Su propio infierno, de Nicolas Winding Refn

ELLE EN EL EDIFICIO DE LAS PESADILLAS. 

“Hay un hombre detrás de este lugar… Es él quien lo hace. Puedo ver su rostro. Espero no ver nunca ese rostro fuera de un sueño.”

Frase de Mulholland Drive (2001), de David Lynch

Después de Pusher (1996), de la que siguieron dos secuelas más, y alguna que otra producción en su país natal, la filmografía de Nicolas Winding Refn (Copenhague, Dinamarca, 1970), dio un vuelco internacional y de enorme prestigio gracias a Drive (2011), filmada en inglés con la actuación de Ryan Gosling, en la que de forma estilizada y dura recorría las actividades de un conductor de delincuentes nocturno. Una estética que se convierte en marca de la casa, donde prima lo oscuro y formas fluorescentes y neones que evidencian esa dualidad entre la luz y la oscuridad en la que sus personajes, tipos atormentados y solitarios luchan contra un no universo estructurado a través de la violencia y el mal. En Solo Dios perdona (2013), otra vez con el protagonismo de Gosling y una forma que sigue la premisa de la anterior, y con una historia aún más dura y cruda, aunque sin llegar a la excelencia de Drive, en una cinta donde la violencia que impera su trama se tornaba demasiado efectista.

En Su propio infierno (en el original, Her Private Hell), coescrita por el director junto a Esti Giordani, que conocemos por haber trabajado en la serie Sticks, la cual mantiene muchos ecos de The Neon Demon (2016), en la que Winding Refn se volvaca en Jess, una joven que encarnaba una extraordinaria Elle Fanning, que llega a Hollywood con el sueño de ser actriz, pero allí se encuentra un mundo hostil, oscuro y lleno de peligros y envidias y deseos enfermizos, que mantenía ciertas formas y ecos de Mulholland Drive (2001), del gran David Lynch. En la película que nos ocupa conocemos a Elle, una joven actriz que llega a un edificio en mitad de una gran ciudad asolada y oculta por una gran niebla, en un mundo distópico donde todo se limita al enorme e infinito bloque de pisos. En ese lugar, se encuentra con otras mujeres, también actrices, entre las que se encuentra su joven madrastra para filmar una película de serie B, muy al estilo Giallo, en la que Elle pretende acercarse a su padre ausente. Una búsqueda que abre otras dimensiones y se cruzará con la odisea de un joven estadounidense en Japón que, después de la guerra, busca desesperadamente a su hija. Una historia de espejos, de realidades, ficciones y miedos en que los personajes buscan, se buscan y quizás, encuentren aquello que no esperan. 

Entre los técnicos encontramos al cinematógrafo Magnus Nordenhof Jonck, que trabajó con el director danés en la serie Cowboy de Copenhague (2023), amén de trabajar con directores de la talla de Andrew Haigh y Tobias Lindholm, entre otros. La estética impuesta es muy potente, donde priman los rojos y azules y los neones, con ese aroma gótico de fábula victoriana y los colores característicos de la Hammer. La música corre a cargo del veterano Pino Domaggio, con más de 130 títulos en su filmografía al lado de grandes cineastas como Brian De Palma, con el que ha trabajado en numerosas ocasiones, Liliana Cavani, Dario Argento y Joe Dante, y muchos más. Unas composiciones que ayudan a sumergirnos en esos submundos en los que la trama se adentra en ese edificio donde se mezclan texturas y capas y multicapas. El montaje es de Matthew Newman, un cómplice muy estrecho de Winding Refn, con el que ha trabajado en 6 películas y una serie, en una edición compleja porque la historia se va enredando de tal forma que cuesta saber en qué situación estamos tanto nosotros como los perdidos personajes, en una trama que se va a los 107 minutos de metraje, que resulta interesante pero que no acaba de tener la solidez que tienen las dos películas citadas del director. 

