Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La habitación de al lado, de Pedro Almodóvar

EL ÚLTIMO VIAJE.  

“(…) Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos”. 

De la película “The Dead” (1987), de John Huston 

El largometraje número 23 de la filmografía de Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), es una película diferente a todas las que ha hecho. Es la primera vez que rueda un largo en inglés, ya lo había hecho con un par de mediometrajes The Human Voice (2020) y Strange Way of Life (2023). Vuelve a basar su guion en una novela, la cuarta vez que lo hace, en este caso ha sido “Cuál es tu tormento”, de la escritora estadounidense Sigrid Nunez. Deja su Madrid eterno, como hiciese en Todo sobre mi madre (1999), para trasladar la acción a New York. Y finalmente, como dato más significativo, el tema va sobre la muerte y el hecho de despedirse de los allegados, aunque ya había tocado la muerte y la enfermedad, en por ejemplo Dolor y gloria (2019), en este todo gira en torno a esos dos aspectos. 

La trama de La habitación de al lado (en el original, The Room Next Door), tiene su génesis en Ricas y famosas (1981), de George Cukor, a la que el cineasta manchego ya homenajea en el cierre de La flor de mi secreto (1995), con esas dos mujeres que se conocen en el New York de los ochenta trabajando para un magazine, Ingrid, ahora convertido en autora de novelas de autoficción y Martha, que fue reportera de guerra. Cuatro décadas se reencuentran, la una, presentando una nueva exitosa novela, y la otra, enferma terminal de cáncer. A pesar de los años transcurridos y las diferencias que hay entre ellas, entablan una amistad de nuevo. Martha le pide que le acompañe a una casa alejada del mundanal ruido porque ha decidido morir y necesita tener a alguien en la habitación de al lado. Bajo esta premisa, sencilla y directa, a la vez que compleja y crucial, Ingrid la acompaña, y es entonces cuando la historia se encierra en las cuatro paredes de esa casa entre árboles, perdida en un bosque, o lo que es lo mismo, una casa para dos mujeres, la que va a morir y la que espera que este hecho se produzca. Almodóvar compone una sutil elegía sobre la vida, con sus errores y aciertos, con todos esos momentos vividos y narrados, repasando los años pasados, los amores truncados, las decisiones equivocadas, las experiencias que nos han hecho lo que somos, y la maternidad, hecho capital que vertebra la filmografía del director español, con sus dimes y diretes, con sus alegrías y tristezas, con sus presencias y ausencias, amén de sus continuas referencias al arte, la literatura, el cine y todo lo que rodea a la cultura. 

Volvemos a rendirnos en la elegancia y sutileza de los planos y encuadres de la película, en una cinematografía que firma Eduard Grau, su primera vez con el director, con una filmografía al lado de nombres tan interesantes como Albert Serra, Tom Ford, Carlos Vermut y Rodrigo Cortés, entre otros, donde prevalece la intimidad y la cercanía con la que nos cuentan un tema tan difícil y doloroso, pero sin caer en el sentimentalismo ni el dramatismo, sino todo lo contrario, haciendo una oda a la vida, pero sin ser empalagoso, con leves detalles que nos ayudan a repasar la vida de Martha, con sus luces y oscuridades, con y sin arrepentimiento, pero sin enfatizar como es marca de la casa del director afincado en Madrid. Para la música vuelve a contar con Alberto Iglesias, casi tres décadas haciendo películas juntos en 15 títulos desde la citada La flor de mi secreto, en una composición que reúne la maestría del músico donostiarra donde la melodía tiene ese aroma elegíaco muy natural y nada impostado que nos acompaña sin ser molesto, sino con toda el alma necesaria. Para el montaje, otra cómplice como Teresa Font, cuatro películas juntos, si contamos los mediometrajes, en una película de 106 minutos de metraje, con apenas dos personajes y casi única localización, pero que contiene todo el ritmo pausado y cadente, sin esos momentos de subidón sino manteniendo el tempo reposado, para contar la historia y capturando la emoción que va in crescendo, un aspecto muy del agrado de Almodóvar. 

En el aspecto interpretativo, el cineasta manchego siempre ha mantenido un cuidado obsesivo en la elección de las personas que los interpretan. Vuelve a contar con Tilda Swinton, que ya protagonizó la mencionada The Human Voice, ahora en la piel de Martha, la moribunda que quiere morir con dignidad, la reportada curtida en mil batallas enfrentada a la muerte, pero siempre en compañía. Una actriz portentosa que compone a su Martha desde el más absoluto de los respetos, con gran naturalidad y sensibilidad que nos hace conmovernos y acompañarla en su último viaje, sin condescendencia ni medias tintas, sino de verdad y cercanía. Le acompaña en este viaje, una maravillosa Julianne Moore como Ingrid, que actúa como la mejor amiga posible, sin querer contradecirla en su decisión, sino estando junto a ella, a su lado, en la habitación contigua, recordando y esperando el momento, que no sabe cuándo se producirá. Como es habitual en las películas del realizador, la presencia masculina siempre es un aspecto muy importante, aquí es Damian que hace John Turturro, un tipo que hace conferencias de cambio climático, y además, y esto nunca es baladí en el cine de Almodóvar, fue amante de las dos mujeres, cerrando así el triángulo de la película. 

El largometraje número 23 de Almodóvar La habitación de al lado no es una película más sobre la necesidad de la muerte digna para aquellas personas que así lo quieren, es también una película sobre la libertad individual de cada uno y una de vivir y morir como le plazca. También es una película sobre las vidas vividas y las no vividas, sobre todas las cosas que hicimos y las que no, sobre todos los amores que experimentamos y los que no, los amores que no fueron y los que sí, y lo que se quedaron a medio empezar o a medio acabar. Es una película dura y terrible por lo que cuenta, pero que bien lo cuenta, y que sutileza y elegancia para hacerlo, sin caer en los estúpidos y melodramáticas historias donde el tremendismo hace gala en cada instante, aquí no hay nada de eso, todo se cuenta desde el alma, desde la convicción de la vida como experiencia total, con sus tristezas y desilusiones, pero al fin y al cabo, con lo que es y lo que somos, sin más, sin hacer alabanzas ni cosas de ese tipo, sino encarando la vida y la muerte como lo que es, una experiencia grande o pequeña, íntima y profunda, y nada dramática, sino con el deseo de vivir y morir con total libertad que es lo que todos deseamos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Sidonie en Japón, de Élise Girard

LOS PARAÍSOS PERDIDOS.  

“Los verdaderos paraísos son los perdidos”. 

Jorge Luis Borges

La grandeza del cine japonés se ha alimentado de unas características que lo han hecho muy reconocible internacionalmente. Pensamos en ese tempo sostenido y cadente, unos encuadres fijos y muy pensados, ausente de diálogos y explicaciones, y personajes silenciosos que todo lo expresan a través de la mirada y el gesto tranquilo y tímido. Un cine donde lo importante se mueve en ese especie de limbo donde relato y forma se funden para seguir emocionalmente a unos individuos que se mueven de aquí para allá sin más. La directora Élise Girard (Thouars, Francia, 1976), empezó con un par de documentales y luego pasó a la ficción con Belleville Tokyo (2010) y Drôles d’oiseaux (2017), sendos retratos femeninos en los que podríamos rastrear el argumento de Sidonie en Japón, porque en la primera tenemos a una joven embarazada y abandonada por su pareja en pleno duelo, y en la otra, a otra joven que llega a París y descubre una librería antigua y a su solitario dueño. 

A partir de un guion que firman Girard junto a Maud Amelie (que coescribió Scarlet, de Pietro Marcello), la desaparecida Sophie Fillères (cineasta y coescritora con Philippe Grandieux), que ambas escribieron la película Garçon chiffon (2020), de Nicolas Maury, en la que a modo de cuento o de haiku japonés, nos cruzamos con la citada Sidonie, una madura escritora que ha perdido a su marido en un accidente y viaja a Japón porque su primer libro se edita en el país asiático. Allí, conocerá a Kenzo Mizoguchi, su editor que la llevará a diferentes actos de promoción como encuentros con la prensa, presentaciones y demás. Una trama construida a partir de la pausa y los silencios, con muy pocos diálogos, en los que conviven la idiosincrasia propia de Japón, entre lo ancestral y lo mega moderno, entre los vivos y los muertos, dos antagonismos que se mezclan constantemente en la historia, además de la parte emocional de los dos personajes, en pleno duelo. La escritora que sigue añorando a su marido, y el editor que no acaba de seguir después que su mujer lo dejase. A través del drama íntimo iremos pasando por lo fantástico, pero no desde el arquetipo, sino como conflicto emocional, donde el fantasma del marido de ella se le aparece, como sucedía en Sin fin (1985), de Kiéslowski.

La parte técnica de la película ejemplar en su definición y detalles camino al son de lo que cuenta la película, con una gran cinematografía de Céline Bozon, que ha trabajado con cineastas tan interesantes como Tony Gatlif, Valérie Donzelli y Serge Bozon, entre otros, donde cada encuadre está cimentado desde la pulcritud y la concisión, así como la sensible música de Gérard Massini, que va sumergiéndonos en esta relación tan especial y peculiar, así como el estupendo montaje de Thomas Glaser, que ya trabajó con la directora en la mencionada Drôles d’oiseaux, en una película nada fácil con sólo dos personajes, que hablan muy poco, y ese ritmo tan pausado que tiene la película, en una cinta de 95 minutos de metraje. Si lo técnico está en sintonía con lo que se cuenta, la interpretación es punto y aparte, porque la pareja protagonista es de una elegancia y naturalidad aplastantes. Qué decir de Isabelle Huppert, con más de medio siglo de carrera y más de 150 títulos como actriz. No sólo es una grande de la historia del cine, sino que lo que toca lo hace de una sencillez y calidez absoluta. Su Sidonie es una mujer rota, en soledad, sin alicientes, sin amor, que ni lee ni escribe. Su viaje a Japón será un no quiero pero que acepta como necesidad, como pequeña luz. 

Junto a Huppert, dos hombres. Por un lado, está el actor japonés Tsuyoshi Ihara, que hemos visto en Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood y 13 asesinos, de Takashi Miike, entre muchas otras, como el editor, un hombre también desolado, roto y autómata. Dos almas que se encuentran, con la misma ruptura emocional y en el mismo lugar, con esas miradas, palabras y silencios mientras van en coche o en tren o visitan lugares. Como marido-fantasma asume el rol el actor alemán August Diehl, con una carrera espectacular al lado de Hans-Christian Schmid, Schlöndorff, Glagower, von Trotta, Tarantino, August, Vinterberg y Malick, con una imagen poderosa y nada convencional. Si con todos los argumentos que he escrito sobre Sidonie en Japón, todavía no se han decidido a acercarse al cine a descubrirla, sólo les puede decir una última cosa. No es una película triste, habla de tristeza eso sí, también de dolor y de vacío interno, y de muchas cosas más relacionadas con el alma que, aunque no sean nada agradables, alguna vez en la vida o muchas veces vamos a tener que tratar con ellas, y ver cómo otras personas lo hacen, puede ser un buen aprendizaje o quizás es mucho más, porque pasar un duelo o extrañar a alguien que ya no quiera estar a nuestro lado son carencias que, seguramente no vamos a estar del todo recuperados de ellas, pero sí que podemos vivir con ellas, acostumbrarnos a esa pérdida, algunos días más que otros. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fuera de temporada, de Stéphane Brizé

EL AMOR QUE CREÍAMOS OLVIDADO. 

“Nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existente entre ellos y nosotros.”

De la novela “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera 

Hay un amor, sólo uno, que no olvidamos, fingimos que sí, que forma parte del pasado, que ya no está en nuestro presente, pero sabemos que no es así. Un amor que sigue ahí, en silencio, sin molestar, sin estar. Un amor que ha quedado olvidado, o al menos, si en el pasado, que la cotidianidad del momento, el llamado día a día, le ha pasado por encima y lo ha hecho desaparecer. Pero sabemos que no es así, que alguna vez, sin conocer los motivos, aparece, se hace presente en nuestros pensamientos, en nuestra intimidad, y lo recordamos un instante, y luego vuelve a ese lugar que desconocemos de nosotros mismos. No sabemos porque vuelve sin llamarlo, sin pensarlo. Tantas cosas de nosotros que nunca sabremos porqué se producen, aunque lo único que sabemos es que sigue ahí entre nosotros, que nos sigue acompañando y no sabemos porqué. 

De las 10 películas que ha rodado Stéphane Brizé (Rennes, Francia, 1966), tenemos su trilogía sobre el universo laboral protagonizadas por su actor fetiche Vincent Lindon: La ley del mercado (2015), En guerra (2018) y Un nuevo mundo (2021), y sus obras románticas: No estoy hecho para ser amado (2005), Mademoiselle Chambon (2009), El jardín de Jeannette (2016), y algún drama, comedia y demás. Su último trabajo Fuera de temporada (Hors saison, en el original), coescrito junto a Marie Drucker, con la que hizo la mencionada Un nuevo mundo, pertenece a las historias románticas, quizás la más clásica de todas, donde recoge el tono, la atmósfera y personajes a la deriva para situarnos en una pequeña localidad costera en invierno como El fantasma y la Señora Muir (1947), de Joseph Leo Mankiewicz, donde ha ido a parar Mathieu, un actor de éxito casado y con una hija, que ha huido de los ensayos de una obra de teatro y se ha refugiado para ser anónimo y estar consigo mismo. Pero la vida en su afán de desbaratar los sentimientos siempre nos acaba llevando adonde debemos estar, y a este hombre perdido lo reencuentra con Alice, un amor del pasado. Una mujer que se refugió en el lugar y se ha casado y ha tenido una hija. Una pareja que nos recuerda a la de Tú y yo (1957), de Leo McCarey, porque las cosas nunca salen como las imaginas. 

La película de Brizé está llena de silencios y momentos de espera, de no hacer nada o quizás, no saber qué hacer. Desde su exquisita mise en scène, que firma Antoine Héberlé, en 4 películas con Brizé, amén de Ozon, Tsai Ming.Liang y Thomas Liti, entre otros, a partir de un cuadro que nos acerca a la intimidad de los personajes, casi siempre desde la mirada de Mathieu, aunque hay instantes donde el relato se posa en Alice. Una profundidad de campo que nos advierte una historia de la que somos testigos privilegiados, mirada desde fuera, en silencio y sin molestar, donde el gélido y solitario lugar se llena de estos dos invitados inesperados o dos náufragos de un pasado que se diluye y se hace presente, donde ese amor qué fingimos olvidado, intenta hacerse presente a su manera, torpe y sigiloso, casi sin querer o quizás, queriendo a pesar de nuestra voluntad que se empeña en empequeñecer lo que sentimos y dejar todo cómo estaba, aunque no nos haga felices. La oscura comodidad de una vida sin sobresaltos pero sin amor de verdad. Un fantástico montaje de Helena Klotz, en 9 títulos con el director francés, lleno de ritmo pausado y cotidiano, donde el corte es sutilísimo, imperceptible, donde todo va ocurriendo en sus interiores, donde el exterior refleja la existencia tan fugaz, tan rara y tan indescifrable. 

Mucho de lo que les pasa a estas dos almas reencontradas y confundidas es lo que les sucedía a la pareja enamorada de viajeros en el tren de Breve encuentro (1945), de David Lean, porque sienten ambos y también tienen sus vidas, o lo que es lo mismo, la vida continúa y nosotros en mitad de la nada, con el amor que no olvidamos. La magnífica pareja que forman Guillaume Canet y Alba Rohrwacher que se dicen todo sin expresarlo verbalmente, a través de sus miradas, cómo se miran, no se puede fingir una mirada, unos ojos llenos de amor, los lugares que comparten, todo lo que se dicen a través del gesto, el cuerpo y al caminar juntos. Los magníficos encuadres que los enmarcan como dos figuras furtivas que viven no aquel amor que se paró, sino el amor que todavía sienten, o quizás, sienten el amor, un amor que nadie olvida. La excelente música de Vincent Delerm, que ya nos entusiasmó en Seize Printemps (2021), de Suzanne Lindon, tan llena de belleza, de armonía, de sutileza, y de bellísimas melodías que ayudan a acercarnos a la maraña de sentimientos que experimentan la pareja protagonista, donde los miramos como si se tratase de un espejo, en el que la película se convierte en una mera excusa para psicoanalizarse y pensar en un amor que fingimos haber olvidado. 

Si han llegado hasta aquí, ya saben que deben hacer con una película como Fuera de temporada, y si pueden, no duden en verla en su versión original (si no están acostumbrados, no se preocupen, no van a sufrir mucho porque hablan poco sus personajes), y déjense llevar por su lugar, por su atmósfera, casi perdido en el tiempo, con un paisaje para pensar, para caminar sin rumbo, para estar consigo mismo, que tanto necesitamos para aclararnos o confundirnos aún más, quién sabe. Brizé nos invita a conocer a Mathieu y a Alice que, después de 15 años, vuelven a reencontrarse, o podríamos decir, vuelven a aquel lugar, al marco donde estaban enamorados, vuelven al amor que fingían olvidado, y resulta que parece que el tiempo no lo ha borrado, nunca lo borra, y no me digan por qué, como tampoco lo saben nuestros protagonistas, simplemente saben lo que sienten, y eso tropieza y mucho con sus vidas acomodadas de ahora, las que creían firmes y duraderas. ¿Acaso ahí algo así?. No lo creo, también lo fingimos. Quizás fingir es la razón para soportar la vida y olvidar los sueños que lo eran todo. Está claro que deberíamos dejar de fingir y empezar a pasar más tiempo con nosotros y no dejar pasar el amor que creíamos olvidado, porque tendremos otros, pero no como aquel. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Michel Franco

Entrevista a Michel Franco, director de la película «Memory», en el hall del Hotel Seventy en Barcelona, el viernes 14 de junio de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Michel Franco, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Green Border, de Agnieszka Holland

EUROPA, EUROPA. 

 “Mi generación de cineastas sentía que éramos responsables de representar los problemas del mundo y que era necesario hablar de temas difíciles y hacer preguntas, no sólo existenciales, sino también éticas, sociales y políticas. Los críticos denominaron a este movimiento «Kino Moralnego Niepokoju», el cine de la ansiedad moral”.

Agnieszka Holland

Hay películas y películas. Están las que nos hacen pasar un buen rato, y están las otras, las que explican historias, donde lo que prevalece es el sentido humano, es decir político, en el que los personajes se ven envueltos en situaciones difíciles, donde el cine deja de ser un mero retratador, para ser otra cosa, algo parecido a un observador profundo y honesto de las vidas y realidades que lo componen, mostrando unos sucesos y reflexionando sobre lo que cuenta y cómo lo hace, alejándose de cualquier estereotipo, prejuicio y convencionalismo. Un cine que dialogue de frente con lo que filma, y sobre todo, con los espectadores que están al otro lado. Un cine de ida y venida en que el público sea un ente que se cuestione, no sólo la propia película, sino sus propias cuestiones.

