Charulata, la esposa solitaria, de Satyajit Ray

LA MUJER ENAMORADA.

“A finales de los años cincuenta y durante la década de los sesenta, la obra de Satyajit Ray evidenció tal contraste en relación a las películas que nos llegaban de la India, que parecía más bien alguien de una cultura extranjera, más próximo a la nouvelle vague francesa o a autores europeos como Bergman o Antonioni que a sus compatriotas. La grandeza de Ray estriba en esta capacidad de trascender, sin la menor pretensión, el marco bengalí para hablar a todos los espectadores de las debilidades humanas, de sus aspiraciones, locuras y obsesiones, de la misma manera que Chejov o Mizoguchi se dirigen a nosotros a través de la espesa niebla de una lengua extraña”.

Peter Cowie, crítico e historiador de cine

Como otros muchos amantes del cine, descubrí el cine de Satyajit Ray (Calcuta, India, 1921-1992), con la trilogía de Apu: Pather Panchali (1955), Aparajito (1956), y Apu Sansar (1959), primera, segunda y quinta película del cineasta indio. El enamoramiento fue instantáneo, una especie de fuerza arrolladora me hipnotizaba con unas imágenes de una belleza abrumadora, una música que no solo se mimetizaba con la atmósfera, sino que nos explicaba todo aquello que ocultaban sus personajes. Un microcosmos de verdad, de vida, de humanismo, con grandes influencias del neorrealismo italiano, esos niños de De Sica, la cotidianidad de las costumbres y formas de vida rurales de la India más escondida, y sobre todo, el nacimiento de una mirada que traspasaba la propia vida para hablarnos del alma, del mundo espiritual, y de las propias contradicciones de la existencia.

Luego, y siempre gracias a la Filmoteca de Cataluña, el lugar sagrado de todos los cinéfilos que vivimos cerca, llegaron a algunas otras, ya en pantalla grande, como El salón de música (1958), La gran ciudad  (1963) y Charulata (1964), obras que certificaban que aquellas primeras películas de Ray, no solo mostraban a un cineasta de los pequeños lugares y las pequeñas cosas que le ocurren a los seres humanos, sino que esas cosas podían tratarse desde la belleza, la poesía y el mundo interior. Hoy, Domingo, 2 de mayo de 2021, se cumplen 100 años del nacimiento de Ray, y la distribuidora A Contracorriente Films estrena, muy acertadamente, y con una copia excelente, que a sus casi sesenta años, parece recién salida del horno, por su calidad técnica, y todo lo que se avanza por y para la imagen de la mujer y su forma de mostrarlo, centrándose en el adulterio frente a la sociedad conservadora india, tan brutal, más allá de cualquier modernidad pasajera, evidenciando la mirada profunda de Ray. Charulata, la esposa solitaria, la onceava película que dirigía Ray, una película en la que volvía al mundo de Rabindranath Tagore (1861-1941), uno de los más grandes artistas bengalíes de la historia, al que ya había adaptado en Tres mujeres (1961), y dirigido un documental sobre su figura el mismo año, adaptando El nido roto, publicado en 1901.

Ray traslada la acción de la novela hasta el año 1879, y nos encierra en las cuatro paredes de un matrimonio sin hijos de clase media-alta, situándonos en la mirada de Charulata, en la que a través de ella conoceremos su mundo, un mundo de soledad y hastío, ya que su marido, Bhupati Dutt, un acaudalado editor está demasiado ensimismado en su trabajo y olvida frecuentemente a su mujer. La llegada de Amal, primo y antítesis del marido, y entusiasta escritor, lo cambiará todo, porque la esposa encontrará en el recién llegado, una gran distracción, en el que pasarán horas hablando de música, literatura, historia, espiritualidad, vida y demás. Ray compone una pieza de cámara, un film-cámara, con aroma brechtiano, al estilo de los de Bergman, en la que todo el relato acontece en las paredes de la casa, donde la cámara encuadra de manera magistral a los personajes, y su relación con los objetos, y la música que escuchamos, compuesta por el propio Ray, que como ocurre en sus películas, siempre va más allá del mero acompañamiento, y profundiza en el interior de los personajes, donde teje un gran contraste entre lo exterior e interior, entre aquello que dicen y su forma de actuar, y sus verdaderos sentimientos que anidan en su interior. La literatura, centro de todo, vuelve a ser omnipresente en el universo de Ray, como lo fue en la trilogía de Apu.