Un reparto encabezado por la seductora Sophie Thatcher que encarna a Elle, que nos fascinó en La acompañante, aquí en un rol protagónico haciendo de particular Alicia en el edificio de las pesadillas. Le acompañan Kristine Froseth, otra joven actriz más inocente y virginal, y Havana Rose Liu, la madrastra misteriosa, Diego Calva es el lover por excelencia, Charles Melton es el soldado desesperado y finalmente, Dougray Scott es el escurridizo padre convertido en otros personajes, tan extraños como peligrosos. Una de las virtudes de Su propio infierno es su fascinante estética, que nos seduce con sus colores, formas y extravagancias, aunque su trama, como hemos reflejado, se queda, a veces, en tierra de nadie, es decir, que cuesta encontrar interés en sus entramados laberintos y vericuetos, aunque la labor de sus intérpretes y sus complejas relaciones hacen que la cosa tenga sus momentos, aunque sean pocos. Deseamos que Nicolas Winding Refn vuelve a sus lugares comunes, a aquellos que transitaba en Drive y The Neon Demon, donde sus personajes solitarios y callados se sumergían en esos submundos, alterados, raros y llenos de carreteras perdidas que tanto interesaban a un cineasta tan extraordinario como Lynch, del que han salido no pocos discípulos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Carlotto Rose y Alex Kumar

Entrevista a Carlotto Rose y Alex Kumar, directores de la película «Malditos», en el domicilio de uno de los directores en Barcelona, el miércoles 18 de junio de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Carlotto Rose y Alex Kumar, por su tiempo, sabiduría, cercanía y generosidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Esperando la noche, de Céline Rouzet

LA IMPOSIBILIDAD DE SER. 

“La valentía es no dejarse intimidar por el miedo”

Rebecca Solnit 

Erase una vez… Una familia que llega a una zona residencial, de esas tan tranquilas que parecen esconder algo oscuro, llenas de casas con su jardín verde tan natural como artificial, con piscina de agua demasiado azul, y demás lujos innecesarios de gente que no sabe en qué gastar el dinero que gana. La familia en particular son Laurence y Georges, madre y padre, Lucie, la hija pequeña y finalmente, Philémon, el hijo adolescente, demasiado pálido y extraño. A parte del hijo, lo demás no parece raro, aunque a medida que avanza la trama, nos daremos cuenta que la cosa si guarda ciertas rarezas. La directora francesa Céline Rouzet, que debutó con 140 km à l’ouest du paradis (2020), un documental sobre una de las zonas más remotas de Papúa Guinea que analiza el turismo y el neocolonialismo. Para su segunda película Esperando la noche (“En attendant la nuit”, en el original), se adentra en el género para contarnos una sensible e íntima historia sobre el difícil paso de la infancia a la adolescencia de un chaval, el tal Philémon, que tiene un secreto: necesita sangre humana para alimentarse. 

Rouzet huye deliberadamente del vampirismo como fenómeno terrorífico para situarse en los pliegues de ese momento vital, tan esperanzador como inquietante, en la que nos habla desde el alma de conflictos cotidianos en los que impone una naturalidad oscura, parecida a la de las películas de David Lynch, donde todo lo que vemos insinúa unas puertas para adentro donde ocurren los terrores más espeluznantes. Su relato se aleja de las argucias argumentales y construye un guion junto a William Martin en el que prevalece la honestidad, el secreto no es ningún misterio, porque como hacía Hitchcock, lo desvela al principio, así que, la trama se desarrolla en eso que comentábamos al inicio del texto, en el proceso de un joven que quiere ser aceptado por los jóvenes del lugar y aún más, en el miedo que siente en revelar su “secreto”. Por el camino, el film habla del sacrificio familiar para proteger a su hijo, llevándolos a hacer cosas ilegales y demás cosas. La película plantea lo vampírico como una enfermedad o discapacidad que nos puede alejar de los demás, incluso del amor como le ocurre a Philémon que se siente atraído por Camille. 

La cineasta francesa huye de los lugares comunes del terror más convencional, porque su película va de otra cosa, y la llena de lugares extremadamente domésticos y cercanos como la casa y las calles y el bosque y el río, siempre de día y en verano, con esa luz tranquila y pausada que firma el cinematógrafo Maxence Lemonnier, del que hemos visto hace poco HLM Pussy, de Nora el Hourch, en la que envuelve de cotidianidad y cercanía su película. El montaje de Léa Masson, habitual de Claire Simon, que además estuvo en el debut de Rouzet, huye del corte enfático y se instala en un marco reposado donde todo se cuenta con el debido tiempo, sin prisas ni estridencias, en sus 104 minutos de metraje. La excelente música de Jean-Benoît Dunckel, la mitad de “Air”, que ha trabajado en grandes títulos como María Antonieta, de Sofia Coppola, El verano de Sangaile, de Alanté Kavaïté y en Verano del 85, de Ozon, nos envuelve de forma natural e inquietante al anthéore de la película, confundido y torturado, en ese estado de ánimo entre el miedo, el conflicto y la necesidad de abrirse del protagonista, enfrascado en sus temores y oscuridades, y las otras, las de fuera, las que más miedo le producen, porque no sabe cómo reaccionan los otros cuando sepan su “secreto”.

La presencia del debutante Mathias Legoût Hammond en la piel del oculto Philémon es todo un gran acierto, porque el joven actor sabe transmitir todo el problema que arrastra un adolescente que quiere ser uno más y no puede, protegido por el amparo familiar pero con ganas de descubrir otros espacios de la vida como la amistad y el amor. Le acompañan una siempre arrolladora Elodie Bouchez como la la madre, que fácil lo hace y todo lo que genera una actriz dotada de un aura especial. Jean-Charles Clichet es el padre, que le hemos visto en películas de Honoré y Hansen-Love, entre otros, la niña es la casi debutante Laly Mercier, genial como hermana pequeña, tan lista como rebelde, y finalmente, la estupenda presencia de Céleste Brunnquell como Camila, la amada de Philémon, una actriz maravillosa que nos encantó en El origen del mal y Un verano con Fifí, entre otras, siendo esa mujer que, al igual que el protagonista, se transformará. No se pierdan Esperando la noche, de Céline Rouzet, si les gustan las películas de terror sin efectismos y que profundicen en el alma humana, sus verdades y mentiras, y sus brillos y oscuridades, y todo lo que nos hace humanos o no, y cómo reaccionamos ante el diferente y lo desconocido, que es eso lo que nos hace inteligentes  y sobre todo, bellas personas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Lucky, de John Carroll Lynch

EL ÚLTIMO SUSPIRO.

Muchos lo recordarán como aquel mecánico de la Nostromo del que un alien asesino le salía del estómago en la famosa secuencia de  Alien, de Ridley Scott. Aunque si hay un personaje que ha marcado la filmografía de Harry Dean Stanton (1926-2017) no es otro que Travis, que interpretó en París, Texas, de Wim Wenders, con esa sobriedad y magnetismo que tanto le caracterizaba. Un tipo silencioso y perdido que vagaba sin rumbo por el desierto de Arizona con la inolvidable música de Ry Cooder. Aunque la carrera del insigne actor arrancó a finales de los 50, aunque fue en la década de los sesenta que empezó a intervenir en películas de alto rango como La conquista del oeste, La leyenda del indomable… Fue en la década de los setenta y de la mano de grandes nombres del cine más arriesgado e independiente que empezó a cosechar su gran aura convirtiéndose en habitual de Sam Peckinpah, John Millius, Monte Hellman y David Lynch, con el que trabajó en Corazón salvaje, la serie Twin Peaks o Una historia verdadera, entre otras. En total unos 250 títulos entre los que también habría que destacar algunas películas de Coppola y Scorsese.

En Lucky interpreta su última balada, el último instante de una carrera inolvidable, interpretando a un anciano de 90 años de gran vitalidad, sencillez, de costumbres y aficionado a los concursos televisivos. Aunque, una mañana se cae en casa y acude al médico que le explica que está bien. Pero algo cambia en él, y comienza a sentirse mal consigo mismo y sobre todo con los demás. Su entorno más cercano sufrirá esa desidia y malestar, el camarero negro que le atiende cada mañana en su cafetería preferida, la dependienta latina que le vende su cartón de leche, su amigo del traje blanco (interpretado por David Lynch) que ha perdido su galápago, y aquellos transeúntes con los que se tropieza por la calle. En ese momento, Lucky se descubrirá a sí mismo y emprenderá un viaje emocional que le hará redescubrir su interior que consideraba perdido. El artífice de todo esto es John Carrol Lynch (Boulder, Colorado, EE.UU., 1963) intérprete en más de 50 films, entre los que destaca el Norm de Fargo, de Los Hermanos Coen, aquel hombretón que hacía fotos a pájaros y estaba casado con Frances McDormand, aunque también ha aparecido en títulos de Eastwood, Scorsese o Fincher, en Lucky debuta en la dirección de largometrajes con una película-tributo a Harry Dean Stanton, a una estirpe de intérpretes que ha desarrollado una carrera alejada de los focos y las alfombras rojas, y se han dedicado a hacer de su oficio una manera de vivir, de ser y de estar en un negocio muy dado al espectáculo y los nombres y no las buenas historias que acaricien el alma de los espectadores.

