Entrevista a Jonás Trueba, director de la película «Los ilusos 13+13», en la sala 3 de los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 3 de junio de 2026.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo, sabiduría y generosidad, y a Anabel Mateo de Relabel Comunicación, por su tiempo, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine”… haciendo cine para que otros sean felices, viéndolo”
El director de cine interpretado por François Truffaut en La noche americana (1973)
Las primeras veces suelen ser especiales, cuando son especiales, tienen algo de mágico, de ilusión, de imaginar que estás experimentando con algo desconocido, hasta ese día, y ahora, se torna tangible, algo real, o si lo quieren, algo más cercano, más íntimo, más tuyo, como si desde instante la cosa fuese tuya, como una posesión muy preciada. El tiempo, siempre el tiempo, decidirá si fue así o no. algo parecido me sucedió en el Festival D’A de Barcelona de hace 13 años cuando se estrenó Los ilusos, la segunda película, o película cero como dice el propio director Jonás Trueba (Madrid, 1981). Las imágenes en blanco y negro pintaban a unos amigos haciendo cine, haciendo cine cuando no se hace cine. Una película-esbozo, llena de apuntes para futuras películas, recorriendo unos lugares solos o acompañados, viviendo la vida filmada por el cine o el cine filmado por la vida.
Ahora, 13 años después, la película vuelve a los cines con otra cara, la más significativa es su peculiar uso del blanco y negro que convive con el color de forma aleatoria e instintiva, el formato 16 mm ahora más depurado y elegante, y el sonido, más limpio y preciso. Esta no ha sido mi segunda vez, a finales de febrero de 2014 la volví a ver en la Filmoteca de Cataluña para entrevistar a Jonás por primera vez. Han pasado 13 años y siete entrevistas más, contando la del pasado miércoles. Reconozco que he crecido junto a Los ilusos, y las deficiencias de entonces pasaron inadvertidas por el que suscribe, porque la primera vez su historia quedó en mi, me convertí en una especie de explorador de sus imágenes, de sus detalles, de sus (des) encuentros y de toda la gente que aparecía por sus espacios, donde vemos librerías, cines, calles vacías y nocturnas, encuentros de amigos con luz, sin luz, en barras de bares, al anochecer, al amanecer, y a cualquier hora por un Madrid diurno y noctámbulo, muy alejado de la postal y de los lugares comunes. Charlas interminables sobre la vida, la muerte, sobre los genios o enamorados, sobre todo y nada, y sobre todo, el cine, el cine como espejismo, como eje vital y como un todo o una nada inmensa. La vida como reflejo de algo o de nada, y el cine, siempre presente, a través de una cámara, con amigos y con ese deseo complejo y neurótico de filmar y hacer cine o simplemente vivir en el cine, imaginándolo, pensándolo, sintiéndolo y amándolo y odiándolo o que sé yo.
En aquel rodaje estaban el mencionado Jonás, acompañado del equipo técnico: Javier Lafuente, Santiago Racaj, Marta Velasco, Miguel Ángel Rebollo, Laura Pernau, Víctor Puertas y Eduardo G. Castro, y los intérpretes Francesco Carril, Vito Sanz, Isabelle Stoffel, Aura Garrido, Mikele Urroz y Luis Miguel Madrid, el entrañable y metemano Perucho, fallecido, al que está dedicada 13+13, y muchos más. Una comunidad de amigos de entonces y de ahora, a otros que se han sumado como Itsaso Arana, Irene Escolar y demás, que película tras película se han convertido en la troupe ilusoria, o lo que es lo mismo, un grupo de amigos que hace cine, y mientras, entre tiempos y memorias, piensan el cine, lo sienten y demás. La película tiene unos cuantos episodios, y dos partes, con la memorable actuación de “Cabalgar”, interpretada por El Hijo, como ruptura entre las dos mitades. En la primera la cosa de un rodaje sobre una película, una especie de “La nuit américaine”, donde vemos sus dos mitades, lo que se rueda y quién rueda, mostrando “la cuarta pared del cine”. En la segunda, la cosa sigue, al impertérrito León y su proceso de pensar en una película mientras conoce a Sofía y quedan, hablan, comen y follan, y se relaciona con sus amigos como Bruno, donde la película se torna más cómica o al menos así lo parece, porque en la película conviven diferentes géneros y texturas, mezcladas y por libre.