En Charulata añade, como sucedía en La gran ciudad, una figura femenina de gran personalidad y libertad interior, que no quiere estar sometida a la voluntad masculina, que valora el arte y tiene aspiraciones literarias, que además, se le da mejor que a los hombres. El uso del zoom añade un elemento distorsionador a los largos planos secuencias, donde el diálogo se apodera del relato, y las miradas de los personajes evidencian ese mundo cerrado, aburrido y falto de vida y alegría, un mundo lleno de comodidades, pero al que le falta setnir, compartir, calor humano, y sobre todo, amor. Ray construye unos personajes complejos, unos personajes humanos, que sienten, sufren, se apasionan y pierden el tiempo con distracciones que les alejan de su realidad, y de sus sentimientos, unas emociones soterradas que los espectadores conocemos, pero como suele ocurrir en el cine de Ray, los hombres no logran interpretarlas, demasiado ensimismados en sí mismos y en su tarea, hombres apasionados por la vida, el compromiso político, que suele ser siempre teórico, por la historia, por su arte y su coraje, más atentos al gran suceso de la política y a la sociedad, a lo de fuera que a los detalles cotidianos que ocurren en su casa y sobre todo, a su mujer.

Ray nos habla de su país, a través de lo doméstico, convirtiéndolo en universal, de la vida, de su efimeridad, de sus contradicciones, de sus alegrías, de sus pequeños instantes, de sus detalles, de la apesadumbre de vivir y del plomo de la cotidianidad y las costumbres y tradiciones que siempre van en contra del amor y la felicidad, y unos personajes que sienten en grande, pero viven reducidos a unas existencias sin más. Si la música, la planificación formal, y el relato son elementos característicos de la filmografía de Ray, las interpretaciones de sus criaturas son hermosísimas, centradas en todo aquello que no se ve, que se esconde, basada en sus miradas profundas, unas formas de mirar que traspasan, que encogen el alma, y sobre todo, que explican sutilmente, sin estridencias, sus mundos interiores. Madhabi Mukjerhi, la impresionante actriz que se mimetiza con la desdichada Charulata, segunda película con Ray después de La gran ciudad –haría una tercera, El cobarde (1965), – en la que deja de ser la madre coraje que luchaba por sacar adelante a su familia, para encerrarse en el matrimonio-cárcel, en una vida no vida, en la que los espejos y los objetos, formulan unos sentimientos que estallan de amor al llegar Amal, esa especie de invitado a lo Teorema, de Pasolini, que no solo viene a dar vida a la casa triste y mortecina, sino a avivar un fuego, el fuego de Charu, que se encontraba reducido a pocas cenizas. Mukherji no solo sabe mirar, sino sabe expresar con apenas nada, ese mundo oscuro y oculto del personaje central de la película, un personaje que habla de todas esas mujeres indias y no indias, que ansiaban y daban sus primeros pasos para liberarse del yugo masculino y una vida atada a la vida doméstica.

Bien acompañada por Sumitra Chatterji como Amal, el joven apasionado y entusiasta por la vida, la música y la literatura, pero de una enorme torpeza y cobarde en los sentimientos, un tipo que teoriza demasiado sobre la vida pero vive muy poco, y utiliza el extranjero no para formarse, sino como refugio para no afrontar el deseo que le ofrece sin condiciones Charulata, y finalmente, Sailen Mukherji como Bhupati Dutt, el esposo entregado y comprometido a la causa contra el imperialismo británico, a través de su diario contestatario, donde la política es el centro de sus reivindicaciones, que desatiende a su esposa y sobre todo, al amor, dos polos opuestos en un matrimonio, como evidencia el clarividente diálogo entre Charulata y su marido, donde uno cree que la política es el motor para el cambio, y la esposa le dice que hay otras cosas de las que también se puede hablar. Un contraste que el director bengalí no solo hace evidente en el diálogo, sino también en la forma, situando a sus personajes, y sobre todo, al personaje de Charulata bajo los marcos, frente a los espejos, siendo otra en su interior, y también, en un lado del cuadro, junto a otros personajes, sumergida en su mundo, en ese mundo que parece ser que nadie comprende, y lo que es más triste, en ese mundo donde no encuentra consuelo y amor. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Judy, de Rupert Goold

EL ÚLTIMO APLAUSO.

“En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma.”

Marilyn Monroe

Nos encontramos en 1968, unos años en los que Judy Garland (1922-1969) alejada del cine, deambulaba, junto a sus dos hijos pequeños Lorna y Joey, por pequeños tugurios rememorando sus canciones a cambio de unos pocos de dólares. Una existencia convertida en una mera sombra de aquella actriz relumbrante que rompió taquillas en la década de los treinta y cuarenta, convirtiéndose en una de las estrellas más grandes de Hollywood. De aquel Hollywood dorado quedan muchos fantasmas y los recuerdos de las canciones. Todo dará un vuelco cuando la falta de ingresos y la vida desordenada de Judy, propiciará que su ex marido Sidnye Luft reclame la custodia de los hijos. Sola y desencajada tiene el golpe de suerte de encontrar a Mickey Deans, un joven idealista y desordenado, que le conseguirá un contrato en Londres para cantar en el “The talk of the Town”, el local de moda de la ciudad.

Con una larguísima y exitosa carrera en el teatro londinense, Rupert Goold (Highgate, Londres, Reino Unido, 1972) y después de debutar como director con Una historia real (2015) sobre un periodista desacreditado y un asesino embaucador, vuelve a ponerse tras las cámaras filmando los últimos días de Judy Garland, basándose en la obra teatral Enf of the Rainbow, de Peter Quilter, adaptada por el guionista Tom Edge (exitoso escritor televisivo con series como The Crown o Lovesick). El cineasta británico huye del biopic al uso, apartándose de las luces y alegrías de su vida, para contarnos las miserias y oscuridades de una actriz y cantante llena de miedos, dudas, monstruos y demás conflictos. Una mujer herida, rota, con cuatro matrimonios a sus espaldas, depresiones, intentos de suicidios, y una gravísima dependencia a las pastillas y al alcohol, alguien profundamente inestable y muy triste, una mujer que al igual que le ocurría a Norma Desmond, existe sin más, arrastrada por un show business que la ha olvidado después de exprimirla al máximo, de alguien que nunca estuvo preparada para la presión del éxito.

La película se sitúa en el 1968, con algún que otro salto al pasado, al 1939 cuando una niña Judy Garland presionada por el magnate Louis B. Mayer de la MGM (compañía en la que hizo la friolera de veinte títulos) en el set de la inmortal El mago de Oz, el mayor éxito de la carrera de Judy Garland, la chantajea obligándola a acceder a sus órdenes o por el contrario el despido y el olvido. Una vida marcada ya desde niña, una vida controlada por el estudio en todos los sentidos, un contrato abusivo y dictatorial que la convirtió en alguien con miedo de por vida. Seguimos la existencia de Judy Garland, sufrimos por ella, entre sus continuas caídas y puestas en pie diarias, con la inseparable ayudante de Londres, la señorita Rosalyn Wilder, su sombra y sus manos y piernas cuando le flaquean a la actriz. Y también, el tal Mickey que si bien empieza como un joven amigo y posteriormente amante, más tarde, se convertirá en un estorbo. También escuchamos a Judy cantar, teniendo alguna que otra noche el aplauso de un público entregado, sobre todo cuando Judy interpreta Somewhere over the Rainbow, el tema esencial de su película más inmortal.

La excelente banda sonora de Gabriel Yared (recordado por El paciente inglés, de Minghella, o su trabajo con Dolan) acompañan los últimos días de una mujer que intentó vivir a pesar de todo, a pesar de no haber tenido niñez, a pesar de haber sido un producto más de Hollywood, ese lugar donde todo se compra con dinero, incluso la vida. Una grandísima ambientación, un vestuario enorme y un buen reparto encabezado por la extraordinaria Renée Zellweger, que después de arrasar taquillas con su “Bridget Jones”, vuelve a encarnar esos personajes femeninos de altura, con profundidad, sinceridad y respeto, como la madre soltera decidida de Jerry Maguire, la poderosa granjera de Cold Mountain (con la que arrasó a galardones) la atractiva viuda de Appaloosa, la valiente esposa y madre de Cinderella Man, roles que han hecho de ella una actriz de raza, carácter y fuerza para encarnar a un personaje más complejo, inestable y perdido como el de Judy Garland, en el que nos olvidamos de su rostro y gesto, y nos enfundamos en la piel de esa mujer, con la maravillosa y sobria caracterización, donde no hay máscara sino vida, en la que podemos observar los pliegues de la vida y las huellas de esa mirada, en una grandiosa composición de Zellweger, mostrando todas las heridas y amarguras que atraviesan a Judy, una interpretación que, como ocurrió con Cold Mountain, arrasará en todos los premios.

El resto del reparto también brilla con luz propia, acompañando a Renée Zellweger intérpretes convincentes como Jessie Buckely como Rosalyn Wilder, esa ayudante, amiga y confidente que hace lo que sea para mantener su equilibrio emocional, o al menos lo intenta, Finn Wittrock como Mikey Deans, ese jovenzuelo arrimado a la gran estrella o lo que queda de ella, esperando su oportunidad y su beneficio, y Rufus Sewell como Sidney Luft, el exmarido recto y serio que se quedará con sus hijos, arrebatando a Judy quizás la última ilusión que tiene a la vida. Judy  nos habla de cine, pero no de los aplausos, la alfombra roja, y los reconocimientos, sino lo que hay detrás de todo eso, o podríamos decir que muestra todo aquello que hay y que nunca se muestra, que no es otra cosa que la presión de los estudios a los intérpretes, el lado oscuro de cómo se crean las estrellas del cine, como en el caso de Judy Garland, una jovenzuela que surgió de un pequeño pueblo junto al río Misisipi, haciéndose llamar  Frances Ethel Gumm y llegó a Hollywood y se convirtió en Judy Garland, y él éxito la llevó a ser otra, a rendir cuentas al magnate de los dólares, a vivir otra vida, y sobre todo, a conocer la realidad del otro lado del arco iris que cantaba en El mago de Oz, una ficción donde se hablaba que lo más importante de nuestras vidas había que buscarlo en nuestro interior, Judy Garland busco mucho en su interior,  pero por más que buscó en su alma solo encontró mucha oscuridad y una sensación de amargura, tristeza y soledad que la acompañó hasta su último aliento. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El despertar de las hormigas, de Antonella Sudasassi

DECIDIR QUIÉN QUIERES SER.

“Aprender a amar es un acto político”.

Antonella Sudasassi

Isabel tiene 30 años. Isabel es madre de dos hijas que cuida con ternura y sensibilidad. También, es una esposa complaciente con su marido, al que trata con amor. Limpia la pequeña casa con esmero y dedicación. Y cuando sus quehaceres domésticos la dejan un instante, se introduce en su pequeña habitación de costura donde recibe vecinas a las que arregla y diseña sus vestidos. Isabel ha crecido siendo una mujer servicial, siempre pendiente de los demás, de sus necesidades, de sus deseos, de su bienestar. Aunque, parece que nadie pregunta a Isabel por su situación emocional, incluso nadie le pregunta por ese oculto deseo de Isabel de abrir una tiendecita de costura, un verdadero sueño para su existencia. Isabel vive ausente, callada, casi invisible, a la que todos acuden para resolver sus conflictos, sin darse cuenta que Isabel también tiene conflictos que resolver pero se los calla, no los comparte, porque no fue educada para eso, fue educada para servir a los demás, para seguir la línea trazada, para estar a punto cuando su marido quiere sexo, sin preguntarle a ella pro su satisfacción. Isabel mantiene silencio, porque nadie se ha preocupado de su intimidad, porque su marido quiere un tercer hijo, y varón para más detalle, aunque Isabel no lo ve tan claro, porque ella ha empezado a cuestionarse su vida, su feminidad, su sexualidad y su realización personal, que quizás no es la que tiene en su vida.

La directora Antonella Sudasassi (San José, Costa Rica, 1986) ya exploró todos los temas internos de la mujer en su etapa infantil en su pieza de 17 minutos La niñez (2016) para poner el foco en la mujer, en sus deseos ocultos, los que se calla, porque la realidad se impone, y sobre todo, lo que se espera de ella, como deja claro y con contundencia en el arranque de la película, durante la celebración familiar, en la que Isabel acaba de preparar un pastel y todos y todas le recriminan su tardanza, en una primera secuencia que ya observamos la actitud ausente e invisible de Isabel, en la que su propia familia esperan que reaccione como se le espera, no como ella quisiera, y ese demoledor instante en que la mujer imagina como destroza el pastel con sus propias manos, unos deseos ocultos que a lo largo de la película veremos cómo se materializan en diversos flash mentales de Isabel. Sudasassi nos guía por este disección de la mujer y todo su interior a través de la omnipresente Isabel, conduciéndonos por ese pequeño pueblo costarricense donde se mueve en una armonía establecida, conservadora y anclada desde siglos, donde todo se rige por unas estructuras sociales muy marcadas e inamovibles, donde no hay un leve resquicio para que Isabel y las mujeres digan la suya, sean ellas mismas y puedan decidir alguna cosa, por mínima que sea.

La directora centroamericana debuta en el largometraje con un relato-retrato extraordinariamente sutil y sobrio, alejado de cualquier tipo de pretenciosidad y panfleto feminista, sino todo lo contrario, reivindicando a la mujer con sus deseos y contradicciones,  de forma honesta y sencilla, donde el conflicto se desarrolla en silencio, oculto, alejado de las miradas inquisidoras que pululan por la película, a través de esa cotidianidad que asusta de lo íntima y natural que se muestra, como si la pudiéramos tocar u oler, tan de aquí y ahora que produce escalofríos a pesar del calor insoportable que padece Isabel y los demás personajes, con esas hormigas que se cuelan por cualquier resquicio del hogar, extraordinaria metáfora de esa invasión, tanto física como interna, que ha empezado a producirse en el interior de Isabel, como esos momentos cruciales en la película cuando la protagonista se ducha y no puede desquitarse las pegajosas hormigas, ese calo pegajoso tan agobiante, o esos otros encuentros sexuales con su marido donde Isabel, siempre debajo, más que disfrutar del acto, se encoge con las violentas acometidas del marido.

Una película formalmente muy estilizada, donde el tiempo pesa y todo parece demasiado estático, tanto las cosas como la existencia de Isabel, contándonos toda esa mugre existencial a través de una atmósfera asfixiante, con esos planos estáticos y largos, en los que apreciamos la vida carcelaria en la que vive la desdichada Isabel, donde apenas hay secuencias exteriores, y si las hay todo son prisas e inquietudes, quizás ese instante en el mar cuando Isabel mira desde la horilla la extensión del agua, casi como un grito de libertad, ajena al grupo familiar que se divierte atrás, igual que el arranque de la película, en un claro reflejo del conflicto interior que batalla en el interior de Isabel, entre el deber tradicional como esposa y madre, y esos sentimientos que contradicen toda esa estructura social y grita con fuerza para poder salir y empezar a decidir su vida, su maternidad y sexualidad, como si le apetece echarse unos tragos con una amiga que nadie traga.

Isabel tiene una mirada que difiere de su vida hasta ahora y de su familia, cansada de ser quién no es, y esperanzada de empezar a caminar en otra dirección, cambiar el rumbo, abriendo nuevos senderos, nuevas ilusiones, y sobre todo, nuevos sentidos, porque los que están ya no les seducen, han quedado caducos, donde Isabel (magistral la interpretación de Daniella Valenciano, a través de sus intensas miradas, sus leves gestos, profundos y  detallistas, y su manera de moverse, de aquí para allá, y esa larga melena, rebelde y difícil de sujetar, símbolo de esa prisión, primero y liberación, después de su vida) caminará hacia una vida nueva e ilusionante, en la que quiere despertar a ese ser dormido y servil, experimentando sus deseos e ilusiones y sentir de nuevo, un renacer en el que volver a aprenderlo todo,  reivindicando su forma de sentir y amar, dejar atrás las cargas tradicionales del pasado, y caminando hacia un futuro amplio y diferente que le haga sentir como mujer, libre y en paz con ella misma. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/310113395″>ELAMEDIA ESTUDIOS</a> from <a href=”https://vimeo.com/elamedia”>Elamedia Estudios</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>