Su Lucky es un tipo de vuelta de todo, de movimientos lentos y firmes, de carácter serio y amigable, de rutinas sencillas y solitarias, que vive en uno de esos pueblos del oeste de cuatro casas, en mitad del desierto, rodeado de cactus y caminos sin caminantes que apenas levantan polvo, espacios de extraña quietud, que a simple vista parecen deshabitados, donde la tranquilidad es un desafío, y en los que las gentes que lo habitan son seres que vienen de muchas vidas, de muchas historias y de muchos palos y alguna alegría, algo así como un reposo bien merecido después de una vida de cabalgar contra el viento, como si ser diferente, rebelde y luchador incansable por las nobles causas, estuviera marcado a fuego en sus entrañas, a ritmo de los temas tan vivos, humanos y oscuros que canta Johnny Cash. Con ese aroma de amargura y honestidad que también construía Peckinpah en sus películas, a través de pistoleros fuera de lugar, extraños de sí mismos y valientes solitarios que luchaban por ellos mismos en una sociedad que nos quiere iguales, callados y obedientes.

En una película-homenaje que nunca sabremos donde termina el actor y empieza la persona y viceversa, donde admiramos y caminamos al lado de Harry Dean Stanton como su sombra, como ese aliento, que sabemos que es el último, pero todavía poderoso y singular, en su peculiar viaje hacia adentro, hacia sus entrañas, hacia ese espíritu imperecedero del que ha vivido acorde con sus principios, porque nunca tuvo o supo de otros.  Ya habíamos visto a la persona en el excelente documental Partly Fiction, de Sophie Huber, donde penetraba en las entrañas del actor a través de un personaje parecido a Lucky, donde lo escuchábamos cantar (como ese momentazo que se marca en Lucky con el tema “Volver”) tocar la armónica y la guitarra o encontrarse con amigos que se han cruzado en su vida como Lynch, Wenders, Shepard, Kristofferson o Debbi Harry, donde hablaban del pasado, del presente y del futuro, de cine, de música y de todo aquello vivido y vivirán, en ese tono de viejos vaqueros que siguen en pie resistiendo a pesar del tiempo, las ausencias y los años.

Carrol Lynch construye una película extraordinaria, sobre la vida y la vejez, donde hay drama íntimo y también, comedia negra, cargada de lirismo y llena de tiempo, que nos hace viajar no sólo a ese Lucky y su conflicto interior, sino también al actor, a todas sus películas, a sus personajes como Travis, a través de ese caminar lento y firme, a ese caminar que nos lleva de un lugar a otro, a emprender una vida diferente cada día, a mirarse al espejo y sentirse nuevo cada día, a cantar a los cuatro vientos que estamos vivos, que deseamos estar con los nuestros, tomando copas, o recordando la guerra (como ese momento con Tom Skerrit, su compañero en Alien, donde parece más que un encuentro de amigos que hace mucho que no se veían) en un retrato con alma sobre los viejos vaqueros que continúan en pie a pesar de todo y todos, donde se recoge el mejor aliento de los grandes westerns, no los épicos y patriotas, sino aquellos que se detenían en los olvidados, en los que no les sale nada bien, porque no se dejan llevar, porque luchan para ser ellos mismos, y que acaban cansados, pero no vencidos, apurando whisky en uno de esos bares rodeado de amigos, contando amores frustrados, leyendas borradas por el polvo del camino, aquellos días cuando todo parecía que iba a ser distinto, y todo aquello que soñaron y vivieron, aunque ahora quede tan lejano e irreal, porque aunque la vida es muy puta, siempre quedará un vaso de whisky para aquellos que no dejarán domar.