Un cabo suelto, de Daniel Hendler

EL POLICÍA QUE HUYE. 

“El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza”

Miguel de Cervantes

Como se mencionaba en la inolvidable Touch of Evil (1958), de Orson Welles, aquello que las fronteras eran los estercoleros de los países. Eso mismo sucede en Un cabo suelto, de Daniel Hendler (Montevideo, Uruguay, 1976), en la que Santiago, un oficial de poco rango de la policía argentina ve algo que no debía y no tiene más remedio que cruzar la frontera con Uruguay y ocultarse en la ciudad y alrededores de Fray Bentos. El agente sólo puede huir, esconderse como una alimaña a la que vienen en su acecho. En esa travesía a lo desconocido, se irá encontrando con individuos como un vendedor de quesos ambulante que toca melodías tristes a la guitarra, un abogado que le encantan los quesos, y finalmente, una mujer que trabaja en una de esas tiendas de frontera que venden de todo y de nada. Vestida como un thriller con toques de comedia negra, con esa mezcla entre la idiosincrasia de la zona, tan peculiar y hermosa, y esa atmósfera de no cine negro tan habitual de los Coen y Kaurismäki. 

De Hendler conocemos su gran y dilatada trayectoria como actor con más de 25 años de carrera que la ha llevado a trabajar en más de 60 títulos junto a Daniel Burman, Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll, Santiago Mitre y Ana Katz, entre otros, amén de su interesante filmografía como director con tres largos y una serie, que arrancó con Norberto apenas tarde (2010), El candidato (2016), la serie La división (2017) y la que nos ocupa. Historias llenas de tipos al borde todo y de nada, donde la situación los desborda y deben adaptarse y sobre todo, aceptar sus circunstancias y limitaciones. El policía Santiago se une a estos tipos don nadies, metidos en un embrollo de mil demonios, muy a su pesar, que debe huir, esconderse y encontrar un lugar diferente en un viaje lleno de obstáculos y peligro constante. Hendler no se olvida de los lugares comunes del noir, pero los llena de cotidianidad y de unas situaciones muy cómicas, incluso absurdas, como la vida misma, en la que el género se transforma en un costumbrismo que recoge esos espacios alejados del mundanal ruido que no parecen reales, pero sí lo son. Ese no tempo que recorre toda la historia consigue ese tono triste y melancólico que ayuda a mirar a los personajes de muy cerca y de frente.

La excelente cinematografía de un grande como el argentino Gustavo Biazzi, con más de 40 títulos, acompañando a directores de la talla de Alejo Moguillansky, Santiago Mitre, Hugo Santiago y Ana Katz, entre otros, que ya estuvo en la mencionada La división, construye una forma clásica, de planos y encuadres fijos y de gran factura técnica para darle esa prisión en la que vive el protagonista moviéndose por una zona desconocida y hostil. La música del dúo Gai Borovich y Matías Singer, que ha estado en todas de Hendler, amén de Carolina Markovicz, ayuda a mantener ese suspense y ligereza que se combina en todo su entramado. La edición de otro grande como Nicolás Goldbart, aparte de director, con casi medio centenar de películas, junto a Pablo Trapero, Damián Szifrón y Rodrigo Moreno, cimenta un ritmo pausado y nada estridente, que brilla en su cercanía y naturalidad en sus reposados 95 minutos de metraje, en una película que combina un gazpacho donde hay policíaco lleno de sombras y oscuridades, humor uruguayo donde se describe muy bien una forma de ser, sentir y hacer, con ese tono de tristeza, sin caer en la desesperanza, que tanto define una forma de estar en la vida.

Alguien como Daniel Hendler, con una filmografía impresionante de títulos como actor, debía tener especial elección y trabajo con sus intérpretes que brillan con actuaciones minimalistas, donde se habla poco y se mira mejor, con el argentino Sergio Prina dando vida al huido Santiago, Alberto Wolf es el peculiar y tranquilo vendedor de quesos, Néstor Guzzini es el abogado que recoge al huido, que recordamos en la reciente Un pájaro azul, el uruguayo y reputado César Troncoso, que ya estuvo en El candidato, es otro abogado que asesora a Santiago, Pilar Gamboa, una de las maravillosas protagonistas de La flor, de Llinás, es la mujer que trabaja en el súper de la aduana y que baila los viernes en un club, y además, tendrá un (des) encuentro con el protagonista. Una película como Un cabo suelto huye de los sitios manidos del cine negro, y lo hace de una forma nada artificial, sino todo lo contrario, a partir de esos espacios tan domésticos y tan extraños, casi de otro planeta que hay en las aduanas y los pasos fronterizos, donde unos van de aquí para allá y viceversa en un ir y venir de personas, de historias, de huidas, de amor, de mentiras y de no sé sabe muy bien, porque esos lugares y volvemos a Welles, no pueden traer nada bueno porque está lleno de individuos desconocidos y con muchas cosas que ocultar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los lazos que nos unen, de Carine Tardieu

SANDRA Y LOS AFECTOS. 

“El afecto no se puede crear; sólo puede ser liberado”. 

Bertrand Russell

Si pudiéramos prever los acontecimientos venideros de nuestras vidas, quizás, nuestras formas de encajarlas  podría ser muy diferente. La única verdad es que, por mucho que pensemos en aquello que nos está ocurriendo, hay una tsunami emocional que nos pasa por encima y es totalmente independiente a la razón, y sin darnos cuenta, nos va sometiendo a un universo del que jamás hubiésemos imaginado que íbamos a ser partícipes. Esto le sucede a Sandra, la protagonista de Los lazos que nos unen (“L’attachement”, en el original, que podríamos traducir como “El apego”), el quinto largometraje de Carine Tardieu (Francia, 1973), en la que basándose en la novela “L’intimité”, de Alice Fervey, traza una trama muy íntima y transparente, de las que se pueden tocar, en que la citada Sandra es una mujer muy independiente que trabaja en una librería femininsta, y las cosas del destino hacen que los vecinos de enfrente le dejen un día a Elliot, un jovenzuelo de 6 años muy espabilado, mientras ellos van al hospital por el inminente nacimiento de la niña. 