Trece años después volver a ver Los ilusos es cómo reencontrarse con un viejo amigo o un viejo amor, el cual sigue, no igual, sino diferente, pero con la misma esencia, como si el tiempo se hubiera detenido, para las películas sí que se detiene, o quizás no, porque los espectadores cambiamos y las películas, lo que cuentan y cómo se transmite también, y ya no la vemos igual, o si, porque entre todas las cosas misteriosas que hay alrededor del cine, en el hecho de ver una película y la misma película a través de los años, y siempre nos recorre la misma sensación, como si la película cumpliera años como nosotros, porque la vemos diferente, es esa ilusión con la que nos relacionamos con el cine. En todo caso, Los ilusos es una película sin tiempo, viva, soñadora y capital para una forma de hacer cine cuando no se hace cine, una contradicción que define tanto la película como la materia cinematográfica del propio cine, en ese eterno dilema del cine soñado y del cine que queda, porque la película es una cosa y también, es todas las películas soñadas, las que no se van hacer pero también impregnan cada fotograma, cada encuadre, cada pensamiento y cada sonrisa.
Los espectadores de hace trece años tienen una cita ineludible estos días con Los ilusos para volver a verla, o quizás ya la han visto en este intervalo, pero no cómo “los ilusos” la han vestido, igual pero de otra manera, donde conviven los colores y los blancos y negros, los sonidos, los encuadres, y las diferentes películas que genera la propia película, con sus personajes y personas, con su rodaje y la película, con esos momentos que son inolvidables, como los de Vito con su no relación con Javier Rebollo, el peculiar Perucho y su amor por las películas de VHS, y todos los momentos en bares, comiendo, riendo, intentando pagar o no, y demás maravillosas escenas de una película-rodaje o quizás, un trozo de cine de un grupo de amigos que hacen cine o al menos, sueñan con el cine mientras van filmando y filmándose. No me olvido de los espectadores que van a ver por primera vez la película y descubrir, palabra ilusoria por antonomasia, y también, van a soñar en el cine, en hacer cine, en futuras películas, futuras tramas, en instantes futuros, y sobre todo, van a seguir confiando en el cine como refugio, como sueño, como alternativa, como revolución y como no, el cine como herramienta para mirar la vida y las vidas, las de de los demás y las nuestras. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Jonás Trueba e Irene Escolar, director y actriz de la película «Tenéis que venir a verla», en los Cinemes Girona en Barcelona, el miércoles 22 de junio de 2022.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba e Irene Escolar, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Relabel Comunicación y a Diana Santamaría de Atalante Cinema, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
UN DÍA DE VERANO DESPUÉS DE UNA BREVE NOCHE DE INVIERNO.
“En estos tiempos en los que todo el mundo ansía tener éxito y vender, yo quiero brindar por aquellos que sacrifican el éxito social por la búsqueda de lo invisible, de lo personal, cosas que no reportan dinero, ni pan, y que tampoco te hacen entrar en la historia contemporánea, en la historia del arte o en cualquier otra historia. Yo apuesto por el arte que hacemos los unos para los otros, como amigos”
Jonas Mekas, Manifiesto contra el centenario del cine, 1996
Nunca sabremos dilucidar que partes pertenecen a la vida y qué otras al cine. Quizás la cuestión no va encaminada por ahí, sino que debería darnos igual, porque en el fondo son dos elementos a la par. Es decir: la vida y el cine forman parte de un todo, de una forma de vivir y acercarse a la vida, de mirarla, con sus pequeños detalles cotidianos, invisibles y ocultos, pero que son la verdadera esencia de las cosas. Detenerse a mirar y mirarse y a partir de ahí, construir una película que es un reflejo propio y ajeno de la vida, representarla ante una cámara y registrarla para que otros, los espectadores sean participes de ese trozo de vida, de ese trozo de cine.
El cine de Jonás Trueba (Madrid, 1981), está, como no podría ser de otra manera, íntimamente relacionado con su vida, porque el director madrileño filma su entorno, a sus amigos, donde escuchamos la música que escucha, y leemos los libros que le interesan, donde todo su mundo vital adquiere una transformación cinematográfica. Una vida que mira al cine y se refleja en él. Con Los ilusos (2013), su segunda película, empezó una forma íntima de ser, hacer y compartir el cine. Relatos sobre sus amigos y él, sobre todo aquello que los rodeaba y en especial, la circunstancia obligada, porque la película nacía de una necesidad de devolver al cine su esencia, sus orígenes, en una película que hablaba sobre lo que hace la gente que hace cine cuando no hace cine, toda una declaración no solamente sobre el cine, sino sobre cómo hacer cine. A aquella, que dio nombre a la productora, le siguieron Los exiliados románticos (2015), La reconquista (2016), La virgen de agosto (2019) y Quién lo impide (2021), todas ellas películas que hablan de amistad, de amor, de tiempo, de hacerse mayor, de frustraciones, de (des) ilusiones, de vida y también, de cine.