Las películas de Agnieszka Holland (Varsovia, Polonia, 1948), coetánea de  Krzysztof Kieslowski o Janus Kijowski, sobre todo las que hizo y hace en Europa, pertenecen a las obras que quedan en nuestro interior, que nos hacen y deshacen como Actores provinciales (1979), Fiebre (1981), Amarga cosecha (1985), Kobieta samotna (1987), entre otras. Con Europa, Europa (1990), su película más emblemática, donde relataba la biografía del judío Solomon Perel que escapa de la Alemania nazi en 1938, con 13 años, crece bajo el amparo soviético, y luego, con la Segunda Guerra Mundial sobrevive haciéndose pasar como joven hitleriano de vuelta a Alemania. Una obra mayor filmada hace 34 años que describe hechos de los años cuarenta, y a día de hoy, pasados ochenta años, seguimos en las mismas, con una Europa de doble moral, cuna del pensamiento y del arte y los avances sociales, y también, un continente de guerras, destrucción e intolerancia. Con Green Border, Holland vuelve a despachar una obra mayúscula, deteniéndose en otros refugiados como lo fue Solomon Perel, ahora en la piel de sirios, afganos y africanos que intentan entrar en el continente por la zona boscosa entre Bielorrusia y Polonia, la llamada “Frontera Verde”, un espacio primitivo, denso y pantanosa. 

A partir de un guion de Gabriela Lazarkiewicz, que estuvo como asistente en Spoor (2017), Maciej Pisuk y la propia directora, donde se hace hincapié al lado humano e íntimo, a cómo las decisiones políticas afectan al ciudadano de a pie. Estructurado a partir de cuatro relatos que, debidamente presentados, se irán mezclando a lo largo de la historia. Por un lado, tenemos a la familia siria que quiere llegar a Suecia y elige, por desconocimiento puro, el lado más salvaje y peligroso, siendo maltratados por la guardia fronteriza bielorrusa y polaca. Después, tenemos al guardia fronterizo, con su dilema moral, hacer cumplir órdenes que van en contra de los derechos humanos, o revelarse ante ellas, en el tercer bloque, los activistas, tratados como criminales, que ayudan a los refugiados y finalmente, Julia, una psicóloga acomodada que se hace activista después de enfrentarse a una situación de humanidad. La cineasta polaca, manteniendo la larga tradición del cine del este, es decir, un cine que mira con atención los avatares políticos de su alrededor, y no sólo muestra una cara sino múltiples rostros, escarbando toda su complejidad, y sobre todo, las cuestiones morales individuales con respecto a lo colectivo. Un cine que se hace muchas preguntas, pero no se atreve a responderlas, porque eso sería maniqueo, aquí hay verdad, o mejor dicho, hay una forma de enfrentarse a los conflictos sociales desde la mirada del anónimo, alejándose de los grandes momentos históricos, porque la historia siempre sucede en la invisibilidad. 

La extraordinaria cinematografía de Tomasz Naumiuk, que ya estuvo en Mr. Jones (2019), de Holland, y también en High Life (2018), de Claire Denis, entre otras, con esa impresionante apertura del plano general cenital del espeso bosque en color que se torna blanco y negro, el no color de la película, en una construcción híbrida donde la ficción se torna documento y ficción a la vez, en que todo está muy cercano, sumergiéndose en lo físico y lo emocional de cada personaje, con esa tensión y agobio en cada encuadre, tanto en lo que vemos como el fuera de campo, con unos contundentes planos secuencias donde prevalece el primer plano y el detalle. El gran trabajo de montaje de Pavel Hrdlica, en su cuarto trabajo junto a la directora, donde tenía por delante un trabajo complejo en una película que se va los 147 minutos de metraje, y en que dialogan muchos personajes y situaciones que sitúan al límite a sus diferentes individuos, en un empleo inmejorable del off, de la tensión con la pausa, con momentos muy tensos e inquietantes, más próximos al cine de terror que el de la vida diaria. Un corte que no se anda de subrayados ni estridencias de ningún tipo, la verdad está en cada plano, y sobre todo, la posición ética de la directora en relación a lo que filma y cómo lo hace, desde la integridad, la honestidad y la mirada del que no impone sino muestra desde lo humano, en consonancia con la íntima música de Frédéric Vercheval, del que hemos visto sus trabajos para Marine Francen, Olivier Masset-Depasse y Bille August, que describe al son de la imagen, con total libertad para el espectador, sin guiarlo, sólo a su lado. 

Un gran reparto de intérpretes que dan vida a los personajes de forma que tanto la acción física como emocional nace desde lo complejo y el cuestionamiento constante, acompañados de la verdad que tanto hablamos, con lo sensible y lo vulnerable en primera línea. Un elenco encabezado por los sirios Jalal Altawil, Mohamad Al Rashi, que junto a la franco-libanesa Dalia Naous, forman la familia siria que huye, la polaca Maja Ostaszewska, que hemos visto en películas de Malgorzata Szumowska, en el rol de Julia, la franco-iraní Behi Djanati Atai es una afgana sola con mucho coraje, el polaco Tomasz Wlosok es el guarda fronterizo, Agata Kulesza, una activista que conocimos como una de las protagonistas de Ida (2013) y Cold War (2018), ambas de Pawel Pawlikowski, y Las inocentes (2016), de Anne Fontaine, entre otras. Tiene una gran oportunidad con el estreno de Green Border, no sólo de ser testigos del horror vivido en la maldita frontera, todas lo son, entre Bielorrusia y Polonia, sino de la doble moral de la mal llamada “Unión Europea”, que persigue con crueldad y violencia a los refugiados que vienen de países donde mantiene intereses económicos, y por otro lado, acoge con paz y armonía a los refugiados que vienen de Ucrania, ya que la guerra la provoca Rusia, donde mantienen una pugna mundial sobre el control económico en terceros países. Un horror y sinsentido, pero aquella Europa del siglo XX destrozada con las dos peores guerras de la historia, sigue en su línea, acogiendo o matando según le convenga, y esto es así, mientras la población anestesiada con sus “experiencias” y existencia mercantilizada, con la esperanza que algunas, pocas, personas dejan sus vidas de lado, y miran a la de los demás, ofreciendo ayuda a los que nada tienen. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Paradise is Burning, de Mika Gustafson

NIÑAS SOLAS. 

“Ser excluido del mundo del trabajo, de la producción, del consumo, de la comunidad humana, genera un sentimiento de humillación, de inutilidad, de no existir. De eso trataba Rosetta y todavía es cierto hoy, esa soledad, es una cuestión de dignidad humana”

Jean-Pierre y Luc Dardenne en el Festival Lumière en 2020 

Muchos recordaréis la película Nadie sabe (2004), de Hirokazu Koreeda, en la que una madre abandona a sus cuatro hijos menores en un pequeño piso de las afueras de Tokio. En Paradise is burning (Paradiset brinner, en el original), el arranque es muy parecido, aunque las edades cambian sustancialmente, porque en ésta, las hermanas que se quedan solas son Laura de 16, Mira de 12 y Steffi de 7. Tres edades en tres estados emocionales bien diferentes. La primera está entrando en el mundo de los adultos, descubriéndose a sí misma, el deseo y las responsabilidades. La segunda está entrando en la adolescencia, en los cambios en el cuerpo y descubriendo que significa ser mujer. La pequeña vive una infancia difícil, llena de libertad y descubrimiento. 

Desde su película de fin de carrera Mephobia (2017), un cortometraje de 24 minutos sobre dos niñas de la periferia que deambulan por su barrio, sin más compañia que ellas mismas, la directora Mika Gustafson (Linköping, Suecia, 1988), ha deseado sus dos anteriores trabajos a trazar retratas profundos y sinceros sobre mujeres decididas, fuertes y valientes de cualquier edad, como también hizo en Silvana (2017), un contundente y transparente documental sobre la rapera feminista lituana, que se vio aquí de la mano de El documental del mes de DocsBarcelona. Por eso, para su primer largometraje, coescrito junto al actor Alexander Öhrstrand, que también tiene un breve papel, sigue profundizando sobre sus mujeres solas, sin adultos, que siguen peleando diariamente para salir del fango o no hundirse en él. Como ya anuncia su gran arranque, donde los personajes están agitados y se mueven velozmente, y la cámara las sigue encima de ellas, sin descanso, abriendo puertas y cruzando la calle, en un espacio laberíntico, lleno de obstáculos y salvaje, donde cada día es una aventura, una inquietud y sobre todo, un desamparo constante. 

La voz cantante la lleva Laura, inquieta y astuta, que está muy cerca de la mencionada Rosetta de los Dardenne. Una buscavidas a pesar del desarraigo en el que vive, con esa madre alcohólica, en ésta, ausente, de la que no sabemos nada, pero lo podemos intuir todo, porque la película muestra crudeza, no se regodea de ella, ni mucho menos, porque transita entre lo duro y lo más amable, entre el drama y el humor, entre la desesperación y la ilusión, aunque sea una tarde en una piscina de una casa que acaban de tomar con las amigas, porque hasta rodeados de miseria y sin futuro, siempre hay un lado para la esperanza, como nos decía Kaurismäki. La estupenda y cercana cinematografía de Sine Vadstrup Brooker, del que conocemos sus trabajos para televisión en series como Cara a cara (Forhoret) y El caso Hartung, entre otras,  que define con veracidad a los personajes y los lugares, que describe con sutileza, sin caer en el tremendismo ni nada que se le parezca, con una cámara que es un personaje más, incluso una hermana más. Un ser que mira, reflexiona y nunca juzga. La música del italiano Giorgio Giampà, con más de treinta títulos en su filmografía, es una composición muy presente, pero nada invasiva, que comparte espacio con las canciones del momento que escuchan, sobre todo, la hermana más pequeña, que ayuda a mirar la historia de verdad, sin interferencias ni subrayados. 

Un gran trabajo de montaje de Anders Skov, del que hemos visto excelentes películas como Sameblod, Heartstone, Border, de Ali Abbasi y Charter, entre otras, en una tarea de difícil ejecución, porque estamos ante una película contada como un diario, muy cotidiano y transparente, donde la realidad tiene muchas caras y matices, y la película se va a los 108 minutos de metraje, pero la edición del danés es ejemplar, con secuencias de puro corte y nada complaciente. La gran idea de fusionar un reparto de intérpretes naturales con otros más experimentados hace que la película emane verdad y honestidad, que nos sintamos partícipes y sobre todo, logre con esa mezcla la necesaria reflexión. Tenemos al trío de hermanas encabezado por Blanca Delbravo como Laura, Dilvin Assad es Mira y Safira Mossberg es Steffi, reclutadas de forma casual, que llenan la pantalla en sus respectivos conflictos y formas de crecer y enfrentarse a sus diferentes cambios y necesidades. Y luego, tenemos a los adultos como Ida Engvoll, que la hemos visto en Un hombre llamado Ove y en The Kingdom, de Lars von Trier, hace de Hannah, un personaje que se relaciona con Laura, y hasta aquí puedo leer, Mitja Siren es Sasha, alguien que tiene que ver con Mira y el karaoke, y Marta Oldenburg es Zara, la vecina que tiene de todo. 

Estamos ante una película bien llevada, mejor filmada y extraordinariamente interpretada, que se detiene en esos barrios alejados de todo, carne de servicios sociales, llenos de inestabilidad, familias desestructuradas, padres ausentes o desconocidos, y niñas y niños que crecen desamparados, ajenos de los adultos, creciendo como pueden, descubriendo la vida y sus alegrías y oscuridades de forma natural y quizás, demasiado pronto, en una suerte de vidas rotas y extrañas, que sobreviven con lo poco que saben y pueden, cogiendo de aquí y de más allá, vidas afeitadas, vidas salvajes, vidas golpeadas y sobre todo, no vidas como aquella que sufría Antoine Doinel en la memorable Los 400 golpes, de hace más de 60 años que, vista la actualidad más reciente, las cosas siguen ahí, siguen despedazando vidas, aunque Laura, Mira y Steffi parece que como le ocurría al joven que deseaba salir de su agujero y aislamiento adulto, ellas no se amedrentan y a pesar de sus tristes circunstancias siguen con sus vidas, compartiendo lo poco que tiene que, a veces, es todo, con sus cambios, sus pequeñas e incompletas alegrías, con las demás y con ellas mismas, y esperando que la vida les cambie o al menos, no les haga tanto daño, porque la vida puede ser muchas cosas, pero que tenga menos oscuridad y no tanta soledad, que es lo que más duele cuando se és tan pequeño todavía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Tatami, de Guy Nattiv y Zar Amir

GANAR O MORIR.  

“Todo es política”

Thomas Mann 

Me gusta como empieza Tatami, y no lo digo por sus razones estéticas, que las tiene, y que más tarde nos detendremos en ellas, sino por su hipnótico arranque en el interior de un autobús en marcha, la cámara de forma pausada, va buscando a alguien, vamos viendo a judokas iraníes y, de repente, la música surgida de unos auriculares, nos lleva a una de ellas, y ya el cuadro no buscará más, se detendrá en ella, y la seguirá incansablemente. La judoka en cuestión es Leila Hosseini de Irán, una heroína nacional, que viaja al campeonato del mundo de 2019 que se celebra en Tiflis (Georgia), donde tiene muchas expectativas en la competición en la que puede llevarse el oro, o quizás, su gobierno tiene otros planes y no desea, por nada del mundo, un enfrentamiento contra la representante de Israel. La película se mueve entre dos universos, o quizás, entre uno, el público y el otro, el que se oculta, el de los empleados del gobierno que llevan a cabo a pies juntillas sus órdenes, sea cuáles sean, que harán todo lo imposible para que Hosseini siga las instrucciones de arriba, sin rechistar. 

Si recuerdan la excelente película Snake Eyes (1998), de Brian de Palma, sus extraordinarias tensión y agobio en mitad de un combate de los pesados, donde la cámara se deslizaba entre el público y sus inquietantes personajes, pues mucho de ésta podemos encontrar en Tatami, dirigida por Guy Nattiv (Tel Aviv-Yafo, Israel, 1973), y Zar Amir (Teherán, Irán, 1981). De él conocíamos películas como Strangers (2007), Skin (2019) y Golda (2013), y de ella, su trabajo como actriz en películas tan importantes como Shririn (2008), de Abbas Kiarostami, y la reciente Holy Spider, de Ali Abbasi, que le valió el premio en el prestigioso Festival de Cannes. Con el regusto de grandes títulos del boxeo como Más dura será la caída, Nadie puede vencerme, Cuerpo y alma y Toro Salvaje, entre otras, con todo el juego sucio y oculto que hay en el deporte, y ese primoroso y magnífico blanco y negro, que firma el cinematógrafo Todd Martin, del que vimos La aspirante (2021), de Lauren Hadaway, otra sobre el deporte y sus obsesiones, y una cámara convertida en otra extremidad de la protagonista, que observa y que viaje por los pasillos y diferentes espacios de la competición.

Un estupendo guion que firma Elham Erfani y el propio codirector, en el que se inspiran en hechos reales para contarnos la encrucijada de dos mujeres, la citada Leila Hosseini, y su entrenadora Maryam Ghanbari, que se vieron presionadas por su gobierno que las obligaba a retirarse de la competición ya que no querían un enfrentamiento con la judoka israelí. Construyen una excelente tensión que involucran al espectador, llevándolo por su asfixiante dilema, convirtiendo el cuadrilátero y los aledaños del espacio, en un laberinto sin salida, llena de miedos y prisas, con continuas llamadas de ida y vuelta, enfrentamientos y sobre todo, mucha inquietud e incertidumbre entre lo que va a suceder. Papel importante el que juegan la formidable música de Dascha Davenhauer, que ha trabajado con Kornel Mundruczó, y en la citada Golda, que no sólo va más allá de las imágenes que nos propone la película, sino que les imprime un carácter y un agobio que no dan tregua, así como el gran trabajo de montaje de Yuval Orr, que consigue gran realismo y convicción a través del ritmo con una historia que se va a los 105 minutos sin descanso y en muchos tramos contada en tiempo real y cercanísimo con leves viajes al pasado para desvelar acontecimientos importantes para el desarrollo de la trama. 

Si la parte técnica brilla, la interpretativa no se queda atrás, porque tiene a una dupla inolvidable, una pareja que pasarán por todas las fases emocionales y en un período breve de tiempo, que también vive su propio combate, con unas espectaculares Arienne Handi Leila, actriz estadounidense conocida por la serie The L Word: Generation Q, en la piel de una convincente y brutal Leila Hosseini, que pasa por su montaña rusa particular por diferentes estados de ánimo, arrastrando su miedo, su fuerza y su lucha constante, en una interpretación llena de sobriedad e ira, junto a ella, o podríamos decir contra ella, tenemos a la codirectora Zar Amir, que se mete en el difícil dilema de la entrenadora, que se debate entre cumplir las órdenes del gobierno iraní, o apoyar a su discípula para seguir en la competición e intentar que gane el campeonato. Compleja la tesitura cuando tu vida y la de los tuyos corre serio peligro. La película recibió los aplausos de un Festival de Venecia tan importante y riguroso, y no nos extraña por su bella e inquietante imagen a través de un blanco y negro que deslumbra y amarga a partes iguales, y la historia tan brutal que cuenta, situando a sus personajes al borde del abismo, sin tiempo para pensar, en una encrucijada terrible. 

Tiene la película de Nattiv y Amir un añadido, como todas las buenas películas, que es su narrativa o lo que es lo mismo, cómo se cuenta, con esas dosis de cine negro, cine político (aquí abrimos un paréntesis, y citamos a Aristóteles: “.. El estado (Pólis) es algo natural y el hombre es por naturaleza un animal político (Zoon Politikón)”), cine social, y sobre todo, cine en mayúsculas, un cine que hable de lo que pasa y que lo haga con negrura y complejidad, centrándose en las emociones y sentimientos contradictorios de unos personajes que tengan múltiples capas y espejos, porque la vida nunca es tan sencilla, y además, la existencia humana siempre está llena de situaciones que nos sobrepasa, y sobre todo, nos hace situarnos en callejones sin salida, o quizás, no. No dejen escapar una película como Tatami, ya saben las urgencias mercantilistas de este planeta en el que vivimos, porque es una película excelente que, desgraciadamente, nunca pasará nada, porque el deporte de alta competición nunca será un deporte, sino una extensión de la guerra, de quién es el más fuerte, sino que le pregunten a Mussolini y Hitler, que usaron el deporte y lo popularizaron como arma de estado, no andaban equivocados, porque seguimos en esas y lo que nos queda. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El mal no existe, de Ryûsuke Hamaguchi

LO BELLO Y LO OSCURO. 

“Cuando actuamos sin prisas y con prudencia, nos damos cuenta de que sólo lo grande y valioso posee existencia permanente y absoluta y de que las cuitas y placeres vanos no son sino sombra de la realidad”.

Frase de la novela «Walden», de Henry David Thoreau

Temas como la soledad, la incomunicación y el dolor ocasionado por la pérdida son elementos esenciales en Happy Hour (2015), Asako I & II (2018), La ruleta de la fortuna y fantasía (2023) y Drive My Car (2013), las tres películas que he visto de Ryûsuke Hamaguchi (Kawasaki, Prefectura de Kanagawa, Japón, 1978), donde el tiempo y el encuadre resultan de una magnetización absoluta entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, en una simbiosis perfecta entre los personajes, tan solitarios y perdidos, como todos y todas, y entre el espectador, donde se genera un tercer espacio, aquel en que vas reconstruyendo el pasado inmediato de estos individuos, y reflexionando sobre unas existencias anodinas, vacías y ancladas en una especie de limbo que les impide avanzar y les deja en vía muerta, en ese tiempo y emociones del pasado. 

