada por la misma actriz Itsaso Arana, también en labores de coguionista junto a Jonás en La virgen de agosto, convertida en el hilo argumental del que tira el director para contarnos un cuento de verano en la ciudad, una fábula-diario de los primeros quince días de agosto, donde la citada Eva (no es casualidad el nombre, ya que tiene resonancias bíblicas) hospedándose en un piso prestado, vivirá los días y las noches vagando por la ciudad de Madrid, (re) encontrándose con personajes del pasado, del presente y quizás de ese futuro que desconocemos en ese momento, algo así como le ocurría al protagonista de Canción de Navidad, de Dickens, donde conversarán, filosofaran y reflexionarán sobre los tiempos actuales, sus deseos, ilusiones, frustraciones, y demás sentimientos.

Eva se reencontrará con amigas que hace mucho que no ve que han sido madres, amigos que van de aquí para allá agobiados de estar en la ciudad en agosto y apáticos con su trabajo, con artistas inquietas que le fascinan, con madrileños inmigrantes nietos de brigadistas que visitan la ciudad con amigos ingleses, nuevas amigas que le ayudarán a sentirse mejor durante la menstruación con la que hablarán de feminismo, o un día de pantano donde dialogar y dejarse llevar, algún que otro reencuentro inesperado en la puerta de un cine, o ese chico extraño que parece diferente a los demás o no, eso sí, (des) encuentros mientras las verbenas de los diferentes barrios se suceden, tiempo para pensar, para conocer, experimentar, soñar, tomar copas o simplemente bailar al ritmo de canciones de Soleá Morente, melodías que interpelan directamente a la situación emocional de Eva, una mujer que mira la ciudad desde la distancia, como si no fuera con ella, una ciudad que Jonás Trueba retrata desde el bullicio y las gentes que como Eva se quedan en la ciudad por diversos motivos, con ese tono entre la ficción y el documento en la que el sonido de Amanda Villavieja (habitual de Isaki Lacuesta o José Luis Guerín)  se convierte en un personaje más, convirtiendo ese entorno en un espejo más que transforman las imágenes de la película.

El cineasta madrileño se rodea de sus cómplices habituales, Santiago Racaj en la cinematografía, con esa luz especial y cálida que baña a la figura de Eva, con ese instante tan profundo durante el baño en el río, o ese otro momento con las lágrimas de San Lorenzo, que retrata la magia de lo cotidiano, ese mirar detenido donde todo puede suceder, donde lo más mínimo adquiere connotaciones espirituales, donde la luz del día como de la noche se tornan únicas, delicadas e íntimas, como si asistiéramos a una fantasía cercana y lejana a la vez, como si no fuese con el personaje de Eva, Marta Velasco en el montaje o Miguel Ángel Rebollo en el Arte, y sus intérpretes habituales que le acompañan en cada viaje-película como la mencionada Itsaso Arana, Vito Sanz, Mike Urroz, Isabelle Stoffel, las breves apariciones de Francesco Carril y del cineasta Sigfrid Monleón, criaturas todas ellas que nos cuentan, nos seducen, también nos interpelan, y sobre todo, nos muestran formas y puntos de vista diferentes.

Jonás Trueba vuelve a mirar a sus maestros y referentes, ya sean literarios como la cita que abre la película: “Cada cual quiere ser cada una; no vaya a ser menos”, obra de Agustín García Calvo, perteneciente al himno de Madrid, o la mención en el bellísimo prólogo del libro de Stanley Cavell sobre la comedia de enredo sentimental en Hollywood en torno a la búsqueda de la felicidad, o citas cinematográficas como la idea de Renoir de la vida como celebración festiva entre amigos, o las dudas existenciales que tanto padecen los personajes de las películas de Rohmer, en la que Delphine, la protagonista de El rayo verde, sería una especia de antítesis de Eva, ya que aquella buscaba acompañante para las vacaciones, y Eva desea quedarse y conocerse en la ciudad,  y Hong Sang-soo, o las miradas a la ciudad de Madrid desde Fernán-Gómez o Patino, donde la ciudad se convierte en el reflejo idóneo de ese estado vital, donde todo parece raro y extraño a la vez.

Unos días de agosto en los cuales Eva se encuentra una ciudad que nace y muere a cada paso, emocionalmente hablando, donde los paseos diurnos o nocturnos adquieren connotaciones místicas, en los que se producen encuentros, desencuentros o reencuentros esperados, inesperados, agradecidos, frustrantes o simplemente, sorpresivos, en que Eva, la protagonista de la película, un actriz que ya no se reconoce en esos espejos vitales, que ni sabe lo que quiere ni se encuentra, que no sabe que hace ni adónde va, alguien que se debate entre los conflictos interiores que tiene, en ese tiempo de transición, en esos 15 días que parece que todo puede suceder, tanto lo bueno como lo menos bueno, donde quizás encuentre un camino diferente al transitado, al que la ha llevado a ese estado, y se tropezará con algo o alguien que la enganche a su vida y a sus sentimientos, quizás no sea definitivo pero al menos será un comienzo, un camino diferente por el que comenzar a caminar, un comienzo de algo que no sabemos a qué lugar la llevará. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La reconquista, de Jonás Trueba

EL TIEMPO EN EL AMOR.

“Pongo mi corazón en el futuro. Y espero, nada más”

Juan Antonio González Iglesias

(del poema “Confiado”)

La película se abre con el rostro de Manuela (la mirada mágica que nos enamora de Itsaso Arana, la protagonista que descubrimos en Las altas presiones) que, a continuación, la vemos esperando, llega una moto de la que se baja Olmo (Francesco Carril, alter ego de Trueba, y protagonista de tres de sus films), y sube unas escaleras hasta su encuentro, los dos jóvenes se miran, sonríen y se abrazan. Manuela y Olmo fueron pareja a los 15 años y 15 años después, vuelven a reencontrarse. El cuarto trabajo como director de Jonás Trueba (Madrid, 1981) es una película que nos habla sobre el paso del tiempo, sobre lo que fuimos, y lo que somos, sobre las ilusiones que tuvimos siendo adolescentes, y cómo todo aquello ha ido cambiando según hemos ido creciendo, sobre un tiempo añorado, perdido, un tiempo de inocencia, en el que soñábamos con un futuro positivo y lleno de esperanza, y el tiempo de ahora, un tiempo de incertidumbre, de futuro incierto, de incomodidad, y de pasos a ciegas.

Trueba nos cuenta el relato en dos tiempos, primero, se centra en el presente, en el aquí y ahora, en el reencuentro de los dos amantes, ahora con 30 años, y los captura con suma delicadeza y belleza, durante una noche interminable, una jornada en la que dialogaran, se miraran, se abrazaran y también, recordaran aquel tiempo que soñaban con ser otros, aquel tiempo que se amaban, aquellos años de primera juventud, mientras toman cerveza, acuden a un concierto del padre de ella, en el que escuchamos las canciones de Rafael Berrio, tres canciones que definen la relación de los que fueron amantes ahora reencontrados, y sobre todo, una de ellas, Somos siempre principiantes, que se convertirá en el verdadero leit motiv del conjunto, y que volveremos a escuchar en un par de distintas fases de la película (en una de ellas cuando son adolescentes en un equipo de música de la época) también, habrá espacio para tomar algo en un bar rodeados de gente, para ir a bailar swing en una secuencia de auténtica locura en la que el sonido inunda todos los planos, momentos para mirar un cuadro en el que observamos una barca con un globo rojo en mitad de una tempestad, quizás una imagen que describe con elegancia el momento emocional por el que atraviesan Manuela y Olmo, ella, a caballo entre Madrid y Argentina, y que utiliza las noches para acostarse con un amante distinto cada vez, y él, acabado de mudarse con su novia a la que parece querer, a un piso lleno de cajas y trastos.

 
<p><a href=»https://vimeo.com/181459867″>La reconquista – Tr&aacute;iler Invierno</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Trueba filma a sus criaturas en movimiento, tanto físico como emocional, por las calles y cafés en el invierno de Madrid, con esa luz colorista, envolvente y reposada –muy del estilo de los cineastas de la Escuela de Lodz, sobre todo, en la secuencia del concierto en el interior del bar- de Santiago Racaj (cómplice que ha estado en sus cuatro films) capturando todos esos momentos de esa posible reconquista – a la que alude el título – en el que las cosas, por mucho que deseemos nunca son como las imaginamos, ahora ya no son como eran, porque ellos ya no son los mismos, lo que imaginaron, el tiempo los convirtió en otras personas, el recuerdo del primer amor continúa vivo, quizás no se acabe nunca, latente en sus almas, aunque las sensaciones frente al otro, no son como esperaban, han sufrido variaciones, sienten de otra manera, más llenas de misterio y ambigüedad. Trueba, a la mañana siguiente, deja a Manuel y Olmo, el reencuentro, el amor a los 30 años, (en la que asistimos al viaje de vuelta de Olmo, cogido desde atrás, – secuencia que nos lleva a Moretti y su viaje en vespa – mientras volvemos a escuchar las notas de Berrio, en la que Olmo vuelve a su realidad gris) y se adentra, con una preciosa transición, con ese árbol mecido por el viento, como si el viento nos pudiese trasladar a aquellos años de juventud que recordamos con tanto cariño, a finales de los 90, durante el verano, tiempo en el que asistimos al amor a los 15 años (tiempo con el que ya coqueteó Trueba en Más pena que gloria, en calidad de coguionista) cuando Manuela y Olmo se enamoraron (estupendos los debutantes Candela Recio y Pablo Hoyos, componiendo con detalles y gestos sus personajes) entre paseos, notas en medio de las clases, llamadas furtivas escondiéndose de los padres, besos y abrazos a la orilla del río (que nos recuerdan a Una historia de amor, de Roy Andersson o Mes petites amoureuses, de Eustache, dos bellísimos retratos, vivos y amargos, de los amores entre adolescentes).

Trueba filma la luz que los acoge de forma cálida y transparente, no hay nubes negras entre ellos, se quieren y se reconocen en el otro, se cuidan y se hablan entre susurros, se aman y se acarician, mientras se miran a los ojos. Aunque no todo sigue el curso esperado, el primer amor también es la primera herida, en la que Manuela siente que todo ha ocurrido demasiado pronto, que el amor ha llamado a sus vidas con urgencia, y que todo eso les hará perderse muchas cosas. Trueba ha construido una película sobre la conciencia del tiempo, sobre nuestros anhelos e ilusiones frustrados, sobre el fracaso del amor, sobre cómo queremos a los demás, y cómo nos quieren a nosotros, envolviendo a sus personajes en palabras, gestos, melodías, sonidos, colores miradas, y sobre todo miradas. El realizador madrileño deambula junto a sus criaturas, mirándolas con honestidad, inquietud y desasosiego, sin caer en sentimentalistamos, en los que hay muchos espacios difíciles de descubrir del alma humana, explorando y haciendose preguntas y reflexiones sobre el tiempo y el amor, recogiendo el testigo de autores como Truffaut, Garrel, Rivette, Linklater o Hong Sang-Soo… cineastas que han mirado el amor y sus devaneos sentimentales de manera adulta y seria, construyendo sólidos retratos de la fragilidad de nuestras emociones acosadas por el implacable paso del tiempo.

Trueba está construyendo una filmografía magnífica y coherente, que describe a una generación muy perdida en sus existencias, llena de incertidumbre, que se mueve en el alambre constantemente,  estructurada a través de dibujos sentimentales insatisfechos, oscuros y llenos de dudas, protagonizados por personas de su misma edad, desde Todas las canciones hablan sobre mí (2010), piedra angular de Los ilusos (en la que se encontraban sus habituales colaboradores, el ya mencionado Racaj, la editora Marta Velasco, el arte de Miguel Ángel Rebollo, y Javier Lafuente, en labores de producción) en la que se adentraba en el terreno del desamor, dejó paso a Los ilusos (2013), filmada en blanco y negro, que hablaba del cine dentro del cine, en el que asistíamos a los primeros instantes de una relación amorosa, (que podrían tratarse de los Olmo y su pareja), y Los exiliados románticos (2015), en la que un viaje de tres amigos servía para capturar el amor más pasional alejado de la realidad. La reconquista es un viaje emocional hermosísimo, filmado con una delicadeza que asombra, reposada y acogedora en su discurso, y ensencialmente, una magnífica exploración sobre la naturaleza humana, el amor y el tiempo que nos devora.


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