La pandemia ha afectado a sus dos últimas películas, como no podía ser de otra manera. En Quién lo impide, se iniciaba y finalizaba con una conversación de zoom entre Jonás y sus “adolescentes”, un monumental fresco cotidiano de casi cuatro horas donde se filmaba a un grupo de adolescentes y sobre todo, se les escuchaba. Nuevamente la pandemia ha transformado su nuevo trabajo, Tenéis que ir a verla, todo un no manifiesto ya desde su esclarecedor título. Por un lado, tenemos un aparte central de la trama, porque una de las parejas lanza la frase a la otra pareja amiga en referencia a su nueva casa de fuera de Madrid, a media hora en tren desde Atocha. Y por otro lado, un título que remite al hecho del cine, de ir al cine en las salas de cine, en el que la película en cuestión y el cine de Jonás en general, siempre aboga, y no solo en el hecho de ir a un cine, sino de compartir el cine y disfrutar de ese pequeño gesto que, debido a la pandemia ha provocado que muchos espectadores no vuelvan al cine. Jonás vuelve a contar con sus “Ilusos” habituales, Lafuente en producción, Racaj en cinematografía, Velasco en la edición, M. A. Rebollo en arte, Silva Wuth y Castro en sonido, Renau en gráfica, y sus “ilusos” intérpretes: Itsaso Arana, Francesco Carril y Vito Sanz, y la gran incorporación de Irene Escolar.
¿Qué nos cuenta la última película de Jonás Trueba?.. La trama es muy sencilla, de un tono ligero y cercanísimo, como suele pasar en el cine del director. Empieza en un café de Madrid una noche invierno mientras dos parejas amigas escuchan al genial pianista Chano Domínguez. Escuchamos dos canciones. Luego, escuchamos a las dos parejas. Una, la que vive en una casa fuera de Madrid, le pide a la otra, que vive en un barrio de Madrid, que vayan a visitarles. Seis meses después, vemos a la pareja en un tren camino a visitar la casa de los de fuera de Madrid. Esta vez los personajes de Jonás no van al cine, pero el cine siempre está presente, como esa secuencia en el tren, o ese encuadre cuando llegan a la casa, pero sí que hay esos momentos musicales, como el inicio con música en directo, que remite indudablemente a las canciones del desparecido músico Rafael Berrio, y otras canciones como “Let’s move to the Country”, de Bill Callahan, remitiendo a dejar la ciudad y vivir en el campo. También, hay libros, en este caso, el de “Has de cambiar de vida”, de Peter Slotendijk, del que nos leerán algunos fragmentos, todo un ensayo profundo y analítico sobre las ideologías en este tiempo actual, y la forma de hacer una sociedad más justa, solidaria y equitativa, entre otra muchas cosas.
El día de verano, donde se concentra casi toda la acción, o en el caso del cine de Jonás, podríamos decir el día en que se concentra todo el encuentro o el reencuentro, o quizás, el desencuentro, porque ese día, aparentemente construido con una sorprendente ligereza, hay toda una estructura férrea y profundísima de cuatro amigos, o lo que queda de su amistad, que hablan, también escuchan, de los temas que les atañen como vivir en la ciudad o en el campo, sobre ideologías y lo que queda de ellas, sobre embarazos o no, sobre ellos o lo que queda de ellos, sobre todas esas ilusiones de juventud, de todo lo que la pandemia ha despertado o enterrado, porque sigue tan presente en la película con las mascarillas todavía haciendo acto de presencia. Los cuatro amigos visitan la casa, comen, juegan al ping-pong, y pasean por el bosque, como explica la canción, que quizás no sea volver al campo a vivir o quizás sí, pero también es volver a ser o al menos, parecerse a lo que éramos antes y mejor, aunque esa sea la mayor de las ilusiones.
Tenéis que venir a verla es una película de metraje breve, apenas una hora, suficiente para filmar de forma ligera, transparente e íntima a las cuatro vidas que retrata la película, y hacerlo de una forma tan auténtica, como si pudiéramos tocar la película, olerla y sentirla, despojando al cine de su artificio y dejándolo libre y sin ataduras, como hacían los Rohmer, Tanner, Eustache, las primeras obras de Colomo y Fernando Trueba, Weerasethakul, Miguel Gomes y su reciente Diarios de Ostoga, también parida en pandemia, con muchos trazos, texturas y elementos próximos a la de Jonás, porque como abríamos este texto, el cine y al vida no tienen diferencias, sino todo lo contrario, el cineasta vive y filma, o dicho de otra manera, la vida provoca que se haga cine, un cine de verdad, que hable de nosotros, como hace Jonás, no solo un cineasta genial, sino un excelente cronista vital y sentimental de la gente de su edad, de su entorno y de todas las ilusiones que esperemos que la pandemia no haya acaba por eliminar, porque Tenéis que venir a verla, aboga a volver al cine, los que todavía no lo han hecho, y no solo es una película sobre cuatro personas, sino también, un acto de resistencia, de lucha, de política, de volver al cine, y volver a hacer cine natural, sobre nosotros, sobre todo aquello que sentimos y tan maravilloso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Francesco Carril, actor de «La reconquista», de Jonás Trueba. El encuentro tuvo lugar el miércoles 28 de septiembre de 2016 en el vestíbulo de los Cines Verdi de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Francesco Carril, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su paciencia, amabilidad, y cariño, que además, tuvieron el detalle de tomar la fotografía que encabeza la publicación.
“Pongo mi corazón en el futuro. Y espero, nada más”
Juan Antonio González Iglesias
(del poema “Confiado”)
La película se abre con el rostro de Manuela (la mirada mágica que nos enamora de Itsaso Arana, la protagonista que descubrimos en Las altas presiones) que, a continuación, la vemos esperando, llega una moto de la que se baja Olmo (Francesco Carril, alter ego de Trueba, y protagonista de tres de sus films), y sube unas escaleras hasta su encuentro, los dos jóvenes se miran, sonríen y se abrazan. Manuela y Olmo fueron pareja a los 15 años y 15 años después, vuelven a reencontrarse. El cuarto trabajo como director de Jonás Trueba (Madrid, 1981) es una película que nos habla sobre el paso del tiempo, sobre lo que fuimos, y lo que somos, sobre las ilusiones que tuvimos siendo adolescentes, y cómo todo aquello ha ido cambiando según hemos ido creciendo, sobre un tiempo añorado, perdido, un tiempo de inocencia, en el que soñábamos con un futuro positivo y lleno de esperanza, y el tiempo de ahora, un tiempo de incertidumbre, de futuro incierto, de incomodidad, y de pasos a ciegas.
Trueba nos cuenta el relato en dos tiempos, primero, se centra en el presente, en el aquí y ahora, en el reencuentro de los dos amantes, ahora con 30 años, y los captura con suma delicadeza y belleza, durante una noche interminable, una jornada en la que dialogaran, se miraran, se abrazaran y también, recordaran aquel tiempo que soñaban con ser otros, aquel tiempo que se amaban, aquellos años de primera juventud, mientras toman cerveza, acuden a un concierto del padre de ella, en el que escuchamos las canciones de Rafael Berrio, tres canciones que definen la relación de los que fueron amantes ahora reencontrados, y sobre todo, una de ellas, Somos siempre principiantes, que se convertirá en el verdadero leit motiv del conjunto, y que volveremos a escuchar en un par de distintas fases de la película (en una de ellas cuando son adolescentes en un equipo de música de la época) también, habrá espacio para tomar algo en un bar rodeados de gente, para ir a bailar swing en una secuencia de auténtica locura en la que el sonido inunda todos los planos, momentos para mirar un cuadro en el que observamos una barca con un globo rojo en mitad de una tempestad, quizás una imagen que describe con elegancia el momento emocional por el que atraviesan Manuela y Olmo, ella, a caballo entre Madrid y Argentina, y que utiliza las noches para acostarse con un amante distinto cada vez, y él, acabado de mudarse con su novia a la que parece querer, a un piso lleno de cajas y trastos.
<p><a href=»https://vimeo.com/181459867″>La reconquista – Tráiler Invierno</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>
Trueba filma a sus criaturas en movimiento, tanto físico como emocional, por las calles y cafés en el invierno de Madrid, con esa luz colorista, envolvente y reposada –muy del estilo de los cineastas de la Escuela de Lodz, sobre todo, en la secuencia del concierto en el interior del bar- de Santiago Racaj (cómplice que ha estado en sus cuatro films) capturando todos esos momentos de esa posible reconquista – a la que alude el título – en el que las cosas, por mucho que deseemos nunca son como las imaginamos, ahora ya no son como eran, porque ellos ya no son los mismos, lo que imaginaron, el tiempo los convirtió en otras personas, el recuerdo del primer amor continúa vivo, quizás no se acabe nunca, latente en sus almas, aunque las sensaciones frente al otro, no son como esperaban, han sufrido variaciones, sienten de otra manera, más llenas de misterio y ambigüedad. Trueba, a la mañana siguiente, deja a Manuel y Olmo, el reencuentro, el amor a los 30 años, (en la que asistimos al viaje de vuelta de Olmo, cogido desde atrás, – secuencia que nos lleva a Moretti y su viaje en vespa – mientras volvemos a escuchar las notas de Berrio, en la que Olmo vuelve a su realidad gris) y se adentra, con una preciosa transición, con ese árbol mecido por el viento, como si el viento nos pudiese trasladar a aquellos años de juventud que recordamos con tanto cariño, a finales de los 90, durante el verano, tiempo en el que asistimos al amor a los 15 años (tiempo con el que ya coqueteó Trueba en Más pena que gloria, en calidad de coguionista) cuando Manuela y Olmo se enamoraron (estupendos los debutantes Candela Recio y Pablo Hoyos, componiendo con detalles y gestos sus personajes) entre paseos, notas en medio de las clases, llamadas furtivas escondiéndose de los padres, besos y abrazos a la orilla del río (que nos recuerdan a Una historia de amor, de Roy Andersson o Mes petites amoureuses, de Eustache, dos bellísimos retratos, vivos y amargos, de los amores entre adolescentes).
Trueba filma la luz que los acoge de forma cálida y transparente, no hay nubes negras entre ellos, se quieren y se reconocen en el otro, se cuidan y se hablan entre susurros, se aman y se acarician, mientras se miran a los ojos. Aunque no todo sigue el curso esperado, el primer amor también es la primera herida, en la que Manuela siente que todo ha ocurrido demasiado pronto, que el amor ha llamado a sus vidas con urgencia, y que todo eso les hará perderse muchas cosas. Trueba ha construido una película sobre la conciencia del tiempo, sobre nuestros anhelos e ilusiones frustrados, sobre el fracaso del amor, sobre cómo queremos a los demás, y cómo nos quieren a nosotros, envolviendo a sus personajes en palabras, gestos, melodías, sonidos, colores miradas, y sobre todo miradas. El realizador madrileño deambula junto a sus criaturas, mirándolas con honestidad, inquietud y desasosiego, sin caer en sentimentalistamos, en los que hay muchos espacios difíciles de descubrir del alma humana, explorando y haciendose preguntas y reflexiones sobre el tiempo y el amor, recogiendo el testigo de autores como Truffaut, Garrel, Rivette, Linklater o Hong Sang-Soo… cineastas que han mirado el amor y sus devaneos sentimentales de manera adulta y seria, construyendo sólidos retratos de la fragilidad de nuestras emociones acosadas por el implacable paso del tiempo.
Trueba está construyendo una filmografía magnífica y coherente, que describe a una generación muy perdida en sus existencias, llena de incertidumbre, que se mueve en el alambre constantemente, estructurada a través de dibujos sentimentales insatisfechos, oscuros y llenos de dudas, protagonizados por personas de su misma edad, desde Todas las canciones hablan sobre mí (2010), piedra angular de Los ilusos (en la que se encontraban sus habituales colaboradores, el ya mencionado Racaj, la editora Marta Velasco, el arte de Miguel Ángel Rebollo, y Javier Lafuente, en labores de producción) en la que se adentraba en el terreno del desamor, dejó paso a Los ilusos (2013), filmada en blanco y negro, que hablaba del cine dentro del cine, en el que asistíamos a los primeros instantes de una relación amorosa, (que podrían tratarse de los Olmo y su pareja), y Los exiliados románticos (2015), en la que un viaje de tres amigos servía para capturar el amor más pasional alejado de la realidad. La reconquista es un viaje emocional hermosísimo, filmado con una delicadeza que asombra, reposada y acogedora en su discurso, y ensencialmente, una magnífica exploración sobre la naturaleza humana, el amor y el tiempo que nos devora.
<p><a href=»https://vimeo.com/181459891″>La reconquista – Tráiler Verano</a> from <a href=»https://vimeo.com/cinebinariofilms»>CineBinario</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>