En El mal no existe, el cineasta japonés sigue explorando todas sus obsesiones, con ese hipnótico arranque: una panorámica que muy lentamente va capturando un reguero de árboles tomados desde abajo, acompañados por la sensible y susurrada música de Eiko Ishibashi, en un maravilloso plano en el que conjuga los dos elementos que prevalecen en la historia que estamos a punto de ver: la naturaleza y la belleza, eso sí, tanto una como otra, ocultan sus negruras, su inquietud y su maldad. Hamaguchi trocea en dos partes bien diferenciadas su película. En la primera, parece que estemos en una película social, la de los de la ciudad que llegan al pueblo, cercano de Tokyo, con la intención de construir un resort para turistas, cosa que molesta a los del lugar, un remanso de paz rodeado de montañas y nieve, porque estamos en invierno, y los aturde por los conflictos que generarán los residuos en el agua pura de la que viven todos y todas. En la segunda mitad, el relato vira hacia lo abstracto, pero no en un sentido frontal, sino en una película donde impera lo invisible, lo oculto, y sobre todo, lo fantástico, donde el terror más puro se va adueñando de la historia, no con toques efectistas ni estridencias a golpe de sonido, sino todo lo contrario, a partir de una sutileza que conmueve, en ese espacio donde habitan nuestros monstruos, a partir de la ausencia, de la convulsión que se instala en el pueblo donde una pérdida va llenando de inquietud y angustia el lugar y sus habitantes. 

La maestría de Hamaguchi está fuera de toda duda, porque nos sabe atrapar con lo mínimo, llevándonos a un terreno donde impera lo extraño y sobre todo, lo enigmático, donde la película juega con nuestra imaginación, porque no sabemos muy bien lo que pasa y mucho menos, los porqués, vamos, como la vida misma, en un proceso parecido al cine de Haneke, en que la espera de que pasará o no, resulta poderosa. En la película se adueña una alucinante atmósfera que conjuga la cotidianidad y la repetición: Takumi, el protagonista y conocedor de bosques y animales, el hombre-sabio y tranquilo del lugar, cortando troncos, recogiendo a su hija Hana del colegio, y acudiendo a comer la sopa especial al pequeño restaurante de sus amigos. Un personaje silencioso que actúa como hilo conductor y base desde donde la narración empieza y termina, es decir, con su mirada vamos conociendo el pueblo, sus montañas y sus animales, y todos los códigos, visibles e invisibles que existen en ese espacio natural y oscuro. Podemos mirar El mal no existe como una forma de análisis sobre la condición humana, sobre todo aquello oculto que nos define ante los demás y ante los hechos que se producen, sobre nuestro cuestionamiento moral y sobre nuestra verdadera naturaleza. 

En ese sentido, la parte técnica potencia todos los enigmas que sobrevuelan en la historia, donde el cineasta nipón vuelve a contar con sus colaboradores más estrechos como el mencionado músico, una banda sonora llena de sutilezas y detalles, donde la sensibilidad acompaña y cuenta, sin ser obsesiva ni juzgante, al igual que la cinematografía de Yoshio Kitagawa, con esa naturalidad y cercanía del primer tramo, y luego, a partir de leves variaciones componiendo una atmósfera más abstracta, extraña e inquietante, como el montaje de Azusa Yamazaki que, en sus intensos y pausados 106 minutos, nos van envolviendo en ese aura que se mueve de puntillas entre la fascinación de la naturaleza y la condición humana oscura que la habita, y el elaborado y magnífico trabajo de sonido de Izumi Matsuno, porque tan importante es lo que vemos como aquello que se nos oculta. Con el reparto, Hamaguchi vuelve a acertar de pleno, reclutando unos intérpretes como Hitoshi Omika, que estuvo en el equipo de producción en La ruleta de la fortuna y la fantasía, y ahora encarna de forma magistral y sobria al poderoso Takumi el hombre del lugar, de la naturaleza y del silencio, Ryo Nishikawa es la pequeña Hana, Ryuji Kosaka es Takahashi y Ayaka Yibuti es Mayuzumi son los de la ciudad, y ella era una de las actrices que componían el reparto de Happy Hour, como Hazuki Kikuchi, que también estaba en la citada película, ahora como cocinera del restaurante. 

No se acerquen a ver una película como El mal no existe esperando una catarsis o algo parecido, aquí no hay nada de eso, y no lo hay, porque si conocen alguna película de Ryûsuke Hamaguchi, sabrán que su mirada a los sentimientos y los avatares vitales de sus personajes, y por ende de la existencia, carecen de esos momentos catárticos, y por el contrario, todo se envuelve en una cotidianidad a veces demasiado normalizada, otras, más extrañas, y la mayoría, sin calificar, es decir, que las experimentamos sin saber nada de lo que ocurre y sus porqués, porque como nos viene a decir, o quizás, a reflexionar el director japonés, la existencia está llena de tantos enigmas, quizás, nuestras propias existencias son enigmas demasiado profundos y complejos y no tenemos la capacidad de poder entenderlos aunque sea un poco, y en eso, reside la intimidad y la grandeza de nuestras vidas, o nuestras sombras que, en ocasiones, pueden parecer lo más naturales posibles, y otras, se convierten en una oscuridad e inquietud imposibles de descifrar y mucho menos manejar, tal y como sucede en las imágenes magnetizantes y maravillosas de la película, donde la belleza y la oscuridad se dan la mano y nos transporta a otros mundos, esos universos que nunca están fuera, sino en nuestro interior, aquello que nos inquieta tanto. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Beast, de Bertrand Bonello

LA INCAPACIDAD DE AMAR.

“(…) Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo”.

El amenazado, de Jorge Luis Borges 

No es la primera vez, ni será la última que, coinciden dos obras basadas en el mismo original, tanto La bestia en la jungla, de Patric Chiha, estrenada el pasado 8 de marzo, como esta, The Beast (La bestia), de Bertrand Bonello (Niza, Francia, 1968), parten del cuento homónimo de Henry James publicado en 1903. No voy a comparar las dos películas, ni mucho menos, no es de recibo, y si que me voy a dedicar a la de Bonello, como hice en su momento cuando se estrenó la de Chiha. El universo del cineasta francés se ha caracterizado por retratar a personajes torturados, seres envueltos en un momento de sus vidas, donde la realidad y el tiempo les traspasan y les devora, deambulando perdidos sin entender nada, y mucho menos, sin nada a lo que agarrarse y de esa forma, encontrar algo de esperanza. 

Un cineasta que se ha sumergido en las infinitas posibilidades narrativas y formales, reflexionando sobre su oficio y las innumerables cuestiones que le amenazan con las nuevas tecnologías y demás inventos materiales. Recordamos a Jacques, el director del cine de adultos en Le Pornographe (2001), el realizador Bertrand en De la guerre (2008), o sus miradas al cine biográfico a través de Saint Laurent (2014), o al terrorismo con el thriller de Nocturama (2016), la mezcla de fantástico y terror en Zombi Child (2019). Con su nuevo trabajo vuelve al universo femenino que también retrató en L’apollonide (2011), en el París de 1899, sumergiéndonos en la intimidad, miedos y conflictos de un grupo de prostitutas. Con The Beast vuelve al universo femenino, ahora de forma individual, con el personaje de Gabrielle (que lleva la voz cantante, al contrario que el cuento de James), una mujer del año 2044 que, para borrar sus emociones, ha de volver a tres momentos de sus vidas pasadas para volver a empezar, al modo dickensiano. Con ese magnífico prólogo de Léa Seydoux/Gabrielle rodeada de croma verde con un intenso primer plano (que recuerda al arranque de Cara a Cara, de Bergman, con el rostro de una inquietante Liv Ullman, que nos perforaba). 

Bajo una premisa de ciencia-ficción cotidiana, que resulta más una apariencia que una estética definida, Bonello vuelve a profundizar en el melodrama romántico con tintes de terror y fantástico, saltando de un género a otro de forma natural y nada artificial, tejiendo una forma que coge de aquí y allá, para destrozar cualquier convencionalismo y ponerlo patas arriba, siempre con la intención de envolver al espectador en una historia que pueda parecer enrevesada, pero no es así, porque el cineasta francés se envuelve como pez en el agua en los tres mundos y tiempos que nos retrata. En el primero, estamos en 1910, unos pocos años después del cuento de James, en los albores de la Gran Guerra, el año de la inundación de París, donde los dos no amantes se conocen y se expresan, aunque la citada Gabrielle rechaza a Louis, con una atmósfera de película de Lubitsch y Ophüls, desbordados de elegancia, glamour y exquisitez. El segundo encuentro se produce en 2014, un siglo después, en la ciudad de Los Ángeles, donde Gabrielle trabaja de modelo a tiempo parcial y cuida de casas lujosas, y vuelven a reencontrarse con Louis y ambos se reprimen, con el joven convertido en un acosador peligroso, donde el ambiente ha cambiado con respecto al anterior, porque se nos muestra una ciudad banal, vacía, llena de soledades, donde las tecnologías se han apoderado de las personas y sus falsas y superficiales vidas y relaciones. 

El último capítulo con el año 2044, donde la Inteligencia Artificial mueve el mundo y es capaz de todo, como de borrar las emociones y recuerdos, en ese sentido, la película se hermana con aquella delicia que fue  Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), de Michel Gondry, donde una mujer accede a borrar todos los recuerdos de la relación sentimental que tuvo con un hombre, que se niega a borrarlos. La cinta no oculta sus referencias, todo lo contrario, las hace evidentes, porque el cine de Bonello no huye de su representación, ni de la propia ni de la apropiada, aunque en su caso es tal la mezcla y la fusión que resulta tarea difícil encontrar las huellas, que las hay, porque el director francés nos invade con géneros tan dispares en su piel pero llenos de similitudes en sus profundidades, así como su forma y sus texturas, desde el 35 mm con el que construye el 1910, al digital que le sirve para retratar nuestro mundo, tan directo, tan agitado, tan acelerado y tan vacío, donde las relaciones y el supuesto amor se ha mercantilizado. El espectacular trabajo de cinematografía de Joseé Deshaies, siete películas con Bonello, amén de Nicolas Klotz, Denis Coté, Monia Chokri e Ira Sachs, entre otros. Unos encuadres y planos que hurgan en la intimidad y la cotidianidad, y escapan del habitual recurso de la decadencia y la hipérbole tecnológica de otras películas, para conseguir una atmósfera tan real que parece que el 2044 es el año que vivimos. 

Una historia que empieza con calidez y cercanía y cada vez se adentra en un espacio más gélido, con ese aire de frialdad y automatización que también describe la actualidad en la estamos. En la misma sintonía trabaja el cadente y pausado montaje de Anita Roth, que hizo el de Zombi Child (2019), y las últimas películas de Robin Campillo, en una película que se erige como todo un desafío tanto físico como psicológico para los espectadores, porque nos descompone en todos los sentidos, tanto en su trama, en su forma, y en su duración, ya que se va a los 145 minutos de metraje, en que Bonello opta por una película igual de larga que Saint Laurent, donde impone el tiempo en una sociedad acelerada, prevaleciendo la mirada y la reflexión del espectador y todo aquello que se cuece en nuestro interior. Como es habitual, he dejado esta parte para hablar de la pareja protagonista, un dúo que resulta especial y muy bien escogido. Por un lado, tenemos a George MacKay, que le hemos visto en películas como Pride, Captain Fantastic, El secreto de Marrowbone, y siendo uno de los soldados de 1917 (2019), de Sam Mendes. Su Louis es también un personaje visto durante tres tiempos, siendo primero un caballero de la alta sociedad parisina seducido por la inteligencia y la sofisticación de Gabrielle a la que no podrá conseguir. Cien años después, convertido en un psicópata misógino muy peligroso, y muy reprimido. Y finalmente, en alguien incapaz de disfrutar y perdido. Una interpretación que exigía un actor con gran capacidad camaleónica y entereza y MacKay lo consigue en su mejor papel hasta la fecha. 

Frente a él, tenemos a la mencionada Léa Seydoux, en su tercer trabajo con Bonello después de las experiencias breves de De la guerre y Saint Laurent, en un personaje/actriz donde la actriz francesa interpreta y se interpreta, en un viaje muy fuerte el que le propone la película, porque ha de ser la actriz y las múltiples representaciones, que forman la trama, que van de la más profunda intimidad a lo más alejado, a recordar y a olvidar, a no saber amar o simplemente, a tener miedo de amar, un mal de nuestro tiempo. Un personaje atrapado en su existencia por su constante huida, por estar y no estar, en la piel de una mujer que huye desesperadamente del amor, que espera ansiosa y tranquila una cosa fuerte que le ha de pasar y desconoce totalmente. Una persona acechada por la bestia que, quizás, la tiene en su interior, y/o no sabe que está ahí, o tal vez, su drama es que siente de verdad y no puede materializar esos sentimientos en la otra persona. Gabrielle no para de saltar en los diferentes tiempos, en un bucle incesante donde el miedo es una constante, el miedo a todo, a recordar, a olvidar, a amar, a no amar, en fin, un reflejo de la actualidad, de eso que llamamos realidad, eso que, en un tiempo no muy lejano, no sabremos descifrar de la realidad que hemos conocido con esas realidades simuladas de la IA. En fin, seguramente, seguiremos tan perdidos, zombies y tan solitarios como Gabrielle. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA