I Never Cry, de Piotr Domalewski

VIDAS AUSENTES. 

“Los muertos pesan, no tanto por la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no ha sido dicho”.

Susana Tamaro en “Donde el corazón te lleve”

En Cicha Noc (Silent Night), la opera prima de Piotr Domalewski (Lomza, Polonia, 1983), un inmigrante polaco volvía a casa dejando muy estupefactos a los suyos. En I Never Cry, el viaje es a la inversa, como si nos mirásemos desde el otro lado del espejo, andar los mismos pasos del que ya no está, viajar con Ola, una joven de 17 años de edad que, después de la accidental muerte de su padre en Dublín (Irlanda), viaja desde Polonia para realizar los trámites de repatriación del cadáver. El director polaco nos sitúa en una joven euro-huérfana, término que se usa para calificar a todos aquellos que tienen padres emigrados a la otra Europa cuando Polonia ingresó en la Unión Europea en el 2005. Ola solo tiene un deseo, que no es otro que aprobar el carnet de conducir para tener el automóvil que su padre le prometió. Aunque ha vuelto a suspender por tercera vez, emprende el viaje, instada por su madre que cuida a su hermano discapacitado. En esa otra Europa, enriquecida y muy dura para los inmigrantes, la joven Ola se encontrará con las huellas de su padre, lo que era y sobre todo, lo que queda de él.

La odisea de Ola la llevará a lo que fue la vida del padre muerto, personándose en la empresa donde se produjo el accidente donde falleció, conocerá a un polaco que se dedica a emplear a los inmigrantes recién llegados, a sus compañeros de trabajo, se enfrentará a los quebraderos de cabeza ocasionados por una burocracia estúpida y desalentadora, y se encontrará con personas de la vida de su padre muy inesperadas. Toda la película la vemos a través de Ola, a partir de sus idas y venidas por Dublín. Una ciudad hostil, fría y triste, un lugar donde hay diferentes ciudadanos europeos, los de allí, que pertenecen a la parte enriquecida, y los que llegan, de esa Europa empobrecida. Una Europa, crisol de realidades sociales muy alejadas entre sí, una falsa unión que solo ayuda a los que tienen y la padecen los que no tienen. En ese continente que vende unidad, que vende prosperidad, y solo hay para unos pocos, como los ambientes en el que viven y trabajan los inmigrantes polacos. Un lugar donde la fraternidad y el cooperativismo han desaparecido y todo tiene un precio demasiado elevado, ya sea emocional o material. La joven polaca se mueve entre esos dos mundos en los que se plantea la película.

La idea que tiene ella de su padre, tan alejada de la realidad, y su fatal egoísmo, en que reprocha cruelmente a un padre ausente que no conoce. La cámara insistente y pegada al cuerpo de Ola que la sigue sin descanso, en un gran trabajo de luz que firma Piotr sobocinski Jr, que ya estuvo en la primera película de Domalewski, y tiene en su haber excelentes películas como Dioses, de Lukasz Palkowski y Corpus Christi, de Jan Komasa, entre otras. El excelente y cortante montaje de Agnieszka Glinska, que ha trabajado en las recientes Lamb, de Valdimar Jóhansson y Sweat, de Magnus von Horn, ayuda a sentir ese agobio constante y esa sensación laberíntica y de extrañeza que recorre a la joven Ola. Los noventa y siete minutos de metraje van acelerados, no hay tregua, todo ahoga en la existencia de Ola, en una especie de navegación sin rumbo, en el que irá redescubriendo la verdad de un padre que ella creía completamente diferente, un padre ausente que ella ha construido a su manera, llenándolo de acusaciones sin fundamente.

I Never Cry no solo nos habla de las condiciones miserables de vida y trabajo de muchos inmigrantes de la Europa del Este en la Europa capitalista, sino que también, nos habla de padres e hijas, de todas esas relaciones rotas y difíciles debido a la inmigración-ausencia de los padres, de todos esos vínculos rotos y nunca construidos, de ausencias y existencias a medio camino, de vidas tristes en barrios con pocas oportunidades, de hijos injustos y padres que no lo son debido a sus vidas precarias y sobre todo, una sociedad que vende vida y solo da dificultades y sacrificios que no tienen billete de vuelta. En 1982, la película Trabajo clandestino, de Jerzy Skolimowski, se centraba en la miseria de unos trabajadores polacos que, encerrados en una casa inglesa, trabajaban ocultos e ilegalmente. Cuarenta años después parece que las cosas han cambiado, pero no han mejorado mucho para los “otros”, porque los inmigrantes sí que llegan legalmente a esa otra Europa, pero siguen siendo esclavizados y humillados en sus trabajos y destinados a unas vidas ausentes y poco más, y encima, alejados de los suyos.

Una película sencilla, directa y honesta como la que ha construido Domalewski, necesitaba un reparto de verdad, alejado de rostros conocidos y sobre todo, que imprimieran toda la autenticidad que respira la película, mostrando una realidad que no está muy lejos de las realidades de este frustrante continente.  Tenemos a Kinga Preis que da vida a la madre de Ola, que habíamos visto trabajando a las órdenes de una grande como Agnieszka Holland, Arkadiusz Jakubik como el trabajador polaco que ayuda a emplearse a los recién llegados, y finalmente, la auténtica revelación de la película, la joven debutante Zofia Stafiej que da vida a Ola, reclutada en un casting en el que se presentaron más de 1200 candidatas. Una mirada triste y desesperada, una joven rebelde y obsesionado por su objetivo de ser alguien en la vida, y huir de su barrio y de la vida precaria de sus padres, una mujer que está a punto de convertirse en una adulta, una nueva vida que descubrirá en sus días en Dublín, una vida difícil y compleja, una vida que nunca es como la queremos, una vida en la que hacemos lo que podemos, que ya es mucho. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El año que dejamos de jugar, de Caroline Link

EL DIARIO DE ANNA KEMPER.

“Toda la gente famosa lo había pasado fatal. Uno tenía un padre borracho. Otro tartamudeaba. Otro había tenido que lavar centenares de botellas sucias. Todos habían tenido lo que se llama una infancia difícil. Estaba claro que había que tenerla si se quería llegar a ser famoso”

Judith Kerr de su novela Cuando Hitler robó el conejo rosa.

La niña Ana Frank escribió un diario íntimo durante los dos años y medio que se ocultó de los nazis, junto a su familia en su casa de Ámsterdam. En 1944, cuando contaba con quince años, fue descubierta y enviada a un campo de concentración donde moriría un año más tarde. Su sobrecogedor y valiente testimonio, ya no solo forma parte de la historia de Europa del siglo XX, sino de la historia íntima de cualquier lector que ha conocido su triste realidad. Otra realidad, esta de la escritora Judith Kerr (1923-2019), fue la que plasmó en su novela Cuando Hitler robó el conejo rosa, donde nos habla de la pequeña Anna Kemper, de apenas 9 años, cuando en los albores de la victoria hitleriana en las elecciones de febrero de 1933, huyó junto a sus padres y su hermano mayor a Suiza, escapando de las represalias nazis a una familia judía.

La directora Caroline Link (Bad Nauheim, Alemania, 1964), poseedora de una excelente trayectoria donde ha trabajado tanto en televisión, documental y ficción, es la encargada de dirigir la adaptación de la novela de Kerr, Cuando Hitler robó el conejo rosa, con un guión firmado por Anna Brüggemann y ella misma, en la que pone en imágenes una novela que nos habla de la perdida de la inocencia de una niña, ojito derecho de su padre, una niña que deja el país de las maravillas que es el Berlín de los años treinta, para iniciar un periplo que arranca en un pequeño pueblo de Suiza, para luego trasladarse a uno de los barrios populares de París. Dos años de idas y venidas, de adaptarse a nuevos cambios, como el idioma, las costumbres, y las dificultades económicas, en una familia encabezada por Arthur Kemper, su padre famoso y reputado crítico teatral en Alemania, pero ahora convertido en un refugiado. Junto a Dorothea, la madre, y Max, su hermano mayor, deambulan por países extranjeros, intentando sobrevivir, empezando de cero, luchando por seguir adelante, mostrándonos una existencia que abarca dos años, desde 1933 a 1935, dos largos años de existencias difíciles con algunos momentos de alegrías.

Link que ya había hablado de la infancia en alguna de sus películas, vuelve al tema del nazismo, como lo hizo en su película más internacional y galardonada, En un lugar de África (2001), también basada en una novela autobiográfica, en esa ocasión de Stefanie Zweig, donde vuelve hablarnos de una huida, la de una mujer y su hija que se reunirán con su marido, un reputado abogado judío, oculto en Kenia, y la difícil adaptación y supervivencia en la nueva tierra. Bella Halben vuelve a colaborar con Link, para construir una brillante cinematografía que contrasta con los diferentes lugares por los que la familia se mueve, la luz acogedora y doméstica de Berlín, como contrapunto a ese aire malsano y frío de la calle, la alegre luz  y natural en la Suiza rural, y la sombría del pequeño piso de París, que choca con la luz cegadora de la calle. Patricia Rommel que ha destacado por su trabajo con el estupendo director Florian Henckel von Donnersmark, conmueve con su elaborada y magnífica edición en una película que abarca dos años de vida.

La realizadora germana ha logrado un relato convencional y sin sobresaltos, pero de una grandísima fuerza y sensibilidad, optando por la mirada de Anna para contarnos la huida, la condición de refugiados, los conflictos que van cayendo debido a las enormes dificultades, y las continuas adaptaciones a los nuevos países y circunstancias. Estamos en esa Europa de los años treinta, todavía viva, libre y despreocupada, sin adivinar la tragedia que la asolaría años después. No obstante, la película muestra cada nuevo país, y sus formas de vida, de forma humana y elegante, sin caer en tópicos ni nada por el estilo, haciéndolo de frente, enseñándonos las peculiaridades y diferentes formas de vida social, laboral y escolar. La película aborda la tragedia de una familia judía que en Alemania vivían acomodados, para adentrarse en otra vida, más difícil y social, sufriendo para sobrevivir, con los problemas que surgen cuando hay que empezar de cero y en un país desconocido, pero entre los cuatro harán lo imposible para reír y no tomarse las cosas de forma trágica ni triste, mostrando una entereza envidiable cuando afrontan los conflictos, tanto internos como externos, como la victoria de los nazis, las pérdidas materiales y emocionales, y la vida alejada de los suyos y el descenso en la escala social, de unos privilegiados a unos más que tratan de sobrevivir con lo mínimo.

La cineasta alemana reúne a un reparto brillante que está natural y cercano, empezando por la pequeña Anna que interpreta Riva Krymalowski, una niña inteligente, que sabe de su condición de refugiada, muy espabilada, y cariñosa, y una excelente ilustradora, bien acompañada por Oliver Masucci como el padre, que sigue firme a sus ideales y a su identidad a pesar de las dificultades, Carla Juri da vida a la madre, protectora, valiente y decidida, que sacrificará su sueño en pos a su familia, Justus von Dóhnanyi es Max, el hermano mayor, un referente para Anna, Marinus Hohmann es el tío Julius, esa figura, encargado de zoo que consigue hacer soñar a Anna, y finalmente la veterana Ursula Werner da vida a Heimpi, la criada y segunda madre de Anna. Link ha construido una película excelente y tierna, que nunca decrece en su idea y ritmo, reivindicando la tragedia de tantas familias judías que huyeron de la Alemania nazi y su recorrido triste y complejo, como ocurre hoy en día con tantas familias que huyen de sus países de origen por la guerra y demás dificultades, moviéndose por esa Europa alegre que pronto dejará de ser, como le ocurre al personaje de Anna, la niña que dejará de ser la inocente y miedosa cuando vivía en Berlín, para ir poco a poco convirtiéndose en una adulta de repente, en alguien que, como toda la familia, deberá empujar y nadar para que todo siga a flote, y no rendirse ante las adversidades, que no serán pocas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Eden, de Dominik Moll

HUMANIZAR AL IMIGRANTE.

“En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para designar al extranjero, son el mismo término: xénos.”

George Steiner

El arranque de la serie resulta muy impactante. En una playa de la costa griega, mientras unos turistas abrazan el asueto y la diversión, una patera atestada de inmigrantes llega a la playa, y delante de todos, salen despavoridos de la barcaza huyendo tierra adentro. Una imagen que ha abierto muchos informativos, sí, una imagen que refleja la tragedia de Europa, mientras unos se divierten, otros, los más desfavorecidos, corren y se ocultan de la persecución que sufren. Eden es una serie que huye de la imagen impactante y se centra en la figura del inmigrante, se sumerge en el reflejo que hay detrás de esas imágenes que abren informativos, centrándose en el inmigrante, su identidad, su relación con el otro, sus ilusiones y esperanzas, su pasado, y futuro, si es que lo tiene. Un laborioso trabajo de guión escrito por Edward Berger, Marianne Wendt, Nele Mueller-Stöfen, Jano Ben Chaabane, Constantin Lieb, Pierre Linhart, Felix Randau, para desarrollar un relato de cinco historias sobre la inmigración que convergen en la Europa actual, coproducida por Alemania, Francia, Grecia y Bélgica.

Por un lado, tenemos a Hélène, una francesa ambiciosa que gestiona un campo de refugiados en la costa de Grecia con capital privado, y sus idas y venidas a Bruselas y las diferentes comisiones para mantener su negocio. Luego, un incidente del mismo campo, y la muerte accidental de uno de los inmigrantes derivará en un conflicto con los guardias de seguridad, la policía y el mantenimiento del campo, tambaleado por una oferta de un grupo inversor. Luego, tenemos al hermano adolescente del inmigrante muerto, que huye del campo y emprende una odisea llena de peligros y miseria para llegar a Inglaterra. Conoceremos a un matrimonio burgués alemán, que habíamos visto en la playa del inicio, que acoge a un adolescente sirio y los problemas que ocasiona con su hijo de la misma edad. Y finalmente, nos topamos con el drama sirio, a través de unos supervivientes que logran llegar a Francia, donde deberán enfrentarse a ese pasado terrible y oscuro que tratan de olvidar. Grecia, Alemania, Bélgica y Francia son los distintos países que sitúan una película poliédrica y sensible con las diferentes cuestiones sobre la inmigración, durante los seis episodios de 45 minutos de duración cada uno.

Dirigida por Dominik Moll (Bühl, Alemania, 1962) que también ha participado en el guión, autor entre otras, de Harry, un amigo que os quiere (2000), Lemming (2005), El monje (2011), Only the Animals (2019) y de la serie The Tunnel (2013), entre otras, enmarcadas generalmente en el thriller con elementos de drama, comedia o fantástico, en las cuales la psicología y la relación de los personajes se convierte en el foco de la acción. En Eden, ya desde su título, haciendo clara alusión a ese paraíso ansiado para tantos inmigrantes que solo consiguen conocer la otra cara, el lado oscuro de ese paraíso inventado, construido y falso. Moll construye con oficio y sensibilidad un gran mosaico de relatos que van y vienen, en una trama in crescendo, donde la complejidad y la interioridad de los personajes se va imponiendo a cualquier atisbo de condescendencia o sentimentalismo de otras producciones.

Eden es una serie muy interesante y magnífica, llevándonos por los distintos conflictos que se van sucediendo en relación a la inmigración, y el diferente tratamiento que hacen unos y otros, desde la ejecutiva que defiende su negocio a costa de lo que sea, en su caso con la inmigración, y la insensibilidad ante la muerte o los problemas de la inmigración, como deja bastante claro en la presentación del personaje, cuando la entrevistan en mitad del campo o ese video corporativo para vender su producto a costa de vidas y personas. O la actitud de los guardias de seguridad, que anteponen su vida y su trabajo en pos a otras vidas, y el deterioro mental que se produce en uno de ellos, incapaz de soportar el daño hecho, o la dificultad de convivencia con el inmigrante sirio en Alemania con esa familia que intenta salvar una vida, o los conflictos generados con los sirios en Francia y la culpa que los atenaza, y no menos, el adolescente nigeriano embarcado en su particular odisea pro una Europa dañina y capitalista, que se aprovecha de la desgracia ajena, un continente nacido en 1951 para acabar con la guerra y proteger a sus pueblos, que se resiste a aceptar la inmigración y la sigue tratando como una mera mercancía con la que hacer dinero.

Un grandísimo reparto que agrupa intérpretes conocidos con otros más locales, componen un atractivo y magnífico elenco que irradian vida y naturalidad, encabezados por Sylvie Testud, Juliane Köhler, Wolfram Koch, Bruno Alexander, Michalis Ikonomou, Adnan Jafar, Diamand Bou Abboud y Joshua Edoze que da vida a Amare, con un aplomo y capacidad que entra de lleno en la remesa de los mejores debuts en pantalla, protagonizando el relato más intenso y dramático, la de miles de menores inmigrantes no acompañados que deambulan por Europa expuestos a cualquier peligro y abuso. Moll ha hecho un trabajo dignísimo y excelente, con un tempo narrativo de primer orden, conduciéndonos con orden, sensibilidad y humanismo por este retrato del inmigrante en Europa, una relidad durísima y dolorosa, que que no se detiene y va más allá de meras cifras y datos, llenos de vidas que huyen de la guerra y la miseria, una historia triste y oscura, que nos debería hacer reflexionar muy profundamente sobre que el significado de la palabra Europa, su idiosincrasia, y sobre todo, su forma de gestionar las vidas de los inmigrantes. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

 

Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco

LAS RUINAS DEL SUEÑO.

“Sueño con un precipicio sobre el que se extiendo el horizonte. A lo lejos la ciudad brilla por encima de sus edificios. Tú y yo la atravesamos de un amanecer a otro. Y ocultos entre sus calles, contemplamos nuestro futuro”

Dos amantes celebran la entrada del nuevo año 2018, recorriendo las calles de una ciudad vacía, perdidos sin saber hacía adónde ir y que hacer, como si el mundo que hasta entonces habían conocido estuviera ausente, huido o simplemente desaparecido. Se internan en una montaña, y aparecen en las primeras horas del 1 de enero de 2000, siguen manteniendo la misma edad, pero sus nombres son otros. Se pierden en el bosque y sus vidas desaparecen entre la fiesta, la naturaleza y el nuevo milenio. La puesta de largo de Miguel Ángel Pérez Blanco (España, 1984) es una apuesta formalista, de prodigio visual, en la que nos sumerge en los sueños no realizados y frustraciones de los jóvenes de su edad, y de la ilusión de aquel continente que despertaba en aquel lejano 2000 con la energía de crear una sociedad más justa, igualitaria y llena de posibilidades. Dieciocho años más tarde, la desilusión se ha apoderado de todos, las posibilidades de trabajo son escasas y precarias, y los jóvenes y la sociedad camina perdida, sin rumbo, a la deriva, desesperada, y sobre una sociedad ruinosa, podrida y sin futuro.

Después de dos celebrados cortometrajes, Carretera al Atlántico (2011) y Los dinosaurios ya no viven aquí (2014), donde también había dos amantes, un viaje en coche y un bosque. El cineasta español nos invita a un viaje sobre nosotros mismos, y el continente europeo, sobre estos 18 años transcurridos del nuevo milenio, que sigue cosechando y coleccionando errores pasados, donde las desigualdades siguen creciendo y la “tierra prometida” de un futuro mejor se esfumaron, en los albores del tiempo, de una vida que cada vez es peor, y deja a una generación de jóvenes aislados y desorientados como si fuesen espectros que no tienen espacio en este continente deshumanizado. La película se estructura a través de dos tiempos, dos tiempos que se mezclan, que parecen idénticos, como si el tiempo no hubiera pasado, o como si se hubiera detenido en algún lugar irreconocible, en el que conocemos a dos amantes que vagan por una ciudad muerta, y que experimentan un viaje al pasado, al principio de todo, a aquella noche, en aquella montaña, en el cientos de jóvenes como ellos, celebraban una rave para dar la bienvenida al nuevo siglo, a todo aquello que iba a llegar.

Pérez Blanco construye una película puramente estética, de fuertes contrastes, y con esa luz apagada y oscura, en la que perviven tímidamente algunos neones fluorescentes que dan algo de luz, mínima, en el que nos conduce por espacios postmodernos, pero sin nadie, sin vida, sin alma, en el que los dos amantes los recorren sin saber dónde ir, en una huida sin fin, sin retorno, en el que ya nada tiene sentido. La película mezcla texturas, sonidos y música, consiguiendo una atmósfera penetrante y velada, que recuerda al thriller o la ciencia-ficción, con planteamientos cercanos al cine de Tsai Ming-Liang, en el que cada encuadre rezuma perdida, vacío, a través de un paisaje denso, inquietante y brutal. Pérez Blanco ha creado un distópico itinearioe hacía un no tiempo que ya no existe, hacía un tiempo perdido, un espacio que sigue teniendo vida pero sin vidas, sin corazones latiendo, sin relaciones personales de verdad, sólo fantasmas que se mueven de un lado a otro, y se desplazan sin más, movidos por algo que desconocen, por aquello que ya no es, aunque siga ahí.

Los dos amantes que siguen siendo ellos, pero con otros nombres (o es una ilusión de todos aquellos jóvenes del 2000 que apostaban por el nuevo milenio) se adentran en el otro lado del espejo (como le ocurría a Alicia) encaminándose hacia una fiesta que más que celebración parece una despedida, un adiós a un tiempo y a unas ilusiones que se quedaron en algún momento del tiempo, un tiempo que ya no avanzo más, y arrastro y sigue arrastrando a tantos cada día, a la realidad sucia y putrefacta de un continente enfermo, en estado terminal, que ya no existe, que ya no es. Una película del aquí y ahora, de nuestros sueños no realizados, de la precariedad de nuestras relaciones personales, de una sociedad infeliz y muerta, y de todo aquello que queríamos ser y jamás podremos ser, a través de una factura prodigiosa, en una cinta multilingüe, con dos intérpretes internacionales que dan vida a estos amantes ausentes, como si mirasen al mundo o a lo que queda de él, desde la lejanía, desde la ausencia, en un viaje emocional que penetra en nuestros sentidos y en el alma de los espectadores, llevándolos hacía lugares donde ya no valen las palabras, ni los gestos, sino todo aquello que sentimos y nos hace sentirnos vivos.


<p><a href=»https://vimeo.com/250644161″>EUROPA de Miguel &Aacute;ngel P&eacute;rez Blanco -Trailer subtitulado en espa&ntilde;ol (HD)</a> from <a href=»https://vimeo.com/user4180562″>Miguel &Aacute;ngel P&eacute;rez Blanco</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Entrevista a Miguel Ángel Pérez Blanco

Entrevista a Miguel Ángel Pérez Blanco, director de «Europa». El encuentro tuvo lugar el domingo 30 de abril de 2017 en el Teatre CCCB en el marco del D’A Film Festival en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Miguel Ángel Pérez Blanco,  por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su amabilidad, paciencia, atención, generosidad y cariño.

Encuentro con Marin Karmitz

Encuentro con el productor Marin Karmitz en el marco del ciclo dedicado a la figura del cineasta Alain Resnais. El evento tuvo lugar el miércoles 27 de mayo de 2015, en la Filmoteca de Cataluña.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marin Karmitz por su tiempo, sabiduría y su maravillosa carrera cinematográfica, y al equipo de la Filmoteca, con su director Esteve Riambau al frente, por acogerme y tratarme con afectuosa amabilidad.

White God, de Kornél Mundruczó

LA REBELIÓN DE LAS BESTIAS

El arranque de la película es aterrador y espectacular, una niña en bicicleta por las calles desiertas de Budapest, de repente, una jauría, no humana, sino de perros comienza a correr tras ella. Un inicio que nos recuerda inevitablemente a pesadillas postapocalípticas como el último hombre… vivo (1971) o más recientemente 28 semanas después (2007). La quinta película de Kornél Mundruzcó (Hungría, 1975), sigue la misma línea de las vistas por estos contornos, Delta (2008) y Semilla de maldad (2010), donde hay un interés entre los conflictos del bien contra el mal en una sociedad decadente, la pérdida de la inocencia y las separaciones y reencuentros que dejan secuelas emocionales.

Ahora, nos cuenta una fábula moral que sirve como espejo metafórico de la situación actual, donde unos pocos, cada vez son más poderosos, someten y esclavizan a la mayoría, que malvive sin recursos ni derechos. En ese sentido, la película choca frontalmente como inspiradora con el cine de Miklós Jancsó (1921 – 2014), a la que Mundruczó dedica su película, un cine que ponía de relieve los abusos de poder, y que funcionaba magníficamente como alegoría de la realidad que acontecía. La trama comienza con la llegada de Lili, una niña de 13 años, a pasar un tiempo junto a su padre, veterinario de profesión. Éste no ve con buenos ojos a Hagen, el perro mestizo de Lili, además las leyes imponen un alto tributo a los canes que no son de raza. El padre abandona al perro en una cuneta, y a partir de ese momento, la cinta sigue los pasos del can, un camino tortuoso que después de escabullirse en algunas ocasiones de los empleados de la perrera que capturan perros callejeros, acabará en las cloacas y los submundos y peligros de la sociedad, donde será malvendido y adiestrado para peleas. Es en ese instante, cuando Hagen ayuda a rescatar a los suyos de la perrera y se lanzan los 250 perros a impartir justicia y apoderándose de la ciudad. El cineasta húngaro nos zambulle en una película brutal y sobrecogedora, un puñetazo moral a nuestras conciencias, un alegato a favor de los débiles, un relato construido a través de impactantes imágenes que encogen a cualquiera, con la compañía de la Rapsodia húngara, de Franz Liszt, en una cinta que mezcla géneros, arranca como un drama familiar, para adentrase en una de aventuras, para luego hacer una descripción minuciosa y crítica de una realidad social, y para finalizar, sumergirnos en una película de venganzas, muy al estilo del policíaco o del western.

Una cinta que nos lleva a pensar en otros títulos donde la (in)justicia animal ha puesto de manifiesto los abusos de poder: Los pájaros (1963), Al azar de Baltasar (1966), El perro (1976) o El perro blanco  (1981), muy alejada de las correctas y condescendientes títulos procedentes de Holywood.  Mundruczó ha hecho una película a tumba abierta, combina un ritmo pausado y frenético, sus bestias amenazan el orden establecido y saquean y asesinan despiadadamente a los hombres sin corazón que los utilizan y los machacan, quizás el excesivo metraje que se va al par de horas, juega en ocasiones en su contra. Maravillosa alegoría de no sólo la situación de los países del este, que intentan levantarse después del yugo dictatorial, sino una crítica feroz y punzante del nuevo orden social donde la Europa de los pueblos se ha convertido en una dictadura donde el único camino posible es codiciar dinero y sentirse cada vez más poderosos, y destruir a los diferentes y desposeídos.