Un guion muy bien hilado y nada convencional escrito por Raphaële Moussafir, tercera película con la directora, Agnès Feuvre, que tiene en su haber películas como La fractura, de Catherine Corsini, y Un verano con Fifí y El teorema de Marguerite, entre otras y la propia directora, nos sitúa en un relato muy doméstico entre vecinos, y aún más cuando Alex, el padre se queda viudo con el mencionado Elliot, y la recién llegada Lucille, que irá marcando con sus meses el desarrollo de la historia. La vida de Sandra irá cambiando y se convertirá en una más en la familia de Alex y sus dos hijos pequeños. La contención y la sutileza se imponen en el tono de la película, porque los avatares que van alcanzando a sus personajes se van dando, casi sin querer, como la vida misma, donde los sentimientos y las emociones inesperadas, porque nunca son esperadas, van envolviendo a los respectivos y llevándolos a contradicciones y reflexiones alejadas a lo que ellos tenían en mente, sobre todo, al personaje de Sandra, hilo invisible y no tanto, y conductor de esta película que tiene apariencia de comedia ligera pero se va convirtiendo en una drama sin estridencias ni voladuras, sino todo lo contrario, muy ìntimo y nada pegajoso, dejando libertad y reflexión para la participación esencial de los espectadores. 

La directora francesa, de la que habíamos visto por estos lares la estupenda Los jóvenes amantes (2021), también distribuida por Karma Films, se ha rodeado de un equipo muy cómplice para abordar una película construida a partir de miradas y gestos, y pocas palabras. Tenemos al cinematógrafo Elin Kirschfink, dos películas con Tardieu, amén de otras con cineastas importantes como Mohamed Hamidi, Guillaume Senez y Léa Domenech, para dotar de una plasticidad tangible y nada ampulosa, que mantiene una atmósfera muy cálida y verdadera. La magnífica música de Eric Slabiak, cuatro películas con realizadora, que acoge las imágenes creando esa atmósfera tranquila y reposada donde las emociones van construyéndose desde los cimientos, casi imperceptibles e invisibles, que van arrastrando irremediablemente a los diferentes personajes. El montaje de Christel Dewynter, toda una jabata con más de 30 títulos que le ha llevado a trabajar con Mikhaël Hers, Thomas Lilti y Bruno Podalydès, y muchos más que, con sus 106 minutos de metraje, consigue atraparnos con muy poco, acentuando un ritmo reposado y nada agitado, con tensión y momentos de gran calado emocional, porque Sandra, más racional y concienzuda y los años que nunca engañan sabe mucho de tantas situaciones, aunque siempre existen esos resquicios que nos sorprenden inesperadamente. 

El reparto es brillante empezando por Sandra que hace una espectacular Valeria Bruni-Tedeschi, curtida en mil batallas y construyendo un personaje admirable, tanto en su forma de mirar como apegándose al pequeño Elliot, y la relación tan especial que tienen y aún más, una presencia que llena cualquier plano y encuadre como demuestra en muchos momentos de la película. A su lado, Pio Marmaï, un actor todoterreno con casi medio centenar de títulos, dando vida a Alex, el padre viudo lleno de temor e inseguridades en su situación, Vimala Pons es Emillia, una pediatra que llegará a la vidas de Alex y sus hijos, como un terremoto emocional, Raphaël Quenard es el padre de Elliot, un tipo muy curioso, dejémoslo ahí. Y finalmente, el joven César Botti que hace de Elliot, un chaval inteligente al que no se le escapa una. No se pierdan Los lazos que nos unen, de Carine Tardieu, porque descubrirán que la vida aparte de hacer planes que la mayoría no haremos, también tiene esa parte llamémosle accidental o inesperada que, la mayoría de las veces, se convierten en las partes más importantes de nuestra vida y nos la cambian de lleno, adentrándonos en un mundo desconocido pero lleno de emociones y amores maravillosos que, quizás, nos cambian muchas cosas, incluso nuestras ideas más profundas sobre esto o aquello. Estén despiertos porque estos accidentes inolvidables están ahí afuera o ahí adentro, nunca se sabe. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Luàna Bajrami

Entrevista a Luàna Bajrami, directora de la película «Phantom Youth», en el marco del BCN Film Fest, en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el domingo 21 de abril de 2024.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Luàna Bajrami, por su tiempo, sabiduría, generosidad, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Alexandros Avranas

Entrevista a Alexandros Avranas, director de la película «Vida en pausa», en el marco del D’A Film Festival, en la Sala Raval del Teatre CCCB en Barcelona, el viernes 28 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Alexandros Avranas, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Anna Suades, por su gran labor como intérprete, y a Alexandra Hernández de LAZONA Cine, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Johanné Gómez Terrero

Entrevista a Johanné Gómez Terrero, directora de la película «Sugar Island», en su habitación del Hotel Cortes Rambla en Barcelona, el miércoles 26 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Johanne Gómez Terrero, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bye Bye Tiberias, de Lina Soualem

CUATRO MUJERES PALESTINAS. 

“Somos lo que dejamos en los otros”. 

Ángeles Mastretta

La película arranca con una grabación doméstica en la que vemos el lago Tiberias, símbolo de un pasado que ya no volverá para la excelente actriz palestina Hiam Abbas (con más de 60 títulos en los que ha trabajado con Amos Guitai, Tom McCarthy, Jim Jarmusch, Ridley Scott y Costa-Gavras, etc…)  y su familia. Un lugar que sigue existiendo en un tiempo determinado. Un espacio que simboliza también el tiempo pasado y el futuro incierto en el que se encuentra la población palestina. Así empieza Bye Bye Tiberias, la segunda película de Lisa Soualem, hija de Hiam, que vuelve a hablar de sus raíces como hiciese en su primer largo Leur Algèrie (2020), en la que hablaba de la familia paterna. Ahora, profundiza en la familia materna, a través de su madre, que se exilió a los 20 años para seguir su sueño de ser actriz, y las dos mujeres que le precedieron, su madre y abuela. Pasado y presente se envuelven para contarnos una historia de cuatro generaciones de mujeres palestinas en las que se recorre, cómo no podía ser de otra forma, la dura historia del pueblo palestino. Aunque, a diferencia de otros documentos sobre el conflicto, en esta, la raíz de todo es una historia familiar, la de Abbas, contando una cotidianidad invisible y muy cercana. 

El guion que firman la propia directora y Nadine Naous, también realizadora en títulos como Clichés (2010), cortometraje protagonizado por la citada Hiam Abbas, y el largo Home Sweet Home (2014), que explora las entrañas de su familia palestina-libanesa, se sustenta desde mostrar lo oculto, es decir, recorrer a las cuatro mujeres palestinas que escenifican la historia y la realidad de otras muchas que se han visto afectadas por la eterna guerra entre Palestina e Israel, a partir de archivo en el que vemos imágenes inéditas de la Palestina de los cuarenta del siglo pasado, la expulsión de familias palestinas de 1948 para que fuesen ocupadas por israelitas, las mencionadas grabaciones domésticas de los noventa cuando Hiam volvía a ver a su familia con Lina de niña. Una película de idas y venidas entre pasado y presente, donde lo de antes y lo de ahora, con la actriz viajando a los lugares que fueron y ya no son, es un continuo espejos-reflejos donde la historia queda a un lado para centrarnos en el rostro y los cuerpos de unas mujeres que han vivido el horror, el exilio, y las penurias de una vida en constante peligro que, les ha llevado a estar separados de los suyos. 

Soualem se ha acompañado de grandes cineastas para contar la historia de su familia materna a través de su madre, empezando por la cinematógrafa Frida Marzouk, de la que hemos visto películas como Entre las higueras y Alam, entre otras, con un trabajo de luz natural y mucha naturalidad, donde se cuenta desde lo íntimo y con gran profundidad en una interesante mezcla de texturas y colores cálidos todo el devenir de las que no están y de las que sí. La música de un grande como Amin Bouhafa con más de 50 títulos en su filmografía, junto a cineastas de la talla de Abderrahmane Sissako, Kaouther Ben Hania y Rachid Bouchareb, y muchos más, donde sin enfatizar vamos descubriendo la historia desde la honestidad y la sinceridad que demanda un relato como éste. El gran montaje de Gladys Joujou, una gran profesional que tiene en su haber nombres tan importantes como Oliver Stone, Jacques Doillon, y películas recientes como El valle de la esperanza, de Carlos Chahine, que imprime un carácter sólido e interesante a la amalgama de imágenes, tiempos y miradas que anidan en la película, consiguiendo que en sus reposados 82 minutos todo ocurre de forma tranquila por la que se recorren temas como la familia, la sangre, la tierra, la política, los sueños y demás menesteres.

La gran labor de una película como Bye Bye Tiberias no es la de hacer una historia que hable sobre la guerra y la expulsión de los palestinos, como ya hay muchas películas sobre el tema, sino la de hacer una relato que se centra en la retaguardia, es decir, en todas las heridas que un conflicto tan sangriento ha dejado en las personas, y sin hacerlo desde la tristeza y la desilusión, sino desde la mirada y el gesto cotidiano, desde las cuatro mujeres palestinas de esta familia: la bisabuela, la abuela, la madre Hiam Abbas y la propia directora, y hacerlo desde lo más íntimo y lo más profundo, sin caer en el derrotismo y la desesperanza, sino con alegría y humor, a través del amor que nos han dejado las que nos precedieron y lo que hacemos desde el presente, recordándoles y siendo fieles a su legado, a su tiempo, a su historia y por ende, la de nuestro país, Palestina, un país que siempre existirá en el corazón aunque pierda la tierra, nunca perderá su historia y su memoria, porque esa cuestión es la que pone sobre la mesa la película de Lina Soualem: el significado de un país, su tierra, sus gentes, su memoria y todo lo demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marco, de Aitor Arregi y Jon Garaño

CONSTRUIR UNA MENTIRA. 

“Necesitamos la ficción para seguir viviendo, pero, cuidado, y esto es lo importante, al final solo la realidad nos puede salvar”

Javier Cercas, autor de “El impostor”, sobre la mentira de Enric Marco

La noticia saltó en abril del 2005 cuando el historiador Benito Bermejo desenmascaró a Enric Marco (1921-2022, Barcelona), presidente de la Amicale de Mauthausen, que afirmaba haber sido deportado al campo de exterminio nazi de Flossenbürg, aunque todo se precipitó un par de días antes de las conmemoraciones de Mauthausen previstas para el 8 de mayo, y desde ese día, todo el mundo supó de la mentira de Marco. Hubo un documental Ich Bin Enric Marco (2009), de Santiago Fillol y Lucas Vermal, en la que el propio Marco viajaba a los lugares donde estuvo cuando fue trabajador para el Tercer Reich, su prisión por propaganda comunista y la visita a Flossenbürg. También un par de libros, “En la piel del otro”, de Maria Barbal y el citado de Cercas donde hablaban de su impostura. Ahora nos llega la ficción, aunque el trío de cineastas guipuzcoanos que componen Aitor Arregi (Oñate, 1977), Jon Garaño (Ergobia, 1974) y José Mari Goenaga (Ordizia, 1976), iniciaron en 2006 la aventura de hacer una película sobre la mentira de Marco. 

La película deja claro desde el primer momento, con la claqueta que abre el relato, que estamos ante una fabulación, es decir, una mentira que va a contar la mentira de Marco, cuando el protagonista acompañado de su mujer visitan Flossenbürg, el lugar en el nunca estuvo y el lugar desde el que se construía su mentira. A partir de ese instante, la historia se instala principalmente en el 2005 cuando toda la inventiva de Marco se vino abajo porque fue descubierta su verdad, no la que él durante años explicó a estudiantes y a todo aquel que se acercaba a escucharle, siendo reconocida su labor con distinciones oficiales. La película se sitúa en la posición de Marco, lo sigue con honestidad y cuenta su cotidianidad, haciendo algunos viajes al pasado en forma de flashback, donde conocemos su militancia comunista y los orígenes de la impostura. Resulta curioso que de los siete trabajos cinco de ellos están basados en personajes reales. El primer largometraje del trío de cineastas, a través de su productora Moriarte Produkzioak, fue Lucio (2007) que relata la vida de un anarquista en contra del sistema mercantilista, después llegaron 80 egunean (2010) y Loreak (2014), y siguieron con Handia (2017), La trinchera infinita (2019) y la serie Cristóbal Balenciaga, de este mismo año.

La película cuenta con un gran trabajo técnico arrancando con la exquisita e íntima cinematografía de Javier Agierre Erauso, que ha estado en todos los trabajos de los Moriarti, haciendo gala de su precisa textura para acercarse a la figura tan controvertida, sin embellecer ni ennegrecer nada de lo que vemos, sino siendo lo más cercano al quehacer de un hombre mentiroso. Bien acompañado por el importante trabajo de arte de MIkel Serrano, cinco largos con el trío, la música de Aránzazu Calleja, que debuta con el trío, después de haber hecho grandes trabajos para otros vascos como Borja Cobeaga, Paul Urkijo, Alauda Ruiz de Azúa y Galder Gaztelu-Urrutia, entre otros, donde el reto era mayúsculo al moverse por aguas muy pantanosas, y lo resuelve con inteligencia, con la distancia adecuada y nada sensiblera, al igual que el montaje de Maialen Sarasua Oliden, que ya trabajó en la mencionada serie sobre Balenciaga, en su segundo reto nada sencillo, pero bien resuelto construyendo un relato en sus ejemplares 101 minutos de metraje, en la que somos testigos de la vida de un hombre octogenario muy comprometido con la causa que representa, con esa voz que seducía y con un relato lleno de matices, momentos brillantes como la famosa partida de ajedrez con el oficial de las SS, y demás, y luego, cuando viene su caída del caballo y el foco se aleja y asistimos a un hombre sólo y cansado, que ya es la sombra de la sombra de la sombra…

Encontrar al actor que interpretase a Marco era una trabajo arduo y complejo, pero la elección de Eduard Fernández no puede ser más acertada, porque el actor catalán, curtido en mil batallas y siendo coronado hace tiempo como uno de los intérpretes más potentes de nuestro país, en un trabajo más para el estudio porque su Enric Marco es un tipo lleno de matices, desde la mirada, el gesto y la palabra, y el gran trabajo de caracterización de Karmele Soler y Nacho Díaz en make up (con casi 80 títulos que ya estaba en la serie sobre Balenciaga) y Sergio Pérez Berbel en peluquería, sin esa máscara incómoda para no perderse todos los detalles de Fernández. Bien acompañado por Nathalie Poza, que hace la mujer de Marco, Sonia Almarcha, Jordi Rico y Vicente Vergara son los compañeros en el Amicale, junto al gran Fermi Reixach, como deportado, en su último trabajo en la gran pantalla antes de fallecer, Chani Martín es Benito Bermejo, entre otros, componiendo un grupo bien trabajado y mejor dirigido, creando una gran naturalidad y cercanía, siempre de forma concisa y hacia dentro, sin enfatizar ni nada que se le parezca, que ayuda a ver la película sin prisas, concentración y de forma reflexiva. 

Una película como Marco, dirigida por Aitor Arregi y Jon Garaño, en esta ocasión José Mari Goenaga hace funciones de producción y coguionista, no es una película sólo sobre alguien que mantuvo una mentira durante muchos años, sino que es también una historia sobre la condición humana, la forma que funcionamos como personas y cómo nos relacionamos con nuestra propia historia y con los demás, y los límites que sobrepasamos para ser reconocidos y amados por los otros, de cómo alimentamos la mentira y hasta donde llegamos para tener nuestro lugar en la historia o esos 5 minutos de fama que hablaba Warhol. Muy sabiamente Esteve Riambau menciona The Stranger (1946), y Music Box (1989), de sus admirados Welles y Costa-Gavras, respectivamente. Dos cintas hermandas con Marco, porque también nos hablan de la impostura de dos nazis camuflados en la sociedad como ciudadanos ejemplares. Enric Marco ejemplifica una realidad muy triste de nuestra sociedad desde siempre y más ahora, con tantas ventanas de información, que no es otra que la proliferación de fake news y cómo toda esa no información acaba llegando y quedándose en las personas y generando, que para eso se hacen, opiniones y posiciones totalmente falsas de hechos y sucesos, como tantos que niegan relatos o inventan para hacer daño, porque contradiciendo a Goebbels, otros como Bermejo y muchos más, estarán ahí para desmentirlos y hacerlos caer desde su trono imaginario que han ido construyendo con mentiras y ficciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Vermiglio, de Maura Delpero

LAS MUJERES DE VERMIGLIO.   

Vermiglio es un paisaje del alma, un “Lexico familiar (Natalia Ginzburg) que vive dentro de mí, en el umbral del inconsciente, un acto de amor por mi padre, su familia y pequeño pueblo. Al atravesar un período personal, quiero rendir homenaje a una memoria colectiva”. 

Maura Delpero

Erase una vez… La existencia tranquila y anodina de un pueblo remoto escondido entre los Alpes Italianos a finales de la Segunda Guerra Mundial. Allí, entre montañas cubiertas de nieve y quehaceres agricultores y ganaderos se desenvuelven sus habitantes, entre ellos, la familia del maestro Cesare, su mujer Adele y sus diez hijos. Un lugar que huele a heno recién cortado y leche recién ordeñada como deja patente su cuidadoso prólogo que anuncia un nuevo día y vemos a toda la familia levantándose, cada uno con su tiempo y pesadez, e inmediatamente después, en primerísimo primer plano, las cazuelas van pasando frente a nosotros y llenándose de leche caliente. Un relato casi en primera persona porque la directora nos sitúa en el pueblo de su padre, en su memoria y en su tiempo y silencio. 

La directora que ha dirigido hasta la fecha tres documentales Signori professor (2008), de la cotidianidad de diferentes maestros, Nadea e Sveta (2012), sobre mujeres inmigrantes, y 7 salamancas (2013), sobre la mitología y lo sagrado, en los que abordaba las fronteras entre el documento y la ficción, y una de ficción Maternal (2019), sobre dos madres adolescentes. Mucho de esa textura contiene Vermiglio, su primera película de ficción, aunque con varios peros, porque en muchos momentos podríamos decir que la película se acerca al documento propiamente dicho donde vemos una mirada de las costumbres y oficios y quehaceres de los habitantes de mediados de los cuarenta del siglo pasado. En ese sentido, la película se mueve entre lo colectivo y lo individual a partir de las miradas de estas mujeres de diferentes edades, siguiendo la estela de las anteriores citas de Delpero, con sus nacimientos y muertes, amores, desamores y otros infortunios y alguna pequeña alegría en silencio, y en cómo estas mujeres se enfrentan a las adversidades de la existencia, en una sociedad patriarcal y altamente religiosa en la que ellas están completamente sometidas a la voluntad masculina, y deben hacer frente a los conflictos que estos les generan. Se habla de maternidad en compañía y soledad, en los dificultosos destinos que les esperan a las mujeres, y sobre todo, se habla de cómo el destino fatal se va imponiendo en un lugar donde hay nulas oportunidades de ser y hacer cosas diferentes. 

Delpero se ha acompañado de un gran equipo entre los que destacan el cinematógrafo como el ruso Mikhail Krichman, habitual del cineasta Andrey Zvyagintsev, amén de otros como Liv Ullmann y Jim Sheridan, donde se impone el cuadro bien cuidado que recoge cada detalle con minuciosidad y pausado, donde abundan los encuadres fijos, en el que el off se convierte en la estructura esencial de la película, porque los momentos de gran tensión se despachan en fuera de cuadro seguidas de magníficas elipsis, alejando a la historia de esos momentos de estridencia sensiblera y sumergiéndonos en un tono de dureza, dolor y tristeza sin caer en el tremendismo. La composición de Matteo Franceschini, ayuda a acercarnos a los altibajos emocionales y complejidades de los diferentes personajes de modo reflexivo y emocionante, así como el gran trabajo del arte y vestuario que son extraordinarios, al igual que la estupenda labor de sonido que firman, entre otros, Dana Farzamehpour, con más de 90 títulos entre los que destacan nombres como los de Asghar Farhadi, Jean-Gabriel Péirot y Alice Diop, entre otros. El conciso y trabajado montaje de Luca Mattei, que ya trabajó en la citada Maternal, consigue elaborar un ritmo que nos va atrapando desde lo cotidiano, la sencillez y la naturalidad del lugar y los personajes, en un ritmo pausado, sensible e íntimo. 

Si el apartado técnico es de primer nivel, el artístico no se queda atrás, con la maravillosa presencia de un actor como Tommaso Ragno como el maestro y padre de la familia numerosa, con una espléndida filmografía que le ha llevado a trabajar con Bertolucci, Vrizi, Rohrwacher, Moretti, entre otros, haciendo de ese maestro de pueblo, tan recto como poco padre y menos esposo. Roberta Rovelli es la madre, más acogedora, realista y cercana con su prole. La debutante Maria Scrinzi es la desdichada Lucia que, ante la fatalidad deberá sacar fuerzas y ser fuerte. orietta Notari hace de una tía que es una mano más que ayuda y alienta todo lo que puede. Sara Serraiocco, que hemos visto en No odiarás, El caso Braibanti y El primer día de mi vida, es otra hija que, en silencio y sin molestar, va haciendo y es una testigo esencial en el devenir de las mujeres de la familia, y Carlota Gamba, una de las protagonistas de la reciente ¡Gloria!,  la diferente del pueblo, y Giuseppe De Domenico es el soldado desertor que trastoca la tranquilidad del lugar, como Santiago Fondevila, otro soldado que vuelve de la guerra, familiar y perdido como el otro. 

El tono y la atmósfera que desprende una película de Vermiglio se hermana de forma muy cercana con la cotidianidad y la profundidad que tenían obras de Vittorio De Seta como sus maravillosos documentales, de Ermanno Olmi como El árbol de los zuecos (1978), y de los hermanos Taviani como La noche de San Lorenzo (1982), en sus formas de mirar el trabajo, a sus gentes, sus costumbres, sus sociedades, sus lugares y sus maneras de enfrentarse a la adversidad del tiempo, de los animales, de la tierra y del progreso y demás asuntos como el amor, la familia, etc… La cineasta Maura Delpero no sólo ha construido un retrato sensible, profundo y reflexivo sobre el pueblo de su padre y sus habitantes y ese momento de final de la guerra, sino que también, ha tejido a fuego lento un minucioso y extraordinario retrato sobre las mujeres, sobre todas las mujeres que debieron enfrentarse y cooperar en una sociedad machista y sobre todo, una sociedad que les dejaba pocas salidas en la vida, y que tuvieron que armarse de valor y coraje para ser ellas mismas y ayudarse entre ellas a pesar de los pesares. Vermiglio debería ser de obligada visión por todo lo explicado, además su historia y contexto circunstancial y emocional se cuentan de forma muy honesta y directa, donde se refleja el arduo camino que han tenido que recorrer tantas y tantas mujeres. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

The Brutalist, de Brady Corbet

LA OSCURIDAD DEL SUEÑO AMERICANO. 

“El Brutalismo puede ser austero, pero también es un estilo monumental; crea extraños objetos de amor y desprecio a partes iguales y que lleva un tiempo desplegar en el imaginario colectivo, porque la gente no es capaz de asimilarlos en el momento. Esto, para mí, es un reflejo de la experiencia inmigrante, y el Brutalismo es un estilo arquitectónico principalmente creado por inmigrantes. Tanto en alcance como en escala, los edificios brutalistas piden visibilidad, pero a quienes los diseñan o construyen les toca luchar por su derecho a existir”.

Brady Corbet 

El prólogo que abre The Brutalist, de Brady Corbet (Scottsdale, Arizona, EE. UU., 1988), nos sitúa en un encuadre muy oscuro acompañado de ruidos y movimiento. De repente, vemos a su protagonista László Tóth, expulsado al exterior entre la multitud que intenta sobrevivir al horror de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio. Después, un barco y la llegada a los Estados Unidos donde la primera imagen es la estatua de la libertad pero al revés. Una imagen muy sintomática que deja entrever el tortuoso y oscuro camino que le espera al personaje en cuestión.  

A Corbet lo habíamos visto como actor en películas notables junto a directores de la talla de Araki, Haneke, von Trier, Baumbach, Östlund, Assayas y Hansen-Love, entre otros, y conocíamos sus dos largos como director en La infancia de un líder (2015), que podéis ver en la imperdible Filmin, y Vox Lux, tres años después. Dos cintas que ya vislumbraron los elementos que interesan al director estadounidense como los orígenes de la maldad, en la primera, y el precio de la fama, en la segunda. Elementos que continúan en The Brutalist, donde su personaje principal que viene de haber sido reconocido como arquitecto en su Hungría natal, ahora debe empezar de cero o más bien, convencer de su arte y su forma de trabajar con la arquitectura brutalista donde expone todo su trauma emocional. El concepto arquitectónico tiene varias lecturas: el brutalismo de la historia que cuenta. Un hombre que se topa con un país donde todo es demasiado enorme. Todo está en venta y no existe la moral ni la ética, sólo el dinero y la ambición y la codicia desmedida. En la conservadora Pensilvania, László encontrará a su mecenas Harrison Lee Van Buren, un hombre que define perfectamente el “Sueño americano”, el hombre hecho a sí mismo que ha levantado todo un imperio de poder y riqueza, que ahora vislumbra un edificio en honor a su esposa fallecida. Tóth será el encargado de llevar a cabo esta monumental obra. 

Estamos ante una película que cruza con eficacia arrolladora películas como El manantial (1949), de King Vidor, y There Will Be Blood (2007), de Paul Thomas Anderson. Una película sobre un arquitecto que lucha por las ideas de su trabajo en pos a un mercado que antepone la riqueza, y la otra, sobre un petrolero codicioso y sin escrúpulos que no detendrá en agrandar su poder. Podríamos ver los dos personajes como inspiraciones a los dos protagonistas de The Brutalist, en el guion que firman la noruega y cineasta Mona Fastvold, y el propio director, que recoge 30 años en la vida de László Tóth, su mujer Erzsébet, y la relación de ambos con Van  Buren, su mastodóntica construcción ambientados en el Estados Unidos blanco y fascista de la década de los cincuenta, sobre todo. Es una película de grandes dimensiones que recoge el rostro más oscuro y violento del citado “Sueño americano”, hermana con otras joyas que transitaron por las travesías oscuras de los inmigrantes en el país de las oportunidades como América, América (1963), de Kazan, las dos partes El Padrino (1972/1974), de Coppola, y Érase una vez en América (1984), de Leone, por citar tres películas muy paradigmáticas que rastrean tres formas de “adaptarse” al nuevo mundo o lo que queda de él.  

La solidez técnica que desprende la película es abrumadora tanto en su formato de VistaVision rodado en 70mm, hacía seis décadas que no se usaba el invento de la Paramount que proporcionaba los grandes angulares para recoger los planos generales donde vemos los personajes en un primer término y sobre la colina la construcción, por ejemplo, y en los planos cercanos consigue esa intimidad que traspasa. Un gran trabajo de cinematografía del británico Lol Crawley, del que hemos visto 45 años, de Andrew Haigh y Ruido de fondo, de Noah Baumbach, en su tercer trabajo con Corbet, en su película más compleja del que sale muy airoso porque la película refleja todo esa complejidad de la intimidad emocional de unos personajes y la grandiosa edificación en la que están sometidos, a más de las difíciles y oscuras relaciones que mantienen entre ellos. La excelente música de Daniel Blumberg, que ya trabajó en El mundo que viene, de la coguionista Mona Fastvold, crea esa parte más invisible que escenifica el intrincado emocional del protagonista que se refleja en sus edificios, y en su férrea cabezonería en el trabajo y en los materiales utilizados. El montaje del húngaro Dávid Jancsó, habitual del cineasta Kornél Mundruczó, tenía la complicada tarea de dar cohesión y unidad a una película de 215 minutos, incluido sus 15 minutos de intermedio, y la cosa respira cine, y sobre todo, con su clasicismo y su cercanía construye una historia que nos sumerge en un mundo donde todo es posible, aunque deberíamos pensar si todos los sueños valen la pena por el elevadísimo precio que cuestan, y las heridas que dejan en el alma. 

Del apartado artístico destaca su impecable y natural trío protagonista. Empezando por un inconmensurable Adrien Brody, al que no habíamos visto en un personaje “Bigger than Life” como el pianista judío polaco Wladyslaw Szpilman, protagonista de El pianista (2002), de Polanski. Su arquitecto judío húngaro László Tóth es uno de esos tipos tan fuertes como arquitecto como vulnerable con sus adicciones, tan férreo en sus ideas y convicciones como frágil y complejo en sus relaciones. Un diamante que Brody lo humaniza y lo desmonta con cada mirada, cada gesto y ese acento que lo convierte en uno de esos personajes difíciles de olvidar. Le acompaña un brutal Guy Pearce dando vida a Van Buren, escenificando esos hombres de negocio acaparadores, conservadores y clasistas que “Make America Great Again”, pisoteando a todos sus adversarios, sin moral ni ideales, sólo ambicionan dinero y poder, y sobre todo, nunca desfallecen, siempre tienen un arma cargada para seguir explotando a todos los que puedan. Felicity Jones encarna a Erzsébet, la esposa de László, una mujer que ha sufrido mucho en la guerra pero que no se deja engatusar por los ideales de ese nuevo país lleno de dinero y violencia y horror, y la siempre interesante presencia de Stacey Martin como hija de Van Buren, que ya estuvo en las dos películas anteriores de Corbet. 

Una película como The Brutalist no es sólo es el retrato de un personaje que huye del horror nazi para encontrar una nueva vida en Estados Unidos, sino también, es el retrato de un tiempo, de la construcción de un país y del capitalismo y la codicia por lo material, también es un retrato sobrio y profundo sobre la oscuridad de lo seres humanos. Un viaje donde emergerá lo más horrible de la condición humana, todo lo que nos ha llevado a construir sociedades mal llamadas liberales, porque, en realidad, están controladas por grandes corporaciones que deciden qué se compra y vende, y lo peor de todo, lo venden como si eso fuese la libertad, un sin Dios. Brady Corbet se ha elevado a los grandes nombres del cine con su película, por su arrojo, su forma clásica de narrar que le empareja con los cineastas que hicieron grande el cine, y lo hace con un relato aparentemente sencillo, pero sumamente complejo, porque indaga en los abismos del alma humana, en esas zonas invisibles, en esos lugares que no reconocemos, de los que huimos siempre, pero que forman parte de nosotros, de lo que somos. Una película como esta no dejará indiferente al espectador que se atreva a verla, y no lo digo por su duración que, seguro será un hándicap para muchos espectadores, pero vencido ese prejuicio actual, la película te agarra desde el primer instante, te lleva por el viaje que propone siguiendo la travesía de László Tóth, donde nos encontraremos de todo: Un país que vende libertad y no a cualquier precio. Un sueño convertido en pesadilla. Un trauma que se erige como una edificación mastodóntica donde el hormigón y la frialdad del gris escenifica todo lo emocional y sobre todo, el alma que debe seguir a pesar del horror que vivió. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Pobres criaturas, de Yorgos Lanthimos

LA CRIATURA. 

“Qué mutables son nuestros pensamientos y que extraño es ese amor aferrado que tenemos a la vida incluso en el exceso de miseria”. 

Frase de la novela “Frankenstein”, de Mary Shelley

Erase una vez en la Inglaterra victoriana a finales del XIX, en una de esas casas barrocas que se edificaron en tiempos de bonanza y derroche. En una de esas viviendas vive el brillante y poco ortodoxo científico Dr. Godwin Baxter con su servicio y su legión de animales domésticos mutantes, que no están muy lejos de aquellos que creaba el Dr. Moreau en la novela de H. G. Wells. En ese universo cerrado a cal y canto, también vive Bella, una criatura creada por el doctor, emulando a su colega de Frankenstein, de Mary Shelley. Bella se desplaza como una autómata por cada espacio de la casa, y arde en deseos de salir y conocer al exterior, del que apenas conoce nada. Todo ese deseo se abre con la entrada de la casa de Max McCandles, un aventajado alumno de Baxter que le ayudará en sus secretos experimentos. Aunque será la llegada de otro hombre a la existencia de Bella que le empujará a descubrir el mundo y no es otro del vividor y aparentemente mujeriego abogado Duncan Weddeburn. 

El octavo largometraje de Yorgos Lanthimos (Pangrati, Atenas, Grecia, 1973), vuelve a contar con el guionista Tony McNamara como ya hiciese en La favorita (2018), que adapta la novela homónima del escocés Alasdair Gray (1934-2019), aunque mantiene el espíritu que le han llevado a ser uno de los creadores más interesantes del panorama actual, el mismo espíritu que cosechó junto al guionista Efthymis Filippou en obras de tal calibre como Canino (2009), Alps (2011), Lobster (2015), El sacrificio del ciervo sagrado (2017). Cuatro títulos que mantenían espacios muy comunes como un conjunto “familiar” que se mantenía aislada del resto de los mortales, donde se creaban una serie de reglas que se seguían a rajatabla, muchas de ellas nada convencionales y ambiguas moralmente, y la aparición de alguien de fuera, joven, que resquebraja esa especie de tranquilidad y la convertía en un viaje profundo a lo más oscuro del alma, donde se cuestionaba todo y a todos. Pobres criaturas (Poor Things, en el original), sigue muy presente la mirada griega, porque tenemos a una criatura inocente que descubre sus deseos más carnales y se lanza a descubrirlos y sobre todo, a gozarlos, podríamos situar la trama en todo aquello que sería la continuación de La novia de Frankenstein (1935), de James Whale, donde descubrimos a la criatura conociendo el mundo, a través de una sociedad sometida a los convencionales en todos los sentidos. 

Bella rompe con tanta “normalidad”, porque su normalidad es muy diferente, alimentada por un sexo frenético, una forma de expresarse libremente, a su manera, desde su forma de bailar, de hablar, de caminar, y de comer, convirtiéndola en un ser nada contaminado por las reglas moralistas de una sociedad demasiado ensimismada en las normas sociales, que atentan contra la libertad del individuo y sus deseos más oscuros. La trama es lineal, narrada como el cuento de hadas que es, a modo episódico, con los espacios como intertítulos, tenemos London, Lisboa, el barco y París, siguiendo los pasos y el itinerario de Bella, descubriendo la vida, el sexo y sobre todo, descubriéndose y aprendiendo la hipocresía, el materialismo y la miseria de los demás, y los espacios para generar más justicia en la sociedad como leer a Marx, protestar ante el machismo en su trabajo, y vivir un amor libre de ataduras. Estamo seguros que el trato de Bella no es el más apropiado, pero no le falta razón, ella vive su vida sin importarle los demás, o los deseos oscuros de los demás, es alguien transparente, que expresa sin ningún moralismo sus ideas, deseos y emociones más salvajes y nada convencionales, cosa que la hace un ser revolucionario, humano y libre. 

Una película de exquisita pulcritud técnica con el barroco, gótico y onírico diseño de producción de Shona Heath y James Price, que nos remite a novelas como Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, y películas como El sanatorio de Clepsidra (1973), de Wojciech Has, y Las aventuras del Barón Münchausen (1988), de Terry Guilliam, bañado por esa luz, tanto en color como en blanco y negro, velada y artificial que da ese toque de sueño expresionista con esos encuadres imposibles filmados en 35mm que firma el cinematógrafo Robbie Ryan, que ya se encargó de la imagen de la citada La favorita, que ha trabajado para cineastas tan importantes como Andrea Arnol, Ken Loach, Sally Potter, Stephen Frears y Noah Baumbach, entre otros. La excelente música de Jerskin Fendrix, que alimenta esa desventura y no viaje al interior y a los deseos oscuros de la protagonista, que nos retrotrae a los cuentos y las fábulas de donde la película se inspira. El gran trabajo de montaje de Yorgos Mavropsaridis, que ha editado las ocho películas de Lanthimos, en una historia nada fácil que abarca 141 minutos de metraje, que aglutina con serenidad e inquietud la aventura de Bella, en la que vamos descubriendo con ella todo lo que siente y reflexiona junto a ella y el resto que la va encontrando en su viaje. 

Un reparto muy interesante como suelen ocurrir en las películas del cineasta griego, que descubrimos facetas ocultas de sus intérpretes por la complejidad de sus personajes. Un elenco que debe construir unos personajes arquetipos de cuentos de hadas, pero en esa sociedad puritana y moralista y tan victoriana, encabezado por una maravillosa Emma Stone, que también ejerce como coproductora, en su segunda película con Lanthimos. La actriz estadounidense ha dejado a Abigail, la sirvienta real para convertirse en una criatura nada convencional, llena de deseos vitales, sexuales y emocionales, que pondrá patas arriba su alrededor y una sociedad tan anticuada. Su Bella es un personaje de esos que la hacen mejor actriz, en un reto mayúsculo que la actriz no sólo compone con entereza y carácter, sino que nos enamoramos de una joven inocente que no es tan inocente, y una joven que actúa según siente, sin cortarse en absoluto, y sobre todo, a su manera, sin importarle los demás. Una actitud que todos deberíamos aprender tanto. Le acompañan un magnífico Willem Dafoe siendo ese Mad Doctor, lleno de cicatrices ya que fue objeto de experimentos, un ser solitario pero lleno de ciencia, siendo ese padre sin hijos que tiene en Bella toda su vida. 

Después tenemos a los otros, a los individuos de fuera, los que entran en la existencia de Bella. Tenemos a un Mark Ruffalo, algo así como el príncipe del lado oscuro, un donjuanesco y déspota y libertino, que sufrirá en Bella el reflejo de sus miserias, o quizás, de todo aquello que nunca se atrevía a reconocer y ahora, se ha enfrentado a ello. Ramy Youssef es otro hombre de ciencia, acomodado y convencional, que será el bueno o quizás el demasiado perfecto y tremendamente aburrido para un ser con tantas ansías de vida y aventura como Bella, Suzy Bemba es la amiga francesa de Bella, una mujer que vive su vida y sus ideas tan alejadas de lo aceptable. También, vemos a Hanna Schygulla, una presencia siempre estupenda. Vayan a ver Pobres criaturas sin prejuicios, sin convencionalismos, dejándose contaminar por la actitud y el carácter de Bella, que en algunos momentos les chocará, pero no se asusten, ella sólo se deja llevar por lo que siente, sin razonar lo que hace, como hacemos la mayoría, ella agarra la vida y sus consecuencias, mientras el resto piensa que es lo mejor, y la vida mientras tanto va y viene, y muchos siguen en eso, viendo la vida, no viviéndola. Así que, por favor, vivan y disfruten, porque los placeres de la vida están dentro de cada uno de nosotros y nosotras, y lo de fuera es sólo un escaparate, nada más. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA